Mes: mayo 2011

«NO TE PREOCUPES, PAPÁ»

Vi con mis dos hijos pequeños el partido de ayer -la final de la Copa de Europa- en casa de nuestro vecino Heinrich.

Se nos ha vuelto una costumbre tomar el fútbol como pretexto para visitarlo.

Es un jubilado que vive con su esposa Elfriede en la casa de al lado.

Apenas sale -y deja la televisión- para arreglar su jardín, dar una gran vuelta por la región con su bonita motocicleta (una BMW histórica) o atender algún asunto burocrático o médico en alguna localidad vecina.

Una vez lo invité al cine. No fue hace mucho.

Quería ver con mis hijos Der ganz große Traum (2011), una película alemana estrenada en febrero de este año y que trata sobre los inicios del fútbol en este país.

(Un profesor -alemán- recién llegado de Inglaterra, frustrado por el interés de sus alumnos, se propone enseñarles inglés ayudándose con la enseñanza de un nuevo y revolucionario deporte que las autoridades escolares consideran demasiado caótico, peligroso y fomentador de la indisciplina.)

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(La recomiendo como película para toda la familia, a pesar de sus altibajos, en el supuesto de que llegue a conseguir salir de Alemania. La traducción del título sería algo así como El gran sueño, quedándose la partícula aumentativa ‘ganz’ en el aire.)

Heinrich se negó.

Había pensado que le agradaría fungir de abuelo de mis dos pequeños varones -ambos futbolistas- y aprovechar para dar una vuelta por Colonia.

Pero, no. Me dijo que apenas le gustaba salir de casa.

Me gusta compartir los partidos con él, porque, a pesar de no saber mucho de fútbol (debo sospechar que no ha sido jugador), admiro, en cambio, su capacidad de análisis y sus comentarios.

Soy un fanático real del fútbol.

Quiero decir que soy fanático de ese deporte y no de un equipo.

Quién gane, es algo que me suele dejar (salvo cuando juega mi país) más o menos frío.

Me gusta como deporte ciencia, por su parecido con el ajedrez.

De niño, para evitar la tonta confrontación entre los hinchas de la U y de Alianza Lima, decía que yo era del Cristal, y, aunque tengo entre mis camisetas una del cuadro rimense, no me produce ninguna emoción especial el ponérmela.

Como fanático del fútbol (y no de un equipo) no he dejado de jugarlo salvo por lesiones y he llegado a tomarme la molestia de hacer un curso de un par de meses para conseguir mi diploma (el B) de entrenador de la federación alemana.

Para el partido de ayer había pensado en una sorpresa por parte del Manchester United.

El Barcelona es el mejor equipo del mundo, hoy.

Lo es por su juego y por sus jugadores.

Es muy raro encontrar esa conjunción de excelentes jugadores y buen juego de conjunto de forma regular y constante.

El fútbol es un juego de conjunto.

Sin embargo, muchos excelentes jugadores suelen olvidarlo por necedad o simple egoísmo.

Conseguir, además, que el juego de conjunto sea realmente de conjunto (con todo lo de sacrificio y actitud mental que ello supone) y no solo limitado al ataque o la defensa, es realmente raro de ver.

Pensaba que un buen entrenador -el escocés Ferguson- y un buen grupo de jugadores como los que actualmente tiene el Manchester, podía ser capaz de encontrar la fórmula para desarmar el juego del Barça.

Pero no fue así.

-¿Qué no le fue funcionó a Maradona con Messi en el último Mundial? -me preguntó Elfriede, cuando ya estaba claro que el Barcelona iba a ser claro ganador del partido de anoche-. No soy ni siquiera aficionada -añadió-, por eso no puedo entender cómo el supuesto mejor jugador del mundo no pudo hacer mucho por su selección.

Me quedé pensando un rato.

Creía saber la respuesta. Traté de pensármela mejor.

-Digamos -traté de resumir y ser expositivo-, que el entrenador catalán ha conseguido darle a Messi las libertades que él necesita para que sus intentos hagan más favor que daño a su equipo. En Alemania, un jugador como él, tras la tercera pérdida del balón en un intento por driblear a sus contrarios, ya habría sido excluido del equipo. Guardiola ha sabido tener paciencia con él y aceptar su función de ‘decoración movible o móvil’.

-O sea que Maradona no supo tener paciencia con él.

-Cada equipo es diferente. Creo que el Barcelona sería totalmente otro equipo sin Xavi Hernández y sin Iniesta.

-O sea que ellos son los que hacen el juego sucio por él. Los que le llevan la maleta.

-Más que sucio o pesado: hacen el juego creativo -le repliqué-. Creo que el problema de Argentina en el Mundial fue una conjunción extraña de factores adversos, a pesar de lo bien que había empezado con Maradona. Argentina se comió, por ejemplo, un par de goles tontos y decisivos a la vez. Vamos a decir que se confió en su medio campo y en su poderosa delantera y descuidó la retaguardia.

-¿Y Messi? ¿Dejó de ser el mejor jugador del mundo o qué?

-Vamos a decir, para imaginarnos un restaurante o un negocio gastronómico, que en el Barcelona Messi se encarga de la decoración de los platos (y muchas veces de cobrar) y en la selección argentina tenía que cocinar.

Elfriede movió la cabeza para mostrar que no la había convencido.

Mis hijos, a pesar de que hoy nos vamos a Holanda a participar en un campeonato de equipos de la categoría de 10 años (van a ser las 6 de la mañana y partimos en una hora), me convencieron para quedarnos a ver la entrega del trofeo a los del Barça.

El menor (de 6 años), al ver la copa, exclamó:  «No te preocupes, papá».

Se refería a una anécdota que le conté cuando tenía 3.

Brasil acababa de perder la final del campeonato del mundo en 1950 en su propio país y contra todo pronóstico ante Uruguay.

Fue el famoso Maracanazo, ante 173.850 espectadores. Según la Wikipedia: «la mayor cantidad jamás reunida para presenciar un partido de fútbol».

Los diarios brasileños habían tenido sus titulares impresos y las carrozas carnavalescas habían estado preparadas para el corso triunfal.

La anécdota cuenta que un niño de 9 años, al ver llorar a su padre frente a la radio (debo suponer), le preguntó qué le sucedía.

-Brasil acaba de perder la Copa del Mundo, menino -le respondió su padre, también futbolista y también delantero centro (llegó a marcar cinco goles de cabeza en un solo partido), entre lágrimas.

-No te preocupes, papá -trató de consolarlo su hijo-. Algún día te traeré una.

El niño era Pelé.

-¡Y le trajo 3! -le gusta puntualizar a mi hijo menor, con un brillo especial en los ojos.

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HjorgeV 29-05-2011

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«LA PREGUNTA»

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Tendría que habérselo preguntado la vez que ella le aceptó la invitación al cine o, antes, cuando se encontraron después del trabajo y terminaron en un bar compartiendo un par de buenas horas juntos.

O cuando ella aceptó a salir a cenar con él, pero al final pensó que podría asustarla con su pregunta y no se atrevió.

Hasta que ella lo notó a la salida del teatro y se le dijo abiertamente: «¿Por qué no sueltas lo que quieres decirme o preguntarme?»

Tragó saliva, pensó en todas las veces que ella había aceptado salir con él, en las largas conversaciones telefónicas y en lo mucho que habían reído juntos.

Tomó aire y soltó su pregunta como quien se lanza del trampolín de 10 metros:

«¿Aceptarías ser mi amiga en Feisbuc?»

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HjorgeV 26-05-2011

«LA TRETA» (Relato corto)

-¿Te gusta leer? -le preguntó.

Temblaba por dentro, ahora que la veía sonreír secándose el sudor.

Les había tomado casi una hora llegar hasta la cima de la colina, casi una montaña.

Ahora por lo menos podía decirse que ella no detestaba su compañía. Con todo, se sentía nervioso.

-Leer es como una medida del tiempo- le respondió ella, sorprendiéndolo. Había levantado la cabeza y miraba hacia el cielo-. Leer un buen libro, qué digo, una actividad placentera en general, son como minuteros o segunderos crueles, ¿no crees? ¿Por qué lo preguntas? ¿Me vas a leer algo?

Antes de que los temblores lo traicionaran, él asintió:

-Has acertado. Pero si te gusta el comienzo, te ruego cerrar los ojos, por favor.

Ella hizo una ligera venia. Parecía positivamente asombrada.

Animado por el brillo de sus ojos, empezó:

«Siempre he sentido una gran fascinación por los zapatos abandonados. Si pudieran escribir, seguramente serían los mejores novelistas o contadores de historias. El otro día encontré uno. Me entró la locura y me propuse reconstruir sus huellas.»

La vio cerrar los ojos y sonreír, como señal de que deseaba continuar escuchando.

El beso que tenía planeado robarle para cuando ella cerrara sus ojos ahora podía esperar.

………HjorgeV 23-05-2011

LOUIS ARMSTRONG: «WHAT A WONDERFUL WORLD»

Tema con melodía de George David Weiss y letra de Bob Thiele, compuesto en 1967.

Fue ofrecido a Tony Bennett, pero este declinó la oferta.

Cornetista innovador y trompetista virtuoso de los inicios del jazz, Louis Armstrong (Nueva Orleans, 1901- Nueva York, 1971) era dueño de un estilo vocal muy particular.

Aficionado a los guiños histriónicos y juegos con sus cuerdas vocales en las notas más graves, Satchmo también sobresalía por su gran dominio escénico.

Su versión de este tema, lanzada el primero de enero de 1968, pasó desapercibida en EEUU y apenas vendió 1.000 copias.

Al parecer, porque no le gustaba al director del sello editor -ABC- y este no se preocupó por la correspondiente promoción del disco.

En el Reino Unido, sin embargo, What a wonderful world ocupó el puesto Nº1, cuando Satchmo ya contaba casi 67 años.

(Tom Jones batió esa marca en el 2009, al alcanzar ese puesto a sus 68 años.)

El tema -que habla de las cosas lindas de la vida- fue incluido en la comedia dramática Good morning, Vietnam (1987) como fondo de bombardeos y otras escenas violentas.

A veces, repasando las noticias de estas últimas semanas (la tragedia de Japón, la ejecución de Bin Laden, las revoluciones árabes, la ‘revolución’ pacífica española, entre otras), no puedo evitar imaginarme este tema.

Como fondo de un gran chiste cruel, absurdo, imprevisible y, con todo, fantástico de vivir en más de un sentido.

HjorgeV 21-05-2011

«LENGUA DE TRAPO» (Engendrillo)

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Tener una lengua de plata

para narrar el oro

de nuestros muertos

tener unas simples sandalias

de caucho

para saltar las adversidades

del día

tener un día

hecho solo para la risa

y morir luego al caer

   la noche

sin remordimientos

resentimientos ni

rencor

como el día se muere a

diario y no se le ocurre

culpar a

la

noche o a la

luna

.

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HjorgeV 18-05-2011

«BALA PERDIDA» (Bachata)

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Hay una bala perdida dentro de mí

Una bala que recorre todas mis fibras

Se desplaza del estómago al corazón

con la comodidad de una memoria de

amor convertida en venganza personal

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Una bala que se pasea por mis entrañas

como una amiga que recorre tu casa

Pero qué amiga viene a destruirte los muebles

y dejarte sin paredes ni enseres, ay, ay, ay

.

Tengo una bala perdida en mi

corazón perdido

Una bala que busca salida

sin haber entrado siquiera

a mi alma herida

.

Ay, cómo se le ocurrió arrimarse a

esta balita perdida

a otro gran perdido como yo

ay, ay, ay, ay, ay, ay

.

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HjorgeV 13-05-2011

N.N.: UN SOPLO FUGAZ

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Ya no recuerdo su nombre.

Puede parecer una desfachatez calculada. O -como diría el Pedro Camacho de Vargas- una argentinada, un acto de soberbia necia.

¿Quién olvida el nombre de una muchacha que con su aspecto y gracia, de haber nacido en el momento y el lugar adecuados, bien le podría haber hecho competencia a ciertas estrellas de Hollywood?

Estudiaba teatro en la universidad de Colonia y nos conocimos por el idioma, por decir algo ahora, pues ya no recuerdo las circunstancias exactas.

Era ágil, emprendedora, de ánimo desbordante y ojos claros.

Había que detenerla para que las cosas y la gente a su alrededor recuperaran su ritmo natural, la cadencia que permite que algo madure, crezca y desarrolle, aunque solo sea para concluir su inexorable ciclo vital.

Baste decir que era tan activa que una de las primeras cosas que hicimos juntos (nada menos que al pie de la catedral de Colonia, el Dom) fue una pantomima:

Me enseñó cómo caminar sin avanzar.

Ella misma me hizo una demostración de cómo había que mover los pies y mantener el resto del cuerpo, balanceándolo. Luego se entretuvo supervisando mis movimientos y mis progresos.

Tenía unos labios carnosos, muy bien formados, que ella solía resaltar con colorete (carmín o pintalabios). Ya no sé quién dijo que eran mercadotécnicos (por publicitarios de alguna marca de París) y pornográficos.

Esto último, me imagino, porque te incitaban a pensar en tareas más allá de las habituales en un ósculo común.

Hablaba un castellano fluido y algo extraño. Era hija de española y al final el alemán de su padre, de sus amigos y de toda su vida, terminaba imponiéndose en sus conversaciones.

En su caso, con esa transparencia y naturalidad que son muy raras de ver y oír.

(En algunas personas el paso a su otro idioma es como el de un piyama a un frac. En otras, es como una arrogancia académica: la del que cree que dominar más de un idioma es fruto de su talento y no la suma y división de ciertas circunstancias históricas, de las que esa persona solo es administradora a lo sumo, o simple víctima o testigo, por lo general.)

Nos juntábamos para pasar el rato, tomar una copa o para hacer y hablar tonterías.

Nos gustábamos, quiero creer.

Ninguna chica te propone así nomás ir a tu propia habitación si no es así.

Con todo, no pasamos de un par de besos mal robados.

Aún conservo el sabor en los labios de una crema carmín, ilusa y pastosa, así como la convicción de que resultaba tan absurdo querer limpiársela como pretender que se podía conseguirlo.

Recuerdo un par de noches agitadas y farragosas, intentos bobos en la intimidad de mi cuchitril de la calle Palanter.

Una de esas noches me preguntó si deseaba un poco de speed. Después de una vuelta por los bares de la Zülpicher habíamos terminado refugiándonos en mi cuartucho de estudiante.

Las anfetaminas no estaban en mi particular y corta lista de experimentos históricos farmacéuticos.

Tomándolo como pretexto, acepté, diciéndome que una mujer como ella no podía ser poca garantía de la calidad de la incursión.

Terminé con un terrible dolor de cabeza.

Con esa angustia, tan típica de ciertos aceleradores artificiales, de haber querido hacerlo todo en menos tiempo del disponible y razonable, y solo haber conseguido el estrés del que se esfuerza concentradamente en algo sabiendo que es solo para perder; y con la percepción del que sabe que no va a poder cumplirlo (porque la sombra de la anfetamina siempre es más rápida que tu propio cuerpo) y continúa sin embargo.

¿Para qué necesitaba un acelerador una muchacha de por sí acelerada como ella?

Lo ignoro por completo.

Con todo, gocé su presencia.

Su belleza, su boca auguriosa, su buen humor, sus ocurrencias.

Medía casi un metro setenta y cinco, tenía una bonita figura. Pero, sobre todo, con su conversación y su ingenio, te hacía olvidar que caminar a su lado o compartir una copa con ella podía considerarse todo un gran privilegio.

Con ella a tu lado podías llegar a tener esa insana impresión de que su sola presencia podía salvarte o solucionarte la vida.

Recuerdo su cabellera rubia, sedosa, sana.

Tenía una melena dorada que hacía batir en el aire cuando creía que se había quedado sin argumentos.

Entonces se ponía a jugar con alguna mecha de su trigal, enroscándola alrededor de alguno de sus índices.

O pasaba su melena de un lado a otro con un movimiento elegantísimo, dejando al descubierto su nuca por un instante:

Allí tenía la piel más blanca, con sus cortos vellos dorados convirtiéndola en una zona tan pudorosa como el nacimiento del pubis.

Hacía esos movimientos con la conciencia de una exhibicionista que sabe impagable su visión para el mirón del edificio del otro lado de la calle, parapetado detrás de una cortina, dios y esclavo -en uno- de su mirada.

A mí se me aflojaban las rodillas. 

Y podía llegar a sentirme parte de un aviso o anuncio publicitario, cuyo rodaje el productor y el cineasta se negaban a detener para no romper la magia de su presencia.

A pesar de la atracción mutua (solo supuesta en mi caso: un par de besos robados no son prueba de nada, a lo más de que ella no deseaba ir más allá), un día la dejé de ver.

Su paso fugaz por mi vida me dejó una sensación ambigua, auspiciosa y desesperanzadora a la vez, como la del número de lotería que no hemos acertado por una sola cifra.

O como la imagen de una chica bella a la que de pronto ves desnuda en la playa, pero solo porque un golpe de viento le ha robado por un instante la toalla.

Has estado allí y lo has visto.

El destello, un fogonazo del paraíso (si es de las cosas que te gustan), pero solo sabes que existe por ese augurio fugaz.

Un día me la volví a encontrar en la calle.

Caminaba al lado de un muchacho desgarbado que empujaba un cochecito para bebés que ya debía haber conocido muchos pañales.

Su inverosímil acompañante tenía el aspecto de haber sido despertado muy temprano después de una juerga descomunal.

Alguien a quien se le había pedido asumir responsabilidades (que no conocía ni se había imaginado jamás asumirlas) como condición y exigencia para volver a la juerga.

Los dos tenían el aura que imprimen los sucesos ocurridos a destiempo:

El haber perdido a los padres muy joven, por ejemplo.

O un embarazo a punto de cumplir los 50.

O el destino de quien se lanza al agua sin haber aprendido a nadar primero.

Ella aunaba, a todo eso, una mezcla desconcertante en su actitud.

Se le notaba, por una parte, el orgullo de ser madre, de haber concebido.

Por otra, el saber que todo había llegado sin haber estado preparados ni para afrontar la compra de un cochecito de bebé nuevo ni para acertar a conseguir un lugar donde vivir de a tres.

La maternidad y la paternidad los había pescado simplemente desprevenidos a los dos.

Leyendo un libro sobre Marilyn Monroe he recordado todo esto.

Especialmente su boca, su manera de reír, la forma de lanzar su melena.

Esa sensación de eternidad que tal vez solo te pueden transmitir ciertas chicas verdaderamente bellas e inteligentes.

Percepción tan extravagante e inútil como (una) flor de un día.

O como el sabor oleoso de un carmín ajeno en tus labios que no alcanzó para convertirte en padre.

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HjorgeV 08-05-2011

«CAMINAR COMO UN CAMINO» (Engendro)

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Caminar una vida

Caminarla como si fuera un capítulo aparte

Caminar como una forma de vivir

y vivir como quien camina

Caminar para vivir y vivir

para caminar

Caminar para encontrar un camino

.

Caminar para aparecer al otro lado

del bosque sin haberlo

cruzado ni bordeado

Caminar para respirar

Respirar para caminar

.

Caminar hasta el cansancio y

caminar para cansarse

Cansarse de caminar

para recuperar ganas frescas

de caminar

.

Caminarse mientras se camina

Encontrar el camino propio

el camino personal más profundo e íntimo

caminando un camino fuera

de nosotros

.

Caminar para encontrarse

Encontrarse con amigos para

caminar

O encontrarse consigo mismo

para caminar

Encontrarse con otro yo

al caminarnos

.

Caminar por caminar en fin

como quien asume

la vida como

una simple forma de caminar

nuestro camino

.

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HjorgeV 05-05-2011


¿Y EL DERECHO INTERNACIONAL?

¿Ha muerto realmente Osama Bin Laden?

Personalmente, partía de que había muerto hacía años, en alguno de los innumerables ataques de las tropas usamericanas en Irak, Afganistán o Pakistán.

Era absurdo suponer que un personaje que vivía por y para la propaganda ideológica pudiera permanecer callado y oculto durante tanto tiempo. Tenía que sacarle la lengua a EEUU de vez en cuando y no lo hacía ni con un video fehaciente. Rarísimo.

Lo corroboraban las últimas supuestas ‘apariciones’ (grabaciones de su voz), las cuales siempre habían tenido que ser avaladas por peritos.

Vale decir, no era obvio que se trataba de Bin Laden. Muchas veces podía pensarse que se trataba de videos de fecha incluso anterior al 11-S.

¿Es creíble esta muerte del terrorista más buscado del planeta, suponiendo que aún vivía?

Encuentro algunas incoherencias en el discurso de la escenificación de su muerte por parte del gobierno de Obama.

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Se ha aducido, por ejemplo, cierto respeto por las costumbres musulmanas para justificar el inmediato lanzamiento (fondeo, debemos imaginarnos) de su cadáver al mar.

¿A la potencia que mantiene una cárcel ilegal y un centro de tortura en Guantánamo con inocentes comprobados (entre otras perlas), sin respetar los más elementales derechos humanos y jurídicos durante años, se le puede creer que ahora respete repentinamente las costumbres musulmanas?

Difícil de creer.

En todo caso, por miedo a represalias de otros musulmanes por todo el mundo. Sin embargo, algo peor que la muerte, ya no puede haber: esa sería razón suficiente para temer represalias.

Además, es absurda como explicación, porque el islam solo reconoce la sepultura de un cadáver en tierra firme.

Por otro lado, llama la atención el momento del anuncio: el domingo por la noche. Cuando la mayoría de reporteros ya se han ido a casa y no se suele hacer ningún tipo de anuncios importantes en la Casa Blanca.

En momentos así, es fácil acaparar toda la atención de la prensa y aumentar la efectividad del anuncio.

Hay más detalles.

Se trataba del 1 de mayo, aniversario del famoso discurso de Bush del 2005, en el que el bufo más peligroso de la historia proclamó como «Misión cumplida» a la invasión de Irak.

(Dana Perino, la portavoz del presidente, aclaró después que la pancarta debería haber rezado: «Misión cumplida para los marines que están en misión en este buque». Un detallito insignificante.)

No ha habido bajas usamericanas en esta incursión militar de EEUU, lo cual indica que los atacados fueron sorprendidos a la desprevenida y que opusieron débil resistencia.

¿El jefe de la supuesta mayor organización terrorista del planeta con un sistema de protección pichirruchi? ¿No había sensores, cámaras de vigilancia en su escondite?

También muy difícil de creer.

Otra pregunta: ¿por qué murieron, al parecer, más personas que no estaban armadas ni ofrecieron resistencia?

¿Por qué nadie se ha quejado por esas muertes?

Se ha hecho tan común pasar por encima de algo tan elemental como esto en los últimos tiempos, que hasta la pregunta parece necia. ¿Desde cuándo matar a una persona desarmada es algo loable, por más que se trate de un monstruo humano?

Hemos llegado al punto en el que la transgresión de la legalidad t del sentido común y la falta del sentido de humanidad que deberíamos tener, nos parece algo natural y dependiente de ciertas metas.

Metas que muchas veces ni siquiera compartimos.

Hasta acá en Alemania, país que cada vez tiene menos escrúpulos por ser el tercer mayor vendedor de armas del mundo, se impidió la aprobación de una ley para permitir el derribo de un avión si había terroristas dentro.

Basta un solo inocente en peligro, fue la contraargumentación, para no aprobar algo así.

Lógico, porque la vida y el respeto a la vida deberían volver a ser la máxima aspiración y el máximo derecho humano.

En realidad, esa ha sido siempre la tendencia de nuestra civilización en sus últimos trancos: las leyes, el Estado y sus entidades, los sistemas políticos y sociales, la ciencia y la tecnología, las artes, los deportes y toda expresión y labor humana que podamos llamar civilizada, han tenido como meta y principio la vida y su exaltación y respeto.

Incluso la gran Paz Internacional, aquella por la que hipócritamente se crean ejércitos y organizaciones, se firman tratados, se venden armas, se invaden países, se miente y se inician guerras, es producto directo y expresión de ese respeto por la vida.

La gente quiere vivir en paz.

Que la realidad actual al respecto sea una farsa (y un gran negocio que ahora crece porque antes los países vendedores de armas no atacaban a sus compradores, pero con los países árabes eso ha empezado a cambiar como en la cambiantes relaciones de la mafia), no cambia en absoluto el origen del deseo de esa paz.

Se quiere vivir en paz, machaco.

La vida entendida como bien supremo.

No la venganza, ni la propaganda política, ni una mal entendida justicia.

Sigamos.

No han mostrado el cadáver.

Y no por cuestión de principios porque EEUU ya lo hizo en el 2003, cuando presentó las fotografías de los cadáveres de los hijos de Sadam Husein.

Cuando leí en El País que Bin Laden había sido «enterrado en el mar» (recién después sus redactores se dieron cuenta de que era mejor poner ‘sepultado’), lo primero que se me ocurrió fue:

¿Cómo?

¿La prueba, al agua?

Si bien la captura de Bin Laden es una buena noticia, no lo puede ser su muerte.

No, por dos motivos.

Primero.

Porque se ha librado de un juicio en el que se podría haber condenado al terrorismo ultraislámico y se hubiera podido saber más de Al Qaeda (si es que realmente existe y no es un invento) y sus verdaderas motivaciones.

(No basta llamarlos locos terroristas, hay que tratar de entender el fenómeno para poder remediarlo. En todo caso, si se trataba de un simple demente, ¿por qué no haber aprovechado la oportunidad para dejar en acción a psicólogos y psiquiatras?)

Segundo.

Por la forma en que ha muerto.

¿Por qué lo celebran todos los medios, gobernantes y público en general como si se tratara de un triunfo deportivo?

¿Tan bajo hemos caído?

¿El mundo, un circo romano?

¿Una producción de Hollywood?

Occidente no quiere entender que una cosa es ver películas sangrientas y violentas desde una butaca con una bolsa de cancha en la mano sin mayor preocupación que la de que el espectador de atrás no siga pateando el respaldar.

Y, otra, sufrir los estragos de una guerra, de cualquier guerra, en carne propia.

Una cosa es que los bombardeos, explosiones y balaceras ocurran en países lejanos, y, otra, sufrirla en casa.

El próximo 2012 se cumplirán dos siglos (200 años) desde la última guerra internacional librada en suelo usamericano, aquella contra Inglaterra de 1812.

Los ciudadanos usamericanos de hoy (ni los de las -por lo menos- últimas ocho generaciones) no saben, pues, lo que es perder una casa, una pierna o un brazo, el techo, el trabajo o la familia en una guerra en suelo propio.

Ellos celebran, por eso, la muerte de Obama como quien gana la lotería o un partido de baloncesto. El partido no ha sido en su terreno.

Varios principios elementales se han pasado por alto esta vez, más de lo mismo que se les reprocha a los terroristas:

El derecho a la vida (aunque suene a chiste en el caso de Bin Laden: no se puede responder a la muerte con la muerte, como no se puede explicar a gritos que no está permitido gritar).

El derecho de ser considerado inocente mientras no se demuestre lo contrario.

El derecho a defenderse adecuadamente.

Como hay gente que lleva varios años encerrada ilegalmente y torturada en Guantánamo, ya nos parece natural que esos derechos dejen de existir según le convenga a la Potencia Mundial por excelencia.

Osama Bin Laden podía ser el hombre más despreciado y buscado del planeta.

Mas eso no tenía por qué invalidar leyes de cuya existencia deberíamos sentirnos orgullosos en medio y a pesar de tanta incongruencia, mentiras y guerras actuales.

No soy fanático, hincha ni admirador de ningún asesino, con o sin ideología.

Pero opino y veo que la Matonería de EEUU es una de las razones por las que el mundo está cada vez peor.

Hace un par de años, Bill Hartung y Frida Berrigan, del World Policy Institute, publicaron un informe sobre el papel militar y armamentista de EEUU en el mundo.

Solo en el 2003, el País del Norte había colocado armas en 18 de las 25 zonas de conflictos abiertos en el mundo.

¿Alguien recuerda alguna protesta por ello?

Y en el 2005: nada menos que 20 de los 25 países a los que EEUU había vendido armas, estaban en las listas preparadas por el mismo Departamento de Estado de regímenes antidemocráticos y gobiernos violadores de derechos humanos.

La noticia que ocupa hoy la prensa del todo el planeta, bien podría ser una estrategia mercadotécnica para ganar puntos en las encuestas de cara a las elecciones del 2012 en el País del Norte.

Sí, Obama se ha forrado bien con esta muerte.

Porque, ¿quién garantiza que Bin Laden no había muerto ya hace muchos años?

Somos pocos, obviamente (porque el aparato mediático es colosal: a la muerte violenta y vengativa le han salido fanáticos y adoradores inesperados), los que no nos creemos el anuncio.

El argumento de que las leyes regulares no valían para Bin Laden por tratarse de un enemigo máximo, ¿cómo negárselo ahora tanto a los talibanes como a los narcotraficantes?

Ya hemos creado condiciones especiales para los talibankers. ¿Queremos también crear condiciones especiales para todos aquellos que quieran ejercer en el futuro sus particulares venganzas?

Pongámonos de acuerdo.

O la legalidad (también la internacional vigente) existe y vale para todos.

O no vale para nadie.

La otra alternativa es la Ley de la Jungla.

Si es permisible aceptar que esa legalidad puede ser quebrantada a gusto, placer o necesidad por alguien -en este caso EEUU-, entonces nadie se podrá quejar cuando sean otros los que quieran arrogarse ese mismo derecho.

¿Por qué no?

La peligrosidad o la simbología de un criminal no puede derogar ninguna ley momentáneamente.

Los policías y soldados también tienen códigos que respetar.

La alternativa es la Ley de la Jungla, repito.

¿La deseamos?

La violencia crea una espiral que solo conviene a los que hacen negocio con ella.

Pero no conviene a las víctimas (inocentes o no).

Ni a los -aún- espectadores.

«Esta noche se ha hecho justicia», ha dicho Obama.

No, pues, Justicia -precisamente- es otra cosa.

Esta muerte es una gran desgracia. Pero no por quien murió.

Sino por la metodología.

Porque ahora resultará que saltarse sobre el derecho internacional y sobre elementales normas jurídicas, además de torturar (los datos para ubicar a Bin Laden habrían salido de Guantánamo) pueden ser una gran cosa.

No, pues, justicia -precisamente- es otra cosa..

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HjorgeV 03-05-2011

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Fuentes:

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/desde_el_mas_alla/2011/05/02/yo-aun-no-me-lo-creo.html

http://www.grupotortuga.com/Estados-Unidos-el-mayor-vendedor

http://www.elpais.com/articulo/internacional/Noche/historica/apta/cardiacos/elpepuint/20110502elpepuint_8/Tes

http://www.elpais.com/articulo/internacional/Estados/Unidos/mata/Osama/Bin/Laden/elpepuint/20110502elpepuint_4/Tes

http://www.zonamilitar.com.ar/foros/historia-militar/8628-guerra-anglo-estadounidense-de-1812-a.html

http://www.elpais.com/articulo/internacional/Mision/cumplida/elpepuint/20080501elpepuint_10/Tes

«LA SALSA DE IGUANA» (Relato)

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I

Se acercó al ventanal de la sala. La casa que le había dejado el padre de su hijo tenía una linda vista a los campos vecinos. Reconoció a dos caballos del establo de los Hansemann retozando a lo lejos. Y, más allá, paseando, a unas cuantas parejas sin hijos. Siempre las podía reconocer como tales a la distancia. Juana no sabía por qué, pero ya había acertado varias veces.

Era sábado y normalmente se habría pasado el día paseando por las calles de Colonia. Ahora tenía varias tareas por delante. Los días sin Philip ya no le causaban tanto daño como antes.

Había llegado a temer incluso por su vida cuando el padre se llevaba al niño y se quedaba sola en la casa. Entonces las bonitas vistas a los campos vecinos y el saberse con un techo seguro sobre la cabeza, habían llegado a convertirse en una amenaza. Las depresiones se le instalaban entonces como una piel repentina que luego quería arrancarse y no sabía cómo.

Por suerte, había aprendido a encontrar refugio en sus largos paseos por las calles de Colonia, como perdida entres los turistas y visitantes.

Aunque para llegar a Colonia tenía que hacer dos trasbordos y le podía tomar hasta dos horas, dependiendo de la hora y del día, perderse en el anonimato de la metrópolis le resultaba menos doloroso que soportar la espera sola en casa, en el anodino y poco accesible pueblo de las afueras al que se habían mudado poco después del nacimiento de Philip. Cuando los tres eran una familia como cualquier otra.

Ahora se refiere a Robert como «el padre del niño». Después de la separación, la sola mención de su nombre le atolondraba el cerebro con los buenos recuerdos de épocas pasadas. Recordaba especialmente el primer viaje al Perú, cuando su madre todavía vivía. Entonces cómo se habían alegrado sus padres de ver a su nieto «alemán» y saber a su hija casada.

«Ay, nuestra hijita se casó», había sido la frase favorita de su madre, repetida hasta el cansancio, tanto que parecía expresión de un triunfo personal especialmente ansiado y esperado.

Cuando se le escapaba «Robi» de los labios, también recordaba sus primeros días en su nuevo país. Cómo había cambiado todo en tan pocos años. Juana lo había visto acontecer como en una película. Ahora lo llama «el padre de su hijo» y siente que está ejerciendo justicia.

Se quedó contemplando un buen rato el jardín. El sábado prometía. Se sentía contenta y llena de energía. Había aprendido que las más pequeñas tareas, especialmente las manuales, podían abstraerla por completo y ayudarla a pasar el tiempo sin notar su mecanismo de relojería.

A veces se proponía recortar la mala hierba del jardín, pasar el trapo por toda la casa o hacer orden en el sótano, y, cuando finalmente levantaba la cabeza para respirar y dar por terminado el trabajo, se daba cuenta de que se había pasado horas haciéndolo. Hoy tenía otro tipo de tarea por delante.

Angelika la había llamado el viernes para anunciarle que la próxima reunión de las «chicas» sería el domingo. Si tenía ganas de asistir, le había preguntado.

-¿O tienes a Philip en casa? -había añadido.

-No. Se lo ha llevado su padre.

-Ojalá no lo vuelva a devolver recién el lunes como la otra vez, el muy desgraciado.

-Ojalá -había dicho Juana, sintiendo que Angelika hablaba de su hijo como si se tratara de un objeto.

-Deberías denunciar a Robert cada vez que lo hace.

-Te aviso entonces si me animo a ir -había escapado abruptamente del tema.

-Pero tienes que confirmarlo hoy o a más tardar mañana al mediodía.

Juana no le dijo que sabía que las demás recibían la invitación con una semana de antelación, pero se había alegrado de que Angelika la volviera a llamar después de mucho tiempo. Se alegró también de poder hacer algo diferente en su fin de semana sin su hijo.

-Ya sé qué voy a hacer -se le había escapado antes de colgar, ya no sabía bien por qué. Se odiaba cuando hacía promesas que después le costaba cumplir, pero a veces no podía controlarlo.

-¿Y qué?

-Mi salsa.

-¡Excelente! -había exclamado Angelika-. Oye, ¿no estarás pensando en traer salsas de diferentes sabores, no? Sería fabuloso. Han anunciado un bonito día para el domingo. Te podrías lucir con las chicas.

Las «chicas» se reunían de vez en cuando para compartir un brunch: un invento para comer más con menos remordimiento en la opinión de Juana, porque se juntaba el desayuno con el almuerzo.

-Ya veré -había dicho entonces.

Sus famosas salsas.

En el momento más álgido de su matrimonio había llegado a verlas como su salvación: cuando había estado harta de escuchar decir a su esposo que su gran problema era que no tenía un hobby, una ocupación que pudiera absorberla. Que su frustración provenía de tener que dedicarse solo a su casa.

-¿Cómo puede frustrarme trabajar para mi propia familia? -le replicaba ella.

-¿Entonces por qué lo haces como un trabajo pagado? -insistía él.

Juana no era una ama de casa. No se sentía como una de ellas. Se había cansado de tratar de explicárselo a Robert.

Hacía las labores caseras como cualquiera de sus conocidas y «amigas», pero las hacía como si se tratara de un trabajo común y corriente.

Lo hacía con la misma convicción y empeño con que otros iban a una oficina o una fábrica. Y eso era tal vez lo que le irritaba a Robert.

Por supuesto que a Juana le habría gustado ejercer su oficio de actriz, pero, mientras no encontrara la oportunidad de hacerlo (y ya se había resignado a la idea de que en Alemania nunca la contratarían como actriz), se había prometido entregarse a sus labores de ama de casa como si fueran un trabajo cualquiera.

Sus «amigas».

Hasta antes de su primera crisis matrimonial, la habían tratado casi como una más de ellas. Pero cuando empezó con lo de los llantos repentinos en plena crisis matrimonial, empezaron a evitarla.

¿Cómo explicarles que una latina no podía estar siempre de buen humor y menos con un matrimonio yéndose al carajo?

II

El resto del sábado se concentró en los preparativos.

En el supermercado del pueblo vecino compró los ingredientes necesarios. En el fondo de la congeladora encontró ají que ya no sabía cuándo había puesto allí. Había pensado ir a pie, pero después pensó que cargar una bolsa más o menos pesada los tres kilómetros de vuelta no sería ningún chiste.

Montada en la bicicleta, y con una tarea concreta en mente, se sintió como la extranjera recién llegada y feliz que había sido al comienzo.

Decidió dejar preparado todo esa misma noche.

Aunque en un principio había pensado hacer diferentes tipos de salsa, luego había cambiado de idea. Haría su salsa más alabada, la que la había hecho «famosa» en el pueblo.

En el sótano seguían varias cajas con los frascos que alguna vez le iban a servir para conseguir su independencia económica.

-Cuando seas una mujer económicamente independiente -había sido uno de los argumentos más machacados por Robert-, entonces serás otra persona.

Él la había animado a abrir el primer y único negocio de su vida. Si Juana hubiera sabido que no iba a llegar a devolverle el dinero invertido, jamás hubiera emprendido esa aventura.

Pero la ilusión había sido grande entonces. La idea del negocio se la había dado Angelika.

Todo había empezado con un frasco de salsa picante.

Un buen día le había regalado a su vecina el resto de la salsa picante que había hecho por miedo a que se pudiera echar a perder y el bichito se había echado a andar.

A Angelika la había conocido en una reunión de padres de familia de la escuela del pueblo. Se le había acercado y le había preguntado, con una gran sonrisa y en un castellano mal masticado pero inteligible: «¿Usted es de Perú, no? Uno de mis sueños es comer un cebiche en Machu Picchu.»

-Sí, vengo del Perú -le había respondido Juana, contenta de poder hablar castellano y no su alemán defectuoso-. Con lo de Machu Picchu no la puedo ayudar, pero para comer un buen cebichito no tiene que viajar tan lejos. Puedo preparar uno un día de estos.

Otra promesa que se le había escapado de la boca.

Para cumplirla, Juana había aprendido de golpe varias cosas.

Para empezar, que en cuestiones de buen cebiche siempre era mejor no hacer promesas. Lo sabía de sus tiempos en el Perú, pero lo había olvidado.

También había aprendido que las amistades en su nuevo país se mantenían por una serie de vínculos que más parecían tener que ver con el calendario y una buena capacidad de organización que con un sentimiento, afecto o simpatía especial.

Un amigo de años se podía perder, por ejemplo, si uno se olvidaba de su cumpleaños. O si uno no cumplía con una cita programada.

-Faltar a una cita es equivalente a demostrarle falta de respeto por su tiempo y sus obligaciones -le había explicado Angelika.

-En el Perú, un buen amigo, justamente -había replicado Juana-, es alguien que te puede perdonar algo así.

Con el tiempo, había llegado a aprender y a aceptar eso y más.

Habiendo aprendido, la amistad con Angelika la había mantenido con un detalle regular: le regalaba un pomo con su salsa todos los jueves.

A cambio, Angelika se había ocupado de propagar las bondades de su salsa por todo el pueblo.

La llamaba «Die Salsa von Juana», la salsa de Juana. Ella lo había odiado inmediatamente porque cuando los alemanes lo pronunciaban sonaba a «Salsa de Iguana», por la «j» que se pronunciaba como una «i» en alemán.

-Tienes que abrir una tienda. Con el sabor de tus salsas podrías volverte rica -le había insistido Angelika.

-No lo haría por el dinero. No lo necesito.

-Tu salsa es fantástica.

Hasta que se había decidido a seguir las recomendaciones de Robert de «hacerse independiente».

¡Qué fácil le había parecido entonces todo!

En la localidad vecina, «la capital de la región» como ella la llamaba porque había un cine y varios supermercados, ya le había puesto el ojo a una tiendecita vacía. Estaba en la esquina de la plaza principal y el sol le caía de golpe en las mañanas.

Preguntando, se dio con que había sido el negocio de una brasileña que había intentado su suerte con una tienda de jugos frescos de frutas exóticas y algunos dulces de su país.

Se animó a contactarla para pedirle información.

-En un país en el que los momentos más excitantes de la vida de un niño son los que pasa en McDonalds -le dijo la brasileña por teléfono-, ¿cómo podía haber futuro para mi negocio? Lo peor era cuando la fruta se me empezaba a podrir porque nadie entraba al negocio.

-¿Intenta desanimarme?

-Le quiero hacer un favor.

-No me sucederá. Lo mío son las salsas ya preparadas. Duran hasta cuatro semanas.

-Disculpe, disculpe. Solo quería que estuviera advertida.

Creía que era un buen momento para intentarlo: Philip había crecido y su marido había ido escalando en la jerarquía de la empresa en la que había empezado como el único empleado hasta convertirse en el administrador. Ya apenas lo veía porque viajaba mucho.

-Cuando ganes tu propio dinero, serás una mujer más equilibrada.

-Soy equilibrada.

-Entonces, ¿por qué haces las cosas de la casa como si fuera un trabajo para una familia ajena? ¿Por qué no lo haces con gusto como todas las demás mujeres?

-Muchas mujeres no gozan siendo amas de casa, Robi. Y yo no soy una ama de casa. Te lo dije desde el primer día. Te lo repetí cuando me hiciste la propuesta de matrimonio en El Charro: «No te vas a casar con una ama de casa.»

-Tesoro -se había mostrado conciliador Robert, en esos días tan lejanos que su lejanía la sentía como una navaja muy filuda sobre su piel-. Deberías buscar algo en qué ocuparte.

-Ya he encontrado algo interesante -se decidió a contárselo.

-Yo pongo el dinero para la inversión -había dicho Robert después de escucharla.

-No quiero nada regalado.

-Está bien, entonces te lo presto -había dicho Robert, para no contrariarla.

Y él había cumplido con su palabra.

De la noche a la mañana le había salido entonces a ella una vena empresarial que no se conocía.

Se pasó varios días recorriendo como una loca tiendas de decoración. Lo más duro fue estandarizar las salsas y obtener los correspondientes permisos. No sabía que existía otro alemán aparte del coloquial y del literario: el idioma de los funcionarios. Pero lo consiguió.

Cuando pensaba en todo eso se preguntaba: ¿cómo pude conseguirlo? ¿Cómo tuve el valor para enfrentarme a todo eso?

III

Dejó las bolsas con las compras y empezó a trabajar.

Se sabía de memoria la receta. Se había pasado días enteros haciendo diferentes pruebas y experimentos hasta conseguir las proporciones ideales. Ahora le bastaba mirar un pimiento o una cebolla para saber su peso y seguir fielmente a su receta.

Conforme fue pasando el día, se sintió mejor. El dinero que ganaría con la venta sería el primero ganado con el sudor de su frente en mucho tiempo.

Como siempre, le regalaría un frasco a Angelika. Tal vez incluso volvería a retomar la costumbre de regalarle uno todos los jueves y volver a ser las amigas de antes. Trató de no pensar en Philip, pero, como siempre, le fue imposible.

Al llegar la noche, dejó todo preparado sobre la mesa de trabajo de la cocina. Se sintió orgullosa, serena.

Empezó a sentir una casi olvidada tranquilidad interior.

Recordó sus días más duros con cierta distancia. Una sensación casi desconocida para ella. Recordó el chiste que había tratado de hacerle a Angelika y había terminado enturbiando su amistad.

Para no volverse loca creía haber descubierto un truco, le había dicho: ella no vivía en Alemania sino en Armymania, en un ejército.

Le contó a Angelika que así había aprendido a entender mejor a la gente, a su forma de hablar casi como dando órdenes en un cuartel. El entrar a una panadería ya no se le hacía un mundo, había continuado. Solo tenía que entrar y dar una orden. Era todo. Cuando llegaba el señor que controlaba la calefacción, le bastaba verlo como un sargento para soportar su forma de hablar casi gritando.

Hasta que Angelika se había puesto a llorar.

-O has empezado a volverte loca u odias a este país.

-No es cierto. Ni lo uno ni lo otro. Era una simple broma.

-No me mientas. Sé que lo dices como una broma, pero ya lo has llevado a la práctica.

Juana había tenido que reconocer que sí. Que había sido una de sus estrategias para poder entender por qué la gente hablaba como si los separara un campo de fútbol cuando estaban a solo dos metros de distancia. Trató de olvidarlo.

Se acostó pensando en Philip y recordó a sus padres. Antes de que se le cerraran los ojos volvió a pensar en Angelika.

No. Su amistad no se había roto por esa broma de mal gusto. Ya había empezado a tambalearse cuando Angelika le había dicho que no soportaba que llorara cada vez que se encontraban.

Era una «carga emocional demasiado pesada», le había dicho.

Al día siguiente, se dijo, le mostraría cuánto había cambiado desde entonces. Se le ocurrió incluso entrar a la Red para aprenderse de memoria algunos chistes.

No quería volver a ser la Iguana Sonriente de antes, pero podría mostrar cuánto había madurado en los últimos tiempos.

IV

La reunión transcurrió como el paso de las páginas de una buena novela.

-Tengo una sorpresa -anunció Juana con una gran sonrisa, justo antes de que Anja Maier, la anfitriona, anunciara la apertura del bufé-. He vuelto a hacer mis salsas -añadió, agachándose para tomar uno de los frascos que llevaba en un maletín de deporte-. Bueno, por ahora solo una. La que todos conocen y que es con la que inicié mi amistad con Angelika.

Le lanzó una mirada de perdón y las demás «chicas» se pusieron a aplaudir cuando Juana la abrazó después de darle el frasco como gesto de reconciliación.

Angelika le dio un beso en la mejilla para agradecerlo.

Después, las demás la rodearon y Juana empezó a repartir los frascos. Se sentía maravillosa.

-¿Alguien quiere uno más? -preguntó, al ver que todavía le quedaban varios después de haber dado uno a todas las «chicas».

-¡Claro! -dijeron en coro varias de ellas, entusiasmadas.

Mientras volvía a repartir, a Juana se le pasó por la cabeza vender sus salsas en casa, sin necesidad de abrir una tienda. Se imaginó recibiendo pedidos por emilio y por teléfono.

Se imaginó abriendo una tienda virtual en la Red, su salsa en las estanterías de los supermercados.

Sabía que solo era un sueño, pero todo sueño empezaba con un simple granito de arena.

Se prometió invertir todo el dinero de ese día solo en hacer nuevas salsas. Abriría una página en la Red con sus recetas. Pondría una foto de Philip con ella a su lado para resaltar el carácter familiar de la empresa.

Una pareja podía separarse y una familia podía romperse, pero no los vínculos entre padres e hijos.

Se asombró cuando ninguna de las «chicas» usó la salsa durante la comida, pero después se dijo que seguro la estaban guardando para momentos especiales en familia.

Apenas comió, debido a la excitación que sentía, y dijo que se sentía cansada al empezar a despedirse. Había esperado a que todas terminaran de comer.

Lo que quería era llegar a casa, contar el dinero de la venta y empezar a trabajar en su nueva idea. Poner el siguiente granito de arena.

Se despidió de todas con un beso en la mejilla y un corto abrazo. Luego se puso delante del ventanal de la sala de los Meier y se quedó mirando a todas. ¿Quién sería la primera en pagarle? Mentalmente, se decidió a bajarle un euro al precio que había pensado. Hasta ahora nadie había preguntado por él y ella lo había tomado como una buena señal.

Volvió a sonreír, esperando que alguna empezara.

Hizo otro gesto para animarlas a todas. ¿Qué esperaban? Juana se sentía bien, fuerte y orgullosa. Sonrió con ganas. Solo quería cobrar e irse a casa.

Angelika dijo en voz alta: «¡Gracias por la salsa!»

Entonces las demás empezaron a repetir la frase.

Cuando Juana quiso preguntar «¿Cómo que gracias por la salsa?», sintió que la garganta se le cerraba. Lo percibió como un rayo cayendo directamente sobre su cabeza.

Para contener las lágrimas hizo rápidamente adiós con una mano y pasó al interior de la casa. Desde la puerta de la cocina, el señor Maier le dijo:

-Su salsa es riquísima. Debería venderla.

Juana no pudo responderle. Todavía tenía un gran nudo en la garganta. Tampoco hubiera sabido qué responderle

Afuera empezó a caminar rápidamente. No quería que nadie del pueblo la viera derramando una sola lágrima. Sabía que habían empezado a llamarla «la extranjera que se la pasa llorando».

Cuando llegó a casa y cerró la puerta, presionando su espalda sobre ella como si alguien la estuviera persiguiendo, soltó la primera lágrima.

La vio caer sobre el piso de losas blancas y le pareció rojiza, casi anaranjada.

Del color de su salsa.

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HjorgeV 01-05-2011