RUMBO A LAS ESTRELLAS

Me menciona un nombre.

-Es un personaje de una novela fantástica -me explica.

Le digo que no lo conozco. Se asombra, porque es alguien muy conocido.

Su automóvil es automático, pero ella lo conduce como si fuera mecánico: moviendo la palanca todo el tiempo. En el asiento trasero su hijo y otro niño están jugando y parece que estuvieran tirándose de los cabellos o algo parecido.

-Mi hijo es un fanático de las novelas fantásticas -me explica-. De niña yo también lo era, así que a veces compartimos lecturas. A ti no te gusta, por lo que veo.

Le digo que he probado a leer algunas historias de esas ambientadas en otros universos con otras leyes, pero que suelo encontrarme con errores y defectos que me echan a perder todo.

-¿Y qué importan los defectos? Los hay en todo, por doquier.

-Es cierto -le digo-. Pero si el relato, la historia, es buena, uno los acepta y ni siquiera los nota. Esa es la magia de un buen relato. Sabes que es ficción, pero te lo crees y permites que se cree un mundo paralelo en tu mente.

-No sabes lo que te pierdes en todo caso.

-No he tenido suerte con la llamada literatura fantástica, es todo -le digo-. En realidad, ¿para qué más fantasía?

-¿Lo dices por Trump? -ríe ella.

Le digo que desde niño siempre he tenido la percepción de vivir en un mundo paralelo a la realidad. Una forma muy práctica de fugarse de ella, acaso.

-Debe ser horrible… -se compadece.

Sonrío.

-Tú los lees -le digo-. Yo los vivo. Ambos nos divertimos.

Le explico que no bromeo, que muchas veces no sé distinguir la realidad de mis fantasías.

Pero ella lo toma por una broma y ríe, y vuelve a mover la palanca con entusiasmo, ignorando las indicaciones del navegador, por lo que tiene que corregir la ruta constantemente.

Entonces la imagino conduciendo un vehículo que atraviesa el espacio en dirección a las estrellas y veo que ella me ha leído el pensamiento.

Y allá vamos, fantaseando los dos.

.

.

HjV 20.02.2017

«PERRO SEDIENTO»

.

Me acerco a un cruce de 

caminos.

Conduzco un

automóvil que desconozco.

Estoy en una zona con mucha vegetación,

no hay alumbrado público, solo algunos

autos abandonados a ambos lados de la vía.

.

Doblo hacia la izquierda en el

cruce 

y en ese momento me doy cuenta de

que uno de los vehículos abandonados es de

la policía, pero los agentes dentro no se mueven y

solo parecen observarme.

.

Continúo. La noche es oscura y

hay algo de niebla. Veo muy poco y tengo

que guiarme por la abertura de las copas de los

árboles en lo alto, que me indican el camino

libre.

.

En ese momento recuerdo

que teníamos una camioneta cuyos

faros eran muy débiles y a veces teníamos

que reducir la velocidad para no correr

riesgos.

Recién entonces

me doy cuenta de que no he encendido

las luces del vehículo que ahora

conduzco.

.

Lo hago y no mejora

mucho la visibilidad, pero me siento

más seguro con el recuerdo: en

esos tiempos los viajes en

familia eran frecuentes y no

pasaba ningún fin de semana que

no hiciéramos algo

juntos.

.

Poco después me detengo.

Todo ha cambiado a mi alrededor

y ahora es invierno. La nieve

cubre los campos detrás de los

árboles y estos han perdido sus hojas.

.

Acabo de llegar al lugar que

ocupo en este instante.

No entiendo nada.

Solo que me ha costado toda una vida

llegar aquí.

.

Miro hacia atrás.

Estoy solo, tanto en el vehículo como

en la vía.

.

No sé adónde lleva esta,

pero sé que tengo que

alejarme y seguir: no hay

otra elección en el juego

que desconozco y que

me ha hecho posible llegar

hasta donde ahora estoy.

.

No tengo miedo.

Avanzo, acostumbrado a

hacerlo sin pedir

demasiadas

explicaciones.

.

Solo sé que el siguiente ins-

tan-

te

me

está esperando:

impaciente como un perro

sedien-

to.

.

.

HjorgeV 02.02.2017

MI CUARTO DE NOCHE

Mi cuarto de noche: una nave que

ha perdido su

rumbo

en un

planeta desorientado

(él mismo a la

deriva en la

más pura

nada).

.

Mi cuarto de noche:

el ruido de un

tranvía, un tren que se

aleja de la estación

vecina tras haber expulsado

pasajeros;

grupos que van y vienen (como si

fuera posible alterar el

rumbo propio con simples

desplazamientos).

.

Mi cuarto de noche:

un taxista observa el vacío (que

pronto se llenará con la silueta

de un cliente apurado)

para congelarlo

un instante,

mientras sobre las escaleras de la estación

una mujer avanza

como si hubiera dejado

su corazón en

casa (pero la persona que la espera no lo

sabe

aún) (y acaso ella misma

tampoco).

.

Mi cuarto de noche:

una lata de sardinas vacía,

una mentira

de patas largas

y gasa

negra, una simple habitación de

estudiante en país

extra-

njero.

.

.

HjorgeV 20.01.2017

HIELO NEGRO

Acababa de juntar las dos partes de mi largo relato, decidido a terminarlo de una vez por todas, en cierta manera harto de ver cómo cada nuevo día de trabajo engendraba nuevas posibilidades y argumentos: innumerables serpientes de una cabeza de medusa.

Cada tentación no resistida abría, a su vez, nuevas puertas, caminos, historias, situaciones, diálogos, actores, promesas: más serpientes y medusas.

No era hartazgo ni cansancio ni desesperación.

Era haber creído que una novela es un relato que va de A a B, como un tren o un automóvil.

Y que el narrador solo debe ocuparse de describir el paisaje y las estaciones del itinerario, los pasajeros y sus quehaceres y cuitas, el vehículo mismo.

Pero puede suceder que el conductor se enferme o fallen las ruedas o el motor.

O que algún pasajero pierda el tren por un accidente, y su particular historia resulte ser más interesante, pues está a punto de morir.

Y todo eso para no hablar de un descarrilamiento o de un ataque terrorista (como si cualquier guerra no lo fuera).

Entonces la extraña convicción de que todo relato o novela es solo un capítulo de una historia mayor dominante e imposible de domar.

Pero que se tiene que escribir con sangre: la que debe terminar hinchando las venas y las ganas del lector, y darle un empujón feroz a su músculo cardíaco.

Ayer noche, ya tarde, mi esposa había salido con los chicos a una exhibición y seguían sin llegar a casa.

Entonces me llama para decirme que las temperaturas han bajado repentinamente y la lluvia recién caída se ha congelado, formándose una capa de hielo -el temible Blitzeis– sobre pistas y veredas.

Se habían quedado a solo un par de cuadras de aquí y no se atrevían a continuar por miedo a un accidente.

Me vestí y salí a llenar un balde con gravilla, y me acerqué a ‘rescatarlos’.

Esparcí el resto de la gravilla por donde suele pasar la gente que pasea por esta zona, hasta agotar el cubo.

Todo no pasó de un mínimo susto.

Pero hoy me levanté y una noticia acaparaba los titulares: cientos de accidentes ocurridos anoche, por causa del hielo negro por todo el país.

Y hasta hubo un muerto.

En un automóvil que iba de A a B.

HjorgeV 08.01.2017

EL AÑO TONI ERDMANN

El verdadero placer de las matemáticas no está en descubrir la verdad sino en el proceso de buscarla.

Esta es una frase que podría hacerse extensiva al sexo. A la cocina, los goles, la escritura. A la vida misma.

Aparece en Ana Karenina, la novela que Tolstói empezó a publicar por capítulos en El mensajero ruso, pero que no llegó a concluir porque el editor quiso imponer otro final.

Que Tolstói -está de más decir- no aceptó. 

*

Hay que imaginárselo:

Empezar a ver una serie televisiva (o película) cuya programación se interrumpe, porque el autor no se pone de acuerdo con los productores sobre el final.

*

Pero en esos tiempos (siglo XIX) se hacía.

Y muchos escritores podían llegar a tener decenas de colaboradores (se dice que Dumas tuvo 73): para poder inflar los capítulos que iban publicando en diarios y revistas, y, así, sus salarios.

(A veces uno vive así: tratando de inflar los instantes más placenteros -y que tanto se han ansiado-, pero malogrando, muchas veces, el propio ‘salario’. La felicidad y el jabón. El jabón de la felicidad. La felicidad del jabón, que no tiene esas preocupaciones.)

*

El inicio de Ana Karenina es uno de los más famosos y geniales de la literatura universal y, seguramente también, de los más traducidos.

Agrego una versión en nuestro idioma:

Todas las familias felices se parecen entre sí, pero las infelices lo son cada una a su particular manera.

Algo no aplicable a las personas, imagino; pues, como individuos, nos parecemos tanto en lo que nos hace felices, como en lo contrario.

*

Richard Peck, autor de casi medio centenar de novelas, lo es también de una frase famosa:

El primer párrafo es el último disfrazado.

Perfectamente aplicable a Ana Karenina.

*

La rutina de Peck es la siguiente:

Tras escribir una página seis veces, la coloca en una carpeta de tres anillos.

Y, recién cuando considera haber conseguido lo que pretendía, ‘desenfunda’ las siguientes veinte palabras.

Después de un año llega al final de la historia.

Entonces toma el primer capítulo y, sin leerlo, lo arroja a la papelera y escribe el capítulo inicial: pues el primer párrafo es el último disfrazado.

*

Me acaba de suceder (en cierta forma al revés) con Toni Erdmann, una película germano-austríaca anómala, irritante, genial, divertida, rara.

Larguísima, para empezar (casi tres horas y no sé si quedaría igual de potente reducida a dos).

Tanto, que estuve a punto de abandonar la sala a media película, pues no acostumbro a consumir del todo algo, solo por haber pagado su precio total.

*

Me habría perdido el final.

Que es, tal vez, lo mejor de la película. (Que va de la vida y sus cosas simples; es decir, de lo mejor de ella.)

(Final que no había entendido del todo y que me lo tuvo que explicar mi esposa. Otro momento genial. Profundo.)

*

El día anterior, muy poco antes de que concluyera el año, subimos a la Glessener Höhe, una elevación geográfica de esta zona, para observar la quema de fuegos artificiales en las comarcas vecinas.

La vista abarcaba hasta Colonia y el Dom, el monumento más visitado de este país.

Subimos la ligera pendiente en fila, como peregrinos en la oscuridad.

*

Éramos más de un centenar allí: familias y grupos de amigos armados de cohetes, petardos, bombardas, luces de bengala y demás chucherías pirotécnicas.

Además de botellas de espumante y vasos, guantes, gorros y gorras, abrigos y chalinas, pues estábamos a -3,5ºC y los campos vecinos se veían blancos de escarcha muy dura.

(Para Navidad no habíamos tenido tanta ‘suerte’. Hoy, segundo día del año, la nieve cubre casas y vías. Error del calendario.)

*

Pocos segundos antes de las doce los diversos grupos presentes empezaron la cuenta regresiva en voz alta, valiéndose de sus teléfonos.

Entonces ocurrió algo curioso: cada quien contaba atrás a su manera, pues los teléfonos no estaban sincronizados.

De modo que para algunos el año empezó antes y, para otros, después.

Como en el resto del mundo: solo que eso ocurría allí a pocos metros de distancia.

*

-Esto podría ser Alepo -pensé, ante el vértigo y la orgía pirotécnica-, pero sin los colores.

Y, de pronto, imaginando desconocer qué hacía allí (los germanos creían en Wotan, un dios de la guerra, especialmente activo en Nochevieja y al que había que espantar), me sentí rodeado de potenciales terroristas.

De gente que dedicaba su tiempo, energías y dinero a/en/para hacerse de explosivos.

*

Media hora después, mientras emprendíamos el regreso a casa, en medio de nubes de humo atosigante y una más profunda oscuridad, captamos un detalle asaz interesante:

Aún continuaban las explosiones en algunas zonas de la ciudad, pero otras ya habían quedado completamente a oscuras, salvo por algunos destellos aislados.

Entonces nos dimos cuenta de que era posible reconocer a simple vista los barrios más ricos de los demás de Colonia por la cantidad, calidad (colores, altura, intensidad) y duración de sus fuegos artificiales.

Como en el resto del mundo, pensé. Incluyendo sus guerras.

*

En Toni Erdmann hay una larga -e hilarante- escena de desnudos.

Es una escena absurda, como casi toda la película.

Y, como nuestro hijo de 12 años había ido con nosotros, no pude dejar de pensar en las extrañas asíntotas (líneas que se acercan continuamente, sin llegar a unirse), paralelas, secantes (que cortan una curva dos veces) y cortantes de la vida.

A los 15 pasé toda una aventura (haciéndome pasar por mayor de 18; aunque bastaba comprar un chocolate en el quiosco del cine) para poder ver un pecho (¡uno solo!) femenino.

Fueron dos segundos, acaso tres, de visión alelada.

El culmen extásico para nosotros, jovenzuelos incautos.

*

Hoy, cualquiera con un teléfono inteligente o computadora, e independientemente de su edad, tiene acceso gratuito y fácil a millones de productos pornográficos.

Con ese solo pecho nosotros, aún imberbes, nos sentíamos, tal vez no millonarios, ¡pero sí minionarios (‘onanarios’, sería mejor decir) del placer!

*

¿Tanto ha cambiado todo?

No, si consideramos que en EEUU (el mayor productor de armas -y seguramente guerras- del mundo) la exposición de un pezón femenino es todo un tabú y hasta existe una campaña.

Y eso, a pesar de que la violencia es ubicua en ese país.

No solo en sus películas.

*

Quizás por eso, precisamente, porque no contiene ninguna escena de violencia o adrenalínica, Toni Erdmann ha sido muy bien recibida allí.

Mejor película en lengua extranjera para el Círculo de Críticos de Cine de Nueva York, por ejemplo.

Una señal, acaso, de que no todo está perdido.

*

Para este 2017, por lo menos.

*

Un buen año a todos.

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HjorgeV 02.01.2017

«EL SEÑOR DE LOS ABRAZOS» (Relato)

Regresó a su barrio después de muchísimos años.

Lo hizo a comienzos de diciembre, cuando el ambiente navideño ya era notable.

Contra todos los pronósticos y ritos de su empresa, su jefe le había dado diciembre libre y, como hacía más de veinte años que no pasaba una navidad en su país, decidió que sería una buena oportunidad para visitar su viejo barrio y reencontrarse con los amigos de antaño.

Organizar el viaje le resultó relativamente sencillo, pues los mellizos ya habían iniciado sus estudios en otra ciudad y no tuvo que consultarle nada a su ex sobre fechas ni vuelos.

Tuvo la suerte de dar en la Red con un pequeño hostal ubicado en plena avenida principal de su  antiguo barrio y llamó personalmente para reservar una habitación por un mes entero, dejando boquiabierto al encargado.

Recién cuando se presentó con su maleta en la recepción tras un largo viaje, se dio cuenta de que la casona había sido el hogar de uno de sus antiguos amigos y que ahora era un hotel por horas.

Pero ya estaba ahí y no era cuestión de hacerle ascos a unas parejitas que solo querían amarse y apenas se dejaban ver por los pasillos.

Era verano en su ciudad.

Tantos años pasados en una zona geográfica en la que una navidad blanca empezaba a ser algo raro, le habían hecho olvidar lo que era una Navidad con calor.

Se sintió raro cuando empezó a recorrer calles que no había vuelto pisar desde que había salido, cuando apenas era un jovencito con inmensos sueños agolpándose en su cabeza.

Todo y nada había cambiado y no pudo reconocer a nadie en sus dilatados paseos.

La dulcería de la esquina había desaparecido y el lugar de la panadería lo ocupaba ahora una tienda de ropa que parecía extranjera y muy cara, aunque él, que había estado en varios países, no supo de cuál.

Los perros que habían dejado de ladrar a su paso ya no estaban y ahora ni los gatos intentaban huir de él.

Frente a la casa de uno de sus antiguos amigos se paró a observar las nuevas construcciones, tratando de adivinar el tiempo que llevaban en pie, sin poder evitar la sensación de que todo se debía a una confusión producida en el conteo de los años en una nave espacial.

Cómo había cambiado todo, sin cambiar nada.

Los padres de sus amigos ya no estaban en las puertas de sus casas observando llegar la noche ni recorrían las calles para anunciarles que los esperaban para comer.

Se pasó varios días recorriendo las calles de su infancia, tratando de reconocer antiguos rasgos en los rostros alterados por el paso del tiempo y el constante asedio solar.

El resto de la gente nueva parecía de otro planeta, con costumbres y modos que no podía entender ni reconocer, como si solo actuaran para desconcertarlo aún más.

Decidió que se dedicaría a reconocer en los rostros de los adultos a los hermanos menores de sus amigos y a los demás niños de entonces, pero no tuvo mucha suerte.

Todo cambió cuando se encontró con Luis en plena avenida, a quien detuvo poniéndole una mano en el pecho, recibiendo un empujón como respuesta.

-¡Hermanón! -se sobrepuso Luis-, ¡a los años, oye!

Se quedó mudo un instante. El cabello de Luis -lo que quedaba de él- parecía haber deformado sus facciones en su caída y algo debía afectar su boca, pues hablaba sin abrirla apenas.

-Todos se fueron -le explicó Luis-. Hace mucho ya, ¿ah? La casita de tus padres desapareció apenas murieron. Qué pena que no pudieras asistir.

-La empresa no quiso darme el permiso correspondiente porque era diciembre, pero ahora finalmente han cumplido.

-Ah, mira.

-Alguien más tiene que haber quedado en el barrio, ¿no?

-Uff… -espetó Luis-. A ver… ¿Recuerdas a Ricardo?

Cómo no lo iba a recordar.

Con Ricardo, el mismo Luis y otros muchachos había tenido una de las experiencias más gratificantes de su vida recorriendo el barrio puerta por puerta en Nochebuena para darles un simple abrazo de esperanza a cada amigo, vecino y familiar.

Cómo había gozado, pues lo que le gustaba de la Navidad era que siempre podía ser como una oportunidad de volver a empezar, aunque todo volviera a ser como antes después.

Enseguida decidió repetir el antiguo ritual como una forma de recuperar el tiempo perdido, pero Luis no se dejó convencer.

Tampoco ubicó a Ricardo y, con la navidad ya ad portas, decidió empezar solo.

Pronto sus visitas se hicieron famosas en el barrio y diciembre se le pasó volando, y también perdió su vuelo.

Pero no le importó y en febrero decidió continuar con los vecinos de las calles contiguas.

A comienzos de marzo ya era conocido en otros barrios y llamó a su empresa para pedir su liquidación.

-Hace tiempo que no contamos contigo, no te preocupes -le respondieron.

-Un abrazo -se despidió.

En abril ya era conocido en toda la ciudad y ni siquiera los niños lo temían, aunque también empezaron los murmullos.

En abril se enteró de ellos y decidió cambiar de estrategia, añadiendo al abrazo navideño, otro por el nuevo año.

En mayo las autoridades descubrieron que llevaba casi treinta años sin pagar sus impuestos, pero él les dio también un abrazo, consiguiendo que lo dejaran en paz.

Las malas lenguas dicen que volvió a su otro país para patentar su abrazo, pero terminó en la cárcel.

Otras, peores, dicen que murió en brazos de una osa que se tomó muy en serio lo del abrazo, aunque bien podría tratarse de un simple cuento de Navidad.

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HjorgeV 17.12.2016

UN CINQUITO DE EMPATÍA

Mi avión partirá de Düsseldorf y me basta arrojar ‘Köln Flughafen Düsseldorf’ a las fauces del Rey Gúglico para saber enseguida cómo llegar al aeropuerto.

Serán 63 km: una hora y media señalada en la opción ‘Transporte público’.

Tendré que tomar primero el bus a la estación de la localidad vecina y luego el tren hasta Colonia. De ahí directo al aeropuerto de Düsseldorf.

Mi padre acaba de morir y me estoy dirigiendo a su velorio (después resultará que no llegaré a tiempo).

Me muevo, pero mi propio cuerpo me resulta extraño. Como si fuera otro el que se está dirigiendo a despedirse de su padre para siempre al otro lado del Atlántico.

*

Una vez, en -lo que supusimos era solo- un pequeño aeropuerto de México, nos pusimos a pasear antes de hacer el siguiente trasbordo.

Desconocíamos que las dos pistas operativas estaban a 1,5 km de distancia y tuvimos que correr como almas que persigue el diablo, como decían nuestras abuelas, para no perder nuestro vuelo de regreso a casa.

Así que decido salir con cuatro horas de anticipación para llegar a Düsseldorf.

*

Aún está oscuro cuando llega el bus y lo abordo junto con otros pasajeros en la fría mañana invernal.

Le menciono al conductor mi destino para poder pagar el importe de mi boleto, pero me queda mirando como a un extraterrestre.

Warten -me ordena, sacando enseguida un libro del grosor de las antiguas guías telefónicas: cinco centímetros como mínimo y otros cinco de peso.

Me ha ordenado que espere, pero sé que me está demostrando empatía y me relajo.

Cuando los pasajeros empiezan a impacientarse porque ya ha transcurrido más de un minuto sin que el bus se mueva, giro mi cabeza y les hago una venia de disculpa para demostrarles empatía.

*

El conductor vuelve a poner en marcha el bus y en cada próxima parada abrirá el bendito libro para intentar ubicar la tarifa correspondiente.

Sé que no la hallará.

Tendrá empatía conmigo, pero es una tarea fuera de lo común para él y ya tiene suficiente con conducir y cobrar, además de que la iluminación es mala y la lógica de las tarifas alemanas es de Marte.

*

Quien llegue a Alemania de visita, deberá armarse de valor y paciencia si pretende viajar con la DB, la Deutsche Bahn (Trenes de Alemania).

Es una de las empresas de transporte más grandes del mundo con dos millardos (dos mil millones) de pasajeros al año y más de un cuarto millón de empleados.

Pero con expendedores automáticos de boletos que son un desastre.

En extremo detallosos y complicados, si tu tren está por llegar y no estás familiarizado con su lógica, bien podrás encomendarte a tu particular dios, incluso si hablas alemán.

La DB carece de empatía. Saca tus boletos con temerosa anticipación.

Es obvio que los diseñadores de sus expendedores automáticos no se pusieron en la piel del viajero. De hecho, seguro que nunca han viajado en tren.

¿A alguien se le ocurriría utilizar papel de lijar para fabricar pañales?

La DB lo hace, a su manera.

*

(Un día después llegaré a mi destino y, como siempre, una de las primeras cosas que me llamará la atención, ya al otro lado del Atlántico, será el lenguaje.

El funcionario que me atiende en aduanas no me ordena ‘Espere’, me ruega ‘Un momentito, por favor’.

Es casi como una plegaria, una forma de demostrarme empatía, porque comprende mis deseos de llegar a mi destino sin cortapisas, ya.)

*

Acabo de levantarme.

Me he despertado más temprano de lo habitual porque estaba soñando algo extraño.

Acababa de descubrir un moderno laboratorio de cocaína en una nave industrial y estaba maravillándome con la inventiva de los narcos, cuando aparecieron dos sujetos en la puerta de la nave.

A uno de ellos lo conocía. El otro llevaba una capucha con la que cubría su rostro y -no lo noté en un primer momento- también una pistola automática en su mano.

Como solo estaba curioseando y no tenía nada que ocultar, decidí relajarme.

El que me conocía me saludó más o menos cordialmente, pero el de la pistola se acercó para ver si llevaba un arma.

Tras hacerlo y notar que mis intenciones no eran malignas, hay que suponer, se descubrió el rostro.

-No temas -me dijo-. No te voy a matar, pero te recomendaría no meter tus narices en lo que no te incumbe.

Asentí. Era solo un sueño. Y me estaba demostrando empatía.

*

¿Qué sentirá alguien como Bashar al-Ásad, presidente de Siria y médico de profesión, cuando ordena atacar una y otra vez Alepo, una ciudad ahora fantasma, destruida por las bombas?

¿Empatía?

¿Y Europa, que mira hacia otro lado mientras continúa la masacre y sigue vendiendo armas?

*

En enero del año que ya llama a la puerta -2017- se cumplirán 75 de la Wannsee-Konferenz, la conferencia realizada en Wannsee, una conjunción de lagos al suroeste de Berlín.

Autoridades civiles, policiales y militares del gobierno de Hitler se reunieron en la villa Gross Wannsee para decidir la «solución final de la cuestión judía». El Holocausto que vendría después, la Shoa.

Aunque los asesinatos en masa de judíos ya habían comenzado con la invasión de la Unión Soviética, todavía no existía un plan para exterminar a todos los judíos europeos.

Recién en enero de 1942 las SS iniciaron las «evacuaciones» a los campos de exterminio.

¿Alguna forma de empatía en esa conferencia?

*

Tras estafar a miles de personas, en el mayor fraude cometido por una sola persona (68 millardos de dólares) y uno de los mayores de la historia, Bernard Madoff terminó condenado a 150 años de prisión.

Con fama de filántropo, llegó a estafar incluso a organizaciones caritativas, principalmente de la comunidad judía de su país, de la que era un personaje prominente.

Mark Madoff, su hijo, apareció colgado con una correa de perro de una tubería del techo de su departamento hace casi exactos siete años, en el segundo aniversario del arresto de su padre.

¿Empatía con las víctimas? ¿O solo vergüenza, desesperación?

*

Como la vida la vivimos entre dos oscuridades -Alice McDermott dixit-, mi avión llega a Lima de noche y una de las primeras llamadas que hago es a una de mis primas.

Quiero comunicarle que acabo de llegar y quiero visitar a mi tía, su madre, la mujer que nos acogió (a mi madre, a mi hermana y a mí) durante un par de meses hace muchos años.

La verdad es que temo no volver a verla, porque es muy anciana y no sé cuándo volveré a viajar a Lima. Pero no se lo digo, claro.

-Un cinquito -me dice mi prima, con ese tono de ruego que usado acá en Alemania es incomprensible.

Mi prima quiere apagar la radio para escucharme mejor.

«Espérame solo cinco segundos, por favor», es lo que está diciéndome, con empatía.

Entonces recuerdo que acaba de morir mi padre y ella lo debe saber.

La memoria, me digo, es una gran batalla perdida de antemano.

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HjorgeV 14.12.2016

VENTAJAS DE MADRUGAR

Su lucecita aparece en medio de la calle oscura como una inmensa luciérnaga que ha empezado a dudar de su rumbo.

Sé por su luz que gira a la derecha y se dirige a la puerta de uno de los vecinos del otro lado de la calle.

Por un momento creo que es alguien que ha salido a correr muy temprano, a las cuatro y media de la madrugada.

Luego pienso que podría ser un ladrón.

Entonces la lucecita vuelve a aparecer, cruza la calle y enfila hacia el lado opuesto.

Estoy en la cocina, que sobresale de la construcción como una media nariz encristalada. Me he levantado muy temprano para corregir mi novela.

Desde la mesita elevada que nos sirve para desayunar y comer, a mis hijos hacer sus tareas y, a mí, trabajar cuando los demás duermen, veo que la lucecita enrumba hacia la casa del vecino de enfrente.

Ya sé que solo es un repartidor que está dejando alguna propaganda o folleto en las viviendas de la zona.

Pero solo puedo ver la luz que lleva en la frente y que, por deslumbramiento, no me permite ver siquiera si se trata de un hombre o una mujer.

Él (lo supongo por la contextura que creo adivinar), lo sé, me ve; pero no sabe que yo no lo sé y que solamente veo su luz.

Debe creer que lo que él ve (y sabe) también lo ven (y saben) mis ojos.

Pero no es así y ahora solo veo una lucecita que se acerca a nuestra puerta y empieza a oscilar, acaso porque está preguntando algo que no puedo escuchar a través del ventanal, la media nariz.

Estamos a solo dos metros de distancia y no sé cómo reaccionar.

(Gozo pensando que podría ser uno de los personajes de mi novela que ha venido a reclamarme algo, incluso a atacar y matarme, pues significaría que he conseguido insuflarle vida.)

Es invierno por estas tierras teutonas.

La temperatura exterior es de -1ºC; lo acabo de ver en la Red. Más de veinte grados de diferencia nos separan, además del vidrio y el cemento.

Sé que no debe estar pasando frío porque su silueta denota una gruesa vestimenta y, además, el continuo movimiento debe ayudarlo.

Finalmente veo el Kölner Stadt Anzeiger -el principal diario de la ciudad- que agita en la mano y entiendo lo que está tratando de decirme: que solo se ha acercado a dejar un ejemplar en nuestro buzón.

Asiento con la cabeza, incómodo por no poder ver sus ojos ni el resto de su rostro.

Tal vez alguna vez el futuro sea así -pienso- y terminemos intentando comunicarnos con lucecitas que flotan en el aire, pero sin llegar a saber lo que nos dicen.

Cuando me doy cuenta de que tendría que agradecerle por la entrega, la luz ya ha desaparecido y entiendo que el repartidor ha girado para continuar su ruta.

Me toma unos instantes volver a reconocer su lucecita en la oscuridad, a través de los cristales.

Dejo de mirar hacia afuera y vuelvo a mi novela.

Lo hago con cierto resabio: el de haberle demostrado no mucho más que temor ancestral al inesperado visitante.

Abro mi libreta, donde he apuntado la noche anterior los cambios y detalles que deseo injertarle a mi historia, dispuesto a olvidar el temprano incidente.

Entonces continúo mi travesía por el espacio, a una velocidad de 30 km por segundo alrededor del sol, a bordo de esta nave llamada Tierra.

Ahora sé que una figura se mueve en la oscuridad, muy cerca, repartiendo diarios a los demás ocupantes, que aún duermen como los pasajeros de un avión, mientras yo trato de insuflarle vida a mi historia inventada.

Me acerco al ventanal. Miro hacia arriba, fuera de la nave, como un turista.

El nuevo día ya no está lejos. Como siempre.

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.HjorgeV 05.12.2016

ENTREVISTA (FICTICIA)

-HjorgeV, buenos días.

-Buenos días a todos.

-Empezaré con una pregunta boba. ¿Qué sentido tiene escribir y mantener una bitácora en un mundo en el que solo falta que los pensamientos y los sueños pasen automáticamente como textos a la Red, junto con las fotos del desayuno?

-Tal vez ninguno.

-¿Por qué hacerlo entonces, si ni siquiera compensa el costo de las comidas mientras se escribe como un esclavo?

-Tal vez por eso, precisamente. Aunque puede que se trate de una confusión energética, más bien.

-¿No se escribe para darle sentido a la vida?

-¿Y quién se lo daría al oficio de escribir?

-La pregunta iba en serio.

-¡Mi respuesta también! Más sensato sería darle sentido a la muerte. Dura más. Y siempre es inevitable. La vida no necesariamente.

-¿Qué sentido tendría encontrarle sentido -uno solo- a la muerte?

-Ojalá lo tuviera. Y ojalá se pudiera encontrar el sentido de algo, de las cosas, de un solo sueño. De la nada, para empezar, que no es poco.

-¿Toda vida es inútil en el fondo entonces?

-En el fondo, sí. Porque lo nuestro es pasar. Se le ocurrió a un sevillano Machado y lo cantó un catalán un siglo después. No tendrían qué hacer, imagino. En los tiempos de Machado no existía la televisión. 

-¿No se estaría justificando así el sufrimiento de pueblos enteros?

-Nada justifica el dolor de nadie, ni un solo segundo. Son dos planos diferentes. Nada hay más real que el sufrimiento ajeno y opino que Ayuda A La Colectividad debería ser una asignatura escolar. Otros dicen que Negocios, tal vez para poder vender crayolas en los asilos de ancianos. El solo hecho de que exista un servicio militar obligatorio dice todo sobre los seres humanos; en especial de los hombres.

-Pero una guerra también pasa, tarde o temprano.

-Decir que el agua moja, no es nada que altere sus propiedades.

-¿Por qué no publicar para que otros lean su esfuerzo?

-Se cansarían y podrían enjuiciarme.

-¿Y hacer de la escritura una forma de vida?

-Ya lo es para mí.

-¿No le gustaría ganar dinero con ella?

-Una forma de vida es una forma de vida. Una forma de ganar dinero es una forma de ganar dinero. Un sapo es un sapo. Una rana no es un sapo. 

-¿Y una rana millonaria?

-Una rana millonaria postularía para presidente de EEUU. De hecho ya hay una en la Casa Blanca, con perdón de las ranas. Habría que desligar el dinero de toda actividad humana, más bien.

-¿Por qué no hacer de la escritura un proyecto de vida?, quiero decir.

-La vida está llena de proyectos. La mayoría de ellos hacen agua y los afrontamos con miedo a diario. Sobrevivir, por ejemplo. O trabajar en una empresa bajo el permanente yugo de ser despedido. La diaria adaptación al mundo de las percepciones de nuestros semejantes es otro esfuerzo que no solemos tomarnos demasiado en serio a pesar de que lo necesitamos, precisamente, a diario.

-¿Por qué no vivir profesionalmente de la escritura como pasión?

-Siempre habrá expertos en cosas que apenas entienden. Tal vez por eso se convierten en expertos.

-¿Va dirigido a mí? ¿No puedo saber lo que significa la escritura como pasión?

-Lo que yo no sé es qué significa vivir profesionalmente. Uno vive. Nadie lo elige. A veces ni siquiera tus padres eligen tu vida. Sucede y ya está. Al día siguiente ya es muy tarde.

-¿Pero por qué no hacer de la escritura una profesión?

-Es una pasión. ¿No es el mejor pago? ¿Para qué pedir más? Encima uno puedo reír con ganas, muchas veces.

-¿No sueña con ser admirado por miles de lectores?

-A muchos les pagaría para que no tocaran mis libros. Las reinas de belleza, ¿admiran a todos sus admiradores? No lo creo. A algunos deben detestar.

-¿Se está comparando con una reina de belleza?  

-Usé una mala imagen, es cierto. 

-¿La belleza como meta máxima en el arte?

-Gran tema.

-¿Por qué llamar libros a simples concatenaciones de palabras?

-El 99% de la humanidad llama dios a la ausencia de misterio en nuestra existencia; y encima cree haber resuelto este así: en realidad, ha aumentado otro misterio. Personalmente, encuentro más misteriosas las no existencias; la muerte, entre ellas. El tiempo es otro gran -bello- misterio. Si es infinito, no se podría hablar de comienzo ni fin del universo.

-¿Me va a decir que nunca ha soñado con ser admirado?

-Soñamos a diario y cuando despertamos no recordamos nuestros sueños. Sucede.

-¿Y escribir como una forma de paliar el horror al vacío?

-Escribir es el vacío. La ilusión de quien escribe es que cree que va está llenando el vacío con textos. Pero solo son curitas, parches. Hasta esa forma tienen.

-¿La escritura como huida entonces?

-Me gusta irme de las fiestas en su mejor momento, sin despedirme. Es la mejor garantía de recordarlas bien. Hace poco me fui del velorio de mi padre y fue genial, porque no se quejó ni intentó corregirme. De una novela, en cambio, no me puedo ir.

-¿Una huida hacia adelante?

-Avanzo como las hormigas, explorando caminos. Muchas veces me pisan y termino aplastado.

-¿Dale a un insecto la capacidad de crecer y terminará aplastándote?

-Los animales son más inteligentes. Mire a las ratas. Han terminado invadiéndonos y ni siquiera las vemos. Geniales.

-¿Es esa una metáfora del futuro, ya con seres extraterrestres?

-La ciencia ficción es creer que dominamos nuestra existencia, las cosas, el mundo, nuestro entorno y cada paso que damos. En realidad estamos en Las Vegas: siempre esperando que alguien lance los dados y lo haga bien. Encima, la banca se lleva la mejor tajada. Para variar.

-¿Miedo a la muerte acaso?

-Por el lado de los textos, solo si al otro lado tuviera que admitir que todo lo escrito ha sido no solo en vano, sino que también lo he estado haciendo muy mal.

-¿Y si ese fuera el último pensamiento de su vida?

-Entonces la muerte sería una salvación.

-¿Por qué no dedicarse a otra cosa mejor?

-Es el primer pensamiento de cada día, casi una liturgia. Solo me faltan las velas. Por suerte esto solo es una entrevista ficticia para un medio inexistente. Gracias de todas maneras. Y un buen día a todos. 

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HjorgeV 1.12.2016

CÓMPLICES DE VIDRIO

Tengo una buena relación con mi espejo.

Aunque a veces preferimos no vernos por la mañana (como dos amigos que han pasado una larga noche de farra juntos y prefieren no compartir el desayuno para no ver en el rostro del otro las ruinas del propio), solemos llevarnos bastante bien.

No somos como esas parejas que habiéndose ido a la cama juntos, en algún momento de la noche lo racional (o irracional) se impone en uno de los dos (por lo general en el que está de visita), llevándolo a emprender una presurosa huida.

Eso jamás me haría mi espejo.

Lo que me gusta de él es, curiosamente, tanto su capacidad para quitarme años como para ponérmelos de más.

Porque hay días en que me los quita como un generosísimo y senil Papá Noel al revés y, en otros, me agrega hasta las décadas de los vecinos.

Pero nunca acierta.

Y ahí radica su encanto: en su incapacidad para determinar el número exacto de las hojas de mi almanaque.

A veces me río de sus errores y me enorgullezco de mi capacidad para despertarme unos días más joven y otros más viejo.

Pero sé que es así por miedo a la muerte: a esa guerrera ciega e incansable que, sin conocer a sus futuras víctimas, sabe que igual les pasará su particular factura el día menos pensado.

(Y debe reír por ello, hay que imaginar: por el poder y la pétrea determinación de su oscura lotería.)

Ese respeto viene de familia: para la que la muerte es un tema escabroso y, de ser posible, a evitar; como si así perdiera su vigor y -quién sabe- hasta su sentido.

¿Murió fulanito de tal, papá o la abuelita del vecino?

Mejor no lo digas: no vayan a morirse de nuevo por estar mencionándolo.

La verdad es que ignoro qué sería de mi familia si la historia la hubiera situado en, vamos a decir, Alepo o, salvando las inevitables coordenadas y las respectivas dimensiones, en Guernica.

Por mi parte, ni siquiera un espejo entero tendría.

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HjorgeV 28.11.2016