Mes: octubre 2007

SUSTOS RACIALES

(El formato caótico e inusual que aparece desde ayer aquí, me imagino que se debe a que se me está acabando el crédito en este medio: WordPress. Es decir, la posibilidad de publicar gratuitamente. Lo siento mucho. Tiene sus ventajas: esta aventura con mi Cuaderno Contable, por ejemplo, tal vez tendrá pronto su final.)

Contaba ayer mi experiencia en el supermercado con la que debía ser una pareja de romas.

Contaba que justo a la entrada había un alemán enorme pidiendo limosna con un plato, sentado sobre un banquito junto a su motoneta y dejando ver una sonda que salía de un aparato que parecía un ventilador pequeño moderno y se introducía en una de sus fosas nasales.

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A este señor alemán nadie le daba bola. Parecía ser invisible.

La gente pasaba a su lado como si no existiera. Era algo altamente fascinante para mí.

Contaba también que justamente me estaba preguntando –ya dentro del supermercado- cómo reaccionarían los alemanes si en vez de un compatriota suyo se tratara de un árabe o un africano, cuando vi a la pareja de romas que menciono.

¡Ahora sí la gente no ahorraba verdaderos gestos de desagrado, desaprobación y punición hacia ellos!

¡Los mismos que afuera ‘no veían’ a su compatriota pidiendo limosna, dentro del supermercado se habían transformado y ahora veían cada detalle del comportamiento de la pareja aludida y su inquieto hijo!

Si existe una característica marcada del llamado ‘racismo’, esa es la de saber ignorar lo que no nos conviene por venir de alguien de nuestro mismo grupo étnico, pero, por otra parte, saber potenciar al máximo la misma falta o similar defecto o error si proviene de alguien de otro grupo étnico.

Debo aclarar, tal vez, que aquí en Alemania la atención médica es gratuita para todos los asegurados. (Cuando uno va por primera vez a un médico dentro de un trimestre, creo, debe pagar 10 euros a modo de gastos de administración.) Y todo habitante registrado está obligado a asegurarse, independientemente de si tiene trabajo o no.

(Para los inmigrantes ‘despapelados’, es decir, en situación migrante irregular, existen redes de atención médica gratuita, mantenidas por organizaciones particulares sin fines de lucro que sí hacen honor a su real vocación médica, atendiendo no de acuerdo al bolsillo del cliente, sino de acuerdo a la necesidad del paciente.)

Aún el más menesteroso tiene derecho a tener un seguro gratuito en este país. Por eso, el cuadro que brindaba el hombre en la puerta del supermercado, solo podía tratarse de una estafa. Por lo tanto, de algo escandaloso y punible.

De allí mi asombro al no observar reacción alguna en los rostros de la gente que tenía que pasar junto a ese paciente callejero.

Todo esto lo digo, porque hay una pregunta que no me deja en paz.

¿Cuál es el origen del racismo?

¿Por qué existe?

Los mismos tipos que en un estadio aplauden y llegan a prenderle velas y adorar (es un decir) a un jugador brasileño o africano, pueden pertenecer tranquilamente a un grupo ultraderechista aquí y dedicarse a hostigar a las minorías étnicas de este país.

¿Cómo se explica esto?

Esos mismos individuos, después de jactarse de haber agredido a un inmigrante en la calle, luego celebrarán una fiesta con música usamericana… hecha e interpretada por afroamericanos.

Tengo una tesis, qué digo, una sospecha, que estoy tratando de darle cada vez más forma, amparándome en los reciente descubrimientos y avances de la paleontología, la biopaleontología y la arqueología.

Llevo coleccionando información desde hace algún tiempo para ver hasta qué punto puede ser cierto esta sospecha.

Es una simple idea mía. No está en ningún libro, ni la he leído en ninguna parte.

De niño, una de las escenas que más me impactó viendo una película –creo que- de Tarzán, fue ver cómo un ‘blanco’ y un ‘negro’, ambos de aspectos muy feroces y en busca el uno del otro, se iban acercando de espaldas -sin saberlo- en la espesura de la selva.

Cuando, finalmente, sus espaldas chocan, se voltean rápidamente y quedan frente a frente, la cámara en la película capta primero el gran susto que se pega el ‘hombre blanco’ al ver al africano.

Susto que quedaba patentemente expresado en la ‘congelada’ posición exagerada de sus cejas, de sus ojos y boca desmesuradamente abiertos, y de las demás partes de su rostro.

Pero la cosa no quedaba allí, porque luego la cámara enfocaba rápidamente el rostro del africano, que se había quedado también ‘congelado’ en el mismo gesto de absoluto susto y pavor.

Los dos tenían el mismo miedo visceral frente al otro.

Bueno, se trataba de una película.

Me sucedió a mí, empero, hace muchos años, un día que iba de madrugada por una oscuras calles de Colonia.

De pronto, saliendo abruptamente de una especie de callejón, se me apareció un africano que se quedó con su rostro apenas a unos centímetros del mío dándome el susto de mi vida.

El tipo era moreno, muy moreno. De ese color de piel que parece casi azul negro de día.

-¡Me has asustado, Bruder! –espetó él, soltando una sonrisa de alivio y golpeándome el hombro para demostrar su sinceridad.

(Bruder significa ‘hermano’ en alemán. No lo usan los alemanes, pero sí muchos extranjeros, haciendo las veces de la palabra inglesa brother.)

Es decir, el tipo también se había dado el susto de su vida conmigo.

Me volvió a ocurrir no hace mucho, cuando una amiga de mi esposa llegó con su bebé muy rubio a visitarnos.

Debo antes decir que tengo el cabello negro y, cosa curiosa, por mis rasgos me suelen tomar por un italiano aquí en Alemania. Es decir, se nota simplemente que no soy un alemán y me suponen procedente de un país del sur.

(Justo hoy, en el entrenamiento con mi equipo de fútbol, otra vez curiosamente, un jugador italiano nuevo me preguntó: “Spagnolo?” Algo que hasta ahora no me ha dicho ningún español en España. Yo diría porque ellos reconocen en mí a un latinoamericano. En fin.)

A lo que iba.

Al recibir a la pareja con su bebé de menos de un año, sucedió algo muy interesante y seguramente terrible para el bebé.

Éste, al verme por primera vez, puso primero una cara de susto y después se puso a llorar inconsolablemente.

Claro, mis amigos podrían gastarme muchas bromas con este caso, pero a lo que iba era a otra cosa: lo mismo le pasó a mi esposa alemana en varios de nuestro viajes al Perú. Y creo que nadie podría hacer bromas en su caso.

En un puerto de la costa, incluso, había un niñito que se acercaba una y otra vez a mirarle sus ojos verdes como si fueran de otra galaxia. La primera vez que había visto a mi esposa, se alejó corriendo como quien –precisamente- ha visto los ojos del diablo.

Anécdotas y bromas a un lado, en ambos casos se podría argumentar que los niños estaban tan acostumbrados a ver personas de ciertos rasgos y características físicas, que, al momento de su primer contacto con fisonomías desconocidas para ellos, esto les había causado miedo.

¿Por qué?

¿Por qué no alegría, por ejemplo, o simple asombro?

¿Acaso los niños lloran cada vez que ven algo nuevo?

No sucede ni siquiera cuando ven a nuevos animales. Las habitaciones de muchos niños están repletas de libros con imágenes de ellos y de otros inventados.

Permítanme dar un paso más hacia la idea que mencionaba antes.

Uno de los argumentos de más peso que tienen las religiones para ‘demostrar’ la existencia de dios (es decir, de su particular dios), es que resulta más o menos patente para todos, que de todas las especies que existen sobre la Tierra el Mono Sapiens destaca nítidamente sobre todas las demás.

Tal si fuéramos unos seres especiales, concebidos como tales por un ser superior.

De este mismo argumento se sirven también los anti-evolucionistas.

Porque, si la Teoría de la Evolución fuera cierta, argumentan ellos, ¿cómo es posible que el hombre sea el único primate claramente más desarrollado que sus demás primos y parientes lejanos?

Es decir, ¿cómo pudo ser posible que siendo cierta la Teoría de la Evolución, solo una criatura fuera capaz de desarrollarse hasta alcanzar a tener un lenguaje y un cerebro para pensar? ¿Por qué ninguna de las demás no?

No es del todo descabellada la pregunta. Al contrario. Es perfectamente crítica.

En realidad, debería existir -permítanme fantasear- por lo menos un tipo de primate capaz de desplazarse exclusivamente sobre dos pies como nosotros.

O otro tipo de mono capaz de hablar y pensar, tal vez solo muy rudimentariamente.

Y otro tipo capaz de utilizar muchas y avanzadas herramientas.

Estos primos nuestros han existido a lo largo de la evolución. Pero ya no existen. Han desaparecido de la faz de la Tierra. Coexistieron con nosotros en diferentes fases de nuestra evolución, pero solo se sabe ahora de ellos por lo que me imagino se debe denominar osteopaleontología. Es decir, por el estudio de sus huesos encontrados.

¿Por qué solo ciertos grandes simios, como el chimpancé, el bonobo, el gorila y el orangután siguen existiendo, pero no todos los demás anteriores parientes nuestros de los que se tiene constancia científica de que sí existieron?

Solo para referirnos a la etapa más ‘reciente’ de nuestra historia y restringida sólo al Género Homo, por ejemplo, ¿qué se hicieron los individuos representantes de las siguientes especies?

Y esto, sin pasar a preguntarme lo mismo sobre antepasados nuestros más antiguos aún, anteriores al género Homo, como los del género Australopithecus, por ejemplo, los primeros homínidos o primates bípidos, de los cuales se tiene la certeza que fueron completamente bípedos y de los que se han hallado esqueletos muy completos, como el de la famosa Lucy.

¿Qué se hicieron todos ellos?

¿Qué paso con el Hombre de Neanderthal (una localidad cercana al lugar donde vivo)? ¿Qué con el Hombre de Heidelberg? ¿O qué con el recientemente descubierto Hombre de Flores?

¿Se los llevó dios de regreso al paraíso?

¿Fueron secuestrados por seres extraterrestres? ¿Se suicidaron masivamente? ¿Sufrieron enfermedades mortales endémicas? ¿Pensaron que era mejor dejarle el paso libre al Mono Sapiens y se esfumaron?

¿Por qué se extinguieron?

Creo tener una respuesta para ello. Una sospecha.

La expondré mañana.

El cansancio me vence, después del duro entrenamiento nocturno de fútbol de hoy. Que estén bien.

HjorgeV

Sinthern-Pulheim, 31-10-2007

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CARA DE ASESINO

¿Puede tener alguien cara o rostro de asesino?

Es decir, ¿se puede afirmar solo por la fisonomía de una persona, si se trata de un asesino o, por lo menos, de un asesino en potencia?

¿Les causa risa esta pregunta?

Bueno, pues, alguna vez existió una teoría que lo tomaba por cierto y obvio.

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Me estoy refiriendo a Cesare Lombroso, un médico y criminólogo judío italiano cuyo verdadero nombre era Ezechia Marco Lombroso (Verona, 1835-Turín, 1909) y que fue el más conocido representante del llamado positivismo criminológico.

El aspecto más resaltante de su obra lo constituía la concepción del delito como el resultado de tendencia innatas, de orden genético, que se podrían reconocer -a simple vista- en los rasgos físicos o fisonómicos de los delincuentes habituales.

Alabado y respetado en su época, hoy podría ser enviado Lombroso a la cárcel por sus atrevidas, falsas y peligrosas afirmaciones. Espero ocuparme alguna vez de él y sus teorías en esta bitácora.

Repito la pregunta inicial.

¿Se puede reconocer a un asesino por su aspecto o su forma de mirar?

Por más que la pregunta solo les haga fruncir un poco el ceño, diversos estudios y experimentos realizados, indican que -en contra de lo que muchos podrían suponer-, todos nosotros y más frecuentemente de lo que nos gustaría, solemos guiarnos por ese tipo de prejuicios.

En un experimento hecho aquí en la Universidad de Colonia, fueron precisamente el jefe de la policía y un conocido político los que salieron con la peor nota, al ser confrontados con un grupo de estudiantes que debían dictaminar su grado peligrosidad solo guiándose por su aspecto.

Se trataba de un proyecto de la ciudad que tenía que ver con el racismo y los prejuicios que todo el mundo tiene. La idea era hacerle entender a la gente, que nuestro juicio -y prejuicio- visual nos puede hacer pasar malos ratos y, lo que es peor, cometer muchas injusticias. Sobre todo contra las minorías étnicas en este país.

En el experimento, un grupo determinado de estudiantes debía escoger de un conjunto de varios sujetos que se les presentaba, los que les parecían los más peligrosos.

En la fila de sujetos a estudiar, se encontraban desde verdaderos convictos hasta políticos, pasando por simples padres de familia, estudiantes y dos policías.

Las risas del director de la policía por su elección y la mal disimulada sorpresa del político por no haber sido reconocido, no se dejaron ocultar al final del experimento.

Habían sido elegidos como los más peligrosos.

Parece ser, pues, que nos guiamos por las apariencias y por lo externo mucho más de lo que nuestro intelecto y voluntad quisieran.

Si a los que nos esforzamos por no discriminar a alguien por su aspecto (me considero uno de ellos) nos puede suceder, me pregunto, ¿cómo será el caso de aquellos que no se toman la molestia de tratar de ser críticos con sus propios prejuicios?

Me preguntaba y recordaba todo esto al ver en El País la fotografía del asesino en serie ruso Alexandr Pichushkin, quien reconoce su culpabilidad por los 48 asesinatos que se le imputan, pero asegura que mató en total a 60 personas.

¿Podría negar alguien -al ver su fotografía- que este hombre es muy peligroso?, fue la primera pregunta que me asaltó la mente.

Curiosamente, esto también tiene que ver con el tema que he tratado en las entradas de los últimos días y semanas de esta bitácora: el racismo.

Un caso ‘casero’ muy relacionado con esto me sucedió apenas la semana pasada.

Mientras esperaba que mi hijo terminara de recibir su clase de violín (en España dirían ‘dar’: pero él no las da, él las recibe) en un pueblo cercano, se me ocurrió hacer un par de compras en el supermercado del lugar.

Ya en la entrada, mi capacidad de sorpresa fue exigida al máximo.

Un mastodonte de hombre, sentado sobre un banquito junto a su motocicleta, pedía limosna con un plato, mientras dejaba ver cómo algo que debía ser una infusión le iba corriendo a su organismo por medio de un catéter introducido en una de sus fosas nasales.

La sonda provenía de un aparato con la apariencia de un pequeño ventilador de pie moderno y bien podía haberlo sido.

¿Un alemán pidiendo limosna, y así en esos términos?, me pregunté. Nunca había visto algo así en Alemania.

El tipo sabía lo que hacía.

Me miró más que directamente a los ojos las cuatro veces que pasé por su lado. Era imposible evitar hacerlo porque se había apostado junto a las filas de cochecitos de compras que casi todos deben recoger antes de entrar al supermercado.

Como comprendo que el dinero es un bien más preciado de lo que realmente vale y significa, no suelo tener problemas para desprenderme en casos así de algún óbolo.

El personaje en cuestión, quien no tenía la mirada de un enfermo, no me estaba rogando una moneda desde el azul grisáceo de sus ojos, me estaba exigiendo perentoriamente que le diera todo lo que llevaba en los bolsillos. El que alguien te mire muy penetrantemente no quita que se pueda estar muriendo de hambre.

Ocurría, sin embargo, que no llevaba monedas encima, solo un billete, más o menos grande que acababa de recibir del cajero automático.

Ya dentro del supermercado me puse a reflexionar sobre el asunto. Había visto que casi nadie se había atrevido a ponerle mala cara al sujeto en cuestión. Una de las razones era obvia: ahondarle su desgracia haciéndolo, sería demasiado cruel. (De paso me pregunté si todo no se trataba de una muy buena escenificación del hombre.)

La otra razón no me quedó clara.

¿Se avergonzaban los alemanes de ver a un compatriota en esas circunstancias y trataban de hacer como si no existiera? ¿Qué sucedería si el tipo fuera un africano o un árabe?, me pregunté.

Y hete aquí, aquí hete, que dentro del supermercado me topé con una situación similar.

Se trataba de una pareja bastante joven, vestida más o menos con ese estilo que se suele reconocer como ‘gitano’, pero que bien visto fuera de su contexto o llevado por un occidental ya no es tan fácil de reconocer así.

Debían tener los dos entre veinte y veinticinco años. Los acompañaba un niño de unos cinco años, quien se empeñaba por tocar todo y desordenar ligeramente los productos por aquí y por allá. Tal como les encanta hacer a los niños en los supermercados.

Lo malo es que el padre le dejaba actuar casi a placer, sin exigirle devolver las cosas a su lugar. La madre iba por su lado y a su aire, llenando el cochecito de compras.

El asunto a mí me fascinaba porque creía ver en él un buen material de análisis social.

Por las ropas y otros detalles físicos del joven hombre, se podía notar que debía haber crecido en un ambiente en el que la pulcritud en la higiene corporal y en la vestimenta no era algo que debía tener primera prioridad.

Y aquí empecé a considerar todo aquello que normalmente a nadie se le ocurriría pensar así no más en el lugar en donde estábamos: un supermercado alemán.

¿Qué vida había tenido esa pareja? ¿En dónde habían crecido y bajo qué adversas condiciones? ¿Qué hechos habían determinado tales condiciones? ¿Cuáles eran las costumbres de sus padres?

Vamos a suponer que se trataba de una pareja de sintis, individuos que antes eran llamados simple y despectivamente Zigeuner, gitanos, aquí en Alemania. (Pronúnciese ‘zigoiner’ o ‘zigoina’, más o menos.)

Los Roma (pueblo gitano, pueblo rom o romaníes en España) constituyen una etnia o pueblo de apátridas repartidos por casi todo el mundo. Se los encuentra en Europa, en algunos países americanos y en algunos pocos más asiáticos y africanos.

La palabra ‘gitano’, usada normalmente peyorativamente, procede de ‘egiptano’, porque se creía que procedían de Egipto. Se dice que antiguamente, para facilitar su paso por Europa, se presentaban como ‘condes egipcianos’ o ‘condes de Egipto Menor’.

Los estudios antropológicos más modernos parecen demostrar que provienen del Punjab, o de alguna zona entre India y el Pakistán actual.

No se conocen las causas que los llevó a emigrar alrededor del siglo XI, ni se sabe con certeza por qué no han detenido su flujo migratorio. Su llegada a Europa está documentada a partir de los primeros años del siglo XV.

Muchos, como en Andalucía, han encontrado arraigo y llegado a influenciar ostensiblemente en la cultura local. En el caso andaluz, ese resultado es la música y el baile conocidos ahora genéricamente como flamenco.

Se dice que mantuvieron buenas relaciones con las poblaciones locales durante todo el siglo XV, pero que éstas se deterioraron progresivamente. Al empezar el siglo XVI apenas existían estados que no hubieran dictado órdenes de expulsión, represión o asimilación contra ellos.

Perseguidos y poco interesados por la agricultura y las profesiones liberales, su ya marcado carácter nómada se acentuó aún más.

En el siglo XX estuvieron a punto de desaparecer, víctimas de enfermas mentes racistas y genocidas, como las nazis, por ejemplo.

Pero volvamos a nuestro caso.

Para este joven hombre –tenía el aspecto apacible de quien es incapaz de matar una mosca y yo trataba de imaginármelo como un cantante famoso, acicalado, vestido a la moda y con muchachitas alemanas a sus pies, mientras entonaba la canción del momento- lo que su hijo hacía, no era nada absolutamente grave.

Es más, hasta seguramente apreciaba -él, como padre- que no rompiera nada. Y el niño, por su parte, mostraba la normal curiosidad e inquietud sin las cuales una persona de su edad no podría considerarse normal.

Sin embargo, para los ojos de los demás presentes que no se preguntaban ni pensaban en todas estas cosas, los tipos eran unos perfectos gamberros. Unos indeseables por su aspecto y su conducta.

Continúa mañana…

HjorgeV

Sinthern-Pulheim, 30-10-2007

LA CUARTA DIMENSIÓN (relato)

La había conocido en la época más relajada que habíamos tenido en la universidad.

Nos reuníamos entonces en la cafetería de la Mensa, el comedor universitario, y, por lo menos una vez al mes, las sobremesas del almuerzo bien podían alargarse hasta la hora de la cena.

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Era una estudiante alemana como muchas otras. Hablaba pasablemente el castellano y no era especialmente bella. Ni especialmente interesante. Pero se aparecía de vez en cuando por nuestra particular oficina (así denominábamos nuestra mesa de la cafetería, los ecuatorianos, argentinos, españoles y peruanos que conformábamos el grupo habitual) y siempre parecía estar allí como los buenos y verdaderos amigos: cuando más se necesitan.

Sobre todo en esos momentos de soledad extrema y ululante, imposibles de definir y ubicar corporalmente, y que llegaban y partían como globos caídos del cielo y arrastrados luego por el viento, para perderse después, absorbidos por el paisaje.

No era tampoco lo que se podía decir una amante excepcional. Se aparecía, nos saludaba y trataba de integrarse a la trápala sin cabo ni rabo que desplegábamos allí –nosotros estudiantes extranjeros- en un vano intento de no sentir la ausencia de nuestras respectivas tierras en las venas.

Pero uno sabía que si quedaba para salir con ella una de esas noches, el sexo estaría garantizado esa o alguna de las siguientes.

A mí, me remordía un poco la conciencia eso de que la utilizáramos sexualmente.

Un día, empero, una de sus amigas, a la cual le habíamos comentado esto muy discreta y metafóricamente, nos aclaró divertidamente que nosotros éramos, en realidad, los pobrecitos. Porque ella no tenía que hacer muchos esfuerzos, para, después de la sobremesa, pescarse a uno de nosotros y adoptarlo como su perrito faldero dispuesto a acompañarla durante un tiempo. A veces hasta una semana seguida, como me había sucedido a mí.

Justamente a ella, me la encontré el otro día, de casualidad, entrando a un supermercado de un barrio cercano al mío, aquí en Colonia.

Creo que si no me hubiera quedado mirando de la forma tan abierta como lo hizo, no la habría reconocido jamás. Su aspecto había cambiado totalmente y guardaba apenas semejanza con lo que yo recordaba de ella. Ahora llevaba el cabello muy rubio, casi platinado, con ese tipo de oxigenación del que no queda ninguna duda de su naturaleza química.

Si mal no recordaba me debía llevar solo uno o dos años de edad. Cuando la vi, me chocó bastante el contraste creado por el tiempo que llevábamos sin vernos. Me dio la inmediata impresión que nuestras vidas se habían desarrollado en mundos paralelos, apenas colindantes. En el suyo debían conocerse otras palabras y términos diferentes para nombrar las cosas. Así de extraña era la sensación de volver a verla al cabo de tantos años.

Dos mundos regidos por leyes y coordenadas disímiles.

Una especie de cuarta dimensión nos había separado desde nuestros días universitarios de una forma más que patente. No sabía yo cuál. Pero ahora nos hacía coincidir también en el espacio.

Había aumentado un poco de peso y su rostro me parecía más simétrico, ciertamente atractivo. Ya no era posible distinguir a simple vista el generoso y turgente busto que entonces tanta exaltación podía causar entre los demás estudiantes. En nuestra época universitaria más de uno había soñado con hacerlos suyos, inclinación que yo no había compartido especialmente. Nunca supe por qué. De eso habían pasado por lo menos unos quince años.

Los tiempos en los que las estudiantes universitarias en verano solo necesitaban llevar unas camisetas, sin nada por debajo, que después se quitaban despreocupadamente en los jardines del campus cuando salía el sol para broncearse, también habían quedado definitivamente atrás. Colonia había cambiado.

Me contó que no había terminado sus estudios y que, en cambio, había tenido tres grandes historias amorosas en su vida. Se la veía vital y animada. Se sabía atractiva como mujer y lucía el bronceado de quien acaba de llegar de vacaciones de algún país del sur.

-Dos hijas –agregó, cuando ya nos dirigíamos a la caja.

Después de estar conversando animadamente a la intemperie durante varios minutos, en la puerta del supermercado, me propuso que la acompañara a su casa a charlar un poco.

Mi primera reacción fue de pánico. Mi segunda reacción de vergüenza, preguntándome si lo habría notado.

-Ah, tontillo –me dijo-. Está claro que no te estoy proponiendo nada más, ¿no crees?

No supe qué agregar. En el camino me contó que seguía tocando el piano y que de vez en cuando ensayaba para una escena cinematográfica. Se le notaba muy entusiasmada con lo del piano. Como a un niño cuando recién descubre un instrumento y desea hacerlo suyo a toda costa.

-Esta vez sí va en serio. Muchas más oportunidades no me quedan –me dijo, mientras avanzábamos en su automóvil, haciéndome un guiño.

Cuando quise preguntarle a qué se dedicaba y si el piano tenía que ver con eso, me acordé de la vez que me había invitado a pasar la noche en casa de sus padres. Ellos habían salido de vacaciones y ella me había llevado hasta allí para hacerme escuchar su interpretación de una obra de Chopin, cuyo nombre olvidé inmediatamente. Audición que resultó imposible por lo borrachos que estábamos y en la que terminamos usando el piano de cola de la casa de sus padres como apoyo para nuestros malabares sexuales.

Nos desplazábamos en su automóvil japonés. Tal vez un Nissan o Subaru de última generación y de un llamativo color turquesa claro. Se la veía como transformada por el encuentro, animada y eufórica, mientras hacía mover, con cada movimiento de su cabeza, al decirme algo y mirarme, las dos trenzas platinadas de su cabello.

Ya en su casa me ofreció café y se acordó que no lo bebo.

-No has cambiado –me dijo, con una sonrisa y disponiéndose a rebuscar entre sus trastos, pomos, recipientes, alacenas y repisas alguna infusión que me pudiera agradar.

-Me contento con agua -le dije.

Conversamos durante un buen rato, hasta que sentí que sería bueno que me despidiera. Pero entonces me ofreció diversos tipos de pan negro alemán y una variedad muy rica de quesos, y me animé a quedarme y a compartir una botella de vino tinto con ella. Interiormente me preparé para una velada anodina.

Me contó que era una mujer feliz, aunque un poco preocupada por su salud porque fumaba demasiado.

-No te preocupes. Recuerdo perfectamente tu aversión al humo de los cigarrillos – me dijo, anticipándose a los acontecimientos-. No acostumbro a fumar en casa.

Se ganaba la vida como empleada de una empresa muy conocida, muy lejos de sus primeras inclinaciones profesionales. Nada especial. Lo especial eran sus inquietudes artísticas.

La vida no le sonreía como a aquellos cuya única preocupación diaria consiste en cómo gastar su dinero o dónde hacerlo. En cambio, vivía holgadamente, tenía lo que necesitaba y algo imposible de comprar, y que para ella era como una especial y abultada cuenta bancaria: sus sueños.

Me contó que todavía pensaba en instalarse en Italia o España y poner un negocio, una panadería alemana. Lo dijo en serio. Me habló de lo que necesitaba, lo que había ahorrado, las inversiones y esas cosas.

-Formentera sería ideal, ¿sabes? ¿Y tú? –me preguntó, casi como quien inquiere por el tiempo en Buenos Aires o Lima-. ¿Le sigues dando a la poesía?

Asentí, sonrojándome un poco.

Sabía que luego vendría la pregunta inevitable. Antes le conté que me ganaba la vida haciendo traducciones, como profesor de español y, eventualmente, como intérprete para la policía. No trataba de distraerla del tema, pero la pregunta igual llegó.

-¿Y? ¿Ya publicaste?

-Sabes que escribo por escribir. Lo hago porque quiero y me gusta. Alguna vez me llegará el momento de plantearme publicar algo. No lo sé. Es algo que no está dentro de mis preocupaciones. Por ahora me interesa solo escribir y le doy duro. Es un poco absurdo y tal vez raro, pero es así.

-Pero deberías hacerlo –me replicó ella, como quien llama la atención a un chiquillo por alguna travesura-. Eres un tonto. Siempre lo fuiste, ¿sabes?

Me sonrojé aún más, sin saber qué decir. Por lo menos, conocía este tipo de situaciones. Las había vivido con todos los padres de todas mis novias.

-Se te veía desde lejos que eras un tontolín, Jorschen, ¿sabes?. Fácil de manipular como hombre –agregó, un tanto sibilinamente-. ¿Hijos?

Le quise decir que tenía una hija con una figura de la televisión que todos conocían, pero decidí darle solo la primera información. La madre de mi hija es mucho más joven que yo y muy bella. Mucha gente no me lo cree cuando se lo cuento.

-¿Matrimonio? ¿Casado, tú? -se rió, con fuerza-. ¿Qué mujer se ha atrevido a casarse con un poeta clandestino, desconocido e incomprendido?

-No he llegado tan lejos –sonreí, más tontamente, aún, aliviado de haber pasado a otros temas y sin contarle que en realidad habíamos estado a punto de casarnos, pero que ahora vivíamos separados.

-Ah, Jorschen Digah –dijo ella-, Jorschen Digah. Estabas predestinado a terminar soltero, ¿sabes? Casi como yo. Solo que yo he aprovechado bien mi vida amorosa. Nunca te podías decidir por ninguna. Ese era tu problema. Las podías haber tenido a tus pies pero no te dabas cuenta de nada. Un tontolín, ya te digo. Altamente manipulable, encima.

Nos pasamos una eternidad conversando así. Habría podido hablarle de muchas más cosas. De la vida, de las derrotas y los fracasos. De las esperanzas y las decepciones. Pero ya habíamos bebido bastante y en un momento determinado, ella se levantó y anunció solemnemente que se había propuesto acostarse muy temprano, ignorando por completo que estábamos en lo mejor de la charla.

-Mañana tengo un día especialmente largo, Jorschen –dijo, tocándose la cabeza con las dos manos, estirando su cuerpo y dejando ver su delineada silueta-. Te llamo un taxi, espera.

Recordé las tardes, las noches y las mañanas con ella después del sexo. Momentos en los que cada uno se veía obligado a seguir la inercia boba de los movimientos, como si no fuéramos nosotros mismos los verdaderos responsables de ellos.

Recordé esa especie de teatro japonés al que recurríamos por no saber cómo mirarnos. Ni siquiera cómo tratarnos o cómo pararnos el uno frente al otro después del amor. Cada uno había obtenido lo suyo, sí. La siguiente semana sería otro su compañero de cama. Y lo mismo valdría para mí.

Recordé sus piernas jugosas. Recordé esa especie de vacío absorbente que sobrevenía a nuestros abrazos más íntimos, dejándonos como perros cansados, sudorosos y descerebrados en medio del desierto.

El vacío inefable e insoportable que sucedía al coito de dos personas que no se querían, pero que se necesitaban lo suficiente como para desplegar todo un teatro y actuación necesarios para llegar hasta ese momento. A la punta de la montaña. Para encontrarse después con que no se había avanzado, en realidad, mucho. Nada especial, a pesar de la cumbre. Por alta e intensa que esta hubiera sido.

-¿Sabes? –me dijo, interrumpiendo mis pensamientos-. Hoy es mi día de suerte. Necesitaba a alguien con quien charlar y tú me has caído del cielo.

No acababa de completar la frase, cuando sonó el timbre.

-El taxi –dijo ella.

-Sí, el taxi –repetí yo, cogiendo mi maletín e irguiéndome para despedirme.

 

HjorgeV

Colonia, 29-10-2007

BORRACHO Y PUNTO, Y LIBRE

Revuelo el que han causado los jueces españoles en este asunto de la joven ecuatoriana cobardemente agredida, humillada, vejada y manoseada en un metro de Barcelona por un hombre.

El agresor no tiene que ingresar a prisión y muchos jueces entrevistados lo consideran ‘justo’ así.

Es decir, ‘de acuerdo a las leyes’.

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Ellos se escudan en que solo se dedican a aplicar la ley y en este caso la ley es insuficiente. Lo dice así una magistrada de una audiencia provincial, con muchos años de experiencia penal y que ha preferido permanecer en el anonimato. Cito a El País:

“En general, este tipo de agresiones, aunque producen mucha alarma social, están muy mal protegidas jurídicamente [sic]. Si se consigue demostrar que tras los golpes la víctima tuvo que ser tratada de alguna lesión física o psíquica y se comprueba que existieron los motivos racistas, la pena máxima sería de tres años. No se trata de un delito de mucha entidad”.

Habla claramente.

Lo repito: no se trata de un delito de mucha entidad.

Pero, es así, no porque ella lo diga o le parezca así.

Lo es, simplemente, porque –ella misma lo afirma al comienzo- los agredidos en este tipo de casos (no las agresiones, como mal se expresa la magistrada), no están protegidos jurídicamente.

Como soy una persona que ve en la cobardía humana –generalmente machista– el origen de muchas de nuestras desgracias y deficiencias sociales, no puedo dejar de relacionar esta agresión, vejación y humillación a una mujer, con la violencia doméstica y machista.

¿QUÉ TIENE QUE VER ESTO CON LA VIOLENCIA DOMÉSTICA?

Veo en este asunto otro problema que no se ha mencionado –todavía, espero- en esta discusión. Me explico.

España, los españoles, se quejan –con alta y justificada razón- de la ominosa violencia doméstica o de género.

Sin embargo -aquí ya se ve-, delitos de este tipo o parecidos no están cubiertos jurídicamente.

Los asesinatos de mujeres por causa directa de sus pareja se siguen sucediendo, pero con esto ya vemos una de las razones del por qué, muchas de las medidas tomadas además de las campañas de concienciación ciudadana, no parecen funcionar ni cundir especialmente.

Los agresores están protegidos jurídicamente.

Es al revés, claro. Pero el efecto es el mismo: las agredidas y los agredidos están desprotegidos jurídicamente.

Todo el mundo sabe o se puede imaginar que el argumento de las historias de violencia doméstica que terminan en asesinatos, no se construye en unos días.

No es así, pues, que una pareja lleve viviendo y conviviendo años y que el día menos esperado o pensado, el marido o novio enloquece y mata a su esposa o novia.

No.

Se trata de un proceso.

Un proceso que se inicia –me imagino- muy sutilmente.

Primero una agresión verbal, que será perdonada. Luego una, acompañada de una ligera agresión física a la que sucederá el perdón. Luego, más humillaciones y otro tipo de vejaciones, que también se podrán llegar a perdonar. Y así va creciendo la espiral de la violencia doméstica hasta lo insoportable.

Cuando la víctima desea salirse de esa espiral de dominación machista, abusos verbales, agresiones físicas, dependencia económica –por lo general- y el inútil uso del perdón y la comprensión por su parte, ¿qué le queda?

La ley le obliga, pues, a la víctima, demostrar que tras la agresión tuvo que haber sido tratada “de alguna lesión física o psíquica”.

Es decir, la ley se lo pone duro y difícil a la víctima. (Casi como: “Si no hubo tratamiento, curación o terapia, entonces, no hubo agresión”.)

Y no al agresor.

Como eso de demostrar que existe alguna lesión física o psíquica requiere no solo recurrir al profesional –médico o psicólogo- pertinente, sino, también, realizar una serie de trámites desconocidos, a las víctimas de la casi siempre brutal pero a la vez sutil práctica de la violencia doméstica o de género, se les abre un camino tortuoso más a recorrer.

Un camino más, porque la mujer que es víctima de los abusos de su marido, no solo tiene que soportarlo, tiene también que ver por su futuro y por el de sus hijos. Además, tiene que enfrentarse con el asunto de la separación, lo que conlleva automáticamente a tener que pensar en iniciar una nueva vida con todo lo que eso puede significar para una mujer en una sociedad todavía altamente machista.

O sea, esa mujer no solo es víctima del marido, novio o conviviente, lo es también de una larga lista de circunstancias sociales que esa violencia (impune) trae consigo y que apenas se combaten. Como en este caso.

JURISPRUDENCIA E IMPUNIDAD

No es fácil tratar un tema como el de la jovencita agredida y vejada en el metro de Barcelona por un energúmeno.

No lo es, cuando lo que está en juego no es la simple decisión de los jueces de dejar en libertad con cargos al agresor. Aunque eso pueda despertar más o menos estupor en ciertas personas, como es mi caso particular.

Está en juego algo más grave y peligroso.

(Hay gente que piensa que uno debe estar con su país, sus gobernantes y sus jueces ‘en todas’. Existe, incluso, un necio dicho inglés que reza:

“Right or wrong, my country”

Si todos pensaran nefastamente así, hoy no sabríamos qué es o fue la Revolución Francesa, o nos gobernaría un tal Adolfo.) (Ahora me suena hasta a hitlerista o hitleriano este dicho.)

¿Existe ya tanto racismo y xenofobia en la sociedad española, que empiezan a salirse por las costuras –cohesivas- de esa sociedad, y de tal manera que a mucha gente le parezca normal que un delito así quede impune?

A mí me parece que es el caso.

Lo demuestra la actitud de los jueces, personas, justamente, a las que nadie podría acusar de racismo, xenofobia o falta de objetividad.

Lo demuestran los numerosos comentarios que se pueden leer en el mismo artículo de El País, tratando de justificar la agresión con los problemas que acompañan toda migración. (Hay de todo, claro.)

Lo digo por lo que he visto y he vivido en mis numerosas visitas a España.

No estoy hablando del racismo abierto, descarado y desvergonzado, propio de neonazis y otros grupos ultras. Que también debe existir. 

Ni estoy involucrando con esto a todos los españoles. Faltaría más.

Me refiero al racismo latente: ese que podríamos llamar subliminal, porque no está escrito, no está en las letras, es decir, no es abierto ni patente, o no se ve, aparentemente, pero está allí y muy bien funcionando. En la forma en que se malmira y se maltrata sutilmente al extranjero que no es rico ni blanco, aunque llegue solo a ganarse el pan humildemente y haga los trabajos que los aborígenes españoles no quieren ya hacer.

(La gran paradoja es que todos venimos de África.)

Si los jueces consideran que este delito de agresión debe quedar impune y apenas gravado con un par de medidas francamente ridículas (considerando la trascendencia y las verdaderas dimensiones sociales y humanas del hecho ocurrido, todas son muy sencillas de cumplir: obligación de comparecer dos veces al día en la comisaría, prohibición de acercarse a menos de mil metros de la víctima, usar la línea de tren en que se produjo la agresión y de salir de su municipio sin permiso del juez), es que el racismo y la xenofobia –es mi opinión- ya se coló imperceptiblemente también en el aparato judicial.

Cuando la sensibilidad de los jueces es tal que no se ve afectada por este escándalo (el solo hecho de que el tipo la molestara -era una desconocida para él- y le tocara el pecho contra su voluntad y haciendo uso de la fuerza, debería ser una falta grave en mi opinión), es que algo anda muy mal en muchos estratos de la sociedad española.

(¿Se imagina alguien, qué podría ocurrir si esto le sucediera a una ministra, diplomática, presidenta, ‘reina’, ‘princesa’ o jueza? ¿Alguien podría afirmar que, entonces, también, los jueces mostrarían la misma lenidad?)

Hay varios ejemplos verdaderamente graves de esto.

Baste solo el del congoleño Miwa Buene Monake, quien, después de haber recibido una paliza que lo dejó tetrapléjico, condenado a vivir en una silla de ruedas y dependiente de ayuda física, hace ocho meses, reclama que su agresor, el español Roberto Alonso de Varga, siga libre.

Muchos opinan que hay que saber atenerse a las leyes.

Esto es cierto.

Pero también es cierto que las leyes en ninguna época de la historia, en ninguna sociedad de ninguna parte del mundo, pueden ponerse en todos los casos.

La ley es humana, y, por tanto, inherentemente defectuosa. Está hecha por simples personas profesionales de su campo que también cometen errores como todos y –lo que es más gravitante aquí- que serían incapaces de construir un aparato legal que pudiera cubrir todas las incidencias posibles y penalizables, presentes y futuras, de una sociedad.

Eso sería imposible.

La ley, lo sabemos todos, no puede contemplar todos los casos posibles ni aquellos que no existían al momento de crearse.

Lo vemos en el caso de la criminalidad por la Red, por ejemplo.

Entonces, considero que lo grave es que estos jueces hayan olvidado –nadie sabe por qué, siendo su profesión- que para eso existe un término muy valioso en estos casos: el de la JURISPRUDENCIA.

Pero, para que exista jurisprudencia, es decir, para poder basarse no solo en lo que dice la letra de la ley sino también en el estudio minucioso de fallos precedentes y en su interpretación, alguien tiene que empezar dictando esos fallos fundacionales.

De no existir éstos, fundacionales o primeros, simplemente no existiría la definición de jurisprudencia, porque no habría fallos precedentes en los que apoyarse.

De paso, la administración de justicia consistiría en una mera aplicación ciega, rígida y muchas veces absurda, de leyes que alguna vez se crearon con más o menos buena fe.

Porque si la sociedad y las relaciones sociales evolucionan (y las leyes no se pueden estar cambiando a diario para acompañar a esa evolución), entonces está claro que entonces tiene que evolucionar la aplicación de esas leyes con esa sociedad.

Algo que a estos jueces –parece- no se les ha ocurrido contemplar.

(También olvidando que su función no solo es la de administrar justicia, sino también la de administrarla de tal manera que sirva para los intereses de la sociedad que hace posible su función y los alimenta bien: el respeto mutuo, por lo menos el físico, debe ser una de las bases de la convivencia de cualquier sociedad vista como un conjunto de seres humanos necesariamente interactuantes.)

Grave decía, porque con su decisión, muchos podrán ahora entender que se está lanzando el siguiente mensaje:

Se puede vejar a todas las zorras inmigrantes; patearlas, intimidarlas, tocarles el pecho, insultarlas y humillarlas. No pasará nada. Los jueces y las leyes españolas lo respaldarán.

Esto tiene un nombre feroz y feraz (porque es muy fértil y se puede multiplicar), para este caso lleno de tanta simbología social e histórica: IMPUNIDAD.

Permítanme levantarme de mi asiento y aplaudir a estos jueces.

(Al agresor le ha funcionado argumentar eso de “Iba borracho y punto”, como a muchos irresponsables del volante.)

Iustitia es -o debería ser- ciega. Sí.

Pero, justamente por eso mismo, no deberíamos estarle poniendo zancadillas de secano sino ayudarle a cruzar la calle del progreso civilizado.

HjorgeV

Sinthern-Pulheim, 28-10-2007

NAVEGANTES Y RESACAS (poesía)

Acostarse/

Cerrar los ojos pensando/ que

Vives flotando sobre

Un océano/

Y no sabes dónde/ te

Va a volver a golpear/

La Luz

Del Día

En el rostro/ pleno

 

Sientes dos/ seres/ en ti

 

Uno es un infante

Que no/ quisiera abandonar los

Límites de/ la

La corta/ piscina de sus juegos/

El bamboleo en el agua/

Lo que sabe, conoce y/ goza

 Al alcance de sus/ manos

O de/ un simple chapuzón

 

El otro es el joven adolescente/

Intrépido/

Que mira/ toda Lejanía con

Nostalgia/

Y que no tiene/ miedo al mañana

Comprendiendo/ que navegar

Al garete

Forma/ parte

Inseparable/ de

Su sangre

 

Amanece:

 

El niño/ duerme/

El joven/ adolescente ha/

Bebido/ demasiado

La noche/ anterior

 

El adulto se/ toma la cabeza entre las dos

Manos/

Inútilmente/

Y todo sigue/ dando

Vueltas como/ en una

Barca/ a la deriva:

 

Como la/ existencia reunida

En una/ única noche

Sobre/ el/ inmenso/ océano azul ///////////////

 

HjorgeV

27-10-2007

PIYAMADAS Y GUERRAS DE ALMOHADAS

(Ayer me atreví a afirmar, sobre el caso de la joven ecuatoriana agredida por un energúmeno en un tren de Barcelona, lo siguiente:

“Se trata del acto de un tipo medio desquiciado, ignorante y que vive casi al margen de la ley.”

Esto ha quedado casi completamente confirmado hoy por El País.)

PIYAMADAS Y GUERRAS DE ALMOHADAS

kissenschlacht.jpg

 

Nuestra hija mayor -cumplirá 13 años en diciembre- ha recibido la siguiente invitación de una amiga de su clase:

PYJAMA TIME!!!!!

 

Querida M.L.:

 

¿Tendrías ganas de pasar una noche en mi casa celebrando mi cumpleaños el 03.11.2007?

 

La fiesta empezará a las 17:00 horas y terminará a las 11:30 del día siguiente. En caso de que puedas asistir, deberás traer lo siguiente: esterilla aislante, bolsa de dormir y una linterna.

 

¡¡¡Avísame si puedes!!!

 

Tel. 02238-833066

 

H*D*L

He copiado -y traducido- aquí la invitación recibida, porque ha causado conmoción y revuelo entre varios padres de familia.

¿El motivo?

A esa fiesta de celebración del cumpleaños de una muchachita compañera de clase de mi hija, también han sido invitadas otras personas a pasar la noche con las chicas.

¡Tres o cuatro muchachitos del mismo salón de clase!

No sé si todos saben lo que es un o una piyama party. (Voy a permitirme usar piyamada aquí.)

Escuché la expresión por primera vez en la época del colegio. Unas chicas querían hacer una piyamada. Como solo se trataba de cosas de chicas, no me llamó demasiado la atención entonces.

Pero detengámonos un momento aquí para hacer algunas aclaraciones y consideraciones idiomáticas.

Piyama, escrito y pronunciado así, como lo conozco de mi país (pijama en España), es una palabra de origen hindú, del idioma Urdu concretamente, पजामा, Pajāmā; término que a su vez procede del persa پايجامه.

Pajama significa etimológicamente: ‘vestido de las piernas’. Es decir prenda de vestir para cubrir las piernas.

El piyama, prenda de vestir adoptada por los ingleses de sus colonias de la India, designa la prenda para dormir, compuesta de pantalón y chaqueta especialmente holgados y hechos, por lo general, de tela ligera y agradable al tacto.

La Real Academia lo define así:

piyama.

1. m. pijama. En algunos lugares de América, u. t. c. f.

pijama.

(Del ingl. pyjamas, este del hindi pā[e]ǧāma, y este del persa pā[y]ǧāme, prenda de pierna).

1. m. Prenda para dormir, generalmente compuesta de pantalón y chaqueta de tela ligera. En algunos lugares de América, u. t. c. f.

En inglés, curiosamente, conviven dos formas: pajama y pyjama. Así como dos pronunciaciones.

Sin embargo, al parecer, ninguna de ellas es obligatoria para designar lo que en el mundo angloparlante también se conoce como sleepover o slumber party. Prueba de ello es el título de una película bastante reciente dirigida a públicos adolescentes: Sleepover (2004).

La historia del piyama, por más que ahora nos parezca una prenda de uso obvio o sobreentendido, además de necesaria e indispensable para pasar la noche, tiene sus cosas interesantes.

(Debo mencionar aquí, que no es raro el caso en este país -Alemania- de gente que prefiere dormir completamente desnuda. Creo que está demás decir que no lo he leído en ninguna parte.)

Habiendo salido de la India y llegado a Europa –y el resto del mundo- a finales del siglo XVIII, el piyama fue inicialmente objeto de burlas. Venía a enfrentarse al camisón de dormir, prenda conocida y usada sobre todo en Europa, especialmente en las zonas urbanas.

Éste significaba un gran alivio especialmente para la gente que todo el día debía vestir prendas encorsetadas –especialmente en la cintura-, plenas de adornos, encopetadas y poco cómodas. El camisón o camisa de dormir sería lo que hoy en día se conoce como camiseta, pero con mangas largas, botones o broches frontales y extensa hasta los tobillos.

Esta es la prenda para dormir que se usó durante siglos en Europa y muchos países del mundo. Se trataba, simplemente, de estar cómodo y abrigado.

Hasta que llegó el piyama.

Se dice que fue una prenda exclusivamente masculina hasta 1890 y que después de la Primera Guerra Mundial fue finalmente ‘aceptada en sociedad’ y por ambos sexos.

Lo que yo llamo piyamada, es decir la ‘fiesta en piyamas’ –de pyjama party no consiste en otra cosa que pasar la noche juntos, normalmente en una sola habitación, jugar, divertirse y quedarse despiertos hasta las quinientas.

Por lo general, y de acuerdo a lo que hemos vivido aquí en casa numerosas veces –sobre todo con motivo de algún cumpleaños, pero no necesariamente por ello-, los invitados empiezan a caer al terminar la tarde, cenan en grupo, ven algún programa televisivo o una película juntos, se preparan para dormir a eso de las diez de la noche, y no se duermen hasta las dos o tres de la mañana, después de haber realizado una serie de juegos de salón (u otros) y haber estado simplemente divirtiéndose y tonteando para evitar dormir.

(No faltan, por supuesto, las memorables guerras de almohadas ni las bromas de mal gusto para asustar a alguien.)

Lo más ‘bonito’ suele ser al día siguiente, cuando los invitados y anfitriones deben levantarse y dejar el cuarto ordenado, desayunar y prepararse para partir.

Curiosamente, como ya lo apunté, en los países donde la piyamada tiene más difusión –EEUU, Inglaterra y Australia- recibe otro nombre, si hay que creerle a la Wikipedia.

(Parece que en Francia se usa la expresión soirée pyjama para lo mismo.)

En esa misma fuente me he encontrado con que en el Reino Unido suele llamarse crash a ese tipo de fiestas para quedarse a dormir, cuando se trata solo de jovencitos. Lo cual sería una mejor definición de lo que realmente sucede, porque crash bien puede ser traducido por escándalo, follón o jaleo.

Lo digo por experiencia. Se celebran varias piyamadas al año en casa.

La que más me gustó durante mucho tiempo fue la que celebrábamos con ocasión de Noche Vieja con uno de mis hermanos, sus tres hijos, los tres nuestros de entonces (ahora son cuatro) y nosotros.

La casa se convertía entonces en una especie de parque y casino infantil en el que más o menos valía todo hasta el día siguiente. Sobre todo en lo relativo al desorden. Nos pasábamos el día acompañando a los chicos en sus juegos, salíamos a pasear, cenábamos en la noche y esperábamos las doce -el nuevo año calendario- jugando algún juego de salón entre los ocho.

A medianoche empezaba el ritual que mi hermano más adoraba y que yo sigo detestando: los fuegos artificiales anunciando el Año Nuevo.

Verlos es muy bonito, pero estar pendiente de que no le vaya a caer ningún cohete en el ojo a ninguno de los niños en eso de estar encendiéndoles la mecha sobre su inseguro lugar dentro de una botella, es algo que sigo sin preferir. Y hay que ver el dinero que se gasta Alemania en fuegos artificiales cada año. Se ha convertido casi en un deporte nacional en Noche Vieja, al recibir el Año Nuevo.

(El sindicato de la Industria Pirotécnica alemana calcula en más de 100 millones de euros lo que se gasta en este país solo con ese fin. 42% de los menores de 29 años gastan un promedio de 25 euros en cohetes, rascapiés o buscapiés, voladores, palomas y palomitas, luces de bengala, ruedas de fuego, tracas, petardos y demás.)

Después veíamos una película de esas para desternillarse hasta no poder más. Era divertidísimo, eso de portarse como niño, rodeado -justamente- de niños.

En esta ocasión, la chica que cumple años desea invitar también a un par de chicos de su clase (todos tienen por lo menos 12 años de edad) para pasar la noche juntos.

-¿Tú no tienes nada en contra? –me preguntó ayer mi esposa.

-¿Por qué tendría que tenerlo? –le repliqué.

-Porque hay un par de madres y padres que se oponen a la idea.

Me quedé boquiabierto.

-¿Tus compatriotas alemanes ahora han resultado púdicos y malpensados? -le dije.

-Tu hija de 13 años ya mide casi un metro setenta y cinco -me respondió.

No supe qué contestarle.

HjorgeV

Sinthern-Pulheim, 25-10-2007

BORRACHO Y PUNTO

Lo dijo un político alemán del Partido de los Verdes no hace mucho, muy indignado, por cierto:

“Nos rompemos el cuello para declarar que nos interesa el desarrollo del Tercer Mundo, pero no tenemos escrúpulos cuando se trata de arrebatarle a sus más destacados profesionales y su mejor y más joven mano de obra”.

emigrantes-espanoles.jpg

 

Se refería a un proyecto de ley alemán que propugnaba la creación de una especie de Green Card para ciudadanos extranjeros –básicamente especialistas informáticos de la India- interesados en trabajar en Alemania.

(Propongo un nombre: la German Card, que ya a más de uno tiene que habérsele ocurrido.)

Este caso particular me vino a la memoria, cuando me vi confrontado con el triste caso de la muchachita ecuatoriana que fue atacada por un cobarde la semana pasada en un tren de Barcelona.

El hombre fue detenido pocas horas después, dejando una cosa bien clara: la policía española supo reaccionar en la medida adecuada en este caso.

Me acordé, entonces, de lo que escribí ayer aquí, que Europa debería agradecer que los inmigrantes que llegan, lo hacen tratando de buscarse simple y llanamente un destino mejor, trabajando para ello, y no a ‘desquitársela’ por los años de expolio, esclavismo y abusos sufridos por sus antepasados en las antiguas colonias europeas.

(Que también llegan sujetos indeseables con las migraciones está de más decirlo, tanto como creer que si no llegaran esos sujetos no existiría la delincuencia en este continente.)

El video lo muestra: una tranquila y discreta muchachita sentada en un tren de Barcelona.

Esa es la otra cara, pues, de la inmigración: la llamada fuga de talentos y de la mejor mano de obra de los países del Tercer Mundo. Encima, les cae palo (patadas y golpes, en este caso) por hacerle un gran favor recíproco al país al que llegan: al fin y al cabo, eso es lo que también dicen las estadísticas económicas.

Eso es el racismo y la xenofobia.

Mostrar un rechazo visceral, puramente visceral, contra quien no tiene tu mismo color de piel ni tu procedencia.

Lo paradójico es que el asunto no es del todo transparente. Las mismas personas que afirman despreciar ciertos grupos étnicos, se sirven y se han servido de ellos en determinados campos y actividades.

Allí tienen para no ir muy lejos, la música latina que se escucha a lo largo y ancho de España y los jugadores de origen africano que aplauden los españoles cada fin de semana en los estadios y frente al televisor.

Los esclavos africanos eran para los imperios coloniales europeos y para los usamericanos seres de ‘menor categoría’, pero qué bien que los hacían trabajar para ellos. A cambio de pan, agua y látigos.

Tan mala no tenía que ser esa ‘categoría’, entonces, para dejarlos hacer los trabajos más duros y ruines.

El caso de España es especial, me digo, porque ese país soporta varias olas migratorias actualmente.

Por una parte tiene la de Europa Occidental y del Este, ésta última debido principalmente a la ampliación de la Unión Europea. Luego tiene el contingente de africanos que llegan desesperadamente por vía marítima. Y los latinoamericanos, que constituyen la tercera parte de todos sus inmigrantes. (Los asiáticos y gente de otras nacionalidades, los dejamos de lado, por ahora.)

Según el censo del INE, Instituto Nacional de Estadísticas, de 2007, el 9,93% de la población de España es de nacionalidad extranjera.

Es decir, más o menos uno de cada diez no es español en ese país ibérico. El mayor grupo inmigrante lo forman los europeos con 38,81%.

36,21% del total de inmigrantes son de origen latinoamericano.

21,06% son de Europa Occidental.

17,75% de Europa del Este.

14,83% de África del Norte.

4,12% de África subsahariana.

Las nacionalidades más comunes son la marroquí, la rumana, la ecuatoriana, la británica y la colombiana.

Esto es curiosísimo, porque las nacionalidades relacionadas –las de México y Perú- con los dos virreinatos españoles más importantes –el Virreinato de Nueva España y el Virreinato del Perú-, apenas están representadas en la inmigración española en comparación con las demás.

De ese total de 36,21% de inmigrantes de Latinoamércia, solo el 2,31% lo conforman mis compatriotas peruanos. Y los mexicanos no figuran, prácticamente, en las estadísticas. Prefieren irse al país del norte, debe ser por eso.

A esto hay que agregar que el número de inmigrantes latinoamericanos es, en realidad, mayor. Muchos de ellos conservan la nacionalidad de sus padres y abuelos, pudiendo, además, recibir ayuda estatal para establecerse, por tratarse de un caso especial de ‘retorno’.

Por otra parte, los latinoamericanos inmigrantes tienen más facilidad para nacionalizarse –solo el idioma común ya es una ventaja para ellos- y adquirir el pasaporte español, dejando de figurar así en las estadísticas migratorias.

Finalmente, el alto porcentaje de italianos censados en España (cerca de 120.00, el 2,79% del total) corresponde, en su gran mayoría, a descendientes de italianos procedentes de Uruguay, Argentina y Chile.

Con todo esto, se tiene un potaje muy interesante, pero a la vez fuente de muchas rivalidades, absurdas y tontas la mayoría de ellas.

Por otra parte, si el idioma resulta inicialmente una ventaja para un inmigrante latinoamericano, después es el que permite entender las quejas y los insultos de los españoles xenófobos y racistas, como en este caso. Los británicos y alemanes que viven en España, apenas se enteran de lo que hablan de ellos, por ejemplo. Y lo mismo vale para los ciudadanos de otros países que aún no dominan el idioma.

(Aquí tienen el otro lado absurdo de la construcción xenofobia/racismo/ventajismo: cuando los inmigrantes son ‘blancos’ y pudientes ya no molestan, y apenas se nota.)

Pero volvamos al caso que nos ocupa. El agresor de la joven ecuatoriana, por ejemplo, sabía que ella le estaba entendiendo todos sus insultos.

Sergi Xavier M.M. ha dicho a los medios de comunicación:

“Se me ha ido la olla, pero mucho”.

Desconozco, lamentablemente esta expresión y no me puedo imaginar qué pueda significar concretamente, salvo que es equivalente a que ‘se le fue la mano’. En el diccionario de la Real Academia no figura ese uso. (¿’Se me ha quemado la olla’, será lo más próximo.? Porque, ¿cómo será eso de que una olla se le va a uno? A mí, que me gusta cocinar, no se me ocurre mucho.)

Me llaman la atención, eso sí, dos cosas.

La primera. El País usa dos nombres para referirse al agresor. Por un lado Sergi y, por otro, seguramente castellanizado ya el nombre, Sergio.

La segunda. El diario protege su identidad. ¿Por qué?

(Esta deficiencia ya ha sido corregida.)

Pero sigamos. En otra parte de su declaración, publicada por El País, el ‘valiente’ agresor agrega:

“Iba borracho y punto”.

Creo que esta declaración sirve para aliviar en un sentido: se trata de un pobre y triste individuo, del cual ya se tenían noticias por ciertos antecedentes policiales. En el video que acompaña a la siguiente nota, se puede ver que sigue con sus poses de fanfarrón y matón de pueblo frente a los periodistas.

La muchacha ecuatoriana, por su parte, afirma:

“Borracho no estaba”.

Sospecho que la muchacha no miente y que Sergi Xavier Martín Martínez estaba bajo los efectos de alguna otra droga. Por la forma de levantar la pierna para patearle la cara y teniendo en cuenta que seguía telefoneando estando el tren en movimiento, es muy difícil creer que no esté mintiendo al decir que “iba borracho y punto”.

Debe mentir para evitarse más conflictos, por cuestiones de drogas (ilegales), con la policía.

Lo que quiero decir, es que parece ser que esta agresión racista y xenófoba no representa todo un movimiento organizado de personas, como los neonazis aquí en Alemania. Se trata del acto de un tipo medio desquiciado, ignorante y que vive casi al margen de la ley.

Sin embargo, eso no deja de preocupar.

Veremos cómo reacciona la justicia española ante este grave caso ciudadano.

Por lo pronto, la policía española, repito, ha cumplido a cabalidad sus funciones por las que recibe dinero de todos los contribuyentes. Eso hay que elogiarlo sin cortapisas.

Para mí, personalmente, este funesto suceso es más grave que una simple caricatura de la familia coronaria española, familia que, en caso de dejar de percibir los 8 millones de euros que recibe anualmente –vaya a saber uno para gastarlos cómo-, no tendría seguramente ningún problema para sobrevivir. Y bien.

Los comentarios que adornan la noticia correspondiente ya están mostrando el rostro nervioso de esa parte de España que cree que las migraciones se pueden detener y que los españoles nunca emigraron a otros países.

Fuera por simple lucro o necesidad.

La memoria histórica, es lo que quería decir ayer, también, es uno de los cursos no escolares más duros con el que se tienen que enfrentar muchas sociedades en el mundo.

Muchos españoles olvidan –o ignoran- que, desde que Colón llegó a América, millones de españoles han partido hacia tierras latinoamericanas. E, inicialmente, no precisamente a trabajar, como todos sabemos.

 

Los principales países receptores en épocas más modernas han sido, tradicionalmente, Argentina, México, Brasil y Cuba.

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Desde 1830 hasta 1914 millones de españoles estuvieron involucrados en la emigración como temporeros a Francia: como mano de obra barata para las tareas agrícolas.

Después de la Segunda Guerra Mundial, un par de millones de españoles partieron masivamente a Francia, Suiza y Alemania a buscarse un futuro digno. Muchos regresaron para volver a instalarse en su país con lo ahorrado en el extranjero.

¿Y qué decir de la migración española al norte de África y la misma migración del campo español a las ciudades?

Como ya se ve, muchos tienen memoria histórica solo para lo que les conviene. Si es que la tienen.

¿Tan difícil es entender que es mejor darnos la mano todos?

HjorgeV

Sinthern-Pulheim, 24-10-2007

HABLANDO DEL REY DE ROMA…

Apenas ha empezado la semana, y mi Lector Atento ya se ha tropezado con tres noticias o artículos que le han llamado poderosamente la atención y me ha conminado a mencionarlos aquí.

La primera es una que significa un cierto alivio para todos los que le deseamos a este mundo paz, justicia y verdadero progreso.

racismo.jpg

El señor James Watson, contra quien –contra sus tesis- me tomé el trabajo de escribir durante tres días seguidos aquí, se ha retractado.

Cómo son las cosas.

El gran científico que hace apenas una semana afirmaba que el subdesarrollo de África se debía al menor nivel de inteligencia de sus habitantes, ahora dice que él nunca quiso decir nada parecido.

Veámoslo.

La noticia es del sábado, pero, como resulta que este fin de semana no me fue posible recoger El País de la estación de tren más cercana a este pueblucho cercano a Colonia donde vivimos, recién ayer lo pude hacer y hoy me puse a repasar las noticias atrasadas. Entre ellas, la referida a Watson y su retractación.

James Watson se disculpa por sus afirmaciones racistas, se titula la nota de El País.

El asunto es un tanto embrollado, porque si lo que dijo no era cierto, ¿por qué lo dijo?

Por lo menos, se ha retractado públicamente de lo dicho. Lo que ya es bastante.

Muchos han supuesto que es porque no quiere perder su trabajo y porque justo se encuentra en la campaña de promoción de su nuevo libro. Por ahora, ha sido suspendido de su cargo como rector de su instituto, el Cold Spring Harbor Laboratory de Nueva York.

Lo curioso son sus palabras. Textualmente, de la versión de El País:

“Sólo puedo pedir disculpas sin reservas a todos aquellos que hayan inferido de mis palabras que África, como un continente, es de alguna manera genéticamente inferior”

¿Qué se cree este señor, que uno no sabe leer, o qué?

Es que precisamente eso fue lo que dijo en la famosa entrevista que causó conmoción en el mundo entero. Es decir, estaba tan clara su afirmación, que no quedaba nada por inferir.

Estas fueron sus palabras:

“Todas nuestras políticas sociales se basan en el hecho de que su inteligencia [de los africanos] es igual que la nuestra, cuando todas las pruebas indican que realmente no es así”

¿Quedan dudas de lo que afirmo?

Más interesante es aún lo que agrega en su disculpa.

Lo reproduzco con las dos erratas (no etarras, que también, seguramente, lo son: equivocaciones, pero humanas) del mismo artículo de El País.

“No es eso lo que quería decir. Y, lo que es más importantes desde mi punto de vista, no hay una pase científica que sustente esa opinión”

Interesante, anota mi Lector Atento aquí, ver cómo, a pesar de los muchos cambios –progresos- que están ocurriendo en ese importantísimo diario europeo en este momento, los errores de redacción que se producen a diario, no solo llegan a provocar risa sino también lástima últimamente.

Por lo menos en este caso, nadie podrá decir que se trata de un error físico, porque la be ni siquiera es contigua a la pe en el teclado. Opino que se debería invertir en correctores. Los hay digitales, también, y, por lo mismo, llama la atención que esto le suceda a un diario de esa categoría. Pero volvamos a lo nuestro.

Si hace pocos días, Watson dijo que en unos diez años sería posible encontrar las pruebas genéticas correspondientes, ahora resulta que no hay una base científica para ello.

¿No será Watson simplemente un racista oportunista?

Por lo menos, dice mi Lector Atento, ese Loro que vive sobre mi hombro derecho y que se despierta solo para llamarme la atención, si Watson no es racista, ahora lo sabemos, entonces: es un mentiroso.

VALIENTE ATAQUE RACISTA

La otra noticia tiene que ver con lo mismo: la facilidad con la que muchos seres humanos se creen aquello de que existe cierta superioridad de unos grupos étnicos sobre otros.

Basándose en eso y teniendo como ventaja ser mayor que la agredida (él 21, ella 16), estar en su propio país y ser hombre, un sujeto agredió a una jovencita ecuatoriana que viajaba sentada tranquilamente en un tren de Barcelona.

Lo que a mí me produce escalofríos, es la naturalidad con la que el hombre perpetra su agresión. Así, a la vista y paciencia de los demás usuarios del tren presentes.

Para mí, eso indica varias cosas.

Este tipo de actitudes no puede ser casual. Se trata de la expresión de toda una sociedad o de una parte mayoritaria de ella.

Cuando alguien se cree con el absoluto derecho de hacer algo como lo que se puede ver en el siguiente video es que confía, cree, percibe y espera que lo que hace no estará mal visto.

Si no fuera así, lo haría a escondidas, se taparía por lo menos el rostro y huiría. No.

Este tipo se comporta como la gente que sabe que está prohibido arrojar basura a las calles, pero arroja con naturalidad sus colillas y chicles inservibles simplemente a las aceras y pavimentos públicos.

Es normal. Es natural. Está prohibido, pero no pasa nada.

Por lo menos, me permití enviar mi opinión al diario que más leo y admiro, viendo entre los comentarios varios que trataban de desviar la vista hacia otro aspecto de lo ocurrido.

Un ejemplo más de esa mezcla de machismo y racismo que no es otra cosa que alta cobardía y terrorismo puro. Atacar a una menor indefensa, no es otra cosa que ser cobarde. Por otra parte, veo en los comentarios que a algunos ciudadanos españoles les duele mucho esto, pero quisieran verlo borrado del diario de hoy, llegando a atacar incluso a las personas que -presas del pánico- no supieron cómo reaccionar en ese momento. Se tratara de argentinos, argelinos, africanos, españoles o usamericanos. Si la idea es denunciar este tipo de delitos (aparte de alta cobardía constituyen un grave delito civil y terrorista por su significado), en vez de apoyar la acción de denuncia, se dedican a lanzarse contra los que no ayudaron, vaya a saber uno por qué razón. Lo digo con conocimiento de causa. He intervenido aquí en Alemania para ayudar en un caso así en un tranvía, y, si bien, soy de los que no se preguntan en qué clase de peligro podrían meterse al tratar de ayudar, sí he visto el rostro paralizado de los demás al ver que el criminal neonazi sacaba a relucir un cuchillo. A ver si las autoridades españolas se atreven a aplicarle las Leyes Antiterroristas a este imbécil y cobarde delincuente.

Alguna vez me he preguntado si mi periplo inicial europeo pudo haberme llevado a radicar en España.

La verdad, viendo cosas de esta naturaleza, estoy muy feliz de que no haya sido así. No crean que hechos parecidos no ocurren en este país.

Pero la aversión hacia todo latinoamericano que he llegado a sentir en España, no es nada que me desee a diario: cada vez que salga a la calle o tenga que relacionarme con alguien de quien solo me diferencia la mayor o menor antigüedad de nuestras raíces en el suelo que compartimos.

Y eso que todos venimos de África. Alemanes y vascos incluidos. Es un decir.

(Curiosamente, las radios y otros medios de comunicación españoles están plagados de música latina en la Madre Patria.)

Pienso que los españoles y los europeos en general, deberían estar contentos y sentirse maravillados de ver que los descendientes de aquellos a los que sus imperios coloniales alguna vez trataron como perros y esclavos, ahora vuelvan a ‘devolverles’ la migración con la única intención de ganarse el pan y el agua lo más honradamente posible.

Los inmigrantes de hoy, a diferencia de los Pizarros y los Cortés, no traen lanzas, arcabuces ni espadas, ni vienen a llevarse ningún oro, matar ni violar a nadie (no hablo de los casos criminales que siempre existen), ni a imponer un régimen colonial en Europa.

Vienen, por lo general, a limpiar casas, construirlas, limpiar baños, cuidar de ancianos y hacer las tareas más duras en los restaurantes, entre otros oficios.

Lo viví en Madrid el año pasado, ciudad a la que volvía a visitar después de muchos años.

En plena Puerta del Sol, vi como dos muchachitos ecuatorianos –seguramente estudiantes, por su aspecto- se dedicaban a limpiar las vitrinas y escaparates de una tienda.

¡Qué visión para Atahualpa o el mismo Pizarro habría sido esta!

Al cabo de varios siglos, los descendientes no se la venían a cobrar (desquitar), venían a trabajar humildemente como si la historia se hubiera vuelto ciega, sorda y muda para ellos.

No estoy, por supuesto, contra los españoles en general. Menos contra los contemporáneos.

Habría que ser muy malintencionado para ver una inquina antiespañola en lo que digo.

Es más, España es un país que quiero y admiro mucho, entre otras cosas porque de allí proviene mi lengua castellana y la veo como lo que es: el ancestro y la cuna de mi cultura.

Todo ello, empero, no impide que yo sepa leer y que leyendo me haya enterado de lo que hizo España, como Corona Española, con nuestros países un par de siglos atrás.

¿Le guardo rencor por eso? Sería una tontería hacerlo.

Pero, por otra parte, ¿debo analizar las cosas tratando de ignorar la llamada conquista, la llamada colonia (esclavización) y la nefasta herencia que ellas dos han significado y significan para América Latina?

He sido testigo involucrado de la aversión que menciono. Me sucedió en Barcelona, por ejemplo.

Estaba con mi familia en El Corte Inglés y tenía que ir urgentemente al retrete.

Al llegar allí, vi que un hombre, con el aspecto de un profesor universitario, esperaba en la puerta de los servicios higiénicos. Vestía un abrigo oscuro y largo, y llevaba un maletín como el que suelen llevar los profesores que menciono. Eso creía.

Como, en mi apuro, no entendía por qué esperaba él allí en la puerta, sin entrar, para no faltarle el respeto por la razón que fuera, me animé a hacerle una pregunta retórica:

-Disculpe, caballero, ¿usted está esperando para entrar al retrete?

Podía haber sido que solo esperaba a un familiar o amigo, por ejemplo.

-No –me respondió, de muy mala forma, como mofándose-, ¿qué cree?, ¿que estoy viendo televisión? ¿No ve que están limpiando los lavabos?

No era cierto: había una mujer dentro que limpiaba los pisos de los servicios higiénicos, mas no los lavabos, propiamente dichos.

-Solo le he hecho una pregunta lo más civilizadamente posible, caballero –le respondí.

-¿Civilizadamente? –masculló él-, ¿vosotros sudacas vais a venir a hablarme a mí de civilización?

¿Qué creen que le respondí a ese homínido antropoide que se creía un ser humano moderno?

HjorgeV

Sinthern-Pulheim, 23-10-2007

OTRA VEZ PARÍS

La tomé como era.

La miré y traté de descubrir en qué parte de su cuerpo o de su vestimenta había invertido más tiempo. Creía que eso a las mujeres les gustaba, que uno supiera de sus esfuerzos. El poder de observación y el halago juntos de la mano.

¡Cuánto me equivocaba!, sin saberlo.

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Me temblaban las piernas de ese solo atrevimiento, pero ya estaba ahí. Frente a ella.

Guapa de película, como diría –tal vez- un español. Simpática, como diría un peruano. Diosa, quizás, un argentino. Pero ese vaho como a melancolía que impregnaba todo lo que pudiera ella hacer o decir, y que se dejaba traslucir en sus movimientos, era la verdadera y profunda razón por la que yo me había atrevido a hablarle.

De los hombres sé muy poco. De las mujeres menos, a pesar de haberme criado prácticamente solo con ellas. Me fascina la estupidez de las personas en general. También la mía, claro. El egoísmo absurdo en todo nivel, en toda latitud y en toda época. Lo que el hombre se permite con el hombre en nuestra nada presentable historia mundial.

En ese tiempo no sabía, ni había aceptado que lo que llevamos puesto es tan perecedero como en cualquier otro ser vivo. El traje que ahora llevamos es el que después reemplazará temporalmente uno de madera –en el mejor de los casos- y, después, la pura madre tierra.

Busqué lo mejor que sinceramente pude descubrir en su rostro, en sus atuendos o en las cosas que llevaba y se lo quise decir. Pero no pude. No llevaba maquillaje, como la mujer de mis sueños y con la que tantas veces en mi país había soñado. Y no había tenido.

En cambio salió otro tema de mis labios, como si un estúpido –uno aún mayor que yo- hubiera tomado posesión de mi cuerpo. La simple y terrible verdad.

-En realidad, solo me gustaría practicar alemán contigo –le dije.

Es una de las frases más tontas que he dicho en mi vida. Lo sé ahora y lo supe cuando ya había dejado mi cuerpo y era imposible el retorno. Pero también era real y sincera.

-Me muero por conocerte –tendría que haber sido la correcta. Pero somos capaces muy rara vez de ser tan sinceros.

-¡Es el afane más estúpido que he escuchado en mi vida! – me contestó.

Eso no lo dijo ella, claro. Es solo la traducción de lo que dijo en alemán. Pero creo que así se hablaba en mi ciudad en esos tiempos, en la ciudad de la que me separaban escasos diez mil o más kilómetros y un par de meses de distancia real. Afanar. Afanarse a una hembrita, era lo que se decía.

(Curiosamente, acabando de consultar el diccionario me encuentro gloriosamente con lo siguiente:

afanar.

(Der. del ár. hisp. faná, y este del ár. clás. fanā’, extinción o agotamiento por la pasión).

1. tr. vulg. Hurtar, estafar, robar.

2. tr. p. us. Trabajar a alguien, traerle apurado.

3. intr. Entregarse al trabajo con solicitud congojosa. U. m. c. prnl.

4. intr. Hacer diligencias con vehemente anhelo para conseguir algo. U. m. c. prnl.

5. intr. Trabajar corporalmente, como los jornaleros. U. t. c. prnl.

Es decir, en ése mi caso, ¡todas las acepciones y la misma etimología de la palabra coincidían con lo que yo estaba haciendo o me proponía hacer!)

-¿Qué te crees, estúpida? –quise preguntarle.

Le dije algo muy parecido porque ella me respondió:

-¿Y tú quién diablos te crees?

-Nadie. Absolutamente nadie. Solo me gustaría practicar mi alemán contigo. Sé que tienes novio. El asiático ese alto y con sombrero que siempre va contigo. Pero he escuchado en alguna oportunidad que hablas alemán y supuse que serías alemana. Eso es todo. Eres altísima, demasiado para mi gusto; tienes novio, está claro que eres muy guapa. Lo sabes. Está bien. Pero eso no te da derecho a decir esas cosas.

-¿Qué cosas?

-Que quiero levantarte, afanarte o como se diga.

Ella suspiró y luego sonrió. ¿Cómo pueden soportar vivir siendo siempre observadas mujeres tan hermosas como ella?, me pregunté.

Cerré los ojos esperando una bofetada. O esperando que cuando los abriera ya se hubiera ido.

Cerré los ojos para decirme, lo querías hacer y lo has hecho, ahora ponte a caminar. Sigue tu camino. A seguir corriendo por París. Por el mismo París que sigue siendo un gran monstruo desconocido para ti.

El París de dejar morir los atardeceres sentado en el suelo en la plaza del Beaubourg -junto al Centro Pompidou- viendo como todos los diversos grupos de turistas, magrebíes, borrachines y demás, se emborrachan bebiendo alcohol y tú yogur líquido. El París que recién empiezas a entender y no sabes si vas a poder soportarlo.


Desde Lima, la capital del imperio colonial español que Pizarro había fundado sin saber lo que le esperaba climáticamente –y que un par de meses después ya no podía volver a cambiar porque lo acababa de hacer con Jauja, primera capital fundada en medio de los Andes- había llegado yo a París no hacía mucho tiempo atrás.

La Ciudad Luz me había mostrado casi inmediatamente sus garras. Pero ahora, por lo menos, yo ya no tenía miedo de cerrar los ojos.

-¿Me permites que lo piense? –me preguntó ella, substrayéndome de mi semimundo de ensoñación al otro lado de la realidad.

Por un momento no entendí su pregunta. ¿Me la estaba haciendo a mí? ¿Qué tiene que pensarse?, me pregunté.

Pero, para empezar, le sonreí tontamente.

Y asentí, sin atreverme a decir nada más, por un momento.

 

HjorgeV

Sinthern-Pulheim, 22-10-2007

ESTÁN ALLÍ Y DESPUÉS (poesía)

En verdad, no nos diferenciábamos por

mucho.

 

La forma de desear cómo colocar los muebles quizás.

O el sentido que debían tener éstos respecto

a la entrada de la luz en el departamento

que iríamos a compartir.

(No lo llegamos a hacer, que quede claro.)

 

O, también, qué asientos escoger en el cine,

es otro ejemplo.

Yo prefería algún lugar en la parte posterior,

un tanto a la izquierda, pero

no tan alejado del centro, tal vez por esa tendencia

a observar antes que ser observado pero

sin estar demasiado lejos del lugar de los sucesos.

 

A ella le daba igual ese tipo de cosas.

En las películas nos reconocíamos a veces

y discutíamos largas horas por

esta u otra toma o porque los diálogos nunca

parecían estar a la altura de la verdadera

vida.

 

Entonces, yo miraba sus ojos verdes, las líneas

de su rostro perfecto,  la miel casi transparente

de su cabello. Y reconocía

que la belleza, tal como la inteligencia y

la juventud, son cosas que un día caen

del cielo, están allí y después

se van.

Irremediablemente.

 

Curiosamente, la razón por la que me dejó

fue muy trivial. Por lo menos en su apariencia.

Me encontró leyendo notas necrológicas de

desconocidos en el periódico.

Cuando se acercó aún más, acaso para

besarme, vio que en mis ojos empezaba

a asomar una lágrima.

 

No sé qué habría pensado.

Nunca se lo quise preguntar, entre otras cosas

porque no me dio la oportunidad para ello.

Un día cerró la puerta y se fue.

Quiero decir, que se quedó dentro. (Yo fui el que

tuve que volver solo a casa.)

 

Tampoco sé si yo habría terminado explicándoselo

y aprovechado el momento de emoción

para compartir más sexo del bueno.

No lo sé.

 

Tal vez le tendría que haber dicho

que la lectura de esas notas justo

me acababa de hacer

pensar que

la juventud, la inteligencia y la belleza son

cosas que un día caen del cielo y están allí su

tiempo.

Pero después ya no.

Porque todo se va.

Irremediablemente.

 

No sé si me habría entendido o quizás

se habría reído

por eso.

 

HjorgeV

        21-10-2007