Mes: marzo 2007

ALABADO EL QUE COMPRENDE

Hemos llegado

No nos moveremos

Más

Alabado el hijo que

Pueda pronunciar en chino:

Madre, he perdido la brújula

Y la pólvora ya no alcanza para

Tanta humanidad

 

Alabado el alumno ingrato

Mezcla de rosteronte y anegulo

Que haya dejado su puerta puesta

Sobre la línea entre el mar

Y las metas de los hombres

(Animal

Adosado de pensión en prisión

Y rociado de olvidos

Que no le corresponden)

 

Alabados los seres que van a la paz

Sin comunión ni vestido

 

Alabados los que no regresan siquiera a dar las

Buenas noches a sus almas

(inquietas en la puerta

de la amada que espera

en la oscuridad

sacrificando así todas sus riquezas)

 

Alabadas las mujeres víctimas de

Sí mismas en la lucha por

Sus caminos en el agua

 

Te detestamos y bebo en tu nombre

Como aquél que rondaba la olla del señor

Solo para escupirla, hermano

 

Sonrío y desacato los desafíos de tantos

Dioses tatuados en cada espalda

Que va por las calles

A esconder su ser detrás de algún

dinero

 

Súmome tranquilo al tráfago del silencio

Y al fragor incombustible de las horas

Demasiado empecinado en contar

Nuestros puntos suspensivos junto a las

Flores amarillas y las dispensas del calendario

 

Aquí estamos

Hemos llegado

Y ya nada

Más

Podemos hacer

Alabado sea el que comprende

 

 

HjorgeV

Sinthern/Pulheim, 27/30-03-2007

 


Anuncios

JOAQUÍN SABINA POR JAIME BAILY

-Yo vengo a Lima más a pasear que a cantar.

-¿Cómo estás?

-Con gripe… No voy a explicarte las cosas que tomo para la gripe.

SABINA POR BAILY 1/9

-¿A qué hora te levantas?

-Si una persona de 57 años no consigue levantarse a las dos de la tarde, es un fracasado total.

SABINA POR BAILY 2/9

-Mis hijas están en una edad imposible. Imagínate que se echen un novio como tú o como yo.

-Pero uno heterosexual como tú.

SABINA POR BAILY 3/9

-A mí me hubiera gustado llamarme Bonifacio y no Joaquín.

-Si quieres llamarte Baily, podemos hacer algo, ah?

SABINA POR BAILY 4/9

-No todo en la televisión es una mierda. Tú no eres una mierda. Uno busca un huequecito.
-Yo siempre tuve ese sueño: que si Sabina necesitaba un huequecito, me llamara a mí. El sueño se ha cumplido.

SABINA POR BAILY 5/9


-¿Alguna vez has asistido a un programa de televisión y te has arrepentido?

-El 99 por ciento de las veces.

SABINA POR BAILY 6/9

-¿Has dado muchas entrevistas borracho?

-Ya no.

SABINA POR BAILY 7/9

-¿Te gustaría vivir en Buenos Aires?

-Es una de mis fantasías sexuales.

SABINA POR BAILY 8/9

SABINA POR BAILY 9/9

Programa: EL FRANCOTIRADOR / Fecha: 26-11-2006

FITO PÁEZ DESPUÉS DE PÁEZ FITO

Si, como afirma Gabriel García, es cierto que todas las personas tenemos tres facetas –la pública, la privada y la secreta-, un músico, un artista, tiene entonces por lo menos una más: la artística.

La que los espectadores, seguidores y fanáticos admiran, juzgan y viven.

Fito Páez resulta para mí el clásico ejemplo del artista atormentado. Pero él tiene muchas más facetas.

Su caso es en ciento y muchos sentidos, único. A diferencia de muchos otros personajes, Páez es también un verdadero músico. Alguien a quien no se le puede venir a contar –así no más- cualquier cosa en cuestión de líneas melódicas, armonía y composición. Y de ejecución.

Además es un excelente intérprete de su propia música. Aunque no es un gran cantante.

No es como muchos otros, que han llegado al estrellato por la puerta del modelaje. O mediante un buen agente que notó qué bien le quedaba la guitarra colgando. O gracias a los arreglos musicales de otra gente más o menos capaz y competente detrás.

En todo esto venía reflexionando a raíz de haberse colado el fenómeno Fito Páez por segunda vez -inesperadamente- en mi vida.

La primera ocurrió allá por el año 94 del siglo pasado, cuando una canción del disco Fina Estampa de Caetano Veloso que recién había adquirido, hizo que mi vida, mi propio momento vital y mi propia situación humana, se paralizara por un momento mágico.

¿De quién es esto?, me pregunté, al oír Un vestido y un amor.

A mí, que me gusta tanto la poesía, como para haber sabido agarrarle el respeto del carajo que le tengo –el que se merece-, me di cuenta que me hallaba ante una pieza excepcional en muchos sentidos.

La sensación no solamente paralizó mis sentidos. Provocó una suerte de catarsis espiritual –yo que soy tan ateo lo digo- que hasta ahora recuerdo.

Lo primero fue, curiosamente, que se trataba de un tema que sólo por sus características musicales no podía entrar así no más de fácil en los cánones de la música hecha para ganar simplemente gran dinero. Es decir, en los cánones de la muchas veces burda y ruda música comercial contemporánea.

(Los grandes succionadores de monedas nunca sabrán verdaderamente para qué succionan, lo que debería ser el consuelo de los verdaderos artistas, si las secuelas no fueran tan cruelmente inhumanas en otros segmentos sociales de esta tierrra.)

Mira qué tema tan atrevido, poético, melódicamente interesante, dislocadamente armónico y consecuente, me dije. Constatando luego, con gozo, que las líneas melódicas y armónicas resolvían perfectamente y, además, en comunión con la alta poesía del texto. Algo que no abunda por este jardín.

El tema era justo en muchos sentidos. Justo. De justicia. Y de alcanzar.

Entonces, decidí ocuparme más del texto. Del contenido textual.

La poesía puede marearme.

Suelo respirar y controlar mi respiración ante la magia de un par de líneas bien escritas en la clave del camino mágico capaz de elevarnos por un momento del suelo. Hay un verdadero poeta detrás del gran músico delante, me dije entonces.

Encima: la existencia de una frase que no terminaba de tener sentido o complemento, parecía decir a gritos que simplemente se trataba de la licencia, que bien se merecen los verdaderos poetas.

Porque “Las luces siempre encienden en el alma”, requiere de una pregunta complementaria: ¿Qué siempre encienden en el alma las luces?

Pregunta que no se responde en la canción. (Salvo que haya querido decir: las luces siempre se encienden en el alma. Y en ese caso está permitida también la licencia, pero de otro tipo.)

Las licencias poéticas, como su nombre lo indica, están reservadas para los verdaderos poetas.

En ese entonces yo mismo andaba metido en la música hasta las rodillas –otra de mis grandes pasiones- y me hallaba en ese preciso momento preparando un disco, que al final se frustró. Para bien del resto de la humanidad, claro. Solamente se pudieron concretar un par de conciertos –a local lleno, por suerte- en el que entonces era mi negocio de comidas latinas y cocteles.

Esto viene a cuento, porque el arreglo (musical) de mis temas los estaba llevando un argentino apenas conocido en su propio país y asentado en Bruselas, pero al que yo considero un gran genio musical: Fulvio Paredes.

Recuerdo que al final de uno de nuestros ensayos se lo mencioné.

-Che, ¿vos conocés al autor de esta canción? -le pregunté.

-Lo conozco, claro, boludo. Si es argentino –me dijo-. Si es Páez. Pá-ez. Pero está cada vez más loco que una cabra, el pibe, ¿viste?

-¿Quién no? –le repliqué, sin haber visto nada.

-No sabes lo que se mete el pibe. Creo que ni él sabe lo que se mete -continuó-. Imagínate que en uno de los quilombos que le gusta armar, me contó un amigo músico que lo conoce, estuvo a punto de matarse por creer que podía volar.

-Qué interesante –le comenté. Sin sentirlo así para nada.

Recuerdo que me dije: el típico artista atormentado. Seguramente más preocupado por su tormento que por su propia música. Y lo olvidé.

El gran problema que me planteó también entonces Un vestido, fue el verso en el que dice ‘O salir a matar’. No, gracias, me reafirmé. Y cerré mi corazón para Fito.

Han pasado muchos años desde entonces.

Un viaje que hice hace una semana a una pequeña ciudad cercana y que se me presentó tan lleno de una simbología (álgebra) que en un primer momento me fue imposible entender y que después se fue aclarando, ha cerrado el círculo esta vez.

Al comienzo, empero, no pude, no podía, entender cómo era posible que se estuviera metiendo nuevamente Fito y Un vestido en mi vida.

La experiencia la refiero en mi entrada DOS EXTRANJEROS Y FITO PÁEZ de la semana pasada (ver bajo martes 21-03-2007).

La carga emocional y perturbadoramente existencial de la noche azul oscuro de ese viaje, calzaba bien con cierta parte de la canción. Pero ese fue mi descubrimiento posterior a la experiencia.

Y cuando me pierdo en la ciudad…

Recién cuando pude reconocerlo, aceptarlo y dejar que se transubstanciara en mí, escribiéndolo, pude recuperar mi propio centro vital. Mi propia llave de Mandala. Mi control del vértigo frente a la fosa permanente, al abismo impenitente delante mío.

Entonces sucedió lo increíble: una lectora de esta bitácora me escribió haciéndome notar que la única canción que yo decía conocer de Páez, era probablemente también la mejor de él. (Según su particular modo de ver las cosas, claro.)

Como ese tipo de casualidades me parecen fascinantes y la lectora aludida me había hecho llegar, además, una larga entrevista hecha al cantautor, me puse a hurgar en mi pasado, en mis propios recuerdos (que con esto también los evoco), y en YouTube, en busca de material que me pudiera ilustrar el derrotero de Rodolfo Páez, natural de Rosario, Argentina, y nacido en 1963.

Entonces empiezo a ver que mi prejuicio aquél era justificado, sin que yo lo pudiera saber (y según mi propia y particular estrechez de miras) entonces.

Él había tenido su propia gran época movida, en la que lo que más presuntamente le importaba, era cómo quedaba mejor el movimiento de su larga cabellera en un concierto en vivo, que la música misma. (Ver video de 1995 al final.)

Pude ver cómo años después lo veíamos celebrando un concierto vestido con terno o traje y corbata. Y cómo en la entrevista citada, reivindica él su derecho a ser –por lo menos parcial y justificadamente- un pequeño burgués. Algo que muchos de sus seguidores no se lo deben haber perdonado jamás.

Y eso atormenta mucho –más- a un artista verdaderamente sensible.

Páez lo es en alta medida. Además de ser un gran intérprete. Que no todos los que componen y cantan, lo son.

El gran artista, el gran músico que mueve miles de personas en un solo concierto, que es reconocido –para alto bien y alto mal- por todas partes, que vende su arte como pan caliente y goza de las ventajas impactantes y nuevas que ofrece el dinero y toda esa fama concomitante, es alguien que no lo tiene nada fácil.

Muchos se han quemado las alas en ese vuelo.

Muchos, también, para nunca más volver.

Pero, ¿cómo soportar el cambio repentino, brusco y absurdo –por incomprensible-, por ejemplo, de ser aclamado como un dios por miles de personas durante horas, para más tarde tener que usar papel higiénico como todos los demás mortales, tener que comer y dormir, levantarse, comer y dormir?

(Aquí tienen una nueva definición mía. Hombre: el único animal sobre la tierra que necesita de papel higiénico.)

¿Cómo soportar ese resquebrajamiento de la realidad que significa tener que volver a la calle y jugar al me reconocerán o no me reconocerán?

Si se trata de alguien fácilmente reconocible como Páez –y me imagino que aún más por su forma de ser-, serlo demasiado a primera vista debe empeorar las cosas. Claro, hay gente a la que le gusta el juego. Por un tiempo…, por lo menos.

Eso de ver la vida privada inmiscuida por todas partes, puede ser el detonante que lleve a resquebrajarse otros pisos no muy estables debajo de nuestros pies.

Porque es fácil confundir el aplauso con alas (falsas). Olvidando que lo son, sí, pero que también duran lo que dura el aplauso y muchas veces éste mismo no se puede cambiar ni por un plato de arroz.

Fito ha pasado por todo eso y mucho más.

No sé cuáles han sido sus correrías. No me interesan.

Cada cual corre como quiere. Y como puede. Mientras no se rompan las mínimas, tácitas y sanas reglas de la convivencia humana y se respete toda vida sobre el planeta como el bien más preciado a defender, queda al gusto de cada uno cómo lo hace y, claro, ese hacer queda también irremediablemente sujeto a la visión del cristal con que nos miran los demás.

Él parece haber remontado su vuelo solo.

Además, está claro que ha llegado ya al punto –al que no todos llegan y cuyo descubrimiento puede ser solamente o muy bueno o muy malo- en que uno descubre lo verdaderamente trascendental: el vestido que llevamos será alguna vez irremisiblemente primero de madera (en el mejor de los casos; o solo cenizas, por ejemplo) y, luego, será nuestro único y permanente vestido aquél de ese elemento que más llevamos en la suela de nuestros zapatos. Y que tanto parecemos despreciar, la verdadera madre de todos: la simple y humilde tierra.

Mi felicidad es saber que conocí a este gran músico argentino por la puerta grande, es decir, por su mejor canción.

Volví a cerrar esa puerta, a continuación, por años, para dejarlo a solas con sus propios demonios y la evolución de la ebullición de sus tormentos; y para encontrármelo, años más tarde, maduro y más complejo. Seguramente con nuevos defectos. Como todos.

Más humano.

Por más burgués que pueda haberse vuelto. Como él mismo señala: el que tiene cuentas por pagar –menos de esas que se inventan e inflan demasiado gratuitamente las almas demasiado bobas-, lo hace también para comprender de qué va verdaderamente esta película llamada Vida en el mundo. (Salvo que recurra a la metralleta en mano y asalte un banco.)

Mi felicidad es que me he reencontrado después de años solo (yo), con un Páez capaz de dar el salto mortal y poder burlarse –provocando, es su sino- de su propia condición y su lugar social.

Lo hace aceptándose, también.

Por más duro que eso pueda ser para él y significar para algunos de sus seguidores, vueltos parcialmente detractores de él. Esto es algo que se transluce en la entrevista.

(Rodolfo Páez, para quien no lo sepa, no sólo ha pasado por su propio abismo artístico, ha sufrido también terribles desgracias y trágicas pérdidas dentro de su familia.)

Después, otro lector me recomendó escuchar Al lado del camino.

Le respondí la verdad: el texto interesante, pero musicalmente nada comparable con Un vestido y un amor. Tienes razón, me respondió él, musicalmente no es gran cosa. Pero cómo se te queda como un gusanito en el oído, le repliqué. Para poco después enterarme que Al lado del camino lo concibió y lo compuso en apenas 20 minutos.

Pero mi mayor felicidad ha sido ver la autocorrección de la letra que él mismo hace en sus actuaciones en vivo.

Ya no es: o salir a matar. Ahora es: o salir a matarme.

Sí, Fito. Ahora has aprendido a ‘matarte’ voluntariamente -pero solo un poquito cada vez-, para propio bien de tu vida y de tu arte. Y de todos los que te admiramos.

Aunque lleguemos algunos con tantos años de tardanza a tu música sideral.

Y nos queramos quedar con solo una o dos de tus canciones. Francamente, como en los grandes amores: yo no esperaba nada y la oí.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern/Colonia, miércoles 28-03-2007

FITO PÁEZ en Chile: UN VESTIDO Y UN AMOR (2007)

FITO PÁEZ en Buenos Aires: UN VESTIDO Y UN AMOR (1995)

FITO PÁEZ: AL LADO DEL CAMINO

ROCÍO DURCAL: LA GATA BAJO LA LLUVIA

Marieta.

Sus ojos de gata sobre el tejado caliente.

Su belleza de porcelana fina con muy pocos rasgos españoles. Su sonrisa y su fotogenia impagables. Su manera de balancear la mandíbula inferior alargando algunos finales. Su coquetería de mujer imposible y, sin embargo, su garbo de mujer buena y entregada a su arte.

Nos regaló su fascinante voz en cada canción. Su entrega.

Dueña de una voz envidiable, de amplio registro y perfecta entonación. Gran actriz y ese gesto de estar siempre enamorada hasta los huesos.

No de nosotros. Pero qué importaba.

Verla en las imágenes de las películas de hace 30 o 40 años atrás, nos hace creer que la vida no se va. Que no se puede ir, porque bastará pulsar un botón para volver a tenerla frente a nosotros tan fresca y lozana como siempre. Esa era Rocío Durcal.

Ahora más Rocío y más Durcal que nunca.

Se fue a cantar demasiado temprano al refugio donde moran para siempre las mejores voces de esta Tierra.

Pero vamos acompañarla ahora unos minutos. Ella se va a alegrar. Pónganse los auriculares, por favor, que vamos a transportarnos 41 años atrás, hasta 1966, en la máquina del tiempo. Sujétense bien, pues antes de continuar estas líneas hay -además- un salto de 35 años hacia el futuro.

ROCÍO DURCAL & ENRIQUE GUZMÁN: ACOMPÁÑAME

María de los Ángeles de las Heras Ortiz, Marieta para su familia y en su modesto barrio madrileño, había nacido en en la capital española en 1944.

Nos dejó en esa misma ciudad hace exactamente un año y un día, el 25 de marzo del 2006, muy preocupada por la salud de esa otra gran Rocío, la Jurado, contemporánea y amiga. Y que ahora la acompaña también.

Fue animada por primera vez a cantar por sus compañeras de primaria, algo a lo que ella inicialmente se negaba. Después, hasta el inicio formal de su carrera profesional artística, participó en las veladas del colegio y, secretamente, en concursos y festivales, apoyada por su abuelo paterno.

A su padre no le hacían mucha gracia las inclinaciones artísticas de su hija.

En 1959, a la edad de 15 años, fue descubierta por un cazatalentos y desde ese momento ya no se detuvo hasta su paso al verdadero infinito estelar.

Su nombre artístico se lo debe a una ciudad española, Dúrcal (con acento prosódico grave y con tilde) de la provincia de Granada, elegida al azar sobre el mapa de España junto con su descubridor, Luis Sanz.

(Personalmente, uso la grafía y la pronunciación ‘antigua’ -aguda- de su nombre artístico, que es como recuerdo su uso en mi país.)

En 1967 participa junto al Palito Ortega de ese entonces (cómo cambiamos todos) en la película Amor en el aire, en la que ambos trabajan, justamente, en el aire: ella como azafata de aviación y él construyendo edificios: un humilde albañil del aire.

La música los une en pleno vuelo. El amor, en la vida ficticia de la película.

¡Esos imposibles de las películas de antes! (Denme un ejemplo de Cenicienta masculina actual, por favor.) Actuó y cantó en 14, en total.

Su esposo, Antonio Morales, de nombre artístico Junior, también fue un personaje destacado y conocido en el mundo musical hispanohablante, aunque después se dedicó exclusivamente a su familia y a dirigir personalmente la carrera de su esposa.

Rocío Durcal dio su propia y pequeña batalla personal contra las injusticias en este mundo. Se dice que se consideraba de izquierda antes que de derecha, y que alguna vez llegó a ser arrestada acusada de pertenecer a un grupo extremista. Pudo haberse defendido con la siguiente prueba documental. Una canción que me transporta con facilidad a mis recuerdos de niño de los pantaloncitos cortos de antes. Aprecien la estética de entonces: demasiado escandalosa y atrevida para nuestros padres y abuelos.

Durante varios años desapareció de la vida artística para dedicarse a la educación de sus hijos y a su familia.

Con su vida privada demostró que ni la más grande fama (con decenas de millones de discos vendidos, la solista femenina español más exitosa de todos los tiempos) puede hacer cambiar el natural modesto y sencillo de alguien si realmente lo es.

No sólo fue muy querida en España. Uno de sus últimos discos se tituló Entre tangos y mariachis.

Como se pasó casi media vida muy unida a México y a su música, este país se despidió en cuerpo y alma a través de la presencia del Mariachi Real de Jalisco en su sepelio en Madrid.

Parte de sus cenizas reposan en ese país norteamericano.

                HjorgeV

               Sinthern, 26-03-2007

ROCÍO DURCAL: LA GATA BAJO LA LLUVIA

P.D.: Junior, su viudo esposo, es originario de Filipinas. Casados en 1970, han tenido 3 hijos. Una de ellas, Carmen Morales, es actriz, y Shaila, nacida en Filipinas, es una magnífica cantante. Junior formó parte de Los Brincos (los Beatles de la España casi pueblerina -en muchos aspectos- de aquél entonces) y del dúo Juan y Junior. Fue autor de temas como Perdóname y Si no te amase. La letra del primero y una secuencia de acordes, pueden verlas más abajo. Aquí un tema con música de Junior en tagalo, idioma de Filipinas, que él domina. Espero haber satisfecho con esta monografía biográfica al lector que atentamente me la solicitó. La he realizado con mucho gusto. Para mí se había ido un trozo de mi mundo con su muerte, que ahora he vuelto a recuperar. Aunque, por razones técnicas de este servidor -se me borró varias veces desde el domingo y tuve graves problemas de edición-, no pudo llegar para el día de cumpleaños de la persona a homenajear. Lo siento. Yo sé que Marieta me va a perdonar, donde se encuentre. HjV

JUNIOR & ARCE: YAKAP (ABRAZO)

Porque si estoy abrazándote

Es como estar abrazando el cielo…

Junior
Perdóname
AUTOR: Junior
ALBUM: Solo Sentimiento (1971)
ACORDES:> Gm9 Cm7 F Gm G7 Bb

Intro: (Gm – Cm7 – F- Gm)

Tu,  un sueño perdido eres tú
Gm9                       Cm7
Te busco en un mundo azul
                       F
Mi cumbre de amor eres tú
                       Gm

Yo, soy solo un atardecer
Gm9                    Cm7
Envuelto en tu cielo mujer
                        F
Se muere igual que ayer
                     Gm

Y es por ti,  por lo que yo quiero vivir
G7       Cm7        F                Bb
No importa  si piensas de mí
     G7                  Cm7
Que no te puedo comprender
     F                 Bb   G7

Perdóname por todo lo extraño que soy
      Cm7      F                  Bb
Quisiera decirte hoy
     G7           Cm7
Que sueño poderte alcanzar
    F           D/F#     Gm

No, tan solo es una ilusión
Gm9                   Cm7
Pues siento que mi corazón
                        F
Se ahoga en el mar de tu amor
                          Gm

(Instrumental: Cm7 – F – Bb – G7 – Cm7 – F - Gm)

Y es por ti,  por lo que yo quiero vivir
G7       Cm7        F                Bb
No importa  si piensas de mí
    G7                   Cm7
Que no te puedo comprender
    F                   Bb  G7

Perdóname por todo lo extraño que soy
      Cm7      F                  Bb
Quisiera decirte hoy
   G7            Cm7
Mi sueño es poderte alcanzar
   F              D/F#   Gm
[Fuente: lacuerda.net]
[Transcripción de los acordes: Sergio Avilés]

TE RUEGO PERDÓN PARA ESTE CARACOL

Te ruego perdón para este caracol

en tanto prehistórico

inútil

converso y aditivo

 

Te ruego perdón para la caparazón

pues es muda

y estúpida la baba que ofrece

 

Te ruego todo esto

detrás de la lluvia que arroja

el transporte público

frente

a la cortina de los vehículos

entregado

a los límites inertes

de las calles y las pistas

 

Te ruego esto desde

aquí

desde mi caparazón arena

descubierta bajo mis pies

entre los intersticios de mis dedos

impacientes

 

Te ruego desde el sábado o

como el lunes no conoce a

jueves

desde hace viernes

y dos días más

 

Te ruego con la fuerza

ExtraTerrestre

del que sabe que su bicicleta

alguna vez conseguirá despegarse

del

cielo

para

volver al cinema a encontrarse con

su amigo

 

Te ruego desde aquí

desde mi luna plateada

e inútil

y los años perdidos a mi impronta

 

Te ruego desde el absurdo de mi vuelo

sencillo

con mis truncadas alas

que no me permiten

subir

 

Te ruego que me permitas rogarte

te ruego perdón para este caracol

 

                HjorgeV

                Sinthern/Colonia, febrero/24-03-2007

EL CEBICHE: LECHE DE TIGRE

En una de mis anteriores vidas fui gastrónomo.

No es un chiste.

Tuve un restaurante durante más de trece años.

Fue aquí, en el casi centro de Colonia. Cerca de la universidad y cerca de una de la avenidas principales de esta ciudad de Renania del Norte.

Ahora, sucede que un lector me ha rogado por emilio que le pase una receta de cebiche.

No es fácil.

¡Cebiche! ¡A mí me piden una receta de cebiche! ¡A mí que le tengo casi tanto respeto como a la palabra poesía!

Justo hoy me contó mi esposa que nuestro hijo Jorge Juan (6) le dijo en la mañana que le gustaría viajar otra vez al Perú (estuvo con nosotros por primera vez el año pasado).

-¿Y qué te gustaría hacer allí? –le preguntó mi esposa, que es alemana, pero habla castellano casi sin acento.

-Comprar gomitas de menta -contestó él, haciéndola reír con su respuesta-. Y buscar conchitas y estrellas de mar en la playa, también. Ah, ¡y comer cebiche en Casma! –le respondió Guami. (*)

(Antes, cuando apenas sabía hablar y se le preguntaba cómo se llamaba, él respondía Guamaguán. Por eso le digo Guami, entre los otros sobrenombres más que tiene: Kuan, es otro y que es como pronuncian los alemanes Juan, porque no pueden pronunciar nuestra jota; y nosotros tampoco la de ellos, que es solamente aspirada.

Otro apodo es Juanillo El Rulos, como secuela de una historia que nos contó un amigo argentino –si es posible este oxímoron-, según la cual el tal Rulos era uno de dos amigos españoles que habían emigrado juntos a la Argentina –qué tiempos aquellos- y que pensaban establecerse en Córdoba, pero resultó que el otro amigo subió solo al tren y recién más tarde se dio cuenta de que había perdido para siempre a su amigo. No se volvieron a ver.)

(Ya pueden ver cómo me corro del tema gastronomía.)

Felizmente el cebiche sigue siendo uno de mis temas y platos favoritos, aunque no sea fácil de preparar. Sin embargo, creo saber cuál es la forma de, por lo menos, salvar el cuello. O la garganta, mejor dicho.

Pero vayamos por partes y siempre sin mezclar historias, que es lo que más detesto.

De niño el mejor cebiche era el que hacían mi abuela y mis tías.

Como buenas norteñas saben -sabía, mi abuela- que el primer secreto de este plato es un buen pescado. Fresco, para empezar. De carne preferentemente blanca y –más o menos- de cualquier tipo, siempre que sea marino.

Nunca he probado un cebiche de salmón. Ni lo intentaría. Pero sí uso mucho aquí en Alemania el llamado salmón atlántico, que es de carne blanca.

Personalmente prefiero la corvina y el pejerrey. Pero cuando el pescado es fresco, hasta de bonito es bueno.

Ahora, ¿dónde conseguir pescado fresco en Alemania o el lugar donde ustedes se encuentren?

Mi recomendación: usar pescado congelado. Si, además, ha sido congelado en alta mar, conserva mucho del sabor a mar que debe tener. También tiene la ventaja –de ser el caso- que ya vienen los filetes limpios y sin espinas, listos solo para cortar.

Para descongelarlo, recomiendo introducir las piezas en una bolsa de plástico antes de ponerlas en un recipiente con agua muy caliente, pero no demasiado caliente. Si el agua es muy caliente puede cocer el pescado, echando a perder el sentido primero de este plato.

Tener cuidado también de evitar las acumulaciones de aire entre el agua caliente y las piezas para permitir el descongelamiento de todas las partes por igual.

Si se quiere algo especial, descongelar el pescado en contacto directo con leche fría durante un par de horas. (¡Ya no con bolsa!)

Nunca permitir que el pescado deje de estar frío.

Hay quien recomienda colocar cubitos de hielo -que luego se retirarán- antes de servir para conseguir la temperatura adecuada y rebajar el posible amargo de los limones.

Lamentablemente no puedo dar datos exactos porque dependen de la temperatura del agua y de la cantidad de pescado, pero puedo decir que yo necesito para unos 400 gramos de salmón atlántico de Alaska,  más o menos media hora de descongelación.

Se debe retirar del agua antes que se descongele totalmente: facilita el corte y mientras se termina la preparación llega bien frío a la mesa, pero ¡jamás! congelado.

No hay peor cosa que un cebiche caliente. (Salvo que sea un cebiche tibio de camarones, especialidad de mi abuela Carmela.)

(Curiosamente, a mí me fascina acompañar el cebiche –como a los norteños, me han dicho- con un buen arroz blanco, graneado y humeante.

La mezcla de sabores, texturas, temperaturas y otros efectos sinérgicos producidos por el ají, la buena cebolla roja, el limón y el sabor marino en el paladar y en el resto de la boca, es un fascinante juego de sabores y sensaciones que nadie debería perderse en la vida.)

Mientras el pescado se descongela recomiendo una copita de un buen vino blanco seco y muy frío (la superficie de la copa tiene que empañarse), un vaso de vermut blanco (viene del alemán Wermut, que es el nombre del ajenjo, una planta) con su rodaja de limón y bastante hielo o, por supuesto, un vaso muy largo, angosto y de paredes no muy gruesas (porque sino le reducen rápidamente la temperatura al contenido, o poner a congelar -ligeramente- antes el vaso) de una buena cerveza bien helada.

En la medida está el secreto.

Además, cocinando acompañado de un buen aperitivo se estimula –justamente- el apetito y obliga de forma natural –a mí por lo menos- a esforzarse aún más para conseguir el mejor sabor.

Pasemos a los ingredientes.

Cebolla roja de buena calidad. Es importante. Preferir la que dé compactas y largas plumas.

Preparación de la cebolla: cortar la cebolla por la mitad de punta a punta. Eliminar la punta que tiene el nódulo, las demás partes fibrosas y los velos superiores demasiado delgados.

La punta no eliminada facilitará el corte, manteniendo unidas las capas.

Las plumas no deben ser muy delgadas. Se quiere un cebiche, no una sopa fría de cebolla. Recordar que estas plumas de cebolla deben soportar el efecto del limón y de los demás ingredientes sin desmoronarse. Despréndase de todo aquello que no sean plumas fuertes y no muy delgadas ni muy gruesas.

¿No quiere llorar mientras corta cebolla?

¿Por qué no?

A mí me gusta, porque lo veo como un buen baño de los conductos lacrimales.

Además que llorar es muy sano, porque ayuda a eliminar toxinas. Y después los ojos brillan.

(Una tía me contó que de muchacha ella se aplicaba una gota de limón a los ojos. Le hacía ver a Judas calato –peruanismo para desnudo-, pero después le brillaban los ojos como a las artistas, me decía. En las fotos, claro. Otra de mis tías me contaba que se usaba belladona con el mismo propósito.)

Conozco dos procedimientos (valederos) para no llorar mientras se corta cebolla.

El primero exige colocar las cebollas a cortar en el congelador o nevera. No olvidarlas. No se rían, me ha sucedido. (Y después me pareció algo raro el cebiche.) Luego de unos cinco minutos proceder a cortar ¡inmediatamente!

El segundo método consiste en mojar el cuchillo entre corte y corte.

Uno tercero –no sé de dónde lo sacó, pero me pareció interesante que me lo tuviera que decir- me lo dijo hoy Guami de pasada: no respirar por la boca ni por la nariz en el momento del corte.

Lo que hace llorar son los aceites etéreos que suelta la cebolla.

Congelándola un poco, se congelan también ellos, ya no son volátiles y no suben en el aire.

El agua -del segundo método- sobre la superficie del cuchillo sirve para ‘capturar’ esos aceites que se disuelven fácil y rápidamente en los líquidos en general, y evitar, así, que lleguen hasta nosotros.

No he probado aún lo que me dijo mi Chinito (otro de sus apodos), pero él suele ser bastante cabal y legal a pesar de su seis años recién cumplidos. Como uno llora, se puede pensar que son los aceites etéreos los que se han metido a los ojos y no que lo han hecho pasando de las vías respiratorias al ojo. (Están unidos anatómica y funcionalmente.)

No exagere con la cantidad de cebolla.

Mire que puede ofender al poeta peruano Antonio Cisneros: “¿¡A esas montañas de estúpida cebolla las quieren llamar cebiche!?”, creo que dijo alguna vez. (En su irritación él ofende a la humilde pero indispensable cebolla. Pero, ¿eso a quién le importa?) (A mí sí. Por eso lo consigno aquí.)

Si ha llorado mucho, conozco un truco.

Consuélese con el aperitivo que habrá procurado mantener todo el tiempo más o menos a la mano. Pero no exagere.

Porque después, ¡cualquier motivo puede convertirse en bueno para llorar!

(Y ya ni se va a acordar de quién le dio el consejo. ¡Si llega a terminar el cebiche, además!)

Recomiendo lavar la cebolla con agua fría con un poco de sal, pero muy rápidamente. Uno de los efectos de la sal sobre los tejidos orgánicos es que les hace perder sus líquidos. Si deja la cebolla mucho tiempo en sal, tendrá luego la sopa fría que queríamos evitar.

Un buen consejo es lavarlas (sobándolas) con los gorritos de los limones ya exprimidos y dejar que las cebollas vayan tomando el gusto de ellos. Pero para eso hay que exprimirlos primero, tomar los gorritos que nos quedan, darles un corte y voltearlos.

¡No exprimir el limón demasiado! La cáscara contiene también aceites etéreos y otras sustancias que son amargas y pueden pasar al jugo.

El ají o chile. Otro tema para un par de artículos.

Que sea oloroso (ya por fuera) y muy picante.

Haga dos cortes. Uno con todo y vena -como decimos allá-, y otro sin ella. Deseche las pepitas, si desea. Las rodajas del primero servirán para darle el sabor característico al cebiche –y después se pueden retirar o dosificar según el gusto de cada uno-. El segundo dará color decorador y será una fuente magnífica de sabor y vitaminas.

Retire las venas del ají con las manos. No tenga miedo.

El ají tiene increíbles propiedades antirreumáticas y curativas. Yo suelo frotármelo sobre la piel si tengo alguna molestia muscular, articular o una quemadura (dedicaré otra entrada a este tema).

Eso sí, no se le ocurra tocarse los ojos o la nariz, ni ir al baño en los próximos diez a quince minutos. Si mordió un trozo de ají infernal, tome leche, o un poco de azúcar, y déjela en la boca sin tragarla hasta que pase el dolor.

O coma un poco de palta -palabra quechua- o aguacate. Por algo deben haber inventado, justamente los mexicanos, el sensacional guacamole.

Corte el pescado en paralelepípedos rectángulos con lados de unos dos a tres centímetros de largo. Mientras más fresco el pescado, más grandes pueden y deben ser los trozos.

Para el conocedor: lo mejor de un buen cebiche está en poder clavarle el diente a un trozo (de pescado) blando por fuera y todavía un punto crudo y ligeramente duro por dentro.

No tema comer el pescado ligeramente crudo de un cebiche. Si lo está –apenas-, poco después de entrar en contacto con el limón, fuera o dentro de nuestro organismo, dejará de estarlo. No se preocupe.

Si es sabroso es que se puede digerir.

Junte los trozos de ají con sus venas y los del pescado en un recipiente de metal (no me lo pregunte: no sé por qué tiene que ser de metal; otros cocineros dicen todo lo contrario).

Remueva con una cuchara también de metal y, si desea, triture ligeramente el ají para que vaya pasando su sabor al pescado y los aceites etéreos puedan volatilizarse un poco, perdiendo además un tanto de su agresividad y picor.

Ahora viene el punto crucial de la preparación. Preste atención.

Por ningún motivo ponga el pescado a macerar en el limón antes de haber definido el punto de sal.

Aquí se presentan dos dificultades.

El cálculo de la cantidad de sal y el hecho de que se suele olvidar, después de definir el punto de sal del pescado (y cómo se hace para definirlo), que el jugo de limón absorbe parte de la sal que ya habían reclamado para sí los trozos de pescado.

El cálculo de la cantidad de sal es lo más complicado.

En el restaurante que tenía usábamos una medida: una cucharadita (de café expreso) rasa por cada 100 gramos de pescado.

Pero los tamaños de las cucharitas varían mucho y es necesario ir probando. Mejor pasarse ligeramente de sal (y tomar bastante líquido para evitar los problemas con la presión arterial, que son verdaderos) que lo contrario. En el primer caso podrá haber quejosos, pero nadie lo comerá si le falta sal a su cebiche.

Si nota que le faltó sal cuando ya ha echado el limón, sepa perder. No conozco ningún método para salvar el plato.

Use sal gruesa marina. Tiene otro sabor y es más sana. Me lo va a agradecer. Porque para eso necesitará un molino de sal, que, pudiendo ser un elemento decorativo de toda mesa (uno transparente, por ejemplo), ayuda a mejorar la dosificación de ella. Y puede regalárselo a su esposa, esposo o a usted mism@.

Una vez que ha definido el punto de sal, agregue las cebollas -también las puede agregar al final- y una pizca del sazonador llamado glutamato monosódico (Aji-no-moto es la marca más conocida). Es un potenciador del sabor y tiene propiedades aperitivas.

Los asiáticos consumen kilos de él al año. Es la base de sus comidas. Es también lo que usa –pero más exageradamente- la cadena más grande de comida cartón del mundo. (Disculpen la expresión.)

Los cocineros cinco estrellas niegan usarlo.

Los italianos –trabajando con ellos lo aprendí- lo usan mezclado con verdura seca y triturada: un producto que se vende como caldo de verdura seco. Recomiendo usar la versión en polvo que es más fácil de dosificar que los cubitos. La marca más conocida es Maggi, pero no la única ni la mejor, pero sí la más cara.

Personalmente, le agrego una pizca de ese polvo de verduras con glutamato monosódico a muchas comidas, pero solo en caso de emergencia (aquí en Alemania) al cebiche. Hay que saber usarlo.

(Cuando hace frío corto un ajo y jengibre –kión o quión le llamamos en mi país, con alta influencia china en su cocina- en rodajitas, el jugo de medio limón, unos trozos de ají, le agrego un huevo y suficiente caldo en polvo y remuevo todo con agua hirviendo. Una sana delicia en forma de caldo y en cuestión de minutos, sin saber leer ni escribir.)

Volvamos al cebiche. Que se nos puede calentar.

Finalmente, antes de agregar el jugo de limón, cerciórese una vez más del punto de sal. ¿Cómo? No lo sé. Pero hágalo.

Sacaré por hoy un último truco del sombrero.

Use ajo. Me lo va a agradecer porque vale medio cebiche.

Fresco.

Si no tiene un prensaajos o una licuadora de mano, córtelo lo más chiquito que pueda. Agréguelo a los trozos de pescado momentos después de haberlo mezclado con el ají y antes de haber puesto la sal. Debe usar, por lo menos, un diente de ajo por cada 100 gramos de pescado.

Los mejores resultados los he obtenido licuando el ajo con una pizca de aceite vegetal (de sabor neutral) y usando parte de esta pasta para embadurnar los trozos de pescado.

Remueva cada par de minutos para que el ajo llegue a todas las superficies de los trozos. Unos 5 a 10 minutos en total. Va a ver como va blanqueando el pescado y eso hará que después no se necesite mucho limón.

Recuerde: queremos hacer un cebiche, no una limonada.

Luego agregue la sal y el sazonador. Remueva para garantizar que se repartan bien estos ingredientes. ¡Ahora sí ya puede probar el punto de sal!

El ajo ha preparado el pescado para poder ser comido aún sin haberse agregado el jugo de limón.

Se va a asombrar cuando lo haga por primera vez, porque, incluso antes de agregarle el limón, es posible paladear los trozos más pequeños de pescado ya sazonados con el ajo.

Ahora sí ya puede agregar el jugo de limón.

Por pequeños chorros y removiendo suavemente. Es mejor menos limón que demasiado, sobre todo por el punto de sal.

Sirva casi enseguida.

(Si desea agregue gotas de leche evaporada y remueva. Lo que a mí me pareció al comienzo un sacrilegio, le da un color más agradable al cebiche, mejora el sabor del conjunto y nadie lo nota.)

Estimado lector o lectora: en mi país se usa todo tipo de acompañamientos. Desde la humilde papa cocida, pasando por la yuca y el choclo, hasta el camote y los granos de cancha (granos tostados de maíz seco).

A mí me gusta agregarle siempre unas hojitas de culantro o cilantro. Y, a veces, unas rodajitas (mínimas) de apio. Ambos ingredientes a usar muy discretamente.

(No comparto ni es tradicional -aunque algunos lo creen-, el uso de jengibre o kión en el cebiche. Para mí resulta insoportable, pero de gustos y disgustos, ya saben.)

Al jugo del cebiche (¡se toma directamente del plato en mi país!, ahora lo sirven en copas muy elegantes en los restaurantes, felizmente) le llamamos leche de tigre por sus supuestas cualidades afrodisíacas.

(Yo tendría que tomar litros, me dijo alguien alguna vez.) (Los alemanes se ríen con un chiste así.)

Los mejores cebiches que recuerdo…

Mejor sigo otro día. Si me lo piden.

Allí les puedo pasar mi receta de leche de tigre y variaciones de cebiche de mi propia invención y que fueron muy solicitadas en mi restaurante. Pero, bueno, ¿qué saben los alemanes de sabor?, como diría mi amigo argentino, aclarando lo anteriormente dicho.

Para terminar: prefiero usar la grafía -cebiche- que recomienda la Real Academia, aunque también se escribe: ceviche, seviche y sebiche.

El origen de la palabra no está definido y existen varias teorías. Me quedo con la de su cercanía a cebo y escabeche, es decir: ‘del tamaño del cebo para pescar y como un escabeche por la cebolla’.

El cebiche existe en muchos países latinomericanos. El flujo migratorio ha llevado la versión peruana a otros países como Chile, Argentina y algunos centroamericanos, donde no se conocía o existía una versión dulzona, hecha, incluso, con gotas de ketchup. Algo impensable en nuestro país.

En Ecuador predomina el de camarones. Pero, salvo por el nombre, está poco emparentado culinariamente con la versión peruana.

Hice alguna vez mi propia versión, remedando la receta de un Majestuoso cebiche de pulpo del Hotel Colón de Quito, en la que se incluye aceite de oliva y trozos de palta o aguacate y de tomate (en mi vesión: sin ketchup), y fue uno de nuestros platos más alabados en nuestro restaurante.

Para mí, hablar de comida, y, en especial de cebiches, es como abrir cien puertas en mi cerebro y en mis sentidos.

Me pasa como con el balompié, pero no el de las adhesiones inamovibles y fanatismos rudos: me siento en mi elemento.

(Mañana juega su cuarto partido de la temporada mi equipo infantil femenino que entreno. El último lo ganaron las chicas 17:1. No han leído mal. Pero el de mañana sí es un adversario serio. Es el primero de la tabla. Vamos a ver. Nos tocaría perder.)

Considero al cebiche –además- uno de los platos más sanos, vitamínicos, bajos en grasa y -a la vez- proteínicos que existen.

Hecho con ajo, éste aporta valiosas sustancias que son necesarias para una buena memoria. La mezcla de picantes y cítricos es ideal contra la resaca del día después.

Mejor paro aquí.

Disculpen la incursión culinaria.

Solo me queda decir que el cebiche es el plato nacional por excelencia en mi país.

Que se diviertan cocinando.

Me sucede -casi- siempre.

HjorgeV

Sinthern/Colonia, 23-03-2007

(*) En Casma -una ciudad al norte del Perú, a la que viajamos en busca de un poco de sol- descubrimos, dejándonos llevar como acostumbro por las recomendaciones de los lugareños, un restaurante con un cebiche tan sabroso que comimos cuatro días seguidos allí. El nombre del restaurante es el imposible, pero certero, El rico sabor casmeño. Como es natural, no me quisieron revelar todos sus trucos -yo lo hago ahora porque ya no tengo que temer la competencia, ni me importa ya, y sí me importa aportar un granito de arena a hacer esta vida más llevadera y agradable a quien sea- pero he tratado de imaginarme cuál podría ser la composición de la receta y creo que estoy muy cerca. El truco está en la leche de tigre que la servían en un vasito aparte. La probé y la probé y la probé, hasta tratar de dar con su composición. Es más o menos ésta:

Tomar parte (100 a 200 ml) del jugo del cebiche ya listo con unos 2 a 4 trozos de pescado. Agregar apio (media ramita), ají al gusto con venas y pepas, 5 a 10 hojitas de culantro y un chorrito (media cucharada) de leche evaporada. Puede usar crema de leche, no dulce. Licuar bien todo. Corregir, si es necesario, el punto de sal. Tomarlo como aperitivo y/o agregarlo al cebiche.

P.D. He encontrado el siguiente material audiovisual en la red. No es nada especial, pero es ilustrativo y coincide a grandes rasgos con lo expuesto aquí:

Ganamos el partido 3:1. Aquí la tabla de posiciones actual:

http://www.fussball.de/fussball/servlet/content/76?next=/0607/024/061/006/231663&tag=50001

EL GRAN ESPEJO

Tu habitación

Tu escritura en el aire

con tus manos solas

Tu fábrica de colores

y tersuras netas

El sentido reordenado

de las cosas en la punta

De las yemas de tus

Dedos

Olerte

Saber cómo eres Contemplarte

No todo es aprender

Hay que saber devolverle también

las llaves al guardián

Saber aceptar el punto de

reclusión

 

Sé que no vas a mirar más a los

astros de la calle

Ahora que he puesto un

Espejo delante tuyo

Por lo menos esta tarde

Que empieza en mi lengua

Que se acaba tan lentamente

Deslizándose por entre mis dedos

No

 

HjorgeV

Sinthern/Colonia 20/22-03-2007

DOS EXTRANJEROS Y FITO PÁEZ

Anoche tuve que hacer algo que no me gusta hacer especialmente: manejar, conducir un vehículo.

Como soy de los que andan en recurrente estado de semiensoñación –también se puede decir, honesta y llanamente: de simple distraimiento-, me sucede que suelo perderme en las carreteras y autopistas de este país por no haber leído un letrero crucial o no haber prestado atención a alguna salida o desvío.

Estamos en Alemania. Lo cual significa que si uno se pierde o se desorienta, no es cosa de intentar parar en cualquier lugar y preguntar por el camino.

Lo que más temo es a las autopistas.

En ellas está absolutament prohibido parar. (Hace un par de años un compatriota lo hizo y lo pagó con la vida.) Es decir, un mínimo error puede significar un desvío de varios kilómetros, pérdida de la orientación, de tiempo y de combustible.

El lugar al que yo tenía que ir no quedaba lejos.

Según la red, a menos de treinta kilómetros de distancia. Pero sucede que vivo en una región que ha ido creciendo en décadas como la tela de una araña y conducir de noche constituye una dificultad mayor de lo que se pudiera creer. Mi falta de orientación agrava aún más ese tipo de situaciones.

Como vengo de Lima, que por algo se llamó el Damero de Pizarro, por sus calles y avenidas rectas y perpendiculares como un tablero de ajedrez o un damero, siempre creo estar exonerado de cualquier culpa mayor.

Además en mi país apenas existen carreteras y la más principal es la Panamericana, que, como todos bien saben, es más o menos lineal. A un lado el mar, al otro los andes. ¿Cómo puede alguien nacido y crecido allí tener desarrollado el sentido de la orientación?

Nada que ver con la densa red de carreteras alemanas.

Teutonia es un país altamente descentralizado y con una geografía relativamente plana y monótona, que dificulta aún más la orientación. Es también el país de la norma, por excelencia. Todos los pueblitos y ciudades, las pistas y las carreteras se parecen tanto unos a otros, que uno tiene la impresión de no llegar a salir nunca de la misma zona y estar arribando al mismo lugar todo el tiempo.

Pero al fin llegué a Bedburg.

Es un pueblucho perdido en la telaraña, que se salva del anonimato por tener un castillo bastante pasable y que atrae a turistas casi todo el año. El amigo dominicano, cuyo local tenía que visitar, me había dicho: “Estoy en el mismo Bedburg”. De tal manera que partí sin preocuparme por ver ningún mapa ni llevar la dirección de su bar. Supuse que estaba en pleno centro del lugar y que era tan conocido como el alcalde.

En el camino me cogió una tormenta de granizo que me hizo pensar en mis primeros días en este país. Aunque conocía el idioma, entonces no le conocía aún los trucos al país. (Ahora creo conocerlos y a veces abuso de ellos para desesperación divertida de mis hijas, por ejemplo, cuando hago el que no sé hablar alemán y me expreso sólo en castellano por donde vamos. Lo fascinante es que la gente reacciona muy bien al buen humor y más si escucha algo relacionado con España o Sudamérica.)

Lo malo fue que llegué a Bedburg y nadie parecía conocer el establecimiento latino que buscaba.

Para colmo, justo cuando quise usar el celular, me enteré que debía haber tenido que cargarlo antes de salir. Paciencia, me dije.

Caminé un poco, me entretuve sintiéndome un turista en miniatura (por los escasos treinta kilómetros de distancia) y me asombré viendo la cantidad de negocios cerrados para tratarse de un pueblo aparentemente próspero.

Pregunté por un café-internet. Se me ocurrió que buscando en la red la página del bar, podía solucionar mis problemas.

El que me indicaron -el único del pueblo-, estaba cerrado y parecía abandonado. Uno de los escaparates había recibido una gran pedrada o algo similar y el gran agujero había sido reforzado por dentro con un artificio de madera. ¿Un ataque de neonazis?, me pregunté. En Colonia la mayoría de ese tipo de negocios pertenece a extranjeros. Por lo general, a turcos y africanos. En la gran ciudad la presencia de otras nacionalidades es una constante. En un pueblo pequeño, no. De allí mi suposición.

Pregunté por un teléfono público. Me miraron como si estuviera preguntando por el burdel del pueblo en voz alta y delante de muchas damas. ¿Un teléfono público? ¿Un teléfono público en esta era de celulares hasta para los perros?, parecían preguntarme con sus miradas.

La última vez que había visto a gente reaccionar así, había sido en Nueva York, en Queens, hacía más de cinco años, cuando mi esposa preguntó -en plena latina Quinta Avenida de ese barrio- por una librería, pero de libros en inglés. ¿Una librería de libros en inglés?

-¿Una librería de libros en inglés por aquí? ¿Y cómo se come eso, señora? -faltó que le preguntaran los queensianos o queenseños a mi esposa entonces.

-Siga por esta calle y llegará a la Plaza del Mercado. Allí están los teléfonos públicos del pueblo –me dijeron dos muchachas con escenografía punk desde la punta de sus cabellos hasta la punta de sus zapatos. Consecuente decorado de pueblo, pensé.

-Gracias –les respondí y me dirigí allí.

Tal vez lo malo que tiene el hecho de haber vivido en ciudades tan grandes como Lima, París o Colonia, es que a uno lo pueden reconocer enseguida como no pueblerino en cualquier pueblo o ciudad pequeña. No lo puedo explicar. Me pasa a menudo.

Creo que tiene que ver con la conciencia abierta que se aprende a tener en las grandes ciudades. Muy contrastante con la mentalidad de un pueblo, en donde no suele haber sorpresas de ningún tipo. Por lo menos no grandes. Qué se yo.

Saqué mis monedas del bolsillo y estuve probándolas durante varios minutos en las ranuras -incapaz de aceptar esta dura e inesperada faceta de la realidad alemana-, hasta comprobar que los únicos aparatos telefónicos públicos del lugar no funcionaban.

¿Y ahora qué hacía?

Ya había hecho el viaje, nadie parecía conocer el bar que buscaba y que yo suponía central, mi celular se había apagado por falta de batería, los dos únicos teléfonos públicos del pueblo no funcionaban, el café-internet estaba clausurado. ¿Qué más podía hacer? ¿Regresar y aceptar que había cometido varios errores infantiles?

No, me dije. Ya estás aquí. No te rindas tan fácilmente.

Vi un hotel. No hacía mucho tiempo atrás había entrado a uno solamente en busca de información en Maastricht (Holanda) y casi terminaron llevándome -incluidos el cocinero y la señora de la limpieza- en hombros hasta el lugar por el que simpáticamente había preguntado. Estoy hablando apenas de un poco más de cien kilómetros de distancia hasta Maastricht. Entré.

Antes de que terminara de hacerle mi consulta, la recepcionista ya había empezado a menear negativamente la cabeza y con un resto de simpatía recogido de su escritorio, como quien recoge una migaja y la golpea con la uña de un dedo para dirigirla hacia el suelo, me recomendó seguir con mi búsqueda en otro lugar.

Alemania no es Holanda, me dije. (Pero entonces también había sido yo más simpático y me encontraba, además, paseando con antiguos compañeros de mi colegio.) No te rindas, me volví a decir. Vi un bar de pueblo. Entré.

La cortina de humo que me recibió podía haber movilizado a todo el Equipo de Sanidad de la Comunidad Europea, de haber presentado yo una queja formal. Pregunté lo más cortésmente posible por un teléfono público a los tres o cuatro parroquianos presentes. Me miraron de reojo reconociendo al forastero de la gran ciudad y al imbécil que se va a visitar a un pueblo desconocido sin portar siquiera un moderno teléfono celular.

Me recomendaron fríamente seguir buscando.

Me invadió una especie de melancolía de difícil explicación. Me veía a mí mismo años atrás recién llegado al país y viviendo las mismas experiencias. Me dije que si así hubiera empezado mi historia en Alemania, jamás me habría quedado ni un solo día más. ¿Qué habría sido de mi vida, entonces?

Finalmente, cuando ya me había resignado a perder la cita y quedar muy mal con mi amigo dominicano, se me cruzó en el camino una muchacha de aspecto iraní, especialmente bella. Iba muy bien maquillada y era alta.

Creo que en circunstancias normales no me habría atrevido a preguntarle ni la hora, de haberla necesitado para salvar mi vida. Pero me encontraba en un pueblo y no me pareció cometer ningún pecado haciéndolo. Si tal vez conocía un bar latino, relativamente nuevo, le pregunté, manteniendo una distancia de unos cinco metros.

-Uno donde se baila salsa y merengue -agregué.

-¿Ve el pasaje aquél? –me preguntó-. Entre allí y al final se va a encontrar con un bar que creo que es latino. Si no es ése, puede volver a preguntar.

Se lo agradecí y la vi alejarse. ¿Por qué habré sido siempre tan valeroso a partir de los cinco metros de distancia con las mujeres en mi vida?, me cuestioné.

El lugar indicado tenía un nombre que podía ser de todo: italiano, turco, iraní o inventado. Todo, menos latino. No me atreví a preguntar, ni siquiera a entrar.

A través de los grandes ventanales del negocio, pude ver que el que atendía tenía un solo cliente que, con su copa fuertemente asida, parecía estar en la lista de los que esperan una urgente operación al hígado.

Al costado había un negocio que tenía que ver con agua. Levanté mi mirada para ver bien el letrero. ¿Masajes con agua? ¿Ejercicios en el agua? Ya no lo sé, pero se me ocurrió que ya que el negocio tenía que ver con placeres humanos, tal vez el dueño podía conocer el bar discoteca de mi amigo caribeño.

-Algo he escuchado hablar –me dijo un tipo muy simpático y mundano, y de aspecto iraní-. Pregunta en el bar del costado. Es Franco, un italiano que debe conocerlo.

Y así fue que gracias a Franco y a la bella de cabello negro y aspecto persa pude llegar con una hora de retraso a mi cita, en un lugar muy alejado del centro del pueblo y apenas visible desde lejos.

A lo que se ha metido este muchacho dominicano, pensé.

Me disculpé por la tardanza. Hablamos de lo que teníamos que hablar, cumplí con mis tareas y emprendí el regreso.

A la vuelta pasé por el mismo pánico de siempre al conducir por caminos y pueblos desconocidos y con poca iluminación.

Por lo menos creía saber en qué dirección tenía que ir. Pero seguía con esa especie de melancolía, con ese sentimiento de tener que compadecerme de mí mismo de haber sido yo otro en otro tiempo. Y bajo otras circunstancias menos favorables.

En casa me esperaba mi familia, mi camioneta tenía el tanque lleno, sabía más o menos cómo regresar, portaba dinero y documentos, y no tenía ningún apuro. Podía perderme varias veces en el camino y no habría pasado nada. ¿Por qué entonces ese sentimiento compasivo conmigo mismo? ¿Esa melancolía absurda?

Creí que haber escuchado durante el día Un vestido y un amor de Fito Páez, había contribuido a mi estado anímico desconcertante:

Los astros se rieron otra vez…/ Y cuando me pierdo en esta ciudad
Yo sé que hay cosas que te ayudan a vivir…

En un pueblito donde la primera duda me atacó, paré junto a un automóvil que estaba a punto de partir y pregunté por la ruta. Qué alivio encontrar a alguien en la noche en un lugar así, pensé.

Se trataba de un tipo de aspecto paquistaní o tal vez hindú. Algo muy raro por estos lares, porque la nacionalidad no alemana más común suele ser la turca o –en los negocios- la iraní.

-Seguir de frente –me indicó, en su alemán bastante rudimentario-. Seguir, seguir. Automático usted llegar Niederaußen. Allí grandes letreros a Pulheim. Continuar.

-Gracias. Muchas gracias –le dije.

Es raro encontrar cerca de las nueve de la noche en los pueblos alemanes gente en la calle a la que poder preguntar. Este tipo me ha salvado la noche, pensé.

Siguiendo sus indicaciones llegué a un punto en el que no estuve más seguro de cómo seguir.

Como no lo estaba en absoluto, decidí dar la vuelta y tomar otra ruta. Tenía como fondo las altas chimeneas de unas grandes fábricas, rodeadas de inmensos campos de hortalizas. Al tomar la nueva vía, pude ver, a la distancia, que un automóvil se detenía obstruyendo la carretera y que la persona que lo conducía había descendido de él para pararse en medio de la pista haciendo señas para que yo también lo hiciera.

Estaba en los quintos demonios. En una mezcla de zona rural e industrial con poca o nula iluminación. No conocía el lugar. Era de noche. No sabía siquiera por dónde seguir.

La persona en cuestión agitaba los brazos desesperadamente, haciéndome señas para que yo me detuviera.

No lo pensé mucho. Pero lo hice aceptando la disyuntiva que se me presentaba y sus consecuencias. Podía tratarse de algo inocente o de un robo. De una emergencia en la que ayudar a alguien o lo contrario. Respiré profundo y me preparé para lo peor.

-¡Dar vuelta! ¡Seguir, seguir, automático llegar letreros! –me gritó alguien desde la oscuridad. Era el mismo hombre que minutos atrás me había indicado el camino.

-No seguir aquí camino. ¡Usted perderse en la noche aquí! -agregó.

¿Cómo había podido reconocerme en la oscuridad y estar seguro de que era yo? Otra persona hubiera podido creer que se trataba de un asalto y hasta podría haber atropellado a mi ángel de la guarda musulmán. ¿Cómo me vio? ¿Cómo se dio cuenta a la distancia que yo había tomado otro camino?

No lo sé.

Pensando en ese buen hombre que me ayudó anoche a llegar a casa, hoy me he sentado a escribir estas líneas.

                HjorgeV
Pulheim/Colonia, 27-03-2007

FITO PAÉZ: UN VESTIDO Y UN AMOR (TE VI) (2007)

Esto es lo único que conozco de este famoso artisa argentino que acaba de cumplir 44 años de edad. Cantó este tema no hace mucho -este año, apenas- en el Festival de Viña del Mar, en Chile. Escuché por primera vez hace trece años esta canción en la versión de Caetano Veloso, y me quedé inmediatamente prendado y fascinado por la poesía de la letra, la línea melódica y la secuencia armónica, que siguen siendo –a una– maravillosamente inquietantes y desconcertantes para mí.

ANDRÉS CALAMARO & FITO PAÉZ: UN VESTIDO Y UN AMOR (1997)

 
 

UN VESTIDO Y UN AMOR (Fito Páez)

Te vi

Juntabas margaritas del mantel

Ya sé que te traté bastante mal

No sé si eras un ángel o un rubí

O simplemente te vi

Te vi

Saliste entre la gente a saludar

Los astros se rieron otra vez

La llave de Mandala se quebró

O simplemente te vi

Todo lo que diga está de más

Las luces siempre encienden en el alma

Y cuando me pierdo en la ciudad

Vos ya sabés comprender

Es solo un rato no más

Te vi, te vi, te vi

Yo no buscaba nadie y te vi

Me fui

Me voy de vez en cuando a algún lugar

Ya sé no te hace gracia este país

Tenías un vestido y un amor

Y yo simplemente te vi

 

DOCUMENTOS DE LA AUSENCIA

Allí donde te llevo es el lugar de los documentos.

Allí donde ya no está lo que dices

es el refugio de animales y estampas,

que han recorrido alegremente

la arquitectura de mis pensamientos.

 

De alfombras nuevas y recepciones con té

está hecho todo lo tuyo en mi palabra.

Bastaría con encontrarte y devolverte todo.

Sacarme este fajo enorme de billetes que llevo sobre el pecho

entre mi piel y la almohada donde te hago reposar,

permitiéndote apoyar tu cabeza en las tardes en que sentimos frío.

Bajo esta chaqueta que me ha vuelto inmensamente rico

solo para hacerme aún más pobre.

 

(Entonces,

yo sé que me has escuchado y te acercas

sobria y como flotando, con colores superpuestos.

Sé que solo vienes a pulsar el dispositivo

del olvido –no me importa-, a corregir

sus revoluciones por minuto.

Te observo callado y quedo

contento cuando te vas,

y me digo

que no todo es posible en

esta vida.)

 

Pero vuelves a olvidar apagar la

luz de la caja de mandos,

debajo del lugar de los documentos

de tu ausencia.

HjorgeV, febrero/marzo 2007