Mes: mayo 2013

«LA LARGA PREGUNTA» (Relato)

La primera vez que la vio tuvo que contener la respiración. Luego se hizo a un lado para toser y poder disimular que había experimentado la hecatombe interna más importante de su vida.

Una verdadera vorágine hormonal.

Por suerte, la tos no era fingida.

Les hizo un gesto con la mano a las dos visitantes para indicarles que lo disculparan un instante. Enseguida las atendía. Lo habían esperado a la salida del edificio de la compañía y no tenía escapatoria. Sacó un pañuelo de papel, se sonó la nariz y así quedó justificada la congestión de su rostro. Se acercó luego.

Le tendió la mano primero a la joven desconocida, besó en las dos mejillas a Norita, la esposa del Furia Martínez y luego, para sacudirse un pavor que había empezado a calarle los huesos, se llevó inexplicablemente a los cabellos la mano que había usado para saludar a la joven. Llevaba años con ese tipo de gestos inexplicables. Sobre todo desde que había empezado a apostar fuerte en los negocios.

Esa vez fue incapaz de mirar más de dos segundos directamente a los ojos de la desconocida. Por suerte, era Norita la que hablaba y llevaba las riendas de la conversación. La esposa del Furia Martínez presentó a la joven como una amiga que buscaba trabajo. No era raro que recurrieran a él en esos casos. Le gustaba dar una mano y era conocido por eso. Su experiencia era que muchas veces en una situación así todos salían beneficiados. De hecho, de esa manera había llegado a ser él alguien en su ramo.

Norita le explicó que la chica también tenía intenciones de terminar sus estudios y no conocía a nadie en la ciudad. Él no miró en dirección de sus caderas. Sabía lo que se encontraría. Creyó adivinarlo desde las líneas de su rostro y de su cuello. Bastaba fijarse en su linda melena para saber que seguía más abajo un mundo insólito.

Lo primero que pensó, mientras Norita seguía hablando, fue en su esposa y en su hijo. Se atrevió a mirar a la joven de reojo, intentando leer su propio futuro. Le pareció reconocer una mirada angelical que parecía desmentir cualquier posible nubarrón en su vida de casado.

Les dijo que vería qué podría hacer. Ya se le había ocurrido qué trabajo podría ofrecerle, pero no quiso adelantarles nada. Se despidieron. Nada mas subir a su automóvil, se dio cuenta de que la sola idea de poder verla a menudo le estaba causando un insoportable pavor. Así que trató de olvidarse del asunto.

*

Unas dos o tres semanas después la volvió a ver.

Él había ido a La Noche como tantas otras veces, para cerrar la jornada con un trago o algo liviano para comer y encontrarse con los amigos. Esa vez estaba solo en la zona de la barra.

Ella lo sorprendió saludándolo por detrás. Sostenía una caipirinha con las dos manos. Se la veía contenta. Le contó que había conseguido trabajo y que pronto empezaría a estudiar. Una gran energía vital parecía bullir de sus ojos. Llevaba un pantalón muy ajustado que resaltaba aún mucho más su pera perfecta.

Él no tosió esta vez. Se disculpó por no haber podido hacer nada por ella. Qué tontería, respondió ella. En todo caso, había tenido suerte, ¿no lo veía? Él entró en pánico cuando pensó en cómo sería sujetar su cintura al bailar. ¿Y si a ella se le ocurría preguntarle si quería bailar en la zona bailonguera del sótano? ¿Cómo reaccionaría él? ¿Cualquier cosa con tal de sostener por un instante su cintura entre sus manos?

Pensó en la cantidad de admiradores o en el novio que seguramente la estaba esperando en alguna mesa o en alguno de los rincones de La Noche. Se disculpó. Hizo como si tuviera mejores cosas con las que ocupar su mente y su tiempo, le deseó suerte a la muchacha, pagó su consumición y se fue. Ella lo despidió desde lejos con un movimiento inocente de su mano en el aire. Afuera se unió a la noche inefable. Una suave garúa caía sobre la ciudad. Pero no sentía frío en absoluto. Era feliz en su matrimonio. Un rubor así nunca lo había sentido en su vida.

*

La vio más o menos medio año después.

Él venía de una convención internacional de negocios y había tomado el tren del aeropuerto hasta la estación central. Empezaba a amanecer cuando por fin subió al taxi, el último eslabón en su largo viaje. Venía con la mente en blanco. Los negocios nunca habían sido lo suyo. Ocurría que tenía una familia que quería y le correspondía mantener el prestigio ganado, el nivel, como decían los otros.

Entonces la vio por la ventanilla del taxi. Una figura impresionante, a esa hora que suele reunir a juergueros, trabajadores tempraneros y empleados del recojo de la basura. La reconoció desde lejos por la pera perfecta y la melena inconfundibles.

Por su modo de caminar, dedujo que iba absolutamente sobria. En cambio, desde lejos le notó el rostro cubierto de maquillaje excesivo y ropas con un brillo ciertamente estridente. La vio abrir la puerta de otro taxi. La observó levantar una de sus piernas e introducirla en el vehículo. Luego la otra, doblándose y formando una curva imposible.

Cuando el otro taxi se detuvo también frente al semáforo y los dos vehículos se alinearon sorpresivamente, él tiró la cabeza hacia atrás. No fue lo suficientemente rápido. Así que sus miradas se cruzaron un instante. Pero fue la mirada de dos seres completamente extraños. Se sintió el ser más despreciable de la Tierra. Se la imaginó llorando por haberla descubierto a esa hora de la mañana y en esas condiciones. ¿O no había sido ella?

Con todo. La ropa. El lugar. El maquillaje. El excesivo brillo de sus ropas. Sin acompañante. En un taxi. A esa hora.

Sintió pena, tal vez rabia. Los estudios tenían que habérsele ido al carajo. Con ellos tal vez toda esperanza. Luego la desesperación de la pera perfecta. ¿O no había sido ella?

*

Pasaron los años. La volvió a ver detrás del volante de una todoterreno del año con aspecto de yate.

A su lado un niño de unos ocho años mantenía una tableta entre sus manos. La maniobraba como un arma letal mientras mantenía sus ojos afiebrados y atentos al juego sobre la pantallita. Ella había cambiado, obviamente. Una década nunca perdonaba a nadie.

Corrió a mirarse al espejo apenas llegó a casa esa tarde. Buscó fotografías de diez años atrás. Se asombró al descubrir una persona definitivamente joven, un muchacho adulto en lo alto de la ola, alguien que poco tenía que ver con ese ser que había sacrificado todo por los negocios y la familia y que ahora lo miraba desde el fondo de unos ojos inseguros e inquisidores.

Las obligaciones y las preocupaciones, «la vida de esclavo» como le gustaba decir, lo habían consumido. Era una suerte que siguiera en la ruleta como empresario cuando ya había llegado a pensar que todo había sido en vano. La gran crisis. Luego todo se había estabilizado y había vuelto a ser el hombre de negocios que gozaba de la confianza de todo el mundo.

No sumó enseguida dos y dos cuando se enteró por su mejor amigo que el dueño del equipo emblema de la ciudad se acababa de mudar al barrio. Todo el mundo se moría por verlo en persona al gran Panzón.

Se enteró más tarde que el dueño del club emblema de la ciudad había decidido dejar su vida errante de soltero y había apostado por ese tranquilo barrio de las afueras para establecerse con su nueva familia. El Panzón había anunciado públicamente un gran cambio en su vida. Afirmaba solo querer dedicarse al equipo y a su familia, su nueva pasión.

*

La volvió a ver en la principal fiesta comunal. Vestía ropas más discretas y toda su atención parecía concentrarse en esa diablura de apenas ocho años que parecía su satélite y tener la fuerza y la rebeldía de un adolescente.

Ella parecía llevarlo con esa mezcla de amor maternal y resignación de muchas madres cuando su niño le ha salido un ciclón. Se la quedó observando en esa especie de mundo paralelo que parecía habitar. Uno en el que las miradas, las inquisiciones y las preguntas de los curiosos no parecían alcanzarla. ¿Quién era? ¿De dónde venía? ¿Cómo se habían conocido?

Entonces vio aparecer al Panzón en la fiesta. Los vecinos del barrio se alborotaron, los voces se hicieron más agudas, las miradas más febriles. ¿Qué tenía de especial aparte de su dinero? No podía ser la panza que le colgaba grotescamente por encima del cinturón, sus extremidades hiperdimensionadas y su conocido andar paquidérmico. Pero era todo un personaje, una celebridad y la gente parecía morirse por tocarlo y hablar con él.

Lo vio llegar al lado de su esposa y su hijo. Los vio besarse por un instante, con ese cariño de viejos conocidos en el que a veces terminan confluyendo ciertos matrimonios, como si fuera la aceptación de unas justas y pactadas tablas.

Su primera reacción fue llevarse una mano al cabello. La antigua costumbre, casi olvidada. Abandonó la fiesta comunal rápidamente.

Había empezado a sentirse mal de veras, de modo que no tuvo que argumentar nada especial para retirarse de la fiesta. Después, en las semanas siguientes, los nuevos negocios, el amor de su familia, además de sus demás múltiples ocupaciones le permitieron olvidar ese aciago instante.

Pensó en invertir en un implante de cabello. Hizo lo imposible por olvidar la pera perfecta. Se acostumbró a sonreír con tristeza a las venturas que la vida le deparó por esos días.

*

La volvió a ver en el club de tenis varios meses después. En una de las varias celebraciones al año, de esas para lucirse, comer y emborracharse a expensas de algún socio importante y ávido de reconocimiento.

Se la veía radiante. Vestía un vestido elegantísimo que cubría su cuerpo desde el cuello hasta las pantorrillas. Apenas llevaba maquillaje. Parecía haber encontrado por fin el equilibrio perfecto en su posición de «primera dama» del equipo emblema de la ciudad. Ahora sabía evitar los fotógrafos y las cámaras con la precisión de un guardaespaldas y sonreír a los aficionados y curiosos.

Sus ojos se volvieron a cruzar por un instante.

Él no supo qué decir ni cómo reaccionar. Recordó la mañana del taxi en la estación central. Su convencimiento de que la había pescado volviendo de un «trabajo». Decidió dejarlo en ese estupor tan verdaderamente natural que no estaba improvisando. Por qué no. Tal vez sería la última vez que se mirarían directamente a los ojos.

Se sintió por un instante correspondido.

Dos almas aparentemente con rumbo fijo, sujetas a un encuentro instantáneo que la vida les había ofrecido acaso en el momento más inoportuno. Pero encuentro al fin.

Dos almas que solo habían aprendido a mirarse desde lejos. Tal vez unidos por algo más que una pera perfecta.

-¿Quieres bailar? -le preguntó ella.

.

.

HjV 31-05-2013

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«COMO LIBRO SOBRE EL BANCO DE UN PARQUE» (Engendro)

.

Tu rostro:

la estela de fuego 

del cometa que huye

atormentando tus

pensamientos.

.

Tu mano: pieza clave,

fruta irreverente

que calla.

.

Percibes un

engaño permanente,

un acomodo continuo

en tu retina y en la letra del que

escribe sobre las nubes.

.

Quedan tus mapas

heridos,

las tribulaciones del

geógrafo en su

soledad:

alguien ha dejado al descubierto

los juguetes de las

leyes de la vida

y ahora tu desconcierto visceral es

generalizado.

.

Cuando solo puedas

manejar tus grandes dudas

pero no seas capaz

de explicártelas

te quedarás contemplando

tu propia vida

como el espectador que

mira a un

caballo ganador que de

pronto, en plena carrera,

ha decidido

solo seguir trotando.

.

Tal vez tendrías que haberla vivido

todo como un libro

valiosísimo que se abandona

inocentemente

sobre el banco de un

parque

cualquiera justo cuando está

por comenzar la

tormenta.

.

.

HjorgeV 19-05-2013

«LA GRAN FUGA» (Engendruzco)

.

Barcos deprimidos fugando en la oscuridad

Trenes que cruzan la noche de las ciudades

como bestias escapadas de un circo regentado

por dementes directores de payasos cuerdos a

los que ya nadie hace caso

(La risa no lleva al cielo

pregonan los eclesiásticos: como si ya no estuviera

claro que su dios o sigue en la siesta o debe estar cagán-

dose de risa en algún rincón de sus dominios)

.

El Tiempo es solo un pasajero que nos ignora

desde la ventana de su vagón

Pero hay que seguirlo porque es el único que

conoce los horarios y los itinerarios:

Dónde bajar y hacer el trasbordo

(aunque sea hacia la Nada):

Y allá vamos entusiasta-

mente como espías de vagón en vagón

persiguiendo a un individuo que no sabemos

quién es ni cuáles serán sus intenciones

.

La bondad es una madre cansada

que nos mira desde la ventanilla de su

avión, allá en lo alto:

Ese insecto metálico que va en dirección a unas nubes

y que parecen escapar también de

nadie sabe ya qué

.

.

HjorgeV 08-05-2013

«POESÍA ESTANCA» (Engendro)

.

Poesía estanca

inútil

sobreviviente de este hotel instantáneo

asombroso y surrealista llamado

vida

.

Poesía de la bandera rota

y la mandíbula abierta:

insignificante

.

En el deseo de un perro

fiel hemos escondido

todos nuestros afanes

.

Luego le hemos lanzado un hueso

para que vaya a recogerlo por

nosotros

.

Pero hemos arrojado el hueso a un precipicio

y el perro ahora tampoco vuelve

y ya ha empezado a oscurecer

en nuestros corazones

..

.

HjorgeV 05-05-2013