Mes: mayo 2016

MADELEINE PEYROUX: «DANCE ME TO THE END OF LOVE»

Voz de luna llena. Túnel del tiempo. Terciopelo negro.

Fruta, pasión y seda. Fogata salvadora. Razón de vivir. Y morir.

Estaba conduciendo con la radio como murmullo de fondo, cuando empezó a sonar un tema de Leonard Cohen que me dejó pasmado.

Tuve que detenerme al borde de la carretera para averiguar quién cantaba:

Madeleine Peyroux, nacida en Georgia en una familia de profesores universitarios hippies y músicos aficionados.

De niña aprende ukulele con su madre, mientras en casa se escucha jazz de Nueva Orleans, la ciudad de su padre.

Entonces adiós matrimonio y la madre que parte a París con sus dos hijos a cuestas.

En plena adolescencia, Madeleine termina en un internado inglés, del que escapa a los 15 para regresar a París tirando dedo.

Allí conoce el Barrio Latino y sus músicos callejeros, y aprende a cantar en francés: experiencia que le transparenta su camino y decide que quiere vivir para cantar.

Así empieza a saltarse la escuela para cantar en la calles de la Ciudad Luz y luego adiós al hogar materno con la guitarra al hombro.

Nunca hay camino. Se hace al andar:

Tres años de vida y canto por las zonas peatonales de la vieja Europa, preparándose para el regreso a su país; allí la suerte se le alza como un sol y siguen grabaciones y ofertas serias.

Con todo, desaparece entre su primer y su segundo disco: ocho años sobre los que existen diversas versiones. (Hay quien dice que se los pasó cantando en las calles de París.)

Luego la vuelta a la superficie (comercial: giras, conciertos), y eso a pesar de su pánico escénico; en el fondo añorando la calle.

Tal vez cantando para todos aquellos que se detienen un instante sobre la gran rueda para comprobar que no están soñando, como me sucedió mientras conducía.

HjorgeV 30.05.2016

https://es.wikipedia.org/wiki/Dance_Me_to_the_End_of_Love

http://www.femalefirst.co.uk/celebrity_interviews/Madeleine+Peyroux-7659.html

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GREGORY PORTER

Va componiendo sus canciones mientras viaja alrededor del mundo ofreciendo sus conciertos.

En realidad, preferiría estar en casa con los suyos y cocinar, una de sus pasiones.

En sus canciones también habla de eso, de lo que pasa por su cabeza y de lo que sucede en el mundo. 

Y escribe sin pensar si gustará lo que dice o si será relevante o bueno: voz, música, pensamiento, letra, unidad personal.

Se concentra en su música: incluso cuando con su esposa rusa visitan determinados restaurantes y los camareros solo se dirigen a ella.

Entonces no reclama ni derriba una mesa, simplemente absorbe esa energía negativa y la convierte luego en arte, el que expresa con su voz.

HjorgeV 26.05.2016

DÜSSELDORF

La escalera terminaba en una puerta metálica; a un lado estaba el cajero automático del estacionamiento, al otro, un ascensor.

Abrí la puerta.

Tardé en darme cuenta de que no había llegado a una zona de tiendas como las que ofrecen los aeropuertos modernos sino a la estación central de Düsseldorf.

El navegador de mi auto me había llevado por otra ruta y, temeroso de estar alejándome demasiado de mi destino, me había metido al primer parqueo que encontré:

Un edificio entre futurista y carcelario, y que parecía harto de sí mismo. Tal vez por el inusual calor de esos días.

*

Empecé a caminar por los pasillos de la estación, imaginando que me dirigía a tomar un tren.

Imaginé que ese tren me permitiría alejarme de todo, dejar mi vida atrás. No tenía ninguna razón especial. Solo cierto cosquilleo en el cuerpo: el del viajero que desconoce su próximo y lejano destino.

En el camino (pleno de viajeros de aspecto europeo y asiático, entre ellos muy pocos alemanes), como un espía que en el último momento decide cambiar su plan para confundir y deshacerse de sus perseguidores, decidí que subiría al primer tren que llegara y que bajaría por el otro lado.

*

Seguí imaginándome como alguien que quiere huir de todo, sobre todo de sí mismo, aunque sin saber por qué.

Simplemente alguien que, en un momento dado, piensa en cambiar de golpe su vida, como otros sueñan con llegar a la Luna, volar, o sumergirse en el fondo de un océano saltando desde el punto más alto de un puente.

El tren sería una especie de cuchilla, límite de mi existencia.

*

Llegué al andén.

Me imaginé ya al otro lado del tren que acababa de llegar, en el andén contiguo, donde había también había un tren a punto de seguir su recorrido.

Me imaginé viendo cómo yo mismo partía; como se ven las cosas que no volverán, pero que quedan grabadas en la retina como dioses continuos.

La fantasía de la partida sin retorno.

Una forma más de saberse vivo.

*

Entonces el tren partió y cuando terminó de pasar ante mis ojos, vi que yo seguía al otro lado:

No había subido. Seguía sobre el andén contiguo, viendo cómo se alejaba el otro tren.

Nuestras miradas se cruzaron en ese momento.

Yo mismo me estaba observando ahora.

Leí en mis ojos (en los del otro) el deseo de probar esa otra vida, la de este lado, en la que yo acababa de imaginarme dejando todo para mirarme desde el otro lado.

El que ahora se imaginaba poder reemplazarme en mi vida, la de este lado.

Giré y regresé por donde había venido.

Salí entonces de la estación, sin saber quién en verdad volvía a abrir la puerta que me había llevado allí y estaba desandando ahora mis pasos.

HjV 08.05.2016

«RED DE REDES»

Ya te estaba esperando.

La viste desde lejos.

La luz de los postes del alumbrado

público te llegaba desnutrida, famélica

tras atravesar la cortina de humedad

que le daba a las calles su aspecto

de ciudad sumergida en

invierno.

Ensayaste un velo distanciado

en tus gestos.

Ya existía el adiós sin haber sido

pronunciado, como esas auroras que

nacen en la pupila por engaño

y hay quien jura que ya amanece.

Entonces te vio.

Y comprendiste enseguida que

no te atreverías a hablarle. Empezaste

a calar tu cigarrillo como reclamándole

al mundo todas sus maldades juntas

a punta de

succiones.

La frugalidad del cuerpo, pensaste.

La voracidad del tiempo.

Una daga que cruza días, noches y

años como un vendaval.

El oscuro deseo de la noche.

La limpidez de una mañana estival,

pensaste.

El sonido de las olas al golpear la orilla.

El aroma del mar al amanecer.

El canto de las gaviotas cuando avistan alimento.

¿Por qué diablos habías respondido a su mensaje en la Red?

A veces, cuando llegaba la noche y,

aún sabiendo que solo era una convención

(como se llama rojo al disco inferior del

semáforo), te consolabas diciéndote que

al otro lado del planeta

alguien reía ante su propio pozo

oscuro y vibrante.

Alguien que podría componerlo

todo, colocando las desgracias ajenas

y propias en un recipiente y

lanzándolas al

espacio.

Piensas en todo eso, en

cualquier cosa, con

tal de evitar su mirada.

No, no debí responder a su

mensaje, vuelves a repetirte.

Pero entonces ella pasa de frente, sin

saludarte ni mirarte siquiera, y

giras la cabeza desconcertado.

Y en ese instante comprendes que te

has equivocado de día.

De calle y de hora.

Y seguro que también de cuerpo y de

vida, ya que estás

en esas.

HjV 01.05.2016