TARDÍA ADULTEZ HACIA LA ESTACIÓN CENTRAL

Le dije que no podía ser creyente porque, de serlo, estaría endiosadamente enojado con El Tipo.

(Le molestó que lo llamara así, El Tipo: como si de verdad existiese y pudiera ofenderse con ese apelativo. ¡Que levante mi mano quien crea en la telequinesis!, como decía Kurt Vonnegut, a quien nadie nunca le hizo caso con ese pedido.)

Salí de la adolescencia a los treinta y tantos años.

Lo hice convencido de que hacía mucho que ya había empezado la adultez, pero sin saber en qué consistía esta, por lo que no podía afectarme.

Ocurrió en esa lejana época en la que todavía no se hablaba de la terrible extensión de la adolescencia hasta los treinta o cuarenta (alguna vez moriremos adolescentes): esa fase en la que no hemos terminado de independizarnos a pesar de que nuestro cuerpo ya ha empezado la cuenta regresiva.

Una vez, en la televisión alemana, le preguntaron a un niño cómo se imaginaba su futuro.

«Jubilado. Con una buena copa en la mano», respondió muy orondo.

El entrevistador se rio a mandíbula batiente.

A mí me dieron ganas de llorar. Quizá porque la frase retrataba a una familia entera, a todo un país.

Antes me había pasado largos años acompañando la vida de otros o viviendo la que ellos pensaban que me correspondía.

No fue/era fácil:

Vivir por otros, pero con el propio cuerpo como escudo y probeta.

(Tal vez siempre es así para todos, solo que nadie se atreve a decirlo o no lo nota.)

(O acaso la adultez tardía solo consista en saber pasar desapercibido como tal.)

De mi larga etapa de púber recuerdo especialmente la rigidez que muchas vidas podían adoptar desde muy temprana edad: seré médico, ingeniero, abogado, empresario (yo dije cura y presidente).

(En ese entonces no existía el prodigioso futuro de jubilado con una copa en la mano.)

Nadie decía: moriré. A pesar de que habríamos sido absolutamente certeros.

El poeta costarricense Luis Chaves (San José, 1969) lo dijo alguna vez así:

«Rodeando latas de cerveza, / los amigos discutían / cuánto dura la juventud. / Pensaste en voz alta / “qué me importa, si nunca fui joven”.»

Personalmente, me sigue resultando imposible arribar a la adultez.

Busco en mis días y en mis horas el recuerdo de una juventud que no puedo encontrar, tal vez porque miro desde ella, como en una oportunidad no pude hallar mis lentes porque los llevaba puestos.

O como no se puede entender la muerte desde la vida.

(Y seguramente tampoco esta desde aquella. Quién lo sabe.)

Siempre se muere de vida. Nunca de muerte.

La muerte es la llegada. 

La vida solo es el fallido y diario intento por llegar a la Estación Central Común.

(-Donde estará esperándote El Tipo -se burla el otro tipo, a modo de venganza conclusiva.

-De ser así -le respondo-, será porque también ya ha muerto.)

.

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HjorgeV 15.09.2017

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