TRANSACCIÓN CONTANTE Y CONTABLE

Tenía que enviar dinero a mi país.

En una página de peruanos en Alemania (de esas que dicen ‘parada’ para decir ‘desfile’, como si se tratara de uno militar) había visto que había una oferta especial que ofrecía una compañía muy conocida especializada en envíos de dinero.

La experiencia la resumo en una lista de cinco curiosidades.

1ª curiosidad. Estamos en Alemania. Al ingresar a la página red de la casa monetaria de la oferta que menciono –y que voy a llamar simplemente WU-, empero, albricias, ¡la versión que se me presenta está en inglés!

Eso no es todo.

Ya dentro de esa página red es posible cambiar al alemán, pero, recórcholis, por todos los santos insectos: ¡no existe una versión en castellano!

Alemán e inglés, y punto.

No es que espere que todo esté traducido en este país –Alemania- al castellano (hueco deseo sería él), pero los autonombrados Expertos en dinero contante de WU bien podrían haberse tomado la molestia de encargar una pequeña traducción a nuestra lengua, aunque solo fuera a modo de saludo. Clientes en castellano no le deben faltar.

Pero no.

Vamos a decirlo, más rotundamente: los medios económicos no le deben faltar a ese –gran- negocio que es WU para preocuparse de encargar esa traducción. Por lo cual, para mí, es obvio que lo que le falta es el interés, la preocupación. Esa es la 2ª curiosidad.

Hay más.

En la lista de filiales que aparece en la misma página red –que para hallarla toma su tiempo: no es algo que salta a la vista- solo aparecen dos para esta ciudad, Colonia. Ambas en la Estación Central.

No puede ser, me dije. ¿Dos sucursales, solamente?

Muy moderna la página: pude notar que ofrecían la posibilidad de utilizar Google Earth para ubicar automáticamente los puntos geográficos exactos correspondientes a las filiales.

Tecnología maravillosa, pero el personaje anómalo que la aplicó -o instaló- no pensó en simplificar su brillante tecnología y hacerla útil para lo que verdaderamente interesaba.

Suele suceder muchas veces: un buen programador informático no tiene por qué saber pensar ergonómicamente en asuntos de atención al cliente.

Conozco Google Earth, porque tuve el programa cargado en mi computadora durante algún tiempo hasta que me cansó su peso específico. Pero esta aplicación concreta en la página de WU es un desastre, es un desgaste de un castillo de luces de alta tecnología para soltar después apenas solo un par de eructos inocuos : 4ª curiosidad.

Como no podía ser que existiera solo dos filiales, me decía, seguí investigando.

Así, descubrí por otros medios ajenos (Via Michelin) que sí existen otras más de ese Negocio Contante aquí en Colonia.

Esta era la 3ª curiosidad, resuelta ahora.

-¿No tienen los medios –me pregunta mi Lector Atento- para actualizar las informaciones y datos que ofrecen a sus potenciales clientes estos zánganos de la globalización?

Medios tienen, le respondo, seguro. Lo que no tienen ¡es la preocupación ni el interés!

Gracias a Via Michelin me enteré de que existía una filial de WU en Ehrenfeld. La idea no me entusiasmó en un principio. Era como reencontrarse con un viejo amor.

Ehrenfeld.

Es un antiguo barrio colonés. En la época en que yo llegué a esta ciudad famosa por su gran catedral gótica, el barrio había sido invadido –así se expresaban los alemanes- por los ‘principales extranjeros’ de esa época: los turcos.

(Los turcos constituyen la etnia más extendida y con mayor presencia en este país. Su número sobrepasa al de todas las demás nacionalidades juntas.)

En ese entonces, hace 22 años, el barrio de Ehrenfeld era uno del cual huían los alemanes por la creciente presencia extranjera, de tal manera que los alquileres eran muy baratos, pero los servicios y la calidad de vida también iban paralelos a ese bajo nivel de precios inmobiliarios.

Atractivo era, entonces, solo para estudiantes y nuevos extranjeros como yo.

Ehrenfeld constituye, para mí, así, una especie de símbolo, de posta, de lugar por el que he pasado, de estancia y estación en mi segunda vida, esta de Europa.

Y para allá me fui ayer, como refiero, a hacer mi transferencia de dinero contante y sonante de continente a continente.

Antes de llegar, me quedé asombrado porque resulta que ahora desde donde vivo hasta allí, conduce desde no hace mucho una nueva y práctica carretera moderna que me permitió llegar en apenas quince minutos.

Me quedé pasmado. El túnel del tiempo me queda ahora a un paso, me dije.

Encima, tuve suerte, porque encontré –pronto- un lugar donde estacionar mi camioneta.

Me habían contado que Ehrenfeld se había puesto de moda, que la implosión de precios había servido de efecto llamada (término tan caro en España, ahora, para referirse a ciertos efectos migratorios, olvidando que uno de los primeros grandes Efectos Llamada de la historia lo constituyeron las diversas colonias de la corona española de entonces), que el barrio se había transformado en uno pujante y culturalmente atractivo.

Habían sido los artistas los primeros en asentarse allí, debido a los bajos alquileres. Persiguiéndolos, literalmente, habían llegado luego los llamados intelectuales de este país (¿dónde están?); un poco después, más estudiantes. Y, al final, claro, Don Dinero no se había hecho esperar.

No pude reconocer el barrio.

Se trata ahora de uno bastante moderno, con gran profusión de diversas nacionalidades y culturas, con la mayoría de sus prestaciones sociales renovadas y puestas al día, con una amplia banda de negocios nuevos y novedosos, medios de transporte actualizados y con esa vida urbana que solo es posible encontrar en Berlín o París.

Desde lejos pude ver la callecita donde había compartido un departamento muy sencillo y antiguo con un joven escritor alemán, mi gran amigo de entonces. ¿Qué será de su vida?

Se trataba de una casa antigua, con pisos y escaleras de madera crujientes bajo nuestras pisadas y movimientos. Ideal para quien acababa de llegar a Europa y se encontraba con lo que había leído descrito en los libros y las novelas de los latinoamericanos que habían pasado por este continente.

El encanto de lo europeo y viejo, pero sin guerras ni penurias.

Alguna vez tendré que regresar y visitar ese lugar con más detenimiento y hacer acto de contrición y memoria viva. (No sabría exactamente de qué arrepentirme, pero la actitud debe ser una herencia de mi educación inicial cristiana.)

Tendré que prepararlo. Nadie así no más se puede acercar con los ojos de un arqueólogo a los lugares de su niñez.

Y, aunque llegué ya veinteañero a ese lugar, para mí será como poder ver una cuna, unos zapatitos de bebé, las ventanas desde las cuales empecé a ver un nuevo mundo.

Pero volvamos a la lista de curiosidades provocadas por una simple transferencia, que eso de mezclar historias es algo que detesto particularmente.

Me encontré, a continuación, con un lugar moderno y práctico: la sucursal de WU.

Dos sillones de amarillo chillón a la izquierda, una pantalla extraplana de televisión a todo volumen a la derecha; debajo, sobre unos mostradores, los formularios necesarios listos para ser rellenados. El resto del ambiente vacío; apenas compensado con el fuerte color amarillo de las paredes y marcas del mismo color en el piso.

Alguna vez se tendría que llenar este lugar y alguien había pensado ya en eso al ocurrírsele ordenar pintar esas marcas en el suelo.

Pero nadie pensó en otras cosas más obvias.

Sin hacer mucho caso del ambiente –solo había dos muchachas de clara ascendencia africana sentadas sobre los sillones-, rellené el formulario correspondiente. Leí bien. Volví a cerciorarme y me acerqué a una de las ventanillas. A la que aparentemente estaba libre, porque la otra lucía un letrero de ‘cerrado’.

Saludé y coloqué mi formulario sobre la bandeja. Esperé. La cajera parecía ocupada en alguna operación. Mucho trabajo, me dije, y seguí esperando.

Después de unos momentos, la otra cajera que me dijo algo que no entendí bien por estar distraído pensando en lo surrealista que estaba resultando esta experiencia contante, pero que entendí como una invitación a ser atendido por ella.

Por precaución, lancé una mirada al letrero. ¿Había leído acaso mal? No. Allí estaba, claramente escrito: cerrado.

-Aunque sea difícil de creer –dijo la joven mujer-, venga por aquí.

-Pensé que había leído mal –comenté.

Coloqué mi formulario sobre la bandeja de seguridad típica de estos negocios dedicados al contante y sonante y esperé.

-Sus documentos, por favor.

-¿Qué documentos? –pregunté, no sin cierta retórica. Llevo viviendo 22 años en este país, no tengo el pasaporte alemán porque no quiero perder mi pasaporte peruano, aunque eso me significa una serie de desventajas, pero ese es mi asunto y problema personal. Es conocido que los extranjeros en este país no tienen derecho siquiera a una especie de carnet de extranjería aparte de no poder votar. ¿A qué documentos se refería?

-Aquí tiene, mi permiso de conducir.

-No, un documento tiene que ser –dijo ella, sacando la versión canina de su manual Atienda al Cliente Como se Debe.

-Este es un documento oficial expedido por el Ministerio de Transportes de Alemania -agregué, fríamente, como he aprendido en este país-. Válido para una serie de transacciones, como usted bien debe saber.

(A los alemanes les sirve muchas veces como sucedáneo del de identidad.)

-No –me dijo, con dureza-. ¿No tiene su pasaporte?

-¿Pasaporte? Claro que lo tengo, pero no aquí. ¿Dónde están mis maletas? ¿Usted las ve?

-Mire –me dijo la cajera, ahora con gesto de empleada de prisiones-. Si no es con su pasaporte, simplemente, no lo puedo atender.

-¿Usted ha trabajado alguna vez en una película de la Segunda Guerra Mundial? –estuve a punto de preguntarle, pero estaba claro que las reglas no las había puesto ella.

-¿Dónde está? –le pregunté, en cambio, mostrándole el formulario que acababa de llenar-. ¿Dónde figura lo que usted me dice? Muéstremelo. Lo he leído de cabo a rabo.

No me contestó y estiró la mano para mostrarme lo que debían ser las disposiciones vigentes.

No le di oportunidad.

-Está bien, no tiene que esforzarse –le dije, soltando una corta carcajada, despidiéndome con un gesto de la mano y dándome media vuelta.

Esa fue la 5ª curiosidad.

Conversando anoche con uno de mis hermanos –quien es medio alemán, pero crecido en el Perú-, le comenté el asunto.

-Acabo de llegar de las Islas Canarias -me empezó a contar- y no sabes qué contentos se pusieron los empleados del hotel al notar que podían hablar castellano conmigo. Dicen que no les resulta fácil soportar a los alemanes. Son muy duros, ¿no?

Bueno, alemanes pasados de alcohol y ruidosos no es nada que me desee todos los días, pensé, tratando de ponerme en el peor de los casos hoteleros.

-Puedo entender que la gente de poca formación te atienda rudamente –le dije-. Pero se trataba de una tipa que seguramente hasta era una estudiante universitaria ganándose la vida. De gente con cierta cultura, espero, por lo menos, también, cierta cultura. Que sepa entender cómo funcionan los tejidos sociales y económicos –agregué.

¿Qué le costaba haber dicho: “Lo sentimos mucho, pero solo podemos atenderlo si presenta su pasaporte, aunque no esté puesto ni a la entrada de esta sucursal ni en el formulario. Como se trata de un claro error de la empresa, permítame manifestarle mis disculpas, aparte de que yo también encuentro ridículo exigir la presentación del pasaporte para una suma tan ridícula a transferir”?

Ya.

Si la idea es incomodar al movimiento del dinero llamado negro, ¿qué espera Europa para aclarar cuentas con Suiza, país que vive –y muy bien- gracias al oro nazi en el pasado –entre otras fuentes- y a las grandes sumas del narcotráfico y demás dinero sucio del mundo de hoy?

Además, volviendo a nuestros menesteres provinciales, ¿quién cree, esta cajera, que le garantiza el sueldo, vacaciones, su jubilación y su seguro médico?

¿El nuevo gatito de mis hijos?

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, martes 31-07-2007

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GRITOS Y SUSURROS

Fuimos a ver una de sus películas cuando andábamos en esa edad en la que ya creíamos saber –casi- todo.

Es decir, cuando éramos unos bisoños adolescentes y ese ‘todo’ se circunscribía al sexo.

Debo confesar que entré (entramos) al cine sólo por el título.

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Eran épocas en las que solo el hecho de haber conseguido entrar de alguna forma al cine para presenciar una película para adultos, causaba –ya- una satisfacción tan grande, que bien se podía prescindir de la película misma, si llegaba el caso.

Y éste, llegó para nosotros, un grupo de amigos inquietos.

Con uniforme de policía.

Corrían los años setenta en Lima y aún no existía la red –internet-, ni los videos de ahora y de anteayer, ni, por supuesto, la pornografía masificada y de más o menos libre acceso. Los españoles viajaban al extranjero -entonces, todavía- para poder ver El último tango en París. 

Hay que poder imaginárselo.

La película sueca estaba catalogada para mayores de 18 años y ya se había estrenado en mi país hacía varios años atrás.

A lo que nosotros asistíamos esa vez, era al resultado (la copia era mala, malísima) del buen olfato de un mercader del cine, que bien supo aprovechar ese título -tan claro, en principio para nuestra imaginación- de la película, para atraernos a nosotros incautos adolescentes: Gritos y Susurros.

Recuerdo que estuve a punto de salvarme de la redada, porque, a pesar de ser uno de los menores del grupo, había tenido la suerte de que ninguno de los policías que se paseaban por entre las butacas con sus linternas en mano después de haber interrumpido la película, me había descubierto inmediatamente.

Tiempos aquellos.

Ahora, ¿a quién se le ocurriría detener una película para comprobar si hay algún menor de edad presente en una apta para mayores?

-Eso de “apta para mayores” -me dice mi Lector Atento-, también podía llevar a rápida confusión. Tendrían que haberse llamado “apta solo para mayores de tantos años” –añade mi loro invisible desde su cómodo lugar sobre mi hombro derecho.

Es cierto. ¿O era así y lo he olvidado?

Por otra parte, la definición y la percepción de lo que es pornográfico -o no- es algo que ha variado bastante a través del tiempo. Basta poner como ejemplo el último escándalo suscitado en España por un juezuelo que se creyó celestialmente llamado a salvar el honor de la monarquía española al ver publicada una caricatura francamente impúdica, atrevida y explícita.

La diferencia con los tiempos modernos, es que ahora se puede decir que algo es impúdico, atrevido y explícito. Y, y no pasa nada. Mejor dicho, no tiene que pasar mucho.

No tiene que ir nadie a la cárcel, como fue nuestro caso aquella vez en ese cine al que creíamos haber llegado para ver una película de cachetada (cache es un peruanismo muy vulgar para fornicación) y habíamos empezado a ver una película –más bien- de claro corte psicológico.

Empezado, repito, porque terminamos en la cárcel –en la comisaría, se entiende-, hasta que llegaron nuestros padres y nos retiraron de allí con una severa amonestación.

La verdad, no entendíamos por qué tenían que amonestarnos por querer ver una película inocua de un gran cineasta sueco, mundialmente famoso y exitoso, además: Ingmar Bergman.

Ese cineasta sueco, ese señor, ese gran dramaturgo, se nos ha muerto ahora. Ha fallecido hoy.

El argumento de la película no podía ser aún más disímil de lo que nuestras calentonas mentes adolescentes, en realidad, buscaban en ese cine de barrio limeño, ya desaparecido.

Tres hermanas muy unidas cuando pequeñas, pero distanciadas después –física y emocionalmente- por sus propias biografías , se reúnen para asistir a los últimos días de su hermana Agnes, quien está a punto de morir. Son tres mujeres cuyo egoísmo y ensimismamiento personal les hace olvidar por fases que de quien se trata en este último encuentro es de la hermana gravemente enferma y no de ellas, de sus problemas personales o matrimoniales.

El contrapeso lo pone la maternal criada Ana, en la que Agnes encuentra más calor y comprensión que en las mujeres con sangre genéticamente similar a la suya.

Lo que no vimos entonces, por haber tenido que acompañar a los policías a la comisaría aquella vez, fue el momento crucial de la película. Aquél en el que ellas, presas de un ataque de nostalgia, empiezan a abrazarse hasta terminar arrastradas por un vendaval de fuertes emociones. De un torbellino, de un remolino de viento, mejor dicho.

Ernst Ingmar Bergman había nacido en 1918 en Uppsala, Suecia, como hijo de un pastor protestante y se había formado profesionalmente al calor del cine mudo de entonces, aunque su interés primero y principal fue el teatro.

Creadores modernos como Woody Allen y Lars von Trier se consideran discípulos de quien llegó a filmar más de 60 películas y documentales, y escenificó unas 120 piezas teatrales.

Dos de sus frases:

“Cuando se confía en los propios sentimientos, cuando se tiene fe en la propia fuerza creadora, se puede ser completamente inconsecuente. Pero eso no es todo. También hay que ser capaz de afrontar –siempre- todas las consecuencias de nuestra propia forma de sentir”.

“No existen los límites. No para las ideas, ni para los sentimientos. Es el miedo el que los impone”. (*)

Sus películas se movieron/mueven alrededor de esas grandes tareas mal resueltas y siempre inconclusas de todo ardoroso creyente, crecido en un ambiente recargado de religión: los sentimientos de culpa y remordimiento, la necesidad imperante del pecador de poder redimir los propios pecados y reintegrarse así al territorio de los ‘limpios’ del cual él mismo se ha expulsado.

Hasta el próximo pecado, por lo menos.

De 1965 a 1970 convivió con una de las actrices de esa legendaria película –Liv Ullmann, arriba en el cartel cinematográfico y uno de Mis Rostros Favoritos de Todos los Tiempos-, con quien tuvo una hija en 1966, Linn Ullmann.

Digo ‘convivió’, porque aparte de esa relación, Bergman llegó a casarse cinco veces (con mujeres diferentes) y tuvo, en total, nueve hijos.

Sus temas fueron dios y el demonio, el amor y el dolor. La muerte y la vida.

Todo y nada, en realidad. Es decir, simple y llanamente, los materiales con los que están urdidas e imbricadas nuestras existencias.

Pensar que nosotros -esa vez- sólo buscábamos sexo.

¿No les habrá pasado lo mismo con esto ahora a ustedes?

                    HjorgeV

                    Pulheim-Sinthern, lunes 30-07-2007

(*) Traducciones de la casa, apoyándome en el alemán.

CINEMA: INGMAR BERGMAN (en portugués brasileño)

http://www.youtube.com/watch?v=SSyOgSKEOAo

UN SÁBADO COMO CUALQUIER OTRO

Llega el sábado y para mí un día especial.

Es el día en que, por fin –después de esperar toda la semana para hacerlo-, puedo acercarme a la estación de la pequeña ciudad más próxima, Pulheim, a recoger El País.

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Tal vez es así, porque revivo con este rito, aquél de mis épocas de universitario en Lima cuando esperaba el domingo por El Caballo Rojo. Ahora se llama Babelia. Es europeo. Español, para más señas.

Sucede, también que hoy, aparte de ser sábado, es 28 de julio, día en que se celebra el centésimo octogésimo sexto -186- aniversario de la independencia peruana de la corona española de entonces.

Creo que los limeños somos seres fáciles en eso de extrañar, de echar de menos, de melancoliquear nuestra Lima La Horrible, la del color panza de burro (marca registrada). Así es que hoy me comprometí seriamente conmigo mismo a ocuparme de otros temas.

Junto con el diario español, suelo adquirir El Tiempo alemán, tal vez el semanario de gran formato más serio e influyente de este país, después de El Espejo.

La diferencia está en que éste último, Der Spiegel, ya se ha convertido por razones meramente competitivas -es decir, parcialmente tontas, porque competir no significa necesariamente mejorar- en una especie de Todo En Un Minuto y el otro acoge artículos de hasta tres páginas enteras.

Leer un semanario o un suplemento tiene su encanto aparte, porque significa leer el trabajo de autores que se han ocupado de un tema, han leído, investigado y se han preocupado de volcar contenidos que ellos mismos aprecian a un artículo o texto con un lenguaje que difiere del de la noticia diaria. Esmerado, vamos a decir.

Originalmente, mi hija mayor había quedado en acompañarme, para –de paso- devolver unos libros suyos a la biblioteca, pero al final (avergonzándose un poco, porque ella es una chica de palabra) me rogó que le permitiera irse con su mamá a no sé qué compras a la siguiente ciudad, Brauweiler, pero que está en la dirección opuesta.

Como mi esposa sabe que los sábados es el día de Babelia y El Tiempo, y de lectura concentrada para mí, no me había preguntado si quería acompañarla en sus compras. En cambio, me quedó claro que yo tendría que ocuparme del almuerzo.

-¿Quieres que cocine? –le pregunté retóricamente, al salir de casa.

-No, no te preocupes. Tenemos bastantes restos. Habría que calentarlos nomás.

Y sí. Al regresar de mi periplo, abrí la refrigeradora y vi que quedaban tallarines a la boloñesa del día anterior y arroz y un puré de frijoles que yo mismo había preparado dos días atrás. También una bolsa de una especie de anticuchos –pinchos o brochetas- macerados que seguíamos sin abrir.

¿Qué podría hacer? Primero, cerciorarme si el arroz y los frijoles no se habían echado a perder. No, felizmente.

Ya sé, me dije: un buen Tacu Tacu. (*)

Los anticuchos estaban pensados para una parrillada en la terraza. Lo pensé un poco. Tomé uno solo y probé a freírlo en una sartén. Quedó delicioso. En la parrilla al carbón habría quedado mucho mejor, pero para salvar el día estaba muy bien.

El Tacu Tacu es un plato típico peruano que se hace mezclando arroz y frijoles -batidos o machacados- y sofriendo esa mezcla. Es la típica comida hecha de los ‘restos’ del día anterior; o del mediodía, si se consume por la noche. No es un plato exclusivo de mi país. Se llama gallo pinto, por ejemplo, en Costa Rica.

Seguí mi receta propia.

Corté cebolla roja y ajos frescos en cubitos muy finos. Luego los sofreí en buen aceite de oliva.

Como no tenía ají (chile) fresco, tomé un poco del seco -casi en polvo- y cierta cantidad de caldo de verdura (deshidratado), y los añadí al conjunto. En el momento en que esta pasta empezaba a pasar de un color dorado a uno dorado oscuro, incorporé el puré de frijoles, el arroz y el culantro picado.

El truco de un buen Tacu Tacu está en la consistencia de la masa. Hay que sofreírla hasta que se vaya quedando un poco seca y el conjunto se presente humeante sobre el plato.

(Suelo añadir un chorrito de crema de leche o leche evaporada, así como un chorrito mínimo de puré de tomates.)

Al final corregí el punto de sal, agregué algunos condimentos (pimienta, sazonador) más y serví el resultado acompañando los anticuchos que había ido friendo paralelamente. Para evitar tener menos problemas al hacerlo en la sartén, los había partido por la mitad previamente.

Un poco de ensalada con limón y Crema di Balsamico por lo de las vitaminas y, zas, ya estaba el almuerzo del sábado. Las Fiestas Patrias lejos de mi país. Pero recordé que se trataba de no pensar en ello.

Mientras iba preparando todo, había extendido el diario al lado derecho de la mesa de trabajo de la cocina y así me había ido enterando de esas noticias que no requieren de una mirada especialmente atenta: una argentina que postulará a la presidencia de su país, otra vez el caso de la caricatura requisada en España, la visita de Sarkozy a África, el Tour de Farce, esas cosas.

También, una noticia sobre el Perú, pero que no mencionaba la celebración de nuestras Fiestas Patrias. El redactor de El País no se había enterado. Mala señal (cuando un periodista se encona en ser superficial). El artículo solo se ocupaba del primer año del segundo gobierno de Alan García.

La crema de balsámico que menciono es un producto italiano derivado del vinagre o aceto balsámico. Por eso también se llama Crema all’ Aceto Balsamico o Crema Balsamica, en la lengua de Dante.

Es una especie de salsa que se ha puesto de moda entre los llamados restaurantes de categoría para hacer decoraciones geométricas en sus platos agregando un producto con buen sabor y versátil.

Por su consistencia, es posible hacer interesantes trazos sobre el plato con un par de movimientos de muñeca y crear una decoración comestible y práctica. Por su sabor -a vinagre balsámico pero más discreto, dulzón y cremoso, y que va con cualquier tipo de plato- se puede usar sin ningún temor.

Digamos que es una especie de ketchup de ‘alto nivel’, aunque lo único que tal vez tenga con él en común sea lo dulcete de su sabor. Es de color marrón oscuro y brillante, y su sabor me hace recordar un poco al de la salsa de soya (siyau en mi país).

La recomiendo especialmente, aparte de por su buen sabor -tan versátil como acompañante-, porque puede sacarlo a uno de apuros: como decoración, para completar una salsa, como condimento de una ensalada; o para mejorar el sabor del arroz, papas, puré o verduras, en caso de emergencia y no solo en caso de emergencia.

Se suele vender en un tubo de plástico que permite por presión manual, impulsar el contenido en forma de chisguete o chorro fino lento. No necesita refrigeración y puede quedarse en la cocina y/o en el comedor siempre a la mano. También soporta el calor sin ningún problema, para hacer salsas calientes.

La descubrí porque me llamó la atención como decoración en un plato que había pedido. Al preguntar me dieron una respuesta que no me dejó contento. El sabor tenía, como dije, reminiscencias a siyau dulce y a ketchup, pero con una consistencia cremosa y agradable, y muchos más ingredientes; algunos tenuamente ácidos.

Debo decir que me gusta mucho el aceto o vinagre balsámico, sobre todo en la ensalada de tomate con mozzarella y albahaca, por ejemplo, pero de allí a creer que podía llegar a fascinarme una crema de balsámico, no estaba dentro de los márgenes de mi imaginación. De un producto industrial, encima.

Pero es excelente. (Se me ocurre que lo he podido usar en el tacu tacu de hoy, incorporándolo a los ajos, al aceite de oliva y a la cebolla picada, al comienzo. Me lo imagino en coalición perfecta con los ajos y el aceite. Nativo y extra virgen, por favor.)

Tal vez solo quepa agregar que he comprado la primera marca –única- que encontré en el supermercado que frecuentamos. No es tan buena como la que había probado en el restaurante que menciono, pero no se queda para nada atrás.

Como refería, después de pasar por El País en la estación, me dirigí a la biblioteca de la ciudad, porque tenía que devolver algunos libros, todos en alemán.

Entre ellos, Opiniones de un payaso del colonés y premio Nobel de 1972, Heinrich Böll (uno de sus hijos está casado con una ecuatoriana y viven en Colonia, ciudad donde nació su padre, fallecido en 1985); Los tres mosqueteros de Alelumas Jandro –Alejandro Dumas-, que en su versión alemana no me atrajo demasiado y un libro de Grisham, disidente de su producción negra.

También uno de un autor centroamericano cuyo nombre y obra ahora he olvidado. Mucho no me debe haber impresionado porque el libro tampoco lo terminé.

La biblioteca mencionada cierra los sábados al mediodía, de tal manera que después de comprar el diario no me quedaba mucho tiempo.

-El libro está muy deteriorado, tiene que llevárselo y reponerlo por su cuenta -me dijo la bibliotecaria que me atendió.

Se trataba de uno de los libros que se había prestado una de mis hijas. Asentí. No me era posible reconocer qué era lo que estaba roto o dañado, pero tampoco tenía ganas de comprobarlo.

-Si hubiera estado un poco menos dañado, tal vez no habría sido necesario reponerlo -añadió-. Le voy a prorrogar el préstamo, así tiene tiempo para poder reponerlo. Pero lo tiene que hacer.

Le dije que no se preocupara. Quedaban menos de cinco minutos para cerrar. Una vez terminados los trámites de devolución, pensaba recoger rápidamente un par de libros de la zona de novedades inmediatamente contigua.

-No crea que es una arbitrariedad de mi parte –insistió la mujer que me atendía. Debía tener unos treinta años, pero de esos que pronto perderían la t al comienzo.

Dicho esto, le mostró el libro a una de sus colegas y ésta confirmó la necesidad de reponerlo.

-¿Ya ve? No es cosa mía. Va a tener que reponerlo -continuó la bibliotecaria-. Le he prorrogado el plazo de devolución, así usted tiene ahora tiempo para comprar uno nuevo y, pues, ya está, lo trae y nosotros nos ocupamos del resto.

Asentí y le volví a dar las gracias. Di un vistazo al reloj y vi que apenas faltaban dos minutos para la hora de cierre. Como estamos en Alemania, me dije, la hora de cierre es la hora de cierre.

-Tal vez tendría que recomendarle a su hija que tenga más cuidado. Pero ahora ya no se puede hacer nada –concluyó la mujer-. Va a tener que reponer simplemente el libro.

Di un vistazo a mis espaldas y no vi a nadie. Era el único en la cola. Un minuto para la una de la tarde.

-Muchas gracias –le dije, ya desilusionado y con una sonrisa triste en la boca-. ¿Algo más?

-Como le digo –empezó otra vez ella-. Va a tener que comprar un libro nuevo…

La interrumpí.

Detesto interrumpir a los alemanes. Sé que es gente que se muere por hablar. Que ven en la conversación una especie de terapia psicológica. Y que eso es algo confirmado por la ciencia: hablar ayuda mucho a las personas. Especialmente a las mujeres.

Lo fui contando hoy mientras comíamos con ganas el Tacu Tacu y nos preguntábamos todos cuándo podríamos visitar nuevamente el Perú, el tema que llevaba todo el día tratando de evitar.

-He leído que las mujeres necesitan al teléfono unos 20 minutos para decir algo para lo que los hombres suelen invertir solo 2 minutos –dijo María Luisa, la mayor, de 12 años y que ya mide casi un metro setenta y cinco-. Somos mujeres, papá. Es así.

-Sí, pero me lo había dicho ya cinco veces, hija. Cinco veces –remarqué, comprobando que no hay nada como el ají fresco como acompañante en ciertos casos. Y una Inka Cola bien helada, habrían añadido mis hijas.

-No había cumplido todavía sus 20 minutos, pues, Mapi –dijo Marisol, la de 11 años-. ¿Le dijiste algo? Tal como te conozco, no creo que te hayas podido quedar callado.

-Me lo ha dicho cinco veces, señorita –le dije a la bibliotecaria, con una sonrisa triste, porque ya faltaba solo un par de segundos para la hora de cierre.

-¡¿Te atreviste a decírselo?! –la mayor.

-¡Me había hecho perder la oportunidad de poder prestarme un par de libros para la semana!

-¿Qué le dijiste? –la menor.

-Eso –respondí-. Que me había repetido todo cinco veces.

-¡Qué atrevimiento el tuyo, Mapi! –la mayor.

-¡Increíble! ¡Yo me habría muerto de vergüenza! –la menor.

-¿Cinco veces lo mismo? –el tercero, Jorge Juan, de seis años-. ¿Lo mismo?

-¿Eh? ¿Cinco? –el de dos años, nuestro hijo menor-. ¿Para qué? ¿Cinco? ¿Cinco qué?

Tenía pensado ocuparme hoy de los libros recomendados en Babelia.

Tenía pensado, alternativamente, ocuparme hoy del 186 aniversario de la Independencia del Perú. Pero después me había decidido por no tratar el tema para nada. No tenía pensado ocuparme tanto de un plato afroperuano ni de un producto italiano que acabará poniéndose de moda.

Esa bibliotecaria había o ha conseguido, consiguió sacarme de quicio.

¡Repetirme cinco veces lo mismo!

La verdad es que no es fácil ser peruano en un día así, sábado y 28 de julio.

No, tan lejos de mi primera patria.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, sábado 28-07-2007

(*) No hay unanimidad en la forma de escribir Tacu Tacu. Tampoco está clara la etimología de la palabra que nombra ese plato afroperuano. He preferido las dos mayúsculas -hoy- por razones exclusivamente sentimentales en este 28 de julio. La fotografía de arriba pertenece al Primer Fotógrafo Indígena de América, al puneño Martín Chambi: El gigante de Paruro.

P.D.: Sobre Gallo Pinto costarricense:

http://www.southerncostarica.biz/spanish/costa-rica/comidas-tipicas-de-costa-rica.html

http://www.aulafacil.com/cursosenviados/cocinacostarica.htm

http://espanol.answers.yahoo.com/question/index?qid=20060714133813AAieZL3

EL TIEMPO TIENE MÁS LETRAS (II)

colonia-noche.jpg

Miguel, o la persona que dice llamarse así, me ha dado más o menos sin quejarse la que debe ser la llave de su cuarto de hotel. Ahora la llevo yo en uno de mis bolsillos.

Normalmente las reglas exigen que se depongan las llaves de las habitaciones en la recepción si uno abandona un hotel, pero mi intuición no me ha fallado. He sospechado, simplemente, que Miguel es de los que prefieren actuar lo más discretamente posible. Evitar pasar repetidas veces por la recepción forma parte de eso.

No sé en lo que me estoy metiendo, pero ya es muy tarde cuando uso el control remoto para desconectar el cierre centralizado de las puertas de mi camioneta y permitir que suba.

Me dirijo hacia el centro de la ciudad por simple inercia.

Durante el trayecto se crea un espeso silencio entre nosotros. Mi suerte es que llevo en mi mente una canción que no me quiere abandonar. Su suerte, la desconozco. Por ahora solo nos queda abrir bien los ojos en busca de una farmacia abierta. Es casi medianoche, la ciudad ya ha empezado a dormir profundamente.

-¿En qué hotel estás? –le pregunto en el primer semáforo que nos detiene. Me muestra la tarjeta del hotel.

-Lo conozco –le digo-. Esperemos que haya una farmacia abierta en el camino.

-¿No hay boticas abiertas en Alemania? –me pregunta él, con su vocecita.

-¿Las hay en el Ecuador a estas horas de la noche?

-Las de turno, pues.

-Una de esas es la que buscamos -le respondo.

En plena avenida Zülpicher, una de las más frecuentadas por los universitarios de esta ciudad, descubro una. Invado parcialmente la acera y detengo el vehículo. Le pongo la mano para que me de el dinero. Él introduce la mano a uno de sus bolsillos y saca varios billetes de cincuenta. Me entrega uno.

-¿Alcanzará? –me pregunta. Sonrío. Pero no le respondo. En cambio, bajo de la camioneta y me dirijo a la farmacia.

En el asiento trasero he dejado, como de costumbre, mi maletín de trabajo.

Contiene una portátil muy compacta. Un regalo de mi ex esposa por mi cumpleaños, en una época en la que todavía creíamos que podíamos superar nuestras frecuentes crisis. No temo que el hombre se pueda interesar por algo así. Lo que le interesa me lo está dando en este momento el farmacéutico a través de la única ventanilla abierta. Pago y regreso al automóvil.

Cerca de la universidad doblo a la derecha tomando la Avenida Universitaria y de allí, un poco más allá, la Luxemburgo, a la izquierda. Avanzo en dirección al centro de Colonia más o menos medio kilómetro y doblo en la Moltke. Veinte metros más allá, al lado izquierdo, entro a la playa de estacionamiento del hotel en el que está alojado el hombre. Lo conozco porque es uno de los pocos cercanos a la universidad.

Pienso que al pasar por la recepción podrían tomarme por su amante profesional, pero el hombrecito me hace una seña a tiempo para tomar un camino que lleva directamente a las habitaciones de los pisos superiores. Camino con la misma naturalidad con la que entré al hospital y sé que nadie se va a fijar en mí.

El olor de su habitación me hace recordar la ropa de Lima. Sobre todo porque es diferente a todos los olores que conozco de Alemania y me hace recordar al que sale de mi maleta después de llegar de un viaje a mi país.

-¿Cuándo me va a pagar? –le pregunto.

-No sé cuándo van a venir. La verdad, no sé. Pensé que ya estarían esperándome, pero no se han aparecido, vea. Por eso me puse tan nervioso y al final terminé saliendo a buscar un purgante. Los nervios, oiga, vea, señor.

-Regreso dentro de una hora, ¿le parece bien? –le pregunto, empezando a imaginarme que me puedo meter en un gran lío si a mi regreso me encuentro con la policía y me confunden con un narcotraficante. Como no tengo nada que temer, le tiendo la mano.

-Su pasaporte –le digo, dejándole la palma de la mano abierta hacia arriba para que no quepa ninguna duda.

Me queda mirando con cierta tristeza.

-¿Quieres que te diga cómo tienes que tomar este purgante o no?

Me entrega el pasaporte.

-Vuelvo dentro de una hora. Si no han llegado, vas a tener que inventarte algo –le digo, a modo de despedida y después de traducirle las indicaciones. Sé que lleva encima suficiente dinero para pagarme porque lo he visto al parar en la farmacia.

Salgo a la noche.

Al querer utilizar el control remoto de la camioneta, me digo que no tengo por qué perder tan buen parqueo. Cruzo el patio que sirve de playa de estacionamiento haciendo sonar el cascajo blanco bajo mis zapatos. ¿A qué lío me he metido?

Doy una vuelta por la Zülpicher. Observo el cuadro de siempre: negocios que cada tiempo se ponen de moda para cambiar después de manos. Estudiantes despiertos y algunos ya medio borrachos un martes a la medianoche. Hay muy poca gente en las calles, pero hay movimiento. Algunos bares ya empiezan a cerrar sus puertas. En una esquina descubro un bar que no había visto antes y entro.

Media hora después, salgo con unos diez euros de menos y un cuarto litro de pésimo vino encima, cuyo sabor he tenido que ir limpiándomelo de la lengua con abundante agua mineral. Cuando me doy cuenta de que llevo caminando casi media hora recorriendo la zona y la canción que no me había querido abandonar antes no se ha vuelto a presentar en mi mente, decido volver al hotel.

Dudo un momento antes de tocar la puerta con los nudillos.

-Pase, señor. Ya me tenía asustado con lo del pasaporte –me dice, mirando desconfiadamente hacia el pasillo detrás mío.

La televisión está encendida y él vuelve a sentarse a su lugar al pie de la cama, desde el que está maniobrando el control remoto.

-No se han aparecido hasta ahora los desgraciados esos -me dice.

-¿Qué ves? –le pregunto, casi paralizado. Lo estoy viendo yo, con mis propios ojos, pero no me lo puedo creer.

-No, nada. Apenas hay ocho o diez canales. Así no más.

-¿Y eso? –insisto, porque veo que no ha vuelto a cambiar de canal.

-No sé, no entiendo nada, pero es muy bonita –me dice él, sonriendo tontamente, como avergonzado, pero sin dejar de mirar las imágenes que muestra el aparato. Hay una mujer entrevistando a un personaje muy famoso de este país.

-Esa es, esa es mi… -empiezo a decir, pero un nudo repentino en la garganta me impide seguir hablando. Luego mi controlo y le pido que me pague.

-Mi parte ya está cumplida. Y lavada –dice él, sin cambiar de canal ni voltear para mirarme -deberían llegar en cualquier momento. Si le doy de lo que tengo me quedo sin nada.

En vez de exigírselo, vuelvo a observar la pantalla, anonadado. Me siento como un pobre muñeco sin control.

-Esa es mi ex esposa –alcanzo a decir, sintiéndome un imbécil, porque sé que va a sonar como una tontería en sus oídos.

El sonríe, pero sin hacerme caso. Como si no hubiera escuchado mis palabras.

-Esto es surrealismo puro –me escucho decir.

¿Su qué? –dice él, mirándome por un momento a los ojos. Los tiene rojos, congestionados. No quiero saber por qué.

-Prefiero que me tutees –le digo, tratando de recurrir a un humor que él no puede entender y expulso una risa envuelta con una tos artificial-. A veces siento como si la vida fuera un gran libro, Miguel. Un gran libro de nunca acabar que es alimentado con letras por el tiempo. Pero todo el tiempo. Alimentado todo el tiempo por el tiempo. Con letras. Así de estúpidos son mis pensamientos, a veces, Miguel. Seguro que ese no es tu nombre.

-¿Qué está hablando el paisano? –pregunta él, exagerando la entonación al hablar, pero sin quitar la vista del rostro de la mujer rubia que ocupa la mitad de la pantalla.

Ahora sí cambia de canal y empieza a zapear con el control remoto. Veo una sucesión de programas diferentes. No son muchos.

Levanto y bajo los hombros, como un niño que no puede entender muchas cosas y sabe que eso es parte de la niñez.

-¿Cuándo crees que van a llegar? –le pregunto, para alejarme del tema del tiempo en mi mente y pensando que puede ser muy peligroso que me encuentren aquí con Miguel, pero a él no parece preocuparle en absoluto el asunto y continúa concentrado en la televisión.

Llego a pensar si no debería pedir la ayuda de Andreas, uno de mis mejores amigos y que es policía.

-¿Quién te ha dado mi número? –le pregunto, preocupado ya, tratando de olvidarme de la idea del tiempo y de las letras que lo alimentan, pero sin conseguirlo del todo. Pero ahora Miguel ha vuelto al mismo rostro en la pantalla, martirizándome.

-Es guapa la mujer, para qué -dice él, como esquivando mi pregunta.

Sí, el tiempo siempre tiene más letras disponibles, me pasa por la mente sin control, esperando su respuesta. Retiro mi vista de la pantalla para no tener que enfrentarme al rostro de la madre de mi hija. Era una noche tormentosa. El tiempo tiene más letras. Sí.

Oímos claramente que alguien llama a la puerta.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, viernes 27-07-2007

P.D.: Qué no daría por volver a visitarla pronto, a mi Lima La Horrible, la del cielo color panza de burro (marca registrada), la de los ambulantes a diestra y siniestra, la que alguna vez fue colonial y ahora es andina, la de sus habitantes que pueden aceptar de todo pero no dejar de comer rico, la ciudad de la gente que atiende al turista como un amigo que pronto se irá para no volver y le da las gracias por haberle recordado su tenue existencia por este mundo, la Lima de Salazar Bondy y de Mario Vargas, de Martín Adán y José Santos Chocano, la del pintor Humareda, la de la música negra en el ambiente, la del Tren Eléctrico que solo llegó a medir 800 metros y que ahora es un macetero, la de la avenida Arequipa y el Puente de la Señora Granda, la Lima que se fue, se va y vuelve con más fuerza, la del valsecito azul en el corazón, la del Cordano y la del Juanito, la de las peñas de rompe y raja, la de la risa fácil, con su cartelera de actividades culturales casi tan larga como la de una ciudad europea, la Lima que te hace reír y llorar, con su garúa impenitente y su severo sol. Qué no daría por verla pronto. HjV

CHABUCA GRANDA: SELECCIÓN DE TEMAS

NICOMEDES SANTA CRUZ: ZAMBA MALATÓ (Landó)

JORSCHE DIGAH: EL TIEMPO TIENE MÁS LETRAS (relato) (I)

Suena el teléfono.

No puedo encontrar el bendito acorde que me falta y el inesperado timbrazo del teléfono consigue sacarme de quicio.

-¿Diga? –pregunto, fastidiado, olvidando, como siempre, que debería decir mi apellido para seguir las costumbres de este país.

Pero sucede que cuando suena el teléfono, uno no está mentalmente preparado para pensar en esas cosas. Y menos si falta el único acorde que queda por buscar. De un par de los hallados tampoco estoy muy seguro.

-Habla el doctor Müller del Hospital Universitario –me dice una voz en alemán que suena a muchos libros leídos. Creo reconocer un acento del este, de la antigua Alemania Democrática.

-Hablo yo –le digo, simplemente por molestar.

La llamada me ha molestado a mí, también, y le devuelvo la pelota al extraño. Me ha interrumpido en mi trabajo musical. Se trata solo de una afición, pero para mí es un trabajo. Y respetable, además.

No me ha interrumpido realmente, porque igual había llegado a un callejón sin salida, pero considero que el teléfono es como una parte de una persona. Sobre todo si esa persona, como yo, vive sola y se trata de una conexión privada. ¿Y a quién le gusta intromisiones no advertidas ni anunciadas en la esfera privada?

Además no sé por qué diablos tendría que estar llamándome ningún doctor de ningún hospital a ninguna hora.

Echo un vistazo al reloj de la pared de la estancia principal del departamento. Son más de las diez de la noche.

Empiezo a sospechar que se puede tratar de una llamada profesional. Intento calmarme.

-Disculpe, señor Digah –dice, más razonablemente ahora, la voz cultivada al otro lado de la línea-. Sé que es tarde y que lo estoy interrumpiendo en su vida privada.

Lo había dicho: una persona culta.

-Dígame en qué lo puedo servir y tal vez así podamos avanzar un poco –remacho yo.

-Se trata de un joven peruano. Está aquí a mi lado y la verdad es que no sé qué es lo que quiere. Al parecer tiene un problema grave pero no habla nada de alemán. ¿Usted es traductor o intérprete, no?

Por un momento quiero preguntarle cómo diablos consiguió mi número telefónico, pero luego lo olvido y paso a interesarme por el asunto por el cual me está llamando.

-¿Sería posible que hable directamente yo con la persona en cuestión? –le pregunto, tratando de pensar en forma práctica.

-Señor Digah –me dice una vocecita masculina al teléfono, momentos después-. Venga en cuanto antes, señor. Es una cosa de vida o muerte, se lo ruego, señor.

No le hago perder más tiempo y le pido que me vuelva a pasar con el doctor Müller.

Antes, me siento tentado de preguntarle si conoce mi tarifa como traductor e intérprete, pero no lo hago. Muy rara vez he tenido –verdaderos- problemas con ello, así es que no suele preocuparme mucho el asunto.

Si Alemania tiene un par de encantos, ese precisamente es uno de ellos.

Müller me da la información que necesito para llegar hasta donde están. No es difícil. Conozco muy bien el lugar. Allí nació mi hija Mona, hace ya casi cinco años. Mi hija a quien apenas he podido ver en los últimos meses y a quien mi esposa, prácticamente, la mantiene secuestrada.

Es una historia larga esa, demasiado acongojante para mí, como para estar machacándola en mi cabeza continuamente.

Baste decir que mi ex esposa se vale de su gran popularidad como presentadora de televisión, para eludir la ley e impedirme cumplir mi derecho a ver a mi propia hija. Ella es la que tiene la fama y el dinero. Es decir, los contactos necesarios y los mejores abogados.

Al abandonar el lugar donde vivo y salir al aire libre, noto que hace mucho más frío de lo que parecía desde mi cómodo sillón en mi pajarera de cristal, con vistas al exterior pero a salvo del frío, en donde hace apenas unos minutos atrás he estado sentado con mi guitarra entre las piernas y tratando de sacar los acordes de una vieja canción de César Banana Pueyrredón.

La búsqueda en la red no me ha servido de mucho. El apellido de ese cantautor argentino, que parece una broma, pero es real, apenas ha mostrado enlaces en los diversos buscadores que he utilizado.

Era una noche tormentosa, allí estábamos los dos

Como pétalos de rosa, solo hablando de amor…

Cuando subo a mi camioneta me acuerdo de que el aparato de sonido del automóvil está descompuesto y no voy a poder seguir escuchando el disco que he introducido a mi maletín de trabajo y con el que pensaba acompañar mi recorrido hasta el Hospital Universitario.

-No importa –me digo-. Cantar también se puede.

Solo queríamos nosotros, ese momento eternizar

Y la noche lloraba emocionada

Hasta que el sol de madrugada obligó a decir adiós…

En el camino desde el pueblucho de las afueras de Colonia donde vivo, hasta el Hospital Universitario, voy sopesando todas las posibilidades. Mi intuición y experiencia me dice que se trata de un problema que tiene que ver con drogas.

Al llegar al hospital no tengo ningún problema para encontrar estacionamiento por lo avanzado de la hora y me dirijo a la zona de emergencias, usando la puerta principal sin preocuparme apenas de saludar a la enfermera recepcionista que lo que más desea, a juzgar por su mirada, es que no la molesten.

Al nacer mi hija usé tantas veces esa misma puerta y a tan diversas horas del día –mi ex esposa estuvo como tres días esperando por el parto-, que ya me sé de memoria cómo hay que entrar al hospital sin que nadie tenga que preguntarle a uno nada.

El doctor Müller es un hombre de unos cuarenta años perdidos parcialmente en comer más de la cuenta, pero sin llegar a ese límite a partir del cual, el sobrepeso se vuelve un tema cansino para propios y extraños. Digo perdidos, porque su mirada me hace recordar la de aquellas personas que no han alcanzado lo que buscaban en la vida y han creído poder encontrar algún sentido en un par de placeres mundanos.

-¿A punto de divorciarse? –quiero preguntarle, por creer que ese es su caso; pero, por supuesto, no lo hago.

En cambio, le doy la mano, presentándome, y lo mismo hago con el hombrecito que lo acompaña. Es muy pequeño, aunque se ve claramente que no está lejos de cumplir los treinta.

Al teléfono el doctor Müller me ha dicho que el paciente es peruano como yo, pero a mí no me ha sonado como tal. A mi supuesto compatriota lo veo preocupado, bastante pálido y a punto de perder los nervios. Ahora que lo escucho en persona, sé que no es peruano.

-Ha venido como una emergencia –me dice Müller, visiblemente harto del asunto y usando la jerga de hospital-, pero no veo qué pueda tener. No habla alemán ni inglés. Y los gestos que me hace me parecen muy graciosos y creo entender qué es lo que quiere y que puede necesitar ayuda urgentemente, pero resulta que si lo entiendo mal y cometo algún error, entonces está en juego mi puesto de trabajo.

Ha hablado sin parar, como un político que sin ensayar su discurso sabe llenar el tiempo con palabras. La barbilla le tiembla un poco al terminar de hacerlo. No conozco a ningún profesional de la medicina que le caiga bien el trabajo por turnos. Me dirijo a mi supuesto compatriota.

-Para empezar –le digo, sin darle ninguna explicación adicional y tuteándolo-, tú no eres peruano. Tú eres del Ecuador. Y si quieres que te ayude…

-…por favor, señor Digah, yo sé que usted me puede ayudar- me implora, interrumpiéndome.

-Mira -le digo, sintiéndome desarmado-, para eso he venido y me he desplazado ya unos veinte kilómetros. Ahora, lo que me interesa saber primero es por qué has mentido con lo de tu nacionalidad.

Sin responder, introduce una mano a uno de los bolsillos traseros de su pantalón y me muestra un pasaporte que yo reconozco enseguida como el de mi país. No me molesto en revisarlo con detenimiento. Sé que es falsificado. Me basta con ver el nombre que figura en el documento. Según eso, se llama Miguel. Pero yo sé que también es falso. Decido seguirle el juego. La otra posibilidad es retirarme y pasarle la factura a dios. Como no soy creyente, me resulta muy lejana.

-¿En qué te puedo servir, Miguel?

-Necesito que me den un purgante, señor Digah, cuanto antes, por favor, señor –me suplica.

En sus ojos veo pánico y angustia real. Sé de qué se trata. Ha venido por ayuda pero no ha conseguido explicar su problema a los médicos sin meterse aún en más líos.

-¿Cuántos llevas? –le pregunto, como si fuera un conocedor del asunto.

Solo lo conozco por películas y por las noticias y reportajes de los diarios. Dirijo una mirada discreta hacia su abdomen, pero no creo reconocer nada especial.

-Son veintidós, señor –me dice él, como en un ruego-. Solo un buen purgante, nada más. Es todo lo que le pido que me ayude.

-¿Por qué no lo trataste en una farmacia? –le pregunto, porque no entiendo por qué ha tenido que venir hasta un hospital para conseguir un buen purgante.

Müller, me toca un brazo, pero le hago un gesto de paciencia con las dos manos. No solo debe estar, debe tener también alguna tarea pendiente y quiere desaparecer dejándome el bulto.

-No hablo alemán, señor. Tenía miedo de que llamaran a la policía. En un hospital es diferente –me dice Miguel. Miguel Benavides, es lo que he podido ver rápidamente en su pasaporte. Benavides no sé cuántos.

-Está bien –le digo, sin estar del todo seguro si verdaderamente lo puedo ayudar-. Voy a ocuparme de tu problema, pero primero quiero que me pagues mi trabajo. Por adelantado.

-¿Qué trabajo? –me pregunta él, sorprendiéndose.

Lo ha preguntado en serio. No se trata de una pregunta retórica de su parte.

-Todo lo que voy a hacer para que usted pueda recuperar del baño de su hotel lo que tiene que recuperar –le digo, tratándolo sorpresivamente de usted y mirándolo a los ojos como si se tratara de un niño con problemas para entender, pero sin poder evitar un dejo de comicidad.

-Yo me tengo que ir ya, señor Digah –me dice el médico-. Si necesita algo…

-… este hombre necesita un buen purgante y le da vergüenza explicarlo detalladamente –le digo, tratando de ser lo más discreto posible y tratando de crearle una duda-. Tiene vergüenza de hablar de sus necesidades.

Müller duda por un momento. Se muerde los labios. Yo sé que sospecha algo o, incluso, lo tiene claro; pero en su programación no está meterse en otros asuntos. Y menos en líos. Debe estar midiendo los alcances de su decisión antes de decirme algo.

-Le voy a hacer una receta –me dice, finalmente-. Pero usted mismo me va a tener que firmar un recibo. Si no lo quiere hacer, tendré que llamar a la policía.

-¿Polís? –casi grita el hombrecito-. No, no, polís; plis. No polís.

El médico se queda por un momento sin reacción. Me lo quedo mirando. Me divierte el asunto, porque me ha hablado como si yo fuera el que tuviera que temer algo. Y son ellos dos los que tienen que temer más que yo, en realidad. Siento la tentación de apoyarme sobre mis dos talones, dar la media vuelta y salir con la sonrisa del perdedor que sabe que a veces es así y no hay nada que hacer.

-Puedo tomar la responsabilidad –le respondo, después de sopesar varias posibilidades y escenarios. Acompaño mis palabras con una larga bajada de mis dos párpados, que quieren decir: “¿Qué espera para guardar el rabo y huir, doctor Müller, o sea, para hacer lo que más desea?”

¿Cómo diablos ha conseguido esta persona mi número de teléfono?, es la siguiente pregunta que me vuelve a asaltar, mientras veo cómo Müller rellena un pequeño formulario. Después me entrega lo que parece una receta y se va casi sin despedirse, como quien quiere dejar en claro que un encuentro casual es un encuentro casual y punto. Le hago una seña al supuesto Miguel para que me siga. ¿Cómo diablos ha llegado a tener mi número?, vuelvo a preguntarme.

Nuestro amor comenzó a vivir

Vivirá mientras haya ilusión

Y podamos cantar esta suave canción

Que brota del corazón, que ya somos dos…

La canción no se me quiere ir de la cabeza mientras nos dirigimos hasta donde he dejado estacionado mi automóvil. Es una situación completamente absurda.

Los coros, la segunda voz, los punteos de la guitarra eléctrica, las respuestas del sintetizador imitando el sonido de una armónica. El resto de la orquestación del tema. Todo se reproduce en mi mente como si estuviera conectada directamente a una fuente de sonido. Voy con un extraño en una situación más que extraña y a mi mente no parece preocuparle otra cosa que una canción de Pueyrredón.

-Mira –le he dicho antes de salir del hospital-. Para empezar no eres peruano. ¿Ya? ¿Está bien? Lo sabes tú y ahora lo sé yo. Te quiero ayudar, pero yo vivo de trabajar, compadre. De eso vivo yo. De tra-ba-jar. Es muy fácil. He dejado lo que tenía que hacer para venir hasta aquí y ayudarte. Tú me has llamado, no lo olvides. ¿Me entiendes, compadre?

-Le puedo pagar después –me ha respondido él, con un hilito de voz, sin dejar el trato respetuoso que ha usado conmigo desde el principio.

-Estás en un hotel, ¿no? –le he preguntado y él ha asentido-. Dame la llave de tu habitación –le he ordenado.

Ahora la llevo en uno de mis bolsillos.

CONTINÚA Y TERMINA MAÑANA

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, jueves 26-07-2007

CÉSAR BANANA PUEYRREDÓN: NUESTRO AMOR COMENZÓ A VIVIR

EL TOUR DE FARCE: ¿APOSTAMOS?

No es un error ortográfico.

¡Ya quisiera yo!

Es la denominación en forma de juego de palabras que se viene usando aquí en Alemania desde hace un tiempo para referirse al Tour de France.

El Tour de la Farsa.

No habían terminado las celebraciones del triunfo del corajudo ciclista kazajo Vinokúrov, quien aparte de ganar ya una etapa, había sufrido una aparatosa caída que le había destrozado parte de sus rodillas y que había hecho exclamar a sus propios médicos, que no podían explicarse cómo hacía su paciente para poder seguir corriendo en esas condiciones.

¡Ja!

No habían terminado las quejas y lamentaciones de los propios ciclistas participantes que escriben en El País durante esta competencia ciclística, debido al caldeado ambiente de sospechas reinante.

No había terminado la indignación de uno de ellos, diciendo, al referirse a la sanción impuesta por la Federación Danesa de Ciclismo a Rasmussen, que es muy difícil cumplir con todos los controles porque “uno mismo no sabe dónde va a estar mañana”.

(Qué ironía del destino: el expulsado Vinokúrov sabe por lo menos donde NO estará mañana.)

No había terminado todo eso cuando cayó la bomba.

Alexander Nikolaevich Vinokúrov (*) ha dado positivo en los controles antidopaje.

Y su equipo –palabras de ellos mismos- “ha sido invitado a abandonar la competencia hasta que se aclaren las cosas”.

El mismo ciclista kazajo se ha dado el lujo de afirmar que se fue rápidamente del Tour para poder entrevistarse con un hematólogo que le pudiera decir qué ha sucedido. Léase, para los analfabetos: por qué lo han expulsado de la carrera.

La bomba no es ese resultado que ya más o menos todos –ciclistas, periodistas, directivos y gran parte del público- sabíamos o, por lo menos, sospechábamos.

La bomba es que haya sucedido tan rápido y a estas alturas del partido: de esta nonagésimocuarta vuelta a Francia.

Allí donde años atrás habrían intervenido –discreta y secretamente- altas autoridades franchutes (de todo rango, color político y longitud moral), para salvaguardar un símbolo nacional, ahora se ha aireado el asunto en plena carrera y cuando apenas falta un par de días para la llegada a la Ciudad Luz.

Ese atrevimiento –de quienes verdaderamente provenga y por la razón que sea-, esa es la bomba.

Lo decían claramente los mismos diarios españoles al referirse a Contador y Rasmussen, los dos dioses ciclistas momentáneos.

(Nunca más que antes eso de momentáneo es una dura realidad: hasta el próximo positivo, a lo más.)

Las marcas registradas en lo que va del Tour de estos dos corredores no solo parecían inhumanas. También lo eran. Porque dejaban atrás –de lejos- las marcas para las mismas distancias ya establecidas por ese Sobrehumano por excelencia –y por su propia historia personal- que corporiza Lance Armstrong.

(Otro positivo, por lo demás, de la historia.)

La segunda bomba –predecesora- viene ahora.

Vinokúrov habría dado positivo inmediatamente después de su primer indiscutible (en la pista) triunfo en la contrarreloj del 21 de julio pasado.

El ‘dueño’ del Tour, el francés Christian Prudhomme, ha declarado a la prensa al respecto, después de conocerse el llamado Desastre Astana y que ha obligado al equipo del kazajo a abandonar la carrera:

De ninguna manera podemos ponernos a hablar de detener el Tour, solo porque a alguien se le haya ocurrido jugar a la ruleta rusa.

¡Qué buena ocurrencia! ¡Ruleta rusa!

Esa es más o menos la versión oficial de casi todos los responsables de los equipos: si hay casos de dopaje, se debe a la iniciativa y riesgo propios de los ciclistas. Ellos juegan su propia ruleta, afirman.

A Europa, en esto del ciclismo, no solo se le notan sus tradiciones cristianas, también parece conocer bien a sus personajes históricos: a Poncio Pilatos (también Pilato, Poncius Pilatus en latín), entre uno de ellos.

Se dice que el profesional de la rueda, el escocés David Millar, rompió en llanto ayer martes -día de descanso de la competencia- al enterarse de la noticia.

Si eso le sucede a un ciclista de ese formato, precisamente en la situación por la que estamos pasando en este momento –ha dicho Millar, haciendo una profecía-, entonces ya no hay forma de salvar este deporte.

Millar terminó de cumplir el año pasado una sanción de dos años por haberse dopado. Desde entonces se ha dado a conocer como un combatiente antidopaje.

No se sabe bien qué sucederá ahora, a solo unos días del final del Tour de France.

Si hay algo claro en este asunto es que Prudhomme no aprovechó en su momento el veto a Rasmussen por parte de su propia federación, para expulsarlo de la carrera.

Al contrario, se decidió por apoyarlo.

El gerente de Astana, Marc Biver, después de ordenar el retiro de su equipo, ha intentado también la práctica de ese otro deporte –que decía líneas atrás- acompañante de moda del ciclismo actual: el lavado de manos.

El corredor de su equipo que ha provocado la expulsión del mismo en su conjunto, Vinokúrov, le ha explicado que los niveles de hematocritos descubiertos en su sangre, se deben a su tratamiento de las heridas sufridas en su aparatosa caída al comienzo de la competencia y que estuvieron a punto de impedirle continuar.

Eso es lo que afirma.

Tal vez sea lo mejor –ha añadido Biver-, saber que con los controles actuales es imposible seguir engañando.

¡Qué zamarro!

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-¿No contemplan las leyes la sanción de ese tipo de insolencias? -me pregunta, acalorándose, mi Lector Atento, ese loro que llevo sobre mis hombros y que detesta que le den gato por liebre.

-Primero se lava las manos con lo de los hematocritos pasándole la culpa a una caída de su protegido, y luego hace una confesión velada –añade-. Cínica, además.

Lean qué bien lo saben expresar.

Esto es lo que informa El País al respecto, cito:

El conjunto de Vinokúrov aclara en un comunicado que “después de haber sido informados por el director general del Astana, los organizadores del Tour han solicitado al equipo su retirada de la carrera, lo que fue aceptado de inmediato”. También el comunicado aclara que, según el código ético exigido por el Astana a sus corredores, “Vinokúrov ha sido apartado del equipo con efecto inmediato”, dice el comunicado.

(La redundancia del término ‘comunicado’ no es mía.)

El País sigue, por lo demás, como si nada hubiera pasado.

El triunfo de hoy de Rasmussen, del vetado por su propia federación por sustraerse a los controles antidopajes (que equivale a dar positivo después de hacerlo más de tres veces), lo titula esta tarde así:

Golpe de autoridad de Rasmussen

http://www.elpais.com/articulo/deportes/Rasmussen/gana/ultima/etapa/montana/afianza/liderato/elpepudep/20070725elpepudep_14/Tes

Como habrán podido leer, el vencedor de hoy y actual líder de la competición, en una demostración de que no solo es bueno con la bicicleta, sino también para sortear obstáculos, persevera en la aseveración de su inocencia.

Ahora reconoce ‘haberse perdido’ tres controles antidopaje, pero solo debido a “fallos burocráticos” y empieza –incluso- ahora a poner en duda la validez legal de las sanciones recibidas de parte de la federación danesa.

Finalmente, Vinokúrov, ha sido el único en procurar no abandonar el humor a pesar de todo.

Y lo ha hecho en forma macabra refiriéndose a un miembro de su familia:

He escuchado en la radio que me había inyectado sangre de mi padre. Es absurdo, puedo decir que con su sangre hubiera sido controlado positivo por vodka –es lo que ha dicho, según El País.

Es más que interesante revisar sus declaraciones, para darse cuenta en qué limbo viven en este momento todos los involucrados. En el mejor y peor sentido de esa bendita palabra:

http://www.elpais.com/articulo/deportes/Vinokurov/niega/haberse/dopado/va/Tour/reunirse/hematologo/elpepudep/20070725elpepudep_7/Tes

Quiero apostar que en este asunto, terminará imponiéndose la (nueva) Moral Europea: el pobre drogadicto e indigente de las calles se merece con todo rigor todo el peso de las leyes. (Admiro y quiero a esta Comunidad, en la que vivo, y por eso me interesa su transparencia; tampoco es ‘nueva’, pero algo hay que decir.)

Los demás, de cuello y corbata (y camisa de mangas cortas), o de maillot y casco en este caso, ¿qué creen ustedes?

¿Irán a compartir las celdas que contemplan las Leyes Antidrogas para estos casos?

¡No me hagan reír, pues!

Por lo pronto, el Comité Olímpico Internacional ha amenazado ya con excluir al ciclismo de las competencias olímpicas.

Personalmente, como aficionado a la novela negra (la carrera se decidirá más en los despachos policiales que en las pistas), sospecho que habrá una purga más o menos importante.

Impresionante, voy a decir.

Un resplandor que aturda. Y que distraiga.

Y que al final de la carrera quedará solo un grupo de ciclistas apenas conocidos y con escasa o nula relación (conocida o certificada) con los Eufemianos Fuentes de esta telenovela socio-deportivo-criminal, es decir con el dopaje.

Será un fiasco mediático y aburrido el Tour de Farce (perdón, de Francia) de este año, pero la única forma que se me ocurre de que puedan seguir vendiéndonos el circo en el futuro.

El dinero sabe encontrar sus caminos, no crean (que no).

(Mientras tanto, tendremos que acostumbrarnos a no saber si buscar la información en las páginas policiales o deportivas. Ese sería el mínimo gesto de justicia que se deberían merecer aquellos pobres e indigentes drogadictos y pequeños traficantes encarcelados por no saber pedalear.)

Es mi pobre opinión.

¿Apostamos?

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, miércoles 25-07-2007

(*) En mi principal fuente española consultada, El País, he llegado a descubrir hasta tres versiones diferentes del apellido del kazajo: Vinokurov, Vinokúrov y Vinokourov. Me he inclinado por la segunda, por aparecer en un par de encabezamientos, a pesar de no convencerme del todo.

Aquí en Alemania se lo conoce como Winokurow. El original está en ruso: Александр Николаевич Винокуров. La versión francesa es la tercera de las primeras mencionadas, Vinokourov.

NIÑOS BILINGÜES (II)

Considero que las únicas limitaciones que puede tener una persona –independientemente de su edad- en el aprendizaje de algún idioma, solo son las que dicta su medio ambiente.

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Si no existen las condiciones o facilidades para ese aprendizaje, cualquier persona adulta informada puede -haciendo cierto esfuerzo- disponer de una serie de medios y recursos para conseguirlo.(Esto presupone, lamentablemente, que debe existir un interés por estar informado o disponer del tiempo para estarlo, es decir, no tener inevitablemente que dedicarlo solo a conseguir alimentos para sí y su familia, por ejemplo.)

Voy a exponer dos ejemplos de aprendizaje de un nuevo idioma -que conozco bien porque son personales- para relacionar después esas dos experiencias con ciertos aspectos del bilingüismo infantil que a mí particularmente me han interesado.

Aprendí el ‘brasileño’ que hablo, memorizando a la bruta algunas canciones de un disco de Tom Jobin que una vez adquirí. No es mucho lo que hablo ahora, porque nunca he estado en Brasil para practicarlo, pero es suficiente como para saludar e iniciar una conversación superficial.

Haciéndole bromas a los pocos brasileños y portugueses que conocía y frecuentaba entonces, trataba de recitarles pasajes enteros de Desafinado -uno de los temas que más me gustan de ese cantautor brasileño y una auténtica joya musical- como si fuera algo mío que yo les estaba hablando.

Quando eu vou cantar você não deixa / E sempre vem a mesma queixa / Diz que eu desafino, que eu não sei cantar… (*)

Escuché ese mismo disco tantas veces a lo largo de meses, que mis hijas terminaron aprendiéndose grandes partes de varias canciones y les ayuda ahora a entender cuando alguien habla portugués.

Hablarlo es otra cosa.

(Justo aquí recuerdo el caso de una amiga de la U.N.I. de Lima, quien me contaba que sus padres le hablaban en quechua y ella podía entender, pero decía que no era capaz de hablarlo. Entonces pensaba yo –falsamente- que era una pose de ella.)

Menciono lo de las canciones de Tom Jobin, porque ahora estoy completamente convencido que lo que más debe ayudar en el cerebro a aprender un idioma, a fijarlo y a desarrollarse en él, es el aspecto musical que todos –los idiomas- tienen.

Doy el segundo ejemplo.

En uno de mis actuales y temporales trabajos tengo un colega italiano. Su idioma lo aprendí una vez trabajando con compatriotas suyos, hace unos quince años atrás.

Los tipos –por no hablar en alemán conmigo- me hablaban en italiano. Algunos eran del norte y otros del sur. Recuerdo que me pasé como unos dos o tres meses en ese trabajo sin entenderles una palabra. (Es una exageración.)

Los escuchaba solo por cortesía y porque me causaba gracia que me siguieran hablando sin que yo les entendiera lo que me decían. Hasta que en mi cerebro hizo clic. De pronto, como por arte de magia, todo lo que me decían ya no era una sola melodía de contenido desconocido y continua.

Ahora empezaba a reconocer poco a poco cada una de las palabras en esa melodía. (Acabo de leer que eso es exactamente lo que ocurre con los bebes o bebés.)

El siguiente paso fue hablarlo.

Cuando hablaba con los del norte, trataba de imitar el acento de los del sur y ellos se reían.

Cuando hablaba con los del sur, trataba de imitar el acento de los del norte y ellos (sicilianos) se hacían los que se ‘molestaban’ por pretender hablar yo como sus norteños y ‘arrogantes’ compatriotas.

Lo bueno era que yo los divertía de esa manera y entre risa y risa, me permitía cometer errores gramaticales, sin tener que pasar vergüenza.

(No olvidar esta palabra, vergüenza: es la más negativa que puede existir en el aprendizaje de cualquier cosa.)

Poco a poco me fui agenciando de un italiano bastante decente, que –cuando no cometía errores- me permitía hacerme pasar por uno de ellos.

Como aprendí un italiano, vamos a decir, informal, después, cuando empecé a escuchar las noticias en ese idioma en la radio, todo fue mucho más fácil.

Esto último lo digo porque curiosamente en la –para mí absurda y tonta- enseñanza tradicional de idiomas, se hace al revés: uno aprende primero palabras sueltas muy bien pronunciadas (lentamente, además) para encontrarse después en la práctica que todo es diferente. Y no entender un carajo.

Eso fue hace más o menos quince años como he dicho.

Intenté ahora hablar en italiano con el colega que he mencionado, pero resultó que él me respondía al comienzo en alemán.

¿Tan mal lo hablaba yo ahora? ¿Tanto lo había olvidado como para que no me tomara en serio como interlocutor?

Me acordé lo de las melodías.

Y, ¡zas!, funcionó.

Lo hice reír un poco y ahora es él el que ya no se siente cómodo hablándome en alemán.

Ahora solo me queda repasar un poco de vocabulario para no quedarme atrás. Algo que siempre hago también en mi propia lengua, consultando a diario el diccionario de la Real Academia.

Justo en mis últimas vacaciones cayó –literalmente- a mis manos un libro sobre inteligencia infantil que me pareció fascinante.

Sucede que los adultos no solemos tomar a los niños pequeños en serio.

Recién cuando comienzan a hablar empezamos a considerarlos ‘verdaderas’ personas.

Pero en esa primera etapa de la vida de todo niño que dura alrededor de dos años, su cerebro está captando toda la información externa posible como si se tratara de una compleja computadora –ordenador- especializada en ‘aspirar’ información del medio ambiente a grandes velocidades.

Al nacer llevamos meses de estar musicalmente acostumbrados al idioma que más hemos escuchado desde nuestras primeras semanas en el vientre materno.

Pero todavía no reconocemos las palabras.

Solo escuchamos melodías con diferentes entonaciones entre sí: la de los padres, hermanos, familiares y extraños. Aparte de todo tipo de ruidos. Me imagino que lo primero que debe aprender una criatura nonata debe ser que lo musical es humano y viceversa.

(Aquí sospecho que el bebe que ha escuchado varios idiomas –varios grupos de melodías distinguibles entre sí- durante lapsos relativamente largos, estárá más tarde en ventaja para aprender esos u otros idiomas, que uno que solo ha escuchado desde su estadía en el vientre materno uno solo.)

En algún momento -que varía de persona a persona- empezamos a reconocer segmentos (palabras o grupos de palabras) en esa melodía.

Se dice que cuando un niño empieza a hablar una palabra determinada, ya la ha escuchado varios miles de veces y lo que intenta pronunciar es una especie de ‘promedio’ de todas las versiones que ha escuchado hasta ese momento.

El cerebro se encarga de hacer esa ‘promediación’.

Tener en cuenta que uno mismo pronuncia una misma palabra de diferentes formas a lo largo del día y de acuerdo a nuestro humor o la intención que se tenga al hablar. También, dependiendo de con quién se habla y bajo qué circunstancias.

Por medio de experimentos hechos, se ha podido ver que hasta una edad situada entre los dos y tres años (espero no estar equivocándome, porque no tengo la fuente a la mano), todos los niños del mundo son más o menos ‘iguales’ lingüísticamente hablando: capaces de aprender cualquier idioma y hablarlo, pronunciando correctamente cada una de sus fonemas.

Así, un niño chino, uno japonés y uno español que no han llegado a esa línea límite, serían capaces de aprender chino, japonés y español sin ningún problema, si en ese momento de su vida tuvieran que hacerlo por la razón que fuera.

Curiosamente, una vez traspasada esa línea, el cerebro se empieza a hacer muy selectivo y comienza una interesante e importante diferenciación.

En el libro que menciono, los autores habían hecho los experimentos solo con niños japoneses y usamericanos.

Los niños de los dos países podían reconocer antes del final de la etapa inicial mencionada –entre otros sonidos- los de las letras ‘r’ y ‘l’. Pero a partir del inicio de la segunda etapa, los japoneses escuchaban ambas como ‘l’.

Increíblemente –para mí- le asignaban a los Hijos del Sol Naciente las características lingüísticas de los Hijos del Negocio Naciente, si me perdonan la broma.

Por lo que yo sé, los chinos no conocen la ‘r’ y la pronuncian como ‘l’.

Por el contrario, los japoneses pronuncian la ‘r’, pero no conocen la ‘l’.

Así, tenemos muchos nombres chinos como los apellidos Li y Lin, y la ciudad Dalian, por ejemplo.

Por el lado japonés, tenemos una profusión de nombres con ‘r’, como Fujimori, karate o harakiri, pero no con ‘l’.

Cuando uno, en bloma, pletende imital a un chinito –en mi país- tlata de intelcambial la ‘ele’ pol la ‘ele’.

Por er otro rado, si queremos imitar er habra japonesa, ro pronunciamos todo con ere.

Los autores del libro, siendo expertos lingüistas, habían confundido esto o, simplemente, lo ignoraban.

[Nota del 02-07-2007: No es así. Mejor dicho, no es del todo así. Si bien es cierto que los japoneses escriben sus nombres en la manera occidental con ‘r’, ésta no la pronuncian como nuestras ‘r’ ó ‘rr’ españolas. Tampoco como la ‘r’ inglesa. ¿Lo pronuncian entonces como la ‘l’ inglesa o española? Justo anoche estuve en una reunión en la que había una japonesa y le pregunté sobre esto que yo creía una inexplicable confusión de los lingüistas. Prestando mucho atención y rogándole que repitiera muchas palabras -cuidado que mi oído, según lo visto- ya está ‘deformado’- noté por primera vez que lo que yo siempre había tomado por una ‘r’ en los japoneses… tampoco es una ‘l’ al modo inglés o español. Se trata de algo intermedio. Como la ‘r’ de alguien que no puede pronunciarla bien y trata de disimularlo. Curiosamente, el hecho de ver escrita la ‘r’ en muchos nombres japoneses, me había inducido a tomarla por una muy parecida a la nuestra. Lo interesante del caso de ayer, es que se trataba de una mujer que había nacido en EEUU en el seno de una familia japonesa, de tal manera que apenas tenía problemas con las dos vocales y sabía de la dificultad.]

Lo fascinante del asunto es que si se repite ese experimento con adultos, y se les hace escuchar a un chino y a un japonés las palabras ‘ratón’ y ‘loto’, por ejemplo, el primero afirmará escuchar siempre ‘latón’ y ‘loto’; y el segundo, ‘ratón’ y ‘roto’, independientemente del número de veces que se le haga oír esas palabras (habladas por un español, por ejemplo).

[Nota: Esto también solo lo he supuesto. En el libro solo se habla del caso japonés.]

Eso explica por qué nos es difícil pronunciar ciertos nuevos fonemas al aprender un nuevo idioma: por la dificultad que en sí presentan en su calidad de novedosos, y porque nuestra capacidad de diferenciación acústica ya pasó a ser limitada.

(No sé hasta que punto eso sea irreversible. Con lo cual tendría aquí un nuevo tema para indagar.)

Allí donde el nativo de una lengua N puede reconocer x variaciones acústicas, nosotros reconocemos solo las que tienen mayor parecido con aquello a lo que nuestro oído está acostumbrado.

Lo que puede parecer una limitación, es –supongo- una forma muy práctica e inteligente del cerebro de ahorrar energía, pasos y logaritmos. Como en muchos otros aspectos, el cerebro simplemente se vuelve selectivo en lo concerniente al idioma y se concentra en lo práctico.

Es más, como demuestra el ejemplo anterior de la percepción de la ‘l’ y la ‘r’, el cerebro no solo se programa solo: terminamos oyendo lo que queremos.

Y esto en más de un sentido.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, martes 24-07-2007

(*) Aquí una página que se ocupa de Desafinado de Antonio Tom Jobin. Incluye el texto en portugués y una traducción posible: http://pacobernaberoca.blogspot.com/2007/06/desafinado-cal-costa.html

@ Iñigo: No me ha sido posible, por tener que atender mis otras ocupaciones y haber estado un poco indispuesto, haber tratado este tema con mayores profundidad y rigurosidad, que era lo que me hubiera gustado hacer. Espero haberte servido, de todas maneras, de alguna forma. HjV