«ANTES DE CERRAR LOS OJOS»

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Antes de cerrar tus ojos casi írritos

te planteas la posibilidad de

que un poder superior te

ofreciera la juventud eterna.

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De modo que te imaginas cumpliendo

tus proyectos más insensatos e

imposibles, los más simples,

modestos, improbables.

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Las vidas que tendrías por delante: a

los hijos de tus nietos que tendrías que

sobrevivir, los bisnietos de tus tataranietos

que tendrías que enterrar. Y vuelta a empezar.

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¿Cuántas generaciones serían necesarias

para abarcar tu estudio del alma humana?

¿Decenas? ¿Cientos? ¿Miles?

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De solo pensarlo te sientes cansado,

ahíto. Cierras los ojos. Te resignas

a dormir, sin pensar más en la muerte.

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HjorgeV 20.02.2018

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«SEÑALAS UN ÁRBOL»

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Señalas un árbol. ¿Reconoces

el lenguaje secreto de las plantas?,

me preguntas, pero no capto el

instante y me lo pierdo.

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Por entre unas coníferas, un caminante:

¿Crees que entenderías su lenguaje?,

me retas con una sonrisa ausente.

El tiempo flota; solo atino a asentir.

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Señalas tu pecho. Un

árbol ya descifrado.

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El resto del camino: ausencia de palabras y rumor

del follaje; más vegetación; aves que pergeñan

una geografía transparente de canto y vuelo. Signos

secretos fraguando el silencio del sotobosque.

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HjorgeV 16.02.2018

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«ALGO ASÍ TIENE QUE SER»

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Algo así tiene que ser la muerte:

pensamiento puro, la imposibilidad

de anticipar los movimientos

de tu propio cuerpo, ya tiesto.

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Un salmo al otro lado de la pared,

voces que no alcanzan la cúspide

de la espesura urbana.

Debajo de las nubes, la gente avanza

de prisa, siempre dispuesta a olvidar

lo incómodo, su mera posibilidad.

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Así tiene que ser la muerte: fiebre calma,

pensamiento intangible sin preocupaciones

terrenales, la imposibilidad de predecir

el propio deseo, exento de todo rigor:

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como las calles plenas de anuncios

comerciales, mientras al pie de ellos

un perro hurga por entre los plásticos

desparramados en busca de alimento eterno.

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HjorgeV 13.02.2018

«CUESTA ABAJO»

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Cuatro poemillas, diminutos

como el refrán de una necia canción.

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Cuatro poemas porque no había

contemplado la posibilidad del adiós.

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Cuatro poemas que puedan quitarle de

la cabeza cualquier pensamiento erróneo.

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Cuatro poemillas para despedirse, que

siempre es lo que más duele cuesta abajo.

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HjorgeV 10.02.2018

«PELOTA»

Controló que el despertador estuviera activado para las 06:25, su hora de ‘alce’ de todas las mañanas de lunes a viernes, y se quedó observando el techo en la penumbra de su habitación.

Se imaginó despertándose siete horas después, activando por acto reflejo la función de repetición, que era también su primer margen de libertad personal y muchas veces el único que le permitía su jornada con los dos niños.

Con el mismo gesto con que asía todas las mañanas su Oral-B para cepillarse los dientes, dobló su brazo derecho y sacó de debajo del colchón su G-Spot Vibe: encendido automático, vibración dual, diez cambios, impermeable, cero consumo de gasolina le había dicho en son de broma a Markus, su esposo, cuando le mostró el contenido del paquete de la Deutsche Post.

Ella había contado con alguna reacción especial por parte de él, pero Markus solo había mirado hacia un punto del espacio, sin alterar la exacta posición de su teléfono sobre su mano ni el perfecto ángulo de sus piernas, con ese aire que daba a entender que tenía algo que objetar, pero que no sería importante o preferiría no hacerlo, y que era, en realidad, su forma de decir que detestaba ser interrumpido.

Continuó observando el techo en la penumbra, mientras maniobraba el aparatito. Sabía por qué no podía dormir, pero no quería admitírselo. Que los hijos de los vecinos la volvieran loca con los balones que lanzaban casi a diario hacia su jardín no era algo fácil de admitir en ese barrio residencial de las afueras  de Colonia, pleno de familias jovencísimas.

De alguna manera, ella misma se lo había buscado. Había sido su decisión. Le había bastado ver la bella casa cuyo terreno daba a tres pequeñas calles y poseía un sinuoso jardín, para saber que era ahí donde quería vivir.

Detalles como el tablero de básquet del vecino más directo o que tres frentes de observación también significaban tres frentes desde los que ser observados día y noche, no se le habían pasado para nada por la cabeza.

Recordó sus tiempos de universitaria casi desnutrida, pues por ese entonces no le gustaba comer nada que ella misma no hubiera preparado y a su cuarto de estudiante solo llegaba, prácticamente, para caer rendida.

Pero lo había logrado. Una familia. Una casa. Un esposo casi ideal. Los niños. Dos años más y volvería a trabajar en lo suyo. Sabía que en Düsseldorf la volverían a tomar y no solo porque le había caído muy bien a todos los jefes. No era eso lo que le preocupaba.

Se consideraba una mujer realista.

¿El amor? Demasiados hombres aparentemente normales le habían jurado amor eterno, muchas veces tras solo un par de horas de intimidad.

¿Hijos? Ella misma no sabía si quería más a su madre de lo que la odiaba, así que no pensaba hacerse demasiadas ilusiones con sus niños.

¿Familia? No se imaginaba viviendo sola, pues era de las personas que necesitaban gente a su alrededor. Por lo menos para saberse viva y marcar distancias y límites.

¿Belleza? A sus treintipico años ya había aceptado que justicia y belleza nunca iban de la mano, y era demasiado racional como para pasar por alto el simple carácter azaroso de la belleza.

Intentó cerrar los ojos. Aumentó la intensidad de las vibraciones. Echaría un vistazo al cuarto de los niños cuando hubiera terminado. Markus debía seguir en su oficina particular, sabía dios qué haciendo.

No era la primera vez que se sorprendía a sí misma contemplando el techo.

Un ser humano siempre era un barco repleto de pasado, una nave limitadísima y perecedera intentando no encallar.

Recordó su undécimo cumpleaños, tal vez el día que había empezado su verdadera vida adulta, pues fue entonces cuando tuvo la certeza de que su poder sobre los hombres iría mucho más allá que el de todas sus otras amigas y compañeras juntas. Y eso que le había bastado escribir un par de líneas ambiguas a tres chicos, los más guapos de la clase. La certeza de que nunca tendría necesidad de buscar pareja, que esas cosas nunca no entrarían en el terreno de sus preocupaciones; como así fue.

Aumentó al máximo las vibraciones. Su cuerpo adoptó la única postura en la que podía masturbarse. Trató de relajarse al máximo.

Ahora estaba aquí, hasta aquí había llegado y algo no funcionaba del todo, continuó pensando. Carcasas. Máscaras. Gestos sutiles, pero inútiles. Intentos forzosos, demasiado obvios para considerarlos necesarios.

De pronto -su cuerpo empezaba a reaccionar-, se le ocurrió una solución al asunto de la pelota y el solo pensar en ella la ayudó a emprender la concentración final.

Se imaginó lanzándola a la calle, no de vuelta al jardín de los vecinos, como hacía cada día o dos, y sus piernas se estiraron al máximo. El resto de su cuerpo se tensó con ellas. Imágenes de uno de sus novios se entremezcló con sus pensamientos y la pelota se inmiscuyó también, adoptando extrañas pero agradables formas. Su primer novio, que no había sido capaz de hacerla feliz en la cama, ahora lo conseguía solo con su lengua y su miembro era tan fuerte como una pelota de básket.

Estaba rogando que Markus no fuera interrumpir, cuando le llegó la primera arcada. Luego varias más, como oleadas.

Alcanzó a esconder el vibrador antes de caer profundamente dormida, diciéndose que lo primero que haría a la mañana siguiente, cuando aún estuviera oscuro, sería lanzar la pelota a la calle.

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HjorgeV 04.02.2018

«ASCENSIONES Y CAÍDAS»

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Caídas. Vértigo. Ascensiones.

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De la mano habían emprendido

el sendero de subida hacia el abismo.

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Considerar la sola posibilidad de

una caída era parte de la magia.

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Nada se construye sin traer el

material desde otro lugar. La

arena de tu castillo en la orilla

también tendrás que removerla.

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Y ahí estaban los dos: a punto de coronar el

ascenso sin alas al palco de las nubes,

sonriendo como para robarle el empleo al sol,

con la mirada puesta en un punto tan lejano

que luego se fue convirtiendo en nada.

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La chispa de la vida había sido el fuego del 

abismo: el mareo con el juego de las posibilidades.

El resto sería regresar a casa, a la rutina diaria

de las horas, ese otro vértigo.

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Ahora regresas al pecho de tu propio carcelero,

en medio de la lluvia que deja el último tren de

la tarde tras escuchar el mensaje de despedida

que te ha dejado en el contestador.

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HjorgeV 29.01.2018

«FRACASISTA»

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Había sido uno de esos días de arduo trabajo,

pleno de ideas que podrían cambiar el mundo.

Satisfecha consigo misma, ansiaba perderse en

otro cuerpo, buscarse en otras carnes y miembros.

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Conocía la gramática de la aventura y

sus leyes, aunque no todos sus idiomas.

Los inesperados requiebros de un encuentro

improvisado era lo que más la inquietaba.

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El fuego había sido su límite y su respiración,

y el amante de turno consiguió elevarla al altar que

ella le señalaba con sus brazos (que es tanto la altura

del deseo, como la mejor para despeñar a cualquiera).

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Qué es un fracaso comparado con una

batalla formal contra las pulgas.

Cuántas flores hay que pisotear para 

redimir a un árbol a punto de agostarse.

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El paisaje hecho multitud atraviesa su campo

visual como una compuerta al infierno ahora que 

se precipita. Ni el mundo entenderá alguna vez las

cosas, ni ella entenderá al mundo. Así que.

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Hochmut kommt vor dem Fall:

la vanidad siempre antecede las

caídas. El futuro suele guardar su

mejor carcajada para el pasado.

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Ser como el agua, fue su último

pensamiento antes del impacto:

Adoptar cualesquiera formas, sin

renunciar jamás a ser igual a sí misma.

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HjorgeV 20.01.2018

«LA TARDE DE VAN GOGH»

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Te pasaste la tarde refiriendo que

querías pintar cuadros como mapas,

geografías que recorridas desde el cielo

te dieran la sensación de estar dejando

atrás montones de mundos irreales.

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Querías dibujar poemas, sufrir

pergeñándolos; exigir a tu creatividad

hasta que estallara tu cabeza y se

desangrara sobre líneas sin sentido.

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Querías eso y mucho más. Y, de repente:

«Regreso a cuidar del animalejo que he

dejado en casa. De nada me vale creer

que podría sobrevivir sin alimentos.»

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Fue un atardecer, uno de los más fríos del

año. Nos encontrábamos sobre las sábanas

después del amor, abrazados como

hormigas incapaces de vivir destrabadas.

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Recuerdo que pensé que si fuera

capaz de plasmar un momento así

en una pintura, me haría inmortal.

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Viajo en la noche, navego por entre

la gente, topándome con miradas

que refieren hechos de otros mundos,

bestias enjauladas, prisiones abiertas.

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Vuelo de regreso a casa en la noche oscura y

cerrada como una fuga: siempre insinuando

su partida, pero solo capaz de enroscarse en

sí misma con su melodía sibilina y pertinaz.

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Es tarde cuando se pierde en el firmamento

la nave corporal que he recorrido como un ciego

sediento con la punta de todas mis lenguas.

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Algún día lo entenderás, me has dicho

a modo de despedida.

Ese día no llegará, respondí en silencio.

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Cierro la puerta y me dejo caer

sobre la alfombra para observar las

manchas del techo: las llamamos

palabras, pero son solo los parches

gasas, apósitos, vendas, mordazas,

antifaces, que cargamos a diario.

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Fuera, los árboles giran sobre sus ejes

para alejarse, disimulando su última

visita a este lado del universo.

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Si no existiera el tiempo, me consuelo,

todo lo bueno y lo malo nos

sucedería a la vez y de golpe.

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HjorgeV 16.01.2018

¿TIENE QUE TENER LA VIDA (UN) SENTIDO?

¿Tiene la vida (un) sentido?

La respuesta es que no hay respuesta. (O tantas como personas existen.)

El misterio es que no hay misterio.

Sí, puede ser insoportable; especialmente para un ser tan proclive a encontrarle explicaciones, lógica y conexiones a todo (además de mezclarlo con sus propios deseos, esperanzas, aspiraciones, construcciones mentales y metas) como el humano.

Paradójicamente, la cuestión sobre el sentido de la vida es un invento nuestro.

No es algo que provenga de la naturaleza. Es una construcción típicamente humana.

Una pregunta de nuestra mente.

Visto así: ¿no tiene que tener un sentido la vida entonces?

Por supuesto que sí.

Que no tenga un sentido, no significa que no podamos darle uno.

Tal vez el sentido de la vida sea, precisamente, ¡preguntarse por el sentido de la vida!

Caminante no hay camino, se hace camino al andar.

Ello nos lleva a escudriñar nuestra conducta, ideales, principios, sueños, tareas, proyectos; además del camino recorrido.

Y, por suerte, a menudo la búsqueda de una respuesta suele ser más importante que la propia respuesta.

No es malo que no exista un sentido (predeterminado) de la vida.

¿Qué sucedería si no nos gustara o no estuviéramos de acuerdo con él?

Para muchos el mejor sentido que se le puede dar a la vida es la cultura.

Como lo demuestra, por ejemplo, el estudio de los británicos Daniel Wheatley y Craig Bickerton, la participación en actividades artísticas, culturales y deportivas aumenta la satisfacción con la vida y la sensación de felicidad.

Pero hay dos razones más importantes aún, más allá del simple hedonismo:

Quien crea arte y cultura trabaja para los demás, por el bien común; además de hacerlo generalmente de forma desinteresada, pues la recompensa material suele ser algo totalmente secundario para un verdadero artista.

La segunda razón es que el arte y la cultura nos ayudan a recordar nuestra condición de seres irrelevantes en términos absolutos.

Insignificantes.

Llenos de errores e imperfecciones.

¿Cuántas guerras, conflictos, discusiones y pérdidas absurdas de tiempo y energía nos ahorraríamos si supiéramos reconocernos como seres sin importancia y de existencia altamente fugaz?

¿No sería una verdadera revolución empezar, por ejemplo, cuestionando el consumo dirigido a darnos la importancia que no tenemos ni merecemos?

Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar.

Soportemos mejor nuestra insignificancia sin dañar el planeta que habitamos.

O por lo menos sin descargar nuestra frustración (por ser seres sin importancia) sobre los más débiles.

De un misterio venimos y a otro nos dirigimos.

En medio, el gran misterio de la vida.

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HjorgeV 07.01.2018

UN MISTERIO MISTERIOSO (Y TRIVIAL)

-Deseo preguntarte algo, Pensamiento Profundo.

-Adelante.

-¿Tiene sentido preguntarse por el sentido de escribir?

-¿Tiene sentido preguntarse por el sentido de algo que no tiene sentido o que, en todo caso, no se conoce? 

-¿Me respondes -le insisto a PP-, por lo menos, qué es escribir?

-¿Estrictamente hablando? Juntar palabras.

-¿Hablar por escrito?

-Podría ser una de entre muchas definiciones -dice PP.

-¿Y qué sería escribir bien?

-Eso es mucho más complejo, pues encierra o implica un juicio de valor y ya sabemos que cada quien tiene sus propios principios (o no), escalas y gustos. Lo más sensato sería preguntárselo a los implicados, ¿no crees?

*

¿Qué es escribir bien?

Busco en la Red.

Lo primero que encuentro es una nota bastante curiosa y entretenida sobre el bloqueo del escritor.

La he rebautizado:

EL SÍNDROME DE LA TUBERÍA NUEVA

Un columnista de este periódico, de esos que escriben como si las palabras saltaran directamente de su cerebro a la página, me lo confesaba el otro día: «Cada semana me pasa lo mismo. Me siento en el ordenador sin saber qué escribir. Me paso media hora maldiciendo. Todas mis ideas me parecen una mierda. Me prometo que del lunes no pasa, que voy a hablar con los jefes para dejarlo… ¡Así cada semana!

Nathaniel Hawthorne dejó dicho lo siguiente:

Easy reading is damn hard writing.

Simone de Beauvoir pensaba de forma práctica:

Escribir es un oficio que se aprende escribiendo.

Sebastian Junger plantea el siguiente acercamiento:

He intentado entender qué es la buena escritura. Sé qué es cuando la leo en el trabajo de otros o en el mío. Lo más cerca que he estado de entenderla es cuando hay ritmo en el escrito, en la frase y en el párrafo. Cuando el ritmo cojea es difícil leer lo que sea. Es muy parecido a la música, en ese sentido; hay un ritmo interno que hace gran parte del trabajo de leer por ti. Casi como si se leyera solo. Ésa es una de las cosas más complicadas de enseñar a la gente. Si no escuchas música, nunca vas a escucharla. El ritmo interno de una oración o párrafo es el ADN de la escritura.

El escritor argentino Andrés Rivera apunta a la profunda relación entre el fondo y la forma:

Lo que digo responde al modo como lo digo, y el modo como lo digo responde a lo que quiero decir.

¿Qué es escribir bien?

Chateaubriand lo dijo de esta manera:

El escritor original no es aquel que no imita a nadie, sino aquel a quien nadie puede imitar.

¿Escribir de tal manera, entonces, que nadie pueda imitarnos?

Sabato (pronúnciese Sábato):

Un buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con palabras grandiosas.

Umbral conmueve:

Escribir es la manera más profunda de leer la vida.

¿Es sensato escribir una novela sabiendo adónde se va o es mejor no saberlo?

Sergio Bizzio ha dicho lo siguiente sobre su novela Rabia:

Pregunté quién vivía ahí y me dijeron que una anciana con una mucama que la ayudaba, y lo primero que pensé fue que en semejante casa podría vivir oculta una familia entera sin que la anciana y la mucama se enteraran. Toda la novela apareció en ese momento. Nunca más volvió a pasarme algo así, por suerte. No hay nada más difícil que escribir si uno sabe a dónde va. De hecho, no me resultó nada fácil escribir las primeras líneas. Las primeras líneas me llevaron casi tanto tiempo como la novela entera.

Cuando escribe, Gay Tales tiene una imagen en mente:

Mi escritura se orienta hacia la escena, así que busco escenas prometedoras. Cuando escribí The Bridge traté de visualizar el puente Verrazano y los hombres que están colgados en el cielo, como una foto. La mujer de tu prójimo abre con la escena de un niño observando a una mujer desnuda en un quiosco de revistas en Chicago. En Los hijos abro con una escena en que yo estoy en la playa. Todas esas podrían ser películas. Supongo que esencialmente estoy tratando de escribir una foto.

John McPhee recomienda que la escritura sea como la punta de un iceberg: o sea, que lo que no se diga sea mayor y más profundo.

Roy Vega lo dice poéticamente:

y con el tiempo descubrimos que el amor, / al igual que la escritura, es un oficio ciego.

Fabián Iriarte también apunta a la relación entre forma y fondo, entre sonido y sentido:

El sonido no es lo primero que aparece, desencarnado, cada vez que empiezo a escribir. Voy cincelando, tallando, limando esa escultura que es el cuerpo del poema (perdón, otra metáfora) hasta que sentido y sonido sean (parezcan ser) lo mismo. Es lo más difícil.

Proust va más allá, o sea, más acá:

Para escribir el libro esencial, el único libro auténtico, un gran escritor no tiene que inventárselo, en el sentido usual, puesto que existe ya en todos y cada uno de nosotros, sino traducirlo. El deber y la tarea de un escritor son los de un traductor.

Para Benedict Wells:

Escribir es una experiencia esquizofrénica, porque al mismo tiempo eres el autor que lo siente todo y el director que organiza las cosas.

Sandrone Dazieri:

Trato de escribir bien, pero trato también de dejar solo lo necesario para la historia. Eliminar lo que no sirve, aunque a mí me parezca bellísimo, forma parte de mi trabajo.

Banville se oscurece:

El reportero de información laboral cubrió una huelga endiablada y tenía una prosa ininteligible; él decía que era para proteger sus fuentes. Tardé horas en editarlo, pero al día siguiente me regaló el mejor cumplido: “Ahora se entiende mejor”. Y así fui aprendiendo a disfrutar mejorando textos de otros y a gestionar mi ego, que es el primer requisito para escribir bien. Porque escribir bien es acabar encerrado toda tu vida a solas con las palabras.

Para David Vann, escribir también es construir:

Un relato es una suerte de barco. A mí me ha salvado la vida.

Tal vez uno escribe para no terminar odiando la vida.

Quién sabe.

Ya lo recomendó Juan Tallón:

Escribir es fácil. Escribir bien es muy difícil. Destruir lo que un día escribiste, aunque sea malo, es dificilísimo. Escritor, destrúyelo todo. No mires atrás. ¿Te da pena? Destrúyela también a ella. Escribir es eso: acabar con todo y empezar de nuevo desde la nada.

Tal vez la pregunta sobre el sentido de escribir es como la del sentido de la vida: una cuestión sin respuesta. Un misterio.

(Salvo que tú mismo elijas un sentido -el que quieras darle- con lo que habrás resuelto un misterio, pero te habrás metido, también, en otro: ¿cómo saber que tu sentido es el verdadero?)

Sucede al escribir una novela negra: mientras tu detective busca la verdad e intenta resolver problemas, va sacando a flote más misterios.

Juan José Millás lo plantea así:

Quizá la rata tenga una camada de seis o siete bebés de los que se comerá dos, los más débiles, debido al aporte extraordinario de proteínas que necesita para dar de mamar. Tampoco hay misterio ahí. Nosotros mismos, en otras épocas, fuimos caníbales. Mi consejo es que dejes de buscar el Aleph y empieces a buscar la rata. Obsérvate en ella, en sus pupilas, y comprenderás que no es que no haya misterio, es que el misterio está en todo. Y es atroz.

Y si el misterio está en todo, es que tal vez no hay misterio.

El misterio es que no hay misterio.

(¿No es genial y, a la vez, insoportable?)

Por eso, Juan Miguel Campos recomienda lo siguiente:

Escribe todos los días: contra viento y marea, en el ordenador, en el papel, en tu piel, aunque te quede mal, aunque te quede maravillosamente bien, como si no tuvieras más opciones, como si se tratase de una jodida y alucinante misión que te hubieran encomendado los mismísimos dioses. Intenta escribir como si te fueses a morir. Porque es que te vas a morir.

Amén.

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.HjorgeV 03.10.2018