POSTALES DE PORTUGAL (III): «EL MUNDO» SIN POLICÍAS

Varias de las mejores horas que pasé en Ericeira, las transcurrí (¿o no somos como los meses o días, hechos de vacío?), para variar, con un libro.

Cuando lo terminé me puse de pie.

E hice algo que, hasta ese momento solo había reservado para conciertos, actuaciones artísticas y al final de alguna película:

Aplaudí.

¿Quién se levanta a aplaudir, emocionado, el final de un libro?

*

Le debo esa magia a Juan José Millás (Valencia, 1946).

De él, precisamente, es una de las citas que más admiro y más me ayudan:

«Un paseo, en cierto modo, es un relato en el que se mezclan los dos asuntos que se deben entrelazar en todo relato: peripecia y reflexión sobre la peripecia. La proporción entre lo que te ocurre y lo que piensas sobre lo que te ocurre depende de que el paseo haya salido bien o mal. Y de eso depende también que una novela salga bien o mal. Que la proporción entre el argumento y la reflexión sea la adecuada.»

*

Estaba aplaudiendo el final de El mundo, de todo un mundo, el particularísimo de Millás.

La paradoja era que aplaudía a pesar de que se me acababa de terminar un libro -un mundo- magníficamente narrado. Un mundo narrativo.

Una manera de contarlo y verlo. De narrarlo con las mejores armas del lenguaje.

Leyendo El mundo entendí que el escritor siempre está -debería estar- a la búsqueda de la conjunción más difícil:

La del corazón con la mente, por las vías del nervio, la sangre y la lengua.

*

También aprendí de la fuerza que dan los clavos que se nos quedan atravesados.

Del incalculable, cruento dolor de los amores no correspondidos.

Que muchos dardos que recibimos se nos quedan pululando dentro hasta convertirse en lanzas que alguna vez tenemos que desenterrar (y lanzar de vuelta) para poder respirar por fin.

*

Entro a la panadería-cafetería que desde el primer día decidí que sería mi morada temporal matutina en este puertucho portugués al pie del Atlántico.

Lo hago apenas abre, a las siete.

Sobre una mesa veo boletas de pagos de diez y más minutos atrás.

Me asombro porque significa que las empleadas han empezado a trabajar mucho antes de lo que indica el horario de atención.

Me asombro al compararlo con la relativa puntualidad con que se abren los negocios en estas tierras teutonas y la más exacta puntualidad con que se cierran.

Mientras espero mi turno, veo a dos amigos que desayunan café y pasteles sobre una de las vitrinas. Son muebles para exponer los productos, no para uso de los clientes.

Los dos sujetos ríen y vociferan, como si fuera la cosa más natural del mundo desayunar así, a gritos casi, sin usar las mesas, como el resto.

Las empleadas y los clientes ni se inmutan. (¿Ni las empleadas ni los clientes?)

De pronto, uno de los jóvenes, que ha apoyado su cabeza sobre la vitrina por un instante, da un respingo porque se ha quedado dormido y ha estado a punto de caer y precipitar su taza.

Ninguna reacción especial por parte de las empleadas ni el público.

Recién entonces caigo en la cuenta de que se ha quedado dormido con la cabeza apoyada sobre la angosta superficie de vidrio y que ambos vienen de una noche de farra.

Dos borrachos tras su larga juerga nocturna, refaccionándose.

Incapaces de mantenerse de pie por efecto del cansancio y del alcohol.

Nada de especial. Nada de qué asombrarse. El placer también tiene sus bemoles.

En algún otro país alguien habría llamado a la policía.

.

.

HjorgeV 19-08-2015

One thought on “POSTALES DE PORTUGAL (III): «EL MUNDO» SIN POLICÍAS

  1. “El Mundo” lo leí de un tirón. Disfruté .Me gusta mucho Millás.Saludos desde Alaró.

    Hola, Violísima. Me pasó lo mismo. Aunque al final lo fui ‘alargando’, para que me durara más. Pienso releerlo pronto. Que estés bien. Gracias. HjV

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