Mes: junio 2012

«EL PASTEL DE PONY» (Relato)

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-Tesorito -le dijo a su hija de dos años-, no quiero que te me resfríes.

Intentaba explicarle por qué la había abrigado tanto si solo salían a dar un paseo por los campos vecinos y ni siquiera corría viento.

Como buen padre sabía que ya era verano y la estaba abrigando de más, pero la sola idea de que su hija pudiera pasar frío, lo angustiaba. Como a todo buen padre, seguramente.

Era probable que ni siquiera fuera su hija.

Cuando se separó de su ex pareja, había pensado que había hecho bien en no llegar a casarse, pero ella se había aparecido meses después para anunciarle que estaba a punto de ser padre.

Él se había quedado mudo, había levantado los brazos y todo lo que había atinado a decir había sido: «Bueno, pues, si tu preocupación es si voy a pagar por mi hijo o hija, mi respuesta es que sí.»

Tendría que haber esperado para dar tal respuesta, pero el tiempo se había encargado de sanar muchas cosas. Su hija era rubia como una vikinguita de cuento y ahora a él ya apenas le importaba ese detalle.

Era su hija. No solo porque pagaba por su manutención, sino porque ya se había acostumbrado a sus dos días por semana con él, ella lo llamaba «Papa» y él ya la quería con todas sus fuerzas.

Empezó a cantarle sus canciones favoritas cuando llegaron a la zona en que los árboles formaban un corredor.

Era su forma de comunicarse con ella. La canción que más le gustaba era la del panadero y las galletas. La canción era una receta en realidad.

Estaban pasando cerca del establo y recitando los ingredientes, cuando ella dijo:

-¡Pony!

Apenas podía articular unas veintitrés palabras. ‘Pony’ era una de ellas.

Él lo sabía porque las había contado y llevaba un registro de todas las nuevas palabras que su hija iba sumando a su vocabulario.

Al ritmo que iba ahora, cuando cumpliera dos años y medio hablaría unas cincuenta o más. Un desarrollo meteórico teniendo en cuenta que en los dos últimos años no había pasado de gorjeos y sonidos guturales.

-Sí, un Pony -dijo él. Giró la cabeza y vio a los caballos del establo retozando.

Era fabuloso saberla a su lado. Saber que para ella, en ese momento, no existía otro ser humano más importante que él.

-¿Y qué hace falta para hacer un buen pastel? -tarareó él cuando llegó el momento correspondiente de la canción.

-¡Pony! -volvió a gritar ella, señalando hacia el establo.

-¿Un pony en el pastel? -rió él.

Luego vio su gesto, como de asco. Él la imitó, jugueteando.

Luego se imaginó perversamente que podía ser verdad: existía un pastel de carne. ¿Por qué no uno de caballo? Que él supiera existían salchichas hechas con la carne de ese animal.

Sintió verdadero asco de solo imaginarse la posibilidad de comer un pastel de pony. Le pareció la cosa más perversa del universo.

Tuvo que repetirle a su hija que él nunca haría algo así. Que los animales eran seres vivos con tanto derecho a vivir como las personas.

El rostro de su pequeña hija sonriendo lo salvó de pensamientos más oscuros y de cierta acidez en la garganta.

Esa era otra maravilla infantil: la facilidad con la que los niños cambiaban de tema y olvidaban todo lo anterior como si nunca hubiera sucedido: rencores, peleas, malas pasadas. Después llegaba una edad en la que los niños tomaban conciencia de la venganza y del rencor duradero. Pero hasta llegar a eso, a su hija le faltaba mucho camino por recorrer.

Llegaron a casa con hambre, agitados.

Eso era lo bonito de las caminatas. Un buen paseo despertaba no solo los músculos y los rincones más olvidados de los pulmones, también la simple necesidad de alimentarse.

Para cenar calentó los restos del día anterior. Tenía un hambre del tamaño de un barco. A su hija le preparó su leche y él se contentó con una taza de té.

El pollo asado que había estado seco e insípido le pareció ahora simplemente riquísimo, una delicia.

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HjorgeV 27-06-2012

LUIGI PINTOR: «LA SEÑORA KIRCHGESSNER»

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Aproximadamente 50 y 50 la primera y la tercera. La segunda, 90.

Tres novelas de Luigi Pintor cuyas páginas sumadas no llegan a las 200. Todo un lujo.

No escribió mucho más en vida.

Grábense a fuego (o agua: después lo explico) este nombre. Pintor es un clásico que tal vez recién se descubra de aquí a un siglo.

¿’Novelas’ he dicho?

Es la denominación comercial.

Pintorelas podríamos llamarlas, por inventar algún término al vuelo: por lo que tienen de novela y de pintura, porque incluye su apellido y suena a música, a poesía musical.

Olvidemos mi sandez.

La señora Kirchgessner, El níspero y Los lugares del delito -tres libros reunidos en uno solo por El Aleph Editores– también se pueden leer como farsas:

No llegan a ningún parte, no tienen la trama de una novela.

«He huido de cosas y personas por amor o a la fuerza», se lee al final de Los lugares del delito. «He huido en varias circunstancias, con razón o sin ella. He huido de un cine y de un hospital, de una cabina de teléfono y de un sótano, de una playa y de un muelle. He huido de las mil formas que el pecado original adopta para inducirnos a la tentación. Y ahora también huyo, aunque no sé adónde.»

Un remedo biográfico, por decir otra necedad.

La biografía, lo vivido, como pretexto para hacer un resumen, un sumario, un recuento, un balance vital: un viaje memorioso permitiéndoles a los recuerdos la vida propia de una ficción.

«Desde el día de mi bautizo han pasado más de setenta años, durante los cuales no he hecho nada», se puede leer al comienzo de La señora Kirchgessner.

«Mi oficio de escribiente me recuerda esos castillos de naipes que tanto gustan a los niños y que se desmoronan cuando nos tiembla la mano. Mejor nacer dos siglos antes, ciega pero virtuosa de la armónica de cristal, quien durante toda su vida deleitó a la aristocracia con tal instrumento.»

(Marianne Kirchgessner fue una virtuosa de la armónica de cristal, invento de Benjamin Franklin. Falleció a los 39 años, probablemente debido al alto nivel de plomo con el que se fabricaban las piezas de vidrio que tenía que tañer o frotar con sus dedos humedecidos, como copas musicales.)

De cosas así está urdida esta trilogía de Luigi Pintor (Roma, 1925-2003). (La Wikipedia, lo digo clamorosamente, no contiene una entrada en nuestro idioma de este escritor de origen sardo.)

Cosas dichas (escritas) de una manera onírica, reflexiva, pensante. Literaria.

Literatura de la memoria podría ser acaso el término exacto.

La vida vista como un cuento de hadas cruel, divertido, feliz, triste, emocionante, absurdo: para el que nunca nos pidieron permiso al decidir incluirnos.

Con imágenes y parábolas que nos hacen recordar que el arte se vale mejor de lo nimio. Por lo menos, también, de lo aparentemente intrascendente y trivial.

Es un libro (de libros) que emociona.

Más de un párrafo me ha obligado a detenerme para concentrarme en su estudio. Y ahí, como saliendo de un fruto o flor desconocida, uno se encuentra con otro mundo, otras percepciones de este insulso vicario que nos rodea y pisamos.

La sensibilidad descubierta es tal que asombra no solo a los sentidos. Es una patada directa al reloj muscular de nuestra caja toráxica.

Luigi Pintor.

Grábense este nombre a fuego.

O a lágrimas de emoción.

Se encontrarán con una prosa insólita, demoledora.

Una voz que viene del pasado y se dirige a las generaciones siguientes.

No en el sentido de pretender agradar a mujeres y hombres de épocas y realidades diversas, sino en cuanto proclama y reclama (sin decirlo expresamente) la urgencia de humanizar la escritura, la palabra.

Urge hacerla asequible a la vez que maravillosa a seres separados por países, lagos, océanos, libros, estudios, experiencias, riqueza o pobreza, color de piel, años, siglos.

¿Para qué más vueltas si Manuel Fernández-Cuesta, uno de los editores, ha escrito un vibrante prólogo?

Tan bueno, que me tomaré el trabajo de transcribirlo a mano, parcialmente y ojalá sin erratas.

(Suelo detestar los prólogos. Cuántos de ellos me han escupido en la sopa de una buena lectura. Cuántos me prometieron pajarillos en el aire y quimeras inhallables en el texto prologado. Cuántos eran un simple anuncio y copia del mal gusto con que también estaba escrita la novela anunciada. «Un buen libro se defiende solo», ya lo dijo alguien.)

(«El verdadero poeta es el que inspira» decía Valéry. El que te hace descubrir instrumentos internos cuya existencia y música desconocías, añado, siguiendo la estela. Tiene que haberle sucedido a Fernández-Cuesta tras leer estos textos de Pintor.)

Ahora lo anunciado (que es del tipo de filigrana que me agrada):

El arquéologo del presente

Con pinceladas sueltas, como si escribiera en el aire de los recuerdos lejanos, entre la memoria y el análisis, silbidos de tren, ecos de guerras y el mar, aquella comida, fotografías familiares, la máquina de escribir o una conversación, avanzan estos tres libros (La señora Kirchgessner, El níspero y Los lugares del delito) de Luigi Pintor. Tengo sobre mi mesa Servabo (1991) [otro libro de Pintor] […] Dice el crédito: esta publicación es un suplemento del número 39 de la revista Debats (marzo, 1992) y se vende inseparablemente con ella. […] Ha pasado mucha vida (y algo de muerte, siempre más despacio) desde aquel marzo de 1992. El mundo ha cambiado su apariencia externa: la corteza de látex; el mecanismo de control económico impuesto por la Conferencia de Bretton Woods (julio, 1944) se resquebraja, la aceleración del tiempo nos confunde (el presente avanza por la senda de la incertidumbre y los psicofármacos) y la memoria se ha convertido en un cristal mecido por las modas políticas (con su moralidad de aeropuerto) y la estadística. Quizá por eso, con la vista puesta en otro sitio, desde la imaginaria terraza de un café romano, dejándose llevar, confiados, de la mano, lentamente, «Povero come un gatto del Colosseo» (Pasolini), pueden leerse hoy, letra viva, en presente, estos apuntes literarios de «la pluma más aguda y brillante de Italia» como expresó -no era pródigo en elogios- otro sardo, Enrico Berlinguer.

[…]

Su potente voz literaria, cargada de noble humanidad, y una prosa teñida de irónica alegría de vivir mediterránea o de Cerdeña o, por qué no, de aquellos lugares imaginables, sitios donde hemos sido felices, son las herramientas con las que Pintor, uno de los personajes centrales de la vida pública italiana durante más de cuarenta años, reconstruye y ordena la educación sentimental, intelectual, sensitiva -pasado y presente- de los cajones, el cofre del tesoro, donde guardamos las pequeñas cosas que nos acompañan. «Mi mente es un arqueólogo que cava tenazmente en el pasado y me conduce con prepotencia donde no quiero ir» (de Los lugares del delito). Recuerdos e impresiones sueltas, a modo de gotas dispersas, crean el húmedo aire de otra época, cuando todos éramos diferentes. No mejores, solo más jóvenes, diferentes.

[…]

Puede que algunos lectores modernos, más aficionados a la acción (suele ser clasificada de trepidante), este tempo narrativo, salpicado de ideas y metáforas, el tiempo de un paseo (ahora ya nadie pasea), les resulte vago, impreciso, ajeno al acelerado ritmo (una especie de footing vital) que ha impuesto la mercadotecnia a nuestras vidas.

[…]

Lea usted media hora, déjese envolver por el balanceo, y decida si quiere proseguir.

Por estas páginas desfilarán el amor y su ilusión, desamores y dolores, la valentía ante la derrota, fantasmas que vuelven, hormigas rojas protegidas de los leñadores, el entierro de un campesino, poemas infantiles, deseos, nubes que pasan, árboles frutales cuyo olor es una disculpa viajera, paisajes, símbolos. […]

(Pobre como un gato del Coliseo, / vivía en una barriada hecha de cal es el comienzo de un poema de Pier Paolo Pasolini.)

Miniaturas que demuestran que menos es más en la literatura.

Postales de vida.

El guión más libre que he leído.

Reflexiones al amparo de los recuerdos y a través del tamiz de la imaginación: de lo que pudo ser y no fue en la vida, y de lo que fue y no tenía que haber sido. Aceptándolo todo como el peregrino que no se detiene a preguntar por lo que le están dando.

Cavilaciones, meditaciones y contemplaciones al pie de una existencia a punto de ser arrasada por un agresivo tumor.

Pintor no juzga, se asombra.

Tres textos -obras maestras inclasificables- que su autor acaso llamó novelas solo para cumplir con la nomenclatura comercial.

De los pocos libros que uno no quiere realmente que concluya.

«Aceptaría un trasplante de médula si pudiera unirlo a un trasplante de memoria. […] Me gustaría tener la memoria de un niño de cinco años fallecido por causas naturales. […] O la memoria de un elefante, de la que dicen maravillas. […] Preferiría la memoria de un hombre que hubiera vivido solo, sin echar de menos afectos, sin hondas tristezas, sin miedo a un soplo de viento o a un sonido. […] Grabo en una cinta este delirio porque ya no puedo sostener la pluma. Tal vez no sea digno, pero forma parte de la confesión. […] hay dramas externos perfectamente construidos y no es serio inventar otros en privado.»

He volado con Luigi Pintor en la alfombra mágica de sus recuerdos, a los lugares y seres de sus delitos infantiles. (La trilogía es una despedida lúcida y memoriosa.)

He sido niño con él, persona, testigo, soñador, mago, músico, compañero, trigo; esperanza hecha humanidad.

He caído también con él.

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HjorgeV 20-06-2012

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http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php?option=com_content&task=view&id=23&Itemid=1&limit=1&limitstart=3

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/06/06/actualidad/1338980401_026582.html

http://elpais.com/diario/2003/05/22/agenda/1053554408_850215.html

http://it.wikipedia.org/wiki/Luigi_Pintor

JUAN ZELADA: «BREAKFAST IN SPITALFIELDS»

Parece una especie de réplica de George Clooney.

Pero habla inglés británico (de niño vivió en Hong Kong por un trabajo de su padre).

Y es madrileño, canta, compone y toca varios instrumentos.

Hace seis años emigró y decidió establecerse en Londres.

Se pasó temporadas tocando el piano en cruceros y cantando con su guitarra acústica en bodas y restaurantes.

Entretanto tuvo la suerte de obtener una beca para el Liverpool Institute for Performing Arts, un centro construido por Paul McCartney, y completó sus estudios con dos álbumes (inéditos).

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¿Bastará a modo de presentación decir que fue telonero de Amy Winehouse y que ha firmado un contrato con Decca (Universal), la etiqueta en la que empezaron The Rolling Stones?

Tal vez se convenció de lo suyo cuando el encargado del restaurante con piano en el que cantaba, decidió dejar su trabajo para convertirse en su representante exclusivo.

Desayuno en Spitalfields (2011), su declaración de amor al barrio que lo acogió, fue su primer sencillo y su primer éxito en las radios londinenses: disco de la semana. 

«Supone que a lo largo de un mes suene tu canción 20 o 30 veces a la semana. Según me dijeron en la emisora, no ocurría con un español desde tiempos de Julio Iglesias.»

Debemos conjeturar que esto es solo el comienzo y que, por supuesto, también canta en castellano. ¿O no?

De Juan Zelada (Madrid, 1981) me gusta especialmente su modestia (la verdadera: la de quien conoce sus limitaciones y las ve con naturalidad). (¿O alguien se despierta y se asombra de haber tenido que descansar?)

Su simple ángel.

Su amor por la música (afirma no tener vocación comercial).

Y su swing:

Esa especie de búsqueda rítmica permanente y casi existencial del equilibrio de todo buen músico.

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HjorgeV 13-06-2012

RAY BRADBURY: PARA EJERCITAR LOS MÚSCULOS QUE SE USAN POCO

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Se acaba de ir el último integrante del Gran Triunvirato Espacial.

Los otros dos eran -para mí- Asimov y Clark.

Sin ser tan productivo como Asimov (el gran Isaac publicó más de 500 libros y 1500 ensayos), Bradbury dedicó su vida a escribir con entusiasmo cuentos, novelas, guiones cinematográficos, obras de teatro, programas de televisión y hasta musicales.

A partir de los doce años se propuso escribir mil palabras por día.

Lo cumplió.

La vida, o sea, la obra, de Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 1920-Los Ángeles, anteayer: 05-06-2012) fue una demostración de que, en el arte, incansablemente se trabaja mejor.

Así, aunque parezca una paradoja y un juego de  palabras, uno se cansa menos.

Lo tenía claro, como se puede leer en el prefacio de su libro Zen en el arte de escribir:

«Así que si el arte no nos salva, como desearíamos, de las guerras, las privaciones, la envidia, la codicia, la vejez ni la muerte, puede en cambio revitalizarnos en medio de todo.

Segundo, escribir es una forma de supervivencia. Cualquier arte, cualquiertrabajo bien hecho lo es, por supuesto.

No escribir, para muchos de nosotros, es morir.

Debemos alzar las armas cada día, sin excepción, sabiendo quizá que la batalla no se puede ganar del todo, y que debemos librar aunque más no sea un flojo combate. Al final de cada jornada el menor esfuerzo significa una especie de victoria. Acuérdense del pianista que dijo que si no practicaba un día, lo advertiría él; si no practicaba durante dos, lo advertirían los críticos, y que al cabo de tres días se percataría la audiencia.»

Nos dejó en ese libro una serie de consejos para escritores y aprendices.

Bradbury era un entusiasta de su trabajo.

Garra y entusiasmo eran para él los dos elementos más importantes del carácter de todo autor.

«El primer deber de un escritor es la efusión: ser una criatura de fiebres y arrebatos. Sin ese vigor, lo mismo daría que cosechase melocotones o cavara zanjas; dios sabe que viviría más sano.»

Escribía guiado por esa fiebre y esta podía ser fruto de la indignación, por ejemplo, por qué no.

En una ocasión abandonó la consulta de un dentista, indignado por la visión de una fotografía en una revista de actualidades.

Olvidó su cita y se fue a casa a escribir un cuento: la historia de un portorriqueño que le arruina la tarde a un fotógrafo de modas deslizándose en todas las fotos y bajándose los pantalones.

¿Quién escribe hoy por pura indignación?

En otra oportunidad, mucho más joven, la policía lo detuvo en uno de sus paseos nocturnos.

No era la primera vez.

La oscura tranquilidad y el movimiento le abría el camino a nuevas ideas.

Irritado por la tozudez policial escribió «El peatón», la historia futurista de un hombre que es arrestado y estudiado en un laboratorio porque insiste en mirar la realidad no televisada.

(Hoy sería la realidad no digital.)

En Zen en el arte de escribir dejó su fórmula para escribir un relato o una novela.

La transcribo:

«Busque un personaje como usted que quiera algo o no quiera algo con toda el alma. Dele instrucciones de carrera. Suelte el disparo. Luego sígalo tan rápido como pueda. Llevado por su gran amor o su odio, el personaje lo precipitará hasta el final de la historia. La garra y el entusiasmo de esa necesidad -y tanto en el amor como en el odio hay garra-, encenderán el paisaje y elevarán diez grados la temperatura de su máquina de escribir.»

Nos dejó, entre otras genialidades, Crónicas marcianas(1950)y su novela distópica Fahrenheit 451(1953).

La primera versión de esta última llevaba el título de The Fire Man y la escribió en 1950 en el sótano de la Universidad de California.

En una máquina de escribir a monedas.

Sí, han leído bien.

Para poder seguir utilizando la máquina tenía que introducir 10 centavos y empezar otra vez la carrera contra el tiempo.

Se gastó 9,80 dólares en esa primera versión.

Resulta curioso comprobar una serie de detalles al respecto:

  1. Fahrenheit 451fue publicada en 1953 para protestar contra la censura de libros del Macarthismo, las quemas de libros de la Alemania nazi y contra el bombardeo nuclear de Hiroshima y Nagasaki.
  2. Se publicó por primera vez como novela por entregas en una revista que recién acababa de aparecer. ¿Su nombre? Playboy.
  3. No sé si a Bradbury, como escritor de ciencia ficción, se le ocurrió que alguna vez empezarían a desaparecer los libros.

Al final de la novela, el protagonista, quien se niega a incinerarlos oponiéndose a las autoridades, logra escapar y esconderse en un bosque.

Allí se encuentra con unas personas que memorizan libros enteros con la esperanza de poder volver a publicarlos.

¿Llegó a decir Bradbury su opinión sobre el elibro (libro electrónico)?

Lo ignoro. (Aquí cierta información.) Sí imaginó correctamente, en cambio, otras cosas.

Pensaba dedicar esta entrada al escritor italiano Luigi Pintor.

La partida de Ray Bradbury ha cambiado mis planes.

Curiosamente, repasando su libro de consejos para escritores arriba mencionado, he vuelto a pensar en una frase de Pintor:

«Un libro sirve a quien lo escribe, raramente a quien lo lee. Por eso las bibliotecas están llenas de libros inútiles.»

No sé si al gran Ray le habría gustado del todo la frase.

Para terminar, transcribo unas líneas de la poetisa cubana Carilda Oliver (Matanzas, 1924) porque me han hecho pensar en la obra bradburiana (¿o bradburyana, por más que induzca a una pronunciación intonsa?):

«Te levanto la noche de la vida / Deshilvano una luz para tus sienes / Te visito en el agua y no me tienes / Cuando llego ya soy la despedida»

Bradbury recomendaba a los escritores leer poesía todos los días.

Para ejercitar los músculos que se usan poco.

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HjorgeV 07-06-2012

«COMO PAPELES DEL LIBRO DE LA VIDA» (Engendro)

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En su sueño era un papel

con las características de

todo papel:

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absorbente – plano – blanco

(también podía ser rosado

negro o de otros colores)

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bien o mal escrito

con líneas o

cuadrículas;

de diferentes pesos;

.

susceptible de acoger historias

incluso las suyas propias y

de ser leído por

otros

.

arrugable

amarillable

incinerable

.

Como sobre una hoja de papel, podía ponerse

en su persona

toda la esperanza

de un pueblo

de generaciones

o los deseos de

un niño

cualquiera

.

Soñó que el amor

se podía ver como

el intento de escribir

una poesía sobre

una piel

(y que el exceso de

agua podía escurrirse

en forma de gotas que

pasaban a llamarse

lágrimas)

.

Soñó que el destino

podía ser el vendaval que lanzaría

su cuerpo

por los aires llegado su momento y que

las demás personas podían ser

vistas como las hojas de un gran

libro

.

¿Y la muerte?

se preguntó

al final de su sueño

.

Quedaría indescifrable

.

Exacta en su potestad

de determinar cuándo había

llegado el momento de cerrar el

libro de la

vida

.

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HjorgeV 02-06-2012