BERLÍN (III)

La estación central de Berlín es un coloso vibrante. Una gigantesca bóveda, una especie de nave industrial o astillero capaz de acoger a un buque en su interior. Una megaestructura en la que destacan el hierro e inmensos, y ubicuos, ventanales formando un fondo de líneas rectas y suaves curvas: el lugar de paso diario de un cuarto de millón de pasajeros, la mayor estación ferroviaria de la Unión Europea.

Extasiado por la visión, el viajero no puede contenerse y, contra sus costumbres, se aparta hacia un rincón, al margen del flujo de ‘fibras ópticas’ humanas que tejen tupidamente los tres niveles del conjunto, y saca su teléfono para hacerse una autofoto. Es algo que hace muy rara vez, por lo que tarda en darse cuenta de que su rostro ocuparía la mayor parte del encuadre, de modo que renuncia a su plan.

Arrastra luego su maleta hacia la salida y, conforme se interna en la urbe, se imagina al final de la guerra, cuando todo el entorno que ahora ve eran ruinas, escombros, vehículos calcinados, soldados y oficiales en cada esquina, furgonetas y camiones militares; británicos, estadounidenses, soviéticos y franceses: los aliados que se habían repartido la ciudad tras ganar la guerra; y, por entre ellos, desplazándose como si nada hubiera ocurrido y el tiempo acabara de crearse (o perder su sentido), catervas de civiles, mujeres y niños sobre todo. Lo ha visto en YouTube.

El viajero está por hacer un par de simples tomas panorámicas que (ya sabe) no compartirá con nadie ni a nadie (lo reconoce) le interesarían, cuando, al girar en busca de un ángulo más favorable, descubre a un grupo de sintechos que duermen en el suelo. El viajero se los queda mirando un instante sin saber si pulsar el botón o no. Finalmente, guarda su teléfono.

Hay casi 10.000 sintechos en Berlín, ha leído. No es moco de pavo para un país que, de haber pretendido liderar Europa (y el mundo) bajo la bandera del supremacismo, ha terminado consiguiéndolo, pero sin recurrir a la violencia y negándose a asumir, de paso, el papel de superpotencia militar. Como refugiados en su propio país, piensa el viajero, mientras continúa avanzando, sin atreverse a imaginarse como un sintecho.

Para pensar en otra cosa, consulta el podómetro y luego un mapa gúglico de la zona. Apenas ha recorrido un kilómetro y aún le faltan un par más hasta la plaza Wittenberg, el punto de encuentro que ha pactado con su ex, comprueba. Su maleta ya es un verdadero estorbo, así que pregunta al primer viandante por la estación de metro más cercana.

El tipo en cuestión debe pensar que el viajero quiere pedirle dinero o gorrearle un cigarrillo, pues su primera reacción es apurar su paso y seguir de largo (en eso son especialistas sus convivientes, cree intuir el viajero: así los llama, pues no posee el pasaporte alemán). Sin dejarse inmutar, ya que conoce ciertos tics nacionales, y esforzándose por su mejor acento lsch (el alemán de Colonia, donde ha pasado dos décadas: un dialecto con la fonética de un holandés borracho balbuceando en inglés), consigue que el hombre le diga: Tiene que tomar la línea 101 y luego seguir a pie, pues la estación del zoológico está cerrada.

Usted no es berlinés, ¿verdad?, dice el viajero, casi al aire. Suabo, replica el otro, sin revelar si es sorna o disculpa lo que suena detrás. ¿Pensó que era para pedirle dinero?, se atreve a preguntarle el viajero. El suabo lo mira de arriba abajo y luego dice: Hay demasiados turistas. Ah, mire; lo mismo dicen los berlineses de los suabos, ¿no?, responde el viajero. El hombre hace un gesto vano con la mano y se aleja.

Ya en el tren subterráneo, el viajero comprueba que su ex acaba de enviarle un mensaje: ¿Se puede saber dónde diablos andas? ¿Son esas formas respetuosas de comunicarse y de mantener una relación, la que sea que ahora tengamos?, quiere responder el viajero, pero enseguida se da cuenta de que ella podría malintenpretar esto último y, en cambio, escribe: Estaré en unos quince minutos en la puerta de la residencia.

No, le responde su ex. Nadie debe verte. El viajero replica: ¿Entonces cómo haré para subir a mi habitación y después para entrar a la de tu tía? ¿Soy invisible acaso? No, pero testarudo, piensa el viajero que le responderá su ex.

Quiero decir que mientras menos personas te vean y nos vean juntos en la residencia, mejor, responde ella. Mira, me muero de hambre y cansancio, añade. Yo también y me apetecería.., empieza a escribir el viajero, pero enseguida se da cuenta de que lo más seguro es que su ex no quiera cenar con él y añade: Italiano, sin agregar nada más. Si de algo puede estar seguro sobre ella es que, a pesar de los años que se conocen, sigue siendo una magnífica e impredecible desconocida para él. El plan que piensan llevar a cabo, es solo una muestra más de ello.

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HjorgeV 20-02-2019

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«BERLÍN» (II)

Movimientos sin pausa. Ruidos dispares, como un síndrome de Tourette masivo y orquestado. Un laberinto de letreros, pasillos, escaleras, puertas, salidas y niveles, más negocios diversos por todas partes rodean al viajero. La estación central de X es un hervidero. Todo el mundo con su fono en la mano y el aspecto de estar a punto de perder su tren. O tal vez la nave que le permitirá escapar de la Tierra, se le ocurre al viajero.

Incluso aquellos que acaban de arribar, salen expelidos de los andenes como si acabaran de enterarse de la presencia de una bomba, pero su mayor miedo fuera perder sus últimas pertenencias, las que arrastran en sus maletas.

Estación Central de Huida del Momento Presente, vuelve a pensar el viajero. Entonces recuerda que al hacer el equipaje ha olvidado el champú y la pasta de dientes, y se detiene un instante para calcular los minutos que le quedan hasta su último trasbordo.

Detenido en medio del vasto y variopinto trajín que lo rodea, como un viajero universal suspendido en el espacio sideral, descubre, no sin cierto asombro, que la estación es una especie de centro comercial; tal vez de ahí esa impresión de huida constante, piensa.

Entonces ubica con la mirada un vulgar supermercado y, como se ha detenido en pleno vórtice, cuando quiere avanzar se da cuenta de que es un ratoncito rodeado de miles de fibras ópticas en constante transmisión, que le bloquean todas las vías de escape. Pero pronto comprueba que las ‘fibras ópticas’ poseen dos cualidades interesantes (que le permiten avanzar sin colidir con él y que lo hacen sin percatarse de su presencia) y continua su camino como un extraterrestre al que se le ha asegurado que el suelo no se hundirá con ninguno de sus pasos.

Ya con el champú y la pasta dental en una mano y la otra en el manubrio de su maletín rodante, el viajero se dirige a la larga cola que se ha formado en la única caja abierta. Está pensando que ha elegido el champú por un aroma recuperado de su niñez, cuando, de pronto, alguien lo adelanta en la cola y el viajero expresa su disconformidad, pues también está esperando. El sujeto gira entonces con un gesto asesino y el ademán de poder derribar cualquier escollo de un cabezazo, pero el viajero no se deja amedrentar. Sobre todo porque ha entendido que se trata de un drogadicto, acaso un sintecho, y tal vez tiene más miedo que él mismo. Yo también estoy esperando, le repite. Han abierto una nueva caja, ¿no lo has visto?, latiguea en el aire el sujeto, señalando otra fila que acaba de formarse en cuestión de segundos sin respetar el orden de llegada. El hecho es que yo estuve antes que usted, replica el viajero ya sin ganas. El sujeto hace un gesto de asco, tal vez asombrado porque alguien acaba de tratarlo de usted o porque ha perdido su ventaja con la discusión, y se alinea en la otra cola negando con la cabeza.

Luego de pagar, el viajero se detiene en la puerta del supermercado y observa a ambos lados antes de continuar, pues nunca se sabe y ya conoce el olor y el color de la venganza. Pero no vislumbra nada ni nada sucede y, ahora sí, con todas las cosas que necesita en la maleta, se dirige al andén donde diez minutos más tarde (o algo así: ya no se sabe en el país de la puntualidad; y tal vez por eso debería llamarse de la impredicibilidad, pero entonces se sabría menos y no se diferenciaría mucho de otros países) deberá abordar su última conexión rumbo a Berlín. Su gran meta, por el momento.

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HjorgeV 10-02-2019

«BERLÍN» (I)

Lluvia. Una voz en la bruma. Es un murmullo cansino, mezcla de llovizna sobre un tejado irregular y súplica ciega. El viajero gira en redondo sobre el andén al que acaba de llegar, hasta que ubica a un joven que parece hablar solo en la penumbra de la estación de trenes. Al percibir que está siendo observado, el joven se ajusta los auriculares inalámbricos y se aleja hacia el otro extremo del andén. El tren llega antes de la hora señalada. Dos y hasta tres pasajeros consiguen subir en el último instante. El pasajero busca un asiento libre cerca de la puerta, pero otros pasajeros bloquean los asientos contiguos con sus bolsas de compras, carteras y maletines, y tiene que seguir avanzando. Es un temor recurrente: el de pasarse de estación en un país famoso por su puntualidad, pero en el que la puntualidad o impuntualidad de sus trenes es completamente impredecible, incluso para los nativos. Cuando por fin encuentra un asiento libre y hace un esfuerzo por concentrarse en la dirección geográfica que asume el tren (como si solo haciéndolo pudiera continuar su viaje), diciéndose que ha vuelto a tener la suerte de embarcarse correctamente, otra vez la misma voz del andén. El viajero se la imagina tres o cuatro filas más atrás. Es la misma letanía: redundante, meándrica, perforante. A los demás pasajeros no parece importarles ser oyentes obligados de su drama simplón y vulgar. El pasajero no lo soporta y cambia de asiento. Esta vez es el timbre de otro teléfono el que lo obliga a girar la cabeza. Otro ‘telefonista’. Alguien que propala hacia el resto del universo nimiedades con la seriedad y el tono de quien ejecuta un alunizaje a control remoto. Pero solo está relatando parte de su rutina. Luego otro telefonista, preocupado por sus millones. Y uno más que habla en un idioma extraño, y que sí consigue hacer fruncir el ceño a los pasajeros aborígenes, a pesar de no hablar más fuerte que los demás telefonistas. Las desventajas de no ser aborigen.

El pasajero tiene que hacer un trasbordo en la siguiente estación y el recuerdo de la vez que estuvo a punto de perder su avión tras una desesperada carrera a través de un laberinto, consigue inquietarlo. Por lo menos esta vez el tren llega sin retraso y el viajero se apea de él confiado. Antes de continuar, busca con la mirada el andén número 8, donde debe abordar su conexión. Pero no puede ubicar nada parecido. Tienes quince minutos, se dice, tratando de calmarse. Se sabe inmerso en un sistema creado en la era predigital, pero que las nuevas tecnologías parecen haber empeorado. El dominar el idioma nativo no le garantiza nada en este tipo de situaciones, sobre todo porque viaja muy rara vez en tren. Finalmente, descubre un letrero que le indica que el andén de marras se halla a 50 metros. El viajero gira en esa dirección y, con una desconfianza creciente, cuenta 60 pasos. Al concluir el conteo gira su cuerpo en redondo tratando de hallar algún tipo de comprobación de que ha llegado al lugar correcto de trasbordo. En tres minutos debe partir su conexión. Un hombre espera junto a su maleta pocos metros más allá y el viajero decide preguntarle por el andén número 8. Lo siento, ni idea, le responde el hombre. El viajero no se rinde y ubica rápidamente con la mirada a un estudiante, a quien le repite la pregunta. Ni idea, dice este. En ese momento, muy próximo al pánico, el tipo anterior se acerca indicando con el brazo en alto un punto en la oscuridad. El viajero corre porque no tiene otra alternativa y entonces divisa un tren detenido en una vía contigua, aparentemente ciega, como el de una estación final. Pero tampoco ve ningún letrero y, ahora sí, el pánico se apodera de él. Reaccionando rápidamente, coloca un pie en el estribo de la puerta más cercana y pregunta a la primera persona que ve dentro si el tren se dirige a X. Es un joven con aspecto de estudiante, quien reacciona como si el viajero le hubiera pedido dinero. ¿X?, dice alguien más allá. El viajero gira la cabeza en esa dirección. Es una anciana que sujeta una silla de ruedas como si se tratara de un tesoro valiosísimo. El tesoro es un jovencito que apenas puede controlar los continuos espasmos de su cuerpo y la baba que sale de su boca. Yo le indicaré donde bajar, agrega la anciana. El viajero agradece aliviado con un venia y, por fin, se deja caer sobre el asiento más cercano, que es el opuesto a la anciana con el muchacho, sujetando fuerte el boleto de 33 euros que nadie le controlará. El tren parte y, por las ventanillas de ambos lados, el país empieza a repetirse como una estructura fractal: urbes mayores y menores, calles y autopistas, gasolineras y McDonald’s, negocios diversos, parques industriales, y, otra vez como una maldición o bendición (es difícil saberlo), campos negados de luz como inmensas pausas saboteando una gran sinfonía circular.

La abuela le sonríe de cuando en cuando al viajero, sin dejar de sujetar fuertemente la silla de ruedas. El viajero le devuelve la sonrisa, pues en su teléfono ya ha podido ver un punto rojo que se desplaza sobre un mapa gúglico y que va acercándose a su destino. Es un tren de cercanías, por lo que, cada vez que vuelve la larga pausa de los campos anegados de oscuridad, el punto rojo desaparece al no haber cobertura. Luego el tren vuelve a dejar otra estación atrás y sobre el mapa el punto rojo vuelve a avanzar por su particular laberinto de curvas, líneas y cruces consiguiendo tranquilizar al viajero. La anciana lo observa, y el viajero también, porque es su sino, e imagina un hijo o una hija de la mujer, una pareja feliz, un matrimonio prometedor, el embarazo deseado. Luego un hijo discapacitado, mundos que se hacen añicos, el divorcio. Tal vez viajar sea un acrónimo o juego de palabras con los verbos ver y volar mientras se aja nuestra piel, piensa el viajero. También que, desde arriba, y a falta de un mejor dios, Cronos observa todo, porque es su obra, como observa un padre la maqueta de modelismo ferroviario que le ha regalado a su hijo. Ya está por llegar, en la próxima tiene que bajar, le dice la anciana, bajando al viajero de su particular nube. El viajero quiere decir algo, preguntarle al muchacho que babea sobre la silla de ruedas su nombre. Algo solidario y discreto. Pero no le sale nada y entonces la anciana dice: Sonría, porque usted lo tendrá fácil. El viajero siente la imperiosa necesidad de disculparse, de emitir algún sonido coherente. La garganta se le ha hecho un nudo y no le sale nada. Pero entonces la anciana añade, con la despreocupación de quien hace el mismo pastel todas las tardes para el niño que quiere con todas sus fuerzas, acariciando el rostro de su nieto: Ahí donde nosotros vamos no hay buses ni conexiones como en Berlín y por eso tengo que empujar la silla de mi nieto cuesta arriba un buen trecho. Pero ya estamos acostumbrados, añade soltando una risa en dirección del chico, por haberlo incluido en en el esfuerzo de empujar su silla. El viajero solo asiente, para disimular un sentimiento que no llega a cuajar a pesar de que consigue estremecerlo. Malo, porque le impide despedirse al bajar.

HjorgeV 07-02-2018

EL GUARDIÁN DE LOS SUEÑOS

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No sabía cómo titular mi nuevo relato o historia, y decidí utilizar la primera frase como título provisional.

Tras pulsar el teclado, giré hacia la puerta de mi habitación, porque tenía la impresión de que alguien me observaba.

Pero no había nadie. Y tampoco podía haber sido nadie (que se hubiera escondido), pues me encontraba solo en casa.

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También en mis sueños más misteriosos y angustiantes, suele haber alguien que me observa desde una ventana, atalaya o panóptico.

Alguien cuya mirada escrutadora y crítica me impide alcanzar mi objetivo o frustrar un deseo, o acción, a punto de cumplirse: una especie de guardián de los sueños muy celoso de sus particulares reglas, las mismas que existen y solo tienen validez en mis aventuras oníricas.

Ese guardián, a quien nunca alcanzo a ver ni intuir por algún detalle (solo sospecho su identidad), me ha impedido consumar encuentros sexuales y hasta asesinatos, además de execrables mentiras y actos repudiables. Una especie de conciencia personal especialmente atenta.

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La historia de marras empieza, precisamente, con un sueño de su protagonista, un tal Ce, quien acaba de regresar a su país de origen tras dos décadas en Alemania, el país de su madre.

En su sueño, Ce yace desnudo junto a la mujer que ha deseado secretamente desde el otro lado del Atlántico y a quien espera volver a ver ahora que ha vuelto.

Justo cuando están a punto de unirse en un íntimo abrazo, Ce percibe que alguien lo observa desde una ventana y la escena se interrumpe.

Cosas del sueño, Ce no puede girar la cabeza para ver quién es, pero sospecha que puede ser su madre, a cuya casa ha vuelto para planear en calma su nuevo futuro, su nueva vida.

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Como Ce es consciente de que su marcha dos décadas atrás también fue una forma de escapar del hierro materno, ahora no se le escapa la ironía de haber vuelto al redil voluntariamente; algo que espera remediar pronto.

Demasiado pronto, sin embargo, y sin habérselo propuesto ni haberlo previsto en absoluto, se ve envuelto en la investigación del asesinato de uno de sus antiguos amigos, el primero de su lista de Reencuentros Deseados.

Ce decide embarcarse en la investigación, sin sospechar que lo hace en un mundo que, en realidad, ya no conoce, pues ya nada es lo que fue o era.

Como ‘retornante’, comparado con los que se quedaron o no consiguieron salir del país, comprende que de alguna manera se ha llevado la peor parte.

Nada es lo mismo. Ni siquiera el Pacífico y sus playas.

(Y ni siquiera así entiende, entendemos, que la vida es un relato que nos vamos mintiendo a diario.)

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Uno de los temas es, así, pues, el regreso:

De cómo, al volver a ocupar los casilleros que alguna vez abandonamos, no solo constatamos que nos hemos transformado y ya no cabemos en ellos (o nos exceden), sino que también que estos han cambiado, aunque no lo aparenten.

El mismo alejamiento ha transformado al viajero.

Lo ha vuelto más plástico, por así decir, pues ha debido adaptarse a todo un país ajeno, aprender a hacerlo.

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Así, el (ansiado) regreso de Ce resulta ser, en realidad, un nuevo viaje:

Una incursión al pasado, pero en el que las calles y avenidas, las plazas y parques, los edificios y casas, las playas y paisajes, la gente misma, las tiendas y negocios, el clima y la atmósfera, han dejado de ser lo que eran.

Una especie de mundo de goma porque no le es posible calcular sus pasos y los resultados de sus movimientos le son imprevisibles.

El regreso deriva, así, en una nueva y verdadera odisea para Ce, con inesperadas Penélopes que el paso del tiempo (ese Photoshop al revés) ha vuelto irreconocibles, y hasta con un sorpresivo Telémaco, el hijo que desconocía.

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«Un plan especialmente pésimo, llevado a cabo por individuos nada duchos en llevar a cabo planes especialmente pésimos», piensa.

«El mundo como una misión mal explicada a un puñado de incapaces.»

Por suerte, Ce, como viajero, observa; por más que eso no le posibilite ni una pizca de piedad. Al contrario, pues como ‘retornante’ ha podido desarrollar su ojo crítico.

Una mera facilidad para el contraste lo ha hecho más proclive a la observación y localización de lo peor y lo pésimo.

Falta ver si esa misma capacidad le permitirá resolver un asesinato que había supuesto obvio al principio.

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HjorgeV 09-01-2018

«EL VALOR DEL FUTURO»

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Después de consumar la confluencia de nuestros cuerpos

-aquellos enfermos terminales de soledad-, nos dirigimos a

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la plaza del pueblo con la altanería de dos maestros con la

experiencia de siglos, pero que ignoran que acaban de salir

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indemnes de su primer asalto de vergüenza, curiosidad,

gratitud, exploración, promesa de placer futuro, y, sobre todo,

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felinos nervios. En realidad, habíamos copulado con nuestras

sombras futuras, con los seres que alguna vez recordarían

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ese ingenuo momento fallido desde las antípodas, como hago ahora. Tal

vez por eso, al cruzarnos con la adivina en la plaza y mirarnos en

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silencio tras preguntar por el precio (¿Cinco soles por revelarnos

el futuro? ¿Tan poco valía?), hicimos bien en ignorar la propuesta.

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HjorgeV 05-01-2019

FIN DE UNOS DÍAS PERROS

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No poseo ninguna imagen, ni una sola fotografía de mi paso por París.

Comprobarlo me produce una perturbación, una desazón fractal que solo creo poder vencer saliendo a caminar. La incapacidad de no poder comprobar mis recuerdos me asedia, me agosta.

Caminar como una forma asequible y sana de disipar el humor vítreo que empieza a recubrirme.

De paso que aprovecho para sacar a pasear a nuestro perro.

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*

Es domingo y comienza a oscurecer en esta franja del planeta.

Los campos que rodean este pueblucho semirrural de los suburbios de Colonia parecen recluirse en sí mismos, reduciéndose a lo más íntimo e ínfimo:

Sombras contritas replegándose sobre sus goznes bajo el peso del cansancio acumulado.

No hay postes de alumbrado público que faciliten su repliegue.

Bajo un árbol nuestro perro se detiene y me queda mirando como tratando de explicarme que aceptar el fracaso (también el diario) es una condición sine qua non de cualquier existencia.

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*

Un buen paseo puede terminar convirtiéndose en un gran paseo interior y esa es, acaso, su mayor fuerza.

Recordar el pasado como una sangría, una hemorragia, una amputación.

Muchas veces solo para reabrir una herida, dejarla abierta; expuesta, sin que la sangre asome; permitiendo que te observe desde su dolor perseverante, mudo.

Y es que todo pasado está lleno de enemigos.

No solo de ellos, claro, pero tiene que ser así si de verdad viviste, si te esforzaste por ser auténtica, auténtico.

De cara al futuro, en cambio, siempre podemos permitirnos la consolación de la ceguera. Aunque solo sea parcial y asaz efímera.

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*

Nos irritan las restricciones, los compromisos, los límites.

Y, si, además, provienen de seres que consideramos detestables, podemos llegar a imaginar y desearnos la posibilidad de otra existencia.

Sin ellos.

Acaso en eso consista vivir: nuestro único vestido, por así decir: pleno de huecos, rasgones, malos trazos, sesgos inesperados y parches.

Nunca a la medida exacta.

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*

Aceptar, por eso, el paso de los días sin una sola línea escrita o tarea concluida como un fracaso; pero solo como se acepta otro año que se va.

Una simple vuelta de página.

Una forma de posibilitar la aparición de una nueva, de hacerle espacio.

Una cuyos signos (o idioma) quizá tampoco alcancemos a comprender del todo en el nuevo calendario concedido.

Consolémonos diciéndonos que a cualquier perro eso le importará un comino.

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HjorgeV 30-12-2018

«PRÓXIMA PARADA»

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Languidece la tarde:

la noche es un volcán de

deseo a punto de estallar.

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Afuera oscurece y en

tu autoconfianza ha sido

noche cerrada un largo mes.

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Apoyas tu frente en la ventanilla y palpas tus heridas,

confiando en tu resistencia intrínseca: las lecciones

del tiempo en cuestiones de paciencia.

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Pero solo será otra forma de poder

esfumarte sin contriciones ni martirios:

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Serás un rayo de luz que avanzará por

entre partículas suspendidas

sin sufrir perjurios ni alterar su rumbo.

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Todo es absoluta certeza ahora: solo será mentira tu

rostro de la próxima vez –el que ya te mira desde el

otro lado de la ventanilla-, cuando él llegue

tarde a la cita que volverás a negarle.

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HjorgeV 10-12-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (Fin)

-¿Y bien? -dijo Babsy.

Habíamos llegado a la explanada del Pompidou. El sol poniente iluminaba los edificios parisinos por detrás, creando una lejana corona de fuego por encima de ellos.

-¿Y bien qué? -pregunté en mi mejor alemán.

-¿Ahora qué historia me vas a inventar?

Levanté las manos.

Solo deseaba despedirme y escapar. Había practicado alemán un buen rato y eso me bastaba. Además, había tenido suerte, pues el suyo era bastante neutral: el Hochdeutsch -el alemán estándar- que yo había aprendido en el Goethe y que en muchas regiones de Alemania no se habla.

(Si los alemanes reclamaran su independencia en función del idioma o dialecto que hablan, habría, por lo menos, 20 Cataluñas.)

-No te voy a inventar ninguna historia -dije con una sonrisa boba-, no te preocupes.

-No me preocupo.

*

-Mejor para ti entonces -repliqué-. ¿Y sabes qué? -decidí sincerarme-. Cuando te vi la primera vez me deseé hablar contigo, simplemente conversar en alemán. Ahora mi deseo se ha cumplido, así que ya puedo despedirme en paz.

-¿En paz? -pareció burlarse.

Me llevé la mano a la boca para imitar por unos segundos el japapeo intermitente de guerra de los indios norteamericanos, en las películas.

-Si deseas, en guerra -dije-. Pero esa ya sería tu elección. Yo me voy en paz.

-Detesto las guerras -respondió ella. Luego añadió, como quien no quiere la cosa-: En la esquina hay un café al que me encanta ir.

Levantó un brazo y empezó a avanzar en esa dirección.

*

En el asiento trasero del bolbaguen de Carloncho iba Catrin.

Nos dirigíamos al Jorge Chávez, el aeropuerto de Lima.

Yo iba en el asiento del copiloto, apenas consciente de estar habitando mi último día en mi país y de que corría el riesgo de llegar tarde y perder mi vuelo a París.

(De haberlo perdido, habría perdido también esta vida, desde la que transcribo estas líneas; y otro, muy diferente, habría sido mi mapa vital.)

Pero ahora no es el bolbaguen de Carloncho el automóvil que me lleva a Alemania, y estoy abandonando París, no llegando.

Voy en un Opel. El conductor es un alemán que suele viajar a Francia y llevar Mitfahrer (compañeros de viaje) para compartir la gasolina.

Nos aprestamos a traspasar la frontera y nuestro próximo destino será Múnich.

Michael -el conductor del Opel- se ha detenido en la última estación de servicio francesa para repostar, pues en Alemania todo es más caro.

*

Ya estamos en octubre. El frío otoñal empieza a hacerse notar y los días son más cortos. (En Lima duran más o menos lo mismo todo el año.)

Desde una cabina telefónica marco el número de Babsy.

-Tenía ganas de hablar contigo -susurro al auricular.

-Qué bueno… Pienso con ganas en ti, ¿sabes?

-¿Aún te gustaría volver a verme?

-Por supuesto. Ojalá que podamos cumplir ese sueño alguna vez.

Me contengo e invento:

-Sueño cumplido, sueño pulido. Por eso mejor es no soñar.

*

Babsy es de Wuppertal, pero estudia en la Sociedad Europea de Danzaterapia en Monheim am Rhein, un pueblucho de cuarenta mil habitantes a 600 kilómetros al norte de Múnich y muy cerca de Colonia.

Mi plan es establecerme en la capital de Baviera y desde allí visitarla cada par de semanas. (Que París está más cerca lo compruebo solo años después.)

En la explanada del Beaubourg acabo de conocer a Darío Herrera, un músico peruano que vive en Múnich y quien me ha hablado maravillas de esa ciudad, animándome, de paso, a establecerme allí.

Babsy, por su parte, me ha prometido amor eterno al despedirnos en la Gare du Nord: Ich werde Dich immer lieben! -me ha dicho al oído.

Ha sido una despedida más que triste.

Un bello rostro deformándose por la pena.

*

Así que ahora me dirijo a Alemania, un país que ya conozco y cuyo idioma domino.

Llevo en el bolsillo el poco dinero que he podido ahorrar en los últimos tres meses con el grupo.

Me siento libre, confiado y optimista, y eso, a pesar de que dejo París del todo: mi precaria vivienda, mis planes de estudio, el grupo, algunos amigos, mi afán de poder dedicarme a escribir.

(No he podido despedirme por última vez como había querido de R., mi anfitriona, pues Michael, el del Opel que me lleva a Múnich, ha dado las diez como hora de encuentro y R. estaba en ese momento en su taberna favorita, contenta y ya achispada, y no he querido entrar a malograrle la noche. Por suerte, ya nos habíamos despedido antes.)

Mi confianza se debe al hecho de que ya conozco Alemania y hablo el idioma ( he pasado dos años atrás un par de meses en Mannheim gracias a una beca), y a que Darío me ha prometido alojarme en su casa de Múnich.

Que una de las mujeres más bellas del planeta me haya jurado amor eterno, también es uno de mis combustibles, debo suponer.

*

Me voy tranquilo de París, con el equipaje mínimo que he aprendido a portar y que incluye el haber aprendido que toda libertad implica siempre una responsabilidad; aunque solo sea la de defenderla.

No he podido comprarle los boletos de vuelo a Carloncho, pero, por lo menos, he podido enviarle de vuelta el dinero que me había dado para ese fin.

(Muchos años después él mismo me contará que había llegado a creer que mi plan era quedarme con su dinero, maldiciéndome por ello.)

Mis últimos días en la Ciudad Luz han sido una especie de vuelo galáctico, sin orientación en medio de tantas estrellas dispersas e inconclusas.

He vuelto a visitar el Beaubourg, el puente de Notre Dame; recorrido la Rue de Rivoli, Les-Halles y sus inmediaciones; Saint-Denis, Saint-Germain-de-Prés, el Barrio Latino, todo Le Marais.

Mi estado es, ha sido, el de flotación absoluta en mis últimas noches en París. Sé que se (me) acaba una vida y empieza otra. Ignoro que todo saldrá muy diferente de lo planeado o pensado.

Por ignorar, ignoro mucho, también lo que las puertas que se me van presentando me ofrecerán al abrirlas. Con humilde curiosidad procuraré ir abriéndolas.

La vida es una gran avenida diversa, intrincada y misteriosa.

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HjorgeV 25-11-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (XII)

El sexo como forma de entender la vida.

El sexo como una atalaya desde la que observar el mundo.

El sexo como combustible y huida hacia atrás y al interior.

El sexo como hilo conductor, rescatador de la memoria.

El sexo como elemento narrativo aglutinante, desde el que se teje y afianza el resto.

El sexo como fuente de sorpresa y conocimiento.

El sexo, simplemente el sexo.

Lo que para otros podría ser el dinero, la ambición, maldad, éxito, mero miedo, el simple paso del tiempo, una gran pena.

*

Era médica.

Vivía sola y decía que había «olvidado hacía muy poco» su edad.

Le calculé cincuenta, pero ahora creo que acababa de entrar a los cuarenta, esa edad y fase más que especial para muchas mujeres, sobre todo cuando no han formado familia ni pareja estable.

Una de sus últimas cartas me llegó cuando yo ya vivía en Colonia y acababa de conseguir, por fin, una vivienda que podía llamar mía, aunque la compartía con otro estudiante.

Abrí su misiva como si hubiera sido remitida desde otro planeta o dimensión, más que sorprendido.

Acompañaba la carta un mapa de la costa atlántica francesa, sobre la que había dibujado el posible itinerario de «notre voyage l’été prochain»: los lugares y hoteles que visitaríamos, los restaurantes, museos y otros sitios de interés.

Si la idea de un recorrido por la costa francesa en verano no me atraía, concluía, podríamos recorrer las Antillas o el Caribe.

*

Había sido la primera persona en acercarse a felicitarnos tras nuestro concierto en Royan.

Lo hizo con un ramo de rosas en las manos, mientras a su lado una anciana parecía observar todo desde una cabina de mandos, en la que disponía de instrumentos y enciclopedias capaces de verificar sus impresiones del mundo exterior: su madre.

Cuando se detuvo y levantó en nuestra dirección las flores, alguien me empujó para que recibiera el ramo en nombre del grupo.

Tras los saludos y agradecimientos, nos preguntó si le aceptaríamos una cena en su casa, ofreciéndose a transportarnos en su Mercedes hasta allí.

*

Fue una velada entretenida, salpicada de anécdotas y situaciones rarísimas que recién, al final, cuando el responsable del grupo se dirigió a mí en tono confidencial en un rincón, pude entender:

-Existe la posibilidad de que nos quedemos a dormir aquí -se relamió.

-¿Cómo así?

-Ella misma nos lo ha ofrecido.

Sabiendo que eso nos permitiría ahorrarnos los gastos del hotel de turno, manifesté mi aprobación.

-Sigues sin entenderlo -añadió él-. Tendrías que dormir en su cuarto.

-¿Y ustedes?

-Nos las arreglaríamos. Hay dos habitaciones más.

Me costó entenderlo, por lo que no respondí enseguida.

-No -dije cuando por fin entendí que me estaba pidiendo que me prostituyera por ellos-. Ni hablar. Que lo haga otro.

-Te quiere a ti, carajo.

No cumplí mi palabra. Me vencieron el alcohol, la curiosidad, además de su indudable atractivo, sus exquisitas maneras, erudición, su desbordante simpatía.

*

Regresé a París más animado.

Volvía a sentirme dueño de mi presente y futuro, de mis propios pasos.

El fantasma que llevaba a cuestas empezaba a ausentarse más frecuentemente, permitiéndome cierta independencia.

Añoraba tener una novia, enamorarme, hacer planes; cumplir mi sueño de llegar a tener mi propia buhardilla y dedicarme a escribir en ella.

Empezaba a entender cómo funcionaban las cosas y ya no me dejaba llevar simplemente.

No sabía que esas serían mis últimas noches en París y que el destino es un ser con mucho humor y mayor miopía.

*

Un día vi un cartel en el que se anunciaba una «fiesta de salsa» en un antiguo mercado cerca de la estación de Saint-Germain-des-Prés.

La fiesta resultó ser de puros vallenatos, un género que yo desconocía y nunca había bailado.

Me quedé pasmado al ver la cantidad de gente que disfrutaba de la música, preguntándome si todas las extranjeras ahí presentes, sabrían que no era salsa lo que bailaban.

Estaba por retirarme cuando conocí a Rita, una estudiante alemana que había decidido alargar su estadía en París después de haber trabajado de au pair.

Lo primero que me dijo fue que se alegraba de poder, por fin, hablar su idioma con alguien.

*

Ahora vivía en uno de los mejores barrios de París, pero en una chambre de bonne: la habitación antiguamente destinada a los empleados domésticos de la familia que ocupaba el resto de la vivienda.

La ‘habitación de la criada’.

A la que se accedía por una escalera secundaria y aún se mantenía como hacía un siglo, con un simple lavamanos por toda comodidad, mientras que el baño -compartido con los demás ocupantes del piso- seguía en el rellano.

Creo que esa noche se rompió la magia que me ataba a la Ciudad Luz, entre los tiernos abrazos de Rita, repasando con mis dedos su cortísimo cabello castaño, gozando sus manos cariñosísimas.

Lloramos cuando me anunció que esa sería su última noche en París y que no volveríamos a vernos.

*

El grupo tenía sus grupis, francesitas de mirada melancólica y esperanzada, dotadas de una gran y ardiente paciencia.

Aunque Jeanette no era una de ellas, solía visitarnos y pasar largas horas con nosotros.

La llamaban Confecciones Jeanette, pues vendía ropa a muy buen precio, sobre todo bluyines.

Bastaba decirle el modelo y la talla, y ella te los conseguía al día siguiente.

Después entendí que los robaba en los grandes almacenes.

París volvió a descender otro escalón en mi particular escala interna.

*

La tarde que volví a ver a Babsy a la salida de la biblioteca del Pompidou, ya había contado con que no volvería a verla y que tal vez ya había abandonado París.

Volvió a noquearme su belleza: las simétricas proporciones de su rostro, sus abultados labios, su larga y fuerte cabellera. (Poco después se haría famosa su Doppelgängerin: Claudia Schiffer.)

Alguien me había dicho alguna vez que la belleza era pasajera y que, por eso mismo, había que gozarla; y esa frase se quedó rebotando en mi cavidad craneal como una bala incapaz de encontrar la salida.

Babsy acababa de despedirse en alemán de una amiga y yo volteé, preparado para toparme con su novio, el Chino Misterioso. Como no vi a nadie, se me escapó un:

-Yo también hablo alemán.

*

Me miró como dispuesta a soltarme una bofetada y luego dijo, con clara mofa y desprecio:

-Interesante…

-No tengo ningún otro interés -levanté las manos-. Sé que tienes novio.

-¿A quién te refieres?

-Al Chino Misterioso. ¿O tienes otro más?

Eso le provocó una corta, pero auténtica carcajada.

-¿Qué pretendes? -me soltó con cólera no fingida-: Was hast Du vor?

-Nada. Escuché que hablabas en alemán y quería practicarlo. Eso era todo.

*

La volví a ver pocos días después, en una de las salas del Pompidou.

Pensé en esconderme o cambiar de rumbo, pero ya era demasiado tarde, así que me esforcé por morderme los labios cuando nos cruzamos.

-¿Y? -me lanzó con tono burlón y gesto altivo-. ¿Ya conseguiste a alguien con quien prac-ti-car tu alemán?

La rabia me atacó tan inesperadamente, que no pude contenerla:

-¿Siempre eres así?

-¿Cómo?

-¿Estúpidamente creída? Debe ser extenuante.

Preparado para una justa queja, continué mi camino.

-Has acertado -dijo ella.

*

-Suelo ser así con la gente que me miente -añadió, consiguiendo que me detuviera.

-Si te refieres a mí, no mentí cuando dije que solo me interesaba practicar mi alemán.

-Imposible de creer.

Me encogí de hombros.

-Suele suceder -dije.

-¿Lo ves? Acabas de reconocer que lo usas como táctica para cazar alemanas distraídas. Pero yo no lo soy.

Esta vez la carcajada fue mía.

*

-Para tu tranquilidad -le dije-, te conozco, por así decir, desde hace mucho y, ya ves, nunca intenté hablar contigo.

-Lo sé.

-¿Qué sabes?

-Que me conoces.

-Desde que te vi con tu novio y me imaginé intercambiando un par de palabras contigo. Pero no lo puedes saber, así que no digas que lo sabes.

-Estoy acostumbrado a la mirada de los hombres. Y la tuya fue diferente.

Traté de reír, sin conseguirlo y solo dije:

-Pasaba por un mal momento. Seguro que miraba como un perro apaleado.

-¿Y? ¿Ya lo has superado?

-¿Qué crees?

-Has osado hablarme.

-Sí -me resigné-. Lo siento.

-No digas tonterías.

En ese momento el conserje nos indicó con señas que la biblioteca se aprestaba a cerrar y teníamos que abandonar el recinto.

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HjorgeV 20-11-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (XI)

De París en tren hasta las playas del Atlántico y de allí a caer entrelazado con S. sobre un campo de centeno.

Ahí es donde yazgo ahora, con los brazos y piernas extendidos, observando un fantástico azul celeste.

Los viñedos que caracterizan la zona semejan superficies geométricas infinitas deslizándose sobre ondulantes colinas de caprichosas formas.

S. está de pie y, mientras se acomoda y sacude su vestido, me observa con una mezcla de orgullo, deseo y vergüenza, y una gota de melancolía futura.

Antes de regresar a la fiesta del pueblo, de la que nos hemos escapado media hora atrás, me lanza un beso volado como dedicando una plegaria a alguien con quien ha compartido años de pasión.

Pero solo han sido minutos.

*

Sonrío a pesar de que acaba de interrumpir nuestra extraña e inesperada aventura sexual, impidiendo que llegue a su culmen.

Todo ha empezado con profundas miradas mutuas, como si nos conociéramos de otro mundo y estuviéramos intentando recordar en cuál.

Así hemos ido avanzando hacia los vecinos campos de maduro centeno, alejándonos de la masa que baila, bebe, come, canta.

Justo antes de engarzarnos me ha quedado mirando para decirme que preferiría quedarse con un buen recuerdo.

-¿Que sería…? -intenté controlar mi zozobra al ver que se apartaba de mí.

-Con dos, en realidad. El de haber llegado tan lejos sin conocerte.

-¿Y el segundo?

-El de haber vencido a tiempo la tentación.

No supe qué decir ni pensar y lo tomé como lo que era: un extraño e incompleto regalo del universo; o sea, del azar.

Y le devolví el beso volado.

*

En París habíamos abordado el tren en la Gare de l’Est, después de una serie de contratiempos; entre ellos el de tener que despertar y acarrear hasta la estación a uno de los integrantes del grupo, conspicuo por sus extravagantes borracheras.

Días atrás, yo había comprado varios álbumes de las aventuras de Asterix y Obelix (en francés son palabras agudas), y, con la ayuda de un gastadísimo mini Langenscheidt Alemán-Francés, tenía pensado aprovechar el viaje para continuar mi aprendizaje de la lengua de Marguerite Duras y Simone de Beauvoir.

Dejamos atrás París con sus innumerables plazas, monumentos y parques, bares y cafés, muchos de ellos, por esa época, aún con solo un agujero en el suelo por retrete.

Nos dirigíamos a La Rochelle y luego seguiríamos a Royan para participar en un festival de música.

En este último conocí a S., bailarina y cantante de un grupo sueco.

*

Antes habíamos llegado a La Rochelle, el puerto donde la marina nazi construyó una de las mayores bases de submarinos del Atlántico, con estructuras de 7 metros de grosor, invulnerables a los bombardeos aéreos de los aliados.

Lo que contribuyó a que fuera la última ciudad francesa en ser liberada al final de la guerra.

Varias torres medioevales flanquean su histórico puerto, delatando una larga y antigua historia de ataques y defensas: el precio por su excelente localización geográfica para el comercio marítimo internacional.

Permanecen las estrechas callejuelas de la ciudad amurallada que fue; las mansiones y los palacetes renacentistas financiados por el comercio del vino, de la sal, del bacalao y de esclavos africanos.

En sus playas me sumergí por primera vez en el Atlántico.

Paseando por sus callejuelas y paseos marítimos entendí, por fin, que yo era como Fabricio del Dongo en el genial arranque de La cartuja de Parma, quien, buscando la batalla de Waterloo, no sabía que estaba en plena batalla de Waterloo.

*

Una tarde, nos habíamos emplazado en uno de los paseos marítimos más concurridos para actuar y vender nuestros casetes, cuando, en una pausa, una pasante me preguntó a qué hora terminaríamos de tocar.

Pregunté a los demás y me dijeron una hora, que transmití a la mujer: una francesa a finales de la veintena, con el afectado modo de hablar de alguien especialmente orgullosa de sus logros. Una académica, se me ocurrió.

Quise saber a qué se debía la pregunta y me dijo que le gustaría cenar conmigo.

Como me quedé pasmado, la extraña añadió:

-Pasaré a las ocho y ya me dirás.

*

No sé si volvió o no, porque terminamos mucho antes y, hambrientos como estábamos, nos dirigimos a un negocio vecino de comida al paso.

Allí nos atendió muy rápidamente -porque se aprestaba a cerrar- una chica que enseguida me hizo añorar los abrazos de Francine, especialmente cuando se hacía de noche y, habiendo hecho una reserva en un restaurante, habríamos preferido quedarnos entrelazados hasta el día siguiente.

Inmerso en mi nostalgia, acababa de terminar mi sánguche (el bocadillo de los españoles, el emparedado de los puristas), cuando vi que la chica terminaba de cerrar el negocio y se dirigía a su automóvil.

Sabiendo que cometía una estupidez supina e inútil, pero sin poder controlarme, corrí hasta la ventanilla del copiloto y, tratando de inventarme una buena frase en francés, solo fui capaz de sonreír como el ser más estulto del planeta.

Ella me devolvió la sonrisa y me indicó con la mano que subiera.

*

Días después, acababa de terminar un largo y solitario paseo nocturno por las callejuelas y terrazas de La Rochelle y me dirigía a nuestro hotel, cuando vi a una hermosísima muchacha sentada sobre unas escalinatas.

Parecía meditar con la mirada perdida y era tan bella, que se podía pensar que en cualquier momento se harían notar los fotógrafos y cámaras y alguien gritaría desde la oscuridad: «¡Grabando!» 

¿Qué vi en sus ojos?

Tristeza. Nostalgia. Vacío. Oquedad. Confusión. Esperanza. Temor. Angustia. Vértigo. Saudade.

Una mezcla insólita, teniendo en cuenta su belleza casi hiriente, dolorosa.

*

Me atreví a acercarme y preguntarle si todo estaba bien con ella, sintiéndome como en una de esas escenas cinematográficas en las que alguien acaba de precipitarse de un quinto piso y un pasante le espeta: «¿Todo bien?»

Pero ella negó con la cabeza.

Intuyendo que había algo más, le pregunté si hacía mal preguntándole por su estado.

Sonrió de una manera muy extraña y me respondió algo más extraño aún:

-Duele. Pero si no lo hubieras preguntado, habría dolido más.

*

Dudé un eterno instante, mientras pensaba en todas las alternativas posibles: que su enamorado la había abandonado por otra y ella había decidido suicidarse.

Que había escapado de un peligro mortal minutos atrás. Que había perdido la memoria debido a alguna droga. Que no estaba bien de la cabeza.

A pesar de su aspecto de mujer adulta (tenía una hermosa figura), se notaba también que era bastante joven aún -¿al borde de los 17?-, así que sus padres debían estar esperándola en algún lugar de La Rochelle.

-Vamos -le dije finalmente-, dime dónde están tus padres. Deben estar preocupados.

Me contestó que no había salido de viaje con ellos.

-Bueno, dime dónde te esperan tus amigos. Te acompañaré. 

-He salido de viaje sola.

Aturdido, le pregunté si podía hacer algo por ella antes de retirarme.

-No tengo donde pasar la noche -fue su respuesta.

*

La llamaré Geraldine.

Durante varios meses llevé en mi billetera su carné de identidad, que dejó olvidado en nuestro hotel y que recién descubrí cuando nos aprestábamos a dejar La Rochelle.

*

Esa noche le ofrecí mi cama, dispuesto a dormir sobre la alfombra.

Se negó tan rotundamente, que tuve que aceptar compartir el escaso espacio disponible.

Ya a su lado, traté de evitar cualquier contacto, pero en un momento dado se aferró a mi cuello con una determinación tal, que sigo sin saber si me ha vuelto a suceder algo parecido en mi vida.

Lo hizo con una aleación de resignación y esperanza, gratitud y deseo, confusión y claridad, desesperación, absorción. Todo mezclado y revuelto. Y vuelto a remover hasta la turbiedad irreconocible.

*

Terminamos amándonos en silencio absoluto, como en una inmersión conjunta acuática, nocturna.

Mientras, afuera, el universo clamaba por sus poderes perdidos momentáneamente, como quien llama a la ventanilla de un automóvil sin ser atendido.

*

Geraldine desapareció al día siguiente de mi vida como había llegado: inesperadamente y sin aspavientos.

En su carné de identidad figuraba que acababa de cumplir los 16.

*

La llamaré Marie.

Era estudiante de medicina en Lyon y esa era la primera vez, me contó, que visitaba una discoteca en La Rochelle.

-Es mi primera discoteca -le respondí.

-¿Nunca has salido a bailar?

-Por supuesto, pero solo a fiestas. O en otro tipo de eventos.

Conversamos luego largo y tendido, sin bailar apenas, a pesar de que a eso había ido yo; mejor dicho, la dejé hablar largo y tendido, que era la mejor forma de seguir aprendiendo francés para mí.

*

A eso de las cuatro de la madrugada anunció que se retiraba a su departamento, un regalo de sus padres por sus buenas notas, o algo así.

Como solíamos hacer al final de las fiestas con nuestras amigas en Lima, le ofrecí acompañarla para disminuir los posibles riesgos.

Lanzó una carcajada notable.

-Tú lo que quieres es acostarte conmigo -replicó.

Debí hacer un gesto de extrañeza poco convincente, porque enseguida añadió:

-Vamos, no creas que te tengo miedo.

Me habían pasado ya cosas más absurdas, así que solo asentí en silencio y salí detrás de ella.

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HjorgeV 13-11-2018