REGRESO A LAS RAÍCES

Días atrás se me ocurrió encender el televisor. Suelo evitarlo.

Me he quedado varias veces un par de horas enganchado, como si cierta parte de mi cerebro se desconectara al encender la caja tonta y actuara como un simple adicto.

Esta vez tuve suerte y me topé con un reportaje de uno de los canales estatales de la televisión alemana.

El reportaje, como trabajo audiovisual, era malo.

Un reportaje es una historia. Hay historias bien o mal contadas. Y esta era de las últimas.

Pero el tema era fascinante.

Narraba el «sufrimiento» de algunos habitantes de un pueblo cercano a Bonn que se había llenado de negocios y visitantes árabes, atraídos estos por el eficiente sistema sanitario estatal alemán.

El principal entrevistado era un alemán de sesenta años que añoraba el antiguo aspecto del lugar que lo había visto crecer.

Deseaba que todo volviera a ser como antes y se dedicaba a recolectar firmas con ese fin.

Su problema, obviamente, no era recuperar un imposible (el pasado, pasado está), sino que no soportaba ver a gente extraña en «sus» calles.

Su caso me hizo recordar una experiencia personal reciente.

*

No hace mucho nos mudamos de casa y fijamos una fecha con el dueño para devolverle su propiedad.

A la cita no llegó él sino su esposa.

La idea era repasar juntos todos los ambientes de la casa para hacer un protocolo de su estado: si había algo que arreglar o reponer, refaccionar, renovar, esas cosas.

Los problemas empezaron pronto.

En la cocina había una especie de barra de madera situada a unos 120 centímetros de altura, que la separaba del comedor.

La mujer hizo un gesto de horror cuando vio el estado de su superficie.

-Así no estaba cuando vivía aquí.

Era cierto, nosotros habíamos vivido quince años allí y a estos había que añadirle otros cinco de los inquilinos anteriores.

Era obvio que veinte años de trajín de vasos, tazas, cubiertos, platos y ollas entre la cocina y el comedor tenía que notarse en la superficie de la madera.

Pero la esposa del dueño, después de veinte años, esperaba encontrarla como cuando ella vivía allí.

Como la entrega oficial recién sería en una semana, le prometí encargarme del asunto y me pasé un par de días lijando y barnizando la madera.

Quedó encantada.

Pero enseguida empezó a encontrar más detalles que no eran de su agrado.

En resumen: decidimos recurrir a un abogado, quien enseguida les hizo notar a los dueños que una casa se alquila para ser usada y que es imposible que ese uso no se note.

*

Pensé en la barra de madera cuando vi el reportaje.

Si ni siquiera somos como ayer, y mañana nunca seremos como hoy (lo notemos o no), ¿cómo esperar que después de años todo siga igual?

Curiosamente, tanto la esposa del dueño como el vecino del pueblo alemán del reportaje, querían rescatar un pasado que ya solo existía en su memoria.

Solo los niños son capaces de pedir que el helado que se les acaba de caer regrese al cono.

Un adulto normal sabe que no es posible.

Y, sin embargo, ya son legión los adultos que se permiten pensar y desear como niños.

*

Acá en Alemania han empezado a surgir grupos que afirman añorar el pasado.

«Devuélvannos nuestra Alemania de antes, cuando no había extranjeros ni pieles oscuras por las calles», dicen.

Bien, suponiendo que es justo su pedido, ¿retroceder hasta cuándo?

¿Hasta su niñez?

¿O solo hasta la juventud de los solicitantes? ¿Y si estas varían mucho?

¿Retroceder diez, quince, veinte años? ¿O más, hasta 1930, por ejemplo?

¿Por qué no hasta 1618, año de inicio de la Guerra de los Treinta Años que azotó Europa Central y fue iniciada en el Sacro Imperio Romano Germánico?

*

Los alemanes que exigen un «regreso a las raíces» harían bien en ponerse de acuerdo.

Pues, si lo que, en realidad, desean es un país sin extranjeros: con un retroceso en el tiempo bien podrían terminar gobernados por un austríaco (un tal Adolfo) o un español (Carlos I).

Quien dice «Esta no es mi Alemania», en realidad está diciendo, «Esta no es mi niñez».

Pero la niñez nunca vuelve. (Ni se devuelve.)

Tampoco la juventud para los adultos ni la adultez para los ancianos.

Lo importante es que los cambios se hagan de acuerdo a las leyes y al orden establecido por estas, no de acuerdo a las bombas, como en Alepo.

*

Vivimos en un permanente cambio, iniciado cuando nuestros primeros antepasados salieron de África.

Los más consecuentes entre los retrógrados deberían exigir, precisamente, esto:

El regreso a nuestra cuna africana.

Por lo menos así tendríamos la oportunidad de poder enmendar un mundo que cada vez se parece más a una misión mal explicada a un par de idiotas (y peor resuelta).

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HjorgeV 29.09.2016

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«CUADERNO EN BLANCO»

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Se abre el día

como un cuaderno

nuevo al viento.

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Hay una suerte de

equidistancia entre todas

las partes pudibundas de luz.

Recorren la tarde

como quien espera a un ser

querido

en una estación olvidada.

.

Así las veo desde

esta ventana

que es mi observatorio

del paso del día,

acostumbrado a la visión

del universo

como una masa que

comienza y termina

en mis ojos (grave

delito).

.

Pasan las

nubes: retazos de papel

blanco que cruzan

el cielo: para ellas no hay

bombas ni guerras ni niños

muertos en el Atlántico.

.

Mi pecho emite señales,

documentándolo todo

en alfabeto

Morse.

.

En mi imaginación,

o sea en mi

memoria,

sigo siendo aquel

niño que llegó y

tenía que

partir enseguida con rumbo

desconocido.

.

Nubes blancas)

(papeles aún por escribir)

que recorren

la conciencia del cielo.

.

Partes pudibundas de luz.

.

Cierro la ventana sin saber si

es bueno o malo que el

mundo

aún no se haya escrito

del todo.

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HjorgeV 15.09.2016

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LA MUJER DE ABAJO

Una de las primeras imágenes es como el fotograma de una película.

Podría ser, incluso, una del género negro:

Una mujer y su pequeño hijo escondiéndose detrás de un automóvil, mientras arriba, en la ventana de una habitación del segundo piso de un hotel, un hombre besa a una mujer.

La mujer de abajo, la que sujeta al niño por los hombros para que no vea el beso, quiere saber quién es la mujer de arriba, la que besa a su hombre.

El niño está junto a su madre, la mujer de abajo, sin entender del todo lo que hace, sus intenciones, sus planes (tal vez no los tiene, pero eso tampoco lo puede saber el niño y acaso ella tampoco).

Solo percibe su nerviosismo y tensión.

Sabe que algo sucede y que es importante (y el hecho de tomárselo en serio y no llorar, como le ha pedido su madre, lo demuestra), pero no sabe qué sucede, en realidad.

El escenario es el centro de una gran ciudad, a pocos metros de una de sus calles principales.

Es de noche. La mayoría de niños ya está en la cama. El futuro no existe en ese momento porque duerme. O es lo que vislumbran sus sueños.

El futuro siempre está durmiendo, o sea, soñando que es.

El hombre acaba de llegar de una estadía de cinco años en otro país y, a pesar de que en todas las cartas que le ha enviado regularmente a la mujer de abajo le ha seguido hablando de amor como si no sucediera nada, la de abajo ya sabe que su matrimonio se ha roto.

Para empezar, él ya ha regresado y sigue sin comunicarse con ella ni preguntar por sus dos hijos.

Uno de ellos es el que sujeta la mujer de abajo por los hombros para poder empujarlo hacia abajo, detrás del automóvil que les sirve para parapetarse, para que no vea todo lo que hace su hombre con la mujer de arriba, en la ventana.

(Muchos años después, cuando mi ciudad ya se había descompuesto considerablemente y parecía inevitable la caída al abismo insondable, pasé varias veces por ese lugar. El automóvil -un Packard del año de la pera- y el hotel seguían flotando en la calle, o sea, en mi memoria, pero casi todo el resto, salvo la base apenas visible por la mugre y el olvido, había cambiado.)

La imagen, repito, es como la de una fotografía: el tiempo congelado en un instante, atrapado, cazado, detenido. No te vayas.

Durante gran parte de mi vida regresé a esa foto, al momento que capta de mi vida: mi madre no está llorando ni parece presa de grandes emociones, solo está en extrema tensión, como una combatiente.

Y siempre regresé a esa foto con la misma pregunta: ¿cómo podía o pudo ser que mantuviera ese control extremo de sus emociones, ella una mujer plena de ellas?

¿O se mantenía todo lo serena posible por mí, un niño de cinco años?

(¿Por qué me llevó entonces a vivir esa escena?)

Me acerco a mi madre, finalmente, después de décadas, dispuesto a preguntárselo, porque necesito saber más sobre ese fotograma.

Lo hago con la ansiedad y deseo con que un niño busca la figurita que le falta para completar su álbum, sabiendo que esas cosas hay que hacerlas con cara de póquer, pero sin saber que he llegado demasiado tarde.

Después de besar su frente y de los saludos, me pregunta por mi hermana.

-Está bien -le digo, sin mencionar que viene a verla a diario.

Entonces me pregunta por su edad, como si se tratara de una vecina que no ve hace muchos años.

Calculo. Le menciono la edad de mi hermana.

-¿Qué? -espeta la mujer de abajo, abriendo sus ojos como ante una nave extraterrestre, pero solo porque está estropeando el jardín de la residencia de ancianos que la acoge-. ¿Ya me pasó? 

Me quedo mirándola.

Sus ojos son miles de historias pugnando por salir. Pero ella está serena, como la vez detrás del automóvil, debajo de la ventana del hotel.

Para ella el tiempo se ha detenido y nosotros, sus hijos, somos ahora mayores que ella; como si la educación que nos dio, hubiera apuntado a eso:

A conseguir que nos hiciéramos mayores, pero sin que ella tuviera que abandonar esa imagen primera: la de la mujer de abajo, la que pugna por saber quién besa a su hombre allá arriba.

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HjorgeV 01.09.2016

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«ANTIGÜEDAD ACUÁTICA»

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Despertar llorando para no

tener que

transportar todo el santo día

lágrimas antiguas.

.

Pasarse la mañana buscando una esquina

en la que habiten

todas las formas del olvido.

.

Buscar

para perder algo. Descubrir para

ignorar más.

.

Seguir solo para darse cuenta de que

el camino perdido no lo

era realmente: porque se gana para

perder y se pierde ganando.

.

Escapar luego

lanzando gritos

(que siempre es la mejor manera de

recobrar el vacío

interior).

.

(Dejar que las palabras hablen

por nosotros, sabiendo

de antemano

que no podrán poseernos,

solo degradarnos,

hacernos creer

que se han aprendido el

discurso escrito

por todos los presidentes

del cielo.)

.

(Luego reirán

sus maldades.)

(No saben hablar por sí mismas, pero cómo

deben gozar con nuestros

errores.)

.

Regresar luego a casa y encender la

chimenea como quien decide

acabar con su

existencia y contemplar su

final.

.

Entender que se vive

como el aire caliente:

en una continua evasión del

fuego que nos da

la vida,

.

creando remolinos

de ceniza

por los que circularán

otros:

con más fuego, más aire caliente,

más evasión, más

ceniza final.

.

(Llamo a mi vecina, pues sé

que ha estado observándome

desde su cocina. Desde el otro lado de la calle

la vida parece tener más

sentido, le digo. ¿Sabes qué?, dice con un

alarido: Justo acabo de pensar lo

mismo, añade.)

(Cuelgo para no tener

que proponerle

un punto de encuentro en la mitad exacta de

la calle.)

.

Ponerse a contemplar luego

el humo que sale por la

chimenea, ver cómo gana

en altura, aunque no sea

tuyo.

.

La enseñanza es que

no hay ninguna enseñanza.

.

Por eso

deja

escapar esas lágrimas

vetustas.

.

Es mejor que salgas a cruzar la luz

de la calle liberado

de toda carga

acuática pasada.

.

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HjV 20.08.2016

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«VERANO ALEMÁN»

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Nueve grados.

Es

verano.

..

(«¿El verano alemán?»,

decía mi padre, que

también estuvo por

estos lares.

«Creo que fue un

miércoles.»)

(Yo era demasiado niño

para poder

comprenderle el chiste.)

.

En mi interior brilla un sol

helado. Uno con

cubierta de

chocolate que no

se derretirá.

.

He visto que los vecinos de

enfrente mantienen

su ventana abierta toda la

noche.

.

¿Cómo lo hacen?

.

Solo la cierran

de día:

para que no se

escape el frío

acumulado en la

oscuridad, hay que

imaginar.

.

Nueve grados con lluvia.

.

De madrugada las

temperaturas bajarán hasta

los tres, anuncian en la

radio.

.

Este verano también

será un miércoles.

Acaso un martes.

.

O, como un amor

imposible,

se habrá ido

sin haber llegado

siquiera.

.

.

HjV 12.08.2016

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«BAJO EL CIELO DE MIS PIES»

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Recorro estas calles bajo mis pies como si

pertenecieran a otro lugar, a un subterfugio

lejano: un punto del universo para el que solo

somos una despreciable y telescópica motita.

.

(Desde el cielo toda ciudad es un

mapa al que es imposible no escupir.)

.

Recorrí estas calles por primera vez como

quien ingresa a un túnel sin pensar 

si tendrá salida o una nueva elección.

.

(El gran Schopi decía que el Mensch -el ser humano-

puede hacer lo que quiere, mas no decidir lo

que quiere.) (Aunque, claro, don Arturo

también llamaba Mensch a su perro.)

.

Después noté que todo eso solo era una imagen

parcial de lo que me esperaba más adelante: calles

y caminos que creía promisorios resultaron no serlo y,

al revés: inicié otros asaz confiado, sin saber que los

destinos ya habían sido anulados u ocluidos.

.

Recorro esta ciudad con gesto contrito, como si

pudiera ganarme -así- el don de adjudicarme otro

destino desde el cielo: uno que pudiera ser mío de

veras, pero que igual pasa tan rápido que solo me es dado

contemplarlo desde lejos, bajo el cielo de mis pies.

.

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HjV 04.08.2016

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«YOSTED»

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La primera vez se trataron de usted

y ella le dijo que no se imaginaba

tuteándolo.

.

Ya lo verás, aquí todos terminamos

haciéndolo, sonrió él.

.

Tras las primeras copas,

festoneadas de frases de afecto,

ella seguía

tratándolo de usted, pero él ya la tuteaba.

.

Era una mezcla rara, como la conversación de cuatro

personas diferentes: ella,

él, tú (ella), usted (él).

Y un nosotros que empezaba a

alterarse, como una fruta que percibe el

bullir de la primavera.

.

El primer beso exigió otro tú (el de él).

Y así se borró la barrera del usted.

.

En mi idioma hay varias formas de referirse

a uno mismo, dijo ella cubriendo su

desnudez.

¿Como varios yos?

¿No es siempre así?

En nuestro idioma, dijo él, solo hay un yo,

pero dos tús: tú y usted.

.

En la penumbra del sexo angustiado,

comprometedor,

seguían siendo más de cuatro (ella, él, varios yos y tús),

pero los yos habían cambiado

y no parecía haber palabras para esa alteración.

.

Soy un hombre comprometido, dijo él.

¿Comprometido con qué?

Quiero decir que ya tengo pareja.

Tendría que habértelo dicho antes, lo sé.

Te dejaste llevar por tus impulsos, dijo ella,

igual que yo, a pesar de que ya me lo olía.

Tendría que haberte dicho la verdad

antes de desnudarnos.

Me habrías herido.

No tanto como ahora.

¿Tiene sentido medir el dolor?

.

Se volvieron a amar.

Ella con sus dos yos y multitudes de tús.

Él ya solo con su triste yo partido.

.

HjorgeV 31.07.2016

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