MI PRIMERA VEZ

Era muy joven la primera vez que me enamoré y no sabía lo que hacía.

Ella era mucho mayor. Tal vez me doblaba la edad.

Me gustó enseguida su forma de hablarme y tratarme, como si yo realmente existiera.

No solo por eso me enamoré: gocé de su cercanía corporal un buen rato, casi una hora; en distintas posiciones y lugares. ‘Escondrijos’ los llamaba ella.

El enamoramiento me duró hasta mucho después de que las monjas llamaran a «recogerse» a las chicas que ayudaban en el convento. Tal vez iban para monjas. No lo sé.

Solo sé que se retiraron corriendo, sin mirarnos apenas, como avergonzadas por haber estado jugando a las escondidas con nosotros: un grupo de niños de la ciudad de visita en su convento rural.

Yo tendría unos doce o trece años. Tal vez ella solo dieciocho o veinte y no me doblaba la edad. Pero así me parecía y me rebosaba un orgullo extraño.

En ningún momento llegamos a tocarnos en nuestros escondites, en sus escondrijos.

Me bastaba su electricidad telepática, sus vibraciones, completadas con su respiración en mi oído; las extrañas posiciones que asumíamos para no ser vistos, como si estuviéramos desnudos a pesar de nuestra ropa y posáramos para un artista.

Fue mi primer enamoramiento.

Yo tenía solo doce o trece.

Y me duró más de dos horas. Hasta hoy.

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HjorgeV 20.03.2017

CARNAVAL MUSULMÁN

Se dice que si Brasil se organizara económica y políticamente como lo hace para los carnavales, sería el país más organizado del mundo.

El carnaval es una catástrofe positiva para los brasileños. El momento en el que el mundo se invierte.

Acá en Alemania -en Colonia concretamente- la gente lo toma como la oportunidad para soltar al cerdo que llevamos dentro:

Die Sau rauslassen, como se dice en alemán.

Las cerdadas son tales y tan numerosas, que de haber sido el carnaval musulmán, ya lo habrían prohibido en este país.

*

Lo solté hace muy poco a modo de chiste, en pleno carnaval, precisamente, y, contrariamente a lo que había esperado, nadie se rio.

-No creo estar exagerando. -Solo conseguí que me miraran peor.

Algunos, incluso, se mostraron indignados.

-Es mi cerdada, mi contribución al carnaval… -traté de salvarme.

Un tanto sorprendido por las reacciones, me tomé la molestia de investigar en la Red.

Estos son las cifras de la policía colonesa respecto al año pasado:

El carnaval produjo 600 denuncias, entre ellas 50 por delitos sexuales que iban «desde ofensas hasta violaciones».

*

Las ventajas del victimismo como estrategia son varias:

  1. Si los demás son los culpables, tú solo puedes ser la víctima.

  2. Y ya puedes apoltronarte y señalar cómodamente a los culpables.

  3. Como víctima, la responsabilidad no es tuya.

  4. Ni siquiera tienes que esforzarte por cambiar. Eso es asunto de los culpables.

  5. No solo eso: tienes derecho a cariño, consuelo y lástima.

  6. Puedes compadecerte de ti mismo y dedicarte a lamer tus heridas.

  7. Estás en el bando de los buenos. (Los malos son los otros.)

  8. Te corresponde una remuneración o indemnización.

  9. Sin hacer nada, recibes algo.

  10. Y ya puedes empezar a confeccionar la lista de culpables.

  11. ¡Y hasta ganar un concurso: el de la exhibición de tus desgracias!

*

El victimismo está de moda.

Lo saben los populistas, quienes, además de echarles a sus rivales la culpa de todo, se inventan desgracias.

Pero van más allá, en una especie de huida hacia adelante: proponiendo soluciones absurdas, simplemente imposibles u otras que no piensan cumplir.

Todo vale.

Y los electores se lo creen todo.

*

«No estoy en contra ni a favor, sino todo lo contrario», era una frase que, no hace mucho tiempo, se usaba para burlarse de los políticos.

Había más, como aquella –dicen que real– de Pinochet:

«Ayer estábamos al borde del abismo, hoy hemos dado un paso hacia adelante».

Sin ser chileno, uno se reía; gran consuelo.

Pinochet, precisamente, uno de los precursores de esta Era Trumpesca, explicó el golpe contra el elegido presidente Allende de esta guisa:

«la democracia, que siempre hemos respetado, será custodiada por las instituciones armadas, para impedir que pueda ser violada».

Tenía su lógica (trumpesca).

Pues cuando un violador secuestra a su víctima para cometer su crimen, la «salva» de otro violador.

Trumpismo.

En su estado más puro.

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HjorgeV 01.03.2017

¡Y EL ERROR VA PARA…!

Sucede.

Todo está preparado para un anuncio concreto y, en el último momento, una equivocación, una confusión, un malentendido (por mala fe o no), un simple descuido y, zas, se anuncia la película equivocada.

Hacia el final de la cópula, hasta 500 millones de espermatozoides corren en busca de un único óvulo fecundo. A ciegas.

Pero solo uno lo consigue.

Tal vez, cuando ya le habían anunciado a otro espermatozoide (portador de otro sexo) el ‘triunfo’. O él mismo ya se había considerado triunfador.

¿Cuántas veces no nos ha sucedido en la vida?

Cada día, acaso:

Solo que no nos enteramos de los tejes y manejes de los dioses, de sus equivocaciones y aciertos diarios, de su timba divina (que les dure eternamente, que su condena sea no salir de su particular casino).

Aquí sobre la tierra, no nos queda sino tomarnos todo deportiva y resilientemente, levantarnos y volver a la brega.

¿Que el árbitro anuló nuestra canasta o gol que era válido y nos iba a permitir pasar a la final?

¿Que otra compañera o compañero se queda con el puesto de trabajo por el que tanto te habías esforzado y ya lo creías tuyo?

¿Que nadie menos que Patancito de Tal termina con la reina o rey del baile, a pesar de que te sonreía más a ti y sabías que harían mejor pareja?

Contra esas cosas poco o nada se puede:

Solo levantarse, acomodarse un poco la ropa, limpiarse la sangre de la nariz y ¡a seguir intentándolo!

Si verdaderamente tu equipo es mejor que el campeón, ya volverá a tener su oportunidad para demostrarlo.

Y volverá a haber otra fiesta u otro baile y acaso entonces seas tú el Patán de turno.

Las confabulaciones de todas las estrellas y dioses contra ti existen, pero son un simple tiro de dados. Los dioses también se equivocan. Y mucho, como podemos comprobar a diario en cualquier medio de comunicación.

Saliste europeo o asiático, pero bien pudiste nacer en África o Australia. O no nacer, simplemente.

Te faltó una mano, pero otros nacen ya desnutridos o condenados a morir de niños en un bombardeo con ideas y armas europeas.

Nadie escoge su nacimiento: ni el lugar, ni la fecha ni la familia y menos las circunstancias (históricas, políticas, sociales, económicas) en las que nacerá. De ahí la importancia de la solidaridad familiar, ciudadana, nacional, internacional; entre amigos y desconocidos.

El que construye un muro para proteger su bienestar económico no sabe que el que está esperando detrás para saltarlo, bien pudo/puede ser él mismo (alguna vez):

De modo que el muro es solo una demostración de su ignorancia, además de su impotencia y simple incapacidad para hacer mejor las cosas (para todos). 

¿O alguien puede afirmar que un muro -una cárcel voluntaria- es algo bello e inevitable?

(El mundo, la vida, se parece bastante al jenga, ese juego que consiste en levantar una torre retirando alguno de sus bloques para colocarlo en su parte superior y aumentar su altura.

En algún momento, el planeta, perdón, la torre, se desbaratará. Y entonces acaso se te ocurra construir un muro para poder jugar tú solo, creyendo que así te funcionarán las cosas y no se caerá tu torre.)

El problema surge cuando tú mismo tienes que decidir, cuando no puedes echar la culpa de tus decisiones a los demás.

Cuando, sabiendo a lo que te metes, vas, votas y, zas -vamos a decir-, te decides por Trump.

Los dioses deben estar muriéndose de risa allá arriba. O abajo. O dentro de nosotros. (Quién sabe.)

¿Qué otro gozo les queda como simples lanzadores de dados?

Por lo menos, esta vez el Óscar ha tenido dos ganadores y un director español que no ganó ya ha dicho que esperará aún.

No vaya a ser que se hayan equivocado también con su película.

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HjorgeV 27.02.2017

MAGNÍFICA IDEA

Le cuento a mi editor que he decidido cambiar el comienzo de mi historia. Ahora comenzará con un sueño: que puedo volar, que sé cómo hacerlo y cómo transmitir ese conocimiento apenas despierte.

-Volar es muy fácil en el sueño -le explico-: una mezcla de intuición, relajación y cierta práctica.

Solo deseo despertarme para poder correr a dar la buena nueva a la humanidad.

-El comienzo anterior me gustaba más -me dice el editor.

-Lo mismo me dijo la última vez y terminó aceptando el nuevo comienzo.

El editor me mira como diciendo: «¿Y qué me quedaba?»

-No sé de dónde ha sacado la idea del sueño -me dice-, pero no creo que sea el momento para complicar innecesariamente la trama de su historia.

-No es ninguna idea que he sacado de ningún sitio. Fue un sueño que tuve.

Llevo diez años escribiendo mi última novela y mi editor cinco al borde de la histeria porque aún no se la entrego lista.

-¿No cree que este sería el momento de mostrar madurez y entregarme por fin el manuscrito?

Controlando mi voz, le digo:

-No pienso terminarla solo porque a usted le interesa que la termine.

-Me dijo que la terminaría en un año.

-Ya le he devuelto el dinero que me adelantó.

-Pero sigue tomándome el pelo: antes me dijo que solo sería un mes, luego seis.

-No pienso terminar nada solo porque a usted le interesa que sea así -le repito.

-Es parte del negocio vender una obra.

-No me interesan los negocios.

-Bien, ¿qué le interesa?, ¿qué desea? Deme una nueva fecha.

-No le pienso dar ninguna -no me reconozco-. Pienso pasarme el resto de mi vida corrigiendo mi novela. Me divierto después de todo.

-¿Le parece normal?

-¿Está insinuando que podría tratarse de una enfermedad mental? En todo caso sería mi enfermedad, ¿no cree?

-Reconocerlo ya es un paso importante para su recuperación.

Me está insultando, pero lo entiendo.

-No le hago daño a nadie -digo.

-A mí.

-Porque usted mismo se lo ha buscado. Olvídese de mí y de mi novela. Obsesionarse con algo tampoco es muy sano que digamos.

-No me hable así. Llevamos quince años trabajando juntos.

-Cinco. Los otros diez no cuentan. Además, acaba de llamarme loco.

El editor se queda mirando el vacío. Es un magnífico actor. Lo de editor es uno de sus varios destinos posibles: esas casualidades que depara la vida.

-Hagamos un trato -me dice por fin.

-No quiero ninguno más.

-Escúcheme, por lo menos.

Asiento.

-Escriba la historia de un escritor que decide pasarse el resto de su vida corrigiendo su última novela. El tipo se ha vuelto loco y no es capaz de salir del bucle. Cada día cambia el argumento y como el tiempo pasa y los personajes van envejeciendo, tiene que ir alterando su aspecto, además de que van adquiriendo más experiencia. ¿Qué le parece?

-Magnífica idea.

-¿No se lo dije?

-¿Sabe que suele tener magníficas ideas?

-Volvemos a entendernos.

-¿Por qué no se dedica a escribirlas usted mismo?

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HjorgeV 26.02.2017

RUMBO A LAS ESTRELLAS

Me menciona un nombre.

-Es un personaje de una novela fantástica -me explica.

Le digo que no lo conozco. Se asombra, porque es alguien muy conocido.

Su automóvil es automático, pero ella lo conduce como si fuera mecánico: moviendo la palanca todo el tiempo. En el asiento trasero su hijo y otro niño están jugando y parece que estuvieran tirándose de los cabellos o algo parecido.

-Mi hijo es un fanático de las novelas fantásticas -me explica-. De niña yo también lo era, así que a veces compartimos lecturas. A ti no te gusta, por lo que veo.

Le digo que he probado a leer algunas historias de esas ambientadas en otros universos con otras leyes, pero que suelo encontrarme con errores y defectos que me echan a perder todo.

-¿Y qué importan los defectos? Los hay en todo, por doquier.

-Es cierto -le digo-. Pero si el relato, la historia, es buena, uno los acepta y ni siquiera los nota. Esa es la magia de un buen relato. Sabes que es ficción, pero te lo crees y permites que se cree un mundo paralelo en tu mente.

-No sabes lo que te pierdes en todo caso.

-No he tenido suerte con la llamada literatura fantástica, es todo -le digo-. En realidad, ¿para qué más fantasía?

-¿Lo dices por Trump? -ríe ella.

Le digo que desde niño siempre he tenido la percepción de vivir en un mundo paralelo a la realidad. Una forma muy práctica de fugarse de ella, acaso.

-Debe ser horrible… -se compadece.

Sonrío.

-Tú los lees -le digo-. Yo los vivo. Ambos nos divertimos.

Le explico que no bromeo, que muchas veces no sé distinguir la realidad de mis fantasías.

Pero ella lo toma por una broma y ríe, y vuelve a mover la palanca con entusiasmo, ignorando las indicaciones del navegador, por lo que tiene que corregir la ruta constantemente.

Entonces la imagino conduciendo un vehículo que atraviesa el espacio en dirección a las estrellas y veo que ella me ha leído el pensamiento.

Y allá vamos, fantaseando los dos.

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HjV 20.02.2017

«PERRO SEDIENTO»

.

Me acerco a un cruce de 

caminos.

Conduzco un

automóvil que desconozco.

Estoy en una zona con mucha vegetación,

no hay alumbrado público, solo algunos

autos abandonados a ambos lados de la vía.

.

Doblo hacia la izquierda en el

cruce 

y en ese momento me doy cuenta de

que uno de los vehículos abandonados es de

la policía, pero los agentes dentro no se mueven y

solo parecen observarme.

.

Continúo. La noche es oscura y

hay algo de niebla. Veo muy poco y tengo

que guiarme por la abertura de las copas de los

árboles en lo alto, que me indican el camino

libre.

.

En ese momento recuerdo

que teníamos una camioneta cuyos

faros eran muy débiles y a veces teníamos

que reducir la velocidad para no correr

riesgos.

Recién entonces

me doy cuenta de que no he encendido

las luces del vehículo que ahora

conduzco.

.

Lo hago y no mejora

mucho la visibilidad, pero me siento

más seguro con el recuerdo: en

esos tiempos los viajes en

familia eran frecuentes y no

pasaba ningún fin de semana que

no hiciéramos algo

juntos.

.

Poco después me detengo.

Todo ha cambiado a mi alrededor

y ahora es invierno. La nieve

cubre los campos detrás de los

árboles y estos han perdido sus hojas.

.

Acabo de llegar al lugar que

ocupo en este instante.

No entiendo nada.

Solo que me ha costado toda una vida

llegar aquí.

.

Miro hacia atrás.

Estoy solo, tanto en el vehículo como

en la vía.

.

No sé adónde lleva esta,

pero sé que tengo que

alejarme y seguir: no hay

otra elección en el juego

que desconozco y que

me ha hecho posible llegar

hasta donde ahora estoy.

.

No tengo miedo.

Avanzo, acostumbrado a

hacerlo sin pedir

demasiadas

explicaciones.

.

Solo sé que el siguiente ins-

tan-

te

me

está esperando:

impaciente como un perro

sedien-

to.

.

.

HjorgeV 02.02.2017

MI CUARTO DE NOCHE

Mi cuarto de noche: una nave que

ha perdido el capitán 

que nunca tuvo y navega sin rumbo

en un

planeta desorien-

tado

(él mismo a la

deriva en la

más pura

nada).

.

Mi cuarto de noche:

el ruido de un

tranvía, un tren que se

aleja de la estación

vecina tras haber expulsado

pasajeros;

grupos que van y vienen (como si

fuera posible alterar el

propio destino con simples

desplazamientos geo-

gráficos).

.

Mi cuarto de noche:

un taxista que observa el vacío (que

pronto se llenará con la silueta

de un cliente apurado)

para congelarlo

un instante,

mientras sobre las escaleras de la estación

una mujer avanza

sin saber que ha olvidado

su corazón en

casa (la persona que la espera no lo

sabe

aún) (y acaso ella misma

tampoco).

.

Mi cuarto de noche:

una lata de atún vacía,

una mentira

de patas largas

y gasa

negra, una simple habitación de

estudiante en país muy

extra-

njero.

.

.

HjorgeV 20.01.2017

HIELO NEGRO

Acababa de juntar las dos partes de mi largo relato, decidido a terminarlo de una vez por todas, en cierta manera harto de ver cómo cada nuevo día de trabajo engendraba nuevas posibilidades y argumentos: innumerables serpientes de una cabeza de medusa.

Cada tentación no resistida abría, a su vez, nuevas puertas, caminos, historias, situaciones, diálogos, actores, promesas: más serpientes y medusas.

No era hartazgo ni cansancio ni desesperación.

Era haber creído que una novela es un relato que va de A a B, como un tren o un automóvil.

Y que el narrador solo debe ocuparse de describir el paisaje y las estaciones del itinerario, los pasajeros y sus quehaceres y cuitas, el vehículo mismo.

Pero puede suceder que el conductor se enferme o fallen las ruedas o el motor.

O que algún pasajero pierda el tren por un accidente, y su particular historia resulte ser más interesante, pues está a punto de morir.

Y todo eso para no hablar de un descarrilamiento o de un ataque terrorista (como si cualquier guerra no lo fuera).

Entonces la extraña convicción de que todo relato o novela es solo un capítulo de una historia mayor dominante e imposible de domar.

Pero que se tiene que escribir con sangre: la que debe terminar hinchando las venas y las ganas del lector, y darle un empujón feroz a su músculo cardíaco.

Ayer noche, ya tarde, mi esposa había salido con los chicos a una exhibición y seguían sin llegar a casa.

Entonces me llama para decirme que las temperaturas han bajado repentinamente y la lluvia recién caída se ha congelado, formándose una capa de hielo -el temible Blitzeis– sobre pistas y veredas.

Se habían quedado a solo un par de cuadras de aquí y no se atrevían a continuar por miedo a un accidente.

Me vestí y salí a llenar un balde con gravilla, y me acerqué a ‘rescatarlos’.

Esparcí el resto de la gravilla por donde suele pasar la gente que pasea por esta zona, hasta agotar el cubo.

Todo no pasó de un mínimo susto.

Pero hoy me levanté y una noticia acaparaba los titulares: cientos de accidentes ocurridos anoche, por causa del hielo negro por todo el país.

Y hasta hubo un muerto.

En un automóvil que iba de A a B.

HjorgeV 08.01.2017

EL AÑO TONI ERDMANN

El verdadero placer de las matemáticas no está en descubrir la verdad sino en el proceso de buscarla.

Esta es una frase que podría hacerse extensiva al sexo. A la cocina, los goles, la escritura. A la vida misma.

Aparece en Ana Karenina, la novela que Tolstói empezó a publicar por capítulos en El mensajero ruso, pero que no llegó a concluir porque el editor quiso imponer otro final.

Que Tolstói -está de más decir- no aceptó. 

*

Hay que imaginárselo:

Empezar a ver una serie televisiva (o película) cuya programación se interrumpe, porque el autor no se pone de acuerdo con los productores sobre el final.

*

Pero en esos tiempos (siglo XIX) se hacía.

Y muchos escritores podían llegar a tener decenas de colaboradores (se dice que Dumas tuvo 73): para poder inflar los capítulos que iban publicando en diarios y revistas, y, así, sus salarios.

(A veces uno vive así: tratando de inflar los instantes más placenteros -y que tanto se han ansiado-, pero malogrando, muchas veces, el propio ‘salario’. La felicidad y el jabón. El jabón de la felicidad. La felicidad del jabón, que no tiene esas preocupaciones.)

*

El inicio de Ana Karenina es uno de los más famosos y geniales de la literatura universal y, seguramente también, de los más traducidos.

Agrego una versión en nuestro idioma:

Todas las familias felices se parecen entre sí, pero las infelices lo son cada una a su particular manera.

Algo no aplicable a las personas, imagino; pues, como individuos, nos parecemos tanto en lo que nos hace felices, como en lo contrario.

*

Richard Peck, autor de casi medio centenar de novelas, lo es también de una frase famosa:

El primer párrafo es el último disfrazado.

Perfectamente aplicable a Ana Karenina.

*

La rutina de Peck es la siguiente:

Tras escribir una página seis veces, la coloca en una carpeta de tres anillos.

Y, recién cuando considera haber conseguido lo que pretendía, ‘desenfunda’ las siguientes veinte palabras.

Después de un año llega al final de la historia.

Entonces toma el primer capítulo y, sin leerlo, lo arroja a la papelera y escribe el capítulo inicial: pues el primer párrafo es el último disfrazado.

*

Me acaba de suceder (en cierta forma al revés) con Toni Erdmann, una película germano-austríaca anómala, irritante, genial, divertida, rara.

Larguísima, para empezar (casi tres horas y no sé si quedaría igual de potente reducida a dos).

Tanto, que estuve a punto de abandonar la sala a media película, pues no acostumbro a consumir del todo algo, solo por haber pagado su precio total.

*

Me habría perdido el final.

Que es, tal vez, lo mejor de la película. (Que va de la vida y sus cosas simples; es decir, de lo mejor de ella.)

(Final que no había entendido del todo y que me lo tuvo que explicar mi esposa. Otro momento genial. Profundo.)

*

El día anterior, muy poco antes de que concluyera el año, subimos a la Glessener Höhe, una elevación geográfica de esta zona, para observar la quema de fuegos artificiales en las comarcas vecinas.

La vista abarcaba hasta Colonia y el Dom, el monumento más visitado de este país.

Subimos la ligera pendiente en fila, como peregrinos en la oscuridad.

*

Éramos más de un centenar allí: familias y grupos de amigos armados de cohetes, petardos, bombardas, luces de bengala y demás chucherías pirotécnicas.

Además de botellas de espumante y vasos, guantes, gorros y gorras, abrigos y chalinas, pues estábamos a -3,5ºC y los campos vecinos se veían blancos de escarcha muy dura.

(Para Navidad no habíamos tenido tanta ‘suerte’. Hoy, segundo día del año, la nieve cubre casas y vías. Error del calendario.)

*

Pocos segundos antes de las doce los diversos grupos presentes empezaron la cuenta regresiva en voz alta, valiéndose de sus teléfonos.

Entonces ocurrió algo curioso: cada quien contaba atrás a su manera, pues los teléfonos no estaban sincronizados.

De modo que para algunos el año empezó antes y, para otros, después.

Como en el resto del mundo: solo que eso ocurría allí a pocos metros de distancia.

*

-Esto podría ser Alepo -pensé, ante el vértigo y la orgía pirotécnica-, pero sin los colores.

Y, de pronto, imaginando desconocer qué hacía allí (los germanos creían en Wotan, un dios de la guerra, especialmente activo en Nochevieja y al que había que espantar), me sentí rodeado de potenciales terroristas.

De gente que dedicaba su tiempo, energías y dinero a/en/para hacerse de explosivos.

*

Media hora después, mientras emprendíamos el regreso a casa, en medio de nubes de humo atosigante y una más profunda oscuridad, captamos un detalle asaz interesante:

Aún continuaban las explosiones en algunas zonas de la ciudad, pero otras ya habían quedado completamente a oscuras, salvo por algunos destellos aislados.

Entonces nos dimos cuenta de que era posible reconocer a simple vista los barrios más ricos de los demás de Colonia por la cantidad, calidad (colores, altura, intensidad) y duración de sus fuegos artificiales.

Como en el resto del mundo, pensé. Incluyendo sus guerras.

*

En Toni Erdmann hay una larga -e hilarante- escena de desnudos.

Es una escena absurda, como casi toda la película.

Y, como nuestro hijo de 12 años había ido con nosotros, no pude dejar de pensar en las extrañas asíntotas (líneas que se acercan continuamente, sin llegar a unirse), paralelas, secantes (que cortan una curva dos veces) y cortantes de la vida.

A los 15 pasé toda una aventura (haciéndome pasar por mayor de 18; aunque bastaba comprar un chocolate en el quiosco del cine) para poder ver un pecho (¡uno solo!) femenino.

Fueron dos segundos, acaso tres, de visión alelada.

El culmen extásico para nosotros, jovenzuelos incautos.

*

Hoy, cualquiera con un teléfono inteligente o computadora, e independientemente de su edad, tiene acceso gratuito y fácil a millones de productos pornográficos.

Con ese solo pecho nosotros, aún imberbes, nos sentíamos, tal vez no millonarios, ¡pero sí minionarios (‘onanarios’, sería mejor decir) del placer!

*

¿Tanto ha cambiado todo?

No, si consideramos que en EEUU (el mayor productor de armas -y seguramente guerras- del mundo) la exposición de un pezón femenino es todo un tabú y hasta existe una campaña.

Y eso, a pesar de que la violencia es ubicua en ese país.

No solo en sus películas.

*

Quizás por eso, precisamente, porque no contiene ninguna escena de violencia o adrenalínica, Toni Erdmann ha sido muy bien recibida allí.

Mejor película en lengua extranjera para el Círculo de Críticos de Cine de Nueva York, por ejemplo.

Una señal, acaso, de que no todo está perdido.

*

Para este 2017, por lo menos.

*

Un buen año a todos.

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HjorgeV 02.01.2017

«EL SEÑOR DE LOS ABRAZOS» (Relato)

Regresó a su barrio después de muchísimos años.

Lo hizo a comienzos de diciembre, cuando el ambiente navideño ya era notable.

Contra todos los pronósticos y ritos de su empresa, su jefe le había dado diciembre libre y, como hacía más de veinte años que no pasaba una navidad en su país, decidió que sería una buena oportunidad para visitar su viejo barrio y reencontrarse con los amigos de antaño.

Organizar el viaje le resultó relativamente sencillo, pues los mellizos ya habían iniciado sus estudios en otra ciudad y no tuvo que consultarle nada a su ex sobre fechas ni vuelos.

Tuvo la suerte de dar en la Red con un pequeño hostal ubicado en plena avenida principal de su  antiguo barrio y llamó personalmente para reservar una habitación por un mes entero, dejando boquiabierto al encargado.

Recién cuando se presentó con su maleta en la recepción tras un largo viaje, se dio cuenta de que la casona había sido el hogar de uno de sus antiguos amigos y que ahora era un hotel por horas.

Pero ya estaba ahí y no era cuestión de hacerle ascos a unas parejitas que solo querían amarse y apenas se dejaban ver por los pasillos.

Era verano en su ciudad.

Tantos años pasados en una zona geográfica en la que una navidad blanca empezaba a ser algo raro, le habían hecho olvidar lo que era una Navidad con calor.

Se sintió raro cuando empezó a recorrer calles que no había vuelto pisar desde que había salido, cuando apenas era un jovencito con inmensos sueños agolpándose en su cabeza.

Todo y nada había cambiado y no pudo reconocer a nadie en sus dilatados paseos.

La dulcería de la esquina había desaparecido y el lugar de la panadería lo ocupaba ahora una tienda de ropa que parecía extranjera y muy cara, aunque él, que había estado en varios países, no supo de cuál.

Los perros que habían dejado de ladrar a su paso ya no estaban y ahora ni los gatos intentaban huir de él.

Frente a la casa de uno de sus antiguos amigos se paró a observar las nuevas construcciones, tratando de adivinar el tiempo que llevaban en pie, sin poder evitar la sensación de que todo se debía a una confusión producida en el conteo de los años en una nave espacial.

Cómo había cambiado todo, sin cambiar nada.

Los padres de sus amigos ya no estaban en las puertas de sus casas observando llegar la noche ni recorrían las calles para anunciarles que los esperaban para comer.

Se pasó varios días recorriendo las calles de su infancia, tratando de reconocer antiguos rasgos en los rostros alterados por el paso del tiempo y el constante asedio solar.

El resto de la gente nueva parecía de otro planeta, con costumbres y modos que no podía entender ni reconocer, como si solo actuaran para desconcertarlo aún más.

Decidió que se dedicaría a reconocer en los rostros de los adultos a los hermanos menores de sus amigos y a los demás niños de entonces, pero no tuvo mucha suerte.

Todo cambió cuando se encontró con Luis en plena avenida, a quien detuvo poniéndole una mano en el pecho, recibiendo un empujón como respuesta.

-¡Hermanón! -se sobrepuso Luis-, ¡a los años, oye!

Se quedó mudo un instante. El cabello de Luis -lo que quedaba de él- parecía haber deformado sus facciones en su caída y algo debía afectar su boca, pues hablaba sin abrirla apenas.

-Todos se fueron -le explicó Luis-. Hace mucho ya, ¿ah? La casita de tus padres desapareció apenas murieron. Qué pena que no pudieras asistir.

-La empresa no quiso darme el permiso correspondiente porque era diciembre, pero ahora finalmente han cumplido.

-Ah, mira.

-Alguien más tiene que haber quedado en el barrio, ¿no?

-Uff… -espetó Luis-. A ver… ¿Recuerdas a Ricardo?

Cómo no lo iba a recordar.

Con Ricardo, el mismo Luis y otros muchachos había tenido una de las experiencias más gratificantes de su vida recorriendo el barrio puerta por puerta en Nochebuena para darles un simple abrazo de esperanza a cada amigo, vecino y familiar.

Cómo había gozado, pues lo que le gustaba de la Navidad era que siempre podía ser como una oportunidad de volver a empezar, aunque todo volviera a ser como antes después.

Enseguida decidió repetir el antiguo ritual como una forma de recuperar el tiempo perdido, pero Luis no se dejó convencer.

Tampoco ubicó a Ricardo y, con la navidad ya ad portas, decidió empezar solo.

Pronto sus visitas se hicieron famosas en el barrio y diciembre se le pasó volando, y también perdió su vuelo.

Pero no le importó y en febrero decidió continuar con los vecinos de las calles contiguas.

A comienzos de marzo ya era conocido en otros barrios y llamó a su empresa para pedir su liquidación.

-Hace tiempo que no contamos contigo, no te preocupes -le respondieron.

-Un abrazo -se despidió.

En abril ya era conocido en toda la ciudad y ni siquiera los niños lo temían, aunque también empezaron los murmullos.

En abril se enteró de ellos y decidió cambiar de estrategia, añadiendo al abrazo navideño, otro por el nuevo año.

En mayo las autoridades descubrieron que llevaba casi treinta años sin pagar sus impuestos, pero él les dio también un abrazo, consiguiendo que lo dejaran en paz.

Las malas lenguas dicen que volvió a su otro país para patentar su abrazo, pero terminó en la cárcel.

Otras, peores, dicen que murió en brazos de una osa que se tomó muy en serio lo del abrazo, aunque bien podría tratarse de un simple cuento de Navidad.

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HjorgeV 17.12.2016