Mes: septiembre 2008

LOS PREJUICIOSOS SON SIEMPRE LOS OTROS

En el suplemento dominical de El País del domingo antepasado (21-09-2008), la articulista Rosa Montero, se permitió escribir lo siguiente, transcribo, remarcando la parte final:

“Siempre se ha dicho que este país es especialmente proclive a la envidia, y, aunque me fastidian los estereotipos nacionales (…), la verdad es que la ferocidad con la que nos refocilamos de la desdicha ajena es algo difícil de encontrar en otras sociedades, salvo, quizá, en las latinoamericanas”.

Me quedé pasmado.

¿Una persona española diciendo algo así?, me pregunté.

¿Alguien del país de la mal llamada Fiesta Taurina?

¿Del país cuyos primeros inmigrantes en nuestras tierras latinoamericanas asesinaron y destruyeron culturas enteras por el bendito oro que tanto brilla y cuyos descendientes se quedaron a ‘reinar’ casi tres siglos, aparte de dejarnos la pedagogía de la barbarie, el racismo y cómo lucrar si se tiene el mando y la fuerza (¿qué era sino la Colonia?), gran enseñanza de siglos que aún llevamos como lacra?

Es decir, ¡qué mejor ejemplo de refocilación en la desdicha ajena que el Esclavismo y la Colonia!

Y qué más fácil de encontrar en la historia.

Me pongo a pensar en los numerosos amigos y conocidos españoles que tengo y he tenido aquí en Colonia.

No, no puedo encontrar ninguno que encaje en lo que afirma la articulista.

Tampoco en lo de la envidia.

¿Qué gente frecuentará Montero?

Ojo, cuidado, que a la señora Rosa le “fastidian los estereotipos nacionales”.

Menos mal.

¡No qusiera saber qué habría escrito de gustarles los mismos!

Eso sí, incluyó un salvador “quizá”.

Me quedé, repito, pasmado.

¿Creerá esta señora escritora que las etnias de nuestras sociedades latinoamericanas son portadoras del Gen de la Refocilación en la Desgracia Ajena o qué?

En la Europa de la Era Berlusconi, en la Europa que no puede detener el avance de la derecha xenófoba y populista (¿cuánto le falta para subirse al carro del casino-capitalismo usamericano por completo?), es, con todo, más que una sorpresa encontrarse con aseveraciones de este tipo.

Y en periódicos como El País, además.

Por otra parte, no sé cómo es la sociedad española, a pesar de que visito España a menudo, gracias a vivir en vecinas tierras germanas.

Quiero decir que no es fácil hacer generalizaciones de una sociedad.

Por lo menos no me atrevería a afirmar que la española es una sociedad caracterizada por la ferocidad con que se refocila en la desdicha ajena.

Refocilarse en la desdicha ajena, es regodearse o recrearse en el mal que le sucede a los demás.

¿Quién lo hace, verdaderamente?

(No me refiero a esos programas que tanto fascinan aquí a los alemanes, por ejemplo, y que consisten en mostrar para algarabía de los televidentes -me imagino- cómo los demás se resbalan, caen, se embarran y se golpean en sus videos.)

Tengo un buen ejemplo.

La –perversamente- llamada Fiesta Taurina es uno perfecto de esa refocilación en la desgracia ajena.

Digo ‘perversamente llamada’, porque ya quisiera ver yo qué sucedería, si unos cuantos toros cobardes se dedicaran a espolear, marear y asesinar a un ser humano, mientras otros toros aplauden y se refocilan desde las tribunas, emocionándose, encima.

Pero, ¿gozan todos los españoles con esa tradicional perversión llamada tauromaquia?

¿Gozan los españoles con las penas, cuitas y desgracias de los demás?

No lo creo.

Solo puedo dar fe de lo que conozco, no del ambiente en que nació, ha crecido y frecuenta la señora Montero, puesto que no conozco sus experiencias personales ni familiares.

¿Conoce ella nuestras sociedades latinoamericanas?

¿Las ha visitado, frecuentado o estudiado a menudo?

¿En qué datos, estudios sociológicos o razones se ha basado para hacer tal aseveración que nos colocaría entre las peores de las peores sociedades del planeta?

Ella tiene que saber que en nuestro continente, en Chile concretamente, un proyecto socialista ganó de las primeras elecciones democráticas de la historia de la humanidad, cuando España todavía dormía bajo la protección de las fuerzas de un señor llamado Francisco Franco.

Con la desgracia histórica del socialismo -ahora ha venido a sumársele el capitalismo, devolviéndonos a nuestro verdadero nivel primate- tal vez alguno haya olvidado que se trataba de un intento de preocupación por los demás antes que de la propia persona.

LA NECESIDAD DE LOS PREJUICIOS

Que alguien tenga sus propias experiencias y que luego las generalice (por más que asegure ‘fastidiarle los prototipos nacionales’) es algo muy normal y común.

Es lo que se llama tener y desarrollar prejuicios, creyendo, además, que no los tiene.

En este caso, negativos.

Porque siempre tenemos prejuicios. Son necesarios. Sin ellos, incluso, tendríamos muy difícil el sobrevivir, porque nos ahorran tiempo y elucubraciones para empezar.

Nadie se va a poner a pensar primero, al encontrarse con una serpiente en plena calle, si podrá acariciarla o qué hace un animal así en la vía pública. Lo primero que hará nuestro prejuicio concreto referido a ellas, será llevarnos sanamente a guardar la debida distancia. Mejor: a correr.

Por más que se pueda tratar de un animal inofensivo y amigable.

Es que hay prejuicios buenos y malos, convenientes, evitables y no deseables.

Ejemplos como el de esta señora Montero son los que sorprenden todavía de esta Europa primermundista en muchas cosas, pero con grandes sorpresas berlusconistas, para dar el ejemplo más conocido.

Lo curioso de todo esto, es que en la misma revista dominical me encontré con dos casos que redondeban el tema.

Nada menos que la actriz de moda, Penélope Cruz, vale decir, ninguna escritora ni nadie conocida especialmente como intelectual, (para seguir la moda de que los que están de moda son los que parecen tener la razón y las ideas) daba en dos frases una buena lección de lo malo y pernicioso que pueden ser los prejuicios.

Malos y perniciosos, por lo injustos que pueden ser.

Transcribo:

En el cine americano [sic] ya no tienes que ser la que entra gritando o la que limpia por tener acento. Eso ha cambiado”.

(Con ‘americano’ se refiere al cine de EEUU, al usamericano o estadounidense; no al cine argentino o boliviano, que también son americanos.)

La actriz española de moda se refiere obviamente al prejuicio que se tenía en Hollywood contra los españoles y que al parecer ya no existe. O ha cambiado.

Es decir, se los consideraba gritones y eran los que solían hacer los trabajos de limpieza.

Sin ir muy lejos, sé de qué se trata, porque en la época en que llegué a Alemania –a finales de los años ochenta-, todavía era posible distinguir a las inmigrantes españolas por su diminuta estatura y ancha figura, su pañoleta en la cabeza como las musulmanas y porque muchas de esas mujeres trabajadoras se dedicaban a limpiar y fregar pisos y otras superficies.

Y justamente también en la misma revista, leí varias cartas de los lectores quejándose por una generalización prejuiciosa que había hecho uno de los escritores de moda, Javier Marías, colega articulista de la Montero.

Me llamó la atención, porque acababa de leer la siguiente frase suya:

Yo no puedo evitar ser varón, blanco, europeo, y ver las cosas desde mi condición.”

Me acordé de esas fregonas inmigrantes españolas aquí en Alemania, de la imagen que tenían y siguen teniendo aún muchos alemanes de los habitantes de España: el españolito, el lolailo que arroja todos los desperdicios al suelo en las tabernas, que se las pasa cantando, fumando, bebiendo vino y haciendo siesta.

También recordé que los españoles siguen siendo considerados “hispanos” por los anglosajones cuando en EEUU tienen que consignar su “raza” en algún documento de identidad.

Al parecer, en uno de sus artículos anteriores, Marías se había referido despectivamente a las amas de casa, al decir que las mujeres que decidían trabajar para la Empresa Casera No Lucrativa Ni Bursátil llamada comúnmente Familia, lo hacían bostezar.

Otro simple prejuicio más, pensé.

Negativo y maligno, además, porque a pesar de todos los avances y todas las legislaciones, las mujeres se siguen enfrentando a barreras invisibles pero hábiles y férreas, que les impiden alcanzar los mismos derechos, las mismas oportunidades y los mismos sueldos que los hombres.

¡Gran falta que hacen, luego, este tipo de comentarios!

En su artículo, el señor Marías defendía su posición diciendo que era su opinión.

Lo cual es correcto.

Pero no quita que su opinión sea un simple prejuicio.

Triste, por lo demás, de coincidir con sus propias experiencias.

Porque el solo imaginarse que este hombre se ha debido pasar bostezando todo el tiempo que pasó con su madre, con sus abuelas, sus tías y todas las demás mujeres vecinas que hasta hace poquito nomás en España apenas podían salir de casa como seres humanos independientes (y menos tener una columna propia en un diario), es para sentirse verdaderamente mal.

¿Y por qué no lo hacían esas mujeres?

¿Por qué esperaron hasta el siglo XX para hacerlo: para votar, estudiar, formarse profesionalmente y trabajar independientemente y no ser solamente amas de casa?

¿Por qué no se han quejado la madre, las tías, las hermanas o primas de Marías?

¿O acaso son o fueron de las pocas con esa suerte histórica de haber sido profesionales y no ‘simples’ madres de familia y amas de su empresa casera?

¿Sabrá Marías, pregunto retóricamente, que su condición es simple cuestión histórica, de momentos?

¿Que de haber nacido antes habría pertenecido a una familia nómade de las que pintaron las cuevas de Altamira y se movían semidesnudos por territorio hoy español sin tener lo que hoy llamamos casa, es decir, cuando no existían las amas de casa?

Esas son las cosas que no se preguntan los prejuiciosos, los que en el fondo terminan, muchas veces sin querer (espero), apoyando teorías como la superioridad racial o genética.

Los blancos mejores que los más oscuros, los hombres mejores que las mujeres, estas aburridas y sosas (si son amas de casa).

Etcétera.

¿O creerá de verdad la Montero que los latinoamericanos llevamos un gen del Refocilamiento en la Desgracia Ajena más fuerte que el de los españoles?

Ella ha lanzado una aseveración que afecta a millones de personas y que -seguramente, me aprovecho de la ambigua palabra- a ninguno de la redacción de El País se le ocurrirá corregir o comentar.

Algo de lo que difícilmente se podrán defender esos casi 400 millones de hispanohablantes.

Menos mi abuela que está en el cielo (no soy creyente) y que era de las que hacía pasar a su casa a la gente pobre y necesitada para darles de comer.

Es el poder de los medios de comunicación y la responsabilidad de los comunicadores, en tiempos en los que los inmigrantes latinoamericanos son cada vez menos deseados por la -hoy- exitosa y casi empachada España. A exitosa en lo económico, me refiero, claro. Y al amparo de la poderosa Europa.

Y Marías, por su parte, ¿creerá que las mujeres que se deciden por su empresa casera no bursátil y sin carácter de lucro, llevan el dispositivo Productor del Bostezo?

Ya quisiera ver yo que este señor se atreviera a expresarse así de los hombres -como yo, parcialmente- que no ven el cuidado de los hijos en casa como algo abominable ni soporífero.

Personalmente, no me asombraría aburrir a este señor.

(Alguien quien, de paso, se queja de que en 1992 muchos sustituyeron la palabra ‘descubrimiento’ por -cito- “una ñoña expresión“: ‘encuentro de culturas’.

Desde aquí le digo:

¡Lo ñoño es Descubrimiento, allí donde hubo Invasión, Exterminio, Robo, Abusos y Expoliación!)

Mejor dicho, no me preocuparía aburrir a Marías.

Es más, en mi caso habría cierta simetría, aunque me duela decirlo, por impertinente de mi parte.

Porque hace un par de años tuve la “mala” suerte de recibir como regalo una de sus novelas de parte de un gran amigo argentino (no es un oxímoron), quien creía hacerme un gran favor con ese libro.

Lo malo fue que después yo no sabía cómo hacer para no tener que confesarle que me causaba un gran sopor su lectura. (Lo he callado hasta ahora.)

Pero no por eso se me ocurrió ni ahora tampoco, obviamente, decir prejuiciosamente que todos los escritores me causan sueño.

¿O tendría que decir “¡Qué prejuiciosos y soporíferos son todos los articulistas de la revista dominical de El País, incluidas las mujeres!”?

¿O, mejor, ya que estamos en esas, todos los escritores del mundo?

No.

Yo estoy seguro de que tanto Montero como Marías tienen mejores cosas que decir.

…$.

HjorgeV 28-09-2008

AH, LAS AFICIONES (y II)

Creo que si perdemos los dos partidos que se vienen, lo sabré aceptar.

Está bien, diré.

Mala suerte.

¿No me creen?

¡Desde 1982 estoy en las mismas!

Ya tengo práctica. Y cuánta.

Por lo menos, me repito, me gustaría que los jugadores dejaran todo en la cancha.

Sinceramente, soy de los que saben aceptar las derrotas si se ha hecho todo lo humanamente posible y no se ha podido. Sacaré más o menos pañuelos, pero lo sabré aceptar.

El que lo tiene especialmente difícil es el entrenador, José Guillermo del Solar.

Me gustó Chemo porque durante el último partido contra Argentina, se quedó relativamente lejos de la cancha, sentado sobre una silla de plástico que los dirigentes peruanos debieron comprar minutos antes del partido, a juzgar por su aspecto enclenque.

¿Se creen estos señores que esas son cosas que no se notan en la televisión?

Pero dejemos la decoración a un lado.

Personalmente, detesto a ese tipo de entrenadores que se las pasan queriendo enseñar desde el borde del campo (y todo el bendito partido, además) todo lo que debieron enseñar y practicar en los entrenamientos y, obviamente, no lo hicieron.

Respeto a aquellos que dicen, muy bien, yo ya hice mi trabajo, ahora les toca a ustedes.

Mis amigos alemanes se ríen con y de mis cuitas futboleras.

Me preguntan, medio en broma, medio en serio, si en mi país se juega al fútbol.

-No tenemos la suerte de tener a Luxemburgo, San Marino, Lichtenstein o Malta de rivales –les respondo.

Ellos no se pueden imaginar cómo son las eliminatorias sudamericanas. Tan duras que, no hace mucho, hasta un equipo como el pentacampeón mundial Brasil sudó frío en La Paz y en Lima para quedar 1:1 en ambas oportunidades.

Pero no sólo es eso.

Los alemanes no conocen la historia de nuestro país.

Hace poco me topé con una nota en la Red que recordaba al gran Juan ‘Loco’ Seminario, con quien Perú le empató a Brasil 1:1 en Lima y perdió -por las mismas eliminatorias para Suecia- 0:1 en Río de Janeiro.

Al año siguiente, Brasil fue campeón del mundo.

Con unos grandes desconocidos, además, que respondían a estos graciosos nombres: Garrincha, Didí, Zagallo y Pelé.

¿Quién los conoce hoy?

El piurano Seminario, por otra parte, es hasta ahora el único peruano que ha sido goleador -pichichi- de la liga española y el único del mundo, junto con Van Basten, que le ha marcado tres pepas a Inglaterra en un mismo partido.

Minucias, claro.

Como aquella de haber ganado dos veces la Copa América o la de nuestra participación en las Olimpiadas de Berlín en 1936.

Aquella vez, un equipo en el que había varios morenos afroperuanos se clasificó para las semifinales después de golear 7:3 a Finlandia y 4:2 a Austria.

(Según algunas versiones, Hitler, indignado por la superioridad patente de un equipo no ario, ordenó repetir el partido contra Austria, provocando la protesta y el retiro de nuestra selección y de toda nuestra delegación olímpica.)

Algunos dirán que se trata de la prehistoria de este deporte.

Pero lo menciono justamente para fundamentar lo que quiero decir: tenemos tradición y cultura futbolística en mi país.

No tenemos los más de 7 (¡siete!) millones de futbolistas oficialmente registrados que hay en Alemania, pero un combinado de los equipos Deportivo Municipal y Alianza Lima derrotó el 7 de enero de 1971 por 4:1 al Bayern Múnich de Gerd Müller y el Káiser Beckenbauer.

(Kaiser, sin la tilde, es ‘emperador’ en alemán.)

Aparte de dirigentes serios, honestos y verdaderamente preocupados por el deporte, nuestra niñez y por nuestro futuro como nación, nos falta aguante, aprender a lucharla también en desventaja, cuando se va perdiendo, hasta el final, aunque vayamos 0:5.

¿Nadie sufrió nunca un accidente? ¿No hay gente que pierde una pierna, una mano o su trabajo y todas sus propiedades?

¿Se tiene que rendir uno por eso?

Como futbolistas, nos falta pugnacidad, saber soportar la presión y no bajar la cabeza cuando las cosas no salen como queremos o como nos lo habíamos imaginado.

Pero eso es algo también lo tenemos que aprender nosotros como público.

Y no sólo reclamárselo y exigírselo a esos seres humanos llamados jugadores.

…$.

HjorgeV 27-09-2008

…$.

AH, LAS AFICIONES (I)

Soy de los que apoyan a la selección de su país aunque le esté yendo mal, muy mal.

En nuestro caso -el peruano- es una ventaja ir de penúltimos en la tabla, porque mucho más abajo ya no se puede caer.

Ah, nuestro país y nuestra selección.

Es como la crónica de una muerte anunciada, o el idilio que se sabe que fracasará y que, sin embargo, más nos enamoramos y más metemos las patas.

Perdonen la expresión.

De niño me ponía la camiseta de la selección y me iba a dormir así. Con la rojiblanca.

Bueno, también hice cosas más perversas como irme a dormir disfrazado de Batman o acompañado del Pato Donald.

Era gigantesco mi pato de plástico y solo lo soporté una noche de compañía.

Mi desastroso Perú no va a un Mundial ¡desde España 82!

No sólo fue el siglo pasado, la mayoría de los improbables lectores y lectoras de esta bitácora ni siquiera habían nacido.

¿Qué lleva a gente racional y sesuda –no es mi caso- a aficionarse por determinado equipo?

Por lo menos apoyar a la propia selección puede ser un acto absurdo y masoquista –es mi caso-, pero es como el pasaporte que no se escoge salvo excepciones y menos el lugar de nacimiento.

Mas, eso de ser aficionado de la U, Alianza, Boca Juniors, River Plate, Colo Colo, los Aztecas o del equipo Equis, ¿cómo se explica?

Una mexicana que conocí, se pasó varios minutos despotricando contra los aficionados al fútbol, que la pelota por aquí y por allá, que tenía un hermano que la tenía harta, que muchos de sus amigos también, que el mismo santo tema todo el día, mañana y tarde, y ya que estábamos en esas, me dijo, ¿no sabrás cómo quedaron los Pumas ayer, no?

SE VIENEN DOS PARTIDOS DURÍSIMOS

A nuestros juergueros, perdón, juergadores, les toca dos partidos dificilísimos.

Primero, contra Bolivia en La Paz, es decir, en la estratósfera: a cuchumil metros de altura.

Y luego contra Paraguay en Asunción, ciudad cuyo nombre suena también a cielo, a religión.

Tal vez en estos dos partidos se decidan muchos destinos: el de nuestra selección en estas eliminatorias, el de nuestra fe en que sí podemos y el futuro de Chemo del Solar como entrenador.

Son de esos partidos que, de tan cruciales que son, se atacan como si fueran una lotería.

Es decir, se trata de apostar el todo por el todo. De una.

Y, claro, como en toda lotería, perdemos.

El gran César Luis El Flaco Menotti, decía antes del partido con Argentina que “si Perú no recuperaba su estilo, le iba a costar mucho”.

Bueno, pues, creo para el partido anterior los muchachos ya se lo habían tomado en serio y aprovecharon los momentos de ocio para emborracharse, fiestear y rodearse de entusiastas admiradoras, vamos a decir.

Con mucho estilo, se entiende.

Personalmente, creo que siempre fue así.

Lo que pasa es que ahora hay un programa de la televisión especializado en eso que los peruanos llamamos ampay.

Es decir, ser pescado con las manos en la masa.

O en la moza, que, a veces -en el caso peruano, sobre todo-, es lo mismo.

…$.

Continúa…

HjorgeV 26-09-2008

GOLPES IGNAROS A UN GENIO MUSICAL

Leyendo el principal diario colonés de hoy, me entero de que Stevie Wonder acaba de pasar por esta ciudad.

No he sido el único en perdérselo.

Según la misma nota, apenas un par de gatos se enteraron de su concierto y sólo se vendió un tercio de las localidades.

Lo más doloroso, sin embargo -entre otras cosas-, es el título del artículo o nota: El retorno del ‘Egonauta’.

Como se sabe, ‘nauta’ es navegante o la persona cuyo oficio se ejerce en el mar o en la navegación marina.

Un astronauta es un tripulante de una astronave y un cibernauta es alguien que navega por los ciberespacios, es decir, por la Red.

¿Qué es entonces un egonauta?

Alguien que navega por su ego, por su yo, por su identidad. Vale decir, todos nosotros.

Ese periodista no navega en mi yo, yo tampoco en el suyo. Por suerte. (Y dejemos lo del ‘retorno’ de lado.)

Como la tontería de este comunicador profesional no es pequeña, se queja en el mismo artículo de marras, de que Stevie Wonder no le ahorrara al público temas de los 80 como I just called to say I love you.

También se queja muy sutilmente, eso sí, del alto precio de las entradas.

Es correcto que haya gustos y colores. Y muchos precios duelen.

¡Pero es que el gran Little Stevie es una leyenda viviente!

Y genial, además, que no es poco en un ambiente –el musical- tan cargado de estrellas con brillo solo exterior y muchas veces falso, además.

Alguien que aparte de cantante –de los mejores de todos los tiempos según la humilde consideración de quien esto escribe-, es un gran compositor y un talentoso multiinstrumentista: a los nueve años ya dominaba el piano y la armónica y era baterista.

¿Quién toca todavía la armónica como él?

Y como si esto fuera poco (como diría un vendedor de feria callejera), Wonder nació ciego y sietemesino.

No es un error de imprenta.

Se dice que es posible que su ceguera haya sido producida por un exceso de oxígeno en la incubadora.

Su primer álbum lo publicó a los 12 años y con el siguiente, The 12 years old genius, consiguió para su sello, el legendario Motown, alcanzar por primera vez el primer puesto de las listas de EEUU con un LP.

A los 14, cuando le llegó el cambio de voz, se dedicó a estudiar piano clásico en la Michigan School for the Blind.

Stevland Hardaway Judkins (Saginaw, Michigan, 1950), luego Stevland Hardaway Morris, su nombre real, ha compuesto más de 30 de los llamados Top Ten.

Es decir, más de 30 éxitos (propios) que estuvieron entre los diez primeros puestos de las listas de varios países del mundo, incluido el suyo. Entre ellos, nada menos que 10 Números Uno.

Ha recibido más galardones Grammy que cualquier otro artista: 26.

Paro aquí.

El resto es historia más conocida.

Pero este periodista, ¿es de los que esperan que haya ascensores en Machu Picchu y que la Estatua de la Libertad lleve tanga para estar a la moda o qué?

Rosada, además. Y fuera del pantalón.

Seguro.

(Y ojo que no es que me guste especialmente el edulcorante Te llamé solo para decirte te quiero, más bien perteneciente a su llamada época comercial.)

Con tipos así, me digo, que desconocen o no saben reconocer la verdadera talla de leyendas vivientes como Wonder en la historia de la música moderna, ¿cómo asombrarse ante tan humillante y escasa asistencia?

¿No tendríamos que regalarle un viaje, una navegación, por las complejas rutas del ciberespacio a este éter-nauta, más bien?

Sin boleto de regreso, se entiende, claro.

Aunque, revisando el artículo, también he llegado a pensar que no le debe haber gustado nada al articulista que Wonder se declarara abiertamente partidario de otro descendiente de africanos.

Sí, otro descendiente de esos seres de piel oscura que fueron secuestrados de su continente para hacer rico a todo un país que aún no se los sabe agradecer.

Ya saben a quién me refiero.

…$.

HjorgeV 24-09-2008

P.D.: Notar, en el video, que la despistada rubiecita de la derecha (la de la izquierda no es rubia), la misma que se equivoca -voy a exagerar- cada dos de tres pasos al bailar (¿qué hacía ahí, cómo llegó?, es una broma, a las demás se les cae la coordinación y la sincronía en algún momento de la canción), se demora en pasarle la armónica a Stevie Wonder para su solo instrumental. Wonder, quien primero ha estirado la mano a la derecha equivocadamente, llega a alcanzar felizmente hacerla girar a tiempo para poder tocarla por el lado correcto. A continuación, la misma canción casi 40 años después en un dúo con Tony Bennett y, luego, la letra y los acordes, por si alguien tuviera interés. Saludos. HjV


FOR ONCE IN MY LIFE (Música: Ron Miller & Letra: Orlando Murden)

C               C/B           Am           A7  
For once in my life I've got someone who needs me, 
 
 Dm           Dm7+      Dm7  -  G7  
Someone I've needed so long; 
 
Dm          Dm7+        Dm7             G7 
For once unafraid I can go where life leads me, 
 
C         Dm7   G7        C     C/B 
Somehow I know I'll be strong. 
 
     Am         Am7+          Am7            D     
For once I can touch what my heart used to dream of 
 
F    Cdim        A7  Dm7 
Long before  I  knew 
 
  Em    Em7+     A7sus4   A7  
Someone warm like  you 
 
       Dm7     Cdim  Fdim  G    G+ 
Could make my dreams come true. 
 
 C              C/B          Am          A7 
For once in my life I won't let sorrow hurt me-- 
 
Dm             Dm7+     Dm7    G7 
Not like it's hurt me before. 
 
    Dm             Dm7+     Dm7           G7 
For once I've got someone I know won't desert me-- 
 
C        Dm7  G7         C    Bm7/5- 
I'm not alone an - y - more 
 
     Am        Am7+          Am7             D7/9  
For once I can say: "This is mine you can't take it." 
 
Dm            Dm7            F         D7 
As long as I know I've got love, I can make it. 
 
    C          C/B           Am      Dm7  G    C    Am   G#7   G7 
For once in my life I've got someone who needs me. 
  
(interludio instrumental - parte 1) 
  
C               C/B         Am          A7 
For once in my life I won't let sorrow hurt me-- 
 
Dm            Dm7+       Dm7    G7 
Not like it's hurt me before. 
     
    Dm            Dm7+      Dm7          G7 
For once I've got someone I know won't desert me-- 
 
C         Dm7 G7       C     Bm7/5- 
I'm not alone an - y - more. 
 
     Am        Am7+           Am7           D7/9  
For once I can say: "This is mine you can't take it." 
 
Dm           Dm7            F          D7 
As long as I know I've got love, I can make it. 
 
    C          C/B           Am      Dm7  G    C    Fdim(III)   Fdim   C 
For once in my life I've got someone who needs me. 

EL GRAN PROBLEMA ES AHORA LA GRAN SOLUCIÓN

1. CUANDO UNA CIUDAD QUIERE, PUEDE

La noticia del desastre financiero en EEUU me llegó cuando me encontraba de visita en Heidelberg el fin de semana que acaba de pasar.

Justo me acababa de enterar que la policía colonesa había tenido que suspender el mitin del ultraderechista Pro-Colonia por razones de orden público.

La prensa española –tenía El País en mis manos- anotaba que manifestantes de izquierda habían conseguido boicotear el llamado Congreso Antiislamización, en el que el mismo Le Pen había anunciado su participación.

"Nosotros somos Colonia"

“Nosotros somos Colonia”

La realidad (después me enteré al regresar a Colonia por la noche) había sido mucho más compleja.

Todos, la gran mayoría de los coloneses, habían boicoteado ese encuentro ultraderechista: desde choferes de autobuses y taxistas del aeropuerto, gastrónomos y taxistas de la ciudad, simples ciudadanos, y hasta los hoteleros.

Miles de manifestantes de izquierda y público en general habían cerrado las calles del casco viejo de Colonia –donde debía realizarse el acto principal- formando una cadena humana e impidiendo el paso de todo ‘sospechoso’ de participar en el congreso.

La nota fea la pusieron integrantes del Bloque Negro, especie de organización clandestina y altamente agresiva de la que me he ocupado alguna vez aquí en esta bitácora, enfrentándose violentamente a la policía.

Salvo esto último, ha sido un acto de solidaridad con los inmigrantes –y su derecho a practicar libremente su propia religión- pocas veces visto en toda Alemania.

Bueno, pocas veces se ha visto también a la ultraderecha tan tozuda y falta de ideas.

2. LA HISTORIA ES LA MISMA

La historia es la misma.

Aquí en Alemania se puede mostrar con un ejemplo muy claro.

En julio de este año el barril de petróleo llegó a costar 150 dólares. Hoy, apenas dos meses después, cuesta menos de 100.

¿Ha disminuido el precio de la gasolina para los automovilistas?

¡Claro!, dicen las multinacionales.

¿La verdad?

Sólo en un 10%.

Debería ser para reír, eso de ver cómo se burlan impunemente de los automovilistas las grandes multinacionales; sino fuera porque nosotros mismos somos los automovilistas.

La historia es la misma.

¿Se debe controlar el Mercado o no?, es la pregunta que se repite hasta la saciedad y que hasta hace pocas décadas dividió en dos el mundo: en socialistas/comunistas y capitalistas.

Como el socialismo fracasó (si es que alguna vez hubo socialismo realmente), el flanco capitalista se creyó ganador.

Pero el capitalismo nunca ha ganado como doctrina (si existe como tal).

Es decir, nunca ha quedado demostrado que un mercado verdaderamente libre puede ser garantía de paz, pan, justicia y progreso para todos. Ni siquiera para una mayoría.

Al contrario.

Este fin de semana ha quedado demostrado una vez más que el Mercado dejado Libre a sus propias fuerzas puede traerse abajo el mundo.

Ahora, una cosa es controlar o no el Mercado.

Otra, si se puede.

Opino que el entramado económico mundial ya está demasiado desarrollado en un solo sentido como para querer cambiar su orientación, ni siquiera para ser frenado un poco. Su dinámica es imparable.

El ejemplo de arriba, lo demuestra.

El Estado no puede.

Todos saben que los precios de la gasolina en Alemania lo deciden los 5 grandes -Aral, Shell, Esso, Total y Jet-, es decir que los precios no se rigen por las leyes del mercado, las de la oferta y la demanda.

Pero en este caso el Estado alemán no puede intervenir, porque no tiene ni puede encontrar pruebas concretas de conducta delictiva.

¿Qué creen estos inocentes funcionarios, que los directivos de esas empresas lo van a hacer por teléfono o por carta y los van a invitar para ser descubiertos?

Todo esto no debe significar, por supuesto, que el Estado se tenga que rendir.

EL GATO DE DESPENSERO

Por otra parte, los 700,000 millones de dólares que servirán para salvar el sistema en EEUU, ¿de dónde saldrán?

¿Los pondrán Bush y sus consortes de su bolsillo, acaso?

¿Los donarán los más ricos de los superricos de ese país?

Todos saben la respuesta.

Lo pagarán todos los usamericanos. Es su dinero, el de los contribuyentes.

Y Bush les hará creer a todos que ha sido el salvador, incluso.

Es decir, los niños han jugado con el dinero de los padres después de convencerlos de que todo irá bien y será por el bien común.

Cuando los niños ya no pueden y pierden todo, vienen los padres y sin chistar cubren las astronómicas deudas de juego.

Los padres se quedan al borde la ruina.

Los niños siguen con su dinero y sus juegos.

¿En qué planeta estamos?

Este es el símbolo de los Tiempos Modernos:

No entendemos nada.

Vamos, ahora hay promesas de control por parte del Estado. Pero, ¿quién las cree realmente?

Hoy el Capitalismo llora para ser salvado al más puro estilo socialista.

Hoy, hasta el candidato republicano, McCain, quien hace apenas una semana se declaraba contrario a las regulaciones del mercado, se ha convertido en un converso regulador.

Se ha hecho un gran Rescate para Millardarios, pero -como en las películas de Hollywood- sin que a éstos les pase verdaderamente algo.

En palabras más crudas aún:

Los pobres, los obreros, los empleados y la clase media de EEUU han salvado a sus superricos, para que éstos sigan con sus riquezas, sus juegos de casino mundial y sus -falsas- promesas de bonanza para todo el mundo.

Pero, ¿se puede seguir creyendo en un sistema que quiere vendernos algo que ayer era el Gran Problema (la regulación y control de los mercados) y resulta que ahora es la Gran Solución?

¿Se puede seguir confiando en que los mismos Paladines del Riesgo sigan haciendo de Guardianes de ese mismo Riesgo?

¿En el gato de despensero?

¿Se puede confiar en un sistema que incentiva a los apostadores?

¿Apostadores, he dicho?

¡Ni siquiera apuestan con su propio dinero, los muy cobardes!

Y, cuando las papas queman, menos tienen las agallas para asumir sus propias pérdidas.

Esto es sólo el comienzo, jóvenas y jóvenes, damas y caballeros.

…$.

HjorgeV 22-09-2008

LEYENDO Y ESCRIBIENDO EL PENSAMIENTO

Por lo que aseguran algunos científicos, alguna vez será posible leer el pensamiento y controlar el comportamiento.

Los investigadores ya han localizado las zonas cerebrales responsables de determinados comportamientos y predicen poder manipular estos alguna vez.

No sé si es para alegrarse, sólo asombrarse o ponerse a temblar.

Conmigo ni se metan, por favor, advierto desde ahora, porque mi cerebro es un caos viviente.

Repleto de ideas deformes y que se van deformando aún más a cada momento, repleto de música y voces de una radio intermitente que cambia constantemente de estación; lleno de discursos descompuestos y divagantes, de impresiones, recuerdos, saltos y fallas de la memoria; de más ruido, más confusión y más caos.

Para empezar, el que quisiera leer mis pensamientos, tendría que tener claro que ni yo mismo sé lo que pienso y que considero mi mente dispersa, distraída, nebulosa, confusa y vaga.

No siempre –claro- es así, pero sí la mayor parte del tiempo.

Días completos me he sorprendido sin poder focalizar mi atención en nada concreto. Gasto una cantidad increíble de energía tratando de poner cierto orden en mis pensamientos, sin conseguirlo.

Siempre estoy abriendo y manteniendo en mi mente –tal como hago en la computadora-, demasiadas ventanas a la vez que después no puedo seguir ni controlar.

Mantener una conversación se vuelve algo insoportable así para mi interlocutor, porque siempre me estoy yendo por las ramas; pero no para escaparme de ningún tema, sino justamente para evitar que alguno se me pueda escapar por descuido.

El consuelo es que por lo menos mi portátil se puede apagar y cerrar por la noche.

A veces, para luchar contra el desorden y el caos y contra el crecimiento desmesurado de ambos, me conmino a ordenar el mundo material más próximo que me rodea.

Mi escritorio, sus cajones, los libros, cuadernos y diarios que se van amontonando. Los ordeno y limpio, pedantemente.

Mi esposa se queda observándome. Al final, no me dice nada. Me respeta. Es decir, sabe que no estoy bien de la cabeza, pero debe pensar que algo así me puede ayudar y lo acepta.

Los diarios, después de leídos, por lo menos los puedo tirar a la basura sin mayor remordimiento.

Pero, ¿qué hago conmigo?

De vez en cuando, me decido y empiezo a deshacerme de libros que sé que nunca más volveré a leer. Pero apenas lo puedo soportar, porque de alguna manera considero que tirar un libro a la basura es un acto detestable por más detestable que el mismo contenido del libro pueda ser.

A un amigo de este país y de esta ciudad, dueño de una empresa del mundo de la televisión y que dirige unos cincuenta empleados, le gusta presumir que él mismo se ocupa de la limpieza de su departamento.

-No sabes la satisfacción que siento después de un par de horas de darle al trapo, a la escoba y a la aspiradora –me ha repetido varias veces-. Es uno de los pocos trabajos en los que puedes ver los resultados inmediatamente.

Personalmente, escribiendo consigo cierto orden.

Alguna vez empecé a agradecer a las nuevas tecnologías porque ahora puedo mantener todas mis cosas archivadas y ordenadas de tal manera que es fácil reconocerlas y acceder a ellas.

Una parte de ellas, las puedo -incluso- publicar inmediatamente en esta bitácora.

Es una especie de lujo para mí, porque se trata de una liberación, de una válvula de escape mental. Una responsabilidad de menos que me produce cierto alivio.

Pero la proliferación –la multiplicación abundante- es algo que no puedo detener.

Un cuento se puede convertir en una novela, actualmente una novela se me ha dividido en dos y la unión de estas dos últimas partes amenaza en convertirse en una tercera, independiente de sus progenitoras.

Todo esto, sin contar con que los personajes no sólo han adquirido una vida propia, sino que también tienen ahora sus propias opiniones y teorías de cómo deben seguir sus historias.

O lo que nació aparentemente como un texto poético en mi mente termina convirtiéndose en un objeto sorprendente, pero por esperpéntico.

Aparte de que no sé de dónde sacar tiempo para terminar todo lo empezado.

Abro mis carreteras en la selva y al poco tiempo la vegetación ha crecido y las ha cubierto. Pierdo la orientación entonces y tengo que volver a poner orden en la nueva maleza. Para obtener una visión de conjunto me elevo mentalmente hacia el cielo y veo allá abajo una maraña absurda de caminos, carreteras, pasos, puentes, trochas y senderos incompletos y desatinados.

Todos a medio empezar, todos a medio acabar, como se debe ver desde el aire el trabajo de un grupo de arqueólogos pescados en medio de su tarea de desenterrar una ciudad perdida en la selva más profunda.

Para luchar contra el desorden, la proliferación y el caos suelo aferrarme a la música, a sus estructuras. Con suerte, termino integrándome a/en ellas y, conociéndolas, aprendiéndomelas de memoria, puedo llegar a creer que formo parte de un mundo ordenado y estable. Seguro.

Escuchando una determinada pieza musical, repasando una y otra vez su orquestación, todas sus melodías, sus guiños y sus recorridos, llego a conseguir cierta paz espiritual.

Pero ayer me di cuenta de que ya llevo ¡varias semanas! escuchando el mismo disco en mi camioneta, que es por ahora el único lugar donde puedo escuchar música sin molestar ni ser molestado.

(Como detesto manejar o conducir, he descubierto que integrando ese quehacer al discurrir musical, puedo soportarlo. Una vez me hice el trayecto Barcelona-Colonia de un tirón escuchando una y otra vez el mismo disco de Eva Ayllón, Ritmo y color. Y el tiempo se pasó literalmente volando.)

Por lo menos ahora conozco más canciones de memoria y me puedo unir a ellas pasando a formar parte de un mundo ordenado y definido, cerrado.

(Tal vez es así -como he leído en el mismo artículo-, porque la función de cantar está en el lóbulo derecho del cerebro y la de hablar en el izquierdo, y aunque éste esté bloqueado y ni siquiera puedas articular una sola palabra, puedes hacerlo cantando.)

Una vez, hace muchos años, no lo pude soportar más, tomé valor y me fui a ver a una psiquiatra.

Después de pasar por la terrorífica escena de esperar en la sala -justamente- de espera (todos nos mirábamos tratando de discernir cuál era el más loco o peligroso de nosotros) la mujer me miró, me observó varios minutos, me hizo preguntas.

Le dije que a veces no soportaba ese estado de permanente electrocutación que se asentaba en mi cabeza.

Me dijo que no debía preocuparme, que hiciera un poco de ejercicio físico. Estaba aparentemente sano.

Así, redescubrí el fútbol.

Es decir, más caos, más desorden, más proliferación: más entropía, que, como se sabe, es, en Física, la medida del desorden de un sistema.

Pero conseguí y sigo consiguiendo cierta paz dándole al balón.

La misma paz espiritual o tranquilidad mental que he podido conseguir pintando, también.

Si es que pintar se puede llamar al simple ejercicio infantil de mezclar colores con formas durante horas y horas, para, al final, rendido pero contento, tener una única certeza: siempre termino ensuciando mi ropa.

¿Pero cómo conseguir con cuatro hijos todavía pequeños la tranquilidad –para ya no hablar de la posibilidad de robar una habitación o una esquina idónea- necesaria para hacerlo?

¿Cómo concentrarse?

No me quejo.

Mis hijos son mi combustible y en más de una manera, mi razón de ser.

Y, creo que he conseguido dominar sus inminentes interrupciones de mi concentración, madrugando para poder escribir.

Para poder aprovechar esas horas en las que puedo hacer como un hombre soltero, más o menos lo que se me venga en gana en casa.

Después amanece y vuelvo a ser irremediablemente el mismo.

Esta es la hora (van a ser las seis y media de la mañana) en que vuelvo a ser el caótico y desconcentrado de siempre.

El que depende de otras personas para poder concentrarse en algo concreto.

Llega el turno de las noticias del día, de leer los emilios, mejor dicho, el cúmulo de mensajes electrónicos que te hacen recordar que tiene que haber millones de personas con disfunciones sexuales por todo el mundo y que tiene que haber otro par de millones de ellas tratando de ganarse la vida con eso.

Ahora suena el despertador de uno de mis cuatro hijos, el de la habitación contigua.

Luego entrará a saludarme y veremos juntos en la Red cómo será el tiempo de hoy. (Atisbamos hielo en los techos de las casas vecinas. Hemos leído que hay apenas 1°C en Colonia pero el mercurio de los termómetros subirá hasta los 16 grados hacia el mediodía.)

Luego vendrá la discusión sobre si se debe poner una chaqueta o no.

Con sus siete años, se ha convertido en un especialista en convencernos de que el frío es algo que solo llevamos en la mente.

Una de mis hijas, la mayor de 13, está en Inglaterra en el marco de un intercambio escolar y anoche me dijo al teléfono:

-Tienen que llamarme todos los días para poder sobrevivir. ¡Me aburro, mapi!

-¿Sobrevivir? -le pregunté, intentando no mostrar mi preocupación, sin conseguirlo.

-¡La chica anfitriona no habla nada! Le hago veinte mil preguntas y responde solo con un sí o un no. Y esto si no atina a mover solamente la cabeza.

-Muéstrale verdadero interés. Y ten paciencia. No todos sueltan así nomás sus cosas –traté de aconsejarle.

(Esta noche la llamaremos, como hemos quedado, para que pueda ‘sobrevivir’. Quiere hablar con todos ha dicho expresamente. Es algo nuevo. Que me alegra, aunque sé que es solo para no aburrirse.)

Ahora escucho que nuestra otra hija se despide al salir rumbo al colegio, mencionando que se ha olvidado de desayunar (qué detallito, me digo). Y luego que el más pequeño de tres años reclama que su madre lo saque (“en persona”) de su cama. Es decir, que yo, su padre, no me atreva a intentarlo.

¿Sobrevivir?, he pensado, de paso.

Creo que para hacerlo, escribo.

…$.

HjorgeV 19-09-2008

EVA AYLLÓN: SACA LA MANO (festejo afroperuano)

…$.

AL RESCATE DE UN VIEJO AMOR

Un amigo me cuenta que en un viaje de placer se ha reencontrado con un viejo amor.

Le escribí que puede ser terrible.

-Me he vuelto a enamorar de la misma chica después de tiempo sin vernos -me contestó-. La hemos pasado increíble en W.

-Algo de eso me imaginaba –le repliqué, porque le había enviado un manuscrito y no me había devuelto el comentario habitual.

-Emocionalmente estoy hecho papilla. No sé qué hacer -me confesó.

Lo viví alguna vez en carne propia.

Eso de –para decirlo en lenguaje corintelládico– ser ‘presa de las brasas de un amor que se creía ya convertido en solo cenizas’.

Mi caso fue aparatoso, porque cuando volví a ver a mi perdido amor que yo mismo había rechazado, éste ya se encontraba en una nueva relación, satisfactoria, según afirmaba.

Y sólo me dejó como posibilidad el papel de amante.

El caso de mi amigo me impactó, porque recordé ese rescate de emociones pasadas, de sentimientos que se vuelven a vivir y que se han mantenido en una especie de cajón temporal o en algo parecido a una hibernación.

La vida le estaba dando ahora a él la oportunidad de revivirlo todo desde una nueva perspectiva.

Una perspectiva más tranquila, más madura, de alguien que se siente más seguro de sí mismo ahora.

En mi caso particular, esta máscara de seguridad se cayó por completo después de un par de encuentros y me fui –emocionalmente, como mi amigo- simplemente al carajo.

Qué madurez, qué seguridad ni ocho cuartos, yo lo que quería era recuperar a mi antiguo amor sin que me importara si el mundo se caía mientras tanto.

No fue posible.

Felizmente, me imagino.

Pero volvamos a mi amigo.

-Sin querer ni proponértelo -le escribí- te has metido en una telenovela.

Le di un consejo:

No pidas consejos.

Acepta el desafío de vivir tus sentimientos y emociones con todas sus contradicciones y profundidades. Y dale tiempo al tiempo.

De pronto, me detuve.

Me di cuenta de que en verdad, no le estaba dando ningún carajo consejo a mi amigo.

Me estaba hablando a mí mismo.

Al jovencito de 18 ó 19 años que se había vuelto a enamorar de la persona que había despreciado y se había jurado nunca más volver a ver.

Al post-adolescente que no podía entender cómo ella, diciéndose feliz en su nueva relación, lo podía mantener ahora como amante.

No olvides, continué diciéndole a mi amigo (es decir, a mí mismo en el pasado), que lo que ayer nos movía y nos conmovía hasta las lágrimas puede dejarnos fríos en el futuro, en una nueva situación u oportunidad.

-Creo que mientras tengas claras tus cosas y tus metas -continué-, entonces este tipo de situaciones solo pueden enriquecerte.

A mí no me enriquecieron, por lo menos no inmediatamente.

Me causaron una depresión tan profunda que estuve a punto de querer despedirme de este mundo.

(Notar que no he dicho que estuve “a punto de despedirme” sino, “a punto de querer despedirme”, que es un par de escalones más abajo, como bien se sabe.)

Le insistí que, por otra parte, si no tenía claras las cosas, entonces estaba jodido porque eso podía causarle toda una conmoción mental.

No sabría ni dónde estaba parado ni adónde quería ir a parar.

Cumpliendo mi rol de consejero cardíaco no solicitado, concluí que en eso también podría estar lo bueno.

-La experiencia te puede servir para hacer una revisión completa de tu persona –le escribí-. Para reencontrarte. Tal vez mi único consejo, o advertencia más bien: no tomar decisiones sobre las cuales no tenemos ningún poder de control futuro. Sinceramente, con todo lo que sabemos, no me explico cómo la gente se puede seguir jurando amor eterno sabiendo que no está en nuestras manos decidirlo.

Le aclaré que se lo decía, porque si estuviera en nuestras manos controlar nuestros sentimientos, entonces estos no serían verdaderos ni naturales.

Habían sido las palabras que yo mismo me tendría que haber dicho en ese opaco y húmedo invierno limeño.

En ese invierno en el que llegué a creer que la vida sin ese amor no tenía más sentido.

-Sé sincero también en la duda -le dije al final.

.…$.

HjorgeV 16-09-2008

¿Y SI VAS HOY PARA CHILE?

¿Cuál es la magia de la música?

¿Cuál es ese poder de hacerte recordar y revivir momentos lejanos en el tiempo y en el espacio e, incluso, recobrar aquellos que creías perdidos en tu memoria?

¿Por qué recordamos unos temas sí y otros no, y, por lo visto, aunque creemos regirnos por una especie de gusto musical propio, también nos podemos estremecer recordando incluso canciones que nos parecían fútiles y anodinas, para decir lo menos?

¿Cuántas veces no hemos ocultado nuestra preferencia por tal o cual tema o género musical solo porque no hubiera encajado ‘adecuadamente’ en un momento o situación determinados?

A ciertos amigos alemanes difícilmente les puedo contar sobre las ganas que a veces me dan de escuchar una marinera o un tondero peruano.

Por otra parte, mi esposa no puede entender cómo no gustándome el rock –casi detestándolo-, soy fanático de Santana y de toda la música de los años 70.

Y por supuesto de gran parte del rock de aquella época.

A muchos amigos de mi colegio limeño (inicialmente miraflorino) he sorprendido muchas veces contándoles el placer que me provoca escuchar y bailar salsa.

¿Cómo explicar que así como me gusta todo eso, también me gustan muchas rancheras, incontables boleros, tangos y zambas argentinas?

¿Cómo hacer entender que mi gusto por la música española, el jazz y el o la bossa nova, no choca con mi afición por la llamada música clásica?

¿Quién podría entender que un huaylash huancaíno o un huayno ayacuchano pueden arrancarme una tremenda nostalgia y un valsecito de la guardia vieja limeña puede sacarme de mis casillas emocionales con facilidad?

Es el poder de la distancia, me imagino.

¿A qué alemán contarle aquí en este país mi debilidad por la música cubana, colombiana, portorriqueña?

¿Y qué decir de esas ganas de escuchar ocasionalmente un pasillo ecuatoriano, un joropo llanero venezolano o un bailecito boliviano?

Y todo esto sin pasar por las bachatas de Juan Luis Guerra, los vallenatos de los Embajadores, la música de Juanes ni la de Maná.

Me detengo, mejor.

De mi paso por el Coro Universitario de San Marcos, recuerdo un festival coral internacional que organizamos en Lima.

Tiene que haber sido allá a finales de los años 70 o comienzos de la década de los 80.

Junto a otros compañeros, a mí me tocó hacer de anfitrión de los integrantes del coro de la Universidad Católica de Chile.

Imborrable en mi memoria ha quedado la visita que hicimos juntos a un restaurante chileno –precisamente- del Pasaje Olaya, apenas a unos pasos de la Plaza de Armas limeña, y que ya no debe existir.

¿Cómo se llamaba el lugar?

Creo que El Rincón Chileno; ya no lo sé.

Lo que no puedo olvidar fue la sarta de tonadas, valses, landós y valsecitos que cantamos chilenos y peruanos acompañados de nuestras guitarras, al final de una cena fuertemente regada con vino de nuestro país hermano del sur.

Así fue como conocí un vals que el compositor Enrique Motto Arenas (Valparaíso, 1915-Santiago de Chile, 1986), más conocido como Chito Faró, compuso en 1942 durante su larga estadía en Buenos Aires y que debe ser una de las piezas folclóricas chilenas más difundidas y conocidas en el mundo entero.

Si vas para Chile es el título de este tema de carácter nostálgico y bucólico, es decir, añorante y campestre.

(Me acordé de él hace dos días justos, a propósito de una fecha tristemente famosa.)

Faró lo escribió mencionando originalmente a una comuna de la Región de Valparaíso, Los Andes, donde había vivido durante muchos años y cuyas autoridades rechazaron –tontamente, ahora lo sabemos- la adquisición de los derechos de autor.

Posteriormente, el compositor cambió la mención e incluyó Las Condes en el texto.

Curiosamente, ha sido un grupo tan conspicuo como cuestionado uno de los que más fama le han dado a este tema.

Me estoy refiriendo a Los Huasos Quincheros, grupo seudo o cuasi folclórico -se podría decir-, formado en 1937 por estudiantes universitarios y que aún sigue activo.

(Huaso es ‘campesino’ en Chile.)

De los integrantes originales ya no queda ninguno en la que debe ser una de las formaciones musicales activas más antiguas del mundo entero (!).

Grupo artístico pero políticamente ultraconservador, los Quincheros se convirtieron rápidamente, después del golpe militar, en los diplomáticos y abanderados del dictador Pinochet en el Mundial de Alemania ’74.

El año anterior en el Festival de Viña del Mar de 1973, habían ocasionado con su sola presencia una batalla campal en las graderías.

Tal era la fuerte polaridad que provocaban –y deben provocar aún- dentro de sus fronteras entre sus admiradores y detractores, estos últimos por sus afinidades políticas.

El punto más alto de la carrera de los Quincheros es quizás esta pieza que, a pesar de ser una bonita canción que canta al amor, alaba a Chile y a su pueblo sencillo, quedó durante mucho tiempo bastante emponzoñada por estos huasos.

¿El punto más bajo?

Fue verdaderamente uno bajo, un golpe bajo: la ominosa burla que hicieron en forma de parodia (“Ay de mí, llorona”) del duelo de la viuda de Salvador Allende.

El pueblito Las Condes, que alguna vez fue mapuche, ya no es un pueblito agrícola al pie de la cordillera andina, sino el verdadero centro comercial y financiero de la capital chilena, conocido hoy también como Sanhattan.

Un acrónimo de Santiago y Manhattan.

Y Chile, felizmente, tampoco es más el Chile de Pinochet ni el que estos Huasos fatalmente apoyaban y promovían.

¿Qué culpa tendría esta linda canción y pieza folclórica, obra de un autor que llegó a escribir en vida más de 800 composiciones?

Campesinos y gente del pueblo / te saldrán al encuentro viajero.
Y veras cómo quieren en Chile / al amigo cuando es forastero.

A mí me siguen emocionando estas líneas en su declaración de fraternidad.

¿Y si fuera hoy para Chile?

HjorgeV 13-09-2008

DOS MOMENTOS DE LA SALSA

ISMAEL RIVERA: EL NEGRO BEMBÓN (1954)

Esta es una guaracha de Bobby Capó, una pieza de arqueología musical y cinematográfica.

Se trata de una escena de la película Maruja de 1953. (Otras fuentes indican 1959.)

Ismael Maelo Rivera (Puerto Rico, 1931-1987) canta El negro bembón, un tema que ya tenía muchos de los ingredientes de lo que veinte años más adelante, se empezaría a denominar salsa.

Lo grabó en disco en 1954 con Cortijo y su Combo, junto con otra famosa canción, El bombón de Elena, una plena de Rafael Cepeda.

El Combo de Cortijo se convertiría después en el ya legendario El Gran Combo de Puerto Rico.

Rivera, bautizado como el Sonero Mayor por nada menos que el gran Benny Moré, con su propia orquesta, Los Cachimbos -a la que perteneció Tito Puente-, grabaría más tarde otro tema histórico: Mi negrita me espera.

Notar la composición de los vientos: solo trompetas y saxofones.

El trombón aparecería después, relegando inicialmente al saxofón y fundando ese nuevo género llamado salsa.

HjorgeV 12-09-08

LUISITO ROSARIO: RUMBA DEL BARRIO (2005)

Sería una pena que se perdiera este género musical nacido el siglo pasado en un momento interesantísimo de la historia de la música.

Digamos que la salsa es básicamente música interpretada por una orquesta en vivo con grandes acentos jazzísticos y hecha para bailar por músicos de conservatorio.

En esta deficiente definición están los principales escollos a los que se enfrenta.

Dejando aparte a la percusión, ¿quién se dedica hoy así nomás a la música de conservatorio? ¿Y quién que lo hace, escoge un género tan poco clásico como la salsa?

¿Cómo se puede mantener un género que no se hace en casa ni en una computadora por una sola persona, y que requiere de un cantante y músicos altamente especializados?

Visto así, lo más probable es que la salsa se convierta en una rareza.

Quiero rogar para que no desaparezca del todo.

HjorgeV 12-09-08

DE AGONÍAS Y ÚLTIMOS MINUTOS

PERÚ 1:1 ARGENTINA

Un gol agónico.

Pero qué más da.

Confieso que me preparé para este partido como si yo mismo fuera uno de los jugadores de la selección.

Me estoy refiriendo, por supuesto, simplemente a los nervios.

Tanta era la tensión, que en mi partido de entrenamiento de anoche (el equipo de mayores de 32 de la localidad, grupo al que pertenezco aunque haya pasado de largo esa edad) me sentí como hechizado.

“Así se tienen que sentir los jugadores en un partido de tanta trascendencia como el de mañana”, pensé.

Medio agarrotado, tenso, con dificultades para controlar la pelota. Viendo sobre todo los errores y defectos de mis compañeros, pero sin poder evitar los míos propios.

Carajo.

El partido de entrenamiento de anoche lo empezamos ganando más o menos cómodamente y luego nos complicamos la vida.

Al punto de que faltando un cuarto de hora para terminar el partido íbamos perdiendo abultadamente.

Perdí goles, perdí pelotas fáciles, fallé en algunos pases. Sentía al rival pisándome los talones todo el bendito tiempo, mordiéndome las pantorrillas.

Me sentí como un jugador peruano en esos partidos importantes, en los que como por arte de magia (negra) todo nuestro juego habitual se derrumba.

Perdí casi todo, pero no las ganas de luchar.

Me mordí la lengua y miré al frente. Animé a mis compañeros.

Y remontamos el marcador.

Al final, perdimos por un solo gol: un compañero falló un penal en el último minuto y allí acabó el partido.

Así, me quise ir a dormir pero no pude conseguirlo tan rápidamente como suelo hacerlo de costumbre.

Estaba contento por no haberme rendido.

Pero me iba con un mal sabor de boca a la cama.

CUANDO EMPATAR ES CASI COMO GANAR

Curiosamente, más o menos lo mismo le ha ocurrido a la selección de mi país esta mañana (noche de Lima).

Por la diferencia horaria, el partido entre Perú y Argentina (entre el Perú y la Argentina), se jugó a las 04:30 de esta mañana, hora alemana.

Como me ocurre muy rara vez, tuvo que ayudarme el despertador.

¿Parece exagerado todo esto?

¿Madrugar por un simple partido de fútbol y pasar una mala noche?

¡Nuestro último Mundial fue el de España’82!

El año de nacimiento de muchos de los improbables lectores o lectoras de esta bitácora.

En 1970, nuestro país se clasificó por primera vez para un mundial –México’70- y, aunque lo viví de colegial de pantalón corto, fue de esas cosas que jamás se olvidan.

Luego Perú ganó la Copa América de 1975, hicimos tanto un gran papel como un papelón en Argentina’78 y llegamos a España’82 ya dormidos en nuestros laureles.

En nuestro país se sabía jugar al fútbol. Seguimos sabiendo tocarla, moverla y repartirla. Pisarla.

Sin embargo, allí empezó también nuestro calvario.

El resto es historia.

De las muy duras.

Y hay cien. Mil. Cientos de miles de opiniones diferentes y de otros tantos posibles salvadores y salvadoras, entrenadores, clarividentes, técnicos, especialistas y críticos.

Lo que me ocurrió a mí anoche en el entrenamiento, fue como una premonición para el partido de esta mañana entre Perú y Argentina.

La selección peruana estuvo a punto, estuvo a punto, estuvo a punto. Pero ya se sabe que no existe eso de una mujer que está embarazada solo a medias.

Entonces, vino el gol argentino (autogol peruano, en realidad) faltando pocos minutos, cuando ya nos habíamos enamorado del empate con un campeón mundial y se me salió una lágrima.

Soñar es bonito.

Pero los sueños también están para derrumbarse.

Gran lección que me estaba dando un simple juego con el balón.

Y, como en mi premonición, los muchachos peruanos no se rindieron y la siguieron luchando.

Una figura muy rara en nuestra selección, tan acostumbrada a perder y tragarse sus derrotas.

Un buen ejemplo sobre todo para los más jóvenes: no hay que rendirse así nomás ante la adversidad, es el mensaje. Es una perogrullada.

Hasta que no se termina, no acaba el partido.

No sé.

Seguramente no nos volveremos a clasificar y miraré el Mundial de Sudáfrica con ese dolor –tan conocido- de estar tan lejos y solo de mirón, y tendré que volver a alentar a Argentina, Chile, Ecuador, Paraguay, Uruguay o Brasil desde la distancia.

Quizás a Venezuela o Colombia. O a Bolivia, por qué no, que acaba de empatarle a Brasil en Brasil y con un hombre de menos.

Pero soy de los que siguen levantándose en la madrugada para ver un partido de su selección y la sigue, aunque pierda y no se vea futuro cercano cierto.

Qué me importa.

Nunca tuve un equipo, ya lo he dicho.

En el colegio me declaraba hincha del Cristal para no tener que caer en la disyuntiva U o Alianza.

Detesto los camisetismos, lo repito.

Me gusta el fútbol y más me gusta jugarlo. El quien gane es secundario si uno se ha entregado. Menos soy de los que se arriman a los ganadores.

(Ojo que tengo cuatro hijos peruano-alemanes y una esposa de este país tres veces campeón del mundo.)

Pero dos cosas sigo sin perder en Alemania, a pesar de todo, en los 23 años que llevo aquí:

Mi pasaporte peruano -un absurdo, lo sé- y mis esperanzas de volver a ver a mi país en un Mundial.

Mi única camiseta.

Qué puedo hacer.

Masoquismo en estado puro, me imagino.

HjorgeV 11-09-2008

P.D.: Para ver los partidos por la Red, recomiendo Justin TV (http://de.justin.tv/). Después de escoger el idioma de preferencia, pueden pasar a la sección “Directorio”, arriba a la izquierda y luego pasar a la categoría “Deportes”. Recomiendo abrir varias ventanas y en cada una de ellas tener lista una nueva opción o canal emisor, porque en medio del partido se interrumpen repentinamente las señales sin previo aviso y hay que estar preparados para continuar con una nueva. HjV