Mes: noviembre 2007

TOCAS MIS LABIOS CON TUS PIES

Tocas mis labios con tus pies

Con tus dedos

Pulsas

Mi cuerpo

Siguiendo los pasos de

Un gran

Algoritmo silencioso

(La desesperación entre el

Avance y la altura

Del placer

En la partitura

Corpórea)

 

Dibujas un Sí

Con tu pie

Sobre la arena

De mi espalda

 

Abordo tus cuatro estaciones cardinales

Con mis labios

Comprendo el infinito

El desenfado de la brújula

La sed de la caída

(El fondo del verdadero ser,

Me haces creer)

Tus aromas

Crecen hasta un

Momento

Capaz de multiplicarse

En fuego

Explosivo

 

En el cruce de todos los

Caminos

Cósmicos

Al pie de la esquina del olvido

Un gemido

 

Largo, ondulante

Enmarañado, sedoso

Como

Tu

Cabello

Recién lavado

 

Sonríes

Es como morir un poco

Decimos los franceses

Me susurras

Resurrección sin

Religión

Te digo en silencio

 

Poco después serás

Simplemente

La muchacha

Que pasará otra vez

Frente a mi

Ventana y

Me sonreirá tímidamente

Como a un extraño

Camino del tranvía

 

HjV

30-11-2007

COMUNICÁNDOSE HACIA EL FUTURO

Nuestra hija mayor está por cumplir 13 años y uno de sus deseos es volver a tener un celular. Uno moderno, se entiende.

(El anterior solo servía para llamar y recibir llamadas.)

¿Necesita un celular o móvil así -de última generación- una niña de 13 años?, nos hemos preguntado.

¿Se trata de una verdadera necesidad (infantil)?

En nuestro caso el asunto no queda allí, nuestra segunda hija –año y medio menor- será la siguiente en desearlo. Y luego vendrán los dos chicos que siguen.

¿Necesitan los niños hoy en día un medio tan poderoso de comunicación?

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Esta pregunta nos la venimos haciendo mi esposa y yo desde hace bastante tiempo. Dentro de los grandes deseos de mi hija por su cumpleaños, está el de tener un handy, como se llama aquí en Alemania.

Justo hace 13 años, cuando mi esposa se encontraba embarazada de ella, me pidió que adquiriera un celular.

-Sé que son muy caros –me dijo-. Pero, imagínate, ¿cómo te vas a enterar en caso de emergencia que ya tengo que ir al hospital?

En ese entonces los celulares todavía no eran algo sobrentendido como ahora. Sus costos de adquisición y mensuales eran tan altos que se podía considerar un lujo tenerlos. No los podía tener cualquiera. Ahora es diferente. Es tan importante como medio comunicación como lo fue la bicicleta para generaciones pasadas.

¿Qué jovencito de los de hoy podría creerme que hace 22 años, cuando llegué a Alemania, llamar por teléfono a mi país, el Perú, me llegaba a costar algo de 2 el minuto, más o menos 1 euro, casi dólar y medio?

(Y eso, hecho desde una simple cabina telefónica callejera, sin ninguna comodidad especial ni aislamiento del ruido exterior.)

Me parece increíble ahora. Una simple llamada internacional de entonces, podía llegar a costar lo que ahora cuesta el gasto telefónico de un mes. (Hay mucha variación, claro.)

COMUNICÁNDONOS HACIA UN FUTURO (¿MÁS VACÍO?)

¿Hacia dónde van las comunicaciones humanas?

¿Cuál es el rumbo que le están dando las nuevas tecnologías?

Las comunicaciones y su carácter, están ya cambiando y van a cambiar aún mucho más de lo que nos podamos imaginar. Los saltos tecnológicos son cada vez más grandes. Su influencia en el modo de comunicarnos crece paralelamente, quizás, también proporcionalmente. ¿Es cierto esto?

Lo es por lo menos en cuestión de forma. Nos comunicamos de forma diferente. No hay duda.

Pero, ¿ha mejorado nuestra comunicación, realmente? ¿Ha mejorado la forma de comunicarnos?

A más avance tecnológico, las distancias personales se acortarán cada vez más. Pero, ¿se acercarán realmente las personas?

Crecerán los contactos virtuales, pero no tanto los reales. Y los primeros irán perdiendo en contenidos.

Crecerá el número de esos contactos virtuales, pero, a su vez, éstos se irán haciendo cada vez más fatuos, yendo a converger cada vez más al simple “¡Hola! ¿Qué tal?”

Nos comunicaremos simultáneamente con Texas, Japón y el Distrito Federal, pero solo para mostrar qué bien la estamos pasando en determinado momento.

¿No será una forma de alejarnos como seres humanos en medio de unos fuegos artificiales majestuosos?

Por el contrario, los mercaderes de tecnología tendrán que romperse cada vez más la cabeza con el fin de ofrecer productos cada vez más llamativos y modernos. Ellos tienen que vender.

El futuro, me imagino, será tener un celular capaz de todo. (Incluso el nuevo iPod aún está en pañales. El gran paso, opino, será poder proyectar la pantalla sobre cualquier superficie y hasta en el aire, y con gran definición.)

Sin embargo, ¿cuál será el verdadero destino, la meta, de esta carrera tecnológica de las comunicaciones?

Si de algo podemos estar ya seguros sobre las nuevas tecnologías, es sobre su gran capacidad para causar ilusiones, mundos y contactos ilusos, más que reales y virtuales.

NUEVOS E INSOSPECHADOS RUMBOS

Por eso, me imagino que la idea (comercial) será la de crear cada vez más grandes comunidades virtuales y cada vez más rápidamente conectadas entre sí. Pero, también, más exclusivas. Por más que esto pueda parecer una contradicción. (El que se comunica no quiere estar solo.)

Se tratará de tener la sensación de pertenecer a determinado o determinados grupos que se mueven (aunque solo sea virtualmente) y, así, sentirnos realizados.

La meta será entrelazar las dos realidades ‘posibles’ -la real y la virtual- y movernos cómodamente dentro ese nuevo medio. (Más o menos lo que hacemos frente a una computadora u ordenador, pero aplicado a situaciones reales, en las que uno mismo se está moviendo: de ciudad a ciudad, dentro de una de ellas, de una fiesta a otra, de un aula universitaria a otra, en medio de un mar de fanáticos de algún deporte o en un concierto.)

Parece ser que el deseo de pertenencia del Mono Sapiens es muy grande.

Tal vez, sobre todo para los ‘más pensantes’ de este mundo –y más cercanos a las ventajas de las nuevas tecnologías- , la única forma de encontrar la propia identidad.

Quedarán a un lado las eternas preguntas: ¿Quién soy? ¿Adónde voy?

Preguntas que no se acompañan, así no más, de otras también lógicas: ¿Tengo que ser alguien (especial) siempre? ¿Tengo que estar yendo necesariamente a algún lugar (especial) siempre?

Me imagino que el gran negocio de las comunicaciones dejará de estar enfocado en la apuesta tecnológica, para convertirlo en un simple sicario de la publicidad y la mercadotecnia. La pregunta será simple:

¿Cómo hago para ilusionar –literalmente- a alguien con mi nuevo producto?

Creo que cada vez más el negocio –independientemente de lo que se venda- es hacer creerle al Mono Sapiens que tiene que ser alguien especial. No basta ser ya uno mismo (y, por definición, alguien especial, porque no hay ningún ser que se repita sobre esta Tierra). La publicidad te dice que para serlo tienes que comprar esto y aquello. Y nosotros, simples monitos, nos dejamos deslumbrar por las luces y corremos hacia allí.

¿No nos estaremos predestinando a crear futuras generaciones vacías de contenidos y solo preocupadas en correr deslumbrados tras algo, sin saber por qué ni para qué?

(Hemos dejado el Mundo en manos del Mercado, ¿qué esperábamos?)

Todavía recuerdo la vez que un familiar mío me convenció para que me interesara por la Red.

-¿La Red? ¿Para qué? –le pregunté, viendo como enchufaba su computadora portátil y el correspondiente cable a la conexión telefónica en una de sus visitas.

-Puedes enviar mensajes a todo el mundo las 24 horas del día. Puedes enviar fotos y saludos a quien te plazca. ¡Y es gratis!

No estaba del todo convencido, pero le hice caso.

Pedí conectarme a la Red. Creo que en los diez años que han pasado desde aquella vez, habré recibido unos dos o, a lo máximo, tres mensajes de parte de ese familiar.

CON LOS PIES SOBRE LA TIERRA

Pero no me arrepiento de ninguna manera, al contrario. Por más que al comienzo la cosa no fuera nada más que lo mismo que de niños hacíamos nosotros con cada nueva Guía Telefónica.

-¡Mira! ¡Allí está el número de fulanita o zutanito!

-¡Sí, ya sabemos dónde vive, también!

Era nuestra particular forma de navegar entonces. Ver quién vivía dónde. Qué negocios existían. Navegábamos en un mejor sentido de la palabra, porque las letras que veíamos las teníamos que completar con nuestra propia imaginación.

¿Están empezando o ya empezaron a anular nuestra imaginación las nuevas tecnologías?

Sí y no, respondo.

Porque lo mismo se decía de la televisión, por ejemplo.

Y entonces navegábamos por una simple guía telefónica con ímpetu, por más que pueda sonar extraño ahora. Claro que, después de un par de veces de navegar, volvíamos a la pelota, a la bicicleta o a los juegos de la temporada. No nos enganchábamos a la guía.

Mi experiencia con los celulares o teléfonos móviles ha sido varia.

Por un lado, en cuestión de negocios, puedo decir que tienen su gran utilidad, pero que ésta se exagera desmesuradamente y uno termina siendo esclavo de la comunicación compulsiva.

Por más que uno sea el jefe, si no se tiene cuidado, se puede terminar de esclavo del móvil o celular.

Es decir, de servir, sirve el aparatico.

Pero hay que estar muy despierto, para no terminar alimentando simplemente las ganancias de las compañías telefónicas.

Es cierto que aumenta la llamada ‘movilidad’ de las personas. En casos de emergencia, son indispensables. Si uno es especialmente olvidadizo, también.

Por otro lado, he sido y soy víctima corriente de la creciente futilidad y fatuidad de los contenidos. Eso de no salir, en el fondo, del consabido “Hola, ¿cómo estás?”, es algo que no sé cómo enfrentar.

¿Cómo decirle a tus amigos que se animen a decirte algo? Por eso, es maravilloso cuando se trata de citarse, perderse entre la muchedumbre y actualizar los puntos de encuentro. Se intercambian informaciones y risas y punto. Maravilloso.

No me quejo, pero pienso que a pocos de los cerebros pensantes empeñados en ir afilando hasta el infinito el poder de estos aparatos, se les ha ocurrido acompañarlos de más contenidos. Eso de “Demuestra ser alguien, comunícate en todo momento” no va acompañado de la respuesta a una pregunta que tendría que ser lógica:

¿Para qué?

Todo esto no lo perciben –ni les importa- a los jovencitos de ahora.

Vivimos, simplemente, otras épocas, en las que si no corres junto a las nuevas tecnologías, tienes la sensación de quedarte apartado irremediable y trágicamente del grupo.

¿Tenemos que entenderlo como padres?

Me atrevo a decir que no. Podremos, a lo más, tratar de comprenderlo, pero nada más.

Sin embargo, creo que tenemos que aceptarlo.

(Aunque tampoco estoy muy seguro de estar haciendo lo correcto. “No me sigan, porque no sé adónde voy”, es una frase certera de Caetano Veloso.)

Es el futuro. Ya está aquí. Pocos saben para qué, pero es así.

Eso que muchos llaman progreso y al que muchos entregan y sacrifican una vida entera.

Para lo que sí servirán las tecnologías del futuro, será para aumentar y diversificar la diversión. En Berlín, por ejemplo, ya se está viendo esto. Son las llamadas fiestas Peng Peng. Lo máximo en este momento. (Estaré contándolo aquí, en esta bitácora.)

¿Me preguntan con qué me quedo?

Sigo pensando que el verdadero progreso consistirá en dar de comer y beber a todos los habitantes de este planeta. Y luego llevar educación a todos.

Entonces, me levantaré a aplaudir. ¡Qué digo!

A contestar con ganas mi celular.

HjorgeV

Colonia, 29-11-2007

EL SÍNDROME DE DIÓGENES

PERDER LA BRÚJULA

Quería decir ayer que pocos saben lo que es verdaderamente la dignidad humana.

Muchos, siguen sin saberlo hasta que la pierden.

(Me pregunto si la reacción más natural ante la desgracia o el infortunio ajenos, es mirar hacia otro lado.

Me respondo que no, porque al momento se me viene a la memoria y sé de gente que encuentra fascinación en su contemplación.)

Me imagino que nuestras sociedades, vistas como grupos humanos interesados en el bien de todos, tendrían que aprender a mirar objetiva y razonablemente también allí donde no es agradable.

Nunca es necesario ir muy lejos para encontrar la desgracia humana.

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Para comprender el fenómeno de la gente que termina viviendo en la calle, por ejemplo, es necesario atender varios aspectos de nuestro propio comportamiento. Visto el todo así, nos podremos asombrar, incluso, al ver que no es un problema tan lejos de nuestras propias ‘posibilidades’.

Primero, tengamos en cuenta que lo que llamamos la ‘gente normal’ –en cualquier parte del mundo- está acostumbrada a planificar su vida de alguna forma.

Por lo menos a tener una idea más o menos concreta de cómo ella se va a desarrollar.

También sucede que son los demás los que deciden por nosotros, con o sin nuestro consentimiento: el mercado, las relaciones laborales, la familia, el cónyuge, la política.

Un rumbo mental siempre se tiene o se suele tener, entonces. Más o menos definido, de acuerdo a nuestro desarrollo y las circunstancias por las que atravesamos.

Eso es algo de lo que carece la gente que vive en la calle.

Perder la brújula en todo sentido, tal vez sería una denominación bastante aproximada de lo que debe suceder con ellos.

Por otra parte, bien visto, en la llamada era moderna coinciden nuestros ciclos naturales de vida (de energía y desgaste físico) con el ciclo de la vida laboral.

De tal manera que una gran parte de la gente de este planeta no tiene mucho tiempo para pensar en qué va a ser de su vida, una vez que la ha entregado a la maquinaria del mercado y en cualquiera de sus diferentes niveles.

Somos niños, vamos a la escuela donde aprendemos todo lo que se necesita para ingresar después al mercado laboral, estando mejor o peor preparados. Ingresamos en él y cuando ya no nos necesita éste, hemos alcanzado también, por lo general, la ancianidad.

Esto no siempre ha sido así, ni tiene por qué ser siempre así.

En las sociedades más adelantadas, el gran desarrollo tecnológico y científico está haciendo posible que aún mucho después de la jubilación, la gente pueda entregarse a los simples placeres mundanos. La medicina alarga la vida y, la bonanza económica, las posibilidades de entretenimiento.

Todo esto le faltará –entonces- a nuestro hombre o mujer de la calle, porque las duras condiciones de vida se la acortarán drásticamente.

Otro punto que no debemos olvidar, es que la gente ‘normal’ no sabe lo que es perder la autoestima y la confianza en sí mismo más allá de los ataques normales que todos padecemos en ese sentido.

Me imagino que lo que le sucede al ‘sin techo’ es lo mismo, pero de forma extrema y permanente.

Si nosotros mismos a veces creemos no poder salir de ciertos huecos más o menos existenciales o críticos producidos por problemas en el seno de la pareja, la familia, los amigos o el trabajo, no nos tiene que ser muy difícil imaginar entonces que llegado un cierto punto, uno puede llegar a rendirse, literalmente hablando.

Es algo que no sucede a menudo, pero muchas veces nos rendimos ante la adversidad. Y tiramos la toalla.

ABANDONAR Y ABANDONARSE

Y el siguiente paso es abandonar a nuestra pareja, los estudios, nuestra familia, el trabajo o, incluso el propio país. Deseamos pasar la página. Ya no damos más.

La suerte que tenemos es que tenemos una pareja, amigos o familiares que nos apoyan en esos momentos clave. O tenemos un apoyo material: dinero u otro tipo de riquezas, por la razón y medios que aquí no interesan.

La gente que termina viviendo en la calle, no tuvo, no tiene y no tendrá ese apoyo en los momentos decisivos.

De hecho existe mucha gente que mentalmente vive como un ‘sin techo’, porque se ha abandonado en muchos sentidos. Pero, como son gente que tiene la suerte de no haber perdido su hogar, no pasa a completar la lista de los otros menos afortunados.

Bien visto, creo que todos nosotros siempre descuidamos –‘abandonamos’- algún aspecto de nuestra vida. Por lo general, el más trivial, menos importante o el que menos nos interesa en determinada época. (Pueden ser varios.)

Los estudiantes, por ejemplo, no son especialmente famosos por mantener el orden en sus habitaciones.

En otros casos, descuidamos –‘abandonamos’- a nuestros amigos y familiares por tener la cabeza puesta en otras metas.

Otros lo suelen compensar con dinero, pagando para que otra gente se ocupe de los aspectos de su vida más ‘abandonados’: alguien que haga la limpieza y se ocupe de sus hijos, por ejemplo.

O muchas veces una relación matrimonial se limita a que un integrante de la pareja –la mujer, por lo general- recibe dinero del otro como la mayor expresión de la ‘unión’ en la que viven.

EL SÍNDROME DE DIÓGENES

El caso extremo de estos casos de abandono personal y social, lo constituye el llamado Síndrome de Diógenes, que es una enfermedad mental que suele afectar sobre todo a ancianos que viven solos.

Los que lo sufren son afectados por un agudo trastorno del comportamiento que los lleva a aislarse voluntariamente en su hogar y a vivir en un casi total abandono social y personal, cuya manifestación más llamativa es la de la desatención de la higiene.

Es un fenómeno –como todos aquellos relacionados con aspectos nada agradables de nuestra condición humana- que recién a partir de 1960 se empezó a estudiar.

Personalmente, tengo la sospecha que muchos de estos trastornos del comportamiento tienen que haberse agudizado y se irán agudizando aún más con el avance de la economía de mercado, cuya única o principal misión es la de acumular y reproducir las ganancias sin preocuparse apenas por el precio social a pagar.

Las personas afectadas por el Síndrome de Diógenes suelen acumular grandes cantidades de dinero, basura u otros objetos en su casa. Hasta animales.

¿Quién de nosotros no ha visto alguna vez deambular por las calles de la ciudad a una persona de aspecto vagabundo y cargando en bolsas o en un cochecito lo que obviamente no acaba de comprar en un supermercado?

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Se conocen casos de gente que ha llegado a acumular verdaderas fortunas por diversos medios (mendicidad, ingresos fijos) en su hogar, mientras su vida personal y social se iba descomponiendo cada vez más.

Se dice que los que padecen de ese síndrome están ligados emocionalmente a cada uno de sus objetos (o animales) y son incapaces de distinguir entre lo que es de ‘valor’ y la basura, propiamente dicha. Para ellos todo es de valor o nada es basura.

Otros llegan a más o menos lo mismo, por el alto miedo que tienen de desprenderse de cualquier objeto.

¿Acaso no seremos -en el fondo- todos nosotros sino una forma más o menos civilizada de este tipo de ‘Diógenes’?

Pienso en los que acumulan objetos sin poder desprenderse de ellos: muebles, electrodomésticos, enseres en general, reliquias. Aparte de los clásicos, como: dinero, joyas, libros, revistas, estampillas, discos. Aún a sabiendas que nunca los vamos a poder consumir o utilizar del todo.

O en aquellos que no pueden desprenderse de una serie de medicinas que nunca más irán a –ni deberán- usar.

Pienso también en mi padre y en su gran biblioteca que apenas alguien usa, pero que cuidaba con el esmero de quien cuida una pública. Lo digo, porque días atrás uno de mis hijos marcó el libro que le había leído antes de dormir doblando una de las páginas y mi primer impulso fue impedirlo.

“No pasa nada si lo hago”, me dijo Jorge Juan, de seis años, con una sonrisa condescendiente.

Y tenía razón.

Salvo que fuera un libro que tuvieran que usar varias personas al día, ese tipo de cosas sirven muy bien para recordarnos alguna vez que lo leímos, por las marcas que dejamos en las hojas. (Además, los libros infantiles actuales suelen ser particularmente robustos. Por lo menos, aquí en Alemania.)

Se dice que el miedo de esta gente es tener que pasar pobreza en algún futuro incierto, de tal modo que se les desencadena una especie de compulsión acumuladora.

ACUMULACIÓN TURBO-CAPITALISTA

Me pregunto aquí si esta obsesión o compulsión por acumular irreflexivamente no estará emparentada con aquella otra del capitalismo más agresivo, en el que cada vez más gente se siente arrastrada por un deseo de querer acumular bienes, riquezas y dinero, hasta un punto tal, que ni siquiera viviendo miles de vida podrían gastarlo todo.

¿No sufrirá un millardario un serio desorden del comportamiento al acumular ese tipo de grandes riquezas? (No me refiero al millonario común y corriente.)

¿Será un miedo incontenible a la pobreza el que impulsa a mucha gente a acumular riquezas inconcebibles?

La diferencia está en que los primeros Diógenes no suelen causar daño a nadie. (Salvo cuando los vecinos se quejan por el mal olor de sus viviendas, si es de los que acumulan basura, por ejemplo.)

Los otros Diógenes grandes capitalistas voraces, sí que hacen daño. Y mucho. Porque llegan a tener tanto poder que pueden regir los destinos del planeta a su voluntad. Y ya vemos que su voluntad puede estar psicológicamente trastornada.

(¿Y los que acumulan obsesivamente poder?)

Las desventajas del Turbo-Capitalismo moderno y sus Diógenes Tíos Ricos, se ven reflejadas en 4 simples cifras:

1. Dos terceras partes de la actual humanidad tiene que vivir con 2 dólares al día.

2. Se calcula en 7,5 millones de niños, la cifra de los que mueren al año como producto de su pobreza sobre este planeta.

3. La mitad de las riquezas mundiales les pertenece solo a 2% de los millardarios actuales.

4. El 1% de todas las riquezas mundiales tiene que ser compartido por el 50% de todos los adultos del mundo.

Se suele hablar de los Derechos Humanos, pero, al parecer, pocos piensan en los derechos de la gente que muere de pobreza cada día. (Olvidando, por otra parte que toda riqueza proviene originalmente del trabajo efectivo de alguien. Trabajo que ya saben ustedes quién lo hace verdaderamente y quién no.)

Lo absurdo es que nunca antes en nuestra historia ha existido tanta riqueza como ahora.

Y tampoco tantos ‘Diógenes’ acumuladores de riquezas vanas, fatuas, innecesarias y aniquiladoras como hoy.

DIÓGENES DE SINOPE

Diógenes de Sinope, por su parte, fue un gran filósofo griego de la Escuela Cínica, famoso por su alto grado de ascetismo.

No se conocen textos suyos. Sólo solo se sabe de él por la sección que su tocayo Diógenes de Laercio le dedicó en su libro Vidas de los filósofos más ilustres.

En una de las anécdotas que éste último refiere en su libro, cuenta, que, habiendo pernoctado Diógenes de Sinope a la entrada de la casa de un hombre rico para protegerse en la noche de la lluvia, éste se acercó a la mañana siguiente a ofrecerle ayuda en forma de una bolsa de dinero.

-No la necesito –respondió Diógenes, famoso por creer que la absoluta privación e independencia de las necesidades materiales conducía a la perfección moral.

-¡¿Cómo que no la necesitáis, oh, gran filósofo?! –replicó el hombre rico-. ¡Todos quisieran tener una así!

-¿Todos? –preguntó, divertido, el maestro asceta.

-¡Claro! –respondió el otro, empezando a indignarse por la negativa recibida.

-¿Tú también? –insistió Diógenes de Sinope, con una sonrisa un tanto misteriosa.

-¡Pero, por supuesto! ¡Esa y muchas más!

-Entonces, quédatela tú. La necesitas más que yo –le respondió el maestro.

HjorgeV

Colonia, 28-11-2007

VIVIR SIN TECHO (Continuación)

La joven mexicana –cuyo caso había empezado a contar ayer- tenía un hijo pequeño. Se había casado con su esposo alemán más o menos a ciegas, a través de una agencia matrimonial.

Se trataba de un empleado de una empresa de seguridad, que, incluso, tenía permiso para portar armas; de tal manera que la mexicana le tenía un miedo enorme y había tenido que planear muy bien todo, cuando decidió abandonar el hogar conyugal debido a los maltratos y al encierro en el que vivía.

Para poder huir del marido había enviado con otros pretextos a su hijo a pasar un par de semanas a EEUU, donde vivían sus padres, los abuelos del chico. En la primera oportunidad que se le había presentado, se había dirigido a un centro especializado en casos de mujeres víctimas de la violencia doméstica.

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Gracias a esa organización no gubernamental, había conseguido pasar anónimamente de ciudad en ciudad hasta llegar a Colonia.

En esta ciudad ya llevaba un par de semanas cuando me la presentaron. En ese entonces yo tenía un negocio y una de las preguntas era si ella podría trabajar allí. Lo malo era que no conocía el oficio. No solo eso, deseaba hacerlo –si mal no recuerdo- de forma más o menos ilegal para evitar que su nombre pudiera ser rastreado por el marido. Por lo menos, hasta que terminara el juicio.

Me contó más o menos detalladamente su caso. Le di varios contactos, sobre todo de mexicanos y quedé en ver qué podría hacer por ella. Recuerdo que se le veía muy golpeada psicológicamente. Era una persona atravesando ese tipo de fases tan duras, que uno llega a perder todas las esperanzas de encontrar alguna solución. Quería salir del circuito en el que, si bien recibía ayuda gratuita y podía permanecer el tiempo que quisiera, no era nada que le diera especialmente fuerzas para seguir.

Pero su mirada tenía una luz. Un punto hacia el cual ella se orientaba, cada vez que creía perder la brújula: su hijo.

Por un lado, tenía miedo de que el marido la volviera a ubicar. Su idea era trabajar y ahorrar, mientras se resolvía el juicio que había iniciado para obtener la tutela del niño. Lo bueno de todo, era esa luz. Tener un motivo para no abandonarse y seguir. De tal manera que eso le daba fuerzas y no la hacía cejar en su empeño. No volví a saber de ella.

En otra oportunidad –ya lo conté aquí en forma de cuento en La casa quemada-, una bella brasileña de aspecto europeo y de hermosos ojos verdes se acercó a pedirme que le alquilara una especie de apartamento que yo usaba de oficina. Su casita se acababa de quemar y, temporalmente, no tenía dónde vivir. Poco después pudo alquilar algo nuevo y salió de sus dificultades.

Su caso fue más simple, pero muestra bien que las razones por las que se pueden perder el techo bajo el que se vive, no tienen por qué ser especialmente complicadas.

(Sin ir muy lejos en el tiempo, no olvidemos que las continuas guerras sobre el planeta que el Primer Mundo alienta y mantiene vendiendo sus armas, son las responsables, por ejemplo, del horrendo caso de Irak, cuya ilegal invasión tiene como secuela ya, no solo más de medio millón de muertos, sino que se calcula en 4 millones el número de iraquíes que han debido abandonar sus hogares. El más grande éxodo en Medio Oriente desde la creación del estado de Israel en 1948. Algo que pocos saben.)

En todo esto pensaba cuando le dije al cajero aquello de que eso de quedarse –literalmente- en la calle le puede suceder a cualquiera.

-Es también cuestión de carácter –me dijo, finalmente-. Soy estudiante de Psicología y sé de lo que hablo.

Le quise decir que no tenía que ser necesariamente cierto, pero me limité a hacer un gesto con las dos manos.

¿Una cuestión de carácter?, me pregunté después, quedándome con la idea durante varios días en la mente.

¿UNA CUESTIÓN DE CARÁCTER?

Y si así fuera, ¿por qué negarle una ayuda entonces a esa gente? (Otra cosa es, si uno no está en las condiciones o posición de hacerlo.)

Justamente ese joven con su negativa estaba mostrando cómo funciona el círculo vicioso al que caen las personas sin hogar.

Una vez que han perdido éste, conseguir la reinserción en la vida llamada normal es lo más difícil, porque las puertas se empiezan a cerrar por todas partes. No se consigue trabajo porque no se tiene domicilio fijo, por ejemplo, y no se puede tener domicilio fijo porque no se tiene trabajo. Los ‘amigos’ suelen correrse, además. (A eso sumar que las causas de la pérdida del hogar no tienen por qué haber desaparecido necesariamente con el tiempo. Pueden haberse empeorado, incluso.)

Si además lo poco que pudieras conseguir de dinero para sobrevivir te es negado, como en este caso, ¿qué te queda?

De mis primeros tiempos aquí en Colonia recuerdo el caso de un hombre de Trinidad Tobago. Le decíamos El Lobo porque tenía unas grandes cejas, llevaba el cabello largo recogido hacia atrás en una cola y usaba una barba que le daba un parecido a una especie de Papá Noel caribeño.

Cuando lo conocí, se dedicaba a recorrer la zona peatonal de Colonia con su cámara en la mano, fotografiando escenas callejeras y a personas, especialmente a los artistas de paso por la ciudad.

En ese entonces el hombre acababa de perder su trabajo en una multinacional. Él era un especialista en informática y le había iniciado un juicio a su ex compañía por despido intempestivo.

Lo que este caribeño con aspecto de aborigen australiano no sabía, era que el juicio habría de durar casi diez años hasta la completa resolución de su caso.

Cada vez que ganaba uno de los juicios, los poderosos abogados de la poderosa multinacional recurrían a la siguiente instancia. Era uno de esos casos, en los que, de haberse usado un sano juicio humano, se podrían haber puesto todos de acuerdo y haber ganado mutuamente. Por lo menos se hubieran minimizado los costos de todo tipo.

Los que seguramente ganaron más, fueron, al final, los (esos) abogados, porque el asunto destruyó la vida de nuestro ‘tobaguense’ y a la empresa tiene que haberle importado un pepino el dinero desembolsado en su caso.

(Por este milagro de la Red, me entero que Trinidad y Tobago es, en realidad, un conjunto de dos islas, distantes más kilómetros entre sí, 32, que ellas mismas de las costas venezolanas: apenas 20 kilómetros. Ahora entiendo por qué nuestro amigo siempre decía que él era en realidad un latinoamericano, a pesar de hablar la lengua de su país, el inglés.)

En cambio, Lobo ganó otra vida.

Cuando sus ahorros se terminaron, debió abandonar el bonito apartamento que arrendaba y todos los lujos y comodidades de su vida anterior.

Como había sido arrojado literalmente a la calle y guardaba en su interior un gran artista, decidió fusionar ambas cosas y se hizo fotógrafo callejero. (Apenas cobraba por su excelentes fotografías, de las que yo guardo algunas.)

Primero, se lo tomó todo deportivamente, porque sabía que ganaría el juicio y no tenía mayores preocupaciones materiales. De tal manera que cuando terminó inmerso en el circuito de la ayuda estatal (o ayuda social), se preparó para soportarlo.

Este circuito, en el fondo, no constituye ninguna solución sustancial.

Las personas que empiezan a recibir ayuda estatal para poder vivir bajo techo, pernoctan en unos hoteles que se han especializado en esos casos. Es decir, son unos lugares en los que las exigencias de limpieza son las mínimas y caen ellos mismos en el mismo círculo vicioso de sus inquilinos: como se trata de gente que viene de vivir en la calle, el nivel de higiene y ornato va empeorando cada vez más, empujando estos a su vez a sus pasajeros ocupantes a más de lo mismo.

El estado se lava las manos, cumpliendo su papel de limosnero, creyendo que, en realidad, ayuda.

Los necesitados, por su parte, piensan que no tienen nada que reclamar y solo un pequeño grupo de gente hace un buen negocio con esto: los dueños de los hoteles, quienes, debiendo invertir parte del dinero que ganan en mantenimiento e higiene, se lo quedan mayormente.

Lobo se pasó casi diez años de su vida viviendo prácticamente en la calle. Lo hizo más como una forma de protesta. Llegó a estar en la cárcel por negarse a cancelar cierta factura que él consideraba injusta y que igual no estaba en condiciones de pagar de golpe.

No sé si de vez en cuando abandonaría la relativa comodidad de los hoteles o departamentos de la ayuda estatal, pero sí me consta que compartió mucho de su vida y del dinero que recibía -por haber aportado durante años como empleado- con sus compañeros menos afortunados. Colegas, los llamaba él.

Colegas del infortunio.

(Hace cosa de un año lo volví a ver poco antes de que cerrara mi negocio. Tenía el aspecto de un turista europeo por su vestimenta y su forma de andar. Seguía con su cámara fotográfica a cuestas y su sueño de regresar a establecerse en su país. Creo, incluso, que lo había intentado un par de veces, pero sin éxito. Se le veía muy bien, a pesar de su edad, cercana a los setenta años. Había abandonado la vida y los amigos de la calle que había frecuentado por espacio de casi diez años. Algo que se había negado a hacer durante mucho tiempo por simple solidaridad con ellos.

Debe tener un archivo de decenas de miles de fotografías que él acumuló a lo largo de sus años pasados en la calle. Un auténtico y excepcional testimonio fotográfico documental de las calles de esta ciudad desde finales de los años ochenta hasta finales de los noventa del siglo que acaba de pasar.)

TENER EN QUÉ CREER (Y TENER PARA CREER)

O ese otro caso de una guapa chica venezolana que acabo de recordar. (Me cuentan que se ha ido a vivir a Miami, me imagino, a tratar de probar suerte como cantante, algo que me consta que hacía muy bien.)

No recuerdo bien cómo la conocí. Creo que noté que estaba pasando por una gran crisis y me atreví a preguntárselo o se había acercado a preguntar por trabajo. Me contó que llevaba dos meses en Alemania y que acababa de terminar la relación sentimental con su novio de entonces, un rubio usamericano al que le gustaba juntarse con latinos.

Lo peor de todo era que la separación le había quitado de golpe dos grandes pilares en su vida: el amor y el techo. Se encontraba sola en Colonia, apenas conocía a alguien.

Le ofrecí la misma ‘oficina’ que ya mencioné anteriormente. En ese entonces, la otra habitación del departamento la ocupaba uno de mis hermanos estudiantes.

Recuerdo que la chica lloró de alegría y yo sentí un gran alivio porque la podía ayudar.

Personalmente, yo había pasado por la misma situación tanto en París como en Colonia. Casi de la noche a la mañana me había encontrado con que tenía que abandonar el lugar donde vivía. En ambas ocasiones tuve una (buena) suerte maldita, pero sólo porque alguien había terminado ayudándome inesperada y muy rápidamente, de tal manera que nunca había tenido verdaderos problemas en ese sentido.

No estaba haciendo con esa muchacha, pues, otra cosa que devolver favores recibidos. (Soy ateo, por si acaso.)

Recuerdo que mi hermano –quien se había alegrado de tenerla como compañera de departamento, porque era una muchacha bastante atractiva-, me contó que no había regresado a dormir. Días después ella me devolvió las llaves y me agradeció de una de esas formas que son tan bonitas y profundas que uno puede llegar a enrojecer al recibirla.

En verdad, muchos casos similares se resuelven así.

Lo que necesita una persona muchas veces no es necesariamente tener varias posibilidades de solución, sino simplemente saber que podría recurrir a ellas en caso de emergencia.

El que sabe que tiene de dónde asirse en caso de una caída, lleva la frente en alto y ve todo más positivamente. No se deja vencer así no más por los obstáculos que se le pudieran presentar. Porque sabe a qué atenerse en caso de emergencia.

No es lo mismo enfrentarse a un nuevo futuro con algo en el bolsillo que con éste vacío, por decirlo con un ejemplo que no es una metáfora, sino, uno justo y real.

Pero todo esto lo debía desconocer nuestro cajero universitario de la otra noche.

Él -a pesar de la formación académica que mencionaba- estaba cometiendo algo rayano con un verdadero crimen social, según mi forma de ver las cosas.

Porque, si la misma sociedad que debería encargarse de ayudarlos, no lo hace, por lo menos ninguno de sus miembros debería osar a arrebatar a nadie, lo último que cualquier persona de este mundo debería perder:

La dignidad humana.

HjorgeV

Colonia, 27-11-2007

VIVIR SIN TECHO

Noches atrás, mientras esperaba que se fuera cargando el tanque de combustible de mi automóvil, fui testigo de una escena cada vez más frecuente en este país y que, sin embargo, suele pasar desapercibida a la simple vista.

Es uno de esos fenómenos que por su carácter negativo, la mayoría de la gente termina ignorando, casi como si las personas involucradas en él se hubieran vuelto invisibles.

En este país las gasolineras suelen funcionar con una sola persona. Se trata, en realidad, de estaciones de autoservicio. El cliente se encarga, prácticamente, de todo. El cajero solo de cobrar.

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Casi todas funcionan adicionalmente como una especie de pequeño supermercado con grandes variedades de bebidas, comestibles ligeros y una sección con diarios y revistas. (Se dice que con este negocio ganan más que con el primigenio.)

Después de cargar combustible, se ingresa al establecimiento y se tiene que nombrar qué número de expendedor de gasolina es el que se ha usado. A continuación, el cajero o la cajera, se confía, normalmente, de esa información y pasa a cobrar.

Era de noche esa vez.

Estaba esperando a que se llenara el tanque y mientras lo hacía, vi llegar a un tipo con claro aspecto de ser un borrachín sin hogar. No había más clientes.

En Alemania, a los borrachines se les llama, despectivamente, Penner. (El verbo pennen, en alemán, es una forma bastante vulgar de ‘dormir’. Penner sería así, más o menos, ‘dormilón’, pero en sentido negativo.)

En Francia reciben el nombre de clochard y entre las cosas que más me sorprendieron de mi paso por París, está la figura del clochard parisiense. Me resultaba especialmente fascinante ver la naturalidad con la que un ciudadano, vamos a decir, burgués, podía ponerse a conversar en plena calle con uno de ellos. Por lo general, después de haberle dado un cigarrillo o alguna moneda.

Algo impensable en otras sociedades que se consideran altamente civilizadas. Pero en Francia -en París-, sucede.

Gente sin hogar, es un fenómeno que se da en casi todas las sociedades y a lo largo de toda la historia más reciente del hombre, con más o menos las mismas características.

Son personas que en algún momento de su vida caen a una especie de círculo vicioso, generalmente creado por una situación extrema laboral, social o familiar, y van a parar –literalmente- a la calle. (Muchos lo hacen al salir de prisión.)

Por alguna razón (o razones) que la psicología y los sociólogos todavía no conocen del todo –porque, simplemente, es un tema que se ha solido evitar- una parte de todos aquellos que pierden su hogar por la razón que fuera, no vuelven jamás a conseguir vivir como el resto de sus conciudadanos. Y terminan abandonándose a sí mismos.

No todos los que viven en la calle son alcohólicos o dependientes de alguna otra droga. Un porcentaje nada despreciable de ellos –por lo menos, aquí en Alemania- ha pasado, incluso, por una universidad. Es decir, no se trata de gente especialmente poco inteligente o sin educación, como muchas veces se suele suponer.

A nuestro personaje se le podía reconocer desde lejos su condición. Era relativamente joven -entre treinta y cuarenta años-, pero la dura vida de la calle ya le había pasado varias facturas y sus correspondientes recordatorias. Vestía ropas gruesas que alguna vez, probablemente años o meses atrás, habían pasado por una lavadora pero ya lo debían haber olvidado.

Se movía en una bicicleta que por su apariencia podía ser una cualquiera de las miles que se ven a diario por la calle. En la parte de atrás tenía una especie de morral con varios compartimentos y dentro de ellos llevaba latas y botellas vacías. Estaba más o menos claro qué era lo que buscaba.

He contado alguna vez aquí -en esta bitácora- que cada vez más gente en Alemania vive de recoger botellas y latas dejadas por otra gente en los basureros o en algún otro lugar. Al devolver el envase se puede obtener de 8 a 30 centavos de euro por él.

Nuestro personaje venía, pues, a su particular banco.

Desde fuera vi que el empleado se encontraba realizando alguna labor de limpieza. Llevaba guantes de esos que usan los cirujanos. Como no se encontraba en ninguna instalación industrial, sanitaria o en algo parecido, sino en una aséptica estación de servicio, supuse que se trataba de una persona especialmente sensible a la suciedad.

Creo que fue ese detalle el que captó mi atención.

Quise saber seguramente cómo reaccionaría el empleado al ver al señor sin hogar cuando éste entrara al establecimiento.

Aquí debo decir que lo que en Francia me fascinó, no sucede en Alemania. La gente suele esquivar -si es necesario abandonando la vereda o el camino- a los llamados Penner. Muchos de ellos despiden un olor fuerte y desagradable, es la explicación. Pero no la única.

Nuestro personaje debía ser uno de ellos, pero se movía con movimientos pausados, casi serios. Había escogido la hora y el lugar, seguramente, para evitar encontrarse con otras personas a las que él podría haber espantado al compartir la cola de espera, por ejemplo. (De ser cierto eso, se trataba de alguien con alto sentido social.)

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A través de los grandes cristales del lugar seguí contemplando la escena. Vi el rostro de desagrado del cajero. Usaba unas gafas que le conferían el aspecto de un joven profesor. Supongo que en ese mismo momento debió ocurrir. No lo pude ver, porque una de las columnas me había impedido la visión. Solo vi que el señor con sus botellas en la mano, retrocedía y se retiraba abatido del lugar. Por alguna razón que yo todavía desconocía se le había sido negada la entrada al negocio.

Me dije que le preguntaría al cajero el por qué de su discriminación. Llevaba yo especial buen humor así es que sería capaz de hacerlo de tal manera que el otro no lo viera como un ataque, sino como lo que era: una simple curiosidad.

Cuando entré a la zona cubierta y cerrada de la gasolinera, pude ver enseguida qué había sucedido. Nuestro personaje había dejado caer una botella y esto debía haber provocado la negativa del empleado.

Se me ocurrió una idea.

-Si desea yo me encargo de recogerlo.

El cajero no supo cómo mirarme. Vio dinero en mi mano derecha y entendió que yo era el que acababa de utilizar el único surtidor ocupado y deseaba pagar.

-No, no se preocupe. Lo haré yo mismo -me respondió, muy atentamente.

-Lo haría de muy buena gana –le dije.

Me dirigía a ver el partido de Perú contra Ecuador (el último, en el que nos dieron una paliza), en casa de unos amigos. No tenía prisa.

-No, no. Está bien.

Cuando terminé de pagar, traté de explicarle con pocas palabras el por qué de mi ofrecimiento.

-A cualquiera le puede pasar.

-Sí, se le cayó una botella.

-No, no me refiero a eso. A cualquiera le puede ocurrir terminar un día en la calle.

-No lo creo –dijo él.

-Creo que es más fácil de lo que la mayoría de gente se podría llegar a imaginar.

Pensaba en aquellos que pierden su trabajo repentinamente y se encuentran con que no pueden pagar el alquiler de su vivienda y en cuestión de semanas son desalojados. Pensaba en aquellas parejas que rompen abruptamente y uno de los dos termina abandonando lo que era el hogar común. En las mujeres que hartas de ser maltratadas por sus maridos, un día no lo soportan más y se lanzan –literalmente- a la calle.

Conocí un caso así, en el que, lamentablemente, no pude hacer prácticamente nada, salvo invitar a cenar a la persona involucrada para conocer su problema y ver si podía hacer algo por ella.

Se trataba de una mexicana. Debía tener unos treinta años y había abandonado a su esposo de una forma muy peculiar. Al parecer, se trataba de un tipo especialmente obsesivo y muy violento que, prácticamente, la había mantenido recluida en el que había sido el hogar matrimonial.

Para poder huir –literalmente- de él, se había ideado un plan.

Continúa mañana…

HjorgeV

Colonia, 26-11-2007

MÁS FRASES

Hace dos semanas me propuse escribir frases o pensamientos propios.

Se trataba de moldear en una sola línea lo que pensaba sobre un tema determinado.

Empecé diciéndome que si escribía cinco, me quedaría contento, pero luego parece que mi mente se quedó en una especie de estado de alerta y seguí varios días apuntándolos (en papelitos, servilletas o en mis libretas) casi automáticamente.

Digo esto porque es algo que recomiendo a todos. Es un ejercicio mental que puede dar más de una sorpresa a cualquiera, de paso de servir como revisión de la propia cosmovisión. Solo hay que proponérselo y estar dispuesto a jugar -perdón por la redundancia- el juego.

La idea es no tratar de copiar ni repetir lo ya conocido. Que al final suceda, me imagino que es algo inevitable.

Que tengan un buen domingo.

HjV

1. Letrero en un cementerio: “Respeta esta casa. Es también la tuya”.

2. El sexo telefónico contradice la general creencia de que los hombres no saben escuchar con atención a las mujeres.

3. Si no te hace vibrar, olvídalo, no es poesía.

4. Desconfía del que te quiere cortar un par de dedos del pie, porque no te quedan los zapatos que te quiere vender.

5. Los abogados son esos profesionales que te cobran, para que veas hasta dónde pueden llegar.

6. Es muy raro el enemigo que sabe verdaderamente por qué lo es.

7. Olvídalo. Los padres de quien amas, nunca te aceptarán del todo. Si lo hacen, entonces, tú nunca los aceptarás del todo.

8. No digas muy fuerte que eres ateo. Mucha gente siente que le tiembla la tierra bajo los pies cuando lo oyen.

9. Todo lo que sube, baja. Basta vivir lo suficiente para observarlo.

10. El poder embrutece.

11. El bondadoso no hace trampa. Simplemente se da a sí mismo más de lo que le gusta.

12. El mentiroso asegura que vive feliz y contento.

13. Un especialista en publicidad se especializa en deslumbrar primates.

14. Un especialista en mercadotecnia los despluma.

15. Siempre es necesario tener un jefe o líder. Alguien tiene que anunciar los fracasos.

16. La persona que no se pone metas, se programa para enfrentarse a la desdicha.

17. Hay gente que quisiera aprender algo como quien toma una pastilla o recibe una inyección.

18. La risa es el limpiaparabrisas de las penas.

19. Se suele llamar obsesivo a quien solo busca completar una tarea.

20. No envejecemos, vamos perdiendo la capacidad de asombrarnos.

21. El que lanza la primera piedra, puede ser por creer que se trata de una competencia de velocidad.

22. Cierto tipo de gusanos se alimenta solo de buenas intenciones y grandes sueños.

23. Si tu opinión es verdaderamente tan crucial para mí, prefiero no saberla.

24. Después del sexo, retorna la verdadera democracia a la pareja.

25. A través de los nervios, te reclama el estómago el tiempo que le robaste.

26. El buen líder se reconoce por su capacidad de trabajo en conjunto. El mal líder, quiere que los demás hagan todo el trabajo por él.

27. El líder ingenuo quiere hacerlo todo solo. El líder con experiencia, sabe que siempre tiene que delegar gran parte del trabajo.

28. Dormir es un placer gratuito que no todos saben apreciar, justamente por ser gratuito.

29. Pobre del hombre que se crea eso de que no somos animales.

30. Gran parte del trabajo de un médico consiste en saber devolverte la confianza en ti mismo.

31. Salir de un accidente ileso, puede ser más valioso que ganar la lotería.

32. Pocos pueden imaginarse qué terrible dolor de cabeza debe significar volverse millonario de la noche a la mañana.

33. El injusto no tiene la imaginación para ponerse en el lugar de los demás.

34. El abogado es ese profesional que puede ver, en la defensa del diablo, un gran negocio.

35. Cuando sobra, el dinero es un amigo muy aburrido.

36. El que reprime sexualmente, sabe muy bien qué está reprimiendo, pero no dirá cómo lo sabe.

37. Una amistad es mala cuando coacciona o empequeñece tus principios.

38. Toda amistad tiende a deformarte, para bien y para mal.

39. Si no fuera por su falta de respeto a los demás y el daño que pueda hacer, al tramposo se le podría perdonar su impaciencia en el juego.

40. A la ingeniería genética le llevará mucho tiempo salir de la vanidad y preocuparse de lo verdaderamente importante.

41. La envidia es un alimento poco nutritivo.

42. Para que nuestras buenas intenciones se hagan hereditarias, tendrían que pasar varios cientos de miles de años.

43. Ampararse en el grupo, en la camiseta, es muy humano. Empieza cuando el bebé corre a esconderse detrás de las piernas de su madre.

44. La vejez ese estado en que crees comprender y saber todo, pero ya no te servirá de mucho.

45. Si en otoño no reflexionas sobre la brevedad de la vida, te quejarás del calor del verano siguiente.

46. El que ataca sin exponer sus argumentos, muchas veces no sabe por qué ataca.

47. Lamentarse por algún error no es malo. Pero después de esos 10 segundos, es necesario que te concentres nuevamente en avanzar.

48. El que en vida exige que le erijan un monumento, se merece el olvido.

49. El amor es una de esas cosas que jamás se reclama. A menos que hayas pagado por él.

50. El mayor compromiso en la vida de una persona –el matrimonio- se decide en un estado mental que debería estar prohibido por la ley. (Parafraseando a George Bernard Shaw.)

51. El alcohol puede ser un buen amigo. Puede ser también el más traidor.

52. El alcohol puede ser un buen médico o psicólogo. Lo malo es cuando en lo mejor de tu carrera de comediante te abandona en el charco de lo que has bebido y comido.

53. La caridad es la mala conciencia acuñada en moneda.

54. La avaricia y la acumulación estúpida de bienes son enfermedades incurables.

55. El cobarde tiene muy buena imaginación.

56. El mal profesor solo se concentra en tus defectos y errores. El buen profesor se concentra en que lo superes a él.

57. En la poesía, las palabras viven.

58. Rendirse es fácil. Saber rendirse, exige de más concentración.

59. El que no aprende a perder, le pasa la cuenta a sus órganos más vitales.

60. A la verdad no tendrían que temblarle las rodillas.

61. Cuando criticas, ¿buscas el avance o la destrucción del otro?

62. Reír siempre debería poder formar parte de todo intento de solución.

63. La infelicidad no es ningún motivo en sí para contagiársela a otros.

64. No eres el Hombre Araña, pero el buen humor tienes que guardarlo como ese último hilo salvador en las peores circunstancias.

65. El entusiasmo es un yoyó al que tienes que darle cuerda a diario.

66. Salva a la humanidad: canta cada vez que puedas.

67. El abusivo no es más que un cobarde que no es tonto: solo ataca a los más débiles.

68. El que te recuerden o no, no debe alterar para nada los principios de tu conducta.

69. Criticar no es despedazar, cercenar, despanzurrar, tullir, embarrar, lancear.

70. Hay gente que, por su naturaleza, no entiende simplemente razones. Si no lo puedes entender, tal vez tú eres una de ellas.

71. Un mal crítico cuando odia, se le nubla la visión.

72. Un mal crítico termina censurando y coartando el derecho de los demás a formarse una opinión propia.

73. Los niños creen que nada tiene remedio. En la vejez se comprende por fin que más o menos es así. La juventud es ese estado mental en el que lo olvidamos a lo largo de década y media. Se puede decir que la adultez es ese periodo en el que lo aprendemos a golpes.

74. Hay gente a la que se le mete en la cabeza que otros deben seguir sus consejos. No se puede remediar.

75. Parece que hay gente que se pone como meta joderle la vida a los demás. ¡Huye!

76. No existe fórmula conocida de alterar la composición de los errores del pasado.

77. Las mejores despedidas, tienen que ser exactamente cortas.

78. La vanidad no es necesariamente mala si no afecta el bolsillo ni el estómago de nadie.

79. Respétate. Cuando no sepas qué decir: calla.

80. La publicidad es esa chica bella, falsa y sin sesos que solo quiere tu dinero.

81. Contar y escuchar un chisme, puede tener su encanto. Difundirlo puede constituir un crimen.

82. La televisión es la droga más barata, legal y a la que gente permanece enganchada más horas a diario.

83. Todo acto valiente conlleva cierta gran falta de responsabilidad. El cobarde infla ésta a su medida.

84. Dos tercios de la humanidad vive de 2 dólares al día. ¿Cómo es posible que se siga creyendo en las bondades del Mercado Libre?

85. Al que dios lo ayuda, ¿ya para qué madruga?

86. En mosca cerrada, tampoco entran bocas.

87. Se dice que la fe consiste en creer o no. Sin embargo la teología sigue necesitando de miles y miles de libros, durante varios cientos de años.

88. El supersticioso confunde miedo con religión.

89. El atrevido no sabe lo que es la estadística.

90. Las canciones memorables se graban en latidos por minutos.

91. No confundas la humilde inmovilidad de un libro con tu desidia.

92. Tal vez no existan soluciones. Lo que no debe faltar son los intentos.

93. Las verdaderas obras de arte pueden guiar toda una vida.

94. El teléfono lo inventó un psicólogo holgazán.

95. ¿Por qué se apresurará tanto la gente a contestar un teléfono?

96. La importancia de una persona es algo que no depende solo de ella.

97. Un especialista lúcido puede decir lo mismo con palabras simples.

98. En un conflicto, no necesariamente tiene razón o es inocente, el que acusa o se queja primero.

99. Tu nariz sabe muchas veces más que tú.

100. Aprende a ahorrar la palabra amar, hasta que se convierta en un verdadero tesoro.

101. La televisión es el nuevo opio del pueblo.

HjorgeV

Colonia, 25-11-2007

FRÍO FUEGO

El otro día un amigo me pidió que encendiera su chimenea. Estaba ocupado con no sé qué asunto y no quería usar la calefacción.

-Nunca lo he hecho –le dije.

-No es difícil.

-A ver. Lo probaré.

Es de los que delante de su casa tienen leña acumulada, a pesar de tener un sistema de calefacción.

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La idea me gustó. Quise sentirme un niño emprendiendo una tarea nueva. El hombre es un animal que recuerda. Haciéndolo nos acercamos a varios abismos de la memoria.

-He hecho un par de parrilladas. Tengo más o menos una idea –añadí-. ¿Tienes un encendedor?

Lo dije porque no es fácil prender fuego. Es una paradoja, porque muchas veces el fuego cunde cuando no se desea. Y, por el contrario, puede ser lerdo cuando más se necesita.

-Tengo cartones –me dijo.

Era uno de esos días especialmente fríos. Con temperaturas rondando los 0°C, de tal manera que después de entrar y salir varias veces de la casa para recoger la leña, se me hizo claro qué tan reconfortante puede/podía ser el fuego de una chimenea.

Vengo de Lima.

La temperatura más baja registrada fue de 8°C.

No se conoce la calefacción allí. Tenía –tengo- una prima que se jactaba de nunca haber usado chompa durante todo un invierno. (Chompa viene del inglés jumper, lo mismo que jersey.)

Hoy en día casi todas las casas aquí en Alemania tienen la llamada calefacción central, pero antes no era así.

El primer lugar en el que viví aquí en Colonia carecía de ella, por ejemplo. Además, entonces yo desconocía una serie de medidas y trucos para conservar el calor y no perderlo. Nunca pasé tanto frío como en mi primer invierno colonés. Aún lo recuerdo.

El primer invierno que me tocó, fue uno que batió varias marcas. Las temperaturas llegaron a alcanzar los 10°C bajo cero. La gente se moría literalmente de frío.

Lo he mencionado ya aquí, pero vuelvo a recordar al hombre que encontré una madrugada en la puerta del edificio donde vivía. Se trataba de un Penner, un clochard, un borrachín sin hogar. Dormía la que probablemente iba a ser su última noche. Me costó despertarlo y conseguir que se levantara, pero lo conseguí. (¿Se iría a otro sitio a dormir su último sueño?)

Me acababa de separar de mi novia alemana. Por ella había abandonado París y mis primeros planes.

-Ven. Te espero –me había dicho a lo largo de varias noches por teléfono.

-Supongamos que es cierto lo que dices –le dije finalmente-. ¿Por cuánto tiempo?

-Para toda la vida.

A las dos semanas nos separamos.

Por mi parte, había dejado todo en París por esa eternidad tan corta.

Si no me hubiera rescatado su ex novio, no sé qué habría sido de mi vida en Alemania entonces. Fue una separación rara. Yo sentía que la cosa no caminaba y me fui más o menos sin despedirme.

La verdad, la noche en que le caí de sorpresa llegando de Francia, tendría que haberme dado cuenta de que algo no andaba bien. Tuve un frío recibimiento.

-¿No me pedías que viniera para siempre? –tendría que haberle preguntado a Babsi. Era altísima y rubia. Guapa como pocas y con una boca de incendio.

Andreas, su ex novio, se ofreció a ayudarme a establecerme en Colonia.

-No conozco a nadie allí –le respondí.

-Me conoces a mí –me dijo-. Un día de estos paso a recogerte –añadió.

Lo hizo al día siguiente.

Era octubre. En noviembre y diciembre lo pasé muy mal con las lluvias y el frío. Solo tenía mi ropa de invierno de Lima. Entonces, ingenuamente, no me podía imaginar cómo hacían los alemanes para soportar tanto frío.

Dormía sobre un colchón. Como la casa no tenía calefacción, el frío parecía venir de todas partes y proceder del mismo fondo de la Tierra. (Aunque el núcleo interno de nuestro planeta es sólido, está rodeado del núcleo propiamente dicho y que alberga metales en estado líquido debido a las altas temperaturas reinantes.)

Lo único que teníamos era un radiador de aire caliente. El aire se calentaba, sí, pero todo el resto del departamento permanecía frío.

Cuando el radiador se recalentaba y se desconectaba automáticamente, la temperatura en la habitación bajaba mucho más rápido de lo que el aparato necesitaba para volver a calentar el aire. Soñaba con guerras de frío. Soñaba que unos seres extraterrestres me disparaban descargas heladas.

En el carnaval de ese año lo primero que me llamó la atención fue ver a las chicas desfilando en minifalda.

¿Cómo hacían para soportar el frío?

Ahora lo sé. Es muy fácil. Se ponían hasta tres medias pantalón, una encima de otra.

No sé quién me lo dijo, o dónde lo leí, pero la mejor forma de abrigarse es formando varias capas protectoras.

En un viaje que hice a Cajamarca -la sierra del Perú-, recuerdo la vez que, viajando en la parte de atrás de una camioneta (al aire libre), me recomendaron que me pusiera un periódico entre mi ropa y mi cuerpo para paliar el frío. ¿Un periódico?, pregunté. Sí, sí, me respondieron.

Las hojas hacen de capas protectoras y no dejan que el calor del cuerpo se pierdan tan rápidamente.

Recuerdo que Andreas un día me mostró varios pares de zapatos usados.

-¿Te interesan? -me preguntó.

-No, gracias –le dije.

¿Zapatos usados, yo? La verdad, me pareció tan absurda la idea que me reí.

Poco después me puse a ver lo que tenía y descubrí un modelo que me gustaba especialmente. Me los puse sin ninguna intención, casi por broma. Luego salí a la calle. Era febrero del invierno probablemente más frío de Colonia del siglo pasado.

Los zapatos aquellos tenían una suela muy gruesa que me hicieron recordar los makarios, unos zapatos con suela muy gruesa que estuvieron de moda entre mi niñez y adolescencia allá en Lima.

Eran cómodos. Parecían casi nuevos. Una gran diferencia con respecto a mis mocasines limeños.

De pronto, me di cuenta que ya no sentía frío en las plantas de los pies. (¡Había descubierto el fuego!)

¡Cómo podía haber sido tan tonto! ¡Me había pasado casi todo un invierno con zapatos de verano y recién me daba cuenta! La suela de mis mocasines limeños apenas servían como aislante y yo no lo había notado. Me había parecido la cosa más natural del mundo pasar frío en Alemania.

Puse la leña en la chimenea.

Haciendo parrilladas había aprendido que sin aire (sin oxígeno, en realidad) no se puede obtener fuego. Acomodé las piezas de madera de tal forma que entre ellas pudiera circular el aire. A los pocos minutos se había formado una buena hoguera.

¿Cómo se habrán alegrado nuestros antepasados de hace miles de años –en un día especialmente frío de invierno- al ver que un rayo caído del cielo incendiaba un árbol?

(Lo vi una vez en Barcelona. Vi caer un rayo y cómo se incendiaba un árbol, a continuación.)

Así me sentí yo frente al fuego. Sintiendo el calor benevolente de la madera consumiéndose.

En la historia de la humanidad hay varios hitos importantes.

Cuando el hombre aprendió a hablar, por ejemplo. O los inventos tales como la escritura, la agricultura, la imprenta, la electricidad. La Red, que nos ha abierto puertas insospechadas en nuestro desarrollo como seres pensantes.

Pero, ¿qué habría sido de la humanidad sin el fuego?

¿Qué sintió el primer hombre que lo pudo obtener por su propia cuenta, por su propia mano?

HjorgeV

Colonia, 24-11-2007

LA RECETA DE SU FUTURO (cuento)

El día que Carlitos Somocurcio recibió la receta, se preguntó no sólo cómo diablos había hecho para llegar hasta ese punto, sino también si sabía verdaderamente a lo que se había metido, la vez que había aceptado esa invitación al cine de Magda y que ahora estaba a punto de cambiarle la vida.

-Creo que es un crimen que una de las decisiones más importantes en la vida de una persona, tenga que hacerse en un momento en que se está enfermo de la cabeza-, le había dicho alguna vez a su mejor amigo del Instituto, Andreas Goldmann, en la cafetería, sin tener tiempo a explicarle que simplemente había parafraseado un pensamiento de G. B. Shaw.

Su amigo había empezado a reír de una manera tan insólita para el Instituto de Investigaciones Matemáticas que a Carlitos Somocurcio no le había quedado otra alternativa que alejarse del lugar, medio avergonzado.

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¿Quería a Magda?

Sí, estaba seguro que la amaba. Pero para él, amar a alguien pasaba primero por amarse a sí mismo. (Se había ocupado penosamente del tema, como si se tratara de un asunto filosófico urgente y había sacado sus propias conclusiones.) Y dentro de esos sentimientos no estaba la obligación de tener que amar a sus futuros suegros. Por lo menos no, necesariamente, solo por el hecho de amar a su futura esposa.

Somocurcio era un hombre práctico.

Cuando le llegó el anuncio -hacía ocho años ya- de que se había ganado la beca para hacer su doctorado en Alemania, no se lo pensó dos veces. No hablaba el alemán, pero se convenció de que para su carrera, el conocimiento del idioma era algo completamente secundario.

Cuando, años más tarde, se le presentó la oportunidad de convertirse en el primer profesor extranjero del Instituto, tampoco se lo pensó dos veces. Era el que más trabajaba, el que más tiempo pasaba allí. La propuesta no se debía solo a sus cualidades. Se trataba de darle una carta de reconocimiento a su esfuerzo.

A Somocurcio le gustaba cocinar. Eso afirmaban sus colegas. “Lo hace con acribia”, decían. No era cierto.

Se había visto obligado a aprender un par de mañas con tal de no morirse de hambre. Si algo no soportaba de Alemania, eso era la comida. Con su sentido práctico, aprendió un par de platos, rogándole a su tía Lucila que le enviara recetas que él recordaba de su niñez.

Como a todo, o a casi todo en la vida, a las recetas siempre les faltaba algo.

No sabía cómo lo hacía, pero su tía siempre se olvidaba de algún detalle. A veces se trataba de uno sin importancia ni gravitación. Pero, en su absoluta ignorancia gastronómica, eso no lo podía saber él de antemano. El teléfono. Si no hubiera sido por el teléfono, Somocurcio se habría muerto de hambre en Alemania. Ah, el teléfono. Su punto de contacto con su pasado. O tal vez se habría muerto de pobreza, pensaba, invirtiendo el poco dinero que ganaba al comienzo, en visitas a los restaurantes en los que él confiaba.

Lo que nadie sabía, ni siquiera sus colegas del Instituto que tanto lo apreciaban, es que Carlitos Somocurcio sin receta en la mano, no sabía hacer absolutamente nada en la cocina.

Ningún platillo simplificado. Ningún intento de algo semejante.

Podía hacer lo que estaba escrito o nada. Así de sencillo. Por eso, sus recetas, las había ido enriqueciendo con sus propias experiencias, las que iba anotando acompañando a la receta original. Tenía sólo siete recetas favoritas en total, pero lo acumulado formaba ya un grueso volumen.

Esto lo sabía Magda.

-Esta receta te hará inmortal –le aseguraron los amigos húngaros de su novia un día, sorprendiéndolo.

Los padres de Magda habían querido conocer, mucho antes del matrimonio, a la persona con la cual su hija. Nadie lo había dicho, pero estaba claro que deseaban dar su visto bueno a la unión. Somocurcio, con su sentido práctico, lo había comprendido y no le había hecho ningún comentario a Magda.

-Esta receta te asegurará el futuro. Basta que la sigas tal como es –le habían seguido asegurando los amigos húngaros de Magda- y tendrás tu futuro asegurado. No te imaginas la alegría que les vas a dar a sus padres cuando lleguen desde Budapest y un latino los reciba en su casa con la receta original de un Gulasch húngaro.

Les había querido decir que la receta tendría que estar perfectamente detallada, pero ellos se adelantaron.

-La hemos revisado una y otra vez, Carlitos. Todo está como debe ser. No te preocupes. Esta es la receta que te asegurará el futuro.

Conque la Receta del Futuro, se dijo una y otra vez todos esos días. La Receta del Futuro. ¡Cuánta razón había tenido Shaw al hacer esa aseveración! Que él se encontrara a punto de cometer un acto tan valiente como el de preparar una receta totalmente desconocida por absoluta primera vez y, encima, para agradar a sus futuros suegros, era algo que solo podía darle toda la razón al dramaturgo inglés en sus reflexiones sobre el amor.

Los días previos a la visita de los padres de Magda se le pasaron como en una máquina de aceleración del tiempo. Había querido hacer el intento de probar la receta a modo de entrenamiento, pero había desistido porque –como un gesto de cortesía de los amigos de su novia- todo se lo habían descrito para el número exacto de a la cena de recibimiento de sus futuros suegros.

(El experimento de dividir todos los ingredientes por el número de invitados para poder obtener una nueva receta de acuerdo a un número diferente de invitados ya lo había hecho. Y había resultado un desastre.)

El día esperado se levantó a las seis de la mañana.

Era un sábado. A las ocho ya se encontraba en la puerta del supermercado esperando que abriera sus puertas. Tuvo que esperar hasta las nueve de la mañana, en medio del frío de ese día de noviembre.

La lista había sido confeccionada por alguien que tendría que contratar inmediatamente IKEA, pensó Somocurcio. No había forma de encontrarle un error. El que la había hecho había pensado hasta en las compras, cuando lo normal en las recetas normales de cocina es que el que las hace parte de muchas suposiciones, que no siempre son ciertas.

Compró la cantidad y el tipo de carne especificados. Los pimientos, la cebolla y los tomates frescos. No olvidó los condimentos que no tenía en casa. No podía fallarle nada. Solo le faltaba el tomate en lata, tal como decía en la receta. Leyó con cuidado: “1/2 lata de tomate”. Nunca había comprado nada semejante. ¿Dónde podría encontrarlo? Decidió preguntárselo a una de las empleadas.

-¿Tomate en lata? –dijo la dependienta, como molesta, pero sin mostrarlo demasiado, por la pregunta tan tonta. ¿Cómo era posible que la gente no aprendiera dónde estaban todas las cosas?, parecía querer decir el tono de su voz.

Se dirigió al lugar que le había indicado la mujer.

Había tres tipos diferentes de tomate en lata. Se sintió mareado. Miró su reloj. Las diez de la mañana. Él era un tipo práctico. Y como tal, había calculado su tiempo de tal manera que la tarea principal no se pusiera en riesgo por alguna demora intermedia inesperada. Ahora llevaba dos demoras de estas últimas.

El supermercado había abierto sus puertas una hora más tarde de lo que había pensado y el asunto del tomate en lata le estaba tomando ya demasiado tiempo. Decidió consultar a la empleada.

Cuando se acercó, vio cómo ella recogía del suelo una ruma de cartones vacíos y lo miraba de la forma más torva que había recibido en una tienda. Menos mal que vengo a dejar mi dinero aquí, pensó Somocurcio.

Su naturaleza tímida lo hizo retroceder. Podría preguntárselo a una de las cajeras. Ya eran las diez y cuarto de ese sábado. De su sábado. Del sábado de su futuro. No podía perder más tiempo.

Solo había una cajera disponible en todo el supermercado. Era para no creerlo. Como muchas personas de naturaleza práctica, Carlitos Somocurcio era tacaño. No era un avaro. No era alguien que se desvivía por acumular riquezas o bienes que nunca podría usar o agotar hasta su muerte. No. Era simplemente tacaño. Tuviera diez, mil o un millón en el bolsillo, su sentido práctico lo llevaba siempre a ahorrar o tratar de gastar lo menos posible.

Esta vez tuvo que romper una gran regla en su vida, la de jamás comprar algo que nunca iba a utilizar. ¿Era eso tacañería?

Siempre había envidiado a la gente que le gustaba cocinar y veía que sus alacenas y repisas estaban repletas de una serie de condimentos, polvos, salsas, diferentes tipos de sal y pimienta, de vinagres y de aceite, tantos, que él se siempre terminaba por hacerse la misma pregunta: ¿Llegarán a usar realmente alguna vez todo lo que tienen?

En la caja se le ocurrió preguntar qué podría hacer con las cosas que no llegaría a usar.

-¿Podría devolverlas en caso de no volver a necesitarlas, señorita? –preguntó con mucho cuidado, con ese cuidado que solo tienen y conocen los verdaderamente tacaños y que piensan que nadie lo nota.

-Por supuesto. Solo tiene que acompañar la devolución con el correspondiente boleto de venta. Aquí lo tiene. Consérvelo, por favor.

Así deberían ser todos los empleados de supermercados, restaurantes y aviones, se dijo. La amabilidad y una sonrisa incluidas tácitamente en el precio del servicio o producto a comprar.

Media lata de tomate, se volvió a repetir en el camino a casa. Tenía todo. ¿A qué se refería lo “original” en la receta?, se le ocurrió preguntar por teléfono a uno de los amigos de su novia.

-Todo –le respondió el húngaro.

-Gracias.

-No te preocupes Carlitos. Sabemos bien, disculpa que te lo diga, que no sabes cocinar. Mejor dicho que solo lo puedes hacer guiándote por una receta. Por eso la hemos hecho especialmente para ti. Hemos pensado en todo.

-Lo he comprobado –dijo él, pensando que tendría que pedirle explicaciones a Magda, por pasar una información tan íntima.

¿O su incapacidad culinaria era algo que se podía leer en sus movimientos, su forma de hablar o caminar?, se preguntó. Sonrió. Por primera vez en muchos días, sonrió.

-Eso sí –dijo su interlocutor al teléfono-. Te ruego que no lo vayas a comentar con nadie.

Se despidieron. ¿Comentar qué con nadie?, se preguntó, sin hallar respuesta a su interrogante. ¿Por qué no se lo había preguntado? Decidió concentrarse en la receta.

Media lata de tomate. Súbitamente recordó que también había llamado al amigo de Magda para preguntarle a qué tipo de tomate se refería. Y a qué cantidad, porque los tres tipos comprados venían también en tres tamaños diferentes. ¿Cuál tomar?

Buscaría en la Red. Escribió: Gulasch original húngaro, en castellano. Se asustó al ver el primer resultado de su búsqueda:

1 kg. de carne de buey – 1 kg. de cebollas – 1 kg. de setas –
1 diente de ajo – 1 cucharada de harina – 1 cucharada de pimentón
Una pizca de pimentón picante – 1/2 l. de vino tinto de buena calidad
1/2 l. de caldo de carne – Aceite y sal

¡Todo era tan diferente de su receta! En la suya no aparecían para nada las palabras buey, setas ni harina. Empezó a ponerse nervioso. ¿Cómo podía ser posible que una receta ‘original’ pudiera variar tanto?

Probó con el segundo resultado. Se tranquilizó un poco, pero no mucho, porque ahora las palabras divergentes eran otras: manteca, laurel y crema de leche. Si algo sabía de cocina con absoluta certeza era que el número de hojas de laurel a utilizar nunca era algo gravitante. Se trataba del ingrediente más despreocupado de toda la cocina, por así decirlo. Si solo se tenía una solitaria hoja de laurel, bastaba.

(Este tipo de cosas era lo que más aturdía a Somocurcio, desconocer por qué no ocurría lo mismo con la sal o con la cantidad de aceite, por ejemplo.)

Se le ocurrió llamar a su tía Lucila.

Llevaba meses sin llamarla por algo así. Desde que se había agenciado de siete buenas recetas –había tenido casi todo en cuenta, desde la economía de medios hasta los aspectos nutricionales-, solo la llamaba para saludarla y conversar un poco. Se sentía orgulloso de haberse convertido en uno de sus mejores alumnos. En sus sueños, se imaginaba que llegaba a publicar el grueso cuaderno en que se había convertido su original y tímido libro con siete recetas peruanas para cada día de la semana.

-Hijito –le dijo su tía Lucila-, tú me haces reír siempre con tus cosas de cocina.

-Sabes que ese siempre ha sido mi problema, tía –le replicó-. No haber sabido hacerte reír con otra cosa o tema.

-¡Ya ves! –exclamó su tía, con su voz chillona-. ¡Otra vez me estás haciendo reír con lo que dices!

Lo primero que le dijo su tía fue que no conocía ese plato. Que jamás había escuchado hablar de él.

-Debe ser como un guiso de carne, hijito –le dijo, después de pedirle que le leyera la receta-. La pasta de tomate es muy fuerte. Te recomiendo usar los tomates pelados en lata –le dijo, finalmente.

A continuación se decidió a llamar al mismo amigo de Magda.

-En la receta dice “media lata”, pero no dice de qué tamaño es la lata –le dijo, como quien habla de un deporte muy raro y altamente especializado.

-No, no, no –dijo el otro-. Nos hemos tomado la molestia de visitar los supermercados de los alrededores en tu barrio. Todos tienen un único tamaño de lata.

-Pues yo he encontrado tres tipos diferentes en el más cercano.

-¿De la pasta de tomate?

No le respondió nada. Había empezado a temblar. Ya eran las cuatro de la tarde y solo faltaban cuatro horas para la cena anunciada.

-Ha sido una confusión –agregó, finalmente, antes de despedirse, sin atreverse a preguntar más.

Observó las tres latas que había comprado. Se decidió por la más pequeña. Pensaba que esa era una forma de minimizar los daños. Leyó bien la etiqueta. No era un producto picante. No tenía sal. ¿Por qué tendría que usarse solo la mitad de la lata? Volvió a revisar todos sus papeles, apuntes y la receta recibida. ¿No estaría confundiéndose con los diferentes tipos de tomate y las inevitables confusiones que se originaban al traducir los diferentes términos? ¿Era una pasta de tomate algo similar a un puré?

A las ocho y quince llegaron sus futuros suegros. Los demás habían llegado una hora antes. Magda llegaría a las ocho y treinta, procedente de Holanda. Su Gulasch húngaro -original- estaba listo, pero no se había atrevido a probarlo. En su caso era algo inútil.

Si había salido bien, había salido bien y no había nada que cambiar. Si no había salido bien, no sabría qué hacer para solucionarlo y eso lo podría llevar a una profunda depresión. Si su futuro estaba en la receta, ya no había nada que hacer. Se había ceñido a ella lo más puntillosamente posible. Salvo por lo de la media lata de tomate. Empezó a sudar frío cuando escuchó el primer timbrazo.

La cena se desarrolló de una manera poco desenvuelta. Los padres de Magda solo hablaban húngaro y, a pesar de ser bastante comunicativos y abiertos, por alguna razón que Somocurcio, no parecían sintonizar con los amigos húngaros de Magda en Colonia.

Cuando vio que todos se comieron con ganas lo que había preparado, respiró finalmente aliviado. Podrían haberle dicho que ahora le tocaba subir al cadalso y eso no le habría parecido tan malo como las últimas horas pasadas. Ahora la sangre parecía regresar a sus venas.

Miró a Magda. Nunca la había visto tan feliz y bella como estaba. Sus ojos, su piel, su cabello rojo, parecían destellar con cada una de sus sonrisas. La receta de su futuro parecía haber funcionado. Al día siguiente le tocaría acompañar a sus suegros a conocer la ciudad y en los planes estaba almorzar y cenar en algún restaurante. El mayor peligro había pasado.

-Estoy embarazada –le dijo Magda al oído, muy coquetamente, cuando le pidió que le pasara su plato vacío.

¿De quién?, fue la primera pregunta que se le ocurrió en la mente, desechándola a tiempo. Intentó relajarse.

La vio feliz y joven, moviéndose por su apartamento como si hubiera sido la casa de los dos como pareja de toda la vida. Echó un vistazo a sus futuros suegros. ¿Sería mal visto por sus suegros eso de casarse con una húngara estando embarazada? No lo creía. ¿Lo sabrían ya? Pensó que no debía preocuparse más por nada.

La receta de su futuro había cumplido su cometido en más de un sentido y ahora solo le quedaba relajarse y entregarse de lleno a su nueva vida. Viajaría a Hungría y repetiría la receta para los demás familiares de su esposa. Ya sabía cómo caer bien en ese país. Si hubiera sido un niño, habría afirmado que ya sabía también cómo dejar embarazada a una mujer con una simple receta. Sonrió de felicidad y porque el vino estaba tan bueno como para incluirlo en la frase de Shaw.

Finalmente, no se pudo contener. Se acercó a su novia y le pidió discretamente que le enseñara una frase en húngaro. Algo que nunca había hecho antes.

-¿Y cuál? –preguntó Magda, gratamente sorprendida.

-Quiero saber cómo se dice “¿Qué les pareció?”, en tu idioma -le dijo, lo más discretamente posible.

Lo repitió mentalmente varias veces. Cuando se sintió lo suficientemente seguro, lo repitió a su oído.

-Te van a entender –fue su respuesta, sin aclararle si lo decía positiva o negativamente.

Finalmente se levantó de su asiento y lo dijo delante de todos los invitados, muy formalmente, arrancando un aplauso de Magda y sus amigos compatriotas.

El padre se levantó, a su vez. Dijo unas palabras que no entendió y al final levantó su copa para brindar. Todos rieron ruidosamente, menos él.

-¿Qué ha dicho? –le preguntó a Magda, lo más discretamente posible, una vez que se hubieron sentado.

-Que le gustaría saber cómo se llama esta especialidad peruana.

HjorgeV

Colonia, 23-11-2007

APELUCHADO

Sé que estoy en el fondo de todas tus

cosas.

Soy el leoncito de peluche que

guardas en tu

baúl, bajo triciclos,

rompecabezas y muñecas.

 

Ahora me miras y sonríes.

Me has rescatado.

 

Recibo los besos que tanto he

esperado.

Luego jugarás conmigo y me

querrás.

Me enseñarás las verdades del

mundo y de tu cuerpo.

Tu piel será mi hogar por días,

tu boca mi alimento principal.

Tus horas, mis

latidos.

 

Hasta que vuelva a llegarle el turno

a otro de tus juguetes y no me quede

más oficio que el de la

contemplación.

La mirada en compás de

espera.

 

No me quejo.

 

Lo malo es que no he aprendido a rugir

de tan poco aire que recibo

en el fondo de este baúl.

 

HjorgeV

            22-11-2007

CAMBIEMOS A PIZARRO (DE POSICIÓN)

Ahí lo tenemos.

El entrenador alemán, Joachim Löw, se ha atrevido.

Para el próximo partido de la selección germana -esta noche contra el País de Gales-, el delantero del Bayern de Múnich, Lukas Podolski, no jugará en su posición habitual de delantero.

Lo hará como mediocampista.

¿Por qué no probar lo mismo con Pizarro? (No me refiero a don Pancho, calma.)

Pizarro es un jugador excepcional. Pero también es uno cuya estrella se empieza a apagar, si no se apagó hace mucho tiempo, ya. Como delantero, quiero decir.

Por lo demás, es un atleta relativamente joven, capaz de dar mucho más en su deporte. Acaba de cumplir 29 años.

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El resto de sus cualidades no las ha perdido: buena visión en el medio campo, buen toque de pelota, precisión, fuerza en las piernas; es ambidextro, sabe cabecear, tiene buena ubicación en el campo, es solidario como compañero, tiene fuerza mental y capacidad de sacrificio. Eso sí, no es el más veloz.

 

Su principal problema aparece cuando está cerca del arco rival.

Entonces es como si el portero contrario le hiciera una especie de magia psicodélica, y, lo que antes era claro y lineal -geométricamente hablando-, ahora se le vuelve a él una serie de figuras deformes y en constante movimiento que le impiden orientarse.

(Además, no tiene mucha capacidad de maniobra en espacios cortos. No es un Rey del Metro Cuadrado, por así decirlo.)

Esta ‘enfermedad’ tiene un nombre: la famosa ansiedad del goleador.

La sufren muchos.

Actualmente, en la liga alemana, los casos del paraguayo Valdez del Dortmund, con 2 goles en 39 partidos como delantero, y del mismo Podolski con solo 4 goles en 30 partidos (después de venir de marcar 46 en 81 partidos por el Colonia FC) son los más llamativos.

En el Chelsea, por su parte, el peruano lleva 9 partidos jugados y ha marcado un solo gol. Curiosamente, en su debut.

Pizarro lo tiene más duro: desde el banquillo de los suplentes es más difícil meter goles y mostrar lo que sabe y puede.

No siempre fue así.

Claudio Miguel Pizarro Bosio (Callao, Lima, 1978) fue un jugador destacado desde pequeño. De hecho, a pesar de no haber brillado especialmente en el Bayern, su paso por Alemania lo ha marcado llegando a anotar 100 goles y convirtiéndose en el cuarto extranjero en conseguirlo en este país.

Por otra parte, en los 11 partidos clasificatorios para el Mundial pasado jugando por el Perú, solo anotó un gol.

Escuché la siguiente anécdota de un famoso periodista deportivo de El Comercio limeño en el negocio que tenía, aquí en Colonia, ciudad por la que han pasado muchos futbolistas peruanos.

Julio Baylón jugó por el Fortuna de esta ciudad, Germán Leguía pasó una o varias temporadas vinculado a la Escuela de Deportes colonesa; y Ramón Mifflin hizo sus travesuras con el balón -y otras que también sabía- en esta misma ciudad.

Se cuenta que el director del Werder de Bremen se encontraba de viaje en el Perú para cerrar la compra de un banco de una ciudad norteña.

Para cerrar el trato, el peruano que le había vendido el banco le dijo:

-Ahora vamos a celebrar a la peruana.

-¿Y eso cómo es? –preguntó el alemán, por medio de su intérprete.

Era un domingo.

-Primero nos comemos un buen cebiche, lo regamos con buena cerveza y de allí nos vamos en la tarde al estadio. Después del partido nos espera una comilona al estilo criollo.

-Al norte de Alemania también solemos comer pescado del Atlántico y lo regamos con buena cerveza alemana. Y los domingos en la tarde, también nos vamos al fútbol.

-No, pues –replicó el peruano un poco contrariado, pero sonriendo socarronamente-. No se trata de cualquier partido, aunque sea uno amistoso. Se trata de mi equipo.

-¿Su equipo, dice? ¿Acaso le pertenece a usted?

-¡Claro, pues! Soy el dueño –dijo el peruano, orgullosamente.

-Mire, qué casualidad –dijo el alemán, haciendo un gesto de incredulidad con la boca-. Sucede que soy el presidente de un club en mi país.

El peruano volvió a sonreír ante tanta ingenuidad de su visitante. Hablaban como dos niños refiriéndose a sus juguetes.

-No, no, amigo. No estoy hablando de cualquier equipo de fútbol. Estoy hablando del glorioso Alianza Lima, un equipo que bailó al mismo Bayern de Múnich allá por los años setenta o sesenta. Y en su propio país. Un equipo de primera división, pues. Una gloria viviente. Solo hay tres en el Perú de los que se pueda hablar así. Y vamos a ver el encuentro, además, en nuestro propio estadio.

Se trataba de un partido amistoso en el que los Íntimos de La Victoria enfrentaban al Unión Minas.

-No, no, amigo –le respondió el alemán con las mismas palabras y también con una gran sonrisa en la boca, mientras paladeaban ya un excelente cebiche en el Hotel Bolívar y las cervezas empezaban a cumplir su cometido-. Soy presidente del Werder de Bremen. Fue fundado hace un siglo, en 1899, y también tenemos nuestro propio estadio. En 1909 ganamos nuestro primer campeonato regional. Desde entonces hemos ganado la Copa de Alemania y hemos sido campeones varias veces del país. No se trata de cualquier club, amigo.

Más tarde durante el partido, el alemán se quedó especialmente impresionado por un muchachito que llevaba anotados 5 goles.

-A un joven así tendría que llevarme a Alemania –dijo el presidente del Bremen.

-Bah, no es para tanto –replicó el peruano, sin perder su concentración en el juego-. En el Alianza tenemos varios de su categoría.

-Seguro, pero no cualquiera hace cinco goles en un partido.

-Mucha suerte de por medio –dijo el peruano, quitándole importancia al asunto.

-Bueno, sí, seguro –insistió el alemán-. Pero primero, hay que meterlos.

Primero hay que meterlos. Es una linda frase alemana que puede pasar desapercibida en la traducción. Es una que se usa para contrarrestar a pretenciosos y fanfarrones.

¿Me dices que eres capaz de llegar a la Luna? Primero hay que llegar. Y después hablamos.

Ese jovencito que fue retirado del equipo en el segundo tiempo para que no rompiera la marca de Pitín Zegarra, uno de las más grandes glorias que hayan dado los aliancistas y el fútbol peruano en su historia, se llamaba Claudio.

En el Bremen, a Pizarro le fue muy bien.

Sobre todo porque jugó junto a Ailton y supo adaptarse a su estilo. Lo que la Bolita brasileña no metía, lo cogía el peruano y se lo metía a la bolsa. Lo más importante fue que pudo jugar varias temporadas sin mayor presión de ningún tipo. ¿Qué se podía esperar de un peruano futbolista en Yérmani, después de todo?

Solo su juego relativamente simple y seguro bastaba para mantenerlo como titular en el Bremen. Pero hizo más: marcó 29 goles en 56 partidos.

Así son los alemanes.

Un jugador de juego simple, pero muy seguro, es algo que se aprecia aquí como un automóvil con motor.

Si, además, ese jugador hace goles, se lo lleva algún equipo con más dinero. Las reglas en el fútbol profesional de cualquier país del mundo son bastante simples.

Así llegó Pizarro al Bayern. Y a su jubilación.

No se sabe exactamente qué sucedió con nuestro compatriota desde entonces. Cumplió su trabajo, pero no mucho más. La gran promesa goleadora y futbolística peruana no pasó de ser un jugador cumplidor, pero más mediocre que estrella.

Alguien podría decir maliciosamente que sus escapadas (a las discotecas) en Bremen eran toleradas y ahora ya no en Bavaria. ¿Puede influir algo así en un jugador profesional? Lo cierto es que cambió. Subió de peso, se hizo más lento y no volvió a encarar un duelo de uno frente a uno como antes. ¿Lo anularon los bávaros?

Puede ser.

Mientras más alto estás en la liga alemana, menos puedes arriesgar. En este país no hay lugar para el lujo, el taquito; para el finteo, gambeteo, dribbling o regate sin mucho sentido -aparente-, para el espectáculo dirigido a las graderías (que igual, mucho, no les interesa a ellas).

Lo que interesa fundamentalmente es ganar, más o menos a cualquier precio y sin que importe la belleza. (Y los bávaros son unos expertos en esto.)

Ese precio lo pagó Pizarro alterando su juego.

Y convirtiéndolo en frustración.

El punto más alto de ésta lo marcó una carta que se dio a conocer en octubre del 2006, en la que le solicitaba a la Federación Peruana de Fútbol, no volver a ser considerado en la selección, mientras Franco Navarro fuera entrenador de la misma. ¿Qué hizo Navarro? No lo consideró para uno de los dos partidos contra Chile.

¿Viajar desde tan lejos es garantía de titularidad, acaso?

¿Se comporta así un jugador verdaderamente profesional, e interesado en su camiseta nacional más que en su normal interés por vestirla?

Han sido muchos años así. Pocos goles, mucha frustración.

Ahora nuestro compatriota quiere ‘descobrárselas’ todas y mostrar con la selección todo aquello que no pudo con el Bayern y que ahora tampoco no puede mostrar en el Chelsea porque no es titular.

Cuidado: Claudio Pizarro no ha abandonado esa ansiedad. O al revés: esa ansiedad del delantero goleador sigue sin abandonar al chalaco.

¿Por qué se insiste entonces con él en todas las últimas formaciones de nuestro seleccionado?

Lo más probable es que sea por la ascendencia que tiene en el equipo. No por nada ha sido el capitán de nuestra selección en los últimos años.

Pero eso no basta para ser incluido en la nómina de los titulares. Esa misma ascendencia la podría tener desde el borde del campo, por ejemplo; antes y después de los partidos. Un juego no se gana únicamente con la pelota en los pies.

Veamos lo que dice el entrenador alemán sobre Podolski, jugador colonés nacido en Polonia, quien fue compañero de Pizarro durante un corto periodo en el Bayern.

Este delantero de 22 años puede aportar mucho más viniendo desde el medio campo; no cuando está de espaldas al arco, sino cuando sale desde el fondo y tiene la portería contraria al frente.

Justo lo que se le critica tanto al peruano: que tiene grandes dificultades para crear peligro cuando está de espaldas al arco y cerca a él.

Pizarro no es el más ágil, ni el más flexible. No tiene explosividad. Eso que marca la diferencia a pocos metros de la línea de gol, allí donde todos los ángulos -sus vértices- deben converger y, por lo general, todo se complica.

Una de sus mayores carencias es la de no poder alterarle la brújula a sus marcadores con un simple gesto, movimiento, rotación o cambio de eje. Le cuesta horrores, como se dice. Y eso, un marcador, un defensa, lo agradece.

¿Por qué no darle alguna vez la oportunidad de venir desde atrás?

Considero que Pizarro tiene todas las dotes para ser un magnífico centrocampista y armador. Alguien capaz de mantener la visión panorámica incluso para dar pases desequilibrantes y hasta de los llamados mortales. Organizar y dirigir el tránsito en lo ofensivo podría ser su función.

(Siempre me ha quedado la impresión que ha llegado a marcar tantos goles, no por ser un goleador nato, precisamente, sino a pesar de ser colocado en esa posición.)

Tal vez no se ha pensado todavía en esta posibilidad. El entrenador alemán acaba de dar el ejemplo con Podolski.

Veremos primero que pasa esta noche en Quito.

HjorgeV

Colonia, miércoles 21-11-2007