«PRÓXIMA PARADA»

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Languidece la tarde:

la noche es un volcán de

deseo a punto de estallar.

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Afuera oscurece y en

tu autoconfianza ha sido

noche cerrada un largo mes.

.

Apoyas tu frente en la ventanilla y palpas tus heridas,

confiando en tu resistencia intrínseca: las lecciones

del tiempo en cuestiones de paciencia.

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Pero solo será otra forma de poder

esfumarte sin contriciones ni martirios:

.

Serás un rayo de luz que avanzará por

entre partículas suspendidas

sin sufrir perjurios ni alterar su rumbo.

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Todo es absoluta certeza ahora: solo será mentira tu

rostro de la próxima vez –el que ya te mira desde el

otro lado de la ventanilla-, cuando él llegue

tarde a la cita que volverás a negarle.

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HjorgeV 10-12-2018

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ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (Fin)

-¿Y bien? -dijo Babsy.

Habíamos llegado a la explanada del Pompidou. El sol poniente iluminaba los edificios parisinos por detrás, creando una lejana corona de fuego por encima de ellos.

-¿Y bien qué? -pregunté en mi mejor alemán.

-¿Ahora qué historia me vas a inventar?

Levanté las manos.

Solo deseaba despedirme y escapar. Había practicado alemán un buen rato y eso me bastaba. Además, había tenido suerte, pues el suyo era bastante neutral: el Hochdeutsch -el alemán estándar- que yo había aprendido en el Goethe y que en muchas regiones de Alemania no se habla.

(Si los alemanes reclamaran su independencia en función del idioma o dialecto que hablan, habría, por lo menos, 20 Cataluñas.)

-No te voy a inventar ninguna historia -dije con una sonrisa boba-, no te preocupes.

-No me preocupo.

*

-Mejor para ti entonces -repliqué-. ¿Y sabes qué? -decidí sincerarme-. Cuando te vi la primera vez me deseé hablar contigo, simplemente conversar en alemán. Ahora mi deseo se ha cumplido, así que ya puedo despedirme en paz.

-¿En paz? -pareció burlarse.

Me llevé la mano a la boca para imitar por unos segundos el japapeo intermitente de guerra de los indios norteamericanos, en las películas.

-Si deseas, en guerra -dije-. Pero esa ya sería tu elección. Yo me voy en paz.

-Detesto las guerras -respondió ella. Luego añadió, como quien no quiere la cosa-: En la esquina hay un café al que me encanta ir.

Levantó un brazo y empezó a avanzar en esa dirección.

*

En el asiento trasero del bolbaguen de Carloncho iba Catrin.

Nos dirigíamos al Jorge Chávez, el aeropuerto de Lima.

Yo iba en el asiento del copiloto, apenas consciente de estar habitando mi último día en mi país y de que corría el riesgo de llegar tarde y perder el vuelo a París.

(De haberlo perdido, habría perdido también esta vida, desde la que transcribo estas líneas; y otro, muy diferente, habría sido mi mapa vital.)

Pero ahora no es el bolbaguen de Carloncho el automóvil que me lleva a Alemania, y estoy abandonando París, no llegando.

Voy en un Opel. El conductor es un alemán que suele viajar a Francia y llevar Mitfahrer (compañeros de viaje) para compartir la gasolina.

Nos aprestamos a traspasar la frontera y nuestro próximo destino será Múnich.

Michael -el conductor del Opel- se ha detenido en la última estación de servicio francesa para repostar, pues en Alemania todo es más caro.

*

Ya estamos en octubre. El frío otoñal empieza a hacerse notar y los días son más cortos. (En Lima duran más o menos lo mismo todo el año.)

Desde una cabina telefónica marco el número de Babsy.

-Tenía ganas de hablar contigo -susurro al auricular.

-Qué bueno… Pienso con ganas en ti, ¿sabes?

-¿Aún te gustaría volver a verme?

-Por supuesto. Ojalá que podamos cumplir ese sueño alguna vez.

Me contengo e invento:

-Sueño cumplido, sueño pulido. Por eso mejor es no soñar.

*

Babsy es de Wuppertal, pero estudia en la Sociedad Europea de Danzaterapia en Monheim am Rhein, un pueblucho de cuarenta mil habitantes a 600 kilómetros al norte de Múnich y muy cerca de Colonia.

Mi plan es establecerme en la capital de Baviera y desde allí visitarla cada par de semanas. (Que París está más cerca lo compruebo solo años después.)

En la explanada del Beaubourg acabo de conocer a Darío Herrera, un músico peruano que vive en Múnich y quien me ha hablado maravillas de esa ciudad, animándome, de paso, a establecerme allí.

Babsy, por su parte, me ha prometido amor eterno al despedirnos en la Gare du Nord: Ich werde Dich immer lieben! -me ha dicho al oído.

Ha sido una despedida más que triste.

Un bello rostro deformándose por la pena.

*

Así que ahora me dirijo a Alemania, un país que ya conozco y cuyo idioma domino.

Llevo en el bolsillo el poco dinero que he podido ahorrar en los últimos tres meses con el grupo.

Me siento libre, confiado y optimista, y eso, a pesar de que dejo París del todo: mi precaria vivienda, mis planes de estudio, el grupo, algunos amigos, mi afán de poder dedicarme a escribir.

(No he podido despedirme por última vez como había querido de R., mi anfitriona, pues Michael, el del Opel que me lleva a Múnich, ha dado las diez como hora de encuentro y R. estaba en ese momento en su taberna favorita, contenta y ya achispada, y no he querido entrar a malograrle la noche. Por suerte, ya nos habíamos despedido antes.)

Mi confianza se debe al hecho de que ya conozco Alemania y hablo el idioma ( he pasado dos años atrás un par de meses en Mannheim gracias a una beca), y a que Darío me ha prometido alojarme en su casa de Múnich.

Que una de las mujeres más bellas del planeta me haya jurado amor eterno, también es uno de mis combustibles, debo suponer.

*

Me voy tranquilo de París, con el equipaje mínimo que he aprendido a portar y que incluye el haber aprendido que toda libertad implica siempre una responsabilidad; aunque solo sea la de defenderla.

No he podido comprarle los boletos de vuelo a Carloncho, pero, por lo menos, he podido enviarle de vuelta el dinero que me había dado para ese fin.

(Muchos años después él mismo me contará que había llegado a creer que mi plan era quedarme con su dinero, maldiciéndome por ello.)

Mis últimos días en la Ciudad Luz han sido una especie de vuelo galáctico, sin orientación en medio de tantas estrellas dispersas e inconclusas.

He vuelto a visitar el Beaubourg, el puente de Notre Dame; recorrido la Rue de Rivoli, Les-Halles y sus inmediaciones; Saint-Denis, Saint-Germain-de-Prés, el Barrio Latino, todo Le Marais.

Mi estado es, ha sido, el de flotación absoluta en mis últimas noches en París. Sé que me acaba una vida y empieza otra. Ignoro que todo saldrá muy diferente de lo planeado o pensado.

Por ignorar, ignoro mucho, también lo que las puertas que se me van presentando me ofrecen detrás. Con humilde curiosidad procuraré ir abriéndolas.

La vida es una gran avenida diversa y misteriosa.

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HjorgeV 25-11-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (XII)

El sexo como forma de entender la vida.

El sexo como una atalaya desde la que observar el mundo.

El sexo como combustible y huida hacia atrás y al interior.

El sexo como hilo conductor, rescatador de la memoria.

El sexo como elemento narrativo aglutinante, desde el que se teje y afianza el resto.

El sexo como fuente de sorpresa y conocimiento.

El sexo, simplemente el sexo.

Lo que para otros podría ser el dinero, la ambición, maldad, éxito, mero miedo, el simple paso del tiempo, una gran pena.

*

Era médica.

Vivía sola y decía que había «olvidado hacía muy poco» su edad.

Le calculé cincuenta, pero ahora creo que acababa de entrar a los cuarenta, esa edad y fase más que especial para muchas mujeres, sobre todo cuando no han formado familia ni pareja estable.

Una de sus últimas cartas me llegó cuando yo ya vivía en Colonia y acababa de conseguir, por fin, una vivienda que podía llamar mía, aunque la compartía con otro estudiante.

Abrí su misiva como si hubiera sido remitida desde otro planeta o dimensión, más que sorprendido.

Acompañaba la carta un mapa de la costa atlántica francesa, sobre la que había dibujado el posible itinerario de «notre voyage l’été prochain»: los lugares y hoteles que visitaríamos, los restaurantes, museos y otros sitios de interés.

Si la idea de un recorrido por la costa francesa en verano no me atraía, concluía, podríamos recorrer las Antillas o el Caribe.

*

Había sido la primera persona en acercarse a felicitarnos tras nuestro concierto en Royan.

Lo hizo con un ramo de rosas en las manos, mientras a su lado una anciana parecía observar todo desde una cabina de mandos, en la que disponía de instrumentos y enciclopedias capaces de verificar sus impresiones del mundo exterior: su madre.

Cuando se detuvo y levantó en nuestra dirección las flores, alguien me empujó para que recibiera el ramo en nombre del grupo.

Tras los saludos y agradecimientos, nos preguntó si le aceptaríamos una cena en su casa, ofreciéndose a transportarnos en su Mercedes hasta allí.

*

Fue una velada entretenida, salpicada de anécdotas y situaciones rarísimas que recién, al final, cuando el responsable del grupo se dirigió a mí en tono confidencial en un rincón, pude entender:

-Existe la posibilidad de que nos quedemos a dormir aquí -se relamió.

-¿Cómo así?

-Ella misma nos lo ha ofrecido.

Sabiendo que eso nos permitiría ahorrarnos los gastos del hotel de turno, manifesté mi aprobación.

-Sigues sin entenderlo -añadió él-. Tendrías que dormir en su cuarto.

-¿Y ustedes?

-Nos las arreglaríamos. Hay dos habitaciones más.

Me costó entenderlo, por lo que no respondí enseguida.

-No -dije cuando por fin entendí que me estaba pidiendo que me prostituyera por ellos-. Ni hablar. Que lo haga otro.

-Te quiere a ti, carajo.

No cumplí mi palabra. Me vencieron el alcohol, la curiosidad, además de su indudable atractivo, sus exquisitas maneras, erudición, su desbordante simpatía.

*

Regresé a París más animado.

Volvía a sentirme dueño de mi presente y futuro, de mis propios pasos.

El fantasma que llevaba a cuestas empezaba a ausentarse más frecuentemente, permitiéndome cierta independencia.

Añoraba tener una novia, enamorarme, hacer planes; cumplir mi sueño de llegar a tener mi propia buhardilla y dedicarme a escribir en ella.

Empezaba a entender cómo funcionaban las cosas y ya no me dejaba llevar simplemente.

No sabía que esas serían mis últimas noches en París y que el destino es un ser con mucho humor y mayor miopía.

*

Un día vi un cartel en el que se anunciaba una «fiesta de salsa» en un antiguo mercado cerca de la estación de Saint-Germain-des-Prés.

La fiesta resultó ser de puros vallenatos, un género que yo desconocía y nunca había bailado.

Me quedé pasmado al ver la cantidad de gente que disfrutaba de la música, preguntándome si todas las extranjeras ahí presentes, sabrían que no era salsa lo que bailaban.

Estaba por retirarme cuando conocí a Rita, una estudiante alemana que había decidido alargar su estadía en París después de haber trabajado de au pair.

Lo primero que me dijo fue que se alegraba de poder, por fin, hablar su idioma con alguien.

*

Ahora vivía en uno de los mejores barrios de París, pero en una chambre de bonne: la habitación antiguamente destinada a los empleados domésticos de la familia que ocupaba el resto de la vivienda.

La ‘habitación de la criada’.

A la que se accedía por una escalera secundaria y aún se mantenía como hacía un siglo, con un simple lavamanos por toda comodidad, mientras que el baño -compartido con los demás ocupantes del piso- seguía en el rellano.

Creo que esa noche se rompió la magia que me ataba a la Ciudad Luz, entre los tiernos abrazos de Rita, repasando con mis dedos su cortísimo cabello castaño, gozando sus manos cariñosísimas.

Lloramos cuando me anunció que esa sería su última noche en París y que no volveríamos a vernos.

*

El grupo tenía sus grupis, francesitas de mirada melancólica y esperanzada, dotadas de una gran y ardiente paciencia.

Aunque Jeanette no era una de ellas, solía visitarnos y pasar largas horas con nosotros.

La llamaban Confecciones Jeanette, pues vendía ropa a muy buen precio, sobre todo bluyines.

Bastaba decirle el modelo y la talla, y ella te los conseguía al día siguiente.

Después entendí que los robaba en los grandes almacenes.

París volvió a descender otro escalón en mi particular escala interna.

*

La tarde que volví a ver a Babsy a la salida de la biblioteca del Pompidou, ya había contado con que no volvería a verla y que tal vez ya había abandonado París.

Volvió a noquearme su belleza: las simétricas proporciones de su rostro, sus abultados labios, su larga y fuerte cabellera. (Poco después se haría famosa su Doppelgängerin: Claudia Schiffer.)

Alguien me había dicho alguna vez que la belleza era pasajera y que, por eso mismo, había que gozarla; y esa frase se quedó rebotando en mi cavidad craneal como una bala incapaz de encontrar la salida.

Babsy acababa de despedirse en alemán de una amiga y yo volteé, preparado para toparme con su novio, el Chino Misterioso. Como no vi a nadie, se me escapó un:

-Yo también hablo alemán.

*

Me miró como dispuesta a soltarme una bofetada y luego dijo, con clara mofa y desprecio:

-Interesante…

-No tengo ningún otro interés -levanté las manos-. Sé que tienes novio.

-¿A quién te refieres?

-Al Chino Misterioso. ¿O tienes otro más?

Eso le provocó una corta, pero auténtica carcajada.

-¿Qué pretendes? -me soltó con cólera no fingida-: Was hast Du vor?

-Nada. Escuché que hablabas en alemán y quería practicarlo. Eso era todo.

*

La volví a ver pocos días después, en una de las salas del Pompidou.

Pensé en esconderme o cambiar de rumbo, pero ya era demasiado tarde, así que me esforcé por morderme los labios cuando nos cruzamos.

-¿Y? -me lanzó con tono burlón y gesto altivo-. ¿Ya conseguiste a alguien con quien prac-ti-car tu alemán?

La rabia me atacó tan inesperadamente, que no pude contenerla:

-¿Siempre eres así?

-¿Cómo?

-¿Estúpidamente creída? Debe ser extenuante.

Preparado para una justa queja, continué mi camino.

-Has acertado -dijo ella.

*

-Suelo ser así con la gente que me miente -añadió, consiguiendo que me detuviera.

-Si te refieres a mí, no mentí cuando dije que solo me interesaba practicar mi alemán.

-Imposible de creer.

Me encogí de hombros.

-Suele suceder -dije.

-¿Lo ves? Acabas de reconocer que lo usas como táctica para cazar alemanas distraídas. Pero yo no lo soy.

Esta vez la carcajada fue mía.

*

-Para tu tranquilidad -le dije-, te conozco, por así decir, desde hace mucho y, ya ves, nunca intenté hablar contigo.

-Lo sé.

-¿Qué sabes?

-Que me conoces.

-Desde que te vi con tu novio y me imaginé intercambiando un par de palabras contigo. Pero no lo puedes saber, así que no digas que lo sabes.

-Estoy acostumbrado a la mirada de los hombres. Y la tuya fue diferente.

Traté de reír, sin conseguirlo y solo dije:

-Pasaba por un mal momento. Seguro que miraba como un perro apaleado.

-¿Y? ¿Ya lo has superado?

-¿Qué crees?

-Has osado hablarme.

-Sí -me resigné-. Lo siento.

-No digas tonterías.

En ese momento el conserje nos indicó con señas que la biblioteca se aprestaba a cerrar y teníamos que abandonar el recinto.

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HjorgeV 20-11-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (XI)

De París en tren hasta las playas del Atlántico y de allí a caer entrelazado con S. sobre un campo de centeno.

Ahí es donde yazgo ahora, con los brazos y piernas extendidos, observando un fantástico azul celeste.

Los viñedos que caracterizan la zona semejan superficies geométricas infinitas deslizándose sobre ondulantes colinas de caprichosas formas.

S. está de pie y, mientras se acomoda y sacude su vestido, me observa con una mezcla de orgullo, deseo y vergüenza, y una gota de melancolía futura.

Antes de regresar a la fiesta del pueblo, de la que nos hemos escapado media hora atrás, me lanza un beso volado como dedicando una plegaria a alguien con quien ha compartido años de pasión.

Pero solo han sido minutos.

*

Sonrío a pesar de que acaba de interrumpir nuestra extraña e inesperada aventura sexual, impidiendo que llegue a su culmen.

Todo ha empezado con profundas miradas mutuas, como si nos conociéramos de otro mundo y estuviéramos intentando recordar en cuál.

Así hemos ido avanzando hacia los vecinos campos de maduro centeno, alejándonos de la masa que baila, bebe, come, canta.

Justo antes de engarzarnos me ha quedado mirando para decirme que preferiría quedarse con un buen recuerdo.

-¿Que sería…? -intenté controlar mi zozobra al ver que se apartaba de mí.

-Con dos, en realidad. El de haber llegado tan lejos sin conocerte.

-¿Y el segundo?

-El de haber vencido a tiempo la tentación.

No supe qué decir ni pensar y lo tomé como lo que era: un extraño e incompleto regalo del universo; o sea, del azar.

Y le devolví el beso volado.

*

En París habíamos abordado el tren en la Gare de l’Est, después de una serie de contratiempos; entre ellos el de tener que despertar y acarrear hasta la estación a uno de los integrantes del grupo, conspicuo por sus extravagantes borracheras.

Días atrás, yo había comprado varios álbumes de las aventuras de Asterix y Obelix (en francés son palabras agudas), y, con la ayuda de un gastadísimo mini Langenscheidt Alemán-Francés, tenía pensado aprovechar el viaje para continuar mi aprendizaje de la lengua de Marguerite Duras y Simone de Beauvoir.

Dejamos atrás París con sus innumerables plazas, monumentos y parques, bares y cafés, muchos de ellos, por esa época, aún con solo un agujero en el suelo por retrete.

Nos dirigíamos a La Rochelle y luego seguiríamos a Royan para participar en un festival de música.

En este último conocí a S., bailarina y cantante de un grupo sueco.

*

Antes habíamos llegado a La Rochelle, el puerto donde la marina nazi construyó una de las mayores bases de submarinos del Atlántico, con estructuras de 7 metros de grosor, invulnerables a los bombardeos aéreos de los aliados.

Lo que contribuyó a que fuera la última ciudad francesa en ser liberada al final de la guerra.

Varias torres medioevales flanquean su histórico puerto, delatando una larga y antigua historia de ataques y defensas: el precio por su excelente localización geográfica para el comercio marítimo internacional.

Permanecen las estrechas callejuelas de la ciudad amurallada que fue; las mansiones y los palacetes renacentistas financiados por el comercio del vino, de la sal, del bacalao y de esclavos africanos.

En sus playas me sumergí por primera vez en el Atlántico.

Paseando por sus callejuelas y paseos marítimos entendí, por fin, que yo era como Fabricio del Dongo en el genial arranque de La cartuja de Parma, quien, buscando la batalla de Waterloo, no sabía que estaba en plena batalla de Waterloo.

*

Una tarde, nos habíamos emplazado en uno de los paseos marítimos más concurridos para actuar y vender nuestros casetes, cuando, en una pausa, una pasante me preguntó a qué hora terminaríamos de tocar.

Pregunté a los demás y me dijeron una hora, que transmití a la mujer: una francesa a finales de la veintena, con el afectado modo de hablar de alguien especialmente orgullosa de sus logros. Una académica, se me ocurrió.

Quise saber a qué se debía la pregunta y me dijo que le gustaría cenar conmigo.

Como me quedé pasmado, la extraña añadió:

-Pasaré a las ocho y ya me dirás.

*

No sé si volvió o no, porque terminamos mucho antes y, hambrientos como estábamos, nos dirigimos a un negocio vecino de comida al paso.

Allí nos atendió muy rápidamente -porque se aprestaba a cerrar- una chica que enseguida me hizo añorar los abrazos de Francine, especialmente cuando se hacía de noche y, habiendo hecho una reserva en un restaurante, habríamos preferido quedarnos entrelazados hasta el día siguiente.

Inmerso en mi nostalgia, acababa de terminar mi sánguche (el bocadillo de los españoles, el emparedado de los puristas), cuando vi que la chica terminaba de cerrar el negocio y se dirigía a su automóvil.

Sabiendo que cometía una estupidez supina e inútil, pero sin poder controlarme, corrí hasta la ventanilla del copiloto y, tratando de inventarme una buena frase en francés, solo fui capaz de sonreír como el ser más estulto del planeta.

Ella me devolvió la sonrisa y me indicó con la mano que subiera.

*

Días después, acababa de terminar un largo y solitario paseo nocturno por las callejuelas y terrazas de La Rochelle y me dirigía a nuestro hotel, cuando vi a una hermosísima muchacha sentada sobre unas escalinatas.

Parecía meditar con la mirada perdida y era tan bella, que se podía pensar que en cualquier momento se harían notar los fotógrafos y cámaras y alguien gritaría desde la oscuridad: «¡Grabando!» 

¿Qué vi en sus ojos?

Tristeza. Nostalgia. Vacío. Oquedad. Confusión. Esperanza. Temor. Angustia. Vértigo. Saudade.

Una mezcla insólita, teniendo en cuenta su belleza casi hiriente, dolorosa.

*

Me atreví a acercarme y preguntarle si todo estaba bien con ella, sintiéndome como en una de esas escenas cinematográficas en las que alguien acaba de precipitarse de un quinto piso y un pasante le espeta: «¿Todo bien?»

Pero ella negó con la cabeza.

Intuyendo que había algo más, le pregunté si hacía mal preguntándole por su estado.

Sonrió de una manera muy extraña y me respondió algo más extraño aún:

-Duele. Pero si no lo hubieras preguntado, habría dolido más.

*

Dudé un eterno instante, mientras pensaba en todas las alternativas posibles: que su enamorado la había abandonado por otra y ella había decidido suicidarse.

Que había escapado de un peligro mortal minutos atrás. Que había perdido la memoria debido a alguna droga. Que no estaba bien de la cabeza.

A pesar de su aspecto de mujer adulta (tenía una hermosa figura), se notaba también que era bastante joven aún -¿al borde de los 17?-, así que sus padres debían estar esperándola en algún lugar de La Rochelle.

-Vamos -le dije finalmente-, dime dónde están tus padres. Deben estar preocupados.

Me contestó que no había salido de viaje con ellos.

-Bueno, dime dónde te esperan tus amigos. Te acompañaré. 

-He salido de viaje sola.

Aturdido, le pregunté si podía hacer algo por ella antes de retirarme.

-No tengo donde pasar la noche -fue su respuesta.

*

La llamaré Geraldine.

Durante varios meses llevé en mi billetera su carné de identidad, que dejó olvidado en nuestro hotel y que recién descubrí cuando nos aprestábamos a dejar La Rochelle.

*

Esa noche le ofrecí mi cama, dispuesto a dormir sobre la alfombra.

Se negó tan rotundamente, que tuve que aceptar compartir el escaso espacio disponible.

Ya a su lado, traté de evitar cualquier contacto, pero en un momento dado se aferró a mi cuello con una determinación tal, que sigo sin saber si me ha vuelto a suceder algo parecido en mi vida.

Lo hizo con una aleación de resignación y esperanza, gratitud y deseo, confusión y claridad, desesperación, absorción. Todo mezclado y revuelto. Y vuelto a remover hasta la turbiedad irreconocible.

*

Terminamos amándonos en silencio absoluto, como en una inmersión conjunta acuática, nocturna.

Mientras, afuera, el universo clamaba por sus poderes perdidos momentáneamente, como quien llama a la ventanilla de un automóvil sin ser atendido.

*

Geraldine desapareció al día siguiente de mi vida como había llegado: inesperadamente y sin aspavientos.

En su carné de identidad figuraba que acababa de cumplir los 16.

*

La llamaré Marie.

Era estudiante de medicina en Lyon y esa era la primera vez, me contó, que visitaba una discoteca en La Rochelle.

-Es mi primera discoteca -le respondí.

-¿Nunca has salido a bailar?

-Por supuesto, pero solo a fiestas. O en otro tipo de eventos.

Conversamos luego largo y tendido, sin bailar apenas, a pesar de que a eso había ido yo; mejor dicho, la dejé hablar largo y tendido, que era la mejor forma de seguir aprendiendo francés para mí.

*

A eso de las cuatro de la madrugada anunció que se retiraba a su departamento, un regalo de sus padres por sus buenas notas, o algo así.

Como solíamos hacer al final de las fiestas con nuestras amigas en Lima, le ofrecí acompañarla para disminuir los posibles riesgos.

Lanzó una carcajada notable.

-Tú lo que quieres es acostarte conmigo -replicó.

Debí hacer un gesto de extrañeza poco convincente, porque enseguida añadió:

-Vamos, no creas que te tengo miedo.

Me habían pasado ya cosas más absurdas, así que solo asentí en silencio y salí detrás de ella.

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HjorgeV 13-11-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (X)

De niño creía que los cementerios se habían hecho para los muertos. Pero a estos no les importa -ya no les puede importar- nada.

Son los vivos a quienes remuerde la conciencia o la nostalgia.

Y es en las necrópolis donde ensayan sus rescates imaginarios y a destiempo, reescriben escenas, corrigen palabras y pasos fallidos.

*

En cierta forma, me había convertido en una especie de fantasma en París.

Me imaginaba ya muerto con una claridad y sosiego que a mí mismo me asombraban, sin haber conseguido poner un pie firme en la Ciudad Luz.

Quien iba en mi cuerpo no era yo. Solo era mi doble sobreviviente.

Alguien con la certeza de que, cuando la suerte se torcía, no había fuerza humana que pudiera enderezarla, y que por ello era mejor hacer las paces con los dados del destino. Llamémoslo azar.

*

Por eso no me asombró demasiado que una tarde lánguida de verano (los días empezaban a ser cada vez más cortos en su ruta hacia el otoño), después del amor, Francine me anunciara que ese sería nuestro último encuentro.

Se aprestaba a dejar Francia.

-Cuídate -me dijo.

-Gracias, tú también. ¿Adónde viajas?

-A África. Hay mucho por hacer en ese continente.

No pregunté nada más; tampoco cuando cenamos ese atardecer en una terraza muy concurrida, entre la Rue de Rivoli y el Pont Neuf, con el sol declinando al fondo, despidiéndose también.

*

El hecho de haberme sabido a un paso de la calle, a pocos pelos de convertirme en un sin techo, y eso a miles de kilómetros de mi ciudad de origen, me prodigaron el sosiego y la claridad mencionados, ahora que por lo menos tenía donde dormir y unos mínimos ingresos diarios.

Más bajo no podía caer.

Además, R. me había dicho algo impagable:

-Puedes quedarte aquí hasta cuando quieras.

*

A veces, cuando ella volvía del trabajo, bajábamos a beber una buena ronda de cervezas en algún bar de Saint-Denis o de la Rue Rambuteau.

Me dolía el brillo azul gris de sus ojos cuando regresábamos juntos, sabiendo que nunca nos perteneceríamos.

Yo había empezado a disfrutar de los paseos solitarios de mi fantasma, acompañándolo en esta nueva etapa, aún sin derrotero conocido o imaginable.

Me dejaba llevar, mientras soñaba con diversos escenarios.

Uno de ellos era estudiar cinematografía en La Sorbona, la forma más concebible que se me ocurría de poder dedicarme a escribir sin tener que confesar mi vano sueño de hacerlo en una buhardilla parisina.

*

Ya acostumbrado a mi condición fantasmal, un atardecer, en un rincón de la explanada del Beaubourg (los demás integrantes del grupo ya habían guardado sus instrumentos y se despedían), se me acercó un hombre con una rosa en la mano.

Debió notar mi azoramiento, porque enseguida me dijo, señalando a una rubia sentada sobre la explanada:

-Te la envía mi amiga.

Asentí con una ligera venia en su dirección, tratando de disimular mi rubor.

Le agradecí al hombre por la rosa y me preparé para huir enseguida; tal era el pánico que sentía. Pero L. ya se había acercado y me ofrecía un trago de su botella de vino.

Lo hizo con una sonrisa tan bella y cálida, que fui incapaz de negarme, diciéndome que aprovecharía la siguiente oportunidad para escabullirme de allí.

*

Pocos minutos después, se despidió el acompañante de L., no sin antes repetirme al oído que no me preocupara por él, que solo era un admirador.

Terminamos la botella y me dejé llevar por L. a través de un extraño circuito de bares, salpicado de contorsiones eróticas conjuntas en los rincones más impensados del barrio Le Marais y los alrededores.

Hasta que entendí que L. buscaba una llave y que el ‘admirador’ era la razón por la que tenía que hacerlo (no llegué a entender si eran novios o solo amantes, acaso casados a punto de separarse).

L. era norteamericana y ya llevaba varios meses en París, por lo que tenía numerosos conocidos y amigos.

Entendiendo que yo vivía de prestado, ahora ella trataba de conseguir que alguno de ellos le prestara su departamento (en París son muy raras las casas) y poder, así, calmar nuestras respectivas llamas.

*

Finalmente no lo consiguió y, puesto que ya éramos dos náufragos solo a la espera de una playa, propuse que nos dirigiéramos al departamento de R.

Tuvimos suerte, porque regresó a casa cuando L. ya se había ido.

Nunca he vuelto a encontrarme con una mujer tan atractiva como ardorosamente necesitada de calor sexual, capaz de hacerlo detrás de un arbusto, sobre el capó de un automóvil en una oscura callejuela o en el zaguán de un edificio.

L. sigue siendo todo un misterio para mí.

*

Ese encuentro me sirvió como una especie de golpe vitamínico.

Y así empecé a dejar de ver con envidia y nostalgia del futuro a las innumerables parejas que circulaban por las callejuelas de Marais, por la Rue de Rivoli, el Quai de l’Hôtel de Ville (el Ayuntamiento de París), la explanada del Beaubourg o el interior del Centro Pompidou.

También me dio seguridad el hecho de que todo había sucedido cuando yo no buscaba nada, ni siquiera un poco de fuego sexual.

*

Así conocí a M., quien había comprado un casete del grupo ese mediodía y acababa de reconocerme mientras yo paseaba flotando a pocos milímetros del suelo por Les Halles.

La acompañaba una amiga, también norteamericana como M. y L.

Nos invitamos a tomar un café y me contaron que llevaban una semana en la ciudad, que pernoctaban en el loft de una amiga y que esa sería su última noche en París.

*

El loft resultó ser uno modernísimo y con el piso revestido de madera, aunque relativamente pequeño como loft.

Sobre el brillante piso de madera pernoctaban las dos amigas, en sus respectivas bolsas de dormir.

M. me propuso compartir la suya conmigo esa noche.

Recién pasadas las doce o la una, cuando su amiga ya debía dormir, nuestros cuerpos empezaron a invadirse y fundirse en uno.

Fue un acoplamiento lento, con la intensidad de una misión imposible, especialmente sentido y silencioso, esforzándonos lo indecible para no despertar a nuestra vecina, quien dormía a solo un metro (aunque creo que lo percibió todo).

Dos caníbales inocuos en medio de la noche, despidiéndose en su primer encuentro. M. volvería al día siguiente a su país, yo me aprestaba a viajar a la costa atlántica con el grupo.

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HjorgeV 04-11-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (IX)

Lo dijo el genial Albert Bartlett (Shangai, 1923 – Boulder, Colorado, 2013), físico de profesión: el mayor defecto humano es la incapacidad para entender las funciones exponenciales.

Imaginemos dos personas. Y que cada una avanzará 30 pasos.

La primera dará pasos normales.

En el caso de la segunda, la distancia alcanzada tras cada paso se duplicará cada vez.

¿Cuánto avanzarán las dos personas al final de la treintena de pasos?

*

Los seres humanos no solemos entender (ni esforzarnos por entender) los sistemas y problemas demasiado complejos.

(Si a eso sumamos nuestro irrefrenable impulso por las soluciones simples y las respuestas simplistas, ya tenemos la fórmula que está acabando con el planeta.)

Curiosamente, a veces en el desorden, en el caos, se encuentra el sentido de las cosas.

El amor no suele llegar cuando se lo está buscando.

Es más bien al revés.

Pero, ¿cómo dejar de buscar lo que se anhela?

(La segunda persona habrá dado 30 veces la vuelta a la Tierra tras sus 30 pasos.)

*

La tarde de la mañana que decidí romper el cordón umbilical que me ataba a la pareja franco-chilena que me hospedaba, me topé con L. en el Beaubourg, quien enseguida me presentó a R., una rubia parisina de melancólicos ojos claros y cabello ondulado.

Como si fuera la cosa más común del mundo, L. le pidió a R. que me alojara en su studio, un departamentito de la Rue de Temple, muy cerca de la Plaza de la República, donde R. me acogió enseguida.

Incapaz de salir de mi asombro, aún turbado, después de que R. me indicara dónde iba a dormir, le dije abiertamente, en una mezcla de castellano con inglés y el poco francés que había aprendido, que tenía una especie de novia, Francine.

Y le pregunté si le molestaría que me visitara alguna vez.

Non, pas du tout -me respondió con su habitual sonrisa de ángel custodio.

*

Así fue como empecé a visitar el Beaubourg, el Centro Pompidou, en las dos largas pausas que hacía el grupo para el que había empezado a tocar.

L. había cumplido la otra parte de su promesa y enseguida me había contactado con una banda que buscaba un músico multiinstrumentista y cantante.

Esa fue mi suerte.

Lo malo era que apenas recibía al final de la jornada una propina: un exiguo porcentaje de la suma que ganaban vendiendo sus cedés.

*

Pero a mí me bastaba y hasta, tal vez, me sobraba.

Estaba en París y eso era impagable: la ciudad donde había vivido y escrito Cortázar, en la que había muerto Vallejo cumpliendo su autoprofecía:

Moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

*

Yo soñaba con París desde que había leído La tía Julia y el escribidor.

Escribir en una buhardilla parisina. Ese era mi sueño lunar.

Ajeno al mundo y a todo.

Por ignorar, ignoraba que Mario Vargas había tenido la absoluta convicción de que solo viviendo en París podría convertirse en escritor.

También desconocía que Henry Miller, cuyo Trópico de Cáncer no había llegado a leer antes de mi partida, había tenido su particular aventura parisina.

Ángel custodio incluido.

*

Empecé a moverme dentro del triángulo que forman la plaza de la República, el Louvre y la Plaza de la Bastilla.

La hipotenusa era el Sena, con la imponente Notre Dame al otro lado (la Rive Gauche, el margen izquierdo que yo apenas pisaba), y, sobre uno de los catetos, se hallaba el Museo Nacional Picasso.

En los casi cinco meses que estuve en la Ciudad Luz, salvo por las interrupciones de un par de semanas debidas a los viajes con el grupo, nunca visité el Louvre, ni Notre Dame ni la Torre Eiffel (el apellido del constructor proviene del nombre de una región volcánica y boscosa, ubicada en el Land donde domicilio ahora).

Vivía del aire, de la propina que recibía del grupo, de mis nostálgicos paseos y de mis visitas al Beaubourg.

De no haberme prendado tan pronto del Centro Pompidou, no habría encontrado a L. y tampoco a Babsy.

*

Vivía del aire y en el aire (hasta que regresaba al studio de R. por la noche) con los quince o veinte euros al día que me daba el grupo.

Iba al Beaubourg por su biblioteca y porque en su plataforma delantera podía pasarme largas horas contemplando el pasar de la gente y las actuaciones de los diferentes artistas que por ahí recalaban.

Por no saber adonde dirigirme, fui al Beaubourg la tarde que decidí cortar el cordón umbilical que me unía a la pareja franco-chilena donde estaba alojado. Y así me topé con L., quien me presentó a R.

De no haber sido por él, y por ella, ¿adónde habría ido a parar?

Esa experiencia me enseñó algo: a no tomarme demasiado en serio la suerte, mala o buena.

*

Yo era una especie de último eslabón de la cadena, y el penúltimo (la pareja franco-chilena) acababa de anunciarme que me había convertido en un ser prescindible.

Antes de que me lo dijeran explícitamente, me despedí.

Ni siquiera había pensado que Francine podría ayudarme, pues, ya desde un comienzo ella había marcado las condiciones de nuestra relación: ella sería la que me llamaría o buscaría. Yo me limitaría a esperar.

¿Era casada? ¿No vivía en París?

Nunca me atreví a cuestionar esa pauta ni a hacerle preguntas sobre su «otra» vida. Yo venía del Perú, de una época bastante dura en la que nadie preguntaba nada o muy poco, por simple cortesía, discreción o sentido común.

(Todo un contraste con lo que después me encontraría en Alemania y que aún me sigue asombrando, pues, a pesar de creerse muy discretos, mis convivientes se interesan muy pronto por el estado de tu cuenta bancaria, por ejemplo.)

*

Alguien me dijo, o lo leí, que siempre eran las mujeres las que decidían el inicio de una relación.

Todos tenemos por lo menos un McGuffin y, a veces, varios Godots. Muchas veces se confunden parcialmente ambos: pues alguien puede creer, como los cristianos, en una existencia posterior a la muerte y, mientras tanto, procurar llegar a director o gerente, o, simplemente, ocuparse en mantener a su familia.

Siguiendo la definición de Hitchcock, en una película un McGuffin puede ser un maletín, un documento, una carta, una joya, una promesa, un artefacto extraño. El santo Grial, por ejemplo.

Caminando por París, una ciudad de la que desconocía su idioma, de golpe, sin advertencias ni airbag, de repente me di cuenta de que no tenía ningún McGuffin ni esperaba a Godot.

Mi vacío era múltiple y escabroso, pero por lo menos tenía dónde dormir, suficiente dinero para comer y una biblioteca inmensa a mi disposición.

En ese interludio, una tarde inesperada, un ramo de flores me salvó.

.

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HjorgeV 26-10-2018

«ESTA MAÑANA QUE NO TERMINA DE BACAR»

.

Salgo flotando de puntillas de mi sueño,

desmarañando los flecos del amanecer

que se entremezclan con los de mi mundo

subconsciente: un ladrón que no sabe

qué hurtar a escondidas de su propio hogar.

.

En ese espacio flotante, deudor de vida y

consciencia, de muerte y nada absoluta,

me desplazo con la ligereza de un dios

que huye hacia la eternidad de tu mirada.

.

Nada ha cambiado en el mundo de fuera:

las luchas siguen siendo las mismas, el

olor de la derrota y el desgano permanecen:

más allá, lejos de ese otro fragor de victorias

encadenadas, amanece, que no es poco.

.

Alguna vez vendrán y se llevarán todas estas

reliquias: invasores concentrados en el diseño

de sus futuros museos, leyes y detritus.

Recogerán todo lo que aún flota en el aire y

no ha sido absorbido por las conciencias severas.

El oro volverá a hacer oro. O sea, nada.

.

Perseverarán estos recuerdos infames. Tu forma de darle

consistencia a mis días. La pureza de tu resplandor

cuando hablabas de cambiar el mundo.

Vendrán y el universo callará, ahíto de respeto.

.

No será más mía esta mañana que no termina

de bacar, este despertar alucinado estirando 

inútilmente un brazo hacia el espacio que ya no ocupas.

.

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HjorgeV 17-10-2010

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (VIII)

Leo en Sapiens. De animales a dioses, la genial obra del historiador Yuval Noah Harari (Kiryat Atta, Israel, 1976), que en la Europa medioeval la nobleza creía a la vez en el cristianismo y en la caballería.

Por la mañana el noble asistía a la iglesia para escuchar al sacerdote predicar que las riquezas, la lujuria y el honor eran tentaciones peligrosas, y que debían ser humildes como Jesucristo, evitar la violencia y ofrecer la otra mejilla en caso necesario.

Por la tarde el noble vestía sus mejores vestidos y más tarde se iba a un banquete, en el que corría el vino, chistes lujuriosos y se intercambiaban sangrientos relatos bélicos.

Las Cruzadas les permitieron a estos nobles aliviar esta contradicción, aunando bravura militar y devoción religiosa en una sola empresa.

*

Las activistas de FEMEN utilizan sus cuerpos (parcialmente desnudos) como medio de protesta, pues es un método mediáticamente efectivo.

El segundo mayor estado capitalista del mundo es -oficialmente- comunista.

Parece ser que el mayor porcentaje (conocido) de pederastas organizados se encuentra en el seno de la iglesia católica, que considera a la bondad, el respeto y la castidad virtudes elementales.

El activismo antiglobalización se vale de las herramientas de la globalización para lanzar un mensaje global.

Asesinos y criminales suelen llevar una cruz en el pecho.

Los mismos que consideran repugnante que ciertas mujeres se cubran el rostro debido a sus creencias religiosas, no permitirían que sus esposas e hijas salgan desnudas a la calle.

Nacionalistas que son hinchas del Barcelona: acaso el equipo más global dentro del deporte más global de todos.

Una economía de mercado que salva a los más ricos entre los ricos (los bancos) con el dinero de los demás (quienes, de paso, ni se quejan.)

Curas que se explayan sobre matrimonio y sexo.

Los más pobres del planeta son los más solidarios. Y al revés.

Más terrorismo (de Estado) para ‘acabar’ con el terrorismo.

Gente que encuentra un sentido a su vida acabando con ella.

*

¿Vivimos para contradecirnos, anhelando/buscando siempre más contradicciones?

¿O, por el contrario, son las contradicciones las que nos permiten vivir, darle sentido a nuestra vida, aunque solo sea para comprobar que respiramos y podemos pensar?

En todo caso, ¿cuál es la ventaja que nos proporcionan esas contradicciones?

¿O no funcionamos guiándonos entre lo que nos da ventaja y lo que nos estorba, molesta o impide avanzar?

¿Deseamos avanzar continuamente? ¿Buscamos siempre ventajas para conseguirlo? 

¿Fuma el fumador (aparte de su lucha perdida contra una potentísima droga) porque el placer es mayor (más ventajoso) que el cáncer que podría acabar con su adicción (tras acabar con él)?

¿Y, si ese cáncer acorta el periodo placentero posible, qué sentido tiene seguir fumando?

Digo tabaco.

Podría decir amor, dinero, escala social, fama, angurria, poder.

Simple deseo de protección. Supervivencia. Cualquier relación humana.

*

De modo que ahí voy, camino al Centro Pompidou, mi magnífico Beaubourg, desplazándome por las calles de París como un imbécil: un fantasma que ignora que se acerca a su fin en una agradable tarde de verano.

(O tal vez ya lo sabe y por eso se muestra indolente, pues, ¿qué más da?)

Hasta aquí he llegado.

Caminos, rutas, tiempo, espacio y travesías para llegar a un simple callejón sin salida.

Haber estudiado Física y Matemáticas no me ha servido para calcular ni prevenir siquiera los riesgos más mínimos y obvios de mi aventura sideral.

(Los viajes de los mileniales de hoy son otra cosa y, en más de un sentido, superseguros:

Con sus fonos pueden hacer y prever contactos, posibilidades y ofertas; estudiar mapas y rutas; y, en caso de peligro o angustia económica, recurrir a los amigos o wasapear gratuitamente a mamá.

De no haber encontrado un sofá prestado antes, se entiende.)

*

¿Qué me había imaginado? ¿Que París me abriría sus puertas y que superaría cualquier escollo por grande que fuera?

Mucho antes de subir al bolbaguen de Carloncho que me llevaría a la estación espacial llamada aeropuerto Jorge Chávez para abandonar mi particular planeta llamado Lima, había preguntado y recolectado experiencias, anécdotas e historias sobre gente que había pasado por Europa.

Así me había hecho con una lista de direcciones, números telefónicos, datos e informaciones adicionales relevantes.

Me había entrevistado con una serie de compatriotas que habían recorrido Alemania, Francia, Suecia y Dinamarca. La mayoría de ellos, músicos.

Mi estadía en Mannheim, gracias a una beca dos años atrás, me había permitido orientarme en el mundo de los músicos transhumantes, pues había llevado conmigo mis instrumentos.

Me creía preparado.

*

¿Cómo, si apenas llevaba dinero encima y no sabía cómo ganar uno nuevo?

¿Qué diablos me había imaginado?

¿Buscaba un nuevo mundo? ¿O era, más bien, laxa, irresponsable curiosidad lo mío?

¿Por qué, en todo caso, abandoné mi refugio temporal, pero seguro, solo porque mis anfitriones me habían llamado la atención por dos faltas triviales, menores?

¿Puede el orgullo matar a una persona?

¿Ponerla en peligro gratuitamente?

*

¿Existe el destino, vale decir, está todo, de alguna forma, determinado, escrito previsto, y nuestra única labor en el universo es comprobarlo, testificarlo?

Mucha gente piensa así.

Ahí está el momento cuando veo salir de una estación del Metro a mi excompañero U., justo cuando no sé qué hacer ni a quién acudir. ¿No es eso destino, suerte, casualidad?

¿Por qué dejé pasar esa oportunidad?

¿Por vergüenza?

*

Todo creyente cree en un destino predeterminado, pues, de no hacerlo, negaría a su propio dios:

Este solo podría ser omnipotente, omnisciente y omnipresente en un escenario fijo, predecible.

No en uno caótico y azaroso, donde nada es lo que parece y todo está mutando continuamente.

*

Un dios no podría ser omnipresente, si no supiera cómo y cuál es el espacio a ocupar y en el que moverse. (Teóricamente, todo el universo.)

Vale decir, debe conocer tanto el espacio presente como el futuro.

Un dios no podría ser omnisciente, si el caos y el azar lo sorprendieran a cada momento.

Debe conocer cada acción y movimiento futuro, por venir.

Un dios no podría ser omnipotente, si no pudiera por lo menos conocer a lo que se va a enfrentar.

Debe conocer a sus futuros enemigos, oponentes, retos, tareas o complicaciones.

Saber lo que se viene.

Como sabe o conoce ese futuro, entonces ese porvenir ya existe (por lo menos en su conocimiento).

*

Personalmente, prefiero imaginarme el mundo como una misión mal explicada a un puñado de incapaces, del que formo parte, y en el que el verdadero dios de todas las cosas es el azar.

Es lo que me permite avanzar con más tranquilidad en la oscuridad de mis pasos, aceptando mi papel de simple gusarapo en la sopa universal, consciente de que cada nueva respiración es una suerte:

El abrevaje que me permitirá afrontar esta extraña y cortísima aventura llamada vida.

*

L. (o sea el azar) me salvó la vida esa tarde parisina.

Por lo menos esta vida, desde la que escribo estas líneas.

Cuando aposté con mis hijos en mi última visita a París, a que la primera persona a la que le preguntara por L., sabría darme razón sobre su paradero, lo hice porque ya me había imaginado que L. no solo había obrado así conmigo.

Hay personas así.

Verdaderos ángeles de la guarda, atentos a caídas ajenas.

Incluso en pleno Atlántico.

*

-¿Qué haces? -me preguntó entusiasmado L. esa tarde de junio, en una pausa del concierto de su grupo sobre la explanada del Pompidou.

-Buscándomelas -respondí-. Acabo de llegar de Lima.

-¿Y cómo te va?

-Prefiero no responder -dije, tratando de mantenerme ecuánime.

-Ah, no tienes grupo. -Sonrió él.

Preferí no comentarlo.

-Pero, ¿tienes dónde vivir? -insistió.

-Prefiero no responder -repetí.

-¿Tienes suficiente guita?

Traté de armar una forma de sonrisa, pero debió salirme la más idiota que tenía.

-Chóper, hermano -me dijo L., posando sus manos sobre mis hombros-. Tú no te preocupes. Desde mañana vas a tener donde vivir y un grupo con el que trabajar. ¿De acuerdo?

Solo pude asentir en silencio.

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HjorgeV 11-10-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (VII)

¿Qué me llevó esa lejana mañana de junio parisina a abandonar el departamento de la pareja que me alojaba, a pesar de no tener adonde ir y encontrarme en un país extranjero en el que no conocía a nadie, sin boleto de regreso y apenas dinero en los bolsillos?

¿Qué me llevó a lanzarme al vacío?

¿Estupidez supina? ¿Orgullo desmedido? ¿Cierta autoconfianza? ¿Desconcierto absoluto?

¿Una mezcla de los cuatro?

¿Haber conocido a Francine?

*

De ella ya sabía que secreteaba nuestros encuentros: yo no la podía llamar y siempre tenía que esperar su llamada, por lo que suponía que estaba casada o comprometida con otro hombre.

(Tal vez con una mujer. Quién lo sabe. Me ha sucedido al revés: que una chica terminara dejándome por otra.)

Cuando Francine me llamaba, lo hacía solo para mencionarme el nombre y la dirección de un hotel en el que había reservado una habitación, además de la hora del encuentro.

*

Nos amábamos luego en silencio, atravesando, desdoblando, mezclando los diversos planos y recovecos de nuestros propios espacios personales como guiados por un efectivo alucinógeno.

Tenía una figura de envidia y sus lentos, pero plásticos movimientos la remarcaban aún más. No me abrazaba: me abrasaba con sus brazos y el resto de su cuerpo, transportándome a un estado de perfecta flotación.

Solo desentonaban -por decirlo de algún modo- una pizca lejana sus turgentes, enormes y bien formados pechos, pero sobre todo debido al fuerte contraste con la gracilidad de su silueta. De haber sido un fetichista mamario, me habría creído en el paraíso.

Por lo demás, Francine era una droga holística, potente y silenciosa.

*

Después del amor, me conducía, a modo de un amante ciego, a un restaurante, en el que también había reservado previamente una mesa.

¿De qué hablabámos si ella no hablaba mi lengua ni el inglés y yo tampoco la suya?

Me enseñó un par de frases en su idioma con las que podía preguntarle por todo: ¿Cómo se llama esto? ¿Qué significa estotro? Comment s’appelle ça…? Qu’est-ce que ça veut dire…? 

Con Francine aprendí el primer francés que aún puedo usar, mientras paseábamos con nuestros pies flotando a pocos centímetros de las aceras y calles parisinas.

El mundo era nuestro entonces por un par de horas: un simple escenario de nuestra locura y éxtasis temporal.

*

De modo que no contaba con ella en mi catapulta al vacío. De hecho, como había abandonado mi refugio, ella ya no podría llamarme a la casa de la pareja franco-chilena.

Por otra parte, yo ya había quemado mis dos grandes naves:

La posibilidad de que el primo de Carloncho me alojara por unos días (pues no había pasado de compartir un simple café en un establecimiento de lujo).

La otra nave era W., el músico que llevaba muchos años en París y que, cuando lo conocí en Lima, me había animado a saltar el Charco.

*

¿Qué me quedaba? Solo un par de contactos más, cuyos números telefónicos enseguida marqué en una cabina, pero sin ningún resultado.

Empezaba a sentirme de humo y sufrir el vértigo del inminente abismo.

Sin saber qué hacer, me dirigí al Pompidou: un fantasma que ignoraba su condición.

Mi salvación momentánea era que aún tenía un problema por resolver, lo que me permitía aferrarme al mundo real.

*

Sucedía que por ese entonces los precios de los vuelos Lima-París eran mucho más baratos comprados en París, así que Carloncho me había dado el dinero para que le comprara su boleto y se lo enviara luego por correo.

Por desgracia, justo por esos días los precios se emparejaron y yo ahora tenía que devolverle su dinero, pero no sabía cómo, pues no hablaba francés y los franceses eludían hablar otros idiomas.

(Esto último ha cambiado por completo. No hace mucho hice la prueba de hablar en castellano y siempre pude encontrar a alguien que lo hablara en la Ciudad Luz.)

*

¿Qué hacer?

El puñado de hispanohablantes a los que me atrevía a consultar, no supieron responder mi pregunta, más allá de una mirada perdida, mezcla de dolor y locura.

Uno me habló de un bosque en el que solía acampar gente que, como yo, no tenía dónde ir.

Otro me mencionó la posibilidad de recoger botellas y venderlas para poder pagarme una habitación.

Asqueado y espantado, llegué a pensar en arrojarme a las vías del tren.

*

Entonces, como por arte de magia, vi en pleno centro de París a U., un excompañero de colegio con el que me había llevado bastante bien.

Sin embargo, en vez de correr a su encuentro para saludarlo y preguntarle si podría brindarme alojamiento por una noche, mi reacción fue esconderme.

Obviamente, la cabeza no me funcionaba bien.

Y, mientras me alejaba de U., volví a pensar en las vías del tren como solución.

El mundo había empezado a oscurecerse y cerrarse como el cielo encapotado que preludia una tormenta.

*

En mi última visita a París les hice a mis hijos una apuesta.

Que me bastaría preguntar en la calle a una sola persona para dar con el paradero de L.

París es una ciudad de varios millones de habitantes, ¿cuál era entonces la probabilidad de que la primera persona a la que le preguntara en la calle por L., lo supiera? Con mala suerte, escogía a alguien que ni siquiera vivía en París. 

-Suele parar en un bar que está en la calle tal -fue la respuesta de la persona que elegí.

*

Encontré a L., precisamente, al final de esa tarde de vías de trenes y oscuridad mental.

Tocaba con su grupo en la explanada del Beaubourg. Apenas lo reconocí, me mezclé discretamente entre el público que los rodeaba.

Lo conocía de Lima, donde habíamos coincidido en varias actividades culturales y conciertos de la San Marcos.

Cuando terminaron de tocar, me señaló lanzando un grito de júbilo:

-¡Chóper! ¡¿Qué haces por acanga, hermano?!

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HjorgeV 09-10-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (VI)

De pronto, por entre los miles de libros de la exposición que ocupaba varias salas del Les Halles, apareció Francine como desplazándose sobre pausados patines.

Un hada escapada de su mundo fantástico a través de un repentino intersticio o fractura de su revestimiento dimensional.

Aparte de su aura, me fascinó enseguida su manera de vestir (un hada), así como la de desplazarse por entre los pasillos de la exposición, como si pudiera leer sin tener que abrir los libros, ni siquiera tomarlos entre sus manos.

Como ya lo había hecho con Babsy, me imaginé a su lado.

Nos imaginé hojeando juntos novelas y poemarios, comentándolos en nuestros respectivos idiomas.

*

La seguí con la mirada, desde muy lejos, temeroso de que pudiera notar mi presencia y mi anonadado interés.

Me contentaba con seguir sus gráciles movimientos mientras hojeaba un libro tras otro, levantando la vista de cuando en cuando para embriagarme con su visión.

Con todo, en un momento dado se produjo una congestión en uno de los pasillos, quise huir para disimular mi mirada embelesada, pero terminamos coincidiendo uno o dos segundos, cuerpo a cuerpo, en un atasco, ella detrás de mí.

Un instante eterno, extendido sensorialmente por el tacto de sus turgentes pechos contra mis omóplatos.

Tendría que haberme quedado paralizado, pero, en cambio me invandió un pánico glacial y huí.

*

Todo el mundo tiene su McGuffin.

Lo sepa o no, lo quiera o no, se mueve de acuerdo a él.

Quieres ser médico. O ingeniero. Quieres que tus hijos crezcan sanos. Que tu pareja sea feliz contigo. O simplemente no pasar hambre. Comprarte una casa, un automóvil.

O quieres servir a un dios.

A la patria. A un partido o grupo.

Ser millonario o tener un simple sueldo decente. O llegar a ser un personaje importante, famoso.

Astronauta. Vendedor, futbolista, premio nobel, profesor, científico, escritor, periodista, arquitecto, cocinero, gastrónomo, carnicero, conductor de bus, maestro de escuela, panadero.

Salvar refugiados.

Cambiar el mundo. O solo tu vivienda (con la ayuda de Ikea).

*

En el ámbito cinematográfico, un McGuffin es un objeto o persona que desencadena, azuza o potencia la trama, pero sin ser importante en sí mismo; vale decir: es intercambiable.

Su función es mantener la tensión, no dejar que decaiga esta. Lo que es (su naturaleza) no importa mucho.

En la vida de cualquiera (la vida es, después de todo -y nada-, una simple y cortísima película) siempre hay un McGuffin, que es, por así decir, lo que nos permite (con o sin ideología o filosofía, y conciencia de ello o no) esperar a Godot.

(En Esperando a Godot, una obra teatral de Samuel Beckett, dos vagabundos esperan en vano a un tal Godot, con quien no está claro si tienen una cita. Al final, el público no llega a saber quién es Godot ni qué asunto tienen que tratar con él.)

(Teatro del absurdo. O sea, de la vida.)

*

Dos días antes de la exposición de libros en Les Halles, me había citado con el primo de Carloncho, tras marcar en una cabina telefónica el número que llevaba meses escrito en mi Libreta de Viajes y Apuntes.

(Tenía direcciones y teléfonos de diferentes puntos de Europa en ella: de unos chicos de Winterthur, en Suiza, con los que había recorrido los Caminos del Inca hasta Machu Picchu y habíamos compartido un fondue.

De una alemana de Bremen, que me había encandilado con su mirada de fuego azul y me había pasado con mano temblorosa sus datos.

De Elke, la chica que me había visitado en Lima tras concluir mi beca en Mannheim y con la que había estado a punto de iniciar una larga relación tres años antes.

Además de otra gente de París: conocidos de conocidos de conocidos, todos solo por referencias o recomendaciones.)

*

Había contado con que el primo de Carloncho me invitara a pasar por su casa, pero solo me nombró un café donde citarnos, que resultó ser una especie de pequeño palacio con vistas a una plaza de ensueño.

(Que París estaba llena de plazas así, ya lo sabía. Pero esta me pareció singularmente especial, acaso porque pronto podría ser el escenario de un nuevo cambio de rumbo en mi vida.)

D. llegó con el aspecto y la prisa de un director de un banco durante su pausa del mediodía, pidió dos cafés y me preguntó si deseaba comer algo.

Aunque no era cierto, respondí que no de la manera más amable posible y luego me soltó un cuestionario que respondí más amablemente aún:

Cuándo había llegado a París, qué hacía, qué había hecho en el Perú, dónde vivía, qué planes tenía. Solo le faltó preguntarme cuánto dinero tenía.

Y no sé si yo le habría dicho la verdad, pues el poco dinero que había traído conmigo de Lima ya casi se me había agotado y no tenía la más mínima idea de cómo haría después.

D. se despidió después de pagar el precio equivalente a dos kilos de café, añadiendo, como si hubiera estado a punto de olvidarlo, que lo llamara si tenía algún problema o necesidad.

No me atreví a decirle que por eso lo había llamado y solo le hice adiós con la mano.

*

En mi cobarde huida (de los turgentes pechos de Francine) no reparé en lo que sucedía a mi alrededor.

Recién volví a la realidad cuando, varios minutos después de ese contacto inesperado y volcánico, levanté la vista del libro que había escogido para refugiarme en un rincón de otra inmensa sala de la exposición y la avanzando en mi dirección.

Aún sentía el rescoldo en mis omóplatos, que enseguida se trasladó a mis mejillas.

Quise desaparecer cuando ella se detuvo, a escasos dos pasos. Solo le faltaban las alas. Y yo necesitaba un par urgentemente.

Sin saber qué hacer, la miré y vi que me sonreía tímidamente.

(Música: una mezcla de Matándome suavemente con su canción, en la versión de Roberta Flack, y The most beautiful girl, de Charlie Rich. Entorno: libros, nada más que libros. Luz: cenital, disminuyendo poco a poco.)

*

Entonces, en plenas entrañas de ese monstruo llamado Metro de París, y como si mi destino fuera un sencillo logaritmo que, seguido al pie de la letra y con paciencia, solo podía conducirme al éxito, el día anterior me había encontrado con W., el músico que en Lima me había animado a dar el salto a la Ciudad Luz.

Desde que había llegado a la capital francesa, lo había llamado repetidas veces al número que me había dado en un bar en el que habíamos compartido memorables veladas, pero nunca había contestado.

Encontrarlo en la mayor estación subterránea del mundo, Châtelet-Les Halles, provista de varios niveles y por la que hoy pasa casi un millón de pasajeros diariamente, era algo parecido a una verdadera hazaña. Y eso sin considerar que yo no sabía dónde vivía ni por dónde se movía W., pues solo tenía su número telefónico.

*

En uno de los niveles subterráneos de Châtelet-Les Halles lo reconocí desde lejos.

Iba con su guitarra, marcando un paso muy firme, casi militar.

Enseguida corrí hacia él, con la mente puesta en las veladas que habíamos compartido en Lima y en su ofrecimiento de «armar un buen grupo en París».

Sin detenerse, me dijo que no tenía tiempo ni ganas de hablar conmigo.

Quise decir algo, recordarle lo que me había dicho en Lima, pero apresuró aún más su paso y se perdió entre la muchedumbre.

Al día siguiente conocí a Francine.

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HjorgeV 30-09-2018