EL IMBÉCIL

El otro día mi pareja me preguntó si recordaba mi primera vez.

Se quedó asombrada cuando le conté que había sido con una prostituta. Y fue un completo desastre.

Mi sueño húmedo por esa época en la que se podía ser muy feliz con muy poco, era una chica de un barrio vecino.

Tenía una forma infartante de mirarme.

Especialmente cuando se alejaba en el Mustang descapotable de su novio, y que a mí, en vez de causarme una depresión o complejo por no tener (ni pensar en tener) un automóvil así (aunque los Mustang -los veteranos- me gustaban y siguen gustándome), me parecía más bien un halago.

En mi imaginación, ella me estaba diciendo que en esta vida no queda otra: hay que decidirse.

Y entendía que ella lo sentía mucho.

Por él, claro.

Curiosamente, llegamos a besarnos en una oportunidad. Una sola.

Era una tipa de una belleza especial: una morena de piel canela, rostro simétrico, cabello que provocaba mesar, labios ilegales y curvas despampanantes.

Ella me enseñó a apreciar las curvas en una mujer: la ensoñación en la que te pueden zambullir de solo contemplarlas, como si iluminaran secretamente tu placer.

Me pasaba los días soñando con acercarme a ella, con posar mi mano sobre el quiebre justo de su cintura. No pedía más.

Hasta que un amigo común organizó un encuentro.

Nos dejó solos en su Nissan Patrol al pie de un parque, en el que solían reunirse parejitas para besos y más, y que los domingos se convertía en un gigantesco campo de fútbol.

Al bajar, mi amigo (lo llamaré Guillermo) me pasó un billete y me dijo al oído.

-Dile que te chape.

Me quedé petrificado.

Guillermo había estacionado su todoterreno debajo de un árbol especialmente frondos, y rogué que en la penumbra no se notara mi nuevo estado pétreo.

Intenté tomármelo a broma. Pero el billete seguía en mi mano, sin esfumarse. Y no era falsificado.

Chapar, en mi país, es un verbo con varios significados. Uno de ellos es besar con devoción, concentración y ganas. Con entrega total.

Mientras pensaba en todo eso sin atinar a reaccionar, ella empezó a mover la cabeza, como si intentara espantar un bicho de su cabello.

En otras circunstancias me habría derretido con ese solo gesto. Pero ahora yo sudaba frío.

-¿Y bien? -dijo por fin. O algo así.

Inspiré valor y le pasé el billete, agregando lo que me acababa de decir mi amigo.

-¿Quieres un beso? -me espetó asombrada-. ¿Me quieres pagar por un beso?

Dijo beso, pero a mí me sonó a ósculo: a oscuro y feo, indecente, cloacal.

Me quedó mirando como al ser más imbécil de la Tierra. Y lo era, obviamente.

Entonces, cuando pensaba que me daría una bofetada o pegaría un grito, atrajo mi cabeza poniendo una mano sobre mi nuca (no voy a olvidar jamás el cuidado con que lo hizo) y empezó a succionar mi boca, como solo puede hacerlo quien espera obtener oxígeno de ello y está a punto de desfallecer por su ausencia.

Luego me dio la bofetada que -notoriamente- me debía, y bajó de la Patrol.

Me quedé un buen rato sentado, sin entender nada, como contemplando una playa de la que el mar se acaba de retirar para regresar en forma de tsunami.

El mundo alrededor bien podía haber dejado de existir y no lo habría notado. Encima, se había llevado el billete.

(Si no lo hubiera hecho, tal vez habría salido corriendo detrás para pedirle disculpas.)

Solo obtuve una corta explicación.

Me la dio Guillermo cuando regresó al cabo de media hora y le conté lo sucedido.

-Imbécil… -me dijo, concentrándose en adelante solo en conducir.

Poco después dejamos de vernos. Gajes del vivir.

A veces me da por pensar que todo el barrio sabía que ella era una chica de compañía, que el del Mustang era un simple cliente y yo era el único idiota que no lo sabía.

Y que yo, el muy imbécil, en vez de exigirle más por su dinero, aunque solo fuera para devolverle todas esas miradas lanzadas cuando se alejaba en el convertible impoluto, solo le pidió un beso.

hjv 08.02.2016

One thought on “EL IMBÉCIL

  1. Interesante. Como cuento de una estafa hubiese terminado con el adjetivo de Guillermo, ya sabes el necio símil cortaziano que refiere que el cuento debe terminar, como las peleas de boxeo, en un nocaut.
    Casualmente hoy, a mis 41 años de edad, me descubrí por primera vez viendo las afiladas cadera de una joven, hmmm. Quizá sea mi fijación por los bellos pies femeninos lo que me ha privado todos estos años de un, en diminutivo como les gusta a ustedes los peruanos, traguito de cadera.
    XX OO.

    Hola, NoAmor
    . Interesantes apuntes. Pero también peligrosos. Quédate con lo afilado y los filos. Prefiero las curvas y las sinuosidades repentinas. Saludos cordiales. HjV

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