EL RÍO DE LA VIDA

Uno envejece más rápido que los libros.

El río de la vida nos pasa por encima sin tener en cuenta que tenemos el boleto en la mano: ese pedacito de papel que nadie nunca nos pide y que nos pasamos una existencia sin saber para qué sirve en realidad.

Una putada. Pero no hay vuelta que darle.

Uno a veces es como el nadador del cuento de Cheever, a quien una tarde de verano se le ocurre regresar a casa nadando.

Solo serán un par de kilómetros y como la zona está cubierta de propiedades que poseen piscinas y sus dueños lo conocen, lo tendrá fácil.

Y, efectivamente, en los jardines y piscinas que atraviesa la gente lo saluda y le invita copas y no hay nada que haga presagiar una sola mala nube en el horizonte.

Hasta que empieza a acercarse al final y pasa por un jardín donde hay una fiesta y un mayordomo lo mira con desprecio, tal vez por estar vestido solo con un pantaloncito de baño, y luego, al entrar a la propiedad de quien había sido su amante, esta también lo mira mal.

Finalmente llega a su casa y la encuentra desierta, las piezas metálicas están herrumbrosas y dentro está oscuro y no hay nadie.

Tal vez así es la muerte, como escribió Fabián Casas:

«Era uno de esos días en que todo sale bien.[…] Había limpiado la casa y escrito […] Entonces salí al pasillo para tirar la basura / y detrás de mí, por una correntada, / la puerta se cerró. […] Es transitorio, me dije; / pero así también podría ser la muerte: / un pasillo oscuro, / una puerta cerrada con la llave adentro / la basura en la mano.»

A veces es así el viaje de la vida: nos hemos pasado la tarde nadando en la piscina, pero cuando salimos del agua ya no somos los mismos y la función ha terminado.

Hay quienes viajan para no tener que afrontar el paso del tiempo.

Le tienen terror al horario y al minutero. El segundero los pone nerviosos.

Cuando uno viaja el tiempo pasa por nosotros, nos atraviesa y podemos desangrarnos sin dolor en fotos, paseos, recuerdos, visitas, otros rostros y calles que tampoco llevan a ninguna parte.

Porque a veces la sangre y la vida se sienten como un duro examen para el que no hemos podido prepararnos por haber estado viviendo, muchas veces solo durmiendo.

Deberían prohibir los exámenes, pensamos, sin tener en cuenta que cuando nos gusta y dominamos algo, quisiéramos que la vida fuera solo un continuo examen para poder lucirnos en ello.

Por lo menos los libros tienen su propia vida asegurada.

Ellos parecen seguir su desarrollo, embrionar, fraguarse, madurar, como si sus autores tuvieran la prerrogativa secreta de volver a ellos y encerrarse a mejorarlos continuamente.

Me ha sucedido que he leído un libro y solo un par de horas después el efecto ya no era el mismo.

Obviamente, yo cambié, puesto que las palabras seguían siendo las mismas.

¿Pero cambié tanto en solo un par de horas?

Los libros nos alteran, nos acrecen, nos impulsan, nos obligan a pensar.

La magia es que lo hacen sin moverse una coma de su sitio.

Leyendo lo mismo, encontramos otras cosas.

Los mejores libros son aquellos que nos permiten esa magia en cada una de sus líneas.

Por eso, en realidad, a cualquiera debería bastarle un corto pero buen contingente de libros.

Cien. Doscientos. Quinientos podría ser el límite.

Diez, sería mejor:

Porque entonces tendríamos que definirnos de raíz, como cuando nos anuncian que nos queda un determinado tiempo de vida y tenemos que fijar, por fin, nuestras prioridades absolutas.

En verdad, deberíamos aprovechar cada día para hacer un recuento de nuestras debilidades y errores, como en el Kintsugi: el arte de japonés basado en la filosofía de que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y no deben ocultarse.

En vez de ocultar nuestras derrotas, deberíamos tenerlas siempre presentes y lucirlas con orgullo.

Aunque solo sea porque las hemos sobrevivido y nos han permitido transformarnos.

HjV 07.03.2016

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