«PAVORES DE PANADERO»

.

Nadie nos conoce, pero quería decirte

que estoy pensando en tu padre.

.

Lo veo en la foto que me enviaste y

no puedo dejar de pensar en él.

¿Le pegaba a tu madre? ¿La maltrataba?

.

Me permito estas preguntas atrevidas e

idiotas, porque yo nunca tuve un padre.

O, mejor dicho, estaba tan al alcance de mí, que,

de haberlo considerado como un padre normal,

seguramente

no me habría interesado para nada por él.

.

Mi madre era una mujer soltera.

De modo que no sé de un padre que llegaba

de madrugada o se pegaba un tiro fingido

ante sus actos más atroces.

.

La abuela ha muerto, niña.

Ah, ¿y cuándo vuelve?,

pregunta mi hija. Para los niños los mundos

se confunden entre sí. Y está bien que así

sea, porque de otra manera serían insoportables

pompas de jabón sin rumbo.

.

(Al ver unas prostitutas al borde de la carretera,

preguntó el otro día quiénes eran y le dije la verdad: mujeres que

venden sus cuerpos.

«¿Y cómo hacen para regresar a casa?», quiso saber ella.)

.

Flotar en este mar que es el día que se va, como quien

se queda colgado de un pensamiento inútil.

La vida es solo un álbum fotográfico de autor

desconocido, e irresponsable.

.

Mi cuerpo se sostiene

con la perentoriedad y el pavor de un panadero

a punto de perder el pan del día

cuando por fin dejo de mirar la foto

de tu padre.

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.

HjorgeV 16.06.2019

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DEL PALTO A BERLÍN (II)

Es muy difícil saber verse a sí mismo.

Observarse, usar los simples ojos en la tarea: eso es simple. Incluso cuando solo se tiene al ombligo como diana.

Saber verse es otra cosa. Y de cuerpo y mente, como unidad, mucho más.

Saber, por lo general, es muy difícil. Suele ser solo una voluntad expresa, acaso una especie de designio personal. Una sed sin garantías. No solo en cuestiones privadas.

Solemos contar con rastros, huellas, recuerdos, avisos, señales, y hasta con evidencias de nuestro paso por este planeta (arqueología personal).

Pero con muy pocas pruebas verdaderas. Demostraciones fehacientes.

A veces, solo ruinas.

O mundos que giran rodeados de heces.

*

Abro la puerta de la cocina y, aún en la oscuridad, Joop -nuestro perro y séptimo miembro familiar- entiende que será para salir pasear y empieza a mover la cola de contento; lo que me obliga a hacerle una señal, prácticamente a ciegas, para advertirle que no empiece con sus ladridos y pueda despertar a los demás habitantes de esta nave que cruza el espacio a una velocidad de 30 kilómetros por segundo, la misma que la de la Tierra, que es su base.

Para mi sorpresa, Joop me entiende enseguida.

Entonces baja la cabeza y mira a un lado como para disimular su genio, permitiéndome que le ponga la correa sin dificultad.

*

He vuelto a madrugar. El negocio de ponerme a girar sobre la cama, mientras espero que amanezca y en mi cabeza pululan grillos, no rinde.

Ahora me desplazo por los campos aledaños que rodean este pueblucho semirrural de las afueras de Colonia, inaugurando el nuevo día.

Por un momento, dudo entre quitarle la correa a Joop, o dejársela puesta. Suficientes sorpresas ya me ha dado con sus intempestivas fugas, tan bien ejecutadas como las de un reo escapista avezado y contumaz.

Por lo menos, hasta ahora siempre ha regresado a casa. Pero ya sucedió una vez que tuvo que llamarme la policía para pasar a recogerlo.

-¿Es suyo o no?

-No es mi perro, en realidad.

-Lo afirman los vecinos.

-Estrictamente hablando, es de mi esposa.

-¡Entonces es suyo!

-Con todo respeto, no sé cómo será en su hogar, pero en el mío, las cosas de mi esposa son de ella y las mías son las mías.

-En eso tiene razón.

*

Terminada la habitual vuelta de dos kilómetros y medio sin incidentes que mencionar, vuelvo a casa.

Aún falta un par de horas para que empiece el teatro del mundo, con sus ruidos, vehículos, personas y más atrejeo vehicular. Todavía no ha aclarado del todo aquí fuera.

Soy una especie de telonero del mundo, por así decir, pero uno sin público, sin espectadores.

Me imagino dentro de la piel de un farsante cuando le abro la puerta con su mano: alguien que se ha disfrazado de mí e intenta colarse a mi casa, a mi familia. Después se sentará ante mi computadora y escribirá estas líneas.

Mi esposa lo verá y le dará un beso de buenos días. Tal vez él le diga:

-Soy el Doppelgänger de tu esposo, espero que no te importe.

-Yo también soy la sosias de su esposa, no te preocupes.

*

No hace mucho estuve en Berlín y recordé a la desconocida que tomó mi mano en la oscuridad de un cine. Yo había girado hacia un lado, como cuando se está acompañado y uno lo hace porque no ha entendido algo.

¿Qué será de todos mis posibles dobles, los que dejé Lima, París, Berlín, Madrid o Hamburgo? ¿Qué harán a esta hora, en este preciso momento?

Qué estará haciendo esta hora / mi andina y dulce Rita de junco y capulí; / ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita / la sangre, como flojo cognac, dentro de mí. (Vallejo, 1918.)

¿Habrá llegado a asentarse en Trujillo, como poeta clandestino y profesor universitario: el deseo que tuve a los dieciocho?

*

No le envidio nada al sosias que dejé en Berlín, en el cine, de la mano de una rubia desconocida en la oscuridad, mientras yo me alejaba espantado, sin poder entender nada.

Me basta pensar que alguna vez podría volver y que alguien me contara la historia de la hermosa mujer que acude todos los días al cine para ofrecerle su mano a un desconocido cualquiera.

(Tal vez la búsqueda de la identidad no sea más que eso: la nostalgia de todos los sosias o Doppelgänger que hemos ido descartando más o menos impune y caídamente del palto, por así decir.)

*

Llevaba ya más de cinco años acá en Alemania cuando conocí a Eliane.

Por ese entonces la Universität zu Köln acababa de negarme el cambio de facultad, y yo había empezado a trabajar en un restaurante italiano de moda de la Süd-Stadt, la zona sur de Colonia.

Por las noches aún compartía cama con quien había sido mi chica hasta hacía muy poco. Ahora solo éramos como dos extraños que buscaban en silencio y casi sin reproches la puerta de escape en la oscuridad del cine de sus vidas, durmiendo mientras tanto en direcciones opuestas.

Dos personajes que, viniendo de películas diferentes, de pronto, se dan cuenta de que han coincidido en un mismo y equivocado plató (tal vez la historia de toda persona).

*

 Eliane era altísima y esbelta, de cabello rubio y lacio, facciones simétricas y labios gruesos,  con un ligero aspecto eslavo oriental.

Vestía como las diosas de la noche de ese entonces, con un escote que hacía que hasta los lavaplatos del restaurante se asomaran a la puerta del salón para aguaitar (arcaísmo que aún se usa en América y proviene del catalán ‘guaita’: vigía, centinela).

Su pareja era un abogado, cliente habitual del restaurante, famoso por los bólidos que se gastaba.

Hablando de cine, una noche me quedé conversando con ellos hasta el final y me invitaron a seguirla en un bar de famosillos de la noche, con música en vivo y muy buen ambiente.

La casualidad quiso que conociera al cantante del grupo y que este me invitara a subir al pequeño escenario para cantar juntos.

(No me asombraría que para conocer a Eliane, en realidad.)

En algún momento de la noche, el abogado se disculpó porque tenía una cita muy temprano al día siguiente. Aún no acababa de salir del bar, cuando Eliane me dijo:

-No es mi pareja. Solo salimos a cenar.

*

Acortaré sendas.

Ahora la cámara nos sigue cenitalmente por las vacías y oscuras calles de la madrugada del Altstadt-Süd, uno de los principales barrios de Colonia.

Es un día cualquiera de la semana. Eliane va en su automóvil y yo a pie, ella intentando convencerme para que regrese a su apartamento.

Al día siguiente partirá de regreso a Verona. Y desea que la acompañe.

Yo no tendría nada que perder, pues la universidad no ha aceptado mi cambio a la facultad de cinematografía y, puesto que trabajo en un restaurante italiano, podría hacerlo también en Verona.

*

Un caído del palto es un tonto, estúpido, desorientado, un despistado.

Los paltos de mi niñez alcanzaban más de diez metros de altura y las caídas podían llegar a ser graves.

La pregunta de Eliane me tomó desprevenido: como si me hubiera caído de una Persea americana, el árbol de la palta o aguacate.

Pero no detuve mi paso.

Mejor dicho, mi doble o sosias no se detuvo.

El que se quedó en el departamento de Eliane acaso vive ahora en Verona.

Otro sosias de mi doble -algo así como mi triple- la dejó tras enterarse de que sus turgentes pechos eran obra de un cirujano plástico y que la mafia estaba tras sus pasos, para que terminara de pagar los costos de la operación.

En la novela que estoy escribiendo, uno de los personajes es una alemana que viaja a Lima para pagarse una cirugía plástica haciendo de burrier o camella.

De alguna manera, los Doppelgänger de diferentes personas conectadas alguna vez, nunca se pierden de vista.

Acaso sus mundos sean uno solo y lo llevamos dentro, girando en nuestras entrañas, rodeados por nuestras propias heces.

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HjorgeV 26-05-2019

DEL PALTO A BERLÍN (I)

Volver a una ciudad para visitar una de tus vidas truncas.

Esa que desechaste al decidir irte a vivir a otra ciudad o cuando aceptaste un puesto de trabajo o la plaza de estudio que te proponían en un país lejano.

O esa otra posible vida que el traslado de toda tu familia a otra ciudad truncó cuando eras niño.

*

En mi caso, en Berlín deseché una posible vida al soltar la cálida mano que una amable desconocida me ofrecía en la penumbra de un cine.

*

Hay pocos días, pocas horas, pocos momentos en los que no tomemos decisiones y rumbos que terminan definiendo ese molde, modelo o espejismo llamado vida.

Inevitablemente, empero, siempre es al precio de desechar otras existencias posibles.

Una simple llamada no hecha. Otra que no quisimos contestar. Un mensaje no enviado. O aquel en el que no nos atrevimos a decir la verdad.

La cita a la que no asistimos. O la que cumplimos. La ventana que dejamos abierta, permitiéndonos escuchar un secreto. La puerta que cerramos a alguien, sin saber.

Por muy insignificante que pueda parecer cierta acción -o su omisión-, algunas pueden decidir el rumbo de toda una vida.

*

Muchas veces lo impiden nuestras particulares anclas (trabajos, estudio, familia, amigos, propiedades): mecanismos, cosas, personas, instituciones, entes u obligaciones que evitan que nos alejemos demasiado de cierto derrotero principal, de la manada.

Fijadores impuestos tanto por nuestro entorno como por nosotros mismos, y que son como la cuerda que une al astronauta a su nave espacial cuando sale al espacio sideral.

¿Qué sucede, empero, con todas esas otras vidas descartadas, que cada quien va dejando como un reguero de posibilidades truncas cada día, semana, mes o año?

¿Seguirán sus propios caminos, expandiéndose con sus ramificaciones propias en otros universos posibles?

*

No es difícil imaginar un Libro de la Vida, uno de incontables páginas.

Y que cada una de ellas albergara un mapa existencial, una vida.

Y que fueran permeables, haciendo posible pasar a otros mapas, a otras vidas, entremezclándolas: que es lo que sucede cuando nos casamos, hacemos nuevos amigos, tenemos descendencia o conseguimos un trabajo, fundando así un nuevo mapa, una nueva página del Libro de la Vida.

¿Qué sucede con todas esas páginas y hojas que vamos excluyendo prácticamente cada tanto, con cada nueva decisión, inesperada o no, sensata o necia, abyecta o noble?

¿Conformarán otros Libros?

*

Tal vez habría que ampliar el término Doppelgänger.

No solo pensar en la existencia del doble de una persona.

También en su triple. O cuádruple.

El hecho de ir descartando otros rumbos, otras vidas posibles, no tiene por qué significar que estas dejen de existir necesariamente.

Acaso siguen sus propios derroteros en sus particulares dimensiones o Libros; y, simplemente, lo ignoramos.

Tal vez somos nosotros solo los dobles, quíntuples o séxtuples de un personaje principal cuya vida es mejor.

O peor.

*

Precisamente en Berlín, el Libro de la Vida me ofreció una nueva página aquella vez que una blonda desconocida tomó mi mano en la penumbra de una sala de cine.

¿Trunqué -yéndome sin más- un posible matrimonio, una familia limeño-berlinesa?

¿O todo no habría pasado de una simple relación pasajera?

*

Ocurrió hace muchos años, pero cada vez que visito Berlín pienso en ello como si hubiera ocurrido solo minutos atrás y aún pudiera arrepentirme de mi huida, reconstruir mi camino.

En volver a ese momento crucial en el que decidí no volver a mi asiento.

Aunque solo fuera para averiguar qué habría sido si.

Y no por estar descontento con el boleto que me ha tocado.

Es la consecuencia, el efecto de ver la vida como un eterno jardín de senderos que se bifurcan.

*

Fue un jueves o un lunes de un invierno durísimo.

Acababa de asentarme en Colonia, después de un sumario y duro pasaje por París, y quería visitar la Berlinale, el Festival Internacional de Cine de Berlín. Ese era todo mi objetivo; una forma, en realidad, de huir de un amor imposible en Colonia.

Recuerdo que ingresé al primer cine que apareció en mi camino.

Recuerdo que, en un determinado momento de la película, giré hacia un lado como si estuviera acompañado, pues no había entendido una escena y necesitaba una explicación, y me encontré con un agradable rostro y una más agradable sonrisa.

*

Sin saber cómo, al final de una susurrante explicación al oído nuestras manos ya se encontraban entrelazadas.

Y permanecimos así largos minutos, sin mirarnos, apenas intercambiando nuestras tibiezas, gozando del extraño e inesperado placer de sostener una cálida mano, de un contacto humano.

Recuerdo que la escena me pareció tan surreal, que salí a tomar aire.

Ya fuera, me acometió una especie de ira absurda, una rebelión contra ya no sé qué (¿que, aunque fuera una gran suerte, me fuera impuesta?) y no regresé a la sala.

*

Acabo de volver a pasar unos días en Berlín.

Y otra vez no he podido dejar de pensar en esa cálida mano y en esa amable y bella sonrisa a las que renuncié un día ya lejano.

Ya no sé si porque no podía entender tanta suerte. O me negaba a aceptarla.

Después de todo, ¿qué linda desconocida te ofrece su mano en la penumbra de un cine cualquiera?

*

Acaso hice bien y ella sigue asistiendo a las pocas salas de cine que aún quedan, ofreciéndole su mano -quizá ya no tan cálida- al desconocido de turno.

O acaso yo, al huir esa vez de ella, dejé a mi doble dentro del cine, quien ahora, en este preciso momento, cena con ella y sus hijos bilingües, preguntándose qué habría sido de su vida de haber seguido ese lejano día de invierno su absurdo impulso de huir, renunciando así a su suerte berlinesa.

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HjorgeV 06-05-2019

«NOCTURNO DE ABRIL»

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Por la ventana veo a un

hombre correr como tras un armisticio: como si se hubiera

resignado a jamás alcanzarse a sí mismo por

lo que ya avanza sin mayor

prisa. Aquí me siento por las noches a

ver el infinito abrevar en su continua

expansión hacia sí mismo.

Una sola mirada al mundo, como

quien lanza un vistazo furtivo al interior de un

hogar ajeno al pasar.

La curiosidad de un niño indefenso,

un ogro que tiembla al hablar. Un caracol espiraloide. En mi

ventana siempre sola y en tiempo de

espera: la noche.

.

.

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HjorgeV 10-04-2019

«OTRAS LENGUAS»

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Se me enredó

la lengua cuando quise

preguntarte si querrías volver otra de

esas mansas tardes; empero la serpiente me obligó a toser y tuve que

contentarme con ver cómo te alejabas por el sendero que te

había sustraído por error del futuro y ahora te conducía

al pasado como a una sustancia común.

.

Las palabras habían sido innecesarias

en medio de los inesperados abrazos emergentes: animalillos

ciegos tratando de reconocerse sobre la superficie de un

espejo derribado por nuestra propia torpeza.

.

No alcanzamos a intentar el verbo.

Demasiados gestos y caricias acumulados durante centurias resbalando

por el enrevesado, simple y universal tobogán del deleite.

.

Solo carne, y más enigma (te bastó tocar el timbre equivocado)

al despedirnos con signos de edades ya obsoletas.

.

Llegué a entender que eras

vegana; y yo no, negué con la punta de mi lengua

balanceándose sobre

todas tus

lenguas.

.

.

HjorgeV 24-03-2019

«MINUTO O DÍA»

 

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Ser como un minuto o un entero día a

cada momento: solo

callar, mientras se escapa el tiempo a

tiempo de sí

mismo

.

O como un río flotante

cuyos meandros bosquejaran en este instante todas

las variedades de tu sonrisa sobre el mapamundi

de mi silencio

(mientras, alguien se pregunta por la

paz mondando una manzana

bajo la sombra de un árbol que se

desangra de sed)

.

Ser tu boca en la mía. Tu cuerpo, caudal

de sabores esquilmados a

recetarios milenarios

.

Uno a uno todos los cenotes ignotos del tiempo se

van confabulando ante la expectativa de

un solo roce

tuyo

.

.

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HjorgeV 19-03-2019

«BERLÍN» (IX y fin)

Mi tía ya estaba muy mal desde hacía días, semanas incluso, dice su ex mientras levanta su vaso de café humeante. Se encuentran al final de un pasadizo de los bajos de la inmensa residencia para ancianos, una especie de sótano que desemboca en el negocio contiguo: una cafetería regentada por una familia turca, cuyos amplios ventanales dan a la Kürfursten y que, por sus nobles muebles, altos techos y su decoración decimonónica, debió ser uno de esos selectos negocios que medraron en todas las grandes ciudades alemanas hasta finales del siglo pasado y que ahora coletean como peces moribundos en la orilla al retirarse la marea.

Diez minutos, le ha dicho él: Tienes ese tiempo para explicármelo todo. Así que ahora sostienen sendos vasos de espuma plástica que han comprado a la volada en el negocio contiguo y que beben como si estuviera por anunciarse la extinción de la cafeína. Llevo casi una semana en la residencia, continúa ella, y todo el personal sabe que mi tía estaba moribunda. Por eso no me preocupa que me hayan visto entrar o salir de su apartamento anoche. Tu caso es diferente: No puedes salir a la calle con una bolsa que no tenías al entrar. Hay demasiadas cámaras por todo el centro de Berlín.

O sea que sí, dice el viajero. ¿Que sí, qué?, pregunta ella. Le cortaron el oxígeno, ¿no?, dice él. Por favor, dice ella, más como una queja que como un ruego. Piensa lo que quieras, añade. Me preocupa mi hija, dice él. Igual ya no puedes hacer nada, replica ella: Tuviste tu oportunidad y la dejaste pasar. ¿Qué dejé pasar?, se indigna el viajero, sujetando una de las muñecas de su ex, pues ha vuelto a revivir la dolorosísima y absurda separación. Aunque lo ha hecho con controlada rudeza, de todos modos retira su mano como si lo hiciera del fuego y se disculpa. ¿Lo ves?, dice ella: Otra oportunidad desperdiciada. No tienes remedio, ¿sabes?

¿Cuál ahora?, clama el viajero. La de demostrar que no estás moralmente por encima de los demás, responde ella. Jamás, de nadie, dice él. ¿Ah, sí?, dice su ex con una mezcla de burla, compasión y pena en su gesto, mientras se soba la muñeca con su mano libre, acción que interrumpe porque su teléfono acaba de emitir pitido. Tenemos que regresar, nos queda menos de media hora para encontrar el testamento.

No conmigo, dice el viajero, harto ya de todo, del teatro de la vida y de las fractales complicaciones humanas. ¿No piensas cumplir con tu parte del trato? ¿Por qué es tan importante el testamento?, pregunta él. ¿Temes tener que compartir la herencia de tu tía con tu hermano desaparecido? Ni siquiera sé si vive, dice ella. ¿Cuál es tu temor entonces? El club de gatos de mi tía, suelta ella tras un largo silencio. Katzenfreunde, recuerda el viajero: El club de amigos de los gatos, del que la anciana era una entusiasta socia. Una vez me amenazó con dejarle toda su fortuna a los gatos, dice ella. ¿Qué habría de malo en eso?, dice él. Sabes muy bien que los animales no manejan cuentas bancarias.

Entonces no solo te preocupaba tu hermano, dice el viajero. Ella hace un gesto de rabia, que inmediatamente controla. ¿Vas a cumplir o no con tu parte del trato?, espeta. Puedes seguir buscando sola, dice él. Ya no me necesitas. ¿Y si una de las empleadas ya ha encontrado a mi tía?, dice ella. Constatará su deceso y alertará a la responsable del hospicio, pero no sabrá cuántas horas lleva muerta, replica él. En todo caso, pídele ayuda a tu nueva pareja. No he dicho que lo sea, dice ella. ¿Ah, no?, dice él. ¿Sabes qué?, dice ella aplastando su vaso vacío como si contuviera vísceras invisibles: Ocupémonos de sacar la bolsa por el garaje y ya está.

El viajero se lo piensa un momento, pero luego levanta la bolsa y enfila el oscuro pasillo por el que han llegado. Están en una especie de zona de nadie, en la que se comunican los sótanos, escaleras y ascensores menos usados de tres negocios con el lúgubre parqueo interior que comparten. ¿Adónde vas?, dice ella a sus espaldas. A cumplir con mi parte y así poder largarme de Berlín. Este no es el camino, dice ella. Cualquier camino es bueno para largarse de esta ciudad, dice el viajero. No es ese el tema, dice ella. Ha habido un cambio de planes, dice él. ¿Cómo que un cambio de planes? Pero él no se detiene.

Hey, hey, hey, la escucha ladrar mientras da varias zancadas para alcanzarlo. Pero él ya ha llegado a otra puerta, detrás de la que hay un pasadizo mal iluminado. Hay otra forma de llegar a la zona de parqueo, le dice el viajero, notando que su ex ha perdido la orientación en ese pequeño laberinto. ¿Estás seguro? Por supuesto. He estudiado a conciencia los planos del edificio. Todo esto fue alguna vez un gran hotel. Pero fue cayendo en desgracia y empezó a desprenderse de sus partes, como un leproso. El café que ahora es regentado por una familia turca, fue alguna vez el bar del hotel. Y la agencia de alquiler de automóviles, la recepción, añade sin detenerse.

Aquí es, dice finalmente, abriendo una pesada puerta de metal para señalar otra, de la que cuelga el letrero «Parkhaus». ¿Lo ves?, dice. Pero esta es otra puerta, reclama ella. ¿Me das las llaves de tu auto?, dice él ignorando sus palabras. Cambio de planes, dice ella: Markus está al otro lado de la puerta. Él llevará la bolsa al BMW. ¿Has traído a tu nueva pareja porque pensabas que podía quedarme con algo de tu botín?, dice él. Salgo y voy con quien quiero adonde quiera ir, sin necesidad de dar explicaciones a nadie, le responde ella. Y ahora a cumplir la última parte del plan.

Dime primero si Mona es mi hija, dice él con voz firme. Jamás, responde su ex. Ya te he dicho que yo misma no lo sé. ¿Me dejarás verla regularmente como hemos pactado? Si le entregas la bolsa a Markus, por supuesto, dice ella. Ese no era el trato, dice él. ¿Sabes por qué estás aquí?, le pregunta ella. Porque pensabas que podíamos volver a pasar una noche juntos, se responde a sí misma. Lo he hecho por Mona, dice él, sin poder creer lo que escucha. Lo nuestro fue siempre solo sexual, dice ella. Lo sentía. Lo percibía. Lo olía. Era lo único que nos unía. No es cierto, dice él. Basta, dice ella: Tenemos que terminar con esto. Totalmente de acuerdo, dice él.

Por un segundo el viajero lee en los ojos de su ex su temor de que él pueda huir corriendo. Ve determinación en sus ojos de acero. Pero también pánico. Y derrota. Y otra vez ganas de luchar. No huiré, dice él, no te preocupes. No me preocupo, dice ella. ¿Ah, no?, dice el viajero, abriendo de golpe la puerta y lanzándose al otro lado como quien escapa de un incendio, pero no ve a nadie y arroja la bolsa lo más lejos que puede. Ya he cumplido, escupe, sintiendo que ha terminado una larga contienda, de la que no sabe si ha salido vencedor o vencido, o ambas cosas a la vez.

¡Markus!, empieza a gritar su ex, parapetada detrás de la pesada puerta de metal como escondiéndose de fuego enemigo. ¡Markus!, grita más fuerte al ver que su ex empieza a girar y avanzar hacia la salida para automóviles como si hubiera dejado de importarle el mundo. El viajero sabe que ella no se atreverá a recoger la bolsa: por su terror a las cámaras de vigilancia. Pero sufrirá hasta que llegue el tal Markus desde el otro lado del inmenso garaje o cuando pase un automóvil que podría aplastar la bolsa con las joyas.

Mas todo eso ya no le importa, como ha dejado de importarle el último hilo del que se sostenía su relación. Solo sabe que ha renunciado a ser cómplice de un posible asesinato, que ahora solo quiere alejarse de ahí y que el precio principal a pagar será el no poder ver a su hija hasta su decimoctavo cumpleaños.

Pensando así llega a la callecita lateral que comunica la Kürfusten con la plaza Wittenberg, donde ve que ha empezado a nevar, por lo que empieza a correr para no enfriarse, pues ha dejado su abrigo en el apartamento de la occisa.

Pronto se ve corriendo por la Tauentziehen, como le indica su particular navegador interno. No sabe del todo por dónde va, solo que ha decidido regresar a su país y que antes desea hacer una especie de escala religiosa.

Un par de minutos después (ha empezado a sudar a pesar de la nieve acumulada sobre su cabeza, hombros y miembros) se detiene frente a la Iglesia Memorial Kaiser Wilhem, como un peregrino ante su meta.

Alguna vez, cuando Mona cumpla dieciocho, dice en voz muy baja y con el tono de quien ruega por un milagro a un santo desconocido, la buscaré y le contaré, entre otras cosas, sobre las joyas perdidas (o no) de su tía abuela de Berlín.

Ojalá que nada le importen a ella como nunca le han importado a él, le implora al edificio que dejó en ruinas la última guerra mundial y que ahora es un monumento a la insensatez de todas las guerras.

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HjorgeV 17-03-2019