Mes: febrero 2007

YO SÉ QUE ESTÁS (III)

(LA LOTERÍA DEL BALOMPIÉ)

Corría -como decía hace dos días, empezando esta serie- el año 1986 y ya vivía en Colonia en una pequeña comuna o vivienda compartida de cuatro estudiantes.

Me estaba yendo bien, después de todo y a pesar de todo. La historia de cómo fue la pirueta para abandonar París y tratar de concretar el sueño en Germania es larga. El dios Amor se interpuso en mi camino, haciéndome un guiño que yo interpreté rápidamente. Pero ya saben que no me gusta mezclar historias y ahora estamos en el tema de las cosas extrañas que a todos nos suceden.

La comuna estudiantil en la que vivía era un poco diferente.

En el diccionario (actual) de la Real Academia se encuentra lo siguiente:

comuna2.

(Del fr. commune).

1. f. Conjunto de personas que viven en comunidad económica, a veces sexual, al margen de la sociedad organizada.

2. f. Forma de organización social y económica basada en la propiedad colectiva y en la eliminación de los tradicionales valores familiares.

3. f. Am. municipio ( conjunto de los habitantes de un mismo término).

Con esto, los señores de la machista Real Academia, han querido seguramente dejar constancia de que nunca han estado en ninguna.

En este país, descentralizado por excelencia, las viviendas comunitarias constituyen el paso más o menos común y obligado que da la mayoría de los estudiantes, y con el que los jóvenes se ayudan a abandonar sin ningún pesar y más bien con entusiasmo su lugar de origen. ¿Qué pensarán los nacionalistas vascos de algo así?

Después no hay quién los mueva pero esa es ya otra historia y pertenece, además, a la sociología de este país.

En una comuna universitaria, los gastos de alquiler, de luz, agua y calefacción son compartidos. Además existe un acuerdo tácito o normado de turnarse para cumplir los trabajos propios de una vivienda.

Así, se suele compartir el baño y el retrete (por lo general, aparte), las despensas, las refrigeradoras o neveras, la cocina y la sala o salón de estar. Normalmente, cada quien pone lo suyo y sólo consume de eso.

En la que yo vivía apenas se compartía el retrete y la ducha. Cada uno tenía que arreglárselas en su habitación para cocinar y almacenar sus alimentos. Había un lavatorio o lavabo en cada cuarto. Y no teníamos ninguna sala o habitáculo compartido.

Lo cual yo veía como algo positivo, porque muchos se aprovechaban -y deben seguir aprovechándose- de eso para ser escuchados.

Parece mentira, pero no lo es. Conozco gente que ha conseguido pareja y matrimonio solo por saber escuchar. Y no estoy hablando para nada de matrimonios de conveniencia.

He aprendido a escuchar –leer, prestar atención, dedicarme, entregarme- sólo a las cosas y a las gentes que verdaderamente me interesan. Respetando ciertos límites civilizados, se entiende.

Si un libro no me gusta, lo dejo. Me salgo de una película si me aburre o deja de gustarme.

A una de mis primeras novias en esta ciudad la dejé escapando por la ventana. No es una broma. Hablaba hasta por los codos.

Mi esposa me conoce. Sabe cómo soy. Y me respeta.

Y la historia de la muchacha que no paraba de hablar es otra que no encontrará pie -hoy- aquí.

Pero, de verdad, no me quedó otra salida que la ventana. No era la única (salida). Pero sí la más rápida.

Vivía yo en ese edificio de estudiantes, les decía, en este cuaderno que cuenta.

Doy un salto en el vacío para alejarme del ruido y de la ventana parlanchina. Salto en el espacio, apenas en el tiempo.

Ahora estoy durmiendo en mi habitación de la comuna y en mi sueño una mujer morena, una afroperuana trata de despertarme declamando una retahíla de números: cero, dos, uno, uno, dos, uno, cero, cero.

La morena repite una y otra vez los mismos números. Me despierto. El sueño ha sido pesado y los números me los ha repetido tantas veces que todavía recuerdo algunos del comienzo: cero, dos, uno, uno, dos, uno.

Estoy molesto por la interrupción del sueño. Estoy cansado además. Es muy temprano todavía, porque es sábado y no hay clases en la universidad. Entonces, se me ocurre una idea, no siendo capaz de liberarme del sonsonete de números de la cabeza. Salto de la cama para ejecutarla.

A pocos metros de donde estoy, al otro lado de la calle vive Rafael Caparó, un amigo peruano que he conocido en mi primer día en la ciudad.

-¡Hola! –me había saludado aquella vez al verme entrar a la taberna Los Cactus-. Te apuesto a que tú eres un peruano nuevo en la ciudad, ¿no?. ¿Qué bebes?

Ahora, en el corto camino a su casa, recuerdo que todo mi primer día en Colonia ha sido como de fábula.

He conseguido trabajo como profesor de idiomas apenas el primer día de estar en la ciudad y, buscando un lugar para celebrar con el amigo alemán -Andreas Maus- que me ha ayudado, he conocido a Rafa. Más suerte tienen pocos seres humanos, me digo, mientras avanzo. Porque hay que conocerlo a Caparó para saber de qué estoy hablando. Para saber qué es energía vital y buen humor sin gastar un centavo.

Le toco el timbre. Rafa trabaja en la gastronomía y me abre su puerta mostrándome un solo ojo apenas abierto.

-¿Qué hora es, Jorge? Pasa -me dice, tambaleándose un poco-. Espero que no sea por nada malo. Yo me acuesto tarde, sabes. Siéntate, por favor.

-Disculpa, Rafa –le digo, con pesar-. Pero he tenido un sueño que no me ha dejado seguir durmiendo.

Rafa es un fanático del balompié como yo. Los que lo conocen saben de su forma de contar una y cien anécdotas de su deporte favorito. La más aplaudida es la de los goles que hacía el moreno afroperuano Pitín Zegarra en el Alianza Lima, de tiro penal o penalti.

-¿Sabes lo que puede ser? –me dice, entusiasmándose y despertando de golpe, mientras yo niego con la cabeza-. ¡Los números de la lotería del fútbol!

Para no cansarlos diré que compramos un boleto de esa lotería, rellenándolo en parte con los números que yo todavía podía recordar del sueño. Rafa insistió en que invirtiera el doble de la suma que yo había previsto y que me parecía justificar bien ese chiste de sábado por la mañana, pero nada más. No acepté transigir.

-Faltan números, Jorge –insistió Rafa.

-Pon tu número de teléfono –le respondí.

Demás está decir que no gané nada.

Unas dos semanas después me acerqué al mismo establecimiento, por pura curiosidad, solo para comprobar si había acertado con alguno de mis números.

Los números soñados eran correctos. Los demás no. Si hubiera invertido la suma propuesta por Rafa, habría ganado un cuarto de millón de marcos de esa época.

(Tengo testigos de este hecho extraño y desconcertante.)

¿Es necesario agregar que no he vuelto a jugar a la lotería desde entonces?

HjV

Sinthern, 28, último día de febrero del 2007.

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YO SÉ QUE ESTÁS (II)

Salto en el tiempo. Salto en el vacío.

A veces puede ser doloroso. Pero nunca negativo. Los recuerdos siempre están de mi lado. Aún aquellos que me gustaría olvidar. Si no se han borrado de mi memoria, me sirven para entender o aprender. O trato de sacar lo mejor de ellos. Además, el tiempo asiente en volvernos benevolentes.

Viaje al pasado desde el presente. Mi tercer hijo, Jorge Juan, cumple hoy seis años.

Hemos pintado con mi esposa, anoche -cuando ya él dormía con sus otros tres hermanos-, en el ventanal de la sala-comedor un gran número seis. A mí, que me gusta pintar y sé que es una actividad absorbente y que exige concentración casi absoluta, me ha dolido no haber podido entregarme a esa obra y dedicarle mucho más tiempo que la media hora que le dediqué anoche antes de irme a dormir.

Salto en el tiempo. Volatín en el espacio.

Ahora soy yo el que tengo seis años y estoy por cumplir uno más. Mi abuela Carmela ha llegado de visita desde su Norte Chico. No sé por qué se me ha ocurrido coger una moneda de la cartera de mi madre. En este momento ella me está cogiendo por la fuerza de los brazos y está acercando mi mano derecha al fuego de una de las hornillas encendidas de la cocina.

Creo que ni siquiera soy consciente de haber hecho algo malo. ¿Qué puede tener de malo coger una moneda que es nuestra para poder comprar algo?

Ahora me entero que he obrado mal. Estoy llorando, seguramente. Y mi madre forcejea conmigo. El fuego está cerca.

En mi recuerdo no hay dolor, no hay pena. Está el fuego delante mío. Mi forcejeo inútil. Ni siquiera hay rencor contra mi madre. Aunque aún ahora siga sin entender su comportamiento. Es la primera vez que hago algo así. Habría bastado con que me lo explicara. Nunca he sido conocido por mi malentendimiento.

En mi recuerdo está la figura de mi abuela, mi Gorda de Oro, quien se acerca a nosotros dos y consigue convencer a mi madre de soltarme. En mi recuerdo vívido, mi madre está indignada realmente. Y aunque todo es una especie de teatro, de farsa -ahora sé que no corría peligro-, sigo viendo patentemente su indignación.

Ahora también recién comprendo –en este preciso momento- que su conducta es una forma de demostrarle a su propia madre que ella también tiene sus principios.

He juntado tres momentos en uno para poder decirles a los tres personajes envueltos en ellos:

-Yo sé que están.

Mi abuela allá en el cielo –en el que no creo- sé que me sonríe y que alumbra algunos de mis pasos.

Como todos, no son pocos los momentos en los que no sé cómo ni dónde pisar.

Sólo le ruego que sepa iluminarme a veces el camino un poco. Suele bastar una luminosidad. Con cada nuevo paso que damos, podemos tomar fuerza para el siguiente.

Como muchos de nosotros, sé lo que es sentir el vacío inconmensurable delante de mis pies.

Salto en el espacio. Es infinito. Pero no debo temer. Salto y me transformo a través del tiempo.

Caigo sobre los cerros que rodean el puerto de Supe y que lo une a Pueblo Supe. Debo tener ocho o nueve años. Veo el valle y el litoral desde aquí. Siguiendo la Panamericana durante 180 kilómetros se llega a Lima.

No lejos de mí está el palacete que el asesinado magnate de la pesca Luis Banchero Rossi hizo construir como una especie de mirador del puerto y que ya no existe. Giro mi cabeza hacia la playa, me golpea la brisa.

He venido a pasear solo, como me gusta hacerlo a veces. Debajo mío está el malecón que construyó el padre de mi padre en 1938 (la inscripción ha sido borrada hace mucho tiempo). El mismo que remata en el mercado -que todavía existe-también construído por él por la misma época, junto con el muelle del puerto.

A los pies del cerro, en cuya cima me encuentro y al inicio del palacete de Banchero, empieza el callejón que lleva a la calle más antigua del puerto. Justo a su término está la casa por la que paso a diario con mi madre y ella me repite: “Allí vive Arguedas”.

Unos años después, don José María, el autor de Los ríos profundos y El Sexto (ésta es una de las primeras novelas que leí en mi vida, influido por lo que cuento) se va a quitar la vida. Enfermo de ésta, precisamente. Pero esto no lo puedo saber todavía en este momento.

Siguiendo en dirección al mar y la capitanía, y pasando el único hotel que ha tenido el lugar, empieza el muelle antiguo (aún existe). El mercado de techos de madera está dotado en su falsa cúpula de un gran reloj alemán (no hace mucho fue puesto en funcionamiento por un representante de la embajada). De mi abuelo el constructor, sé que se cuentan historias que parecen casi increíbles.

El otro, Remigio, no solo fue jugador de balompié –eso bastaba entonces para que ocupara un puesto alto en mi alma, por encima del de un constructor de lo que fuera-, ahora es también alcalde del puerto.

Giro mi cabeza en dirección a Supe Pueblo. Mi mente, acicateada por los continuos descubrimientos arqueológicos que se realizan por estos días debidos a los trabajos en las calles del puerto, me hacen pensar en incas e imperios perdidos.

Me imagino que soy un ser antiguo. Mi sueño de niño es recorrer a caballo o a pie este paisaje que crea el río Supe y que lleva hacia las faldas de los andes. En un punto determinado detengo el recorrido de mi mirada y me digo que si yo fuera inca allí fundaría mi ciudad.

Esto que les cuento no es inventado.

Es una de esas cosas extrañas que decía ayer.

Salto en el espacio y en el tiempo. Vuelvo al lugar y al día -hoy-, en que cumple años uno de mis hijos, quien todavía debe estar durmiendo.

En este momento, y ya desde hace unos diez años, sé que la ciudad –la civilización- más antigua de América es Caral; la que con una antigüedad calculada de 4600 años, ha resultado ser un milenio más antigua que la de los olmecas en México o la de Casma -más al norte de la misma costa-, consideradas hasta entonces, como las más antiguas del continente americano.

Se dice que Caral debía albergar a unas 3000 personas, con conocimientos de geometría, aritmética, topografía y astronomía. Algo que la ubica a la misma altura de los otros centros culturales más antiguos de la humanidad: Mesopotamia, Egipto, India y China.

Las primeras excavaciones -trascendentales para este descubrimiento- se empezaron a realizar bajo la dirección de la antropóloga Ruth Shady Solís (Callao, Perú, 1946) en 1996, después de haber identificado en 1994 una serie de sitios arquitectónicos que indicaban la existencia en la zona de una verdadera civilización muy antigua. Por los restos encontrados –flautas, drogas y caracoles que solo existen en la región amazónica- se cree que fue una especie de punto de encuentro y comercio entre los habitantes de las regiones selváticas, andinas y costeñas de esa época de la historia del Perú.

La Ciudad Sagrada de Caral (*) está situada justamente en el valle del río Supe. Más o menos en el mismo punto que yo señalé de niño y con el que soñaba, acercándome a caballo o a pie, sentirme reencarnado en un peruano antiguo.

Regresé a ese observatorio o mirador natural no hace mucho. Exactamente en agosto del año pasado, 2006.

Trepado al cerro, comprobé que el palacete de Banchero ya no existe y que ahora existen dos muelles en Puerto Supe (el antiguo solo se usa ya para la pesca artesanal).

Después de recrearme con la vista del mar y su brisa refrescante -era invierno-, giré mi rostro en dirección al valle. Al punto que desde ese mismo lugar había elegido yo de niño.

Sabía que otros ya se me habían adelantado; pero no sentí envidia ni dolor. Seguía con la misma certeza.

-Yo sé que están –les dije a mis más antiguos americanos. (**)

HjV

Sinthern/Colonia, 27 de febrero del 2007: ¡Jorge Juan cumple 6 años!

(Es el de la foto, arriba.)

(Dedicado, también, a la señora Nora C., quien tiene la amabilidad impagable de escribirme y animarme desde Nueva Jersey.)

(*) Ver sección Videos.

(**) Es una licencia que me he permitido, para resaltar el carácter de ciudad más antigua -hasta ahora- descubierta en el continente americano, que tiene Caral. Según  la nueva teoría del poblamiento temprano, el hombre empezó a poblar América hace entre 20.000 y 50.000 años por diferentes rutas alternativas.

YO SÉ QUE ESTÁS (I)

Me han sucedido muchas cosas raras o extrañas a lo largo de mi vida.

Algunas incluso me la han llegado a salvar, en muchos sentidos.

Otras han conseguido que pueda ahora ver a la vida tal como ella es, independientemente de la religión o creencias que profesemos: una estadía extremadamente corta sobre esta Tierra de la que creemos que aguanta todo.

No olvido, porque lo sé (y no es una de esas fórmulas del colegio que uno tenía que aprenderse de memoria, sin tener ni la más brava idea de lo que se trataba), que a todos nos suceden cosas raras, inexplicables, milagrosas.

Digamos, que nadie está libre de ellas. Algunos más, otros menos. Para bien y para mal.

Es más, en verdad es más común que nos sucedan cosas de carácter -vamos a decir- extraño, que nos saquemos la lotería, por ejemplo.

Corría el año 1986 y vivía en Colonia en una pequeña comuna estudiantil. Era en uno de esos edificios para estudiantes que ya no deben existir o han sido refaccionados o restaurados, porque no cumplían con las normas europeas ahora vigentes. Yo acababa de llegar de París hacía medio año atrás. Después de un paso fugaz de casi medio año.

Había tenido que abandonar mi ilusión de estudiar Cinematografía allí (no me pregunten cómo diablos se me había metido esa idea en la cabeza; tal vez sólo porque sonaba bonito: yo decía que lo que me interesaba era aprender a escribir guiones para películas), incapaz de saberme enfrentar a ese monstruo de millones de cabezas llamado La Ciudad Luz.

No sé cómo será ahora, 22 años después, pero entonces llegar a la capital francesa había sido para mí la primera etapa de un sueño que parecía comenzar a realizarse.

La segunda había sido constatar en cuerpo y carne que París era como una señora de esas que ya no están para los trotes, pero que seguía haciéndose pasar por señorita y muy joven, y que ninguno de los estafados o decepcionados era capaz de advertírtelo. (Una mujer contaría, claro, las cosas de otra manera.)

No me estoy refiriendo al París de los turistas. Ése es bello como son bellos los atractivos turísticos de cualquier ciudad que se precie de serlo.

Me estoy refiriendo al París de los clochards, que no son otra cosa que pobres enfermos -de ese mal llamado alcoholismo- y, además, sin techo ni domicilio fijo.

Al París de los departamentos sin ducha, o, muchas veces, hasta sin retrete (pero compartido en el pasadizo) y con apenas un lavatorio o lavabo en la habitación o estudio (especie de apartamento). Que no eran pocos.

Al París de los alcohólicos con techo y trabajo; que para mí parecían ser casi todos, entonces.

Al París de impresionantes cafés y bistros, pero que solo te podían ofrecer dos huellas y un orificio en el suelo de cemento como retrete.

Al París subterráneo. Al de la gente que moraba en los pasadizos públicos y no públicos del metro.

Al París de gente viviendo en carpas en los bosques, porque no tenía dónde vivir.

Al París de estudiantes y profesionales de otros países viviendo de recoger botellas de los basureros para venderlas como vidrio reciclable.

Y al París de las postales que se enviaban y envían por miles cada día y en las que nadie cuenta la verdad entera. (*)

No estoy exagerando.

Es más, la ciudad aparentemente oculta que menciono, abarcaba gran parte de una aparente clase media parisina. No por nada se decía que el francés suele bañarse sobre todo cuando viaja. Y viaja muy poco.

Tuve la maldita suerte de caer con muy buen pie en París, de tropezarme casi mortalmente apenas dos semanas después, y, de volver a levantarme, por algo rayano con lo milagroso, casi inmediatamente.

Lo digo aquí ahora (y aquellos que me conocen y saben que me gusta hablar de lo que sé, ya lo han escuchado): mi próxima solución iba a ser el metro. Si no encontraba ninguna. Ustedes saben a qué me estoy refiriendo.

Había llegado con todas las ilusiones que puede tener un muchacho que ha conseguido llegar a la Ciudad Luz para estudiar.

La suerte me había acompañado dos meses atrás, porque el dinero que me faltaba me lo había prestado mi primo Pepe -quien entonces tenía intenciones de hacerme emigrar a Venezuela-, a quien yo había acompañado al aeropuerto de Lima para darle las gracias por su interés por mí. Mis estudios de turno eran entonces las Matemáticas. ¿Qué podía yo buscar en un país en donde la gente solo pensaba en consumir?

-Pero, pana, aquí la cosa se está poniendo fea -me dijo mi primo, con un acento caraqueño envidiable-. ¿Por qué no te vienes a Caracas, vale?

-Mi sueño es Europa, Pepe.

-¿Y por qué no lo cumples, entonces?

-No me falta mucho –le respondí, sin agregar más información.

Mi primo me quedó mirando y me acuerdo que le brillaron los ojos. Sabía bien a lo que yo me refería.

-¿Cuánto, loco? -me preguntó.

Le dije lo que me faltaba. Me dijo: Espérate. Y se fue a despedirse de los demás.

Cuando nos dimos el último abrazo, me dijo que no me preocupara por devolvérselo, introduciendo su mano en mi chaqueta.

(Lo hice –con intereses incluídos-, entregándoselo a su madre, tal como me lo pidió, algunos años después.)

Me puse a pensar en todo esto (**), buscando información biográfica sobre Germaín de la Fuente, el que fuera el vocalista –qué término- de Los Ángeles Negros, de mi querido vecino Chile.

(Me acaba de escribir una prima mía, contándome que vive en California y está casada con un ecuatoriano, dándome un pretexto más –por los amigos ecuatorianos que tengo- de poder decir también: mi querido vecino Ecuador. Porque, si no empezamos por los vecinos, ¿con quién si no?)

Buscando, decía, me tropecé con una canción que creía haber olvidado y que le dio alas a la imaginación de ese adolescente tierno (todos lo son, por definición; o sea, lo fuimos) y sumamente ingenuo que yo era entonces.

Me estoy refiriendo a Yo sé que estás del compositor chileno Orlando Salinas.

Yo sé que estás
En este mundo aguardando te encuentre
Nunca me has visto ni sabes de mi suerte
Y me conoces tan solo al soñar

 

Yo sé que estás
Nunca te he visto pero sé cómo eres
Nunca me has visto y sé que me quieres
Solo el destino conoce el final

 

Tal vez las mismas calles caminamos
Sin saber que nos amamos
Y que un día nuestras vidas se unirán

 

Quizás de un mismo sol nos alumbramos
A un mismo dios adoramos
Y una misma estrella nos hace soñar…

Particularmente ya no me corresponde soñar con algo así, pues soy casado y muy feliz con mi pareja.

Pero creo que es una canción que puede dar alas a la imaginación de aquellos que todavía la esperan (buscarla no funciona; o muy rara vez).

Lo cual no significa que los momentos de duda entre nosotros nunca hayan existido ni dejado de existir. Creo que nuestro éxito como pareja (cuatro hijos, quince años) lo debemos a dos reglas básicas: prohibido maltratarnos en la forma que sea y respetarnos tal como somos.

A mí me gusta pensar en el ejemplo de Billy Joel, quien para el cumpleaños de su esposa le compuso una canción, Just the way you are, para después divorciarse y no querer volver a cantarla en ninguno de sus conciertos.

(No sé si esto último ya no sea cierto. Han pasado tantos años, que me llamaría la atención que no haya cambiado su forma de ver las cosas, el propio Billy Joel.)

El asunto es cuando se va el amor. O -en verdad- cuando nunca estuvo, en realidad.

Entonces no vale nada. Ni ruegos ni promesas de nada.

Yo sé que estás. Y eres tal como eres.

Ése debería ser el mensaje: antes de una relación y durante ella.

Y en un eventual después.

Cuando ya está claro que no podía ser.

HjV

Pulheim, 26-02-2007

(*) Todavía conservo una que la escribí, pero al final no la envié.

(**) Continúa…

VOLTIOS BÉCAUDIANOS

Gilbert Bécaud no llegó a ser muy conocido en el mundo entero.

Murió empezando este siglo sin alcanzar lo que se merecía.

Y esto a pesar de que sus canciones han sido interpretadas por Barbra Streisand, Bob Dylan, Frank Sinatra y Elvis Presley. Para nombrar solamente a algunos.

En su país –Francia-, y en su época, sólo podía ocupar el tercer lugar de las preferencias.

Los que estaban delante de él en esa lista eran nadie más ni nadie menos que Edith Piaf y Charles Aznavour. Y eso sin querer mencionar a Yves Montand.

Tal vez con su nombre original –François Leopold Silly-, le habría ido mejor.

Pero esas son cosas que no se pueden saber.

(¿Ustedes creen que Freddy Mercury habría triunfado si hubiera usado su nombre verdadero, Farrokh Bulsara?)

(O pregúntenselo -por poner un solo ejemplo más- a esa señora del cine llamada Jo Raquel Tejada, para el resto de los mortales simplemente Raquel Welch, quien además es hija de un ingeniero boliviano.)

(¿Para qué mencioné a ese símbolo sexual de los hombres como yo que estamos por dejar los treinta en cualquier momento? Mejor me callo. Tendré que dedicarle un día entero a esa diosa del cine. A pesar de que esperaba su aparición con impaciencia en cada película, no recuerdo ni una línea de lo que dijo en ninguna de ellas. Baste decir.)

Sin embargo, dos de sus canciones –de las 400 que Bécaud compuso-, recorrieron y siguen recorriendo el mundo trasvestidas en o con otros idiomas, otros ritmos y otras voces.

Una de ellas es Et Maintenant de 1961, canción que muchos grandes artistas la han incluido en su repertorio: 150 en total. Ciento cincuenta artistas. Y eso sólo hablando de la versión en inglés. (*)

El mismo Frank Sinatra, por ejemplo, la cantaba bajo el título de What now my love. O Elvis Presley, en esta versión, demasiado empalagosa para mí -pero los gustos solo se pueden conocer probando y la de Sinatra no la he encontrado en YouTube-, pero que también tiene su relativo valor arqueológico.

ELVIS PRESLEY: WHAT NOW MY LOVE (ET MAINTENANT) (Hawai, en vivo, 1973)

La otra es una que en Latinoamérica allá a finales de los 60 y comienzos de los 70, la cantaban Los Hermanos Arriagada, famoso trío chileno de entonces. (Los mismos de esa otra: Poema, es el cantar de un pajarito / que vive fuera de su nido / con la esperanza de volver…)

La letra del tema que aludo, Nathalie, del año 1964, es del recientemente fallecido Pierre Delanoë (París, 1918-2006), uno de sus tres letristas.

La plaza roja desierta, delante de mí Nahtalie;

tenía un lindo nombre mi guía, Nathalie.

La plaza roja muy blanca, la nieve formaba un tapiz.

Y yo seguía aquel frío domingo a Nathalie.

Hablaba en francés muy sobrio,

de la revolución de Octubre.

Y yo pensaba ya, que de la tumba de Lenín,

iríamos al café Pushkín

a tomar un chocolate.

La plaza roja desierta;

le tomé un brazo y sonrió;

rubio era el cabello de mi guía, Nathalie, Nathalie.

En su pieza de la universidad,

un grupo de estudiantes la esperaba impaciente;

reímos, mucho conversamos,

querían saberlo todo, Nathalie traducía.

Moscú, los llanos de Ucrania y Les Champs Elysées

Oh, de todo se habló, después cantamos;

luego, ellos muy alegres, abrieron botellas

de champagne de Francia, luego bailamos…

Cuando todos ya se fueron

y estuvo la fiesta en silencio,

quedé yo solo con mi guía, Nathalie.

Ya no hubo más preguntas sobre la revolución de Octubre;

ya no estábamos allí, se acabó la tumba de Lenín,

el chocolate del café Pushkín, todo lejos quedó.

Qué vacía se quedó mi vida,

más sé que un día en París,

seré yo quien servirá de guía, Nathalie, Natalie

GILBERT BÉCAUD: NATHALIE (1964)

Bécaud era de Toulon, sur de Francia, donde había nacido en 1927.

En vida lo llamaron Monsieur 100.000 Volt por su carácter temperamental, perfectamente cincelado en los temas que interpretaba. Alguien alguna vez afirmó que con toda la energía que tenía –y que también lo llevó a incursionar en el cine-, podría componer hasta una ópera, si sólo se lo propusiera.

Lo hizo.

También escribió la música para la película de Neil Diamond The Jazz Singer. (Compañero éste de colegio -y del coro del mismo- de Barbra Streisand.)

Fumador empedernido, siempre se presentaba a actuar con una corbata azul de lunares blancos. Era su amuleto.

Siendo joven aún, estudiante del conservatorio y encontrándose en busca de trabajo en un piano-bar acompañado de su madre, encontraron uno en el cual el dueño se disculpó por no poder contratarlo inmediatamente, pues en su establecimiento la etiqueta exigía el uso de corbata.

Su madre, arrancándose en el acto una pieza de su vestido de lunares blancos, improvisó una corbata con ella. Nunca más la abandonaría en los escenarios. (A la corbata.)

Cuando dejó la música clásica, se dedicó al cabaret y a escribir sus propias canciones. Siendo pianista acompañante del chansonnier Jacques Pills, llamó la atención (musical) de la esposa de éste -una tal Edith Giovanna Gassion-, quien le hizo un gran favor a este mundo animándolo a cantar.

El nombre artístico de esa mujer, que sabía lo que hacía, era: Edith Piaf.

Dio un promedio de 250 conciertos por año. A lo largo de casi 50. (Años, se entiende.) Es el único artista que ha llegado a presentarse 30 veces en uno de los Olimpos de esta tierra bastante más pequeña sin Bécaud: el Olympia de París. (**)

Lo entregaba todo en cada actuación, electrizando con sus voltios bécaudianos a los espectadores.

Sus últimas presentaciones en vivo las hizo en el año 2000. Sus tres cajetillas de cigarrillos diarias le pasaron la cuenta a la edad de 74 años el 18 de diciembre del primer año de este siglo que empieza, en París. La guadaña lo encontró en su casa flotante sobre el río Sena. Se encontraba preparando su último álbum con 13 composiciones propias, que después fue publicado póstumamente.

¿A qué nada se estará deslizando ahora su alma? (**)

HjV

Sinthern, 24/25-02-2007

(*) En la entrada de ayer -o más abajo- pueden encontrar una buena versión de Et Maintenant. Así como el texto y una traducción libre y ligera de él.

(**) Paráfrasis de una línea de Et Maintenant.

(Fuentes: Wikipedia, artículos periodísticos y enciclopedias varias.)

CUARTO DE BERLÍN

Ayer que fue cuando

al cerrar tus ojos

el sabor de la fruta

todavía era ardiente y

habitaba en todos los misterios de

tu boca

 

Ayer que fue el

día de tu visita pura

planchada como una camisa de oficinista

puntual

a juego con las mejores corbatas que

tampoco tengo

 

Ayer que fue el día

de celebrar tu independencia

mi letargo

y mi día nacional

por excelencia

para llegar a verte a ti así

tan somnolienta tan

en eso de llegar y partir

tan avanzada siempre en los asuntos del

progreso del tiempo y de tu

vida

 

Ayer que supe

que las cosas no volverían

a los rumbos que perdimos en

las orejas

a punto de ser

felices

y otra vez sí, bien,

no pasa nada

hágase tu deseo,

no te preocupes,

y por eso

tu visita

 

Ayer que volvió a no ser bueno verte

ni probar la calefacción de

tu piel

trepado al contacto acústico de sus

vellos parisinos

 

Ayer que me contaste de tus nuevos amores

que tantos no son sino

los besos

adiós

caricias a media distancia

adiós

inseguridad en el manejo de

nuestras almas:

sonríe, me dijiste

 

Ayer que fue que querías volver

a ser mujer en mi rostro

conocido

libre

y un buen vino además

para acompañar

pero también tengo que levantarme temprano

y todavía te quiero de alguna

forma

pero solo he venido a despedirme

 

No creo que vuelva

me dijiste ayer que fue

ayer tan

ayer,

haciéndome

recordar mi primer consuelo: eres joven

y podrás olvidar

 

Pero

tú no me dejaste ninguno a

en este cuarto de Berlín.

 

HjorgeV

Colonia, 20/24-02-2007

CANCIÓN DE HOY VIERNES

Adónde van a parar todos esos

retazos de mar que no querías

a qué lugar del cielo

van a parar tus secretos

tus incontables formas de

aceptar la vida

sin cogerlas poder siquiera

de las orejas

aquí vives en tu ropa

te basta arriba el cielo

muerdes porque amas el hambre

de mi oreja cuando pones tus

labios desgajando tu posición

frente a mi cuerpo

el peligro del juego con

placer vibrando

por eso

dime cuándo tengo

que salir a respirar dime

cuándo el momento

en que tú

me digas que sí

ahora

muerde

HjV

(Sinthern/Colonia 21,23-02-2007)

JUST THE WAY YOU ARE

Esta es una canción de William Martin Billy Joel (Bronx, 1949) del año 1977, de su álbum The Stranger.

En una demostración de lo que es amor, la compuso como regalo de cumpleaños de su primera esposa Elizabeth Weber.

Se dice que Joel no la ha vuelto a tocar después de su divorcio.

Con este tema llegó a estar entre los diez mejores de EEUU (tercer puesto) de ese año, ganando un Grammy.

Recuerdo que en San Marcos, la primera universidad fundada en América (1551) por los inmigrantes e invasores españoles de entonces, los militantes de izquierda estaban jodidos, porque no sabían cómo esconder su gusto por esta canción.

Su abuelo Karl Amson Joel, fue un judío alemán dueño de una empresa textil que le fue confiscada por los nazis, pero pudo escapar de su persecución. Los actuales dueños alemanes de lo que ahora es el gran consorcio Neckermann, no han aceptado (hasta ahora) siquiera reunirse con el nieto de la persona a quien realmente deben su riqueza.

En 1982 se divorció de Elizabeth Weber (apellido alemán) y en 1987 fue el primer artista norteamericano en realizar una gira en lo que fue la Unión Soviética. En el 2004, a la edad de 54 años se casó con la periodista Katie Lee de 23 años.

En 1994 se cansó del mundo artístico y anunció su retiro del pop, dedicándose a su antiguo amor: la música clásica.

El año pasado, 2006, se volvió a cansar, pero esta vez de su retiro, y volvió al escenario, consiguiendo llenar el Madison Square Garden por 12 veces consecutivas, algo nunca alcanzado antes por ningún humano.

HjorgeV

23-02-2007

 

Versión del desaparecido BARRY EUGENE CARTER WHITE (Texas, 1944-Los Ángeles, 2003)

Versión de la pianista y cantante canadiense DIANA KRALL (Nanaimo, Columbia Británica, 1964)

(Otro tema del Piano Man en persona para desearles un buen fin de semana. Me gustan algunos dichos y refranes. Lo que no me agrada es decirlos. Creo que con éste me puedo atrever a romper mi regla: “Los obstáculos son esas cosas que las personas ven cuando dejan de mirar sus objetivos”. De un tal Joseph Cossman. HjV) (Respondiendo a una pregunta: Esto no es un programa de radio. Todavía no, por lo menos.)

BILLY JOEL: PIANO MAN

 

BILLY JOEL: HONESTY

 

 

EL TIBURÓN QUE SE NOS VIENE

El tiburón de mi infancia fue relativamente pequeño y ya estaba moribundo cuando me atacó. No es una broma.

Era muy delgado, además, y me bastó cogerlo de la cola y arrojarlo hacia la orilla para acabar con el asunto.

Bueno, en realidad, no se trataba propiamente de un tiburón, sino de uno de sus primos. O tal vez sólo de un cuñado. Lejano, además; para los que me entienden.

La historia es cierta y me sucedió en la playa de La Isla de Puerto Supe, también conocida como El Faraón, por la forma de la ridícula -la verdad valga- pero para mí mítica isla que da nombre a esa franja de la costa norte del litoral peruano. Lugar en el que también luché contra un pulpo vivo, del tamaño de mi mano. (Pero pulpo, vivo y lucha. Ojo.)

Antiguamente, en mi infancia -épocas antediluvianas para los menores de veinte-, para poder visitarla, había que ir temprano por la mañana, que era cuando el mar seguía retirado y se podía cruzar la playa a pie hasta llegar a la isla.

Luego, a partir de las once de la mañana, ya había que mojarse un poco y tener cuidado de no pisar –mi especialidad- los erizos.

Si te quedabas hasta la tarde en la isla, tenías que salir después a nado por un costado para evitar ser arrojado por las olas contra las rocas.

Como todo pasa en esta vida, visité el año pasado mi isla, y fui testigo presencial -tal como ya había escuchado decir- de que el mar se ha retirado de tal forma desde hace un par de años, que ahora es posible acceder y salir de ella a pie a cualquier hora del día.

(Esta isla parece no haberse enterado de los cambios climáticos, me digo.)

El tiburoncito de mi infancia no medía ni un metro, o sea que era un simple toyo o, tal vez, ya, un marrajo o cazón pequeño, y había llegado –junto con otro par de cientos de peces moribundos más- a la orilla, debido a uno de esos fenómenos marinos que entonces yo conocía bajo el nombre popular de aguaje.

Por lo demás, mi otra referencia tiburonaria o tiburonal la había tenido yo –aún mucho antes- con una de esas revistas mexicanas memorables de la Editorial Novaro, que inundaron los quioscos peruanos de fines de los años 60 y comienzos de los 70 (para contrarrestrar la otra inundación: la de los comics o chistes, como se les llama en el Perú) y que llevaba el nombre de su héroe marítimo, pescador y aventurero del pacífico pueblo de la costa pacífica de México llamado Ixtac: Chanoc.

Hasta que llegó Spielberg en 1975 con su película Tiburón. Jaws: mandíbulas.

Der weiße Hai, aquí en Alemania, me entero por medio de un redactor de esta columna.

Es decir: El tiburón blanco, en castellano. (Bajo ese título no habrían sacado ni para la dentadura postiza del tiburón postizo. Por lo menos no en mi país.)

Está documentado que la filmación de esa película fue una verdadera pesadilla, en la cual Steven Spielberg, quien no tenía entonces ni 30 años, estuvo a punto de tirar varias veces la toalla al mar. O sea, al tiburón: ese armatoste de cartón, madera y espuma plástica que no quería respetar el guión ni dejarse filmar y había que moverlo con una serie de inventos mecánicos que ahora nos parecerían absurdos.

La filmación fue una aventura más grande y seguramente más intensa y más importante que la película misma. Los momentos de tensión en ella fueron más que reales y eso se transmitió a la película misma. Por eso tal vez -también- fue tan exitosa en su momento.

Eran otros tiempos.

Ahora cualquier estudiante de preparatorias para el examen de admisión a la Academia de Cinematografía de Máncora, o cualquier estudiante de primer año de cualquier escuelita mediática, puede conseguir mejores efectos, entre bajada y bajada de canción, de las cientos de miles que ya guarda en su cargador de música de moda. (¿Escucharán todas?, me pregunto.)

Para reflejar mejor cómo era la metodología y el ambiente en el que se hacían las películas de ese corte en esos años, basten las luminosas palabras del cineasta Richard Lester (director de Superman y autor del primer videoclip de la historia: A hard day’s night, con unos Melenudos de Liverpool que aún no se han enterado que se han sacado la lotería y que pronto pasarán a convertirse en los iconos o íconos de la música del siglo XX por excelencia) (*) . Palabras que paso a citar, traduciendo e invitándolos a saborear la profunda gilletiana o wilkinsoniana ironía de este señor:

“Tal vez parezca coqueto decirlo pero filmar películas como Superman era entonces de lo más fácil. Era maravilloso: teníamos un guión, en el cual había cosas magníficas como Christopher Reeve lanzando un ómnibus o autobús por los aires, pero nadie sabía cómo hacerlo. Entonces todo se hacía con trucos ópticos. Algo que ahora se consigue con un simple programa de efectos especiales, contenidos en un miserable disco. Nosotros en cambio, teníamos varios talleres y estudios con una infinidad de técnicos y ayudantes, que andaban rompiéndose la cabeza de la noche a la mañana y de la mañana a la noche para conseguirlo. Tarde o temprano nos presentaban una solución practicable y nosotros solíamos decir: ‘Está bien, así lo hacemos’. ¿Qué más nos quedaba? Entonces pasábamos a comunicárselo a los diferentes equipos de filmación y lo hacíamos. Mi trabajo consistía básicamente en silbar a mi chofer para que me llevara hasta el próximo estudio de filmación.

Cualquiera no puede expresarse así.

Ahora llega Meg, el nuevo tiburón antediluviano que se nos viene.

De no sé cuántas decenas de metros y medio centenar de toneladas de peso, y que merodea ahora las playas de California. Cuidado.

Un tiburón, como la mayoría de animales (incluido el hombre, amén de patologías: ¿qué pensarán los habitantes de Griboste -ese nuevo planeta descubierto- sobre la invasión de Irak y sus funestas consecuencias hasta ahora?) solo ataca, decía, en caso de verdadera urgencia o emergencia.

O cuando se siente atacado o no tiene nada más qué comer. Nada.

De las 350 especies existentes, sólo se sabe de 10 a 12 especies que han atacado al hombre sin que haya habido (aparentemente) provocación alguna.

(El tratado que Joan Balkihas E. presentará este año, titulado El lenguaje corporal exacto de los tiburones, y prometido para el próximo mes de julio, nos permitirá saber qué movimientos debemos evitar en presencia de un tiburón. A partir de entonces será pan comido bañarse en cualquier playa del mundo sin temor.)

Entre 1916 y 1969 se registraron 32 ataques a seres humanos de tiburón blanco en todo el mundo. De ellos, 13 fueron mortales. Así de antigua es mi enciclopedia.

Tomando en cuenta todas las demás especies (de tiburones), el número de víctimas (humanas; no se rían) aumenta un poco.

Pero no llega ni a morderle el tobillo al número de de personas que mueren anualmente (en su mayoría niños) bajo las fauces del mejor amigo del hombre.

Sí, el pobre perro.

Y allí está nuestro amigo paseándose por todos los continentes, subiéndose a nuestras faldas (o piernas), jugando con nuestros bebes o bebés, ensuciando parques y veredas (la típica plaga de la zona urbana céntrica de Colonia y de toda ciudad, me imagino) y apareciendo en las fotos que nos tomamos.

No me lo digan. Yo ya lo sé.

La próxima verdadera película de terror tiene que tener de protagonista principal al…

¡No sean malos! Tengo hijos. Y un perro, además, que no hace nada.

A veces.

HjV

(*) Por esta misma razón, se le considera a Lester el padre de MTV, algo que él niega y para lo que “estaría dispuesto a hacer una prueba o test de paternidad”, según sus propias palabras.

Aquí un popurrí, medley o combinadito de Luis Miguel, para que vayan relajándose antes de la película.

(Incluye Un poco más, Llévatela, El reloj y Sabor a mí. )

EL RELOJ QUE FALTA

Debido a las múltiples quejas que he recibido de parte de la señorita Nora C. desde Nueva Jersey y del señor Pineda desde Tegucigalpa -vía emilio– mientras preparaba mi siguiente entrada, me veo obligado a incluir aquí la versión de El Reloj de Luis Miguel.

Me parece importante aclarar –para todos aquellos que no lo habían notado- que la versión de Los Tres Caballeros es la ORIGINAL de este tema. Y en la que –además- canta y toca el propio COMPOSITOR de ese bolero, don Roberto Cantoral.

Ése es el valor íntimo de ese video. Es como mostrar a Luis Miguel, pero a la hora del parto. Por decirlo de alguna manera ilustrativa.

Porque versiones de El Reloj hay muchas.

Baste decirles que hasta el que escribe tiene una versión grabada en una noche memorable, no por la calidad musical de la velada, sino por otras razones extra musicales, como siempre.

Memorable porque, justamente, esa noche, me robaron…

¡Bah! ¡Ustedes adivinan todo!

(Tal vez así nació también este bolero, y el señor Cantoral, muy latino él, hizo de tripas corazón. Quién sabe.)

 

EL VIOLÍN DEL DEMONIO

Por las calles de París se desplaza una figura, alta y oscura. De profundos ojos negros y cubierta su cabeza por unos largos cabellos, negros también, que ya apenas lo son.

Su dueño es uno de los hombres más geniales de la historia humana de todos los tiempos. En sus momentos libres se dedica a visitar a oscuros médicos y curanderos, como ahora.

Es invierno y las calles de París las cubre parcialmente la nieve.

La ventisca obliga a los transeúntes a cubrirse el rostro. Algo que a él solo puede convenirle, puesto que es uno de los rostros más conocidos de París y del resto de Francia, de Italia -su país natal-, Inglaterra, Austria y Alemania. El resto del mundo lo va a conocer mucho después.

Pero no va a tener la suerte de verlo actuar en vivo.

Ha vivido varias décadas dando conciertos y ganando una fortuna con su música a lo largo y ancho de esos cuatro países. Ha tenido amantes y perdido tanto dinero en el juego, que muy tarde ha empezado a entender que tal vez ambas actividades configuran las dos caras de una misma nefasta moneda funesta.

Por el carácter y las consecuencias de esas actividades.

Aunque su genio ya es indiscutible desde hace dos décadas -sin saber nadie que es algo más que eso y algo diferente a la vez-, todo no ha sido color de rosa en su vida.

Por eso todavía puede apreciar estos momentos. Por más que tenga que enfrentarse a los rigores del clima, luchar por hacer desplazar su figura de gárgola entre los transeúntes, los carromatos, los coches y los excrementos de los caballos, cuyo paso van dándole a la nieve y a las calles el desagradable color de las aguas usadas por toda la ciudad.

Su dueño sufre de diversas enfermedades y dolencias. Apura su paso.

Él sabe que su final no está a la vuelta de la esquina, pero que mucho más lejos tampoco está. De él, se afirma que ha hecho un pacto con el diablo para poder dominar su instrumento de la forma en que lo hace.

Él, Niccolò Paganini, el violinista diabólico, el artífice ilusionista y mago de su música; él, cuyas obras -incluso hoy- siguen sin ser ejecutadas correctamente; él: solo ruega ahora, poder encontrar pronto un curandero de esta tierra que pueda alargarle un poquito más la vida.

Corre el año 1836. Le quedan aún cuatro años por vivir.

Es el París que todavía no ha sido modelado arquitectónicamente por el prefecto y barón Georges-Eugène Haussmann (París, 1809-1891), siguiendo a su vez las estrictas órdenes del emperador Napoleón III, quien por su parte vive prendado de la arquitectura de Londres y de otras ciudades europeas en las que ha vivido.

Recién hacia 1850, Haussmann -de origen y apellido alemanes- ordenará desalojar a media población parisina hacia los suburbios y hará destruir media ciudad, para poder realizar ese sueño arquitectónico de grandes edificaciones, fastuosas avenidas y obras de canalización, que ahora -en este futuro ya real- sigue deslumbrando a los turistas y artistas de todo el mundo.

Pronto se inaugurará un casino en esta ciudad -París-, que llevará su nombre: el Casino Paganini. Armatoste que le hará perder casi toda su fortuna y una serie de juicios.

El juego y las mujeres han marcado su vida. Han sido el complemento de su música sideral. Al juego ya no le teme, desde que decidió enfrentarse resolutamente a él y llegó a perder hasta su alma. Es decir, su instrumento.

Pero no puede con el juego. En sus dos facetas.

Él fue el primer músico en el mundo entero que supo autopromocionarse y ganar una fortuna con su espectáculo, en tiempos en que nadie lo hacía con su instrumento.

Ahora siente que sus fuerzas lo abandonan. Cada vez más de prisa. El genio se está muriendo de a pocos y busca desesperadamente quien lo pueda curar. Ha arriesgado tanto en curarse como en el juego.

Por eso ahora se desplaza ya sin ningún diente sobre su mandíbula superior, producto de sus empeños por curarse de la sífilis, inhalando el mercurio que le han recomendado los médicos, cuyos vapores curan, sí, pero matando.

La lista de sus enfermedades y padecimientos (sífilis, síndrome de Marfan, aracnodactilia como secuela de éste, priapismo, tuberculosis laríngea) se lee como las de un condenado que las ha aceptado a cambio de morir bajo la guillotina, esa gran compañera de la Revolución Francesa ocurrida solo pocos años atrás.

La lista de sus virtuosidades (flageolett, pizzicato, staccato, doble llave o técnica de pisada doble, uso de la scordatura o afinación inusual de un instrumento) se lee como la receta para curar definitivamente de sífilis averna, sí, pero al propio Don Sata, en persona.

Aunque su arte fue considerado como algo imposible de ser humano, pocos podían saber o siquiera sospechar que estaba cimentado en la férrea disciplina a la que le había sometido su padre cuando él aún era un niño -y no se podía defender-, haciéndole practicar su instrumento hasta diez horas diarias y castigándolo corporalmente -o sin comer- en caso de no estar contento con lo alcanzado.

Tuvo la fortuna de poder desprenderse de la égida de su padre a la edad de 16 años. Desde entonces no paró de dar conciertos, entregarse a su música y a sus otras debilidades, sufrir con su enfermedades y seguir viajando de un lugar a otro para huir -tal vez- de sí mismo, de Niccolò Paganini, el genio extremista por excelencia que haya dado por siempre la música jamás.

Su genio -como en muchos otros ejemplos de la historia- escondía una tragedia.

Paganini nació el 27 de octubre de 1782 en Génova. No solo fue un virtuoso en la composición, ejecución e interpretación con el violín. También lo fue con la guitarra.

A pesar de sus cortos estudios de composición en Livorno, se puede afirmar que fue un gran autodidacta.

Tuvo la mala suerte de ser demasiado adelantado para su época. (Aún hoy lo sería. Incluso para cualquier futura.)

Me atrevo a afirmar, y ustedes mismos prestando mucha atención podrán corrobarlo en los videos que les presento, que sigue siendo imposible ejecutar -ya que no interpretar– sus temas sin cometer errores (el piano, por su afinación constante, se salva parcialmente de esta observación). Por más que se suela afirmar que “recién 50 años después fue posible interpretar correctamente sus temas”. Compruébenlo ustedes mismos.

Era poseedor de un oído y una entonación perfectos.

Una presentación de Paganini en esos tiempos (y por las que se llegaban a pagar pequeñas fortunas para verlo) puede equivaler lejanamente a uno de esos espectáculos modernos que pueden durar horas, y en los cuales, con la ayuda de ingentes sumas de dinero y el trabajo de varios días de cientos de personas apoyadas por la parafernalia tecnológica más moderna, se consigue maniatar y entretener de alguna manera al público.

Él no necesitaba más que su violín con sus cuatro cuerdas para conseguirlo.

A veces hasta sólo con una. Con la cuarta cuerda. Si se lo pedían. Procediendo a retirar delante de todos los presentes las otras tres.

Se dice que en cada concierto (y eso estaba anunciado en el programa), solicitaba al público que le presentaran alguna partitura desconocida para ejecutarla inmediatamente sin haberla estudiado. Lo cual significa que también dominaba la lectura directa musical: algo que muy pocos músicos, incluso los profesionales, lo alcanzan medianamente.

Su sino fue llegar a este mundo con una maleta demasiado llena de sorpresas, novedades y virtuosidades increíbles, fantasías imposibles y sonidos impensables. Todo en demasía.

Se dice, también que -por miedo a ser copiado- en sus presentaciones y ensayos, repartía sus partituras momentos antes de empezar y las volvía a recoger apenas terminaba la función.

Nadie es capaz hoy en día de hacer algo parecido.

Creaba emociones en los oyentes, para luego destruirlas y poder tenerlos así rendidos a sus pies y sujetos a su voluntad, prestos para una nueva subida a las estrellas.

Lo que ignoraba el oyente, era que el nuevo despegue se producía esta vez desde algún lugar imaginario cerca del infierno o del paraíso (no lo sabían), subidos a los designios de una montaña rusa astronómica que los transportaba vertiginosamente a través de los astros de las emociones y los planetas de la imaginación musical humana.

Consiguió arrancarle al violín además de las lágrimas, risas, llantos y lamentos habituales y conocidos, muchos sonidos nuevos e inesperados; y otros más, que el alma terrenal del público oyente solo podía atribuir a los dioses.

Como su estilo no era el adecuado para una iglesia, y porque alguna vez se negó –por razones ajenas a la actividad- a participar en un concierto benéfico, se dijo con mala fe que había hecho un pacto con el demonio.

Algo que su fisonomía y su aracnodactilia productos del síndrome de Marfan que sufría, solo parecían corroborar, y que Paganini, con su vestuario invariablemente negro, se encargaba de fomentar, como un elemento publicitario más.

El arte de Niccolò Paganini sólo conocía el deleite y la confusión.

El éxtasis genial de un cofre de sorpresas que se abre bajo la luz despedida por un castillo -absurdo e impresionante a la vez- de luces multicolores y plurisonantes nunca antes experimentadas.

Uno de sus conciertos quiero compararlo con el trance de un loco que recorre por dentro la cúpula de la Capilla Sixtina, aferrándose y sujetándose sólo con sus uñas, con el único objetivo de llegar hasta sus límites y poder comprobar así, contemplando en lo profundo, que, efectivamente, allá debajo de todo -del mundo, de las gentes, del cielo y del infierno- solo reina su genio.

Dejó para la posteridad 24 Caprichos, 6 Conciertos, varias Sonatas y unas 200 obras en las que involucra la guitarra.

Su deseo antes de morir, un 27 de marzo de 1840 en Niza, fue el de ser enterrado en tierra bendita, algo que le fue negado y que solo pudo ser cumplido 36 años después.

La iglesia no aceptó siquiera que se le enterrara acompañado por campanadas de duelo ni menos en el marco de una ceremonia religiosa.

Su hijo tuvo que momificar y deponer su cadáver en el sótano de un amigo de la familia, donde pasó el primer verano de su deceso.

Recién en 1876, la iglesia accedió a su deseo.

No sin antes reclamarle a la familia la devolución de todo el dinero ganado por Niccolò Paganini bajo la influencia del diablo.

HjorgeV

Pulheim/Colonia 19/21-02-2007 (Fuentes: Wikipedia y otras enciclopedias.)

(Dedicado a mi hijo Jorge Juan. Aunque no pase de su segunda clase de violín.) ¿Ya tienen a la mano sus auriculares?

FAZIL SAY (Turquía, 1970): Variaciones sobre Paganini (piano, adaptación moderna)

JASCHA HEIFETZ (Lituania, 1901-Los Ángeles, 1987): Capricho No. 24

Aquí un fascinante documental sobre su vida y su obra (en inglés). Esta es la primera parte de un total de nueve (1/9) que pueden encontrar en YouTube.

LA HORA SIN DEMORA, ¡AHORA!

No fue poco mi asombro al revisar El País digital esta mañana. Lo hice sin entusiasmo pues había cometido el error de echarle un vistazo anoche antes de irme a dormir.

Lo malo entre lo bueno de los periódicos o diarios digitales es que continuamente están cambiando. La edición impresa, no. De tal manera paradójica que el primero siempre está perdiendo y ganando paralelamente en novedad, para cierto perjuicio del lector atento.

(Curiosamente, por este cambiar incesante, la versión digital se parece mucho a la vida misma. Mientras que la edición impresa vendría a ser el reporte de ella: es decir, un diario, como el de Ana Frank. Ahora, ¿se llaman diarios por eso o más por su aparición cronológica?, me pregunto insensatamente aquí.)

“Perú: la hora sin demora” fue el titular que me llamó la atención. Pulsen a continuación, o visiten el sitio de El País, que figura como enlace en la lista a la derecha, por favor.

http://www.elpais.com/articulo/gente/Peru/hora/demora/elpepugen/20070219elpepuage_1/Tes

Mi propia experiencia con la puntualidad peruana abarca casi todo el espectro de los sentimientos humanos. Empezando por la indiferencia y resignación frente a la impuntualidad, pasando por rabia e indignación ante sus exageraciones (sobre todo de quien uno menos espera), hasta el genuino y reverente asombro frente a la gente cumplida y puntual. Es decir, respetuosa.

¿Ejemplos? Vayan aquí sólo un par de ellos producto de mis experiencias en mis dos países.

1. Visitamos Máncora hace un par de años. En el aeropuerto de Tumbes (que es del tamaño de la escuelita de una aldea de veinte personas, niños incluídos) contraté los servicios de un taxista que me había estado ofreciendo sus servicios, persiguiéndome hasta en el retrete. La distancia a recorrer hasta la playa de Máncora era de unos 120 kilómetros.

-Este señor me ha estado molestando en el baño –me había quejado yo con el policía encargado del resguardo de la escuelita.

-No, señor, pues –me había respondido el hombre de uniforme, con ese acento norteño que tanto se parece al mexicano y con ese tono de voz contra el que es casi imposible replicar algo-. Es conocido, por eso lo dejo entrar. Yo lo conozco.

Miré los rostros bronceados por el sol norteño de los taxistas, cuyas siluetas obturaban parcialmente las dos ventanas y la puerta de salida del aeropuerto. Con alguno de ellos tendremos que llegar a nuestro destino, pensé. Lo único que quieren es trabajar.

-¿Cuánto me cobras hasta Máncora? –le pregunté, pensando en que ya que era un conocido del policía, ya sabría yo a quien dirigirme en caso de que sucediera algo.

-Serán ciento veinte soles, ¿no? -respondió él.

Como sé que en mi país el regateo es algo normal, calculé cuánto debía ganar Pedro –este era el nombre del taxista- en todo un día de trabajo. A esa suma le añadí el cincuenta por ciento. Cuando le mencioné mi contraoferta y quería preguntarle si le parecía bien, él ya estaba cargando nuestras cosas en su automóvil.

En el camino pasamos una aventura –de la que alguna vez me ocuparé aquí- propia de una película de suspenso, a través de la cual Pedro supo guiarnos muy bien, demostrando honradez y humildad.

-Volamos de vuelta tal día –le dije al llegar a Máncora-. Si quieres tú te encargas del transporte. ¿Te interesaría?

-¡Claaaro, pues, señooorrr! -fue su amable respuesta, utilizando la más melodiosa de su ya de por sí melodiosa melodía.

-Tienes que estar a tal hora en punto -le dije-. Espero cinco minutos, si no has aparecido, tomamos otro taxi. Tú sabes que el avión no espera.

El día del regreso, Pedro no se apareció a la hora.

¡Llegó con exactamente un minuto de retraso, habiendo recorrido 120 kilómetros para hacerlo y llegar allí!

2. En nuestro última visita a Lima el año pasado (2006), recorrimos las rutas a Casma en la costa norte y Pozuzo en la selva en cómodos ómnibus u omnibuses interprovinciales, con horarios, para mi sorpresa, -muchas veces- mejor respetados que los que los alemanes esperan aquí de la Deutsche Bahn (Trenes de Alemania).

3. Uno de mis primeros trabajos aquí en Colonia lo perdí porque llegaba con exacta puntualidad al trabajo. Además, me quedaba una media hora más (no pagada) de lo que indicaba el horario oficial. El argumento que me dieron fue un dicho que, traducido, suena algo así:

“Con cinco minutos de antelación, se llega mejor a la hora”.

(“Fünf Minuten vor der Zeit ist die richtige Pünktlichkeit”)

(Textualmente: cinco minutos antes de la hora, es la verdadera puntualidad.)

Solo muchos años después –en mi propio negocio, como empleador-, comprendí lo que entonces no había podido entender: el que espera quiere saber con suficiente antelación si podrá contar a tiempo con la persona esperada. Tampoco quiere preocuparse por saber si la persona llegará o no.

(Porque la preocupación es el valor añadido injusto que pasa al otro el impuntual.)

Es decir, una pura cuestión de planificación para el encargado de un centro de trabajo.

4. En una de mis primeras visitas al Perú al comienzo de este siglo, me encontré de o por casualidad con una antigua compañera de colegio. Ocurrió mientras saboreaba un cebiche y una Cristal tras una Cuzqueña en la terraza de un establecimiento que siempre visito y que es mi favorito junto al Óvalo de Miraflores.

Me alegré tanto de verla, y sobre todo por la perspectiva de recordar viejos tiempos juntos (los paseos con la memoria son los más bellos para mí), que le propuse volver a encontrarnos para conversar un poco.

-Claro, estupenda idea –me dijo, la que es considerada como una reconocida poetisa peruana.

Así, pues, quedamos para el día siguiente a las ocho de la noche. Es decir, a las veinte horas, según el uso alemán. Uso que sirve para evitar confusiones inútiles. Que las hay y soy testigo de ello.

A las 21 y treinta del día convenido la llamé para hacerle recordar que nos habíamos citado. ¿Si no lo podíamos postergar para el día siguiente, pues había tenido un día muy agitado y todavía tenía muchas cosas que hacer?, fue su pregunta.

-Claro –le respondí, ayudado por la media docena de botellas que ya llevaba bebidas esperándola-. ¿Te parece bien mañana a la misma hora, en el mismo lugar?

Por supuesto, me respondió. Y ya no tengo yo que contar en un párrafo aparte que tampoco se apareció al día siguiente. Tampoco tengo que decir que esta segunda vez no la llamé para hacerle recordar nuestra cita.

Por esas cosas de la vida, me la encontré a su madre días más tarde cerca del mismo lugar.

Ella es de esas mujeres que son capaces de atraer la atención por donde van y lo hacen hasta que abandonan este mundo de fantasías y caprichos, y que llamamos Estación Pasajera. (Para mí: Estación Única.)

Eso no lo puede cualquier persona. Mujer u hombre. Despedir esa aura casi divina, ciertamente no terrenal. Sé que fue una actriz muy conocida, pero nunca la vi en escena.

Me acerqué a saludarla y se acordó vagamente del muchachito compañero del colegio de su hija, que alguna vez había estado en una fiesta celebrada en su casa de la avenida Angamos.

-¿Y ya te encontraste con mi hija? -me preguntó.

Le conté lo mismo que aquí refiero.

-Ah, es que tú sabes –me dijo, con ese aire propio de las películas dedicadas a las musas de los grandes artistas de este mundo-. Es que ella escribe libros. Es una poeta, ¿sabes?

-Perdone, señora –le repliqué-. Con todo el respeto que merece su forma de ver las cosas y usted misma. ¿Qué tiene que ver la puntualidad con la poesía y los libros?

Así como hace un par de años, la normativa que hace obligatorio el cinturón de seguridad consiguió implantar su uso en Lima, yo espero y confío que esta empresa va a mover muchas conciencias y que los pequeños resultados que se puedan obtener -por minúsculos que sean- van a ser más que beneficiosos.

Alguna vez leí o me comentaron que la puntualidad anglosajona (la famosa “puntualidad inglesa”, por ejemplo), es un producto más de su forma de interpretar y asumir la vida.

Según aquello, el anglosajón vive pensando en el futuro. Es decir, planeando.

(El único motivo de divorcio que veo en mi propio matrimonio, podría ser. Cuando mi esposa quiere planear las vacaciones del próximo año, por ejemplo. “No sé lo que voy a hacer ni dónde voy a estar en seis meses, ¿y quieres que me ponga a pensar en lo que va a pasar en un año?”, le pregunto.)

Tanto piensa en el futuro el alemán -por ejemplo- que pronto deberá ser algo normal, me digo, ver publicidad funeraria hasta en la televisión.

Eso de cómo asegurar una digna y cómoda posición en nuestro descanso eterno en el ataúd (que no lo es, por eso del polvo), no es en estos países algo que pueda llamarle negativamente la atención a nadie. Uno está acostumbrado a pensar en el futuro. Y la muerte es parte -natural, además, por más que nos duela- de él.

Por el contrario, el alma latina tiene su conciencia puesta en el presente. En el ahora. Y si ahora está la diversión, la buena conversación, el sueño largo, el pasarla bien, la comodidad, etc., lógicamente, ¿para qué vamos a incomodarnos con lo por venir?

(Que, además, ni siquiera conocemos y solo podemos conjeturar o intuir.)

Esa es la razón –entre otras- por las que un alemán se va a su casa a las dos de la mañana, si ha llegado a la fiesta y ha dicho que se va a las dos. Y nosotros tratando de alargar al máximo la juerga. Cuando podíamos.

De lo que suceda al día siguiente, sobre todo si hay responsabilidades de por medio, mejor lo dejamos -esta vez sí- para el futuro.

(Miren qué rara especie de fatalismo hay en esta forma de ver las cosas: obrando así, uno puede anticipársele a cualquier desgracia que pudiera ocurrir. Lo comido y lo bailado no te lo quita nadie.)

¿Qué hay de cierto en esto?

No lo sé. Una de las pocas certezas que tengo es que la puntualidad también significa respeto. Respeto por el que espera y se ha tomado la molestia de ser puntual.

Creo que mejor dejo de escribir ahora que estoy a tiempo.

Como decía un chileno gran amigo mío, en lo mejor de la fiesta y perfectamente cogido de ese estribo que es la razón y ser de muchos fiesteros (ya saben cuál; y miren qué pedazo de filosofía encierra esta frase):

“Si el tiempo es oro. Pues, vamos a conservarlo. ¡Salud!”

Yo, eso sí, sólo con aguardiente peruano; es lo que le digo siempre.

HjV

Sinthern 19-02-2007

(A propósito de aguardientes y asuntos horarios, aquí una versión de El Reloj, tema inmortal de don Roberto Cantoral (México, 1935) con su trío Los Tres Caballeros. Creo que eran otras épocas. Pero, no pasan.) (No pueden hacerlo con temas como éste, por lo menos para mí, no.)

ROBERTO CANTORAL y LOS TRES CABALLEROS: EL RELOJ

(Atención: ¡Material altamente arqueológico no apto para menores!)