MENTIRAS DE MENTIRAS DE MENTIRAS

Tenía, tuve, un amigo interesantísimo. Lo llamaré Alberto.

Sus conversaciones se diferenciaban, de lejos, de las que yo mantenía con mis amigos del barrio o de las que podía llegar a urdir, tejer, enzarzar, con mis compañeros de la universidad, siempre girando alrededor de temas políticos.

A Alberto le gustaba la música clásica y el ballet, las buenas películas y la velocidad.

Tenía una Yamaha de cuchucientosmil centímetros cúbicos y una bicicleta de carrera que usaba para movilizarse, esto último en una época en la que nadie usaba un biciclo como medio de transporte en Lima.

Gracias a él descubrí a Woody Allen y a cineastas como Visconti y al genial De Sica en los cineclubs de mi ciudad de finales del siglo pasado.

Alberto se esforzaba por explicarme obras como Muerte en Venecia que yo, salvo por la belleza de las imágenes y alguna idea narrativa que conseguía pescar, no alcanzaba a apreciar del todo.

También tenía una amiga argentina que era bailarina y profesora de ballet, y que yo me moría por conocer: sobre todo por ver alguna vez una de sus clases y a sus alumnas en pleno ejercicio.

La posibilidad de ver belleza produciendo más belleza.

Pero nunca me atreví a insinuar mi deseo, acaso porque sabía que no era el único y ella solía evitar continuamente a toda esa gente que ansiaba conocerla. Una especie de paraíso al revés, atosigante, para ella.

Una vez mi novia de ese entonces -una profesora austríaca- me dijo que una amiga suya quería salir en grupo y me preguntó si conocía a alguien que pudiera congeniar con los tres.

Inmediatamente pensé en Alberto.

Se lo dije un día que estábamos en mi cuarto, revisando poemas de Trilce, uno de los tesoros de mi cuidada aunque exigua biblioteca (la que se podía permitir un estudiante de esos años).

(Me fascinaba especialmente la poesía de Vallejo y él era de los pocos que compartían esa fascinación.)

Pero Alberto me dijo que no podría acompañarnos.

En un principio no lo pude entender. Una cita así podría servir para sellar nuestra amistad y llevarla por rumbos más aventureros, quise imaginarme.

Se tomó todo el tiempo del mundo para recordarme que en las fiestas que solían armar sus hermanos (eran varios y cada uno tenía una sarta de amigos, lo que facilitaba cualquier reunión bailable), él nunca había estado presente, siempre solo de paso.

Efectivamente, lo recordé, asintiendo entre confundido y maravillado.

-Ustedes se abrazaban a las chicas para bailar -continuó-, las olían y percibían sus vibraciones mientras se movían enlazados. Todo eso yo no lo experimenté.

-Qué pena, oye.

-Nada de qué pena -replicó con una sonrisa-. No me interesaban esas fiestas.

-Ah, mira.

-En realidad, nunca me han interesado las chicas. Pensaba que lo sabías.

Recuerdo que no supe qué decir. De alguna manera seguía sin entender del todo: como si el mundo acabara de agrietarse y yo me hubiera quedado engarzado en una de sus grietas, ignorante de todo.

Tal vez esperaba que dijera que prefería las mujeres maduras, como la profesora de ballet argentina, que acababa de cumplir treinta.

Finalmente, lo entendí.

Fue un choque tremendo, especialmente por mi galáctica ingenuidad.

Después de eso nuestra amistad ya no fue lo misma.

Mis esfuerzos por demostrarle respeto y admiración por llevar su condición homosexual con una naturalidad que en ese entonces era revolucionaria, en vez de acercarlo, lo alejaban más.

Luego vino la diáspora.

Cientos de miles que empezaron a abandonar el país. Días en los que el dinero podía valer la mitad por la tarde (del mismo día).

Yo fui uno de los primeros, más por aventura que por necesidad, sin saber que seguirían tantos después, verdaderamente desesperados.

Alberto terminó en EEUU y yo en Alemania.

Y así nos perdimos del todo de vista.

Aprendí que toda persona vive dos o más vidas en una.

La que vemos en las calles, oficinas, aulas, salones, tiendas, aeropuertos, bares, dormitorios, playas, fiestas, reuniones, solamente es una de ellas.

Incluso esta, puede ser solo una máscara, una impostación de otra más profunda.

Tal vez son otros los que viven por nosotros -allá fuera- la vida que nos guardamos para cuando nadie nos ve, la faceta que no nos atrevemos a mostrar, la careta que escondemos pacientemente para el momento adecuado que acaso nunca llega.

Sombras de sombras.

Luces que crepitan al nacer de ellas, para ser pronto absorbidas por las fauces de este escarnio espiral llamado tiempo.

Tal vez nada es lo que es, en el fondo. 

 

HjV 26.03.2016

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