«TODO DESDE EL PRINCIPIO»

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Mi madre me dijo que pasara urgentemente por la 

clínica y me pareció a la vez escabroso y desesperante

regresar a verlo sobre su lecho de enfermo: como

confrontarse con una parte del propio cuerpo que se

ha independizado por culpa de un malentendido.

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Ya me contarás -me dijo ella-, porque no suelo

perderme las historias con padre: o sea, con

fantasma -añadió con su leve carcajada senil.

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Finalmente él murió y no pude quitarme durante

meses esa sensación no ya de venir de la

vida hacia la muerte, sino de la muerte a otra muerte:

la propia, que es, después de todo y antes que nada,

la única condición inalienable que poseemos.

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(Es siempre el caos lo que nos salva

de la ley de la selva aplicada al tiempo:

solo sobreviven los momentos más

feroces, los capaces de grabar cicatrices

en la memoria, surcos en el pasado.

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Tal vez por eso también escribimos:

para esculpir la voz que, sin saber si

es realmente la propia, rezuma desde

las placas tectónicas más profundas.)

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Cuando se muere papá o mamá,

muere uno mismo: el padre o madre

que ya somos o alguna vez podríamos ser.

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Tener un hijo es como haber creado un

planeta en el que poner un pie de apoyo: un

mundo al que ahora papá o mamá han renunciado

para siempre, dejando a un huérfano sobre él.

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Los padres nunca mueren. Mueren las

rosas, el café, los letreros de la avenida,

las constelaciones lejanas donde ahora

intercambian experiencias y boletos para

sus nuevos viajes a través de la nada.

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Los padres nunca mueren. Nos dejan sus ojos

para que podamos ver todo desde el principio.

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HjorgeV 18.03.2018

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«CIERRO EL PICO, AVERGONZADO»

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La última vez que lo vi, él no podía hablar

(solo podía emitir una masa desfigurada de

consonantes) pero lo intentaba con denuedo,

agravando, así, el resultado de sus esfuerzos.

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La medicación le producía una especie

de convulsión permanente -entre otras

secuelas- y el lenguaje (su herramienta

primordial y favorita) debía ser ahora

una especie de cárcel al revés para su

mente: un lugar al que ya no tenía acceso,

como cuando alguien te ha robado la clave.

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(Los tiempos modernos constituían una

inmensa paradoja para él, pues consideraba al

lenguaje como el resultado de nuestra época

prehistórica dedicada a la caza mayor

-esa actividad de vida o muerte que realizábamos

con la sola ayuda de signos rudimentarios-

así como de la necesidad de entendernos con las

hordas de sapiens caníbales transhumantes que acabaron

con los neandertales y sus primos. ¿Haber desarrollado todo

un gran sistema de símbolos e ideas solo para limitarse

a 40 caracteres y no saber expresarse con propiedad en

este mundo hiperconectado?, era su diatriba común.)

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Recuerdo que le propuse a uno

de mis hermanos que trajera la

guitarra y canté un vals de la

guardia vieja (la única canción

que le había escuchado cantar

en mi vida), luchando para que

no vencieran mis conductos lacrimales.

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Cuando terminé de cantar y dejé

la guitarra sobre la mesa, él trató

de expresar algo, pero no

pudimos entenderle nada.

Supuse que debía ser algo sobre

la canción -su opinión acaso-; en

todo caso, no debía ser una

alabanza, pues bien podría

haber aplaudido, simplemente.

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Él era así, un hombre capaz

de llevarse a la tumba sino sus mayores

defectos, por lo menos todas sus

lágrimas sin haber desperdiciado ninguna:

esa especie de avaricia lacrimal y meta de muchos.

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No volví a verlo.

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Sé que se lo llevaron en una ambulancia

al hospital, de donde partió, ya solo, a ese

lugar o estado, que siendo de lejos el más

el más pertinaz en toda persona, solo suele

ser un comentario discreto en vida.

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A veces, cuando quiero expresar algo y no

encuentro las palabras, lo recuerdo esforzándose

por tratar de articular una frase, un

pensamiento, un solo conjunto de ideas,

un simple deseo: luchando por hacer sonar sus

cuerdas vocales como quien se bate contra un ogro.

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Entonces callo y espero;

cierro el pico, avergonzado.

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HjorgeV 12.03.2018

«MÁS ALLÁ DEL REFLEJO» (Haiku extenso)

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Tantos años juntos:

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Como miles de personas disímiles

redoblando sus esfuerzos cada día,

interactuando para llegar a la noche

y poder fundirse en una sola.

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También los días borrosos, impagos;

las noches demasiado cortas para

tanto cansancio: el costo de actuar

para ojos y deseos ajenos.

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Nos vamos construyendo a cada paso,

armando con fruición una silueta cuyo

cuerpo ya ha iniciado el inevitable

camino opuesto del descenso.

No hay por qué pontificar.

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Si cada persona es su propia

estrella, te dices, ¿qué sentido

tiene levantar la mirada al cielo?

¿Por qué no mirar solo hacia dentro?

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Te levantas entonces, con sigilo,

porque no sabes a qué hora has

partido la noche por la mitad y

no deseas molestar su sueño.

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Te detienes frente al espejo, que es

tu confidente, tu forma de mirar más allá de ti.

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Detrás de las cortinas cerradas, al

otro lado de la pared y tu mundo,

mucho más allá del fondo del reflejo, el

nuevo día empieza a asomar, indomable.

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HjorgeV 04.03.2018

«NACE Y MUERE UNA LUZ AZUL»

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Primero fue la luz.

Un mar fervoroso y confuso,

un trajín de voces, personas, trebejos,

gritos, lamentos, premoniciones, lágrimas, salmodias.

El nacimiento de un niño iguala

al mundo: no hay jerarquías,

buenos ni malos.

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Los relojes suspenden un instante

su brega cuando

llora y se encoge un recién nacido.

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Luego el largo pasaje que va desde las umbrías más

frescas hasta los más tórridos desiertos

de oreja a boca, pecho a espalda, realidad

a mito. Todo arriba. Nada debajo. Y viceversa.

El paso lento de una sumaria soledad

a una compañía sin tiempos

pactados.

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Su voz suena en este instante como las notas de un

jazzista que ha perdido

su instrumento, en tanto recorren el laberinto tenaz

de su mente, sin saber aún que no

habrá exitus posible.

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No sabe decir más, ahora que no duerme,

sale espuma de sus ojos, y

un violín rasga la noche

acodada debajo de su esternón,

mientras nace y muere una luz azul

del otro lado de su boca.

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HjorgeV 01.03.2018