«EL ESPACIO QUE YA NO OCUPAS»

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Salgo flotando de puntillas de mi sueño,

desmarañando los flecos del amanecer

que se entremezclan con los de mi mundo

subconsciente: un ladrón que no sabe

qué hurtar a escondidas de su propio hogar.

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En ese espacio flotante, deudor de vida y

consciencia, de muerte y nada absoluta,

me desplazo con la ligereza de un dios

que huye hacia la eternidad de tu mirada.

.

Nada ha cambiado en el mundo de fuera:

las luchas siguen siendo las mismas, el

olor de la derrota y el desgano permanecen:

más allá, lejos de ese otro fragor de victorias

encadenadas que nos permitían afrontar el día.

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Alguna vez vendrán y se llevarán todas estas

reliquias: invasores concentrados en el diseño

de sus futuros museos, leyes y detritus.

Recogerán todo lo que aún flota en el aire y

no ha sido absorbido por las conciencias en pena.

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Estos recuerdos infames. Tu forma de darle

consistencia a mis días. Las vicisitudes de tu resplandor.

Vendrán y el universo callará, ahíto de respeto.

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No será más mía esta mañana que aún no termina

de bacar, este despertar alucinado que sigue sin

aprehender el espacio que ya no ocupas.

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HjorgeV 17-10-2010

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ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (VIII)

Leo en Sapiens. De animales a dioses, la genial obra del historiador Yuval Noah Harari (Kiryat Atta, Israel, 1976), que en la Europa medioeval la nobleza creía a la vez en el cristianismo y en la caballería.

Por la mañana el noble asistía a la iglesia para escuchar al sacerdote predicar que las riquezas, la lujuria y el honor eran tentaciones peligrosas, y que debían ser humildes como Jesucristo, evitar la violencia y ofrecer la otra mejilla en caso necesario.

Por la tarde el noble vestía sus mejores vestidos y más tarde se iba a un banquete, en el que corría el vino, chistes lujuriosos y se intercambiaban sangrientos relatos bélicos.

Las Cruzadas les permitieron a estos nobles aliviar esta contradicción, aunando bravura militar y devoción religiosa en una sola empresa.

*

Las activistas de FEMEN utilizan sus cuerpos (parcialmente desnudos) como medio de protesta, pues es un método mediáticamente efectivo.

El segundo mayor estado capitalista del mundo es -oficialmente- comunista.

Parece ser que el mayor porcentaje (conocido) de pederastas organizados se encuentra en el seno de la iglesia católica, que considera a la bondad, el respeto y la castidad virtudes elementales.

El activismo antiglobalización se vale de las herramientas de la globalización para lanzar un mensaje global.

Asesinos y criminales suelen llevar una cruz en el pecho.

Los mismos que consideran repugnante que ciertas mujeres se cubran el rostro debido a sus creencias religiosas, no permitirían que sus esposas e hijas salgan desnudas a la calle.

Nacionalistas que son hinchas del Barcelona: acaso el equipo más global dentro del deporte más global de todos.

Una economía de mercado que salva a los más ricos entre los ricos (los bancos) con el dinero de los demás (quienes, de paso, ni se quejan.)

Curas que se explayan sobre matrimonio y sexo.

Los más pobres del planeta son los más solidarios. Y al revés.

Más terrorismo (de Estado) para ‘acabar’ con el terrorismo.

Gente que encuentra un sentido a su vida acabando con ella.

*

¿Vivimos para contradecirnos, anhelando/buscando siempre más contradicciones?

¿O, por el contrario, son las contradicciones las que nos permiten vivir, darle sentido a nuestra vida, aunque solo sea para comprobar que respiramos y podemos pensar?

En todo caso, ¿cuál es la ventaja que nos proporcionan esas contradicciones?

¿O no funcionamos guiándonos entre lo que nos da ventaja y lo que nos estorba, molesta o impide avanzar?

¿Deseamos avanzar continuamente? ¿Buscamos siempre ventajas para conseguirlo? 

¿Fuma el fumador (aparte de su lucha perdida contra una potentísima droga) porque el placer es mayor (más ventajoso) que el cáncer que podría acabar con su adicción (tras acabar con él)?

¿Y, si ese cáncer acorta el periodo placentero posible, qué sentido tiene seguir fumando?

Digo tabaco.

Podría decir amor, dinero, escala social, fama, angurria, poder.

Simple deseo de protección. Supervivencia. Cualquier relación humana.

*

De modo que ahí voy, camino al Centro Pompidou, mi magnífico Beaubourg, desplazándome por las calles de París como un imbécil: un fantasma que ignora que se acerca a su fin en una agradable tarde de verano.

(O tal vez ya lo sabe y por eso se muestra indolente, pues, ¿qué más da?)

Hasta aquí he llegado.

Caminos, rutas, tiempo, espacio y travesías para llegar a un simple callejón sin salida.

Haber estudiado Física y Matemáticas no me ha servido para calcular ni prevenir siquiera los riesgos más mínimos y obvios de mi aventura sideral.

(Los viajes de los mileniales de hoy son otra cosa y, en más de un sentido, superseguros:

Con sus fonos pueden hacer y prever contactos, posibilidades y ofertas; estudiar mapas y rutas; y, en caso de peligro o angustia económica, recurrir a los amigos o wasapear gratuitamente a mamá.

De no haber encontrado un sofá prestado antes, se entiende.)

*

¿Qué me había imaginado? ¿Que París me abriría sus puertas y que superaría cualquier escollo por grande que fuera?

Mucho antes de subir al bolbaguen de Carloncho que me llevaría a la estación espacial llamada aeropuerto Jorge Chávez para abandonar mi particular planeta llamado Lima, había preguntado y recolectado experiencias, anécdotas e historias sobre gente que había pasado por Europa.

Así me había hecho con una lista de direcciones, números telefónicos, datos e informaciones adicionales relevantes.

Me había entrevistado con una serie de compatriotas que habían recorrido Alemania, Francia, Suecia y Dinamarca. La mayoría de ellos, músicos.

Mi estadía en Mannheim, gracias a una beca dos años atrás, me había permitido orientarme en el mundo de los músicos transhumantes, pues había llevado conmigo mis instrumentos.

Me creía preparado.

*

¿Cómo, si apenas llevaba dinero encima y no sabía cómo ganar uno nuevo?

¿Qué diablos me había imaginado?

¿Buscaba un nuevo mundo? ¿O era, más bien, laxa, irresponsable curiosidad lo mío?

¿Por qué, en todo caso, abandoné mi refugio temporal, pero seguro, solo porque mis anfitriones me habían llamado la atención por dos faltas triviales, menores?

¿Puede el orgullo matar a una persona?

¿Ponerla en peligro gratuitamente?

*

¿Existe el destino, vale decir, está todo, de alguna forma, determinado, escrito previsto, y nuestra única labor en el universo es comprobarlo, testificarlo?

Mucha gente piensa así.

Ahí está el momento cuando veo salir de una estación del Metro a mi excompañero U., justo cuando no sé qué hacer ni a quién acudir. ¿No es eso destino, suerte, casualidad?

¿Por qué dejé pasar esa oportunidad?

¿Por vergüenza?

*

Todo creyente cree en un destino predeterminado, pues, de no hacerlo, negaría a su propio dios:

Este solo podría ser omnipotente, omnisciente y omnipresente en un escenario fijo, predecible.

No en uno caótico y azaroso, donde nada es lo que parece y todo está mutando continuamente.

*

Un dios no podría ser omnipresente, si no supiera cómo y cuál es el espacio a ocupar y en el que moverse. (Teóricamente, todo el universo.)

Vale decir, debe conocer tanto el espacio presente como el futuro.

Un dios no podría ser omnisciente, si el caos y el azar lo sorprendieran a cada momento.

Debe conocer cada acción y movimiento futuro, por venir.

Un dios no podría ser omnipotente, si no pudiera por lo menos conocer a lo que se va a enfrentar.

Debe conocer a sus futuros enemigos, oponentes, retos, tareas o complicaciones.

Saber lo que se viene.

Como sabe o conoce ese futuro, entonces ese porvenir ya existe (por lo menos en su conocimiento).

*

Personalmente, prefiero imaginarme el mundo como una misión mal explicada a un puñado de incapaces, del que formo parte, y en el que el verdadero dios de todas las cosas es el azar.

Es lo que me permite avanzar con más tranquilidad en la oscuridad de mis pasos, aceptando mi papel de simple gusarapo en la sopa universal, consciente de que cada nueva respiración es una suerte:

El abrevaje que me permitirá afrontar esta extraña y cortísima aventura llamada vida.

*

L. (o sea el azar) me salvó la vida esa tarde parisina.

Por lo menos esta vida, desde la que escribo estas líneas.

Cuando aposté con mis hijos en mi última visita a París, a que la primera persona a la que le preguntara por L., sabría darme razón sobre su paradero, lo hice porque ya me había imaginado que L. no solo había obrado así conmigo.

Hay personas así.

Verdaderos ángeles de la guarda, atentos a caídas ajenas.

Incluso en pleno Atlántico.

*

-¿Qué haces? -me preguntó entusiasmado L. esa tarde de junio, en una pausa del concierto de su grupo sobre la explanada del Pompidou.

-Buscándomelas -respondí-. Acabo de llegar de Lima.

-¿Y cómo te va?

-Prefiero no responder -dije, tratando de mantenerme ecuánime.

-Ah, no tienes grupo. -Sonrió él.

Preferí no comentarlo.

-Pero, ¿tienes dónde vivir? -insistió.

-Prefiero no responder -repetí.

-¿Tienes suficiente guita?

Traté de armar una forma de sonrisa, pero debió salirme la más idiota que tenía.

-Chóper, hermano -me dijo L., posando sus manos sobre mis hombros-. Tú no te preocupes. Desde mañana vas a tener donde vivir y un grupo con el que trabajar. ¿De acuerdo?

Solo pude asentir en silencio.

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HjorgeV 11-10-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (VII)

¿Qué me llevó esa lejana mañana de junio parisina a abandonar el departamento de la pareja que me alojaba, a pesar de no tener adonde ir y encontrarme en un país extranjero en el que no conocía a nadie, sin boleto de regreso y apenas dinero en los bolsillos?

¿Qué me llevó a lanzarme al vacío?

¿Estupidez supina? ¿Orgullo desmedido? ¿Cierta autoconfianza? ¿Desconcierto absoluto?

¿Una mezcla de los cuatro?

¿Haber conocido a Francine?

*

De ella ya sabía que secreteaba nuestros encuentros: yo no la podía llamar y siempre tenía que esperar su llamada, por lo que suponía que estaba casada o comprometida con otro hombre.

(Tal vez con una mujer. Quién lo sabe. Me ha sucedido al revés: que una chica terminara dejándome por otra.)

Cuando Francine me llamaba, lo hacía solo para mencionarme el nombre y la dirección de un hotel en el que había reservado una habitación, además de la hora del encuentro.

*

Nos amábamos luego en silencio, atravesando, desdoblando, mezclando los diversos planos y recovecos de nuestros propios espacios personales como guiados por un efectivo alucinógeno.

Tenía una figura de envidia y sus lentos, pero plásticos movimientos la remarcaban aún más. No me abrazaba: me abrasaba con sus brazos y el resto de su cuerpo, transportándome a un estado de perfecta flotación.

Solo desentonaban -por decirlo de algún modo- una pizca lejana sus turgentes, enormes y bien formados pechos, pero sobre todo debido al fuerte contraste con la gracilidad de su silueta. De haber sido un fetichista mamario, me habría creído en el paraíso.

Por lo demás, Francine era una droga holística, potente y silenciosa.

*

Después del amor, me conducía, a modo de un amante ciego, a un restaurante, en el que también había reservado previamente una mesa.

¿De qué hablabámos si ella no hablaba mi lengua ni el inglés y yo tampoco la suya?

Me enseñó un par de frases en su idioma con las que podía preguntarle por todo: ¿Cómo se llama esto? ¿Qué significa estotro? Comment s’appelle ça…? Qu’est-ce que ça veut dire…? 

Con Francine aprendí el primer francés que aún puedo usar, mientras paseábamos con nuestros pies flotando a pocos centímetros de las aceras y calles parisinas.

El mundo era nuestro entonces por un par de horas: un simple escenario de nuestra locura y éxtasis temporal.

*

De modo que no contaba con ella en mi catapulta al vacío. De hecho, como había abandonado mi refugio, ella ya no podría llamarme a la casa de la pareja franco-chilena.

Por otra parte, yo ya había quemado mis dos grandes naves:

La posibilidad de que el primo de Carloncho me alojara por unos días (pues no había pasado de compartir un simple café en un establecimiento de lujo).

La otra nave era W., el músico que llevaba muchos años en París y que, cuando lo conocí en Lima, me había animado a saltar el Charco.

*

¿Qué me quedaba? Solo un par de contactos más, cuyos números telefónicos enseguida marqué en una cabina, pero sin ningún resultado.

Empezaba a sentirme de humo y sufrir el vértigo del inminente abismo.

Sin saber qué hacer, me dirigí al Pompidou: un fantasma que ignoraba su condición.

Mi salvación momentánea era que aún tenía un problema por resolver, lo que me permitía aferrarme al mundo real.

*

Sucedía que por ese entonces los precios de los vuelos Lima-París eran mucho más baratos comprados en París, así que Carloncho me había dado el dinero para que le comprara su boleto y se lo enviara luego por correo.

Por desgracia, justo por esos días los precios se emparejaron y yo ahora tenía que devolverle su dinero, pero no sabía cómo, pues no hablaba francés y los franceses eludían hablar otros idiomas.

(Esto último ha cambiado por completo. No hace mucho hice la prueba de hablar en castellano y siempre pude encontrar a alguien que lo hablara en la Ciudad Luz.)

*

¿Qué hacer?

El puñado de hispanohablantes a los que me atrevía a consultar, no supieron responder mi pregunta, más allá de una mirada perdida, mezcla de dolor y locura.

Uno me habló de un bosque en el que solía acampar gente que, como yo, no tenía dónde ir.

Otro me mencionó la posibilidad de recoger botellas y venderlas para poder pagarme una habitación.

Asqueado y espantado, llegué a pensar en arrojarme a las vías del tren.

*

Entonces, como por arte de magia, vi en pleno centro de París a U., un excompañero de colegio con el que me había llevado bastante bien.

Sin embargo, en vez de correr a su encuentro para saludarlo y preguntarle si podría brindarme alojamiento por una noche, mi reacción fue esconderme.

Obviamente, la cabeza no me funcionaba bien.

Y, mientras me alejaba de U., volví a pensar en las vías del tren como solución.

El mundo había empezado a oscurecerse y cerrarse como el cielo encapotado que preludia una tormenta.

*

En mi última visita a París les hice a mis hijos una apuesta.

Que me bastaría preguntar en la calle a una sola persona para dar con el paradero de L.

París es una ciudad de varios millones de habitantes, ¿cuál era entonces la probabilidad de que la primera persona a la que le preguntara en la calle por L., lo supiera? Con mala suerte, escogía a alguien que ni siquiera vivía en París. 

-Suele parar en un bar que está en la calle tal -fue la respuesta de la persona que elegí.

*

Encontré a L., precisamente, al final de esa tarde de vías de trenes y oscuridad mental.

Tocaba con su grupo en la explanada del Beaubourg. Apenas lo reconocí, me mezclé discretamente entre el público que los rodeaba.

Lo conocía de Lima, donde habíamos coincidido en varias actividades culturales y conciertos de la San Marcos.

Cuando terminaron de tocar, me señaló lanzando un grito de júbilo:

-¡Chóper! ¡¿Qué haces por acanga, hermano?!

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HjorgeV 09-10-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (VI)

De pronto, por entre los miles de libros de la exposición que ocupaba varias salas del Les Halles, apareció Francine como desplazándose sobre pausados patines.

Un hada escapada de su mundo fantástico a través de un repentino intersticio o fractura de su revestimiento dimensional.

Aparte de su aura, me fascinó enseguida su manera de vestir (un hada), así como la de desplazarse por entre los pasillos de la exposición, como si pudiera leer sin tener que abrir los libros, ni siquiera tomarlos entre sus manos.

Como ya lo había hecho con Babsy, me imaginé a su lado.

Nos imaginé hojeando juntos novelas y poemarios, comentándolos en nuestros respectivos idiomas.

*

La seguí con la mirada, desde muy lejos, temeroso de que pudiera notar mi presencia y mi anonadado interés.

Me contentaba con seguir sus gráciles movimientos mientras hojeaba un libro tras otro, levantando la vista de cuando en cuando para embriagarme con su visión.

Con todo, en un momento dado se produjo una congestión en uno de los pasillos, quise huir para disimular mi mirada embelesada, pero terminamos coincidiendo uno o dos segundos, cuerpo a cuerpo, en un atasco, ella detrás de mí.

Un instante eterno, extendido sensorialmente por el tacto de sus turgentes pechos contra mis omóplatos.

Tendría que haberme quedado paralizado, pero, en cambio me invandió un pánico glacial y huí.

*

Todo el mundo tiene su McGuffin.

Lo sepa o no, lo quiera o no, se mueve de acuerdo a él.

Quieres ser médico. O ingeniero. Quieres que tus hijos crezcan sanos. Que tu pareja sea feliz contigo. O simplemente no pasar hambre. Comprarte una casa, un automóvil.

O quieres servir a un dios.

A la patria. A un partido o grupo.

Ser millonario o tener un simple sueldo decente. O llegar a ser un personaje importante, famoso.

Astronauta. Vendedor, futbolista, premio nobel, profesor, científico, escritor, periodista, arquitecto, cocinero, gastrónomo, carnicero, conductor de bus, maestro de escuela, panadero.

Salvar refugiados.

Cambiar el mundo. O solo tu vivienda (con la ayuda de Ikea).

*

En el ámbito cinematográfico, un McGuffin es un objeto o persona que desencadena, azuza o potencia la trama, pero sin ser importante en sí mismo; vale decir: es intercambiable.

Su función es mantener la tensión, no dejar que decaiga esta. Lo que es (su naturaleza) no importa mucho.

En la vida de cualquiera (la vida es, después de todo -y nada-, una simple y cortísima película) siempre hay un McGuffin, que es, por así decir, lo que nos permite (con o sin ideología o filosofía, y conciencia de ello o no) esperar a Godot.

(En Esperando a Godot, una obra teatral de Samuel Beckett, dos vagabundos esperan en vano a un tal Godot, con quien no está claro si tienen una cita. Al final, el público no llega a saber quién es Godot ni qué asunto tienen que tratar con él.)

(Teatro del absurdo. O sea, de la vida.)

*

Dos días antes de la exposición de libros en Les Halles, me había citado con el primo de Carloncho, tras marcar en una cabina telefónica el número que llevaba meses escrito en mi Libreta de Viajes y Apuntes.

(Tenía direcciones y teléfonos de diferentes puntos de Europa en ella: de unos chicos de Winterthur, en Suiza, con los que había recorrido los Caminos del Inca hasta Machu Picchu y habíamos compartido un fondue.

De una alemana de Bremen, que me había encandilado con su mirada de fuego azul y me había pasado con mano temblorosa sus datos.

De Elke, la chica que me había visitado en Lima tras concluir mi beca en Mannheim y con la que había estado a punto de iniciar una larga relación tres años antes.

Además de otra gente de París: conocidos de conocidos de conocidos, todos solo por referencias o recomendaciones.)

*

Había contado con que el primo de Carloncho me invitara a pasar por su casa, pero solo me nombró un café donde citarnos, que resultó ser una especie de pequeño palacio con vistas a una plaza de ensueño.

(Que París estaba llena de plazas así, ya lo sabía. Pero esta me pareció singularmente especial, acaso porque pronto podría ser el escenario de un nuevo cambio de rumbo en mi vida.)

D. llegó con el aspecto y la prisa de un director de un banco durante su pausa del mediodía, pidió dos cafés y me preguntó si deseaba comer algo.

Aunque no era cierto, respondí que no de la manera más amable posible y luego me soltó un cuestionario que respondí más amablemente aún:

Cuándo había llegado a París, qué hacía, qué había hecho en el Perú, dónde vivía, qué planes tenía. Solo le faltó preguntarme cuánto dinero tenía.

Y no sé si yo le habría dicho la verdad, pues el poco dinero que había traído conmigo de Lima ya casi se me había agotado y no tenía la más mínima idea de cómo haría después.

D. se despidió después de pagar el precio equivalente a dos kilos de café, añadiendo, como si hubiera estado a punto de olvidarlo, que lo llamara si tenía algún problema o necesidad.

No me atreví a decirle que por eso lo había llamado y solo le hice adiós con la mano.

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En mi cobarde huida (de los turgentes pechos de Francine) no reparé en lo que sucedía a mi alrededor.

Recién volví a la realidad cuando, varios minutos después de ese contacto inesperado y volcánico, levanté la vista del libro que había escogido para refugiarme en un rincón de otra inmensa sala de la exposición y la avanzando en mi dirección.

Aún sentía el rescoldo en mis omóplatos, que enseguida se trasladó a mis mejillas.

Quise desaparecer cuando ella se detuvo, a escasos dos pasos. Solo le faltaban las alas. Y yo necesitaba un par urgentemente.

Sin saber qué hacer, la miré y vi que me sonreía tímidamente.

(Música: una mezcla de Matándome suavemente con su canción, en la versión de Roberta Flack, y The most beautiful girl, de Charlie Rich. Entorno: libros, nada más que libros. Luz: cenital, disminuyendo poco a poco.)

*

Entonces, en plenas entrañas de ese monstruo llamado Metro de París, y como si mi destino fuera un sencillo logaritmo que, seguido al pie de la letra y con paciencia, solo podía conducirme al éxito, el día anterior me había encontrado con W., el músico que en Lima me había animado a dar el salto a la Ciudad Luz.

Desde que había llegado a la capital francesa, lo había llamado repetidas veces al número que me había dado en un bar en el que habíamos compartido memorables veladas, pero nunca había contestado.

Encontrarlo en la mayor estación subterránea del mundo, Châtelet-Les Halles, provista de varios niveles y por la que hoy pasa casi un millón de pasajeros diariamente, era algo parecido a una verdadera hazaña. Y eso sin considerar que yo no sabía dónde vivía ni por dónde se movía W., pues solo tenía su número telefónico.

*

En uno de los niveles subterráneos de Châtelet-Les Halles lo reconocí desde lejos.

Iba con su guitarra, marcando un paso muy firme, casi militar.

Enseguida corrí hacia él, con la mente puesta en las veladas que habíamos compartido en Lima y en su ofrecimiento de «armar un buen grupo en París».

Sin detenerse, me dijo que no tenía tiempo ni ganas de hablar conmigo.

Quise decir algo, recordarle lo que me había dicho en Lima, pero apresuró aún más su paso y se perdió entre la muchedumbre.

Al día siguiente conocí a Francine.

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HjorgeV 30-09-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (V)

Recorrer las páginas de tu propia existencia:

Las veces que no te atreviste, las que te quedaste callado sin protestar, las que te comiste todo el estiércol de la humanidad por cobarde: las que decidiste descobrártela, y terminaste estiercolándola; las veces que diste todo vanamente y las que no diste nada.

Hacer ese recorrido como si todos tus momentos no fueran propios, sino celdas de una exposición museística centrada en recrear la vida de un sujeto X, al que observamos con ojos de entomólogo o de experto en arte.

O repasar todos tus pasos terrestres como si fuera el encargo de un productor cinematográfico, de quien aún no sabes siquiera cuáles son sus intenciones.

*

Con todo, poner todo nuestro empeño en la recuperación de la memoria, sin renunciar a la complicadísima maraña de nuestro imaginario actual ni a nuestra particular paleta de colores y sus raídos pinceles, testigos de nuestros avatares y derrotas.

Cumplirlo, pero sabiendo que, en el fondo (y en la superficie), somos solo un inmenso vacío rodeado de mayor vacío aún. La física puede explicarlo mejor:

Si un átomo de carbono tuviera el tamaño de la Tierra, su núcleo (el lugar de los neutrones y protones) sería apenas el de un campo de fútbol y el resto sería vacío hasta la superficie (terrestre), que es la cárcel donde divagan los electrones.

Somos, fundamentalmente, vacío rodeado de más vacío.

*

Empecé a frecuentar el Beaubourg -el Centro Pompidou– cuando no tocaba con el grupo, especialmente en las pausas del mediodía.

Las mejores horas para vender cedés en las entrañas de ese cíclope llamado Metro de París eran las primeras de la mañana y las últimas de la tarde, cuando los parisinos regresaban de trabajar, de modo que me quedaba bastante tiempo libre el resto del día.

Sin buscarlo, pronto encontré mi particular paraíso.

El Beaubourg: una inmensa biblioteca pública junto a una de las colecciones de arte moderno y contemporáneo más completas del mundo, y eso en pleno centro de la Ciudad Luz.

El simple acceso al edificio de estructura industrialista y con conductos y escaleras visibles desde el exterior, era, por sí solo, como el inicio de un escape perfecto de la Tierra. La Evacuación Final.

*

Allí los vi por primera vez:

Ella, una rubia alta, de perfectos rasgos simétricos, cabello sedoso y boca bardotiana.

Él, un tipo más alto aún, sin hombros apenas. Su cabello lacio y muy negro sobresalía de un sombrero tan negro como el resto de su vestimenta. Chino, imaginé, por sus rasgos faciales.

*

Constituían una pareja rarísima, plena de contrastes de todo tipo: su belleza frente a la simpleza -casi fealdad- de los rasgos de él. Sus gestos armoniosos, frente a los fríos de él. Ella parecía flotar sobre el suelo. Él, llevar una carga que apenas le permitía seguir a su lado.

Por su forma de desplazarse y conversar, con continuas pausas y cambios imprevistos de rumbo, como influidos por los temas que tocaban, imaginé que conversaban sobre arte o filosofía.

Me imaginé en su lugar, en el de él, contentándome con recorrer las calles del viejo París con una edición de Rayuela deshaciéndose entre mis dedos debido al sudor de mis manos nerviosas: pero a su lado. Así de bella era ella.

Cada vez que los descubría en la explanada del Pompidou, o ya en su interior, los seguía y espiaba  un par de minutos desde lejos.

Así descubrí que nunca se besaban ni intercambiaban demostraciones de cariño.

También, que sus atuendos no eran tan ‘naturales’ como me habían parecido la primera vez, y que debían dedicar mucha concentración, tiempo, dinero y esfuerzo en conseguir esa aura de pareja recién llegada del planeta más filosófico y artístico del Universo.

*

Hay un fenómeno que apenas capta nuestra atención, y eso a pesar de que probablemente será el factor más determinante de nuestro futuro como especie.

Nos hemos convertido en una sociedad exponencial.

La gran paradoja es que los humanos, aparte de nuestra capacidad para producir arte y autoextinguirnos, nos caracterizamos por nuestra incapacidad para entender, concebir siquiera, las funciones exponenciales.

Baste un ejemplo:

Si pudiéramos doblar una hoja de papel (A4, 80 g/m2) por la mitad y nos fuera posible repetir esta operación 50 veces:

¿Qué altura alcanzaría el papel doblado: la de un ropero, la de una casa o la de la torre Eiffel?

Le faltaría muy poco para llegar al sol. Esa sería la respuesta.

¿Suena a imposible o, incluso, necio?

De acuerdo.

Esa es nuestra humana incapacidad, precisamente.

*

La Wikipedia define el síndrome de Diógenes como un trastorno del comportamiento caracterizado, además de por el total abandono personal y el aislamiento social, por la acumulación de grandes cantidades de basura y desperdicios domésticos.

Quitémosle el abandono personal y social, y tendremos el síndrome que tal vez más contribuirá a nuestra extinción como especie.

Es el poder del coleccionismo, ya convertido en acumulación compulsiva: de discos, libros, amistades, mensajes, fotos, videos, películas, series, contactos en la Red, fonos, pantallas.

Los antiguos coleccionaban esclavos, posesiones, territorios, castillos, joyas, arte, muebles, amantes, crímenes.

Lo que para nuestros antepasados recolectores y cazadores había sido alguna vez una cuestión de vida o muerte (almacenar alimentos), con la agricultura se convirtió en algo compulsivo, azuzados por el miedo ancestral de morir de hambre. Así nacieron los primeros grandes silos de granos y su uso como moneda.

Hoy es posible llevar cien millones de canciones en el bolsillo, piezas musicales que no podríamos terminar de escuchar en toda una vida aunque lo hiciéramos sin interrupciones.

(Mi vecino, un ingeniero retirado, es dueño de 14 bicicletas y algunas de ellas tienen hasta un cuarto propio. Suelo encontrármelo en el supermercado y le gusta contar sobre su última adquisición.)

El ser humano actual es un gran acumulacionista.

*

Pero no solo acumulamos, forzamos a los demás también a hacerlo.

Como sociedad seguimos acumulando automóviles, por ejemplo, y el ‘laisse-faire’ ya se ha entronizado de tal forma en la economía mundial, que nadie se atrevería a plantear la limitación de su producción y venta.

Aunque fuera para salvar al planeta.

Si consideramos, por otra parte, que la industria armamentística sigue produciendo a su propio ritmo independiente, llegará un momento en que será necesario hacer un gran espacio en el armario para poder renovarlo. Pura lógica industrial.

Llamémoslo, o no, Tercera Guerra Mundial, lo cierto es que en esta misma Alemania, que alguna vez se juró no volver a hacer la guerra, en estos días se está discutiendo la aprobación de un ataque militar en Siria. Y eso, nada menos que con el voto de los Verdes.

La paradoja en este caso es que tal vez sea mejor que la III GM ocurra pronto y, así, poder recapacitar a tiempo, pues de aquí a unos pocos años seremos capaces de producir armas que podrían barrer -literalmente- con media vida planetaria.

*

No pensaba, no podía pensar en todo esto, cuando una mañana, al final de mi primera semana en París, me encaró en la puerta de la cocina la esposa del amigo chileno que me había acogido en su departamento.

Vivían en un pueblucho burguesón de las afueras y se habían conocido en el Cuzco, mientras visitaban Machu Picchu.

No pudieron separarse más y siguieron juntos a Lima, donde se comprometieron antes de que ella regresara a París. Por esos días los conocí. Me fascinaron sus lelos gestos de recién nacidos en una otra  dimensión o de recién bautizados en una novísima religión.

Me nombraron testigo de su noviazgo y, cuando les conté que había pensado estudiar cinematografía en París (en ese momento la idea solo era una mota de polvo entre decenas que se desplazaban por el éter de mi mente), me prometieron que, si verdaderamente llegaban a casarse, y yo a concretar mi viaje, me alojarían en su casa parisina.

Así llegué ahí.

*

¿Me habría atrevido a dejar mi país sin boleto de regreso sin esa invitación?

Lo ignoro.

Pero, por si acaso, tenía un par de boletos más en el bolsillo.

Un excompañero de mi colegio vivía en París, por ejemplo, y Carloncho tenía un primo medio millonario que estaría dispuesto a ayudarme en caso de emergencia; además de que un músico que había conocido en Lima, me había dicho que si alguna vez pasaba por París lo buscara para armar un buen grupo.

*

La esposa del chileno me reprochó que hubiera dejado entrar a otra persona en su ausencia, durante el fin de semana.

No podía negarlo. Era cierto.

Había conocido a Francine, una parisina con la que había coincidido de una forma bastante surrealista en una feria de libros, y habíamos terminado pasando la noche en el departamento de la pareja francochilena.

Le dije que lo sentía. Que no había sido consciente de haber estado cometiendo un error tan grave.

Añadió, aún con mayor dramatismo, que había vuelto a encontrar un pelo mío en la ducha.

Quise decirle que bien podría ser de su esposo, pero solo permanecí callado, en ese limbo intocable de quien acaba de cerrar su caparazón al mundo.

*

Una media hora después ya había abandonado el departamento de la pareja franco-chilena y me desplazaba rumbo al resto del inmenso mundo, hacia mi particular ‘Centro’ de París, que en mi caso lo constituían la zona del Beaubourg, Saint Denis, Châtelet, Les Halles y el Barrio Latino al otro lado del Sena.  Me había despedido como cada mañana, pero sin decir que esta vez era para siempre.

Dejaba atrás casi todos los instrumentos musicales que me había traído de Lima.

Debí dejar también parte de mi ropa, ya no lo recuerdo, pues en mi nueva etapa flotante en París y otras ciudades de la costa atlántica francesa participando en festivales, solo me recuerdo muy ligero de equipaje; que es la mejor forma para moverse por el mundo y también para dejarlo.

Los exponencialistas deberían enterarse.

*

¿Por qué dejé mi ciudad, mi país?

Dejar el lugar de origen es algo bastante común acá en Yérmani. (Forma parte de todo un conjunto de nuevas tradiciones y costumbres, entre las que figuran el no desear descendencia y  dejar que los propios padres vegeten en una residencia para ancianos hasta su muerte.)

Ya lo cantaba Hildegard Knef en los sesenta, refiriéndose a Berlín:

Eines Morgens stand ich dann am Bahnsteig
An dem Schienenstrang zur großen Welt
Und ich wusste plötzlich auf dem Bahnsteig
Dass mich nichts in dieser Stadt mehr hält

Lo traduciré libremente:

Una mañana, por fin, me detuve en el andén,

al pie de las vías que llevaban al resto del inmenso mundo.

Y de repente lo supe allí sobre el andén:

que nada había ya en esta ciudad que pudiera detenerme.

*

Salir para no volver, tal vez solo anunciando que sales a comprar cigarrillos.

Salir para pasarse décadas viviendo mentalmente en tu ciudad, sin abandonarla del todo; recreando una y otra vez las horas y las vivencias de tu niñez, las calles y las personas de tu adolescencia, tus juegos infantiles, tus sueños, tus pesadillas.

Vivir en la mente de la muchacha que inflamó por primera vez tus mejillas, inútilmente arrepentido de no haber sabido saborear mejor sus besos.

Vivir con tu madre al lado, ese fantasma benigno que nunca te abandonará y que aún sigue haciéndole adiós al bolbaguen de Carloncho desde la puerta.

*

¿Por qué nos enamoramos de una determinada persona y no de esta otra?

Tal vez no sea muy difícil proponerse no enamorarse de alguien. Sobre todo cuando ya sabemos de quién se trata.

El problema se presenta cuando esa persona nos toma por sorpresa y aparece a la vuelta de una de las esquinas menos pensadas de las calles de tu vida.

Mayor el problema cuando estas dos condiciones se dan a la vez.

Así conocí a Babsy.

*

Salía de la biblioteca del Pompidou, justo cuando yo había empezado a preguntarme, puesto que llevaba varios días sin verla, si ya habría abandonado París.

Cuando la avisté, se estaba despidiendo de otra chica, en un alemán que entendí sin problemas.

Giré discretamente para ver/escuchar en qué idioma le hablaría al Chino, pero no pude hallar a este por ninguna parte.

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HjorgeV 18-09-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (IV)

¿Cuánto -y en qué- ha cambiado el mundo desde que me apeé del bolbaguen de Carloncho un 12 de junio de finales del siglo pasado para subirme a un vuelo chárter de Alitalia?

*

Hace pocos años, cuando me aprestaba a hacer el chequeo de mi equipaje para regresar a Alemania al final de mis espaciadas visitas a mi país, me topé con Susanne.

Ocurrió en los pasillos del mismo aeropuerto limeño al que me llevó Carloncho ese lejano día de junio.

Me alegré de golpe, como un niño que no puede ocultar su euforia al reconocer a un viejo amigo o familiar querido.

Un niño que aún no sabe que el mundo siempre cambia mucho más rápido e irreversiblemente de lo que aparenta y uno mismo quisiera.

*

Pero ella me ignoró casi por completo.

Apenas hizo una especie de gesto de negativa, o simple desprecio, sin mirarme, como el que se le hace a un vendedor callejero que intenta captar nuestra atención con un producto que no nos interesa en absoluto.

Fue una fiera bofetada.

Yo no quería venderle nada a ella.

La violencia emocional puede ser peor que la física. Es verdad.

*

Varias veces he recordado esa escena, preguntándome por las razones de Susanne para tratarme así.

¿Despecho retrasado?

Nunca le había prometido nada. Nunca nos prometimos nada.

¿Odio?

Nos despedimos como buenos amigos.

¿Por qué entonces?

¿Se había imaginado acaso formando una familia conmigo?

*

¿Y por qué no me enamoré de ella?

¿Porque sabía que lo nuestro no tenía perspectiva?

¿Lo sabía? ¿O solo lo intuía?

Y, de ser así, ¿es posible manipular los propios sentimientos?

*

¿Por qué me dolió tanto su desprecio?

Tal vez porque detestamos ser ignorados, pues eso nos convierte en seres inútiles, insignificantes; de la misma manera que aborrecemos no tener explicaciones para todo.

(Muchas veces preferimos el alto y absurdo precio de una pésima explicación. Basta ver las explicaciones que nos gastamos en cuestiones tan complejas y significativas como el sentido de la vida o el origen del universo.)

¿No se debe acaso el auge de la Red a las redes sociales, que quizás evitan que la mitad de la población mundial sea menos ignorada?

*

Una mujer dispara a un asaltante armado. La mujer es policía o militar. Después de dispararle en pleno pecho y desarmarlo cuando se desploma gravemente herido, le pone un pie encima, al estilo de un cazador de un safari.

El delincuente muere poco después en el hospital, pues no llega a ser atendido a tiempo de su herida.

La población, los políticos y la prensa aplauden el valeroso acto de la mujer. La historia es real.

¿Alguien se ha preguntado por qué no llamó la mujer o alguno de los presentes a la ambulancia inmediatamente?

*

Ya no basta con defenderse.

Ahora también es legítima la venganza. Y eso para no ahondar en el tema de las guerras preventivas.

Tomarse la justicia por mano propia, especialmente si se trata de un delincuente de poca monta o común, forma parte de la conducta moderna.

El monstruo interior vuelve a ser legítimo.

El retorno a las cavernas no se detiene ni ante el Tribunal Internacional de Justicia, como lo acaba de demostrar el gobierno de Trump.

¿Y cuando el odio y el desquite sangriento y cruel lo ejercen los ‘malos’?

*

En una escena de Bastardos sin gloria (Malditos bastardos en España), una película de Tarantino del 2009, un teniente del ejército estadounidense arenga a sus reclutas, anunciándoles que su tarea será simple: asesinar nazis.

-No sé ustedes -les dice-. Pero no bajé de Tennessee, de las malditas montañas, atravesé un océano de ocho mil kilómetros, luché en el camino por la mitad de Sicilia y después salté de un maldito aeroplano para enseñar a los nazis humanidad. Los nazis no tienen humanidad.

*

El método es conocido y se repite en la historia con asombroso parecido y constancia:

La deshumanización del otro: individuo, grupo o etnia.

*

¿No resulta asombroso que el método siga funcionando en una época en que se empieza a reconocer, incluso, los derechos de los animales?

(Me pregunto si alguna vez se reconocerá los de las plantas.)

El discurso del personaje encarnado por Brad Pitt bien podría ser el de un terrorista de estos días.

Entonces sí nos causaría terror, indignación, desprecio y asco.

El monstruo siempre son los demás.

El infierno son los otros, como dejó dicho Sartre.

*

Una ciudadana británica cae al mar y la prensa europea celebra su rescate tras diez horas de luchar por no hundirse y no perecer de frío. Apenas se menciona que ha ocurrido debido a una borrachera.

La decena de personas que se ahogan a diario en ese mismo océano en su huida o búsqueda de un mejor destino, no tienen, simplemente, la misma suerte. Su muerte apenas interesa al europeo. Le jode, más bien.

La solidaridad humana consiste, precisamente, en entender la lotería de la natalidad.

Que nadie escoge su país de nacimiento, familia ni época en la que le tocará vivir.

*

Si algo ha cambiado desde que bajé del bolbaguen de Carloncho para embarcarme en el avión de Alitalia que me llevó a otro continente y destino, es que todas estas preguntas no habrían tenido ningún sentido. O muy poco.

Entonces no existían la Red ni los fonos inteligentes.

Para no existir, no existían siquiera los televisores planos, los automóviles eléctricos, las redes sociales, las cámaras digitales, el veganismo ni las preocupaciones por el cambio climático.

Existían, en cambio, el Muro de Berlín, Alemania Oriental, la URSS, Yugoslavia, las dictaduras militares y las desapariciones en Latinoamérica.

La fiebre Pac-Man (Comecocos en España) acababa de desatarse. Y Video killed the radio star había inaugurado el primer canal musical de la televisión.

*

Mi primera mañana en París la dediqué a pasear por la ciudad. Hacía un día lindo, con temperaturas veraniegas más que agradables.

Nunca había estado en la Ciudad Luz.

No tenía la más mínima idea de la ciudad donde nacieron Sartre, Beauvoir y, vivieron Cortázar y Hemingway y murieron Vallejo, Víctor Hugo y Balzac. Salvo, claro, por postales y algunas escenas de películas que apenas recordaba.

Ingenuamente, empecé a buscar el ‘Centro’ guiándome por el número de joyas arquitectónicas.

Ignoraba que París era una gigantesca medusa. Un monstruo con incontables Centros (cuya construcción exigió el traslado de la población a las afueras de la ciudad).

Y menos sabía que  corría el riesgo de convertirme en piedra a cada paso.

*

La primera persona que conocí en París fue un hombre que hablaba como italiano (y seguramente lo era) y que detuvo su inmenso y flamante Benz a mi lado para darme la bienvenida.

-Tú eres sudamericano -me sonsoneó por la ventanilla.

Asentí. El hombre se apeó y me dio un apretón de manos.

-Soy de Lima -le devolví el saludo.

-Viví en la calle principal un par de años.

-¿En el jirón de la Unión? -me sorprendí.

-Sí, linda ciudad la tuya.

Quise decirle que era fea, más bien. Y gris. 

Me hizo varias preguntas y luego me dijo que tenía un problema para regresar a Italia porque se le había acabado la gasolina, pero que yo estaba de suerte pues aún tenía unas hermosas prendas de vestir en la maletera. Me explicó que era un comerciante viajero.

Me las mostró con un gesto de desprecio y pena:

-Cuestan unos tres mil francos, pero a ti te las vendo a quinientos para que puedas hacer negocio con ellas y gozar de París. Esta ciudad es maravillosa.

Calculé mis ganancias con los ojos entornados.

*

Cuando me aprestaba a entregarle el dinero que llevaba, y que era todo el que tenía, recordé que había mencionado el Jirón de la Unión. Una calle que era y sigue siendo netamente comercial.

-¿En dónde? -le pregunté, pues no me imaginaba que alguien con tanto dinero pudiera vivir allí.

-Al comienzo de la avenida.

-¿Avenida?

-Sí, en los primeros metros.

Dudé un momento. Finalmente dije:

-¿Junto al parque Kennedy?

-Exacto -respondió el italiano.

Bajé la cabeza para no ceder a mi impulso de abofetearlo.

Guardé mi dinero y seguí mi camino sin atender a sus voces de llamada.

*

El parque Kennedy está situado en Miraflores (el actual Centro limeño), a más de cinco kilómetros del Jirón de la Unión, que, como su nombre lo indica, es un jirón o calle, no una avenida.

En ese momento no lo sabía, pero acababa de sortear la primera de las varias trampas que me había preparado la Ciudad Luz; a mí, recién caído a ella.

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HjorgeV 11.09.2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (III)

¿Por qué no me enamoré de Catrin? ¿Por qué tampoco de Susanne?

Solo reconozco un filo de respuesta, una veta muy fina e intuitiva en ese agitadísimo y turbio mar de la memoria.

Si la vida es una ficción incesante y muchas veces esquiva, la memoria es más poderosa y débil a la vez.

¿Por qué no me enamoré de ninguna de las dos, mis dos medias novias?

*

Me lo acaba de preguntar M., mi hija mayor.

La estoy conduciendo a su trabajo, un Kindergarten que funciona en medio de un pequeño bosque que pertenece a uno de los dos cinturones verdes que rodea Colonia. Hoy es su último día allí, tras medio año de prácticas. M. había preparado un pastel para la ocasión que, inicialmente, pensaba llevar en su bicicleta. Pero habría resultado muy complicado.

De modo que ahí vamos ahora, en el bolbaguen de la familia, mucho más espacioso -por suerte- que el que me llevó al aeropuerto para iniciar mi aventura europea.

Me basta pensar que nuestra camioneta es una especie de descendiente del escarabajo de Carloncho, para darme cuenta de que, de haber perdido el avión a París en ese mi último día en mi país, también habría perdido esta vida, la óptica desde la que transcribo estas líneas.

En otra ruta posible de mi particular jardín de senderos que se bifurcan, habría tenido tal vez tres, dos o ningún hijo.

O me habría quedado soltero y no habría soportado la soledad, y terminado de vuelta en mi país.

*

Toda vida solo es una de las infinitas posibilidades de recorrido que plantea a cada instante ese inmenso e hiperactivo mapa en el que sucede nuestra existencia. Llamémoslo universo.

La vida de cualquier persona es la suma de hechos, personas, experiencias y situaciones ocurridas en uno solo de los caminos o senderos posibilitados por ese universo.

¿Qué sucede con todas esas otras posibilidades que desechamos a cada instante con cada nueva decisión, error o simple cambio rumbo y que podrían haber conformado otro ramal de experiencias, otra historia personal?

Tal vez existan otras dimensiones.

Empero, ¿no es la vida de por sí un misterio suficientemente inmenso?

*

En las siguientes semanas le espera a M. otro trabajo de corta duración como asistenta de dirección en la producción de una película y, luego, la universidad.

Su relativamente corta vida ha sido una sarta de oportunidades que yo mismo no reconozco de buenas a primeras en mi historia personal.

Pero, por supuesto, no es así.

Oportunidades como las que ella ha tenido -de viajar y vivir en otros países, así como de hacer prácticas en diversos trabajos y eventos- también las tuve a esa misma edad.

Es el simple, impertinente, irreprimible y goloso vicio de, o bien exagerar, o bien subestimar todo lo propio al compararnos.

*

-¿Ya no sabes por qué no te enamoraste de ninguna de ellas? -insiste ella-. ¿Las querías, por lo menos?

«¿Qué es querer?», quiero preguntarle.

-Ambas me hablaron de sus amores imposibles muy al comienzo de nuestras respectivas relaciones -le digo, en cambio-. Tal vez por eso se pasmaron mis sentimientos y ellas, de alguna forma, aceptaron compartirme. 

-¿O sea que estuviste con las dos a la vez? -Creo reconocer cierto retintín aleccionador, cierta moralina en su tono de voz.

-Un par de meses.

-¿Y ellas lo sabían?

-A una se lo dije abiertamente. La otra lo intuía y creo que prefería evitar el tema, pues ella también tenía su propio medio amor imposible.

*

Aprovecho un semáforo en rojo para girar mi cabeza y observar, por un solo instante, como una fotografía, el rostro de mi hija. Parece conmocionada. La consideraba mucho más liberal, moderna, por así decir, pero no me atrevo a decírselo.

-¿Por qué no te despediste de Catrin la noche anterior a tu vuelo? -continúa su inquisición.

-Era demasiado tarde, ya casi medianoche cuando desperté en la cama de Susanne.

-Podrías haberla llamado por teléfono.

-¿O enviarle un wasap?

-Por ejemplo.

-En ese tiempo solo existían teléfonos fijos y el número pertenecía a toda la familia. No podía llamarla a esa hora sin despertar a sus padres.

-Ah… -dice mi hija, como si le estuviera hablando de los tiempos de las cavernas. Curiosamente, si a mí entonces me hubieran dicho que dentro muy poco la gente andaría por las calles concentrada en minúsculas computadoras, varias veces más potentes que la que permitió la llegada a la Luna, no me lo habría creído en absoluto.

*

Después, cuando ya he dejado a M. en medio del bosque, en su Kinder (la he tenido que acompañar llevando uno de sus pasteles en la mano), y ya voy de regreso a casa, la camioneta familiar se transforma en el bolbaguen de Carloncho y vuelvo a recordar mi primera noche con Susanne.

Está exultante.

Ha encendido un cigarrillo y su gesto es extático.

Me ha abierto las puertas de su pequeño palacio personal y van a suceder cosas. Para empezar, me quedaré a pasar la noche, algo que después se convertirá en rutina.

En este momento ella lo sabe. Pero yo no. Tal vez porque yo mismo también estoy exultante, sobrerrevolucionado, desperdiciando mi concentración en tratar de disimularlo.

*

Nos hemos encontrado a la salida del Goethe más o menos casualmente y, luego de conversar y pasear un poco, me ha invitado a tomar un café en su departamento de San Isidro.

-No tomo café.

-Entonces toma cualquier cosa -ha sido su respuesta.

-Por supuesto.

*

Estamos sentados en un pequeño sofá. Fumamos y bebemos ron con jugo de naranja, la especialidad de la casa.

Susanne acaba de poner un casete con el que ha conseguido sorprenderme, pues en los últimos años me he movido muy cerca de uno de los núcleos más recalcitrantes de la izquierda universitaria de San Marcos (la primera universidad de América), de esos que poco después pasarían a formar parte de Sendero Luminoso, la ETA peruana, por así decir.

Escuchamos El derecho de vivir en paz. La voz de Víctor Jara resuena a la vez lejana y totalmente aneja, próxima.

Cuántas guerras en nombre de la paz.

Cuántos Ministerios de Guerra.

¿Cuántos de la Paz?

*

La canción, a pesar de que la conozco, me suena tan extraña como si fuera extraterrestre o la de una tribu recién descubierta en un inhóspito paraje olvidado de la Amazonía. Tal es su fuerza melódica, textual y armónica.

Y no solo se debe al uso del salterio (una especie de cítara, muy común en la Edad Media). El sencillo pero efectivo arreglo inicial no hace sino resaltar esa cualidad enajenante.

Hemos alcanzado esa mezcla mágica de música, ambiente, conversación y alcohol que muchos desearían no abandonar nunca: un limbo engañoso, que, al despertar, bien podría haber servido para no darnos cuenta de que el tren de la vida nos ha pasado encima y es probable que no podamos volver a erguirnos por nosotros mismos.

Ahora no me importan los peligros y solo gozo el momento.

Aún ignoro que no regresaré a dormir a casa esa noche, algo que luego preocupará a mi madre, quien no lo podrá entender.

O tal vez sí y solo lo fingía.

*

Vuelvo a mi aseinto en el avión que me lleva a París.

Me he pasado las últimas semanas recorriendo mi ciudad como un hambriento indigente que recorre los puestos del mercado en busca de desperdicios y desechos.

Observo Lima desde el aire: una antigua civilización carcomida por el desierto y el descuido.

He recorrido Lima como un insomne a pie, con mi chuspa colgada al hombro (mi cuaderno de notas, un par de libros; nada de agua, en contraste con ahora), para impregnarme de sus calles y gentes.

Dejo mi país. Aún no sé que será para siempre, a pesar de que me lo acaba de anunciar una adivina en la avenida Colmena y de que no he comprado el boleto de vuelta:

-Deje que le lea la suerte, joven.

-No, gracias.

-Estás a punto de dejar tu país -me dice.

Me la quedo mirando.

-Ya tengo el boleto. No me está diciendo nada nuevo.

-¿Pero ves que puedo?

No quiero que me diga más y sigo mi camino.

*

Sobre el sofá, Susanne se acerca por detrás y me sorprende alcanzándome su guitarra. Enseguida entono el comienzo de una canción. Estoy exultante.

-No sabía que cantabas -me susurra.

Percibo su aliento nicotínico, ese que después me resultará absolutamente insoportable en cualquier otra persona.

En ese momento no me importa, pues sé que se ha acercado para besarme.

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HjorgeV 20.08.2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (II)

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La Pfeilstraße, la calle Pfeil (Straße también se escribe Strasse), se extiende a largo de apenas dos centenares de metros en pleno centro de Colonia.

Pfeil significa ‘flecha’ en alemán y esa es su forma de llegar a la céntrica plaza Rudolf, la Rudolfplatz: como una saeta oblicua que sale de las entrañas urbanas y se dirige a la Hahnentor, una de las 12 torres de vigilancia de la muralla de ocho kilómetros que hemicircundaba Colonia hasta 1890 y de las pocas que aún quedan en pie.

Cuando los políticos sensacionalistas de este país se refieren a los antiguos ‘valores y tradiciones’ alemanes, también se están refiriendo -en un extraño caso de autogol histórico- a esas murallas militarizadas que se construían para protegerse de los vecinos, incluso de los más inmediatos. De los más in-me-dia-tos.

No, no han cambiado mucho las cosas.

Las murallas son ahora más extensas, aunque ni siquiera existan materialmente.

Ya no protegen castillos, aldeas, burgos ni barcelonas. Se levantan en las mentes menos ciudadanas y pensantes, corporizan sus miedos: el peor enemigo humano, pues el miedo y el pánico le impiden al cerebro distinguir entre realidad y ficción.

La gente ya no muere ahogada en su intento por cruzar la fosa que circuye el castillo. Ahora se muere impunemente por miles en ese inmenso foso llamado Atlántico.

Y no es ficción.

*

Me he detenido en la esquina de la Pfeilstraße con la Mittelstraße, tras llegar con más de media hora de antelación a mi cita con mi dentista. No sé qué hacer. Me siento como si hubiera perdido, de pronto, mi propio manual de instrucciones y el navegador, y estuviera, yo mismo, perdido.

Al otro lado de la calle, en plena esquina, hay un café con una terraza muy atractiva que la recorre como un resguardo castrense. Cuento las mesas libres. Tres. Pero mi cuerpo no responde. Soy incapaz de ocupar alguna.

Sigo sin convencerme de ser el mismo individuo que se sentó allí mismo un par de décadas atrás, recién llegado a esta ciudad, con la emoción de saberse habitante de, perteneciente al reino de, ciudadano de. Acababa de encontrar un trabajo como profesor de idiomas y no podía terminar de comprender mi suerte.

Mi nuevo periplo había terminado: después de haber dejado París del todo y pasado por Múnich y Monheim, un pueblucho donde tendría que haberme reunido con el ‘amor de mi vida’ (que resultó el fracaso más rápido y rotundo de mis días) que había conocido en la Ciudad Luz. 

*

Si, muchas veces, no me reconozco siquiera en mis pasos de un día atrás, menos si sabré si soy el mismo tipo que se sentaba a escribir interminables páginas, mientras rumiaba futuros y pasados imperfectos y percibía la vibración de los gusanillos augurantes de lo porvenir en el vientre.

¿Qué fueron de esas páginas? ¿Qué fue de su sentido?

¿Escribir para saberse existente, para llenar el vacío de las páginas, o sea, de la vida?

*

Sin estar del todo seguro de ser la misma persona que era, que fui ayer, me quedo observando la calle y descubro una fotografía gigante que cubre la entrada de un negocio en reformas.

La foto reproduce una calle temporalmente remotísima. Sospecho -por el tipo de vehículos captados en ella- que debe ser de los años treinta del siglo pasado.

Con la mayor cortesía posible y acento colonés, le pregunto a un anciano que pasa si sabe de qué año podría ser.

De los treinta del siglo pasado, me lo confirma enseguida. Por la rapidez con que responde, debe ser un vecino, de los pocos que quedan en esta zona invadida y absorbida por el comercio. Entonces levanta un brazo y me indica un letrero en la fotografía: Pfeilstraße, leo.

Recién entonces me doy cuenta de que hay dos calles frente a mí que son la misma, y, por un instante, imagino que puedo elegir libremente por cuál de las dos seguir.

Como le sucede a todo el mundo, también a ellas cada vehículo, cada minuto y persona que pasa la altera a su manera.

*

Elevo la vista hasta el final (real, actual) de la Pfeilstraße. Me basta comparar las fachadas actuales con las de la fotografía para comprender lo que significó la guerra para esta ciudad.

Destrucción casi total.

Apenas una o dos fachadas intactas a lo largo de doscientos metros.

El resto, construcciones de diferentes épocas posteriores, como en una fea y presurosa carrera.

Puesto que la guerra era contra Hitler, contra el monstruo, todo valía: incluso bombardear monstruosamente a la indefensa población civil.

(¿Hablar de los valores de Occidente después? ¿O mejor de monstruos?) (Como no deseamos ser tacaños, impuntuales, insensatos o contumaces, ese simple deseo nos basta para asumir que no lo somos. ¿Imperfectos? Imposible. Jamás de los jamases.) 

¿Veremos florecer a Alepo alguna vez?

Seguro que ni siquiera habrá un Plan Marshall para Siria.

No somos monstruos.

Somos algo peor.

Humanos.

*

¿Por qué no aprovecho la media hora que me queda para sentarme a tomar un café y gozar de los rayos de este agradable, (teutonamente) impredecible y matutino sol, recordando, por ejemplo mis primeros días en esta ciudad?

No acabo de hacerme la pregunta, cuando me sobreviene otra, como una sombra amenazante y sin dueño:

¿Cuántas veces me he pescado, no sin cierto desasosiego, entendiendo que mi memoria bien podría compararse con el menú o la carta de un restaurante?

Muchos la alteran casi a diario. Otros la mantienen más o menos incólume como una reliquia arqueológica a lo largo de décadas, incluso.

Y, de producirse algún cambio, este siempre solo es para sacar alguna ventaja (un producto que está por caducar), salvar dificultades o escollos (deudas, exiguas ventas), o para potenciar alguna comodidad (un plato a incluir u otro a anular porque nadie lo pide).

Pero casi nunca para arriesgar algo. Como la propia memoria.

*
Decido que daré un corto paseo por la zona y que llegaré con varios minutos de antelación a mi cita dental, así que giro para reorientarme.

¿No es eso, precisamente, lo que he estado haciendo todos estos años: despertares confusos, días desenfocados, trayectos erráticos, esfuerzos sin guion alguno, pero siempre con el deseo ardiente de enmendarme y volver a empezar, de reorientarme?

¿No ha sido mi vida una reorientación constante, siempre con una meta equivocada, aunque no lo supiera?

Una vida consciente no es nada más que creerse en posesión de la brújula o de imaginarse capaz de recuperarla, de haberla perdido.

Conforme avanzamos por los calendarios, nos reorientamos constantemente.

Empero, no hacemos nada más que eso: reorientarnos, pues la meta la desconocemos. A lo más, nos hemos fijado una alguna vez, algún día.

Y bien podríamos haber elegido otra de habernos levantado ese día con otro humor o con el pie izquierdo.Un simple accidente o la desaparición de un ser querido. El amor que nos abandona. El profesor que deja de creer en nosotros o el libro que no podemos terminar.

La muerte nos pesca siempre en medio de un nuevo intento de reorientación. En pleno nuevo giro; como el que acabo de dar.

*

Recién consigo reorientarme al salir del consultorio de la dentista y, como en una serie televisiva, vuelvo a estar ahora en el bolbaguen de Carloncho (Catrin va en el asiento trasero y absorbe las calles de la vieja Lima como si ella misma fuera quien está a punto de partir), el día que abandoné mi país.

(La dentista, griega y excelente profesional, me ha dicho que mi higiene dental es magnífica y le he respondido que ahora solo me cepillo los dientes uno o dos minutos y que al final me los froto con el borde de la toalla. Me ha quedado mirando como si esperara una carcajada tonta de mi parte y he imaginado el rostro reprochante de Catrin desde el asiento trasero.)

-¿Te vas para buscar a tu hijo? -suelta Catrin de golpe. Habla un castellano bastante bueno, con apenas rezagos de la fonética alemana.

-¿Tienes un hijo en Europa? -se asombra Carloncho con una sonrisa inquisidora, sin dejar de sortear el endemoniado tráfico limeño con una soltura que hasta Messi le envidiaría.

Giro la cabeza para reorientarme, o sea, para ver en los ojos de Catrin cuál es su meta, qué pretende con su pregunta. Pero solo veo un profundo signo de interrogación. Unas ganas dementes de arrojarse al vacío a través de sus ojos azul verdosos. ¿Porque la estoy abandonando? ¿No me abandonó ella al contarme de su amor imposible, nada más terminado nuestro primer abrazo sexual?

-En Alemania, en mi patria -añade ella finalmente, como si me considerara un mapa abierto y público.

-¿Qué es patria? -lanzo al aire, para cambiar de tema. Acabamos de llegar a Wilson. Pronto doblaremos por Colmena y entraremos a Ocoña.

El país ha empezado a dolarizarse y apenas días atrás he conocido a un alemán que necesitaba cambiar dólares en Ocoña para comprar el kilo de cocaína que le permitirá rodar una película en su país.

(El famoso dólar Ocoña. Una inflación galopante. Turistas copando una Lima que empieza a derruirse, sin que nadie parezca presentirlo. Siete años después voy a regresar al Centro y el número de turistas que llego a contar no pasará de cinco. Es la guerra civil. La guerra que, en cualquier momento, también podría azotar Europa después de largas décadas de paz.)

El kilo de cloro (clorhidrato de cocaína) que le permitirá cumplir su sueño cinematográfico de vuelta en Alemania y que a mí me encendió la idea de estudiar cinematografía en París.

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HjorgeV 23.07.2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (I)

En el asiento trasero del bolbaguen de Carloncho va Catrin. Yo voy en el asiento del copiloto, apenas consciente de estar habitando mi último día en mi país y de que corro el riesgo de llegar tarde al aeropuerto y perder el vuelo. (De haberlo perdido, habría perdido también esta vida, desde la que transcribo estas líneas; y otro, muy diferente, habría sido el mapa de mis recorridos.)

(Llegaré apenas minutos antes de que parta el avión y seré el último en embarcarme. Por la ventanilla lograré distinguir a través de los ventanales del aeropuerto a una rubia alta que me hace adiós con su walkman en la mano, pero no me atreveré a responderle el saludo a Catrin para no convocar lágrima alguna. Durante el vuelo me arrepentiré de mi mezquindad y haré una lista de lo que más extrañaré lejos de mi patria: casi todas mis tías estarán en ella, además de mi madre y varias personas queridas más; mi idioma, mis libros, cierta música, el cielo color panza de burro —marca registrada- de mi ciudad, el sabor del cebiche.)

Quien conduce el escarabajo es Carloncho, compañero de estudios e integrante del grupo musical que hemos formado en la UNI -la Universidad Nacional de Ingeniería de Lima- con la idea concreta de asentarnos en París. Yo soy una especie de adelantado del grupo. El encargado de preparar el camino a los demás en el nuevo continente. No hablo francés, pero sí inglés y alemán, y todos confían en que no tendré problemas para conseguir lo pactado, pues, entre otros puntos a favor, ya he estado en Europa y tengo varios conocidos en la Ciudad Luz.

Pero no será así. Y, en ese momento, obviamente, lo ignoro por completo.

Catrin apenas dice nada. Carloncho es quien habla casi sin parar, un conversador nato. Cada vez que volteo para ver el rostro de ella tras alguno de los agudos comentarios o preguntas de mi compañero, Catrin mira hacia uno de los lados, como si en las calles de Lima se le hubiera perdido algo y mi mirada le hiciera recordar esas pérdidas o extravíos.

Sé que está enojada conmigo, pero desde que ha llegado esta mañana a mi casa para despedirse y acompañarme al aeropuerto, apenas lo ha demostrado. Es su estilo, su alemanidad, por así decir. Ahora lo sé, entonces no.

El plan había sido pasar mi última noche con ella y, en cambio, la he pasado con Susanne, mi profesora de alemán. Pero Catrin no lo sabe, solo lo sospecha; y, claro, no se atrevería a preguntar por algo así jamás.

Me voy de mi país. En este momento no sé que va a ser para llegar a pasar otra media vida fuera, que dejaré París para terminar en Alemania (el país de Catrin y Susanne), y que formaré una familia y tendré cuatro hijos germanoperuanos.

Catrin solo será un lejano punto de mi mapa biográfico. Susanne todo un accidente geográfico en él.

*

De mi madre me he despedido como si solo fuera a dar una vuelta por otro barrio con unos amigos.

Se ha dejado sorprender por mi rapidez al despedirme, de modo que apenas ha alcanzado a soltar un par de lágrimas.

Desde la puerta me ha hecho adiós con la mano, emitiendo ruegos que no he llegado a entender.

(Después me pasaré meses sin llamarla o apenas para hablar uno o dos minutos; curiosamente, casi como sucede ahora, solo que hoy es su sordera la que se nos interpone. He calculado los precios de las llamadas internacionales de entonces y resulta que un minuto costaba más o menos tres euros actuales. Un dineral me parecía.)

Tras pasar la noche en el departamento de Susanne en San Isidro, esta mañana he llegado a casa a toda prisa para recoger mis cosas, que han terminado en la bolsa de marinero que me ha dado el Tío Pibe. Por suerte, he conseguido llegar antes que Catrin y evitarle, así, un peor trago.

Sabía que me buscaría, que querría verme antes de mi partida. Yo también a ella, a pesar de haberle fallado la noche anterior. He dejado que suponga que he dormido en mi cama, solo; rogando, eso sí, que no hiciera inquisiciones al respecto.

(Leí en sus ojos que no me lo creería. Pero todo se quedó en ese diálogo de mentiras mudas: las heridas que peor cicatrizan.)

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Todo se ha debido a Susanne, más capaz de luchar por imposibles que por lo sencillo y asequible, como si solamente las luchas contra Goliat y los golpes sobre la mesa de los guionistas tuvieran sentido en la vida.

Pero no es así, lo más simple y sencillo siempre es lo excepcional. 

También se ha debido a cierta incapacidad mía para decir que no, simplemente que no.

(Me permitiré culpar a la distancia urbana y al alcohol, pues a eso de las once de la noche, al notar que ya sería muy tarde para vestirme, salir y recorrer todo el camino hasta la casa de los padres de Catrin en Chacarilla, tuve que aceptar que había bebido demasiado como para presentarme en ese estado casi a media noche.)

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De modo que ahí vamos los tres en el bolbaguen de Carloncho, rumbo al Centro (de Lima) para cambiar cuchumiles de soles a dólares antes de seguir hacia el aeropuerto.

Son quinientos dolores los que necesito presentar en Luxemburgo mi primer destino europeo- para acreditarme como turista. Allí tomaré el tren a París y el resto será el futuro prometido.

Hemos decidido hacer el cambio de moneda a último momento, aunque ya no sé por qué, pues el país sufre una inflación galopante y cada día que pasa se devalúa el sol -la moneda nacional- como un inmenso balón dorado que ha sufrido un pinchazo.

(Leo en la Red que acababan de aparecer las primeras monedas de un céntimo y diez céntimos de inti, equivalentes a diez soles y cien soles, respectivamente; pero este es un detalle que se ha borrado de mi memoria. Queda, en cambio, el claro recuerdo de un dinero que ocupaba demasiado espacio en los bolsillos, mientras su valor mermaba en cuestión de horas, exponencialmente, como la cercanía de mi país conforme se elevaba el avión cielo arriba.)

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HjorgeV 08.07.2018

«CUATRO OJOS INTERIORES»

No todo lo que se mueve, vive. No todo lo que vemos, existe. No todo lo existente, encierra un sentido. No todo lo que se sabe, se conoce realmente.

Me repetía esas frases como si fueran parte de una tarea escolar o un mantra. Intentaba, así, sacudirme la pesada mortaja de mis más recientes sueños: escapar de sus densos posos, de su torrente gris que podía mantenerme atrapado largos días, incluso semanas, cuando no atinaba a escapar de su pérfido influjo.

Muchas veces conseguía exorcizar la materia oscura onírica -el sedimento de mi propia materia oscura, de la peor que me habita- y entonces podía seguir habitando este cuerpo, sus días, en paz.

Otras veces no lo conseguía y la vida me dolía como una herida incruenta, insoportable, sibilina: la serpiente de la que quieres escapar, pero ignoras que ya te habita y, por lo tanto, también acecha contigo, aleve, silenciosa, interior.

Cuatro ojos igualmente ciegos. Más que los tuyos propios.

HjorgeV 24.06.2018