Mes: septiembre 2017

«SOMBRAS AJENAS»

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En el camino

de la entrada a la finca de tu tía

yo buscaba en la oscuridad

tus ojos: los

faros que me permitían

aceptar lo

absurdo e imposible.

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Apenas te reconocieron,

los perros guardianes saltaron

hacia nosotros

como si hubieran estado ocupando

otras sombras por error

y no supieran qué hacer

para recuperar ahora las suyas.

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Apenas entraste en la casa

apareció la gata

cuerda y remolona de tu tía loca.

Luego ella misma delante de

una ventana: con el gesto de quien

ya no sabe quién es

ni dónde está, pero ya poco

importa de todas

maneras.

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Detrás de ella, dos palomas cruzaron el marco de

la ventana como escapándose

de un cuadro

inacabado.

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Yo vi en ese momento un

resplandor fugaz en tus ojos.

Lo seguí con la mirada

esperando encontrar por fin una

guía en mi camino.

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Pero cuando volví la cabeza

ya no estabas.

Solo tu tía. Y su gata

remolona.

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Y también había desaparecido

la ventana

detrás de ella y, fuera, de los perros

solo habían quedado

sus sombras

ajenas.

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HjorgeV 27.09.2017

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«LADRONES DE CREPÚSCULOS»

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En la tarde gris ella pronto

aparecería.

Llevaría el abrigo

de moda encima: el que nos

iría a permitir conocer el calor de

nuestras manos ocultas.

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De la neblina previa al crepúsculo

ella pronto surgiría.

Con sus

labios haría un mohín que

sería un beso dibujado en el aire.

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(Nunca entendí por qué le gustaba yo.

Por mi parte, adoraba sus labios, su boca,

esa forma de besarme que era como

un salto a la eternidad, que en ese entonces

era pasear con ella.

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Sus dos manos posadas

sobre mi nuca como sujetando

un niño recién nacido:

la muerte no podía existir.

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O era eso, precisamente.

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Luego el encuentro de los cuerpos, aún

sin entender de penetraciones ni

desnudez.)

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Saberte mío, decías.

Miarte saba, te respondía yo.

Saber que me perteneces.

Pertener me que sabereces.

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Todo intento de apropiación

termina en el primer juzgado

de Marte, me advertías.

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Pertenencia. Posesión.

Propiedad.

Dominio.

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Ningún color

que lo disimule: como

las palabras que documentan

el asombro ante el misterio

de la conducta humana

(mayor que el del universo

y el de la vida juntos).

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HjorgeV 22.09.2017

TARDÍA ADULTEZ HACIA LA ESTACIÓN CENTRAL

Le dije que no podía ser creyente porque, de serlo, estaría endiosadamente enojado con El Tipo.

(Le molestó que lo llamara así, El Tipo: como si de verdad existiese y pudiera ofenderse con ese apelativo. ¡Que levante mi mano quien crea en la telequinesis!, como decía Kurt Vonnegut, a quien nadie nunca le hizo caso con ese pedido.)

Salí de la adolescencia a los treinta y tantos años.

Lo hice convencido de que hacía mucho que ya había empezado la adultez, pero sin saber en qué consistía esta, por lo que no podía afectarme.

Ocurrió en esa lejana época en la que todavía no se hablaba de la terrible extensión de la adolescencia hasta los treinta o cuarenta (alguna vez moriremos adolescentes): esa fase en la que no hemos terminado de independizarnos a pesar de que nuestro cuerpo ya ha empezado la cuenta regresiva.

Una vez, en la televisión alemana, le preguntaron a un niño cómo se imaginaba su futuro.

«Jubilado. Con una buena copa en la mano», respondió muy orondo.

El entrevistador se rio a mandíbula batiente.

A mí me dieron ganas de llorar. Quizá porque la frase retrataba a una familia entera, a todo un país.

Antes me había pasado largos años acompañando la vida de otros o viviendo la que ellos pensaban que me correspondía.

No fue/era fácil:

Vivir por otros, pero con el propio cuerpo como escudo y probeta.

(Tal vez siempre es así para todos, solo que nadie se atreve a decirlo o no lo nota.)

(O acaso la adultez tardía solo consista en saber pasar desapercibido como tal.)

De mi larga etapa de púber recuerdo especialmente la rigidez que muchas vidas podían adoptar desde muy temprana edad: seré médico, ingeniero, abogado, empresario (yo dije cura y presidente).

(En ese entonces no existía el prodigioso futuro de jubilado con una copa en la mano.)

Nadie decía: moriré. A pesar de que habríamos sido absolutamente certeros.

El poeta costarricense Luis Chaves (San José, 1969) lo dijo alguna vez así:

«Rodeando latas de cerveza, / los amigos discutían / cuánto dura la juventud. / Pensaste en voz alta / “qué me importa, si nunca fui joven”.»

Personalmente, me sigue resultando imposible arribar a la adultez.

Busco en mis días y en mis horas el recuerdo de una juventud que no puedo encontrar, tal vez porque miro desde ella, como en una oportunidad no pude hallar mis lentes porque los llevaba puestos.

O como no se puede entender la muerte desde la vida.

(Y seguramente tampoco esta desde aquella. Quién lo sabe.)

Siempre se muere de vida. Nunca de muerte.

La muerte es la llegada. 

La vida solo es el fallido y diario intento por llegar a la Estación Central Común.

(-Donde estará esperándote El Tipo -se burla el otro tipo, a modo de venganza conclusiva.

-De ser así -le respondo-, será porque también ya ha muerto.)

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HjorgeV 15.09.2017

«POR FIN, LA META»

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Ahora está en la meta, sola,

sin nadie más a la vista.

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Ha cumplido lo que se había

propuesto.

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Y entonces se dice: un paso. Luego dos.

Continuaré.

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Pero duda.

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Solo existen tres posibilidades:

(a) continuar un/su camino,

(b) permanecer en la meta, inmóvil, o

(c) regresar al inicio.

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Pero también sabe que

no hay nada detrás del silencio absoluto

(así de claro es el futuro).

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Vuelve a decirse entonces: un paso,

luego dos (que es como empieza

todo camino, el derrotero inevitable

hacia el Gran Silencio) y entonces

le surgen

alas a los costados y ella salta

al vacío:

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como el ave que no

sabe si está de vuelta

o alejándose

más aún.

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HjorgeV 09.09.2017