GLÍGLICO Y GÚGLICO

Hace muchísimos años (la Red no existía aún, ni los discos compactos; estos últimos ya en fase de extinción), les propuse a mis numerosos hermanos inventarnos una palabra, que intentaríamos luego contagiar en el colegio y ponerla de moda, hasta abarcar toda la ciudad (Lima, en este caso).

Mi interés era el de un lingüista, el de un científico cuyo tema o fascinación eran/son las palabras (las lenguas, en general); pero, por supuesto, yo no lo sabía.

En realidad, sin saberlo ni percibirlo, lo que quería demostrarle a mis hermanos, era que, la forma en que nuestro (cualquier) idioma se renueva y conforma, responde a leyes que no son necesariamente lógicas ni vitales, y que muchas veces responden simplemente a esa nítida inclinación humana por mostrarse más ‘avanzado’, abierto e innovador que los demás, además de presumir de ello: la moda.

Lamentablemente, mi idea no prosperó. Mis hermanos se rieron de mi propuesta (de todas las que les hice) y ellos mismos no hicieron ninguna.

(Esto último es lo que ha quedado grabado en mi memoria; o sea, en mi ‘mentira vital’, porque, más que seguro, ellos debieron hacer varias propuestas.)

Bueno, pues.

Hoy ya me consta que es posible crear, de forma más o menos arbitraria y personal, un vocablo determinado, que luego pasa a convertirse en parte del habla común.

Alguien dirá que así fue cómo se formaron todas las lenguas del planeta. Y es cierto, empero, normalmente, ese es un proceso que suele durar años, décadas o, incluso, siglos.

Hoy es posible conseguirlo en apenas días, semanas o meses.

Y no me estoy refiriendo a aquellos vocablos (neologismos, por lo general, provenientes del inglés) que podrían ser adaptados a nuestro idioma (o tener equivalentes), pero que, por cuestiones de moda (sobre todo en su ‘vertiente presumidora’) o por simple prisa, flojera o improvisación, se adoptan tal como son, sin apenas variaciones.

Me refiero, más bien (para poner ejemplos españoles), a términos como pagafantas (el nombre de una película, en realidad, y un vocablo que es toda una radiografía de las llamadas relaciones de género: o sea, entre hombres y mujeres; y no solo entre ellos) o perroflauta.

Cortázar decía que el buen escritor es aquella persona que modifica parcialmente el lenguaje, pero hasta el punto de que, tras hacer palidecer (o enojar) a los gramáticos, su transgresión puede llegar a convertirse en regla o convención aceptada.

Cortázar inventó el glíglico.

¿Qué habría dicho de saber que alguna vez nos invadiría el gúglico?

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HjorgeV 08.10.2016

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