VENTAJAS DE MADRUGAR

Su lucecita aparece en medio de la calle oscura como una inmensa luciérnaga que ha empezado a dudar de su rumbo.

Sé por su luz que gira a la derecha y se dirige a la puerta de uno de los vecinos del otro lado de la calle.

Por un momento creo que es alguien que ha salido a correr muy temprano, a las cuatro y media de la madrugada.

Luego pienso que podría ser un ladrón.

Entonces la lucecita vuelve a aparecer, cruza la calle y enfila hacia el lado opuesto.

Estoy en la cocina, que sobresale de la construcción como una media nariz encristalada. Me he levantado muy temprano para corregir mi novela.

Desde la mesita elevada que nos sirve para desayunar y comer, a mis hijos hacer sus tareas y, a mí, trabajar cuando los demás duermen, veo que la lucecita enrumba hacia la casa del vecino de enfrente.

Ya sé que solo es un repartidor que está dejando alguna propaganda o folleto en las viviendas de la zona.

Pero solo puedo ver la luz que lleva en la frente y que, por deslumbramiento, no me permite ver siquiera si se trata de un hombre o una mujer.

Él (lo supongo por la contextura que creo adivinar), lo sé, me ve; pero no sabe que yo no lo sé y que solamente veo su luz.

Debe creer que lo que él ve (y sabe) también lo ven (y saben) mis ojos.

Pero no es así y ahora solo veo una lucecita que se acerca a nuestra puerta y empieza a oscilar, acaso porque está preguntando algo que no puedo escuchar a través del ventanal, la media nariz.

Estamos a solo dos metros de distancia y no sé cómo reaccionar.

(Gozo pensando que podría ser uno de los personajes de mi novela que ha venido a reclamarme algo, incluso a atacar y matarme, pues significaría que he conseguido insuflarle vida.)

Es invierno por estas tierras teutonas.

La temperatura exterior es de -1ºC; lo acabo de ver en la Red. Más de veinte grados de diferencia nos separan, además del vidrio y el cemento.

Sé que no debe estar pasando frío porque su silueta denota una gruesa vestimenta y, además, el continuo movimiento debe ayudarlo.

Finalmente veo el Kölner Stadt Anzeiger -el principal diario de la ciudad- que agita en la mano y entiendo lo que está tratando de decirme: que solo se ha acercado a dejar un ejemplar en nuestro buzón.

Asiento con la cabeza, incómodo por no poder ver sus ojos ni el resto de su rostro.

Tal vez alguna vez el futuro sea así -pienso- y terminemos intentando comunicarnos con lucecitas que flotan en el aire, pero sin llegar a saber lo que nos dicen.

Cuando me doy cuenta de que tendría que agradecerle por la entrega, la luz ya ha desaparecido y entiendo que el repartidor ha girado para continuar su ruta.

Me toma unos instantes volver a reconocer su lucecita en la oscuridad, a través de los cristales.

Dejo de mirar hacia afuera y vuelvo a mi novela.

Lo hago con cierto resabio: el de haberle demostrado no mucho más que temor ancestral al inesperado visitante.

Abro mi libreta, donde he apuntado la noche anterior los cambios y detalles que deseo injertarle a mi historia, dispuesto a olvidar el temprano incidente.

Entonces continúo mi travesía por el espacio, a una velocidad de 30 km por segundo alrededor del sol, a bordo de esta nave llamada Tierra.

Ahora sé que una figura se mueve en la oscuridad, muy cerca, repartiendo diarios a los demás ocupantes, que aún duermen como los pasajeros de un avión, mientras yo trato de insuflarle vida a mi historia inventada.

Me acerco al ventanal. Miro hacia arriba, fuera de la nave, como un turista.

El nuevo día ya no está lejos. Como siempre.

.

.HjorgeV 05.12.2016

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