«LA TARDE DE VAN GOGH»

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Te pasaste la tarde refiriendo que

querías pintar cuadros como mapas,

geografías que recorridas desde el cielo

te dieran la sensación de estar dejando

atrás montones de mundos irreales.

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Querías dibujar poemas, sufrir

pergeñándolos; exigir a tu creatividad

hasta que estallara tu cabeza y se

desangrara sobre líneas sin sentido.

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Querías eso y mucho más. Y, de repente:

«Regreso a cuidar del animalejo que he

dejado en casa. De nada me vale creer

que podría sobrevivir sin alimentos.»

.

Fue un atardecer, uno de los más fríos del

año. Nos encontrábamos sobre las sábanas

después del amor, abrazados como

hormigas incapaces de vivir destrabadas.

.

Recuerdo que pensé que si fuera

capaz de plasmar un momento así

en una pintura, me haría inmortal.

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Viajo en la noche, navego por entre

la gente, topándome con miradas

que refieren hechos de otros mundos,

bestias enjauladas, prisiones abiertas.

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Vuelo de regreso a casa en la noche oscura y

cerrada como una fuga: siempre insinuando

su partida, pero solo capaz de enroscarse en

sí misma con su melodía sibilina y pertinaz.

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Es tarde cuando se pierde en el firmamento

la nave corporal que he recorrido como un ciego

sediento solo con la punta de todas mis lenguas.

.

Algún día lo entenderás, me has dicho

a modo de despedida.

Ese día no llegará, te respondí en silencio.

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Cierro la puerta y me dejo caer

sobre la alfombra para observar las

manchas del techo: las llamamos

palabras, pero son solo los parches

gasas, apósitos, vendas, mordazas

y antifaces que cargamos a diario.

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Fuera, los árboles giran sobre sus ejes

para alejarse, disimulando su última

visita a este lado del universo.

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Si no existiera el tiempo, me consuelo,

todo lo bueno y lo malo nos

sucedería a la vez.

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HjorgeV 16.01.2018

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¿TIENE QUE TENER LA VIDA (UN) SENTIDO?

¿Tiene la vida (un) sentido?

La respuesta es que no hay respuesta. (O tantas como personas existen.)

El misterio es que no hay misterio.

Sí, puede ser insoportable; especialmente para un ser tan proclive a encontrarle explicaciones, lógica y conexiones a todo (además de mezclarlo con sus propios deseos, esperanzas, aspiraciones, construcciones mentales y metas) como el humano.

Paradójicamente, la cuestión sobre el sentido de la vida es un invento nuestro.

No es algo que provenga de la naturaleza. Es una construcción típicamente humana.

Una pregunta de nuestra mente.

Visto así: ¿no tiene que tener un sentido la vida entonces?

Por supuesto que sí.

Que no tenga un sentido, no significa que no podamos darle uno.

Tal vez el sentido de la vida sea, precisamente, ¡preguntarse por el sentido de la vida!

Caminante no hay camino, se hace camino al andar.

Ello nos lleva a escudriñar nuestra conducta, ideales, principios, sueños, tareas, proyectos; además del camino recorrido.

Y, por suerte, a menudo la búsqueda de una respuesta suele ser más importante que la propia respuesta.

No es malo que no exista un sentido (predeterminado) de la vida.

¿Qué sucedería si no nos gustara o no estuviéramos de acuerdo con él?

Para muchos el mejor sentido que se le puede dar a la vida es la cultura.

Como lo demuestra, por ejemplo, el estudio de los británicos Daniel Wheatley y Craig Bickerton, la participación en actividades artísticas, culturales y deportivas aumenta la satisfacción con la vida y la sensación de felicidad.

Pero hay dos razones más importantes aún, más allá del simple hedonismo:

Quien crea arte y cultura trabaja para los demás, por el bien común; además de hacerlo generalmente de forma desinteresada, pues la recompensa material suele ser algo totalmente secundario para un verdadero artista.

La segunda razón es que el arte y la cultura nos ayudan a recordar nuestra condición de seres irrelevantes en términos absolutos.

Insignificantes.

Llenos de errores e imperfecciones.

¿Cuántas guerras, conflictos, discusiones y pérdidas absurdas de tiempo y energía nos ahorraríamos si supiéramos reconocernos como seres sin importancia y de existencia altamente fugaz?

¿No sería una verdadera revolución empezar, por ejemplo, cuestionando el consumo dirigido a darnos la importancia que no tenemos ni merecemos?

Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar.

Soportemos mejor nuestra insignificancia sin dañar el planeta que habitamos.

O por lo menos sin descargar nuestra frustración (por ser seres sin importancia) sobre los más débiles.

De un misterio venimos y a otro nos dirigimos.

En medio, el gran misterio de la vida.

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HjorgeV 07.01.2018

UN MISTERIO MISTERIOSO (Y TRIVIAL)

-Deseo preguntarte algo, Pensamiento Profundo.

-Adelante.

-¿Tiene sentido preguntarse por el sentido de escribir?

-¿Tiene sentido preguntarse por el sentido de algo que no tiene sentido o que, en todo caso, no se conoce? 

-¿Me respondes -le insisto a PP-, por lo menos, qué es escribir?

-¿Estrictamente hablando? Juntar palabras.

-¿Hablar por escrito?

-Podría ser una de entre muchas definiciones -dice PP.

-¿Y qué sería escribir bien?

-Eso es mucho más complejo, pues encierra o implica un juicio de valor y ya sabemos que cada quien tiene sus propios principios (o no), escalas y gustos. Lo más sensato sería preguntárselo a los implicados, ¿no crees?

*

¿Qué es escribir bien?

Busco en la Red.

Lo primero que encuentro es una nota bastante curiosa y entretenida sobre el bloqueo del escritor.

La he rebautizado:

EL SÍNDROME DE LA TUBERÍA NUEVA

Un columnista de este periódico, de esos que escriben como si las palabras saltaran directamente de su cerebro a la página, me lo confesaba el otro día: «Cada semana me pasa lo mismo. Me siento en el ordenador sin saber qué escribir. Me paso media hora maldiciendo. Todas mis ideas me parecen una mierda. Me prometo que del lunes no pasa, que voy a hablar con los jefes para dejarlo… ¡Así cada semana!

Nathaniel Hawthorne dejó dicho lo siguiente:

Easy reading is damn hard writing.

Simone de Beauvoir pensaba de forma práctica:

Escribir es un oficio que se aprende escribiendo.

Sebastian Junger plantea el siguiente acercamiento:

He intentado entender qué es la buena escritura. Sé qué es cuando la leo en el trabajo de otros o en el mío. Lo más cerca que he estado de entenderla es cuando hay ritmo en el escrito, en la frase y en el párrafo. Cuando el ritmo cojea es difícil leer lo que sea. Es muy parecido a la música, en ese sentido; hay un ritmo interno que hace gran parte del trabajo de leer por ti. Casi como si se leyera solo. Ésa es una de las cosas más complicadas de enseñar a la gente. Si no escuchas música, nunca vas a escucharla. El ritmo interno de una oración o párrafo es el ADN de la escritura.

El escritor argentino Andrés Rivera apunta a la profunda relación entre el fondo y la forma:

Lo que digo responde al modo como lo digo, y el modo como lo digo responde a lo que quiero decir.

¿Qué es escribir bien?

Chateaubriand lo dijo de esta manera:

El escritor original no es aquel que no imita a nadie, sino aquel a quien nadie puede imitar.

¿Escribir de tal manera, entonces, que nadie pueda imitarnos?

Sabato (pronúnciese Sábato):

Un buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con palabras grandiosas.

Umbral conmueve:

Escribir es la manera más profunda de leer la vida.

¿Es sensato escribir una novela sabiendo adónde se va o es mejor no saberlo?

Sergio Bizzio ha dicho lo siguiente sobre su novela Rabia:

Pregunté quién vivía ahí y me dijeron que una anciana con una mucama que la ayudaba, y lo primero que pensé fue que en semejante casa podría vivir oculta una familia entera sin que la anciana y la mucama se enteraran. Toda la novela apareció en ese momento. Nunca más volvió a pasarme algo así, por suerte. No hay nada más difícil que escribir si uno sabe a dónde va. De hecho, no me resultó nada fácil escribir las primeras líneas. Las primeras líneas me llevaron casi tanto tiempo como la novela entera.

Cuando escribe, Gay Tales tiene una imagen en mente:

Mi escritura se orienta hacia la escena, así que busco escenas prometedoras. Cuando escribí The Bridge traté de visualizar el puente Verrazano y los hombres que están colgados en el cielo, como una foto. La mujer de tu prójimo abre con la escena de un niño observando a una mujer desnuda en un quiosco de revistas en Chicago. En Los hijos abro con una escena en que yo estoy en la playa. Todas esas podrían ser películas. Supongo que esencialmente estoy tratando de escribir una foto.

John McPhee recomienda que la escritura sea como la punta de un iceberg: o sea, que lo que no se diga sea mayor y más profundo.

Roy Vega lo dice poéticamente:

y con el tiempo descubrimos que el amor, / al igual que la escritura, es un oficio ciego.

Fabián Iriarte también apunta a la relación entre forma y fondo, entre sonido y sentido:

El sonido no es lo primero que aparece, desencarnado, cada vez que empiezo a escribir. Voy cincelando, tallando, limando esa escultura que es el cuerpo del poema (perdón, otra metáfora) hasta que sentido y sonido sean (parezcan ser) lo mismo. Es lo más difícil.

Proust va más allá, o sea, más acá:

Para escribir el libro esencial, el único libro auténtico, un gran escritor no tiene que inventárselo, en el sentido usual, puesto que existe ya en todos y cada uno de nosotros, sino traducirlo. El deber y la tarea de un escritor son los de un traductor.

Para Benedict Wells:

Escribir es una experiencia esquizofrénica, porque al mismo tiempo eres el autor que lo siente todo y el director que organiza las cosas.

Sandrone Dazieri:

Trato de escribir bien, pero trato también de dejar solo lo necesario para la historia. Eliminar lo que no sirve, aunque a mí me parezca bellísimo, forma parte de mi trabajo.

Banville se oscurece:

El reportero de información laboral cubrió una huelga endiablada y tenía una prosa ininteligible; él decía que era para proteger sus fuentes. Tardé horas en editarlo, pero al día siguiente me regaló el mejor cumplido: “Ahora se entiende mejor”. Y así fui aprendiendo a disfrutar mejorando textos de otros y a gestionar mi ego, que es el primer requisito para escribir bien. Porque escribir bien es acabar encerrado toda tu vida a solas con las palabras.

Para David Vann, escribir también es construir:

Un relato es una suerte de barco. A mí me ha salvado la vida.

Tal vez uno escribe para no terminar odiando la vida.

Quién sabe.

Ya lo recomendó Juan Tallón:

Escribir es fácil. Escribir bien es muy difícil. Destruir lo que un día escribiste, aunque sea malo, es dificilísimo. Escritor, destrúyelo todo. No mires atrás. ¿Te da pena? Destrúyela también a ella. Escribir es eso: acabar con todo y empezar de nuevo desde la nada.

Tal vez la pregunta sobre el sentido de escribir es como la del sentido de la vida: una cuestión sin respuesta. Un misterio.

(Salvo que tú mismo elijas un sentido -el que quieras darle- con lo que habrás resuelto un misterio, pero te habrás metido, también, en otro: ¿cómo saber que tu sentido es el verdadero?)

Sucede al escribir una novela negra: mientras tu detective busca la verdad e intenta resolver problemas, va sacando a flote más misterios.

Juan José Millás lo plantea así:

Quizá la rata tenga una camada de seis o siete bebés de los que se comerá dos, los más débiles, debido al aporte extraordinario de proteínas que necesita para dar de mamar. Tampoco hay misterio ahí. Nosotros mismos, en otras épocas, fuimos caníbales. Mi consejo es que dejes de buscar el Aleph y empieces a buscar la rata. Obsérvate en ella, en sus pupilas, y comprenderás que no es que no haya misterio, es que el misterio está en todo. Y es atroz.

Y si el misterio está en todo, es que tal vez no hay misterio.

El misterio es que no hay misterio.

(¿No es genial y, a la vez, insoportable?)

Por eso, Juan Miguel Campos recomienda lo siguiente:

Escribe todos los días: contra viento y marea, en el ordenador, en el papel, en tu piel, aunque te quede mal, aunque te quede maravillosamente bien, como si no tuvieras más opciones, como si se tratase de una jodida y alucinante misión que te hubieran encomendado los mismísimos dioses. Intenta escribir como si te fueses a morir. Porque es que te vas a morir.

Amén.

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.HjorgeV 03.10.2018

¿QUÉ SENTIDO TIENE ESCRIBIR/TODO?

En la novela La guía del autoestopista galáctico de Douglas Adam, los extraterrestres construyen una computadora para obtener la respuesta a la pregunta de todas las preguntas:

«¿Cuál es el sentido de la vida, del universo y de todo lo demás?»

La máquina empieza a calcular y, tras 7,5 millones de años de trabajo, les advierte a los extraterrestres que el resultado no les va a agradar.

Pensamiento Profundo, el artefacto en cuestión, tras hacerse de rogar, les da la ansiada respuesta:

«¡Cuarenta y dos!»

Los extraterrestres se indignan, bufan y reclaman.

¿Qué se podía esperar de una pregunta absurda?, alega PP.

Cuando alguien pregunta con tanta imprecisión, que ni siquiera es capaz de medir la propia pregunta, ¿sería de esperar que pudiera arreglárselas con la respuesta?

*

No he leído La guía del autoestopista galáctico.

No sé quién es Douglas Adam.

Lo anterior lo cuenta Richard David Precht en su libro ¿Quién soy y cuántos?

Pero aprovecho la ocasión para plantearle a Pensamiento Profundo la primera pregunta del año:

-¿Qué sentido tiene escribir?

(Por un instante he pensado en reemplazar ‘escribir’ por ‘todo’, pero finalmente no me he atrevido.)

-¿Estás seguro de que existe alguno? -inquiere PP.

-No tengo la más puta idea.

*

Vayamos por partes.

Para empezar: ¿por qué se escribe?

Alguien, ya no sé quién, dijo que, de no haber sido escritor, habría sido mendigo.

Orwell, autor de la distopía 1984, escribió alguna vez que desde los cinco o seis años, ya sabía que de mayor sería escritor.

Lo tuvo fácil, por así decir. Este es su testimonio:

Era yo el segundo de tres hermanos, pero me separaban de cada uno de los dos cinco años, y apenas vi a mi padre hasta que tuve ocho. Por ésta y otras razones me hallaba solitario, y pronto fui adquiriendo desagradables hábitos que me hicieron impopular en mis años escolares. Tenía la costumbre de chiquillo solitario de inventar historias y sostener conversaciones con personas imaginarias, y creo que desde el principio se mezclaron mis ambiciones literarias con la sensación de estar aislado y de ser menospreciado.

John Banville escribe porque no sabe escribir. Y porque para él la realidad no es real hasta que no haya pasado por el tamiz de las palabras. Escribe, por lo tanto, para poder imaginarse la realidad totalmente real.

Andrea Camilleri lo hace, entre otras razones, porque siempre es mejor que descargar cajas en el mercado central. Porque no sabe hacer otra cosa. Porque al final puede tomarse su cerveza.

No conozco a la escritora Luisa Castro, pero me ha fascinado su explicación:

La escritura para mí es una rendición. No soy una escritora con método; se me caen muchas cosas de las manos. Solo progresa la escritura que previamente se ha ido gestando dentro de mí, a veces contra mí. Escribo para conocer esos relatos, para descubrirlos. Me los cuento a mí misma. Me asombro, me indigno, me río, lloro y pataleo. No me siento dueña de mis relatos, tienen vida propia, son autónomos y más poderosos que yo. No me identifico con ellos, no comparto sus ideas, ni su visión del mundo. Se producen en mi cabeza sin mi permiso, y cuando los suelto es porque me han vencido. No hay otra razón.

Eco escribía porque le gustaba.

Ken Follet porque cuando se levanta por la mañana en lo primero que piensa es en escribir la próxima escena de su libro. El acto de escribir lo apasiona porque envuelve todo su intelecto, sus emociones y abarca todo lo que sabe sobre el mundo y cómo funciona el ser humano.

Carlos Fuentes respondió con una contrapregunta: ¿Por qué respiro?

Almudena Grandes no está muy segura (y duda de que alguien pueda estarlo), pero cree hacerlo por su necesidad insuperable de escribir. Una necesidad que no se define por sus resultados, sino por su naturaleza necesaria, como el hambre y la sed.

Fernando Iwasaki escribe porque lee, y de la lectura nacen arroyos y afluentes del torrente de libros leídos; además, porque dedica todos sus libros de ficción a su mujer y, así, mientras siga escribiendo, ella sabrá que la sigue queriendo.

Donna Leon:

Supongo que también hay un elemento de vanidad en ello. En una cena, todos queremos que presten atención a nuestras ideas, ¿no es cierto? Pero los buenos modales mandan que compartamos la conversación con los demás. Pero en un libro, nuestro libro, nosotros los escritores podemos seguir -bla, bla, bla- sin parar, y nunca tenemos que interrumpirnos para dejar hablar a nadie más.

Para Elvira Lindo escribir es un oficio pero también una forma de vida, y ella no sabría vivir de otra manera.

Eduardo Mendoza es más sincero acaso:

Sinceramente, no lo sé. Nunca me lo he preguntado, ni al principio, que fue espontáneo, ni a lo largo de todos estos años. Hacerlo a estas alturas no creo que tenga interés, ni para mí ni para nadie. No es una respuesta bonita, pero es la que más se aproxima a la verdad.

Santiago Roncagliolo escribe porque la realidad no tienen ningún sentido y las cosas ocurren alrededor de uno de una manera errática, a menudo contradictoria, y un día uno se muere. En cambio, las novelas tienen un principio, un medio y un desenlace. Escribe, ergo, para inventar algo que tenga sentido.

Mario Vargas asume la frase Flaubert: «Escribir es una manera de vivir.»

Juan Gabriel Vásquez escribe, entre otras justificaciones, porque no ha encontrado otra forma de vivir varias vidas, de ser varias personas, sin hacer daño o poner en riesgo a los que lo rodean.

Se escribe, en resumen, por diversión, por necesidad intrínseca, para pasar el tiempo, llenarlo o vaciarlo; para desguazar la muerte, porque se la teme o porque no se la teme, porque la vida es injusta o bella.

O porque es injusta y bella.

(Aquí más respuestas.)

Motivos, razones, justificaciones, explicaciones, argumentos, debe haber tantos como autores.

(Mi respuesta empezaría así: porque una vez leí a Vallejo. Pero, también, para vengarme de la vida: de todos esos momentos en los que no fui capaz de acertar con mi respuesta o conducta, o me quedé callado o yerto sin reaccionar. Etcétera.)

Bien. Lanzo ahora la segunda pregunta del año a las fauces de Pensamiento Profundo:

¿Qué es escribir?

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HjorgeV 01.01.2018

INUTILIDADES, CONVENCIONES Y CONTINGENCIAS

El último día del año me pesca trabajando en mi novela, que es como decir trabajando en mí.

(Sí, así de ardua e inacabable es la labor.)

Este 2017 también me ha devuelto al trabajo más minucioso con las palabras, la artesanía letral:

Ese intrincado y vano empeño por ensartar palabras y tramar frases, hilando significados e intercalando imágenes con ellas.

La memoria me regaló días atrás un recuerdo juvenil.

Como en la bola de cristal de un adivino, un día muy lejano me vi como profesor de matemáticas (lo que estudiaba en ese entonces) en una universidad de provincias, mientras dedicaba mi tiempo libre a escribir poemas.

Me vi -y acepté- clandestino, desconocido y perennemente balanceándome sobre la duda.

Un artesano torpe, vamos.

Lo recordé ayer, después de cenar, reunidos en la mesa.

Mencioné que seguía fascinado con ¿Quién soy y cuántos?: un divertido, necesario y poco convencional libro sobre filosofía -un viaje filosófico- del alemán Richard David Precht.

(El título original es genial y amplio, algo así como: ¿Quién soy y, de ser así, cuántos?)

Preguntaron por qué y mencioné un detalle del libro, un letrero que el autor había leído en una taberna griega, el verano que decidió que estudiaría filosofía:

To be is to do -Sócrates

To do is to be -Sartre

Do be do be do -Sinatra

Después de leer en voz alta un par de fragmentos, mi hijo de 16 me reclamó enseguida que no le hubiera hablado mucho antes de los existencialistas, de Schopenhauer, Kant, Descartes.

(La magia de Precht es hablar del tema como si se tratara de fútbol o la canción de moda.)

Le dije a J. que mi caso no era muy diferente al suyo, pues seguía sin entender a Sartre y su existencialismo.

Que, sobre todo, veía una imprecación contra el desecho -no solo intelectual- humano.

(Sartre sabía de lo que hablaba: vivió la Segunda Guerra Mundial en carne propia y fue prisionero de guerra en Tréveris, la cuna de Marx y la ciudad más antigua de este país. ¿Qué diría hoy de Trump?)

Le prometí a J. que le pasaría el libro el próximo año y me devolvió una sonrisa.

Pensé que sería para burlarse de mi mención al cambio de calendario y adopté una actitud defensiva, pero solo dijo:

-Ya no falta mucho entonces.

Amamos las convenciones.

Es lo que nos permite soportar mejor el paso del tiempo: esa puerta siempre abierta al futuro y su contingentes.

Nunca se va un año.

Solo se va lo que vivimos en él.

Absoluta y relativamente nada, bien visto.

Que el 2018 nos permita seguir recordando; que también es una forma -contingente- de vivir.

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HjorgeV 31-12-2017

«OTRO ADIÓS»

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/ descubrir el verdadero significado del tiempo en el acezante termómetro de las 

horas, como se descubre una salida con un solo acceso anual /

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/ en el minuto más beato, por ella escapan

nuestros cuerpos a otear la noche espiral /

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/ rendidos y silenciosos los observamos desde la distancia /

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/ solo se han llevado nuestra piel, nos consolamos /

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/ nunca más volveremos a sentirnos tan lejanos

nos juramos desde lo más hondo de nuestra osamenta /

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HjorgeV 30-12-2017

«ESPEJO DE MADERA»

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/ pendiente, el trigo, desbarata mi oasis en la orilla /

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/ más allá, sobre los dorados arenales tenaces animales pastan 

luz, algas marinas, letras incandescentes /

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/ un hombre de madera me mira y sonríe en la penumbra /

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/ empieza a amanecer cuando concluyo que se trata de mi reflejo en el espejo /

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/ lo miro y le sonrío, me devuelve la sonrisa /

/ nos pasamos así un buen rato en el crepúsculo /

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/ cuando brota mi primera lágrima el hombre de madera huye /

/ entonces destrozo el espejo y salgo al desierto: donde el

siglo me espera pleno de profecías vegetales /

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HjorgeV 29-12-2017

«LOTERÍA DE NAVIDAD»

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Precipitarme al abismo

solo para volver a ver tus ojos

despidiéndose de todo.

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Vivir como respira

una estela de fuego

que cruza el firmamento

en busca de su extraviado reloj.

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Ser el héroe que al final de

la guerra despierta y no

entiende el clamor que las

masas le dispensan.

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Extrañas formas adoptan los

suburbios del día: nubes, guijarros,

flores secas detrás de un ave

desconcertada en pleno vuelo.

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Mis sueños son los orificios que llevo

en el pecho. Mi país son los mapas

que limitan con la nada por el sur.

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Así somos. Así nos crían.

Así hemos crecido.

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La lotería que menos tomamos

en serio nos da la vida solo

para arrebatárnosla de golpe un día.

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HjorgeV 22-12-2017

«EL TIEMPO QUE TODO LO PUEDE»

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El tiempo que todo lo puede

y las cosas cambia me sorprende

con una foto tuya agostada entre

las hojas de un viejo libro.

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En ella sacas la lengua:

irreverente y divertida:

tu anacrónica forma de

despedirte de tan disímil unión.

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Te disgustaban

mi pausado silencio (pleno de

gestos siempre inútiles), las

contradicciones de la historia

universal, la ductilidad de la moral

humana, la poesía de Borges.

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Te debo aún mi salud mental, incontables

caminatas en ese invierno inhóspito,

la longitud del adiós, el

poder de una noche.

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HjorgeV 14-12-2017

OCUPACIONES Y CONSENSOS

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Primero fueron los miedos y las grandes preguntas.

Después las creencias: una forma de aprender a vivir y superar los miedos.

Las creencias condujeron a las religiones: el barrido institucional de las Grandes Preguntas debajo de la alfombra.

Pero la alfombra seguía ahí.

Y, paralelamente, no habíamos cesado de querer saberlo todo:

Cómo funciona esto o aquello. De dónde proviene. Cómo cambiarlo, alterarlo. Qué pasaría si. Para qué. Podríamos cambiar esto y aquello.

Los porqués no interesaban tanto cuando se trataba de comer, vestir o tener un techo sobre la cabeza.

Pero sí, cuando se ocupaban de temas más profundos, mientras los administradores de los miedos y temores iban probando sus nuevos poderes, detrás de sus púlpitos.

De ese modo, ciencia y religión pronto colidieron.

Tú podías creer lo que quisieras (que el mundo se iba a acabar al día siguiente o no, que al morir las almas se iban al purgatorio o no), empero, puesto que cada uno tenía esa prerrogativa (la de tener sus propias e intangibles creencias), se hacía necesario un consenso.

Ese consenso fue la ciencia, en la que se acepta solo lo empíricamente comprobable, no las creencias.

Las religiones, por su lado, no tenían que esforzarse por demostrar nada, pues, por definición, se basan en dogmas: en verdades o principios que hay que aceptar y punto.

La solución a esa colisión fue la fuerza: a partir de ahora vas a creer como yo o mueres (por no creer como yo).

Magnífico negocio.

Pero ni la ciencia ni la religión podían tener respuesta para la Gran Pregunta.

Pues de demostrarse la existencia de un Ser Supremo o Creador (por medio de una aparición o revelación, una nave interespacial o la demostración del Big Ban como origen del universo), entonces la siguiente pregunta seguía siendo tan válida como la primigenia:

¿Y quién creó a ese ser supremo o creador?

El detalle está en que el ser humano no puede soportar las preguntas sin respuestas.

Como tampoco los problemas sin solución.

Preferimos una solución cualquiera aunque esta termine empeorando el problema inicial:

Ahí siguen Irak, Afganistán, la llamada guerra antiterrorista o la antidrogas, tal vez pronto Corea del Sur o Irán.

¿Por qué existe el Mal?, fue una de las grandes preguntas primitivas.

Para el cristianismo, el Mal es el precio a pagar por el pecado original.

Una construcción mental que es, en realidad, también un magnífico negocio:

Hacer un mal producto (el ser humano) y obligar al mismo producto a pagar por el error de su fabricante.

Un dicho judío plantea que el hombre hace planes para que dios pueda carcajearse.

Convengamos en que tal vez esa podría ser su ocupación actual.

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HjorgeV 02-12-2017