MICHAEL CONNELLY: «La habitación en llamas»

Piglia -otro que se nos fue demasiado pronto- solía afirmar que la mayor certeza de los escritores es saber lo que no quieren hacer.

Si pudieran hacer lo que quieren/desean hacer (partiendo de que lo supieran), todos los días aparecerían obras de la talla de la Divina Comedia o el Martín Fierro.

Lo repitió en Borges, un escritor argentino, un ciclo de clases abiertas emitido por la televisión pública de su país.

Piglia consideraba al ciego eterno como uno de los pocos que han conseguido acercarse a esa gruta o ruta que barruntan como la correcta o ideal.

*

Acabo de terminar La habitación en llamas, una de las últimas novelas de Michael Connelly, aparecida en este 2017 que ya empieza a declinar.

Estuve a punto de cerrar el libro antes de terminarlo, más o menos harto de sus desperfectos, excesivos e inútiles meandros y errores.

No conseguí convencerme -a mí mismo- de abandonarlo y eso me salvó, porque el final fue —–casi- como una redención.

*

Convengamos con Piglia y partamos de que escribir bien es, sobre todo y antes que nada, saber lo que no se debe hacer: por lo menos intuir todo aquello que se debe evitar.

Para Piglia, Borges es un buen escritor porque inventó -creo que hay consenso– la literatura fantástica.

Un clásico sería, así, un escritor que llega a erigir cierto tramo del camino que intuye como cierto o correcto. Una avanzada en el mar de la incertidumbre, por así decir.

El resto de los escritores se debe contentar con lo tentativo. Con probar y errar.

*

Siguiendo esa línea, tal vez Auster estuvo a punto de ‘inventar’ la literatura negra.

Dejó los primeros pasos e indicadores del camino que atisbaba, en su trilogía de Nueva York.

Ciudad de cristal, la primera de las tres, empieza, precisamente, cuando Daniel Quinn, escritor de novelas de misterio (así aparece en la traducción), recibe la llamada de un desconocido en mitad de la noche.

El errado interlocutor telefónico, tomando a Quinn por un detective, le encarga un caso.

Y Quinn, lejos de aclarar el malentendido, decide meterse a una historia enigmática y extraña.

*

Auster no siguió/sigue esa prometedora línea en sus posteriores novelas: ha coqueteado con esa línea negra, pero sin llevarla consecuentemente hacia el esquema negro más o menos aceptado.

Una línea que podría haberlo llevado a convertirse en el ‘creador’ de la literatura negra (partiendo de que diferenciamos esta del resto de ese género).

(Escribir una novela policiaca, una cualquiera, no es garantía de literatura.)

*

Intentos ha habido muchos. Y los habrá.

Una de las primeras novelas de Antonio Muñoz Molina mostraron esa veta: El invierno en Lisboa.

Otro intento frustrado, en lo que a esa línea (tentativa) negra se refiere.

Otros admiran a Vásquez Montalbán.

Aparecerán muchos más, espero.

*

¿Por qué nos fascina la literatura negra a sus seguidores?

Por negra y por literaria, respondo.

Dos ingredientes muy difíciles de conseguir y, más aún, de mezclar, de conjugar.

Chandler era tajante al respecto. Para él, el relato policial perfecto no es posible, pues:

«El tipo de mente que puede concebir el misterio perfecto, no es el tipo de mente que puede producir el trabajo artístico de escribirlo.»

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Por lo menos, el camino (sobre el mar) ya está marcado y de lo que se trata es de ampliarlo en sus horizontes y alcances.

Dejando aparte lo literario (más volátil como ingrediente), el otro ingrediente es más palpable, tangible.

Porque una novela negra es una persecución. Una peripecia.

La aventura del lector ocurre subido a los hombros del autor, quien lo va llevando por la ruta que ha obtenido tras grandes esfuerzos (aunque siempre considere que no es la mejor que podría haber imaginado), mientras salpica con comentarios y observaciones su paseo.

Estos últimos tienen que estar en la proporción adecuada, so peligro de que nos apeemos de los hombros del narrador/caballo.

*

Pocos saben que Stephen King, ha escrito un libro genial para escritores: Mientras escribo.

Para el mago del terror misterioso, la prioridad es que no se pare la pelota.

Esta también parece ser la máxima de Connelly, siempre esforzado porque no se detenga la ruleta, empujando a su personaje Hieronymus Harry Bosch incluso a vericuetos donde solo perderá el tiempo.

Como en todo arte: lo malo es cuando la mano del mago se nota.

Pues, no solo en la vida real, lo que más nos impulsa no es la recompensa en sí, sino la expectativa de la recompensa.

*

Y con Connelly las expectativas son demasiado altas como para pretender una recompensa afín.

(Es el drama de nuestras sociedades de consumo: las expectativas son mayores que la recompensa, pero no podemos renunciar a ellas, aún sabiendo que aniquilamos el planeta, porque nos quedaríamos sin o casi nada.)

Por eso el final de La habitación en llamas es una redención.

Una lágrima que no se esperaba.

La flor marchita y aplastada que la amada encuentra -demasiado tarde- en el bolsillo del amado muerto.

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HjorgeV 03.08.2017

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