«LADRONES DE CREPÚSCULOS»

.

En la tarde gris ella pronto

aparecería.

Llevaría el abrigo

de moda encima: el que nos

iría a permitir conocer el calor de

nuestras manos ocultas.

.

De la neblina previa al crepúsculo

ella pronto surgiría.

Con sus

labios haría un mohín que

sería un beso dibujado en el aire.

.

(Nunca entendí por qué le gustaba yo.

Por mi parte, adoraba sus labios, su boca,

esa forma de besarme que era como

un salto a la eternidad, que en ese entonces

era pasear con ella.

.

Sus dos manos posadas

sobre mi nuca como sujetando

un niño recién nacido:

la muerte no podía existir.

.

O era eso, precisamente.

.

Luego el encuentro de los cuerpos, aún

sin entender de penetraciones ni

desnudez.)

.

Saberte mío, decías.

Miarte saba, te respondía yo.

Saber que me perteneces.

Pertener me que sabereces.

.

Todo intento de apropiación

termina en el primer juzgado

de Marte, me advertías.

.

Pertenencia. Posesión.

Propiedad.

Dominio.

.

Ningún color

que lo disimule: como

las palabras que documentan

el asombro ante el misterio

de la conducta humana

(mayor que el del universo

y el de la vida juntos).

.

.

HjorgeV 22.09.2017

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TARDÍA ADULTEZ HACIA LA ESTACIÓN CENTRAL

Le dije que no podía ser creyente porque, de serlo, estaría endiosadamente enojado con El Tipo.

(Le molestó que lo llamara así, El Tipo: como si de verdad existiese y pudiera ofenderse con ese apelativo. ¡Que levante mi mano quien crea en la telequinesis!, como decía Kurt Vonnegut, a quien nadie nunca le hizo caso con ese pedido.)

Salí de la adolescencia a los treinta y tantos años.

Lo hice convencido de que hacía mucho que ya había empezado la adultez, pero sin saber en qué consistía esta, por lo que no podía afectarme.

Ocurrió en esa lejana época en la que todavía no se hablaba de la terrible extensión de la adolescencia hasta los treinta o cuarenta (alguna vez moriremos adolescentes): esa fase en la que no hemos terminado de independizarnos a pesar de que nuestro cuerpo ya ha empezado la cuenta regresiva.

Una vez, en la televisión alemana, le preguntaron a un niño cómo se imaginaba su futuro.

«Jubilado. Con una buena copa en la mano», respondió muy orondo.

El entrevistador se rio a mandíbula batiente.

A mí me dieron ganas de llorar. Quizá porque la frase retrataba a una familia entera, a todo un país.

Antes me había pasado largos años acompañando la vida de otros o viviendo la que ellos pensaban que me correspondía.

No fue/era fácil:

Vivir por otros, pero con el propio cuerpo como escudo y probeta.

(Tal vez siempre es así para todos, solo que nadie se atreve a decirlo o no lo nota.)

(O acaso la adultez tardía solo consista en saber pasar desapercibido como tal.)

De mi larga etapa de púber recuerdo especialmente la rigidez que muchas vidas podían adoptar desde muy temprana edad: seré médico, ingeniero, abogado, empresario (yo dije cura y presidente).

(En ese entonces no existía el prodigioso futuro de jubilado con una copa en la mano.)

Nadie decía: moriré. A pesar de que habríamos sido absolutamente certeros.

El poeta costarricense Luis Chaves (San José, 1969) lo dijo alguna vez así:

«Rodeando latas de cerveza, / los amigos discutían / cuánto dura la juventud. / Pensaste en voz alta / “qué me importa, si nunca fui joven”.»

Personalmente, me sigue resultando imposible arribar a la adultez.

Busco en mis días y en mis horas el recuerdo de una juventud que no puedo encontrar, tal vez porque miro desde ella, como en una oportunidad no pude hallar mis lentes porque los llevaba puestos.

O como no se puede entender la muerte desde la vida.

(Y seguramente tampoco esta desde aquella. Quién lo sabe.)

Siempre se muere de vida. Nunca de muerte.

La muerte es la llegada. 

La vida solo es el fallido y diario intento por llegar a la Estación Central Común.

(-Donde estará esperándote El Tipo -se burla el otro tipo, a modo de venganza conclusiva.

-De ser así -le respondo-, será porque también ya ha muerto.)

.

.

HjorgeV 15.09.2017

«POR FIN, LA META»

.

Ahora está en la meta, sola,

sin nadie más a la vista.

.

Ha cumplido lo que se había

propuesto.

.

Y entonces se dice: un paso. Luego dos.

Continuaré.

.

Pero duda.

.

Solo existen tres posibilidades:

(a) continuar un/su camino,

(b) permanecer en la meta, inmóvil, o

(c) regresar al inicio.

.

Pero también sabe que

no hay nada detrás del silencio absoluto

(así de claro es el futuro).

.

Vuelve a decirse entonces: un paso,

luego dos (que es como empieza

todo camino, el derrotero inevitable

hacia el Gran Silencio) y entonces

le surgen

alas a los costados y ella salta

al vacío:

.

como el ave que no

sabe si está de vuelta

o alejándose

más aún.

.

.

HjorgeV 09.09.2017

«NOCTURNO»

.

Duermes, callada

la noche. El vano contacto

de mi mano.

.

Fuera, la ciudad

es un monstruo que se retuerce

por afianzar su poder.

.

Tras despertar

te acercarás a la ventana para

otear la partida.

.

Verás que es como con los

manjares: que se desean tanto, pero 

se termina dilacerándolos.

.

Demasiada compañía.

Demasiada tú, en mí.

.

Ingentes caminos

los del horizonte al

abrir la puerta.

.

.

HjorgeV 16.08.2017

«DE VUELTA A CASA»

.

1

Sobre el parabrisas

el verano se despide sin saber

si volverá a vernos.

.

2

Desde la carretera

las vacas parecen meditar

sobre nuestra prisa.

.

3

Una lágrima se

afana por vencer al viento

que recorre tu mejilla.

.

4

Verano es la

infancia que retorna

cada año.

.

5

El reloj de la cocina no

ha conseguido avanzar un solo centímetro

en nuestra ausencia.

.

.

HjV 14.08.2017

MICHAEL CONNELLY: «La habitación en llamas»

Piglia -otro que se nos fue demasiado pronto- solía afirmar que la mayor certeza de los escritores es saber lo que no quieren hacer.

Si pudieran hacer lo que quieren/desean hacer (partiendo de que lo supieran), todos los días aparecerían obras de la talla de la Divina Comedia o el Martín Fierro.

Lo repitió en Borges, un escritor argentino, un ciclo de clases abiertas emitido por la televisión pública de su país.

Piglia consideraba al ciego eterno como uno de los pocos que han conseguido acercarse a esa gruta o ruta que barruntan como la correcta o ideal.

*

Acabo de terminar La habitación en llamas, una de las últimas novelas de Michael Connelly, aparecida en este 2017 que ya empieza a declinar.

Estuve a punto de cerrar el libro antes de terminarlo, más o menos harto de sus desperfectos, excesivos e inútiles meandros y errores.

No conseguí convencerme -a mí mismo- de abandonarlo y eso me salvó, porque el final fue —–casi- como una redención.

*

Convengamos con Piglia y partamos de que escribir bien es, sobre todo y antes que nada, saber lo que no se debe hacer: por lo menos intuir todo aquello que se debe evitar.

Para Piglia, Borges es un buen escritor porque inventó -creo que hay consenso– la literatura fantástica.

Un clásico sería, así, un escritor que llega a erigir cierto tramo del camino que intuye como cierto o correcto. Una avanzada en el mar de la incertidumbre, por así decir.

El resto de los escritores se debe contentar con lo tentativo. Con probar y errar.

*

Siguiendo esa línea, tal vez Auster estuvo a punto de ‘inventar’ la literatura negra.

Dejó los primeros pasos e indicadores del camino que atisbaba, en su trilogía de Nueva York.

Ciudad de cristal, la primera de las tres, empieza, precisamente, cuando Daniel Quinn, escritor de novelas de misterio (así aparece en la traducción), recibe la llamada de un desconocido en mitad de la noche.

El errado interlocutor telefónico, tomando a Quinn por un detective, le encarga un caso.

Y Quinn, lejos de aclarar el malentendido, decide meterse a una historia enigmática y extraña.

*

Auster no siguió/sigue esa prometedora línea en sus posteriores novelas: ha coqueteado con esa línea negra, pero sin llevarla consecuentemente hacia el esquema negro más o menos aceptado.

Una línea que podría haberlo llevado a convertirse en el ‘creador’ de la literatura negra (partiendo de que diferenciamos esta del resto de ese género).

(Escribir una novela policiaca, una cualquiera, no es garantía de literatura.)

*

Intentos ha habido muchos. Y los habrá.

Una de las primeras novelas de Antonio Muñoz Molina mostraron esa veta: El invierno en Lisboa.

Otro intento frustrado, en lo que a esa línea (tentativa) negra se refiere.

Otros admiran a Vásquez Montalbán.

Aparecerán muchos más, espero.

*

¿Por qué nos fascina la literatura negra a sus seguidores?

Por negra y por literaria, respondo.

Dos ingredientes muy difíciles de conseguir y, más aún, de mezclar, de conjugar.

Chandler era tajante al respecto. Para él, el relato policial perfecto no es posible, pues:

«El tipo de mente que puede concebir el misterio perfecto, no es el tipo de mente que puede producir el trabajo artístico de escribirlo.»

*

Por lo menos, el camino (sobre el mar) ya está marcado y de lo que se trata es de ampliarlo en sus horizontes y alcances.

Dejando aparte lo literario (más volátil como ingrediente), el otro ingrediente es más palpable, tangible.

Porque una novela negra es una persecución. Una peripecia.

La aventura del lector ocurre subido a los hombros del autor, quien lo va llevando por la ruta que ha obtenido tras grandes esfuerzos (aunque siempre considere que no es la mejor que podría haber imaginado), mientras salpica con comentarios y observaciones su paseo.

Estos últimos tienen que estar en la proporción adecuada, so peligro de que nos apeemos de los hombros del narrador/caballo.

*

Pocos saben que Stephen King, ha escrito un libro genial para escritores: Mientras escribo.

Para el mago del terror misterioso, la prioridad es que no se pare la pelota.

Esta también parece ser la máxima de Connelly, siempre esforzado porque no se detenga la ruleta, empujando a su personaje Hieronymus Harry Bosch incluso a vericuetos donde solo perderá el tiempo.

Como en todo arte: lo malo es cuando la mano del mago se nota.

Pues, no solo en la vida real, lo que más nos impulsa no es la recompensa en sí, sino la expectativa de la recompensa.

*

Y con Connelly las expectativas son demasiado altas como para pretender una recompensa afín.

(Es el drama de nuestras sociedades de consumo: las expectativas son mayores que la recompensa, pero no podemos renunciar a ellas, aún sabiendo que aniquilamos el planeta, porque nos quedaríamos sin o casi nada.)

Por eso el final de La habitación en llamas es una redención.

Una lágrima que no se esperaba.

La flor marchita y aplastada que la amada encuentra -demasiado tarde- en el bolsillo del amado muerto.

.

.

HjorgeV 03.08.2017

«DECEPCIONADOS Y OFENDIDOS»

.

Son legión. Cada mañana llegan

a la Tierra por oleadas invadiendo

sus calles, tiendas, entidades

y oficinas con su mal humor.

.

Duermen con sus teléfonos bajo

la almohada para no perderse ningún

clic de los que odia y envidia a la

vez, aunque esto es recíproco.

..

El rey Sheram de la India quiso

premiar al inventor del ajedrez

y este colocó un grano de trigo

en la primera casilla del tablero,

diciendo que le bastaría con que se

duplicara su número en cada nuevo

escaque hasta completar el tablero.

.

¿Nada más?, se asombró el rey.

.

Los decepcionados esperan una

recompensa similar, a pesar de

conocer el final de la historia.

.

Pero la ambición y la angurria

les impide reconocer sus límites,

que son su incontrolable droga.

.

Nadie les prometió nada.

.

Ningún contrato se firmó.

.

Pero despiertan cada día con

una lista de exigencias que los demás

tienen que cumplir, sin aceptar un No.

.

Y ahí van: camino de la oficina, del

negocio o empresa donde dejan los

mejores años de su vida, solo para

que un imbécil acumule más tableros.

.

.

HjorgeV 14.07.2017

«RÉQUIEM»

.

No creas en nada, cree

en ti,

que, después de

todo y antes que

nada, también 

eres

nada.

.

No intentes

detener al viajero (aunque

no sepa su destino:

coincidirás con él en el último,

que es común a todos

sin excepción),

o sea, tampoco te detengas

a ti mismo pues

volverás a

encontrarte (aunque no te

reconozcas).

.

No pienses mucho en un

futuro mejor mientras

avanzas,

que el futuro se convierte en

pasado cada segundo

y te lo podrías

perder

por estar

pensando demasiado en

él: en este

instante, por

ejemplo.

.

(Vívelo, que siempre es

mejor

que solo dedicarse a

contemplarlo.)

.

Pero lucha y no

te rindas que

la vida se convierte

ferozmente

en pasado como

una bestia obligada

a retroceder y

encogerse,

muchas veces sin llegar

a entender las cosas

del presente:

.

Los llamamos

sueños rotos, pero

deberíamos llamarlos

los sueños

que no nos deparó

la dirección

del viento.

.

La felicidad está a la

vuelta de la esquina,

nos decían las tías

más optimistas

(una de ellas murió porque

los médicos no supieron

dar con su apendicitis

a tiempo), y así nos

acostumbramos a

mirar ansiosos al final

de cada calle,

.

como

si la felicidad

fuera un monumento

en medio de una

maravillosa

plaza 

apta solo para

distraídos.

..

Pero un día

empiezan las derrotas y

crees notar que

la

muerte está

en cada calle,

en cada hora, incluso en las

más risueñas, muy

cerca:

la llamada

de la bestia

encogiéndose

que no admite

peros ni

contemplaciones.

.

Entonces las campanadas de la

iglesia se convierten

en el funeral diario

que nadie se desea para sí.

.

Como si hasta eso fuera

negociable.

.

.

HjorgeV 09.07.2017

FUERA LA MÁSCARA

Repasar las novelas más importantes del siglo que acaba de pasar, puede ser un magnífico ejercicio mental, aparte de un placer literario.

En la novela -casi- homónima de D. H. Lawrence, Lady Chatterley tiene un amante. Es el guarda del coto, un simple y rudo obrero.

En Trópico de Cáncer el protagonista ha sido enviado a París por una razón que él mismo no entiende.

El lector, por su parte, solo sabe que es artista y vive en una villa donde todo reluce y está en orden.

Pero, sobre todo, percibimos su completa libertad para escribir.

¿No parecen historias de otro planeta?

Hoy las relaciones se deciden por el consumo, que, ya convertido en emblema y seña personal, es el que une por encima del amor.

La gente se enamora ‘mercadotécnicamente’: atendiendo a las marcas que consume el otro.

Por otro lado, ¿aún existen artistas libres?

Personalmente, tengo la impresión de que los últimos que había se murieron de hambre.

Si sobrevive alguno, debe hacerlo en muy malas condiciones.

En Trópico de Cáncer, Henry Miller refiere cómo decide marcharse a Francia para llevar una vida de escritor bohemio en París.

Sus primeros tiempos allí son más que miserables, durmiendo cada noche bajo un puente distinto y comiendo de la caridad.

Lo salva un compatriota (un tal Richard Osborn, abogado), que le ofrece usar gratuitamente una habitación de su apartamento y le deja cada mañana 10 francos sobre la mesa de la cocina, para sus gastos.

¿Quién haría hoy algo así?

Ni siquiera somos capaces de donar 10 euros mensuales para un sintecho o de acoger por una sola noche a un refugiado.

Es más: pagaríamos para evitar que duerma en nuestra casa, pues podría dañar los muebles escandinavos o dormiríamos mal pensando que nos puede robar.

En cambio, que los grandes bancos (y eso en contra de uno de los principios del capitalismo) se sigan salvando gracias al dinero de todos y sin nuestro permiso expreso, no nos quita un minuto de sueño.

Deberíamos quitarnos la máscara:

El experimento que Stanley Milgram realizó hace medio siglo, demostrando que somos capaces de torturar sin piedad si se nos ordena hacerlo, no ha caducado.

No deberíamos levantar el dedo para señalar a otros.

El cerdo nazi, el gran terrorista, el supremacista, los llevamos dentro.

.

.

HjorgeV 25.06.2017

LIBROS CONTRA UN AVIÓN EN CAÍDA LIBRE

¿Es posible hacer feliz a alguien con un libro?

Hace poco, en la fiesta de fin de temporada de uno de mis equipos infantiles, recibí tres libros de regalo.

Se trataba de un vale que podía hacer efectivo en una librería del pueblo vecino, más cercano a Colonia que el nuestro (que solo tiene una iglesia).

Acababa de leer una entrevista a Lorraine Fouchet, una escritora que, en su anterior vida como médica de urgencias, tenía que levantarse a cualquier hora para levantar actas de defunción.

Indagando en la Red, me topé entonces con una frase de su última novela:

«Si lloras en mi entierro, no volveré a dirigirte la palabra», o algo así.

Y enseguida quise leer el libro.

Empero, cuando recibí el vale, pensé en tres mujeres, familiares de mi esposa, a las que podría hacer feliz con su lectura.

*

Tal vez lo más problemático de toda vida sea/es que la vemos como un relato o película, como una novela.

Y, como partimos de que esta tiene que ser una buena historia (para empezar: es la nuestra) y queremos lo mejor para el protagonista, nos encontramos muchas veces con pasajes, sí, con capítulos enteros, que nos gustaría corregir, reescribir o reinventar.

Eso no es posible, bien sabemos.

De ahí que abrir un nuevo libro es la mágica posibilidad de empezar una nueva vida sin tener que levantarse siquiera.

*

Cuando partes de que tu novela tiene que ser buena y al personaje principal no le pueden salir mal las cosas, no es infrecuente el deseo de arrancar algunas de sus hojas.

Tal vez por eso existen los suicidas:

Gente que no acepta su propia historia (acaso por simples cuestiones estéticas/literarias en alguno) y desea tirar, como un escritor frustrado, al tacho sus hojas.

*

Lo menciono, porque hace un par de días, corrigiendo un párrafo de la novela que estoy por concluir, me di cuenta de que lo hacía como si en ello se me pudiera ir la vida (o la muerte, más bien: espantándola).

Entendí que para los humanos cada día, cada hora de nuestra vida puede verse como una historia completa en sí misma.

De hecho, un solo minuto de muchas vidas dan para toda una historia.

*

Si el trabajo de un entrenador es como construir un avión mientras está volando, como ya dijo alguien, solemos no notar que así es la vida misma, en realidad:

Un avión que siempre está cayendo en picada, independientemente del paisaje exterior, de la temperatura interior y de la calidad y cantidad de la comida a bordo.

Aunque nos repugne la idea, cualquier avión (aventura o empresa humana) está condenado, más tarde o más temprano, a estrellarse.

Perecer es nuestro sino.

Lo más común que tenemos.

De ahí la importancia del vuelo mismo y no (o menos) de la meta.

*

Curiosamente, actuamos como si no lo supiéramos, como si lo nuestro fuera la eviternidad.

La muerte es la causante de la peor de las cegueras.

No pienso volver a hablarle.

Prefiero leer un libro.

.

.

HjorgeV 19.06.2017