ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (II)

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La Pfeilstraße, la calle Pfeil (Straße también se escribe Strasse), se extiende a largo de apenas dos centenares de metros en pleno centro de Colonia.

Pfeil significa ‘flecha’ en alemán y esa es su forma de llegar a la céntrica plaza Rudolf, la Rudolfplatz: como una saeta oblicua que sale de las entrañas urbanas y se dirige a la Hahnentor, una de las 12 torres de vigilancia de la muralla de ocho kilómetros que hemicircundaba Colonia hasta 1890 y que aún queda en pie.

Cuando los políticos sensacionalistas de este país se refieren a los antiguos ‘valores y tradiciones’, también se están refiriendo -en un extraño caso de autogol histórico- a esas murallas militarizadas que se construían para protegerse de los vecinos, incluso de los más inmediatos.

No, no han cambiado mucho las cosas.

Las murallas son ahora más extensas, aunque ni siquiera existen materialmente.

Ya no protegen castillos, aldeas, burgos, ni barcelonas. Se levantan en las mentes menos ciudadanas y pensantes, corporizan sus miedos: el peor enemigo humano, pues le impide al cerebro distinguir entre realidad y ficción.

La gente ya no muere ahogada en su intento por cruzar la fosa que circuye el castillo. Ahora se muere impunemente por miles en ese inmenso foso llamado Atlántico.

Y no es ficción.

*

Me he detenido en la esquina de la Pfeilstraße con la Mittelstraße, tras llegar con más de media hora de antelación a mi cita con la dentista. No sé qué hacer. Me siento como si hubiera perdido, de pronto, mi propio manual de instrucciones y el navegador. Y estuviera, yo mismo, perdido.

Al otro lado de la calle, en plena esquina, hay un café con una terraza muy atractiva que la recorre como un resguardo marcial. Cuento las mesas libres. Tres. Pero mi cuerpo no responde. Soy incapaz de ocupar alguna.

Acaso sigo sin convencerme de ser el mismo individuo que se sentó allí mismo un par de décadas atrás, recién llegado a esta ciudad, con la emoción de saberse habitante de, perteneciente al reino de, ciudadano de. Acababa de encontrar un trabajo como profesor de idiomas y no podía terminar de comprender mi suerte.

Mi nuevo periplo había terminado: después de haber dejado París del todo y pasado por Múnich y Monheim, un pueblucho donde tendría que haberme reunido con el amor de mi vida (y que resultó el fracaso más rápido y rotundo de mis días), el que había conocido en la Ciudad Luz. 

*

Si ni siquiera sé si soy el mismo de ayer, menos si sabré si soy el mismo tipo que se sentaba a escribir interminables páginas, mientras rumiaba futuros imperfectos y percibía la vibración de los gusanillos augurantes del futuro en el vientre.

¿Qué fueron de esas páginas? ¿Qué fue de su sentido?

¿Escribir para saberse existente, para llenar el vacío de las páginas, o sea, de la vida?

*

Sin estar del todo seguro de ser la misma persona que era, que fui ayer, me quedo observando la calle y descubro una fotografía gigante que cubre la entrada de un negocio en construcción o reformas.

La foto reproduce una calle temporalmente remotísima. Sospecho -por el tipo de vehículos captados en ella- que debe ser de los años treinta del siglo pasado.

Con la mayor cortesía posible y acento colonés, le pregunto a un anciano que pasa si sabe de qué año podría ser.

De los treinta, me confirma enseguida. Por la rapidez con que responde, debe ser un vecino, de los pocos que quedan en esta zona invadida y absorbida por el comercio. Entonces levanta un brazo y me indica un letrero en la fotografía: Pfeilstraße, leo.

Recién entonces me doy cuenta de que hay dos calles frente a mí, pero que son la misma, y, por un instante, imagino que puedo elegir libremente por cuál de las dos seguir.

Como le sucede a todo el mundo, también a ellas cada vehículo, cada minuto y persona que pasa la altera a su manera.

*

Elevo la vista hasta el final (real, actual) de la Pfeilstraße. Me basta comparar las fachadas actuales con las de la fotografía para comprender lo que significó la guerra para esta ciudad.

Destrucción casi total.

Apenas una o dos fachadas intactas a lo largo de doscientos metros. El resto, construcciones de diferentes épocas posteriores, como en una fea y presurosa carrera.

Puesto que la guerra era contra Hitler, contra el monstruo, todo valía: incluso bombardear monstruosamente a la indefensa población civil.

(¿Hablar de los valores de Occidente después? ¿O mejor de monstruos?) (Como no deseamos ser tacaños, impuntuales, insensatos o contumaces, ese simple deseo nos basta para asumir que no lo somos. Imposible. Jamás de los jamases.) 

¿Veremos florecer a Alepo alguna vez?

Seguro que ni siquiera habrá un Plan Marshall para Siria.

No somos monstruos. Somos algo peor. Humanos.

*

¿Por qué no aprovecho la media hora que me queda para sentarme a tomar un café y gozar de los rayos de este agradable, (teutonamente) impredecible y matutino sol, recordando, por ejemplo mis primeros días en esta ciudad?

No acabo de hacerme la pregunta, cuando me sobreviene otra, como una sombra amenazante y sin dueño:

¿Cuántas veces me he pescado, no sin cierto desasosiego, entendiendo que mi memoria bien podría compararse con el menú o carta de un restaurante?

Muchos la alteran casi a diario. Otros la mantienen más o menos incólume como una reliquia arqueológica a lo largo de décadas, incluso.

Y, de producirse algún cambio, este siempre solo es para sacar alguna ventaja (un producto que está por caducar), salvar dificultades o escollos (deudas, exiguas ventas), o para potenciar alguna comodidad (un plato a incluir u otro a anular porque nadie lo pide).

Pero casi nunca para arriesgar algo. Como la propia memoria.

*
Decido que daré un corto paseo por la zona y que llegaré con varios minutos de antelación a mi cita dental, así que giro para reorientarme.

¿No es eso, precisamente, lo que he estado haciendo todos estos años: despertares confusos, días desenfocados, trayectos erráticos, esfuerzos sin guion alguno, pero siempre con el deseo ardiente de enmendarme y volver a empezar, de reorientarme?

¿No ha sido mi vida una reorientación constante, siempre con una meta equivocada, aunque no lo supiera?

Una vida consciente no es nada más que creerse en posesión de la brújula o de imaginarse capaz de recuperarla, de haberla perdido.

Conforme avanzamos por los calendarios, nos reorientamos constantemente.

Empero, no hacemos nada más que eso: reorientarnos, pues la meta la desconocemos. A lo más, nos hemos fijado una alguna vez, algún día.

Y bien podríamos haber elegido otra de habernos levantado ese día con otro humor o con el pie izquierdo.Un simple accidente o la desaparición de un ser querido. El amor que nos abandona. El profesor que deja de creer en nosotros o el libro que no podemos terminar.

La muerte nos pesca siempre en medio de un nuevo intento de reorientación. En pleno nuevo giro; como el que acabo de dar.

*

Recién consigo reorientarme al salir del consultorio de la dentista y, como en una serie televisiva, vuelvo a estar ahora en el bolbaguen de Carlos (Catia va en el asiento trasero y absorbe las calles de la vieja Lima como si ella misma fuera quien está a punto de partir), el día que abandoné mi país.

(La dentista, griega y excelente profesional, me ha dicho que mi higiene dental es magnífica y le he respondido que ahora solo me cepillo los dientes uno o dos minutos y que al final me los froto con el borde de la toalla. Me ha quedado mirando como si esperara una carcajada tonta de mi parte y he imaginado el rostro reprochante de Catia desde el asiento trasero.)

-¿Te vas para buscar a tu hijo? -suelta Catia de golpe. Habla un castellano bastante bueno, con apenas rezagos de la fonética alemana.

-¿Tienes un hijo en Europa? -se asombra Carlos con una sonrisa inquisidora, sin dejar de sortear el endemoniado tráfico limeño con una soltura que hasta Messi le envidiaría.

Giro la cabeza para reorientarme, o sea, para ver en los ojos de Catia cuál es su meta, qué pretende con su pregunta. Pero solo veo un profundo signo de interrogación. Unas ganas dementes de arrojarse al vacío a través de sus ojos azul verdosos. ¿Porque la estoy abandonando? ¿No me abandonó ella al contarme de su amor imposible, nada más terminado nuestro primer abrazo sexual?

-En Alemania, en mi patria -añade ella finalmente, como si me considerara un mapa abierto y público.

-¿Qué es patria? -lanzo al aire, para cambiar de tema. Acabamos de llegar a Wilson. Pronto doblaremos por Colmena y entraremos a Ocoña.

El país ha empezado a dolarizarse y apenas días atrás he conocido a un alemán que necesitaba cambiar dólares en Ocoña para comprar el kilo de cocaína que le permitirá rodar una película en su país.

(El famoso dólar Ocoña. Una inflación galopante. Turistas copando una Lima que empieza a derruirse, sin que nadie parezca presentirlo. Siete años después voy a regresar al Centro y el número de turistas que llego a contar no pasará de cinco. Es la guerra civil. La guerra que, en cualquier momento, también podría azotar Europa después de largas décadas de paz.)

El kilo de cloro (clorhidrato de cocaína) que le permitirá cumplir su sueño cinematográfico de vuelta en Alemania y que a mí me encendió la idea de estudiar cinematografía en París.

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HjorgeV 23.07.2018

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ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (I)

En el asiento trasero del bolbaguen de Carlos va Catia. Yo voy en el asiento del copiloto, apenas consciente de estar habitando mi último día en mi país y de que corro el riesgo de llegar tarde al aeropuerto y perder el vuelo.

(Llegaré apenas minutos antes de que parta el avión y seré el último en embarcarme. Por la ventanilla lograré distinguir a través de los ventanales del aeropuerto a una rubia alta que me hace adiós con la mano, pero no me atreveré a responderle el saludo para no convocar lágrima alguna. Durante el vuelo me arrepentiré de mi mezquindad y haré una lista de lo que más extrañaré lejos de mi patria: casi todas mis tías estarán en ella, además de mi madre y varias personas queridas más; mi idioma, mis libros, cierta música, el sabor del cebiche.)

Quien conduce el escarabajo es Carlos, compañero de estudios e integrante del grupo musical que hemos formado en la UNI -la Universidad Nacional de Ingeniería- con la idea concreta de asentarnos en París. Yo soy el adelantado del grupo. El encargado de preparar el camino a los demás. No hablo francés, pero sí inglés y alemán, y todos confían en que no tendré problemas para conseguir lo pactado, pues, entre otros puntos a favor, ya he estado en Europa y tengo varios conocidos en la Ciudad Luz.

Pero no será así y en ese momento, obviamente, lo ignoro por completo.

Catia apenas dice nada. Carlos es quien habla casi sin parar, un conversador nato. Cada vez que volteo para ver el rostro de ella tras alguno de los agudos comentarios o preguntas de mi compañero, Catia mira hacia uno de los lados, como si en las calles de Lima se le hubiera perdido algo y mi mirada se lo hiciera recordar.

Sé que está enojada conmigo, pero desde que ha llegado esta mañana para despedirse y acompañarme al aeropuerto, apenas lo ha demostrado. Es su estilo, su alemanidad, por así decir. Ahora lo sé.

El plan había sido pasar mi última noche con ella y, en cambio, la he pasado con Susanne, mi profesora de alemán. Pero Catia no lo sabe, solo lo sospecha; y, claro, no se atrevería a preguntar por algo así jamás.

Me voy de mi país. En este momento no sé que va a ser para llegar a pasar otra media vida fuera, que formaré una familia y tendré cuatro hijos germanoperuanos. Catia será un lejano punto de mi mapa biográfico. Susanne todo un accidente geográfico en él. 

De mi madre me he despedido como si solo fuera a dar una vuelta por otro barrio con unos amigos. Se ha dejado sorprender por mi rapidez al despedirme, de modo que apenas ha alcanzado a soltar un par de lágrimas. Desde la puerta me ha hecho adiós con la mano, emitiendo ruegos que no he llegado a entender.

(Después me pasaré meses sin llamarla o apenas para hablar uno o dos minutos; curiosamente, casi como sucede ahora, solo que hoy es su sordera la que se nos interpone. He calculado los precios de las llamadas internacionales de entonces y resulta que un minuto costaba más o menos tres euros actuales. Un dineral me parecía.)

Tras pasar la noche en el departamento de Susanne en San Isidro, esta mañana he llegado a casa a toda prisa para recoger mis cosas, que han terminado en la bolsa de marinero que me ha dado el Tío Pibe. Por suerte, he conseguido llegar antes que Catia y evitarle, así, un peor trago.

Sabía que me buscaría, que querría verme antes de mi partida. Yo también a ella, a pesar de haberle fallado la noche anterior. He dejado que suponga que he dormido en mi cama, solo; rogando, eso sí, que no hiciera inquisiciones al respecto.

(Leí en sus ojos que no me lo creería. Pero todo se quedó en ese diálogo de mentiras mudas: las heridas que peor cicatrizan.)

Todo se ha debido a Susanne, más capaz de luchar por imposibles que por lo sencillo y asequible, como si solo las luchas contra Goliat y los golpes sobre la mesa de los guionistas tuvieran sentido en la vida. Pero no es así, lo más simple y sencillo siempre es lo excepcional. 

También se ha debido a cierta incapacidad mía para decir que no, simplemente que no.

(Me permitiré culpar a la distancia urbana y al alcohol, pues a eso de las once de la noche, al notar que ya sería muy tarde para vestirme, salir y recorrer todo el camino hasta la casa de los padres de Catia en Chacarilla, tuve que aceptar que había bebido demasiado como para presentarme en ese estado casi a media noche.)

De modo que ahí vamos los tres en el bolbaguen de Carlos, rumbo al Centro (de Lima) para cambiar cuchumiles de soles a dólares antes de seguir hacia el aeropuerto.

Son quinientos dolores los que necesito presentar en Luxemburgo mi primer destino europeo- para acreditarme como turista. Allí tomaré el tren a París y el resto será el futuro prometido.

Hemos decidido hacer el cambio de moneda a último momento, aunque ya no sé por qué, pues el país sufre una inflación galopante y cada día que pasa se devalúa el sol -la moneda nacional- como un inmenso balón dorado que ha sufrido un pinchazo.

(Leo en la Red que acababan de aparecer las primeras monedas de un céntimo y diez céntimos de inti, equivalentes a diez soles y cien soles, respectivamente; pero este es un detalle que se ha borrado de mi memoria. Queda, en cambio, el claro recuerdo de un dinero que ocupaba demasiado espacio en los bolsillos, mientras su valor mermaba en cuestión de horas, exponencialmente, como la cercanía de mi país conforme se elevaba el avión cielo arriba.)

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HjorgeV 08.07.2018

«CUATRO OJOS INTERIORES»

No todo lo que se mueve, vive. No todo lo que vemos, existe. No todo lo existente, encierra un sentido. No todo lo que se sabe, se conoce realmente.

Me repetía esas frases como si fueran parte de una tarea escolar o un mantra. Intentaba, así, sacudirme la pesada mortaja de mis más recientes sueños: escapar de sus densos posos, de su torrente gris que podía mantenerme atrapado largos días, incluso semanas, cuando no atinaba a escapar de su pérfido influjo.

Muchas veces conseguía exorcizar la materia oscura onírica -el sedimento de mi propia materia oscura, de la peor que me habita- y entonces podía seguir habitando este cuerpo, sus días, en paz.

Otras veces no lo conseguía y la vida me dolía como una herida incruenta, insoportable, sibilina: la serpiente de la que quieres escapar, pero ignoras que ya te habita y, por lo tanto, también acecha contigo, aleve, silenciosa, interior.

Cuatro ojos igualmente ciegos. Más que los tuyos propios.

HjorgeV 24.06.2018

«MI TRAJE AZUL»

 

No llevo este traje por casualidad

Debí nacer en el medioevo

o en la Grecia de los pensadores:

una manta encima y el cielo como techo.

 

Basta. El resto es aire y fuego.

 

Es una palabra diminuta la

que me cubre.

Resbaladiza, tenue. Azul.

Se agota fácilmente en madre, hijo

o libertad.

Asciende en pereza, trepida

en miedo,

se agobia en dolor y

rezuma indiferencia con

alevosía.

 

Esquívala, es inútil: palabra inútil.

Acostúmbrate a otearla,

siempre de lejos. Tiene garras y espinas.

Nunca le muestres tu

casa ni tu verdadero bolsillo.

 

Es tan detestable como el

bicho que llegó por una sola rosa

y terminó arruinando el jardín entero.

 

No dejes que te de alcance.

Esquívala. No es para ti.

Olvídala.

Esa palabra tiene condición y uso;

te cubre (es tu traje azul), pero nada

más. Y es como cualquier piedra

del camino: la ves y hasta te puede

hacer tropezar, pero ella ni siquiera

sabe que existes.

 

 

HjorgeV 04.06.2018

«CONTRATO A CIEGAS»

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El amor, ese contrato a ciegas e irresponsable

con el futuro, que firmaste con sangre de tus

labios. Ser agua y pan ahora. La humedad de

su boca. El ansia que te acongoja, mientras

el mar te observa sorprendido y acezante.

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No son muchas las formas de ser feliz

y solo en una de ellas su sonrisa delimita

la comarca de lo lejanamente posible.

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Abrumado por tantas incertidumbres caes

sobre la arena como un muñeco inútil.

Preguntarle alguna vez a un pescador

por qué pesca, a un niño por qué vive.

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Azul. Más allá y antes del cielo.

Azul. Hasta donde alcanzan tus ojos.

En medio, un sol radiante, descolocado,

a punto de disculparse por pender ahí, inmóvil.

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Años como las hojas de un gran árbol

que ha empezado a perecer o las piezas olvidadas que

caen de una alacena al querer sacar algo de su fondo:

no es posible adelantarse a nada en la vida.

El tiempo es un guardián inmisericorde.

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Hasta el cuello en la marea que te

arrastra sin detenerse ni

permitirte sombra alguna.

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Su recuerdo es la piedra que acabas de

lanzar hacia las olas para no imprecar al olvido.

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Escribir entonces para salvar un recuerdo

desfigurado. Escribir como máscara de los días,

de las contemplaciones y pasos, de cada señal y

gesto que harás cuando hayas desaparecido de su

memoria. El amor es todo aquello que engrandece,

eleva y amplía nuestra vida, dejó escrito Kafka. Le faltó

añadir: hacia toda altura, profundidad y ángulo,

hasta perderte de vista a ti mismo.

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HjorgeV 18.05.2018

«LLAVE PROFUNDA»

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Una lluvia cáustica de sorpresa

cae como una bofetada sobre tu rostro

en medio de una noche que había comenzado

con muy buenos augurios.

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Ella te ha esposado una mano al armazón de

la cama y ahora escupe tu rostro, y tú no te

lo puedes creer después de una larga velada

con sus pies sobándote la entrepierna debajo

de la mesa durante toda la cena.

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Cuando por fin reaccionas e

intentas decir algo, ella ya ha

sacado un látigo del cajón debajo

de la cama de agua y ahora te mira

con una sonrisa entre inocente y maligna.

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«Solo tienes una forma de

liberarte», te susurra. «Pero la llave

tendrás que rescatarla por tus propios

medios», añade, mientras gira para ofrecerte su

trasero cubierto de látex y tú ya solo puedes 

pensar en cómo hacer para huir de ahí.

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HjorgeV 17.04.2018

«DISTANCIAS CORTAS»

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No eres tú. Es tu mirada la que

ingresa a la habitación abarcándola

como un rico que acaba de perder todo

de golpe y solo ha regresado para despedirse.

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No son tus ojos. Es tu recuerdo

el que baña los muebles silenciosos,

las cortinas guardianas, las fotos en sus

marcos: el baúl de los recuerdos ya inútiles.

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Pero de todo eso hace mucho y ahora tú

solo quieres saber cuánto de ti perdura aún

en los objetos y en la persona que te observa y

que es la única que ignora que has decidido partir.

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Tienes que saberlo ahora que ya sabes

que la vida es solo el pincelazo de un pintor

demente y senil, una melodía sustraída a los océanos,

un ademán inútil hurtado al tiempo en su también inútil fuga.

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«¿Qué tienes pensado para esta noche?»,

estás diciendo de pronto. «No pregunto por

todo lo que te podría suceder en alguna fiesta ni

por las personas que podrías atraer con tu sonrisa»,

añades. «Solo deseo pasar unas últimas horas contigo».

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Esa manera de mirarme como desnudándome a la

vez que me adviertes de que todo va a terminar mal,

pero que igual deberíamos intentarlo pues ya no soy

nadie -ni tú tampoco- para alterar el curso de las cosas.

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En la memoria (era un domingo

de luz primaveral que se desgastaba

perezosamente sobre los tejados) somos

dos cuerpos en pugna, solo para descubrir

con demasiada tardanza que en el desamor las

distancias más cortas son también las que más hieren.

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HjorgeV 08.04.2018

«TODO DESDE EL PRINCIPIO»

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Mi madre me dijo que pasara urgentemente por la 

clínica y me pareció a la vez escabroso y desesperante

regresar a verlo sobre su lecho de enfermo: como

confrontarse con una parte del propio cuerpo que se

ha independizado por culpa de un malentendido.

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Ya me contarás -me dijo ella-, porque no suelo

perderme las historias con padre: o sea, con

fantasma -añadió con su leve carcajada senil.

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Finalmente él murió y no pude quitarme durante

meses esa sensación no ya de venir de la

vida hacia la muerte, sino de la muerte a otra muerte:

la propia, que es, después de todo y antes que nada,

la única condición inalienable que poseemos.

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(Es siempre el caos lo que nos salva

de la ley de la selva aplicada al tiempo:

solo sobreviven los momentos más

feroces, los capaces de grabar cicatrices

en la memoria, surcos en el pasado.

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Tal vez por eso también escribimos:

para esculpir la voz que, sin saber si

es realmente la propia, rezuma desde

las placas tectónicas más profundas.)

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Cuando se muere papá o mamá,

muere uno mismo: el padre o madre

que ya somos o alguna vez podríamos ser.

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Tener un hijo es como haber creado un

planeta en el que poner un pie de apoyo: un

mundo al que ahora papá o mamá han renunciado

para siempre, dejando a un huérfano sobre él.

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Los padres nunca mueren. Mueren las

rosas, el café, los letreros de la avenida,

las constelaciones lejanas donde ahora

intercambian experiencias y boletos para

sus nuevos viajes a través de la nada.

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Los padres nunca mueren. Nos dejan sus ojos

para que podamos ver todo desde el principio.

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HjorgeV 18.03.2018

«CIERRO EL PICO, AVERGONZADO»

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La última vez que lo vi, él no podía hablar

(solo podía emitir una masa desfigurada de

consonantes) pero lo intentaba con denuedo,

agravando, así, el resultado de sus esfuerzos.

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La medicación le producía una especie

de convulsión permanente -entre otras

secuelas- y el lenguaje (su herramienta

primordial y favorita) debía ser ahora

una especie de cárcel al revés para su

mente: un lugar al que ya no tenía acceso,

como cuando alguien te ha robado la clave.

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(Los tiempos modernos constituían una

inmensa paradoja para él, pues consideraba al

lenguaje como el resultado de nuestra época

prehistórica dedicada a la caza mayor

-esa actividad de vida o muerte que realizábamos

con la sola ayuda de signos rudimentarios-

así como de la necesidad de entendernos con las

hordas de sapiens caníbales transhumantes que acabaron

con los neandertales y sus primos. ¿Haber desarrollado todo

un gran sistema de símbolos e ideas solo para limitarse

a 40 caracteres y no saber expresarse con propiedad en

este mundo hiperconectado?, era su diatriba común.)

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Recuerdo que le propuse a uno

de mis hermanos que trajera la

guitarra y canté un vals de la

guardia vieja (la única canción

que le había escuchado cantar

en mi vida), luchando para que

no vencieran mis conductos lacrimales.

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Cuando terminé de cantar y dejé

la guitarra sobre la mesa, él trató

de expresar algo, pero no

pudimos entenderle nada.

Supuse que debía ser algo sobre

la canción -su opinión acaso-; en

todo caso, no debía ser una

alabanza, pues bien podría

haber aplaudido, simplemente.

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Él era así, un hombre capaz

de llevarse a la tumba sino sus mayores

defectos, por lo menos todas sus

lágrimas sin haber desperdiciado ninguna:

esa especie de avaricia lacrimal y meta de muchos.

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No volví a verlo.

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Sé que se lo llevaron en una ambulancia

al hospital, de donde partió, ya solo, a ese

lugar o estado, que siendo de lejos el más

el más pertinaz en toda persona, solo suele

ser un comentario discreto en vida.

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A veces, cuando quiero expresar algo y no

encuentro las palabras, lo recuerdo esforzándose

por tratar de articular una frase, un

pensamiento, un solo conjunto de ideas,

un simple deseo: luchando por hacer sonar sus

cuerdas vocales como quien se bate contra un ogro.

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Entonces callo y espero;

cierro el pico, avergonzado.

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HjorgeV 12.03.2018

«MÁS ALLÁ DEL REFLEJO» (Haiku extenso)

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Tantos años juntos:

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Como miles de personas disímiles

redoblando sus esfuerzos cada día,

interactuando para llegar a la noche

y poder fundirse en una sola.

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También los días borrosos, impagos;

las noches demasiado cortas para

tanto cansancio: el costo de actuar

para ojos y deseos ajenos.

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Nos vamos construyendo a cada paso,

armando con fruición una silueta cuyo

cuerpo ya ha iniciado el inevitable

camino opuesto del descenso.

No hay por qué pontificar.

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Si cada persona es su propia

estrella, te dices, ¿qué sentido

tiene levantar la mirada al cielo?

¿Por qué no mirar solo hacia dentro?

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Te levantas entonces, con sigilo,

porque no sabes a qué hora has

partido la noche por la mitad y

no deseas molestar su sueño.

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Te detienes frente al espejo, que es

tu confidente, tu forma de mirar más allá de ti.

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Detrás de las cortinas cerradas, al

otro lado de la pared y tu mundo,

mucho más allá del fondo del reflejo, el

nuevo día empieza a asomar, indomable.

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HjorgeV 04.03.2018