UN CINQUITO DE EMPATÍA

Mi avión partirá de Düsseldorf y me basta arrojar ‘Köln Flughafen Düsseldorf’ a las fauces del Rey Gúglico para saber enseguida cómo llegar al aeropuerto.

Serán 63 km: una hora y media señalada en la opción ‘Transporte público’.

Tendré que tomar primero el bus a la estación de la localidad vecina y luego el tren hasta Colonia. De ahí directo al aeropuerto de Düsseldorf.

Mi padre acaba de morir y me estoy dirigiendo a su velorio (después resultará que no llegaré a tiempo).

Me muevo, pero mi propio cuerpo me resulta extraño. Como si fuera otro el que se está dirigiendo a despedirse de su padre para siempre al otro lado del Atlántico.

*

Una vez, en -lo que supusimos era solo- un pequeño aeropuerto de México, nos pusimos a pasear antes de hacer el siguiente trasbordo.

Desconocíamos que las dos pistas operativas estaban a 1,5 km de distancia y tuvimos que correr como almas que persigue el diablo, como decían nuestras abuelas, para no perder nuestro vuelo de regreso a casa.

Así que decido salir con cuatro horas de anticipación para llegar a Düsseldorf.

*

Aún está oscuro cuando llega el bus y lo abordo junto con otros pasajeros en la fría mañana invernal.

Le menciono al conductor mi destino para poder pagar el importe de mi boleto, pero me queda mirando como a un extraterrestre.

Warten -me ordena, sacando enseguida un libro del grosor de las antiguas guías telefónicas: cinco centímetros como mínimo y otros cinco de peso.

Me ha ordenado que espere, pero sé que me está demostrando empatía y me relajo.

Cuando los pasajeros empiezan a impacientarse porque ya ha transcurrido más de un minuto sin que el bus se mueva, giro mi cabeza y les hago una venia de disculpa para demostrarles empatía.

*

El conductor vuelve a poner en marcha el bus y en cada próxima parada abrirá el bendito libro para intentar ubicar la tarifa correspondiente.

Sé que no la hallará.

Tendrá empatía conmigo, pero es una tarea fuera de lo común para él y ya tiene suficiente con conducir y cobrar, además de que la iluminación es mala y la lógica de las tarifas alemanas es de Marte.

*

Quien llegue a Alemania de visita, deberá armarse de valor y paciencia si pretende viajar con la DB, la Deutsche Bahn (Trenes de Alemania).

Es una de las empresas de transporte más grandes del mundo con dos millardos (dos mil millones) de pasajeros al año y más de un cuarto millón de empleados.

Pero con expendedores automáticos de boletos que son un desastre.

En extremo detallosos y complicados, si tu tren está por llegar y no estás familiarizado con su lógica, bien podrás encomendarte a tu particular dios, incluso si hablas alemán.

La DB carece de empatía. Saca tus boletos con temerosa anticipación.

Es obvio que los diseñadores de sus expendedores automáticos no se pusieron en la piel del viajero. De hecho, seguro que nunca han viajado en tren.

¿A alguien se le ocurriría utilizar papel de lijar para fabricar pañales?

La DB lo hace, a su manera.

*

(Un día después llegaré a mi destino y, como siempre, una de las primeras cosas que me llamará la atención, ya al otro lado del Atlántico, será el lenguaje.

El funcionario que me atiende en aduanas no me ordena ‘Espere’, me ruega ‘Un momentito, por favor’.

Es casi como una plegaria, una forma de demostrarme empatía, porque comprende mis deseos de llegar a mi destino sin cortapisas, ya.)

*

Acabo de levantarme.

Me he despertado más temprano de lo habitual porque estaba soñando algo extraño.

Acababa de descubrir un moderno laboratorio de cocaína en una nave industrial y estaba maravillándome con la inventiva de los narcos, cuando aparecieron dos sujetos en la puerta de la nave.

A uno de ellos lo conocía. El otro llevaba una capucha con la que cubría su rostro y -no lo noté en un primer momento- también una pistola automática en su mano.

Como solo estaba curioseando y no tenía nada que ocultar, decidí relajarme.

El que me conocía me saludó más o menos cordialmente, pero el de la pistola se acercó para ver si llevaba un arma.

Tras hacerlo y notar que mis intenciones no eran malignas, hay que suponer, se descubrió el rostro.

-No temas -me dijo-. No te voy a matar, pero te recomendaría no meter tus narices en lo que no te incumbe.

Asentí. Era solo un sueño. Y me estaba demostrando empatía.

*

¿Qué sentirá alguien como Bashar al-Ásad, presidente de Siria y médico de profesión, cuando ordena atacar una y otra vez Alepo, una ciudad ahora fantasma, destruida por las bombas?

¿Empatía?

¿Y Europa, que mira hacia otro lado mientras continúa la masacre y sigue vendiendo armas?

*

En enero del año que ya llama a la puerta -2017- se cumplirán 75 de la Wannsee-Konferenz, la conferencia realizada en Wannsee, una conjunción de lagos al suroeste de Berlín.

Autoridades civiles, policiales y militares del gobierno de Hitler se reunieron en la villa Gross Wannsee para decidir la «solución final de la cuestión judía». El Holocausto que vendría después, la Shoa.

Aunque los asesinatos en masa de judíos ya habían comenzado con la invasión de la Unión Soviética, todavía no existía un plan para exterminar a todos los judíos europeos.

Recién en enero de 1942 las SS iniciaron las «evacuaciones» a los campos de exterminio.

¿Alguna forma de empatía en esa conferencia?

*

Tras estafar a miles de personas, en el mayor fraude cometido por una sola persona (68 millardos de dólares) y uno de los mayores de la historia, Bernard Madoff terminó condenado a 150 años de prisión.

Con fama de filántropo, llegó a estafar incluso a organizaciones caritativas, principalmente de la comunidad judía de su país, de la que era un personaje prominente.

Mark Madoff, su hijo, apareció colgado con una correa de perro de una tubería del techo de su departamento hace casi exactos siete años, en el segundo aniversario del arresto de su padre.

¿Empatía con las víctimas? ¿O solo vergüenza, desesperación?

*

Como la vida la vivimos entre dos oscuridades -Alice McDermott dixit-, mi avión llega a Lima de noche y una de las primeras llamadas que hago es a una de mis primas.

Quiero comunicarle que acabo de llegar y quiero visitar a mi tía, su madre, la mujer que nos acogió (a mi madre, a mi hermana y a mí) durante un par de meses hace muchos años.

La verdad es que temo no volver a verla, porque es muy anciana y no sé cuándo volveré a viajar a Lima. Pero no se lo digo, claro.

-Un cinquito -me dice mi prima, con ese tono de ruego que usado acá en Alemania es incomprensible.

Mi prima quiere apagar la radio para escucharme mejor.

«Espérame solo cinco segundos, por favor», es lo que está diciéndome, con empatía.

Entonces recuerdo que acaba de morir mi padre y ella lo debe saber.

La memoria, me digo, es una gran batalla perdida de antemano.

.

.

HjorgeV 14.12.2016

VENTAJAS DE MADRUGAR

Su lucecita aparece en medio de la calle oscura como una inmensa luciérnaga que ha empezado a dudar de su rumbo.

Sé por su luz que gira a la derecha y se dirige a la puerta de uno de los vecinos del otro lado de la calle.

Por un momento creo que es alguien que ha salido a correr muy temprano, a las cuatro y media de la madrugada.

Luego pienso que podría ser un ladrón.

Entonces la lucecita vuelve a aparecer, cruza la calle y enfila hacia el lado opuesto.

Estoy en la cocina, que sobresale de la construcción como una media nariz encristalada. Me he levantado muy temprano para corregir mi novela.

Desde la mesita elevada que nos sirve para desayunar y comer, a mis hijos hacer sus tareas y, a mí, trabajar cuando los demás duermen, veo que la lucecita enrumba hacia la casa del vecino de enfrente.

Ya sé que solo es un repartidor que está dejando alguna propaganda o folleto en las viviendas de la zona.

Pero solo puedo ver la luz que lleva en la frente y que, por deslumbramiento, no me permite ver siquiera si se trata de un hombre o una mujer.

Él (lo supongo por la contextura que creo adivinar), lo sé, me ve; pero no sabe que yo no lo sé y que solamente veo su luz.

Debe creer que lo que él ve (y sabe) también lo ven (y saben) mis ojos.

Pero no es así y ahora solo veo una lucecita que se acerca a nuestra puerta y empieza a oscilar, acaso porque está preguntando algo que no puedo escuchar a través del ventanal, la media nariz.

Estamos a solo dos metros de distancia y no sé cómo reaccionar.

(Gozo pensando que podría ser uno de los personajes de mi novela que ha venido a reclamarme algo, incluso a atacar y matarme, pues significaría que he conseguido insuflarle vida.)

Es invierno por estas tierras teutonas.

La temperatura exterior es de -1ºC; lo acabo de ver en la Red. Más de veinte grados de diferencia nos separan, además del vidrio y el cemento.

Sé que no debe estar pasando frío porque su silueta denota una gruesa vestimenta y, además, el continuo movimiento debe ayudarlo.

Finalmente veo el Kölner Stadt Anzeiger -el principal diario de la ciudad- que agita en la mano y entiendo lo que está tratando de decirme: que solo se ha acercado a dejar un ejemplar en nuestro buzón.

Asiento con la cabeza, incómodo por no poder ver sus ojos ni el resto de su rostro.

Tal vez alguna vez el futuro sea así -pienso- y terminemos intentando comunicarnos con lucecitas que flotan en el aire, pero sin llegar a saber lo que nos dicen.

Cuando me doy cuenta de que tendría que agradecerle por la entrega, la luz ya ha desaparecido y entiendo que el repartidor ha girado para continuar su ruta.

Me toma unos instantes volver a reconocer su lucecita en la oscuridad, a través de los cristales.

Dejo de mirar hacia afuera y vuelvo a mi novela.

Lo hago con cierto resabio: el de haberle demostrado no mucho más que temor ancestral al inesperado visitante.

Abro mi libreta, donde he apuntado la noche anterior los cambios y detalles que deseo injertarle a mi historia, dispuesto a olvidar el temprano incidente.

Entonces continúo mi travesía por el espacio, a una velocidad de 30 km por segundo alrededor del sol, a bordo de esta nave llamada Tierra.

Ahora sé que una figura se mueve en la oscuridad, muy cerca, repartiendo diarios a los demás ocupantes, que aún duermen como los pasajeros de un avión, mientras yo trato de insuflarle vida a mi historia inventada.

Me acerco al ventanal. Miro hacia arriba, fuera de la nave, como un turista.

El nuevo día ya no está lejos. Como siempre.

.

.HjorgeV 05.12.2016

ENTREVISTA (FICTICIA)

-HjorgeV, buenos días.

-Buenos días a todos.

-Empezaré con una pregunta boba. ¿Qué sentido tiene escribir y mantener una bitácora en un mundo en el que solo falta que los pensamientos y los sueños pasen automáticamente como textos a la Red, junto con las fotos del desayuno?

-Tal vez ninguno.

-¿Por qué hacerlo entonces, si ni siquiera compensa el costo de las comidas mientras se escribe como un esclavo?

-Tal vez por eso, precisamente. Aunque puede que se trate de una confusión energética, más bien.

-¿No se escribe para darle sentido a la vida?

-¿Y quién se lo daría al oficio de escribir?

-La pregunta iba en serio.

-¡Mi respuesta también! Más sensato sería darle sentido a la muerte. Dura más. Y siempre es inevitable. La vida no necesariamente.

-¿Qué sentido tendría encontrarle sentido -uno solo- a la muerte?

-Ojalá lo tuviera. Y ojalá se pudiera encontrar el sentido de algo, de las cosas, de un solo sueño. De la nada, para empezar, que no es poco.

-¿Toda vida es inútil en el fondo entonces?

-En el fondo, sí. Porque lo nuestro es pasar. Se le ocurrió a un sevillano Machado y lo cantó un catalán un siglo después. No tendrían qué hacer, imagino. En los tiempos de Machado no existía la televisión. 

-¿No se estaría justificando así el sufrimiento de pueblos enteros?

-Nada justifica el dolor de nadie, ni un solo segundo. Son dos planos diferentes. Nada hay más real que el sufrimiento ajeno y opino que Ayuda A La Colectividad debería ser una asignatura escolar. Otros dicen que Negocios, tal vez para poder vender crayolas en los asilos de ancianos. El solo hecho de que exista un servicio militar obligatorio dice todo sobre los seres humanos; en especial de los hombres.

-Pero una guerra también pasa, tarde o temprano.

-Decir que el agua moja, no es nada que altere sus propiedades.

-¿Por qué no publicar para que otros lean su esfuerzo?

-Se cansarían y podrían enjuiciarme.

-¿Y hacer de la escritura una forma de vida?

-Ya lo es para mí.

-¿No le gustaría ganar dinero con ella?

-Una forma de vida es una forma de vida. Una forma de ganar dinero es una forma de ganar dinero. Un sapo es un sapo. Una rana no es un sapo. 

-¿Y una rana millonaria?

-Una rana millonaria postularía para presidente de EEUU. De hecho ya hay una en la Casa Blanca, con perdón de las ranas. Habría que desligar el dinero de toda actividad humana, más bien.

-¿Por qué no hacer de la escritura un proyecto de vida?, quiero decir.

-La vida está llena de proyectos. La mayoría de ellos hacen agua y los afrontamos con miedo a diario. Sobrevivir, por ejemplo. O trabajar en una empresa bajo el permanente yugo de ser despedido. La diaria adaptación al mundo de las percepciones de nuestros semejantes es otro esfuerzo que no solemos tomarnos demasiado en serio a pesar de que lo necesitamos, precisamente, a diario.

-¿Por qué no vivir profesionalmente de la escritura como pasión?

-Siempre habrá expertos en cosas que apenas entienden. Tal vez por eso se convierten en expertos.

-¿Va dirigido a mí? ¿No puedo saber lo que significa la escritura como pasión?

-Lo que yo no sé es qué significa vivir profesionalmente. Uno vive. Nadie lo elige. A veces ni siquiera tus padres eligen tu vida. Sucede y ya está. Al día siguiente ya es muy tarde.

-¿Pero por qué no hacer de la escritura una profesión?

-Es una pasión. ¿No es el mejor pago? ¿Para qué pedir más? Encima uno puedo reír con ganas, muchas veces.

-¿No sueña con ser admirado por miles de lectores?

-A muchos les pagaría para que no tocaran mis libros. Las reinas de belleza, ¿admiran a todos sus admiradores? No lo creo. A algunos deben detestar.

-¿Se está comparando con una reina de belleza?  

-Usé una mala imagen, es cierto. 

-¿La belleza como meta máxima en el arte?

-Gran tema.

-¿Por qué llamar libros a simples concatenaciones de palabras?

-El 99% de la humanidad llama dios a la ausencia de misterio en nuestra existencia; y encima cree haber resuelto este así: en realidad, ha aumentado otro misterio. Personalmente, encuentro más misteriosas las no existencias; la muerte, entre ellas. El tiempo es otro gran -bello- misterio. Si es infinito, no se podría hablar de comienzo ni fin del universo.

-¿Me va a decir que nunca ha soñado con ser admirado?

-Soñamos a diario y cuando despertamos no recordamos nuestros sueños. Sucede.

-¿Y escribir como una forma de paliar el horror al vacío?

-Escribir es el vacío. La ilusión de quien escribe es que cree que va está llenando el vacío con textos. Pero solo son curitas, parches. Hasta esa forma tienen.

-¿La escritura como huida entonces?

-Me gusta irme de las fiestas en su mejor momento, sin despedirme. Es la mejor garantía de recordarlas bien. Hace poco me fui del velorio de mi padre y fue genial, porque no se quejó ni intentó corregirme. De una novela, en cambio, no me puedo ir.

-¿Una huida hacia adelante?

-Avanzo como las hormigas, explorando caminos. Muchas veces me pisan y termino aplastado.

-¿Dale a un insecto la capacidad de crecer y terminará aplastándote?

-Los animales son más inteligentes. Mire a las ratas. Han terminado invadiéndonos y ni siquiera las vemos. Geniales.

-¿Es esa una metáfora del futuro, ya con seres extraterrestres?

-La ciencia ficción es creer que dominamos nuestra existencia, las cosas, el mundo, nuestro entorno y cada paso que damos. En realidad estamos en Las Vegas: siempre esperando que alguien lance los dados y lo haga bien. Encima, la banca se lleva la mejor tajada. Para variar.

-¿Miedo a la muerte acaso?

-Por el lado de los textos, solo si al otro lado tuviera que admitir que todo lo escrito ha sido no solo en vano, sino que también lo he estado haciendo muy mal.

-¿Y si ese fuera el último pensamiento de su vida?

-Entonces la muerte sería una salvación.

-¿Por qué no dedicarse a otra cosa mejor?

-Es el primer pensamiento de cada día, casi una liturgia. Solo me faltan las velas. Por suerte esto solo es una entrevista ficticia para un medio inexistente. Gracias de todas maneras. Y un buen día a todos. 

.

HjorgeV 1.12.2016

CÓMPLICES DE VIDRIO

Tengo una buena relación con mi espejo.

Aunque a veces preferimos no vernos por la mañana (como dos amigos que han pasado una larga noche de farra juntos y prefieren no compartir el desayuno para no ver en el rostro del otro las ruinas del propio), solemos llevarnos bastante bien.

No somos como esas parejas que habiéndose ido a la cama juntos, en algún momento de la noche lo racional (o irracional) se impone en uno de los dos (por lo general en el que está de visita), llevándolo a emprender una presurosa huida.

Eso jamás me haría mi espejo.

Lo que me gusta de él es, curiosamente, tanto su capacidad para quitarme años como para ponérmelos de más.

Porque hay días en que me los quita como un generosísimo y senil Papá Noel al revés y, en otros, me agrega hasta las décadas de los vecinos.

Pero nunca acierta.

Y ahí radica su encanto: en su incapacidad para determinar el número exacto de las hojas de mi almanaque.

A veces me río de sus errores y me enorgullezco de mi capacidad para despertarme unos días más joven y otros más viejo.

Pero sé que es así por miedo a la muerte: a esa guerrera ciega e incansable que, sin conocer a sus futuras víctimas, sabe que igual les pasará su particular factura el día menos pensado.

(Y debe reír por ello, hay que imaginar: por el poder y la pétrea determinación de su oscura lotería.)

Ese respeto viene de familia: para la que la muerte es un tema escabroso y, de ser posible, a evitar; como si así perdiera su vigor y -quién sabe- hasta su sentido.

¿Murió fulanito de tal, papá o la abuelita del vecino?

Mejor no lo digas: no vayan a morirse de nuevo por estar mencionándolo.

La verdad es que ignoro qué sería de mi familia si la historia la hubiera situado en, vamos a decir, Alepo o, salvando las inevitables coordenadas y las respectivas dimensiones, en Guernica.

Por mi parte, ni siquiera un espejo entero tendría.

.

HjorgeV 28.11.2016

LEON RUSSELL: «THIS MASQUERADE» (1972)

Adiós a 60 años de gospel, jazz, soul, rock, blues y música country.

Había dado su último concierto apenas cuatro meses atrás y quería regresar, tras una complicada operación cardíaca, a los escenarios en enero.

No le fue posible.

Cantante de voz quebrada, guitarrista, compositor y genial pianista, hizo arreglos para Sinatra y Phil Spector, trabajó con los Rolling Stones y compuso Delta lady para Joe Cocker.

Alejado del gran público desde finales de los 70, sus composiciones (entre ellas A song for you y This masquerade) lo compensaron con éxito comercial.

Elton John volvió a hacerlo visible con el álbum The union del 2010.

En mi álbum personal queda marcada con fuego la versión de los Carpenters de This Masquerade, codo a codo con la de George Benson, acaso más que genial.

.

HjorgeV 17.11.2016

.

EL PADRE QUE NUNCA TUVE

.

Salir a la superficie

tras

una larguísima inmersión sub-

marina y encontrarse con

que allá arriba también suceden

cosas.

.

Acabo de perder

al padre que nunca tuve.

Me lo comunicaron cuando

salí a tomar una necesaria bocanada de aire

a la superficie.

.

El que fue mi padre

ya se fue.

.

Arrojamos sus cenizas al

Pacífico, o sea, al mundo que

moraba yo

sumergido.

.

Ahora debo vivir con la sensación

de que ocupa el lugar que

yo tuve que abandonar

para enterarme de su muerte.

.

Qué putada:

como vivir de alquiler

sin saber que uno era el dueño

de todo.

O al revés.

.

La vida es especialista en

este tipo de bromas

infinitas.

.

Lo malo es que siempre

termina acabándose

y sus libros de

reclamaciones no conocen otro

destino que el 

extravío constante.

.

Todo lo que puedas

incluir en ellos es

sobre lo sucedido en el pasado, que,

bien se sabe, es más fácil de

predecir que

el futuro.

.

Escribir, por eso,

como quien pone una cicatriz

comprada en la

farmacia sobre una herida

que nadie ve

salvo

tú mismo:

.

Tu padre muerto:

una herida cerrada/abierta;

tan particular

que no

podrás llegar a entenderla

jamás.

.

HjV Lima, 11.11.2016

LYNSEY DE PAUL: «SUGAR ME» (1972)

Ese año contraje una enfermedad que me mantuvo en cama todo un mes y me cambió el pelo, volviéndolo rizado.

Cuando me sentía con fuerzas, le daba pataditas a la pelota junto a mi cama, sin dejarla caer al suelo, como veía en los concursos de la televisión.

Ese mes escuché -postrado- canciones geniales, como Clair y Alone again de Gilbert O’Sullivan, o Libre y Un beso y una flor en la voz de Nino Bravo.

Otras siguen sin salir de su rincón de mi memoria infantil, esperando acaso su oportunidad.

Hace unos días tuve la suerte de toparme en una radio holandesa con una que creía perdida del todo y de la que recordaba especialmente el solo de violín.

Me bastó escuchar el comienzo para saber que acababa de recuperar una parte de mi pasado, al que enseguida me transportó su pegajoso, pero bello estribillo. 

Sugar me fue un tema de la cantautora inglesa Lynsey de Paul, fallecida en el 2014 a la edad de 66 años.

La compuso en 1972, el año de la masacre de Múnich, razón por la que reemplazó su apellido judío (Monckton) original.

¿Tiene la belleza una estructura, patrones reconocibles? ¿O es el responsable solo nuestro recuerdo, ese animal inquieto y hambriento de maravillas y horrores?

.

HjorgeV 30.10.2016

GLÍGLICO Y GÚGLICO

Hace muchísimos años (la Red no existía aún, ni los discos compactos; estos últimos ya en fase de extinción), les propuse a mis numerosos hermanos inventarnos una palabra, que intentaríamos luego contagiar en el colegio y ponerla de moda, hasta abarcar toda la ciudad (Lima, en este caso).

Mi interés era el de un lingüista, el de un científico cuyo tema o fascinación eran/son las palabras (las lenguas, en general); pero, por supuesto, yo no lo sabía.

En realidad, sin saberlo ni percibirlo, lo que quería demostrarle a mis hermanos, era que, la forma en que nuestro (cualquier) idioma se renueva y conforma, responde a leyes que no son necesariamente lógicas ni vitales, y que muchas veces responden simplemente a esa nítida inclinación humana por mostrarse más ‘avanzado’, abierto e innovador que los demás, además de presumir de ello: la moda.

Lamentablemente, mi idea no prosperó. Mis hermanos se rieron de mi propuesta (de todas las que les hice) y ellos mismos no hicieron ninguna.

(Esto último es lo que ha quedado grabado en mi memoria; o sea, en mi ‘mentira vital’, porque, más que seguro, ellos debieron hacer varias propuestas.)

Bueno, pues.

Hoy ya me consta que es posible crear, de forma más o menos arbitraria y personal, un vocablo determinado, que luego pasa a convertirse en parte del habla común.

Alguien dirá que así fue cómo se formaron todas las lenguas del planeta. Y es cierto, empero, normalmente, ese es un proceso que suele durar años, décadas o, incluso, siglos.

Hoy es posible conseguirlo en apenas días, semanas o meses.

Y no me estoy refiriendo a aquellos vocablos (neologismos, por lo general, provenientes del inglés) que podrían ser adaptados a nuestro idioma (o tener equivalentes), pero que, por cuestiones de moda (sobre todo en su ‘vertiente presumidora’) o por simple prisa, flojera o improvisación, se adoptan tal como son, sin apenas variaciones.

Me refiero, más bien (para poner ejemplos españoles), a términos como pagafantas (el nombre de una película, en realidad, y un vocablo que es toda una radiografía de las llamadas relaciones de género: o sea, entre hombres y mujeres; y no solo entre ellos) o perroflauta.

Cortázar decía que el buen escritor es aquella persona que modifica parcialmente el lenguaje, pero hasta el punto de que, tras hacer palidecer (o enojar) a los gramáticos, su transgresión puede llegar a convertirse en regla o convención aceptada.

Cortázar inventó el glíglico.

¿Qué habría dicho de saber que alguna vez nos invadiría el gúglico?

.

.

HjorgeV 08.10.2016

THOMAS MANN NO ESCRIBÍA EN CASTELLANO

Leo en un artículo de la sección cultural de El País que Thomas Mann «escribió frases de más de quince líneas que se leen con naturalidad».

El artículo de marras me atrajo por su arranque, una genial frase del mismo Mann:

«Un escritor es una persona para quien la escritura es más difícil que para otras personas.»

No deja de enternecerme y soliviantarme, a la vez, la naturalidad con la que muchos (incluso profesionales, como en este caso) se refieren a obras en lenguas foráneas como si hubieran sido escritas en la nuestra.

Es la misma gente -hay que suponer- que cuando en Londres o París se topan en un escaparate con un libro de Joyce o Proust, supone que alguien se ha tomado el trabajo de traducirlos al inglés o al francés, respectivamente.

-Mira, ¡Joyce en inglés!

-¡Proust en francés!

¿Será un mal universal?

No hace mucho empecé a leer una novela de Michael Connelly en nuestra lengua.

El comienzo me pareció tan espeso que consulté el original y la versión alemana (en la Red), para comparar los tres textos.

Pude notar enseguida las grandes libertades que se habían tomado los respectivos traductores.

Traducir no es sencillo.

Una vez, como ejercicio, se me ocurrió probar con el inicio de Muerte en Venecia.

¿A alguien se le ha ocurrido alguna vez cruzar el Atlántico en una tina o bañera?

No se lo recomiendo.

Mejor traduzca Muerte en Venecia si busca una tarea realmente difícil.

El idioma alemán tiene la particularidad de permitir la acumulación de oraciones subordinadas más o menos ad libitum: como si se tratara de una fórmula matemática en la que es posible ir abriendo paréntesis sucesivos, con la condición de cerrarlos luego.

Nuestra lengua no permite (por lo menos no tan fácilmente) ese chiste.

En alemán no es raro ese ejercicio (aunque ya apenas se usa en aras de la claridad expresiva); una particularidad, entre otras, que obliga a complicados malabares a los traductores.

(Pongo un ejemplo. El otro día mi esposa me preguntó:

-¿Cómo se dice ein Hünchen rüpfen en castellano?

No supe qué responder. Traducido literalmente es ‘desplumar un pollo’.

Sin embargo, se trata de una expresión de la que los mismos alemanes ignoran su origen, pero que es usada para indicar la amenaza/necesidad de juntarse con alguien para discutir sobre cierto asunto desagradable.)

(Sigo sin saber cómo se traduce.)

Lo curioso es que el artículo de marras se titulaba Cómo leer a Thomas Mann.

La respuesta tendría que conocerla el articulista: aprendiendo alemán.

Porque al leer en nuestra lengua a Mann, Hesse, Roth, Auster, Lemaitre o Pintor, estamos leyendo al traductor: a ese ser invisible responsable del 40% de las obras que se publican en España -para dar un ejemplo- cada año.

Permítanme ilustrar el asunto: En busca del tiempo perdido pasó a ser A la busca del tiempo perdido cuando otro traductor (Mauro Armiño) fue el encargado.

Lo mismo sucedió con el título del primer volumen, Du côté de chez Swann: en 1920 Pedro Salinas lo tradujo como Por el camino de Swann (notar que en el artículo de El País se olvidan de la doble n). Más tarde otro traductor (Carlos Manzano) se inclinó por Por la parte de Swann.

Y eso que solo estamos hablando de los títulos.

Tal vez cada generación debería tener su propia traducción de los clásicos.

Personalmente, me inclino por traducciones sobrias y atemporales.

Me resulta asaz desagradable toparme con palabrotas o groserías que hoy podrán estar de moda en el país del traductor, pero que pocos años después (el sino de las palabrotas) pasarán al olvido para dar paso a otras más eficaces.

¿O a alguien se le ocurriría actualizar Cien años de soledad o Conversación en La Catedral, haciéndolas ‘legibles’ para los lectores de este comienzo de milenio?

A veces me queda la impresión de que eso es, más o menos, lo que hacen muchos traductores (esos grandes escritores enmascarados) en su afán por incluir vocablos y expresiones de moda.

.

HjorgeV 04.10.2016

REGRESO A LAS RAÍCES

Días atrás se me ocurrió encender el televisor. Suelo evitarlo.

Me he quedado varias veces un par de horas enganchado, como si cierta parte de mi cerebro se desconectara al encender la caja tonta y actuara como un simple adicto.

Esta vez tuve suerte y me topé con un reportaje de uno de los canales estatales de la televisión alemana.

El reportaje, como trabajo audiovisual, era malo.

Un reportaje es una historia. Hay historias bien o mal contadas. Y esta era de las últimas.

Pero el tema era fascinante.

Narraba el «sufrimiento» de algunos habitantes de un pueblo cercano a Bonn que se había llenado de negocios y visitantes árabes, atraídos estos por el eficiente sistema sanitario estatal alemán.

El principal entrevistado era un alemán de sesenta años que añoraba el antiguo aspecto del lugar que lo había visto crecer.

Deseaba que todo volviera a ser como antes y se dedicaba a recolectar firmas con ese fin.

Su problema, obviamente, no era recuperar un imposible (el pasado, pasado está), sino que no soportaba ver a gente extraña en «sus» calles.

Su caso me hizo recordar una experiencia personal reciente.

*

No hace mucho nos mudamos de casa y fijamos una fecha con el dueño para devolverle su propiedad.

A la cita no llegó él sino su esposa.

La idea era repasar juntos todos los ambientes de la casa para hacer un protocolo de su estado: si había algo que arreglar o reponer, refaccionar, renovar, esas cosas.

Los problemas empezaron pronto.

En la cocina había una especie de barra de madera situada a unos 120 centímetros de altura, que la separaba del comedor.

La mujer hizo un gesto de horror cuando vio el estado de su superficie.

-Así no estaba cuando vivía aquí.

Era cierto, nosotros habíamos vivido quince años allí y a estos había que añadirle otros cinco de los inquilinos anteriores.

Era obvio que veinte años de trajín de vasos, tazas, cubiertos, platos y ollas entre la cocina y el comedor tenía que notarse en la superficie de la madera.

Pero la esposa del dueño, después de veinte años, esperaba encontrarla como cuando ella vivía allí.

Como la entrega oficial recién sería en una semana, le prometí encargarme del asunto y me pasé un par de días lijando y barnizando la madera.

Quedó encantada.

Pero enseguida empezó a encontrar más detalles que no eran de su agrado.

En resumen: decidimos recurrir a un abogado, quien enseguida les hizo notar a los dueños que una casa se alquila para ser usada y que es imposible que ese uso no se note.

*

Pensé en la barra de madera cuando vi el reportaje.

Si ni siquiera somos como ayer, y mañana nunca seremos como hoy (lo notemos o no), ¿cómo esperar que después de años todo siga igual?

Curiosamente, tanto la esposa del dueño como el vecino del pueblo alemán del reportaje, querían rescatar un pasado que ya solo existía en su memoria.

Solo los niños son capaces de pedir que el helado que se les acaba de caer regrese al cono.

Un adulto normal sabe que no es posible.

Y, sin embargo, ya son legión los adultos que se permiten pensar y desear como niños.

*

Acá en Alemania han empezado a surgir grupos que afirman añorar el pasado.

«Devuélvannos nuestra Alemania de antes, cuando no había extranjeros ni pieles oscuras por las calles», dicen.

Bien, suponiendo que es justo su pedido, ¿retroceder hasta cuándo?

¿Hasta su niñez?

¿O solo hasta la juventud de los solicitantes? ¿Y si estas varían mucho?

¿Retroceder diez, quince, veinte años? ¿O más, hasta 1930, por ejemplo?

¿Por qué no hasta 1618, año de inicio de la Guerra de los Treinta Años que azotó Europa Central y fue iniciada en el Sacro Imperio Romano Germánico?

*

Los alemanes que exigen un «regreso a las raíces» harían bien en ponerse de acuerdo.

Pues, si lo que, en realidad, desean es un país sin extranjeros: con un retroceso en el tiempo bien podrían terminar gobernados por un austríaco (un tal Adolfo) o un español (Carlos I).

Quien dice «Esta no es mi Alemania», en realidad está diciendo, «Esta no es mi niñez».

Pero la niñez nunca vuelve. (Ni se devuelve.)

Tampoco la juventud para los adultos ni la adultez para los ancianos.

Lo importante es que los cambios se hagan de acuerdo a las leyes y al orden establecido por estas, no de acuerdo a las bombas, como en Alepo.

*

Vivimos en un permanente cambio, iniciado cuando nuestros primeros antepasados salieron de África.

Los más consecuentes entre los retrógrados deberían exigir, precisamente, esto:

El regreso a nuestra cuna africana.

Por lo menos así tendríamos la oportunidad de poder enmendar un mundo que cada vez se parece más a una misión mal explicada a un par de idiotas (y peor resuelta).

.

.

HjorgeV 29.09.2016