DEL PALTO A BERLÍN (I)

Volver a una ciudad para visitar una de tus vidas truncas.

Esa que desechaste al decidir irte a vivir a otra ciudad o cuando aceptaste un puesto de trabajo o la plaza de estudio que te proponían en un país lejano.

O esa otra posible vida que el traslado de toda tu familia a otra ciudad truncó cuando eras niño.

*

En mi caso, en Berlín deseché una posible vida al soltar la cálida mano que una amable desconocida me ofrecía en la penumbra de un cine.

*

Hay pocos días, pocas horas, pocos momentos en los que no tomemos decisiones y rumbos que terminan definiendo ese molde, modelo o espejismo llamado vida.

Inevitablemente, empero, siempre es al precio de desechar otras existencias posibles.

Una simple llamada no hecha. Otra que no quisimos contestar. Un mensaje no enviado. O aquel en el que no nos atrevimos a decir la verdad.

La cita a la que no asistimos. O la que cumplimos. La ventana que dejamos abierta, permitiéndonos escuchar un secreto. La puerta que cerramos a alguien, sin saber.

Por muy insignificante que pueda parecer cierta acción -o su omisión-, algunas pueden decidir el rumbo de toda una vida.

*

Muchas veces lo impiden nuestras particulares anclas (trabajos, estudio, familia, amigos, propiedades): mecanismos, cosas, personas, instituciones, entes u obligaciones que evitan que nos alejemos demasiado de cierto derrotero principal, de la manada.

Fijadores impuestos tanto por nuestro entorno como por nosotros mismos, y que son como la cuerda que une al astronauta a su nave espacial cuando sale al espacio sideral.

¿Qué sucede, empero, con todas esas otras vidas descartadas, que cada quien va dejando como un reguero de posibilidades truncas cada día, semana, mes o año?

¿Seguirán sus propios caminos, expandiéndose con sus ramificaciones propias en otros universos posibles?

*

No es difícil imaginar un Libro de la Vida, uno de incontables páginas.

Y que cada una de ellas albergara un mapa existencial, una vida.

Y que fueran permeables, haciendo posible pasar a otros mapas, a otras vidas, entremezclándolas: que es lo que sucede cuando nos casamos, hacemos nuevos amigos, tenemos descendencia o conseguimos un trabajo, fundando así un nuevo mapa, una nueva página del Libro de la Vida.

¿Qué sucede con todas esas páginas y hojas que vamos excluyendo prácticamente cada tanto, con cada nueva decisión, inesperada o no, sensata o necia, abyecta o noble?

¿Conformarán otros Libros?

*

Tal vez habría que ampliar el término Doppelgänger.

No solo pensar en la existencia del doble de una persona.

También en su triple. O cuádruple.

El hecho de ir descartando otros rumbos, otras vidas posibles, no tiene por qué significar que estas dejen de existir necesariamente.

Acaso siguen sus propios derroteros en sus particulares dimensiones o Libros; y, simplemente, lo ignoramos.

Tal vez somos nosotros solo los dobles, quíntuples o séxtuples de un personaje principal cuya vida es mejor.

O peor.

*

Precisamente en Berlín, el Libro de la Vida me ofreció una nueva página aquella vez que una blonda desconocida tomó mi mano en la penumbra de una sala de cine.

¿Trunqué -yéndome sin más- un posible matrimonio, una familia limeño-berlinesa?

¿O todo no habría pasado de una simple relación pasajera?

*

Ocurrió hace muchos años, pero cada vez que visito Berlín pienso en ello como si hubiera ocurrido solo minutos atrás y aún pudiera arrepentirme de mi huida, reconstruir mi camino.

En volver a ese momento crucial en el que decidí no volver a mi asiento.

Aunque solo fuera para averiguar qué habría sido si.

Y no por estar descontento con el boleto que me ha tocado.

Es la consecuencia, el efecto de ver la vida como un eterno jardín de senderos que se bifurcan.

*

Fue un jueves o un lunes de un invierno durísimo.

Acababa de asentarme en Colonia, después de un sumario y duro pasaje por París, y quería visitar la Berlinale, el Festival Internacional de Cine de Berlín. Ese era todo mi objetivo; una forma, en realidad, de huir de un amor imposible en Colonia.

Recuerdo que ingresé al primer cine que apareció en mi camino.

Recuerdo que, en un determinado momento de la película, giré hacia un lado como si estuviera acompañado, pues no había entendido una escena y necesitaba una explicación, y me encontré con un agradable rostro y una más agradable sonrisa.

*

Sin saber cómo, al final de una susurrante explicación al oído nuestras manos ya se encontraban entrelazadas.

Y permanecimos así largos minutos, sin mirarnos, apenas intercambiando nuestras tibiezas, gozando del extraño e inesperado placer de sostener una cálida mano, de un contacto humano.

Recuerdo que la escena me pareció tan surreal, que salí a tomar aire.

Ya fuera, me acometió una especie de ira absurda, una rebelión contra ya no sé qué (¿que, aunque fuera una gran suerte, me fuera impuesta?) y no regresé a la sala.

*

Acabo de volver a pasar unos días en Berlín.

Y otra vez no he podido dejar de pensar en esa cálida mano y en esa amable y bella sonrisa a las que renuncié un día ya lejano.

Ya no sé si porque no podía entender tanta suerte. O me negaba a aceptarla.

Después de todo, ¿qué linda desconocida te ofrece su mano en la penumbra de un cine cualquiera?

*

Acaso hice bien y ella sigue asistiendo a las pocas salas de cine que aún quedan, ofreciéndole su mano -quizá ya no tan cálida- al desconocido de turno.

O acaso yo, al huir esa vez de ella, dejé a mi doble dentro del cine, quien ahora, en este preciso momento, cena con ella y sus hijos bilingües, preguntándose qué habría sido de su vida de haber seguido ese lejano día de invierno su absurdo impulso de huir, renunciando así a su suerte berlinesa.

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HjorgeV 06-05-2019

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