DÜSSELDORF

La escalera terminaba en una puerta metálica; a un lado estaba el cajero automático del estacionamiento, al otro, un ascensor.

Abrí la puerta.

Tardé en darme cuenta de que no había llegado a una zona de tiendas como las que ofrecen los aeropuertos modernos sino a la estación central de Düsseldorf.

El navegador de mi auto me había llevado por otra ruta y, temeroso de estar alejándome demasiado de mi destino, me había metido al primer parqueo que encontré:

Un edificio entre futurista y carcelario, y que parecía harto de sí mismo. Tal vez por el inusual calor de esos días.

*

Empecé a caminar por los pasillos de la estación, imaginando que me dirigía a tomar un tren.

Imaginé que ese tren me permitiría alejarme de todo, dejar mi vida atrás. No tenía ninguna razón especial. Solo cierto cosquilleo en el cuerpo: el del viajero que desconoce su próximo y lejano destino.

En el camino (pleno de viajeros de aspecto europeo y asiático, entre ellos muy pocos alemanes), como un espía que en el último momento decide cambiar su plan para confundir y deshacerse de sus perseguidores, decidí que subiría al primer tren que llegara y que bajaría por el otro lado.

*

Seguí imaginándome como alguien que quiere huir de todo, sobre todo de sí mismo, aunque sin saber por qué.

Simplemente alguien que, en un momento dado, piensa en cambiar de golpe su vida, como otros sueñan con llegar a la Luna, volar, o sumergirse en el fondo de un océano saltando desde el punto más alto de un puente.

El tren sería una especie de cuchilla, límite de mi existencia.

*

Llegué al andén.

Me imaginé ya al otro lado del tren que acababa de llegar, en el andén contiguo, donde había también había un tren a punto de seguir su recorrido.

Me imaginé viendo cómo yo mismo partía; como se ven las cosas que no volverán, pero que quedan grabadas en la retina como dioses continuos.

La fantasía de la partida sin retorno.

Una forma más de saberse vivo.

*

Entonces el tren partió y cuando terminó de pasar ante mis ojos, vi que yo seguía al otro lado:

No había subido. Seguía sobre el andén contiguo, viendo cómo se alejaba el otro tren.

Nuestras miradas se cruzaron en ese momento.

Yo mismo me estaba observando ahora.

Leí en mis ojos (en los del otro) el deseo de probar esa otra vida, la de este lado, en la que yo acababa de imaginarme dejando todo para mirarme desde el otro lado.

El que ahora se imaginaba poder reemplazarme en mi vida, la de este lado.

Giré y regresé por donde había venido.

Salí entonces de la estación, sin saber quién en verdad volvía a abrir la puerta que me había llevado allí y estaba desandando ahora mis pasos.

HjV 08.05.2016

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