EL MEJOR NUNCA SE EQUIVOCA

Regresaba ayer a casa de uno de mis trabajos, cuando escuché en la radio que las universidades alemanas ya estaban entre las más corruptas de Europa.

Llevo largos años en este país.

En su momento, no me sorprendió el caso Volkswagen ni que el Mundial alemán del 2006 fuera comprado.

Ni muchos otros casos más, como el de Siemens o el del Deutsche Bank, menos conocidos.

Lo que me sorprendió fue que se tardara tanto en descubrirse que en Alemania también existe una fuerte corrupción.

El reportaje terminaba señalando que las universidades más corruptas seguían siendo las italianas y las españolas.

*

Mis momentos más incómodos en esta mi segunda matria (aparte de ciertos sucesos xenófobos, que siguen sucediéndose, aunque, por suerte, muy rara vez) siempre han tenido que ver con mi país de origen.

Cuando alguien me pregunta de dónde soy y digo que soy peruano, muchos alemanes suelen hacerme un chiste sobre la cocaína.

Y me tengo que callar.

Para no hacerles recordar que los productores de coca no hacen sino atender la alta demanda de mercados como el europeo, entre otros.

Tampoco digo que me resulta demasiado extraño que los grandes narcotraficantes encarcelados en este país nunca sean alemanes, como también sucede en EEUU.

¿Por qué me hacen esos chistes?

¿Por qué esa forma de la radio estatal de terminar la noticia sobre la corrupción en las universidades?

*

Otro ejemplo reciente:

El reportaje de la televisión alemana sobre las elecciones venezolanas del domingo pasado incluía fotos de graves disturbios de fondo, así como de policías enfrentándose a manifestantes, cuando parece ser que no hubo un solo enfrentamiento de tales características en Venezuela ese día.

¿Por qué esa obvia falsa información?

*

Hace poco leí que un joven alemán había hecho 1100 kilómetros en 22 días: sin dinero ni carpa, y con solo una cantimplora y barritas energéticas.

Lo consiguió gracias a la ayuda y colaboración de la gente que fue encontrando en el camino.

¿Por qué lo hizo?

Según él, para vencer el reto que él mismo se había planteado.

¿Lo habría hecho de saber que nadie se enteraría de su hazaña?

*

Hombres y mujeres que se lanzan de edificios, puentes y abismos; que nadan mares y cruzan países a pie, que dan la vuelta al mundo en bicicleta.

Todas estas aventuras modernas tienen algo en común: las nuevas tecnologías les garantizan que el resto del mundo se enterará de sus hazañas.

Lo mismo hacían Humboldt, Raimondi y Abbadie, escribían sobre sus aventuras y expediciones. Solo que ahora la comunicación con los interesados ocurre al instante.

*

Una conocida, ya anciana ella, tuvo que ser operada de emergencia. En los últimos meses había estado viviendo en el más completo abandono por una enfermedad. Tras la operación, un familiar lejano se ofreció a ayudarla, sacando primero la basura acumulada en su departamento. El familiar tiró las bolsas al contenedor del edificio.

Cuando la anciana salió del hospital se encontró con que los vecinos habían devuelto las bolsas a su departamento.

¿Maldad?

¿O también una forma de demostrar que ellos vivían mejor que ella, que su modo de vivir era mejor?

*

¿Llevamos un gen de la presunción?

Soy mejor que tú.

Somos mejores que vosotros, que ustedes.

Mi equipo es mejor, mi pueblo, mi ciudad, mi país.

Mi dios mejor que el tuyo.

¡Más de cuatro mil religiones existen en el mundo!

Y eso sin contar los miles que ya han desaparecido. O sea, tantas como el número de idiomas.

¿Y no es esa también la esencia de los deportes y el fin último y meta de la economía moderna: ser abrumadoramente mejor que los demás, tener más, presumir más?

Además, como soy mejor, mi estirpe, mi descendencia también lo es.

¿Por eso será que son poco comunes los llamados matrimonios multirraciales, porque entonces resultaría más difícil recurrir al cuento de la estirpe?

¿Qué son los nacionalismos sino?

*

Tal vez Hitler y el nazismo no fueron anormales ni extraordinarios.

Solo se dieron las condiciones para que se pudiera hacer masivo ese sueño y afán que está en todos nosotros, los que nos creemos normales y buenos:

Ser más que otros, vencerlos, refregárselo en la cara.

Hacerle notar que su ropa, su peinado, su automóvil, su religión, su educación, su casa, su país, su dios, sus gustos, sus valores no valen nada. O son menos.

Lo nuestro siempre es mejor.

Por eso -también- somos irremediablemente idólatras. Admiramos lo que nos gustaría ser: famosos, queridos, conocidos, respetados, admirados. Mejores.

¿Y qué de no ser cierta nuestra construcción mental?

El miedo a descubrir que es falsa sería inmenso.

Tal vez por eso hemos asesinado a millones bajo distintas banderas e ideologías y no parece que vayamos a dejar de hacerlo.

El miedo a no ser los mejores nos lleva a mantener a diario a miles de miles en la pobreza para poder compararnos y presumir.

Pero vamos mucho más allá.

Cuando los míos matan, asesinan, destrozan vidas y viviendas de inocentes, no puede ser un error, no puede ser terrorismo.

Lo hacemos para defendernos. Porque nuestra civilización es excelsa.

Solo es terrorismo el de los otros.

El mejor nunca se equivoca.

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HjorgeV 09.12.2015

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