UN CINQUITO DE EMPATÍA

Mi avión partirá de Düsseldorf y me basta arrojar ‘Köln Flughafen Düsseldorf’ a las fauces del Rey Gúglico para saber enseguida cómo llegar al aeropuerto.

Serán 63 km: una hora y media señalada en la opción ‘Transporte público’.

Tendré que tomar primero el bus a la estación de la localidad vecina y luego el tren hasta Colonia. De ahí directo al aeropuerto de Düsseldorf.

Mi padre acaba de morir y me estoy dirigiendo a su velorio (después resultará que no llegaré a tiempo).

Me muevo, pero mi propio cuerpo me resulta extraño. Como si fuera otro el que se está dirigiendo a despedirse de su padre para siempre al otro lado del Atlántico.

*

Una vez, en -lo que supusimos era solo- un pequeño aeropuerto de México, nos pusimos a pasear antes de hacer el siguiente trasbordo.

Desconocíamos que las dos pistas operativas estaban a 1,5 km de distancia y tuvimos que correr como almas que persigue el diablo, como decían nuestras abuelas, para no perder nuestro vuelo de regreso a casa.

Así que decido salir con cuatro horas de anticipación para llegar a Düsseldorf.

*

Aún está oscuro cuando llega el bus y lo abordo junto con otros pasajeros en la fría mañana invernal.

Le menciono al conductor mi destino para poder pagar el importe de mi boleto, pero me queda mirando como a un extraterrestre.

Warten -me ordena, sacando enseguida un libro del grosor de las antiguas guías telefónicas: cinco centímetros como mínimo y otros cinco de peso.

Me ha ordenado que espere, pero sé que me está demostrando empatía y me relajo.

Cuando los pasajeros empiezan a impacientarse porque ya ha transcurrido más de un minuto sin que el bus se mueva, giro mi cabeza y les hago una venia de disculpa para demostrarles empatía.

*

El conductor vuelve a poner en marcha el bus y en cada próxima parada abrirá el bendito libro para intentar ubicar la tarifa correspondiente.

Sé que no la hallará.

Tendrá empatía conmigo, pero es una tarea fuera de lo común para él y ya tiene suficiente con conducir y cobrar, además de que la iluminación es mala y la lógica de las tarifas alemanas es de Marte.

*

Quien llegue a Alemania de visita, deberá armarse de valor y paciencia si pretende viajar con la DB, la Deutsche Bahn (Trenes de Alemania).

Es una de las empresas de transporte más grandes del mundo con dos millardos (dos mil millones) de pasajeros al año y más de un cuarto millón de empleados.

Pero con expendedores automáticos de boletos que son un desastre.

En extremo detallosos y complicados, si tu tren está por llegar y no estás familiarizado con su lógica, bien podrás encomendarte a tu particular dios, incluso si hablas alemán.

La DB carece de empatía. Saca tus boletos con temerosa anticipación.

Es obvio que los diseñadores de sus expendedores automáticos no se pusieron en la piel del viajero. De hecho, seguro que nunca han viajado en tren.

¿A alguien se le ocurriría utilizar papel de lijar para fabricar pañales?

La DB lo hace, a su manera.

*

(Un día después llegaré a mi destino y, como siempre, una de las primeras cosas que me llamará la atención, ya al otro lado del Atlántico, será el lenguaje.

El funcionario que me atiende en aduanas no me ordena ‘Espere’, me ruega ‘Un momentito, por favor’.

Es casi como una plegaria, una forma de demostrarme empatía, porque comprende mis deseos de llegar a mi destino sin cortapisas, ya.)

*

Acabo de levantarme.

Me he despertado más temprano de lo habitual porque estaba soñando algo extraño.

Acababa de descubrir un moderno laboratorio de cocaína en una nave industrial y estaba maravillándome con la inventiva de los narcos, cuando aparecieron dos sujetos en la puerta de la nave.

A uno de ellos lo conocía. El otro llevaba una capucha con la que cubría su rostro y -no lo noté en un primer momento- también una pistola automática en su mano.

Como solo estaba curioseando y no tenía nada que ocultar, decidí relajarme.

El que me conocía me saludó más o menos cordialmente, pero el de la pistola se acercó para ver si llevaba un arma.

Tras hacerlo y notar que mis intenciones no eran malignas, hay que suponer, se descubrió el rostro.

-No temas -me dijo-. No te voy a matar, pero te recomendaría no meter tus narices en lo que no te incumbe.

Asentí. Era solo un sueño. Y me estaba demostrando empatía.

*

¿Qué sentirá alguien como Bashar al-Ásad, presidente de Siria y médico de profesión, cuando ordena atacar una y otra vez Alepo, una ciudad ahora fantasma, destruida por las bombas?

¿Empatía?

¿Y Europa, que mira hacia otro lado mientras continúa la masacre y sigue vendiendo armas?

*

En enero del año que ya llama a la puerta -2017- se cumplirán 75 de la Wannsee-Konferenz, la conferencia realizada en Wannsee, una conjunción de lagos al suroeste de Berlín.

Autoridades civiles, policiales y militares del gobierno de Hitler se reunieron en la villa Gross Wannsee para decidir la «solución final de la cuestión judía». El Holocausto que vendría después, la Shoa.

Aunque los asesinatos en masa de judíos ya habían comenzado con la invasión de la Unión Soviética, todavía no existía un plan para exterminar a todos los judíos europeos.

Recién en enero de 1942 las SS iniciaron las «evacuaciones» a los campos de exterminio.

¿Alguna forma de empatía en esa conferencia?

*

Tras estafar a miles de personas, en el mayor fraude cometido por una sola persona (68 millardos de dólares) y uno de los mayores de la historia, Bernard Madoff terminó condenado a 150 años de prisión.

Con fama de filántropo, llegó a estafar incluso a organizaciones caritativas, principalmente de la comunidad judía de su país, de la que era un personaje prominente.

Mark Madoff, su hijo, apareció colgado con una correa de perro de una tubería del techo de su departamento hace casi exactos siete años, en el segundo aniversario del arresto de su padre.

¿Empatía con las víctimas? ¿O solo vergüenza, desesperación?

*

Como la vida la vivimos entre dos oscuridades -Alice McDermott dixit-, mi avión llega a Lima de noche y una de las primeras llamadas que hago es a una de mis primas.

Quiero comunicarle que acabo de llegar y quiero visitar a mi tía, su madre, la mujer que nos acogió (a mi madre, a mi hermana y a mí) durante un par de meses hace muchos años.

La verdad es que temo no volver a verla, porque es muy anciana y no sé cuándo volveré a viajar a Lima. Pero no se lo digo, claro.

-Un cinquito -me dice mi prima, con ese tono de ruego que usado acá en Alemania es incomprensible.

Mi prima quiere apagar la radio para escucharme mejor.

«Espérame solo cinco segundos, por favor», es lo que está diciéndome, con empatía.

Entonces recuerdo que acaba de morir mi padre y ella lo debe saber.

La memoria, me digo, es una gran batalla perdida de antemano.

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HjorgeV 14.12.2016

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