Autor: HjorgeV

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (XI)

De París en tren hasta las playas del Atlántico y de allí a caer entrelazado con S. sobre un campo de centeno.

Ahí es donde yazgo ahora, con los brazos y piernas extendidos, observando un fantástico azul celeste.

Los viñedos que caracterizan la zona semejan superficies geométricas infinitas deslizándose sobre ondulantes colinas de caprichosas formas.

S. está de pie y, mientras se acomoda y sacude su vestido, me observa con una mezcla de orgullo, deseo y vergüenza, y una gota de melancolía futura.

Antes de regresar a la fiesta del pueblo, de la que nos hemos escapado media hora atrás, me lanza un beso volado como dedicando una plegaria a alguien con quien ha compartido años de pasión.

Pero solo han sido minutos.

*

Sonrío a pesar de que acaba de interrumpir nuestra extraña e inesperada aventura sexual, impidiendo que llegue a su culmen.

Todo ha empezado con profundas miradas mutuas, como si nos conociéramos de otro mundo y estuviéramos intentando recordar en cuál.

Así hemos ido avanzando hacia los vecinos campos de maduro centeno, alejándonos de la masa que baila, bebe, come, canta.

Justo antes de engarzarnos me ha quedado mirando para decirme que preferiría quedarse con un buen recuerdo.

-¿Que sería…? -intenté controlar mi zozobra al ver que se apartaba de mí.

-Con dos, en realidad. El de haber llegado tan lejos sin conocerte.

-¿Y el segundo?

-El de haber vencido a tiempo la tentación.

No supe qué decir ni pensar y lo tomé como lo que era: un extraño e incompleto regalo del universo; o sea, del azar.

Y le devolví el beso volado.

*

En París habíamos abordado el tren en la Gare de l’Est, después de una serie de contratiempos; entre ellos el de tener que despertar y acarrear hasta la estación a uno de los integrantes del grupo, conspicuo por sus extravagantes borracheras.

Días atrás, yo había comprado varios álbumes de las aventuras de Asterix y Obelix (en francés son palabras agudas), y, con la ayuda de un gastadísimo mini Langenscheidt Alemán-Francés, tenía pensado aprovechar el viaje para continuar mi aprendizaje de la lengua de Marguerite Duras y Simone de Beauvoir.

Dejamos atrás París con sus innumerables plazas, monumentos y parques, bares y cafés, muchos de ellos, por esa época, aún con solo un agujero en el suelo por retrete.

Nos dirigíamos a La Rochelle y luego seguiríamos a Royan para participar en un festival de música.

En este último conocí a S., bailarina y cantante de un grupo sueco.

*

Antes habíamos llegado a La Rochelle, el puerto donde la marina nazi construyó una de las mayores bases de submarinos del Atlántico, con estructuras de 7 metros de grosor, invulnerables a los bombardeos aéreos de los aliados.

Lo que contribuyó a que fuera la última ciudad francesa en ser liberada al final de la guerra.

*

Varias torres medioevales flanquean su histórico puerto, delatando una larga y antigua historia de ataques y defensas, producto de su excelente localización geográfica para el comercio marítimo internacional.

Permanecen las estrechas callejuelas de la ciudad amurallada que fue; las mansiones y los palacetes renacentistas financiados por el comercio del vino, de la sal, del bacalao y de esclavos africanos.

En sus playas me sumergí por primera vez en el Atlántico.

Paseando por sus callejuelas y paseos marítimos entendí, por fin, que yo era como Fabricio del Dongo en el genial arranque de La cartuja de Parma, quien buscaba la batalla de Waterloo, sin saber que estaba en plena batalla de Waterloo.

*

Una tarde, nos habíamos emplazado en uno de los paseos marítimos para actuar y vender nuestros casetes, cuando, en una pausa, una pasante me preguntó a qué hora terminaríamos de tocar.

Pregunté a los demás y me dijeron una hora, que transmití a la mujer: una francesa a finales de la veintena, con el afectado modo de hablar de alguien especialmente orgulloso de sus logros. Una académica, se me ocurrió.

Quise saber a qué se debía la pregunta y me dijo que le gustaría cenar conmigo.

Como me quedé pasmado, la extraña añadió:

-Pasaré a las ocho y ya me dirás.

*

No sé si volvió o no, porque terminamos mucho antes y, hambrientos como estábamos, nos dirigimos a un negocio vecino de comida al paso.

Allí nos atendió muy rápidamente -porque se aprestaba a cerrar- una chica que enseguida me hizo añorar los abrazos de Francine, especialmente cuando se hacía de noche y, habiendo hecho una reserva en un restaurante, habríamos preferido quedarnos entrelazados hasta el día siguiente.

Inmerso en mi nostalgia, acababa de terminar mi sánguche (el bocadillo de los españoles, el emparedado de los puristas), cuando vi que la chica terminaba de cerrar el negocio y se dirigía a su automóvil.

Sabiendo que cometía una estupidez supina e inútil, pero sin poder controlarme, corrí hasta la ventanilla del copiloto y, tratando de inventarme una buena frase en francés, solo fui capaz de sonreír como el ser más estulto del planeta.

Ella me devolvió la sonrisa y me indicó con la mano que subiera.

*

Días después, acababa de terminar un largo y solitario paseo nocturno por las callejuelas y terrazas de La Rochelle y me dirigía a nuestro hotel, cuando vi a una hermosísima muchacha sentada sobre unas escalinatas.

Parecía meditar con la mirada perdida y era tan bella, que se podía pensar que en cualquier momento se harían notar los fotógrafos y cámaras y alguien gritaría desde la oscuridad: «¡Grabando!» 

¿Qué vi en sus ojos?

Tristeza. Nostalgia. Vacío. Oquedad. Confusión. Esperanza. Temor. Angustia. Vértigo. Saudade.

Una mezcla insólita, teniendo en cuenta su belleza casi hiriente, dolorosa.

*

Me atreví a acercarme y preguntarle si todo estaba bien con ella, sintiéndome como en una de esas escenas cinematográficas en las que alguien acaba de precipitarse de un quinto piso y un pasante le espeta: «¿Todo bien?»

Pero ella negó con la cabeza.

Intuyendo que había algo más, le pregunté si hacía mal preguntándole por su estado.

Sonrió de una manera muy extraña y me respondió algo más extraño aún:

-Duele. Pero si no lo hubieras preguntado, habría dolido más.

*

Dudé un eterno instante, mientras pensaba en todas las alternativas posibles: que su enamorado la había abandonado por otra y ella había decidido suicidarse.

Que había escapado de un peligro mortal minutos atrás. Que había perdido la memoria debido a alguna droga. Que no estaba bien de la cabeza.

A pesar de su aspecto de mujer adulta (tenía una hermosa figura), se notaba también que era bastante joven aún -¿al borde de los 17?-, así que sus padres debían estar esperándola en algún lugar de La Rochelle.

-Vamos -le dije finalmente-, dime dónde están tus padres. Deben estar preocupados.

Me contestó que no había salido de viaje con ellos.

-Bueno, dime dónde te esperan tus amigos. Te acompañaré. 

-He salido de viaje sola.

Aturdido, le pregunté si podía hacer algo por ella antes de retirarme.

-No tengo donde pasar la noche -fue su respuesta.

*

La llamaré Geraldine.

Durante varios meses llevé en mi billetera su carné de identidad, que dejó olvidado en nuestro hotel y que recién descubrí cuando nos aprestábamos a dejar La Rochelle.

*

Esa noche le ofrecí mi cama, dispuesto a dormir sobre la alfombra.

Se negó tan rotundamente, que tuve que aceptar compartir el escaso espacio disponible.

Ya a su lado, traté de evitar cualquier contacto, pero en un momento dado se aferró a mi cuello con una determinación tal, que sigo sin saber si me ha vuelto a suceder algo parecido en mi vida.

Lo hizo con una aleación de resignación y esperanza, gratitud y deseo, confusión y claridad, desesperación, absorción. Todo mezclado y revuelto. Y vuelto a remover hasta la turbiedad irreconocible.

*

Terminamos amándonos en silencio absoluto, como en una inmersión conjunta acuática, nocturna.

Mientras, afuera, el universo clamaba por sus poderes perdidos momentáneamente, como quien llama a la ventanilla de un automóvil sin ser atendido.

*

Geraldine desapareció al día siguiente de mi vida como había llegado: inesperadamente y sin aspavientos.

En su carné de identidad figuraba que acababa de cumplir los 16.

*

La llamaré Marie.

Era estudiante de medicina en Lyon y esa era la primera vez, me contó, que visitaba una discoteca en La Rochelle.

-Es mi primera discoteca -le respondí.

-¿Nunca has salido a bailar?

-Por supuesto, pero solo a fiestas. O en otro tipo de eventos.

Conversamos luego largo y tendido, sin bailar apenas, a pesar de que a eso había ido yo; mejor dicho, la dejé hablar largo y tendido, que era la mejor forma de seguir aprendiendo francés para mí.

*

A eso de las cuatro de la madrugada anunció que se retiraba a su departamento, un regalo de sus padres por sus buenas notas, o algo así.

Como solíamos hacer al final de las fiestas con nuestras amigas en Lima, le ofrecí acompañarla para disminuir los posibles riesgos.

Lanzó una carcajada notable.

-Tú lo que quieres es acostarte conmigo -replicó.

Debí hacer un gesto de extrañeza poco convincente, porque enseguida añadió:

-Vamos, no creas que te tengo miedo.

Me habían pasado ya cosas más absurdas, así que solo asentí en silencio y salí detrás de ella.

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HjorgeV 13-11-2018

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ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (X)

De niño creía que los cementerios se habían hecho para los muertos. Pero a estos no les importa -ya no les puede importar- nada.

Son los vivos a quienes remuerde la conciencia o la nostalgia.

Y es en las necrópolis donde ensayan sus rescates imaginarios y a destiempo, reescriben escenas, corrigen palabras y pasos fallidos.

*

En cierta forma, me había convertido en una especie de fantasma en París.

Me imaginaba ya muerto con una claridad y sosiego que a mí mismo me asombraban, sin haber conseguido poner un pie firme en la Ciudad Luz.

Quien iba en mi cuerpo no era yo. Solo era mi doble sobreviviente.

Alguien con la certeza de que, cuando la suerte se torcía, no había fuerza humana que pudiera enderezarla, y que por ello era mejor hacer las paces con los dados del destino. Llamémoslo azar.

*

Por eso no me asombró demasiado que una tarde lánguida de verano (los días empezaban a ser cada vez más cortos en su ruta hacia el otoño), después del amor, Francine me anunciara que ese sería nuestro último encuentro.

Se aprestaba a dejar Francia.

-Cuídate -me dijo.

-Gracias, tú también. ¿Adónde viajas?

-A África. Hay mucho por hacer en ese continente.

No pregunté nada más; tampoco cuando cenamos ese atardecer en una terraza muy concurrida, entre la Rue de Rivoli y el Pont Neuf, con el sol declinando al fondo, despidiéndose también.

*

El hecho de haberme sabido a un paso de la calle, a pocos pelos de convertirme en un sin techo, y eso a miles de kilómetros de mi ciudad de origen, me prodigaron el sosiego y la claridad mencionados, ahora que por lo menos tenía donde dormir y unos mínimos ingresos diarios.

Más bajo no podía caer.

Además, R. me había dicho algo impagable:

-Puedes quedarte aquí hasta cuando quieras.

*

A veces, cuando ella volvía del trabajo, bajábamos a beber una buena ronda de cervezas en algún bar de Saint-Denis o de la Rue Rambuteau.

Me dolía el brillo azul gris de sus ojos cuando regresábamos juntos, sabiendo que nunca nos perteneceríamos.

Yo había empezado a disfrutar de los paseos solitarios de mi fantasma, acompañándolo en esta nueva etapa, aún sin derrotero conocido o imaginable.

Me dejaba llevar, mientras soñaba con diversos escenarios.

Uno de ellos era estudiar cinematografía en La Sorbona, la forma más concebible que se me ocurría de poder dedicarme a escribir sin tener que confesar mi vano sueño de hacerlo en una buhardilla parisina.

*

Ya acostumbrado a mi condición fantasmal, un atardecer, en un rincón de la explanada del Beaubourg (los demás integrantes del grupo ya habían guardado sus instrumentos y se despedían), se me acercó un hombre con una rosa en la mano.

Debió notar mi azoramiento, porque enseguida me dijo, señalando a una rubia sentada sobre la explanada:

-Te la envía mi amiga.

Asentí con una ligera venia en su dirección, tratando de disimular mi rubor.

Le agradecí al hombre por la rosa y me preparé para huir enseguida; tal era el pánico que sentía. Pero L. ya se había acercado y me ofrecía un trago de su botella de vino.

Lo hizo con una sonrisa tan bella y cálida, que fui incapaz de negarme, diciéndome que aprovecharía la siguiente oportunidad para escabullirme de allí.

*

Pocos minutos después, se despidió el acompañante de L., no sin antes repetirme al oído que no me preocupara por él, que solo era un admirador.

Terminamos la botella y me dejé llevar por L. a través de un extraño circuito de bares, salpicado de contorsiones eróticas conjuntas en los rincones más impensados del barrio Le Marais y los alrededores.

Hasta que entendí que L. buscaba una llave y que el ‘admirador’ era la razón por la que tenía que hacerlo (no llegué a entender si eran novios o solo amantes, acaso casados a punto de separarse).

L. era norteamericana y ya llevaba varios meses en París, por lo que tenía numerosos conocidos y amigos.

Entendiendo que yo vivía de prestado, ahora ella trataba de conseguir que alguno de ellos le prestara su departamento (en París son muy raras las casas) y poder, así, calmar nuestras respectivas llamas.

*

Finalmente no lo consiguió y, puesto que ya éramos dos náufragos solo a la espera de una playa, propuse que nos dirigiéramos al departamento de R.

Tuvimos suerte, porque regresó a casa cuando L. ya se había ido.

Nunca he vuelto a encontrarme con una mujer tan atractiva como ardorosamente necesitada de calor sexual, capaz de hacerlo detrás de un arbusto, sobre el capó de un automóvil en una oscura callejuela o en el zaguán de un edificio.

L. sigue siendo todo un misterio para mí.

*

Ese encuentro me sirvió como una especie de golpe vitamínico.

Y así empecé a dejar de ver con envidia y nostalgia del futuro a las innumerables parejas que circulaban por las callejuelas de Marais, por la Rue de Rivoli, el Quai de l’Hôtel de Ville (el Ayuntamiento de París), la explanada del Beaubourg o el interior del Centro Pompidou.

También me dio seguridad el hecho de que todo había sucedido cuando yo no buscaba nada, ni siquiera un poco de fuego sexual.

*

Así conocí a M., quien había comprado un casete del grupo ese mediodía y acababa de reconocerme mientras yo paseaba flotando a pocos milímetros del suelo por Les Halles.

La acompañaba una amiga, también norteamericana como M. y L.

Nos invitamos a tomar un café y me contaron que llevaban una semana en la ciudad, que pernoctaban en el loft de una amiga y que esa sería su última noche en París.

*

El loft resultó ser uno modernísimo y con el piso revestido de madera, aunque relativamente pequeño como loft.

Sobre el brillante piso de madera pernoctaban las dos amigas, en sus respectivas bolsas de dormir.

M. me propuso compartir la suya conmigo esa noche.

Recién pasadas las doce o la una, cuando su amiga ya debía dormir, nuestros cuerpos empezaron a invadirse y fundirse en uno.

Fue un acoplamiento lento, con la intensidad de una misión imposible, especialmente sentido y silencioso, esforzándonos lo indecible para no despertar a nuestra vecina, quien dormía a solo un metro (aunque creo que lo percibió todo).

Dos caníbales inocuos en medio de la noche, despidiéndose en su primer encuentro. M. volvería al día siguiente a su país, yo me aprestaba a viajar a la costa atlántica con el grupo.

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HjorgeV 04-11-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (IX)

Lo dijo el genial Albert Bartlett (Shangai, 1923 – Boulder, Colorado, 2013), físico de profesión: el mayor defecto humano es la incapacidad para entender las funciones exponenciales.

Imaginemos dos personas. Y que cada una avanzará 30 pasos.

La primera dará pasos normales.

En el caso de la segunda, la distancia alcanzada tras cada paso se duplicará cada vez.

¿Cuánto avanzarán las dos personas al final de la treintena de pasos?

*

Los seres humanos no solemos entender (ni esforzarnos por entender) los sistemas y problemas demasiado complejos.

(Si a eso sumamos nuestro irrefrenable impulso por las soluciones simples y las respuestas simplistas, ya tenemos la fórmula que está acabando con el planeta.)

Curiosamente, a veces en el desorden, en el caos, se encuentra el sentido de las cosas.

El amor no suele llegar cuando se lo está buscando.

Es más bien al revés.

Pero, ¿cómo dejar de buscar lo que se anhela?

(La segunda persona habrá dado 30 veces la vuelta a la Tierra tras sus 30 pasos.)

*

La tarde de la mañana que decidí romper el cordón umbilical que me ataba a la pareja franco-chilena que me hospedaba, me topé con L. en el Beaubourg, quien enseguida me presentó a R., una rubia parisina de melancólicos ojos claros y cabello ondulado.

Como si fuera la cosa más común del mundo, L. le pidió a R. que me alojara en su studio, un departamentito de la Rue de Temple, muy cerca de la Plaza de la República, donde R. me acogió enseguida.

Incapaz de salir de mi asombro, aún turbado, después de que R. me indicara dónde iba a dormir, le dije abiertamente, en una mezcla de castellano con inglés y el poco francés que había aprendido, que tenía una especie de novia, Francine.

Y le pregunté si le molestaría que me visitara alguna vez.

Non, pas du tout -me respondió con su habitual sonrisa de ángel custodio.

*

Así fue como empecé a visitar el Beaubourg, el Centro Pompidou, en las dos largas pausas que hacía el grupo para el que había empezado a tocar.

L. había cumplido la otra parte de su promesa y enseguida me había contactado con una banda que buscaba un músico multiinstrumentista y cantante.

Esa fue mi suerte.

Lo malo era que apenas recibía al final de la jornada una propina: un exiguo porcentaje de la suma que ganaban vendiendo sus cedés.

*

Pero a mí me bastaba y hasta, tal vez, me sobraba.

Estaba en París y eso era impagable: la ciudad donde había vivido y escrito Cortázar, en la que había muerto Vallejo cumpliendo su autoprofecía:

Moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

*

Yo soñaba con París desde que había leído La tía Julia y el escribidor.

Escribir en una buhardilla parisina. Ese era mi sueño lunar.

Ajeno al mundo y a todo.

Por ignorar, ignoraba que Mario Vargas había tenido la absoluta convicción de que solo viviendo en París podría convertirse en escritor.

También desconocía que Henry Miller, cuyo Trópico de Cáncer no había llegado a leer antes de mi partida, había tenido su particular aventura parisina.

Ángel custodio incluido.

*

Empecé a moverme dentro del triángulo que forman la plaza de la República, el Louvre y la Plaza de la Bastilla.

La hipotenusa era el Sena, con la imponente Notre Dame al otro lado (la Rive Gauche, el margen izquierdo que yo apenas pisaba), y, sobre uno de los catetos, se hallaba el Museo Nacional Picasso.

En los casi cinco meses que estuve en la Ciudad Luz, salvo por las interrupciones de un par de semanas debidas a los viajes con el grupo, nunca visité el Louvre, ni Notre Dame ni la Torre Eiffel (el apellido del constructor proviene del nombre de una región volcánica y boscosa, ubicada en el Land donde domicilio ahora).

Vivía del aire, de la propina que recibía del grupo, de mis nostálgicos paseos y de mis visitas al Beaubourg.

De no haberme prendado tan pronto del Centro Pompidou, no habría encontrado a L. y tampoco a Babsy.

*

Vivía del aire y en el aire (hasta que regresaba al studio de R. por la noche) con los quince o veinte euros al día que me daba el grupo.

Iba al Beaubourg por su biblioteca y porque en su plataforma delantera podía pasarme largas horas contemplando el pasar de la gente y las actuaciones de los diferentes artistas que por ahí recalaban.

Por no saber adonde dirigirme, fui al Beaubourg la tarde que decidí cortar el cordón umbilical que me unía a la pareja franco-chilena donde estaba alojado. Y así me topé con L., quien me presentó a R.

De no haber sido por él, y por ella, ¿adónde habría ido a parar?

Esa experiencia me enseñó algo: a no tomarme demasiado en serio la suerte, mala o buena.

*

Yo era una especie de último eslabón de la cadena, y el penúltimo (la pareja franco-chilena) acababa de anunciarme que me había convertido en un ser prescindible.

Antes de que me lo dijeran explícitamente, me despedí.

Ni siquiera había pensado que Francine podría ayudarme, pues, ya desde un comienzo ella había marcado las condiciones de nuestra relación: ella sería la que me llamaría o buscaría. Yo me limitaría a esperar.

¿Era casada? ¿No vivía en París?

Nunca me atreví a cuestionar esa pauta ni a hacerle preguntas sobre su «otra» vida. Yo venía del Perú, de una época bastante dura en la que nadie preguntaba nada o muy poco, por simple cortesía, discreción o sentido común.

(Todo un contraste con lo que después me encontraría en Alemania y que aún me sigue asombrando, pues, a pesar de creerse muy discretos, mis convivientes se interesan muy pronto por el estado de tu cuenta bancaria, por ejemplo.)

*

Alguien me dijo, o lo leí, que siempre eran las mujeres las que decidían el inicio de una relación.

Todos tenemos por lo menos un McGuffin y, a veces, varios Godots. Muchas veces se confunden parcialmente ambos: pues alguien puede creer, como los cristianos, en una existencia posterior a la muerte y, mientras tanto, procurar llegar a director o gerente, o, simplemente, ocuparse en mantener a su familia.

Siguiendo la definición de Hitchcock, en una película un McGuffin puede ser un maletín, un documento, una carta, una joya, una promesa, un artefacto extraño. El santo Grial, por ejemplo.

Caminando por París, una ciudad de la que desconocía su idioma, de golpe, sin advertencias ni airbag, de repente me di cuenta de que no tenía ningún McGuffin ni esperaba a Godot.

Mi vacío era múltiple y escabroso, pero por lo menos tenía dónde dormir, suficiente dinero para comer y una biblioteca inmensa a mi disposición.

En ese interludio, una tarde inesperada, un ramo de flores me salvó.

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HjorgeV 26-10-2018

«ESTA MAÑANA QUE NO TERMINA DE BACAR»

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Salgo flotando de puntillas de mi sueño,

desmarañando los flecos del amanecer

que se entremezclan con los de mi mundo

subconsciente: un ladrón que no sabe

qué hurtar a escondidas de su propio hogar.

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En ese espacio flotante, deudor de vida y

consciencia, de muerte y nada absoluta,

me desplazo con la ligereza de un dios

que huye hacia la eternidad de tu mirada.

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Nada ha cambiado en el mundo de fuera:

las luchas siguen siendo las mismas, el

olor de la derrota y el desgano permanecen:

más allá, lejos de ese otro fragor de victorias

encadenadas, amanece, que no es poco.

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Alguna vez vendrán y se llevarán todas estas

reliquias: invasores concentrados en el diseño

de sus futuros museos, leyes y detritus.

Recogerán todo lo que aún flota en el aire y

no ha sido absorbido por las conciencias severas.

El oro volverá a hacer oro. O sea, nada.

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Perseverarán estos recuerdos infames. Tu forma de darle

consistencia a mis días. La pureza de tu resplandor

cuando hablabas de cambiar el mundo.

Vendrán y el universo callará, ahíto de respeto.

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No será más mía esta mañana que no termina

de bacar, este despertar alucinado estirando 

inútilmente un brazo hacia el espacio que ya no ocupas.

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HjorgeV 17-10-2010

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (VIII)

Leo en Sapiens. De animales a dioses, la genial obra del historiador Yuval Noah Harari (Kiryat Atta, Israel, 1976), que en la Europa medioeval la nobleza creía a la vez en el cristianismo y en la caballería.

Por la mañana el noble asistía a la iglesia para escuchar al sacerdote predicar que las riquezas, la lujuria y el honor eran tentaciones peligrosas, y que debían ser humildes como Jesucristo, evitar la violencia y ofrecer la otra mejilla en caso necesario.

Por la tarde el noble vestía sus mejores vestidos y más tarde se iba a un banquete, en el que corría el vino, chistes lujuriosos y se intercambiaban sangrientos relatos bélicos.

Las Cruzadas les permitieron a estos nobles aliviar esta contradicción, aunando bravura militar y devoción religiosa en una sola empresa.

*

Las activistas de FEMEN utilizan sus cuerpos (parcialmente desnudos) como medio de protesta, pues es un método mediáticamente efectivo.

El segundo mayor estado capitalista del mundo es -oficialmente- comunista.

Parece ser que el mayor porcentaje (conocido) de pederastas organizados se encuentra en el seno de la iglesia católica, que considera a la bondad, el respeto y la castidad virtudes elementales.

El activismo antiglobalización se vale de las herramientas de la globalización para lanzar un mensaje global.

Asesinos y criminales suelen llevar una cruz en el pecho.

Los mismos que consideran repugnante que ciertas mujeres se cubran el rostro debido a sus creencias religiosas, no permitirían que sus esposas e hijas salgan desnudas a la calle.

Nacionalistas que son hinchas del Barcelona: acaso el equipo más global dentro del deporte más global de todos.

Una economía de mercado que salva a los más ricos entre los ricos (los bancos) con el dinero de los demás (quienes, de paso, ni se quejan.)

Curas que se explayan sobre matrimonio y sexo.

Los más pobres del planeta son los más solidarios. Y al revés.

Más terrorismo (de Estado) para ‘acabar’ con el terrorismo.

Gente que encuentra un sentido a su vida acabando con ella.

*

¿Vivimos para contradecirnos, anhelando/buscando siempre más contradicciones?

¿O, por el contrario, son las contradicciones las que nos permiten vivir, darle sentido a nuestra vida, aunque solo sea para comprobar que respiramos y podemos pensar?

En todo caso, ¿cuál es la ventaja que nos proporcionan esas contradicciones?

¿O no funcionamos guiándonos entre lo que nos da ventaja y lo que nos estorba, molesta o impide avanzar?

¿Deseamos avanzar continuamente? ¿Buscamos siempre ventajas para conseguirlo? 

¿Fuma el fumador (aparte de su lucha perdida contra una potentísima droga) porque el placer es mayor (más ventajoso) que el cáncer que podría acabar con su adicción (tras acabar con él)?

¿Y, si ese cáncer acorta el periodo placentero posible, qué sentido tiene seguir fumando?

Digo tabaco.

Podría decir amor, dinero, escala social, fama, angurria, poder.

Simple deseo de protección. Supervivencia. Cualquier relación humana.

*

De modo que ahí voy, camino al Centro Pompidou, mi magnífico Beaubourg, desplazándome por las calles de París como un imbécil: un fantasma que ignora que se acerca a su fin en una agradable tarde de verano.

(O tal vez ya lo sabe y por eso se muestra indolente, pues, ¿qué más da?)

Hasta aquí he llegado.

Caminos, rutas, tiempo, espacio y travesías para llegar a un simple callejón sin salida.

Haber estudiado Física y Matemáticas no me ha servido para calcular ni prevenir siquiera los riesgos más mínimos y obvios de mi aventura sideral.

(Los viajes de los mileniales de hoy son otra cosa y, en más de un sentido, superseguros:

Con sus fonos pueden hacer y prever contactos, posibilidades y ofertas; estudiar mapas y rutas; y, en caso de peligro o angustia económica, recurrir a los amigos o wasapear gratuitamente a mamá.

De no haber encontrado un sofá prestado antes, se entiende.)

*

¿Qué me había imaginado? ¿Que París me abriría sus puertas y que superaría cualquier escollo por grande que fuera?

Mucho antes de subir al bolbaguen de Carloncho que me llevaría a la estación espacial llamada aeropuerto Jorge Chávez para abandonar mi particular planeta llamado Lima, había preguntado y recolectado experiencias, anécdotas e historias sobre gente que había pasado por Europa.

Así me había hecho con una lista de direcciones, números telefónicos, datos e informaciones adicionales relevantes.

Me había entrevistado con una serie de compatriotas que habían recorrido Alemania, Francia, Suecia y Dinamarca. La mayoría de ellos, músicos.

Mi estadía en Mannheim, gracias a una beca dos años atrás, me había permitido orientarme en el mundo de los músicos transhumantes, pues había llevado conmigo mis instrumentos.

Me creía preparado.

*

¿Cómo, si apenas llevaba dinero encima y no sabía cómo ganar uno nuevo?

¿Qué diablos me había imaginado?

¿Buscaba un nuevo mundo? ¿O era, más bien, laxa, irresponsable curiosidad lo mío?

¿Por qué, en todo caso, abandoné mi refugio temporal, pero seguro, solo porque mis anfitriones me habían llamado la atención por dos faltas triviales, menores?

¿Puede el orgullo matar a una persona?

¿Ponerla en peligro gratuitamente?

*

¿Existe el destino, vale decir, está todo, de alguna forma, determinado, escrito previsto, y nuestra única labor en el universo es comprobarlo, testificarlo?

Mucha gente piensa así.

Ahí está el momento cuando veo salir de una estación del Metro a mi excompañero U., justo cuando no sé qué hacer ni a quién acudir. ¿No es eso destino, suerte, casualidad?

¿Por qué dejé pasar esa oportunidad?

¿Por vergüenza?

*

Todo creyente cree en un destino predeterminado, pues, de no hacerlo, negaría a su propio dios:

Este solo podría ser omnipotente, omnisciente y omnipresente en un escenario fijo, predecible.

No en uno caótico y azaroso, donde nada es lo que parece y todo está mutando continuamente.

*

Un dios no podría ser omnipresente, si no supiera cómo y cuál es el espacio a ocupar y en el que moverse. (Teóricamente, todo el universo.)

Vale decir, debe conocer tanto el espacio presente como el futuro.

Un dios no podría ser omnisciente, si el caos y el azar lo sorprendieran a cada momento.

Debe conocer cada acción y movimiento futuro, por venir.

Un dios no podría ser omnipotente, si no pudiera por lo menos conocer a lo que se va a enfrentar.

Debe conocer a sus futuros enemigos, oponentes, retos, tareas o complicaciones.

Saber lo que se viene.

Como sabe o conoce ese futuro, entonces ese porvenir ya existe (por lo menos en su conocimiento).

*

Personalmente, prefiero imaginarme el mundo como una misión mal explicada a un puñado de incapaces, del que formo parte, y en el que el verdadero dios de todas las cosas es el azar.

Es lo que me permite avanzar con más tranquilidad en la oscuridad de mis pasos, aceptando mi papel de simple gusarapo en la sopa universal, consciente de que cada nueva respiración es una suerte:

El abrevaje que me permitirá afrontar esta extraña y cortísima aventura llamada vida.

*

L. (o sea el azar) me salvó la vida esa tarde parisina.

Por lo menos esta vida, desde la que escribo estas líneas.

Cuando aposté con mis hijos en mi última visita a París, a que la primera persona a la que le preguntara por L., sabría darme razón sobre su paradero, lo hice porque ya me había imaginado que L. no solo había obrado así conmigo.

Hay personas así.

Verdaderos ángeles de la guarda, atentos a caídas ajenas.

Incluso en pleno Atlántico.

*

-¿Qué haces? -me preguntó entusiasmado L. esa tarde de junio, en una pausa del concierto de su grupo sobre la explanada del Pompidou.

-Buscándomelas -respondí-. Acabo de llegar de Lima.

-¿Y cómo te va?

-Prefiero no responder -dije, tratando de mantenerme ecuánime.

-Ah, no tienes grupo. -Sonrió él.

Preferí no comentarlo.

-Pero, ¿tienes dónde vivir? -insistió.

-Prefiero no responder -repetí.

-¿Tienes suficiente guita?

Traté de armar una forma de sonrisa, pero debió salirme la más idiota que tenía.

-Chóper, hermano -me dijo L., posando sus manos sobre mis hombros-. Tú no te preocupes. Desde mañana vas a tener donde vivir y un grupo con el que trabajar. ¿De acuerdo?

Solo pude asentir en silencio.

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HjorgeV 11-10-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (VII)

¿Qué me llevó esa lejana mañana de junio parisina a abandonar el departamento de la pareja que me alojaba, a pesar de no tener adonde ir y encontrarme en un país extranjero en el que no conocía a nadie, sin boleto de regreso y apenas dinero en los bolsillos?

¿Qué me llevó a lanzarme al vacío?

¿Estupidez supina? ¿Orgullo desmedido? ¿Cierta autoconfianza? ¿Desconcierto absoluto?

¿Una mezcla de los cuatro?

¿Haber conocido a Francine?

*

De ella ya sabía que secreteaba nuestros encuentros: yo no la podía llamar y siempre tenía que esperar su llamada, por lo que suponía que estaba casada o comprometida con otro hombre.

(Tal vez con una mujer. Quién lo sabe. Me ha sucedido al revés: que una chica terminara dejándome por otra.)

Cuando Francine me llamaba, lo hacía solo para mencionarme el nombre y la dirección de un hotel en el que había reservado una habitación, además de la hora del encuentro.

*

Nos amábamos luego en silencio, atravesando, desdoblando, mezclando los diversos planos y recovecos de nuestros propios espacios personales como guiados por un efectivo alucinógeno.

Tenía una figura de envidia y sus lentos, pero plásticos movimientos la remarcaban aún más. No me abrazaba: me abrasaba con sus brazos y el resto de su cuerpo, transportándome a un estado de perfecta flotación.

Solo desentonaban -por decirlo de algún modo- una pizca lejana sus turgentes, enormes y bien formados pechos, pero sobre todo debido al fuerte contraste con la gracilidad de su silueta. De haber sido un fetichista mamario, me habría creído en el paraíso.

Por lo demás, Francine era una droga holística, potente y silenciosa.

*

Después del amor, me conducía, a modo de un amante ciego, a un restaurante, en el que también había reservado previamente una mesa.

¿De qué hablabámos si ella no hablaba mi lengua ni el inglés y yo tampoco la suya?

Me enseñó un par de frases en su idioma con las que podía preguntarle por todo: ¿Cómo se llama esto? ¿Qué significa estotro? Comment s’appelle ça…? Qu’est-ce que ça veut dire…? 

Con Francine aprendí el primer francés que aún puedo usar, mientras paseábamos con nuestros pies flotando a pocos centímetros de las aceras y calles parisinas.

El mundo era nuestro entonces por un par de horas: un simple escenario de nuestra locura y éxtasis temporal.

*

De modo que no contaba con ella en mi catapulta al vacío. De hecho, como había abandonado mi refugio, ella ya no podría llamarme a la casa de la pareja franco-chilena.

Por otra parte, yo ya había quemado mis dos grandes naves:

La posibilidad de que el primo de Carloncho me alojara por unos días (pues no había pasado de compartir un simple café en un establecimiento de lujo).

La otra nave era W., el músico que llevaba muchos años en París y que, cuando lo conocí en Lima, me había animado a saltar el Charco.

*

¿Qué me quedaba? Solo un par de contactos más, cuyos números telefónicos enseguida marqué en una cabina, pero sin ningún resultado.

Empezaba a sentirme de humo y sufrir el vértigo del inminente abismo.

Sin saber qué hacer, me dirigí al Pompidou: un fantasma que ignoraba su condición.

Mi salvación momentánea era que aún tenía un problema por resolver, lo que me permitía aferrarme al mundo real.

*

Sucedía que por ese entonces los precios de los vuelos Lima-París eran mucho más baratos comprados en París, así que Carloncho me había dado el dinero para que le comprara su boleto y se lo enviara luego por correo.

Por desgracia, justo por esos días los precios se emparejaron y yo ahora tenía que devolverle su dinero, pero no sabía cómo, pues no hablaba francés y los franceses eludían hablar otros idiomas.

(Esto último ha cambiado por completo. No hace mucho hice la prueba de hablar en castellano y siempre pude encontrar a alguien que lo hablara en la Ciudad Luz.)

*

¿Qué hacer?

El puñado de hispanohablantes a los que me atrevía a consultar, no supieron responder mi pregunta, más allá de una mirada perdida, mezcla de dolor y locura.

Uno me habló de un bosque en el que solía acampar gente que, como yo, no tenía dónde ir.

Otro me mencionó la posibilidad de recoger botellas y venderlas para poder pagarme una habitación.

Asqueado y espantado, llegué a pensar en arrojarme a las vías del tren.

*

Entonces, como por arte de magia, vi en pleno centro de París a U., un excompañero de colegio con el que me había llevado bastante bien.

Sin embargo, en vez de correr a su encuentro para saludarlo y preguntarle si podría brindarme alojamiento por una noche, mi reacción fue esconderme.

Obviamente, la cabeza no me funcionaba bien.

Y, mientras me alejaba de U., volví a pensar en las vías del tren como solución.

El mundo había empezado a oscurecerse y cerrarse como el cielo encapotado que preludia una tormenta.

*

En mi última visita a París les hice a mis hijos una apuesta.

Que me bastaría preguntar en la calle a una sola persona para dar con el paradero de L.

París es una ciudad de varios millones de habitantes, ¿cuál era entonces la probabilidad de que la primera persona a la que le preguntara en la calle por L., lo supiera? Con mala suerte, escogía a alguien que ni siquiera vivía en París. 

-Suele parar en un bar que está en la calle tal -fue la respuesta de la persona que elegí.

*

Encontré a L., precisamente, al final de esa tarde de vías de trenes y oscuridad mental.

Tocaba con su grupo en la explanada del Beaubourg. Apenas lo reconocí, me mezclé discretamente entre el público que los rodeaba.

Lo conocía de Lima, donde habíamos coincidido en varias actividades culturales y conciertos de la San Marcos.

Cuando terminaron de tocar, me señaló lanzando un grito de júbilo:

-¡Chóper! ¡¿Qué haces por acanga, hermano?!

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HjorgeV 09-10-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (VI)

De pronto, por entre los miles de libros de la exposición que ocupaba varias salas del Les Halles, apareció Francine como desplazándose sobre pausados patines.

Un hada escapada de su mundo fantástico a través de un repentino intersticio o fractura de su revestimiento dimensional.

Aparte de su aura, me fascinó enseguida su manera de vestir (un hada), así como la de desplazarse por entre los pasillos de la exposición, como si pudiera leer sin tener que abrir los libros, ni siquiera tomarlos entre sus manos.

Como ya lo había hecho con Babsy, me imaginé a su lado.

Nos imaginé hojeando juntos novelas y poemarios, comentándolos en nuestros respectivos idiomas.

*

La seguí con la mirada, desde muy lejos, temeroso de que pudiera notar mi presencia y mi anonadado interés.

Me contentaba con seguir sus gráciles movimientos mientras hojeaba un libro tras otro, levantando la vista de cuando en cuando para embriagarme con su visión.

Con todo, en un momento dado se produjo una congestión en uno de los pasillos, quise huir para disimular mi mirada embelesada, pero terminamos coincidiendo uno o dos segundos, cuerpo a cuerpo, en un atasco, ella detrás de mí.

Un instante eterno, extendido sensorialmente por el tacto de sus turgentes pechos contra mis omóplatos.

Tendría que haberme quedado paralizado, pero, en cambio me invandió un pánico glacial y huí.

*

Todo el mundo tiene su McGuffin.

Lo sepa o no, lo quiera o no, se mueve de acuerdo a él.

Quieres ser médico. O ingeniero. Quieres que tus hijos crezcan sanos. Que tu pareja sea feliz contigo. O simplemente no pasar hambre. Comprarte una casa, un automóvil.

O quieres servir a un dios.

A la patria. A un partido o grupo.

Ser millonario o tener un simple sueldo decente. O llegar a ser un personaje importante, famoso.

Astronauta. Vendedor, futbolista, premio nobel, profesor, científico, escritor, periodista, arquitecto, cocinero, gastrónomo, carnicero, conductor de bus, maestro de escuela, panadero.

Salvar refugiados.

Cambiar el mundo. O solo tu vivienda (con la ayuda de Ikea).

*

En el ámbito cinematográfico, un McGuffin es un objeto o persona que desencadena, azuza o potencia la trama, pero sin ser importante en sí mismo; vale decir: es intercambiable.

Su función es mantener la tensión, no dejar que decaiga esta. Lo que es (su naturaleza) no importa mucho.

En la vida de cualquiera (la vida es, después de todo -y nada-, una simple y cortísima película) siempre hay un McGuffin, que es, por así decir, lo que nos permite (con o sin ideología o filosofía, y conciencia de ello o no) esperar a Godot.

(En Esperando a Godot, una obra teatral de Samuel Beckett, dos vagabundos esperan en vano a un tal Godot, con quien no está claro si tienen una cita. Al final, el público no llega a saber quién es Godot ni qué asunto tienen que tratar con él.)

(Teatro del absurdo. O sea, de la vida.)

*

Dos días antes de la exposición de libros en Les Halles, me había citado con el primo de Carloncho, tras marcar en una cabina telefónica el número que llevaba meses escrito en mi Libreta de Viajes y Apuntes.

(Tenía direcciones y teléfonos de diferentes puntos de Europa en ella: de unos chicos de Winterthur, en Suiza, con los que había recorrido los Caminos del Inca hasta Machu Picchu y habíamos compartido un fondue.

De una alemana de Bremen, que me había encandilado con su mirada de fuego azul y me había pasado con mano temblorosa sus datos.

De Elke, la chica que me había visitado en Lima tras concluir mi beca en Mannheim y con la que había estado a punto de iniciar una larga relación tres años antes.

Además de otra gente de París: conocidos de conocidos de conocidos, todos solo por referencias o recomendaciones.)

*

Había contado con que el primo de Carloncho me invitara a pasar por su casa, pero solo me nombró un café donde citarnos, que resultó ser una especie de pequeño palacio con vistas a una plaza de ensueño.

(Que París estaba llena de plazas así, ya lo sabía. Pero esta me pareció singularmente especial, acaso porque pronto podría ser el escenario de un nuevo cambio de rumbo en mi vida.)

D. llegó con el aspecto y la prisa de un director de un banco durante su pausa del mediodía, pidió dos cafés y me preguntó si deseaba comer algo.

Aunque no era cierto, respondí que no de la manera más amable posible y luego me soltó un cuestionario que respondí más amablemente aún:

Cuándo había llegado a París, qué hacía, qué había hecho en el Perú, dónde vivía, qué planes tenía. Solo le faltó preguntarme cuánto dinero tenía.

Y no sé si yo le habría dicho la verdad, pues el poco dinero que había traído conmigo de Lima ya casi se me había agotado y no tenía la más mínima idea de cómo haría después.

D. se despidió después de pagar el precio equivalente a dos kilos de café, añadiendo, como si hubiera estado a punto de olvidarlo, que lo llamara si tenía algún problema o necesidad.

No me atreví a decirle que por eso lo había llamado y solo le hice adiós con la mano.

*

En mi cobarde huida (de los turgentes pechos de Francine) no reparé en lo que sucedía a mi alrededor.

Recién volví a la realidad cuando, varios minutos después de ese contacto inesperado y volcánico, levanté la vista del libro que había escogido para refugiarme en un rincón de otra inmensa sala de la exposición y la avanzando en mi dirección.

Aún sentía el rescoldo en mis omóplatos, que enseguida se trasladó a mis mejillas.

Quise desaparecer cuando ella se detuvo, a escasos dos pasos. Solo le faltaban las alas. Y yo necesitaba un par urgentemente.

Sin saber qué hacer, la miré y vi que me sonreía tímidamente.

(Música: una mezcla de Matándome suavemente con su canción, en la versión de Roberta Flack, y The most beautiful girl, de Charlie Rich. Entorno: libros, nada más que libros. Luz: cenital, disminuyendo poco a poco.)

*

Entonces, en plenas entrañas de ese monstruo llamado Metro de París, y como si mi destino fuera un sencillo logaritmo que, seguido al pie de la letra y con paciencia, solo podía conducirme al éxito, el día anterior me había encontrado con W., el músico que en Lima me había animado a dar el salto a la Ciudad Luz.

Desde que había llegado a la capital francesa, lo había llamado repetidas veces al número que me había dado en un bar en el que habíamos compartido memorables veladas, pero nunca había contestado.

Encontrarlo en la mayor estación subterránea del mundo, Châtelet-Les Halles, provista de varios niveles y por la que hoy pasa casi un millón de pasajeros diariamente, era algo parecido a una verdadera hazaña. Y eso sin considerar que yo no sabía dónde vivía ni por dónde se movía W., pues solo tenía su número telefónico.

*

En uno de los niveles subterráneos de Châtelet-Les Halles lo reconocí desde lejos.

Iba con su guitarra, marcando un paso muy firme, casi militar.

Enseguida corrí hacia él, con la mente puesta en las veladas que habíamos compartido en Lima y en su ofrecimiento de «armar un buen grupo en París».

Sin detenerse, me dijo que no tenía tiempo ni ganas de hablar conmigo.

Quise decir algo, recordarle lo que me había dicho en Lima, pero apresuró aún más su paso y se perdió entre la muchedumbre.

Al día siguiente conocí a Francine.

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HjorgeV 30-09-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (V)

Recorrer las páginas de tu propia existencia:

Las veces que no te atreviste, las que te quedaste callado sin protestar, las que te comiste todo el estiércol de la humanidad por cobarde: las que decidiste descobrártela, y terminaste estiercolándola; las veces que diste todo vanamente y las que no diste nada.

Hacer ese recorrido como si todos tus momentos no fueran propios, sino celdas de una exposición museística centrada en recrear la vida de un sujeto X, al que observamos con ojos de entomólogo o de experto en arte.

O repasar todos tus pasos terrestres como si fuera el encargo de un productor cinematográfico, de quien aún no sabes siquiera cuáles son sus intenciones.

*

Con todo, poner todo nuestro empeño en la recuperación de la memoria, sin renunciar a la complicadísima maraña de nuestro imaginario actual ni a nuestra particular paleta de colores y sus raídos pinceles, testigos de nuestros avatares y derrotas.

Cumplirlo, pero sabiendo que, en el fondo (y en la superficie), somos solo un inmenso vacío rodeado de mayor vacío aún. La física puede explicarlo mejor:

Si un átomo de carbono tuviera el tamaño de la Tierra, su núcleo (el lugar de los neutrones y protones) sería apenas el de un campo de fútbol y el resto sería vacío hasta la superficie (terrestre), que es la cárcel donde divagan los electrones.

Somos, fundamentalmente, vacío rodeado de más vacío.

*

Empecé a frecuentar el Beaubourg -el Centro Pompidou– cuando no tocaba con el grupo, especialmente en las pausas del mediodía.

Las mejores horas para vender cedés en las entrañas de ese cíclope llamado Metro de París eran las primeras de la mañana y las últimas de la tarde, cuando los parisinos regresaban de trabajar, de modo que me quedaba bastante tiempo libre el resto del día.

Sin buscarlo, pronto encontré mi particular paraíso.

El Beaubourg: una inmensa biblioteca pública junto a una de las colecciones de arte moderno y contemporáneo más completas del mundo, y eso en pleno centro de la Ciudad Luz.

El simple acceso al edificio de estructura industrialista y con conductos y escaleras visibles desde el exterior, era, por sí solo, como el inicio de un escape perfecto de la Tierra. La Evacuación Final.

*

Allí los vi por primera vez:

Ella, una rubia alta, de perfectos rasgos simétricos, cabello sedoso y boca bardotiana.

Él, un tipo más alto aún, sin hombros apenas. Su cabello lacio y muy negro sobresalía de un sombrero tan negro como el resto de su vestimenta. Chino, imaginé, por sus rasgos faciales.

*

Constituían una pareja rarísima, plena de contrastes de todo tipo: su belleza frente a la simpleza -casi fealdad- de los rasgos de él. Sus gestos armoniosos, frente a los fríos de él. Ella parecía flotar sobre el suelo. Él, llevar una carga que apenas le permitía seguir a su lado.

Por su forma de desplazarse y conversar, con continuas pausas y cambios imprevistos de rumbo, como influidos por los temas que tocaban, imaginé que conversaban sobre arte o filosofía.

Me imaginé en su lugar, en el de él, contentándome con recorrer las calles del viejo París con una edición de Rayuela deshaciéndose entre mis dedos debido al sudor de mis manos nerviosas: pero a su lado. Así de bella era ella.

Cada vez que los descubría en la explanada del Pompidou, o ya en su interior, los seguía y espiaba  un par de minutos desde lejos.

Así descubrí que nunca se besaban ni intercambiaban demostraciones de cariño.

También, que sus atuendos no eran tan ‘naturales’ como me habían parecido la primera vez, y que debían dedicar mucha concentración, tiempo, dinero y esfuerzo en conseguir esa aura de pareja recién llegada del planeta más filosófico y artístico del Universo.

*

Hay un fenómeno que apenas capta nuestra atención, y eso a pesar de que probablemente será el factor más determinante de nuestro futuro como especie.

Nos hemos convertido en una sociedad exponencial.

La gran paradoja es que los humanos, aparte de nuestra capacidad para producir arte y autoextinguirnos, nos caracterizamos por nuestra incapacidad para entender, concebir siquiera, las funciones exponenciales.

Baste un ejemplo:

Si pudiéramos doblar una hoja de papel (A4, 80 g/m2) por la mitad y nos fuera posible repetir esta operación 50 veces:

¿Qué altura alcanzaría el papel doblado: la de un ropero, la de una casa o la de la torre Eiffel?

Le faltaría muy poco para llegar al sol. Esa sería la respuesta.

¿Suena a imposible o, incluso, necio?

De acuerdo.

Esa es nuestra humana incapacidad, precisamente.

*

La Wikipedia define el síndrome de Diógenes como un trastorno del comportamiento caracterizado, además de por el total abandono personal y el aislamiento social, por la acumulación de grandes cantidades de basura y desperdicios domésticos.

Quitémosle el abandono personal y social, y tendremos el síndrome que tal vez más contribuirá a nuestra extinción como especie.

Es el poder del coleccionismo, ya convertido en acumulación compulsiva: de discos, libros, amistades, mensajes, fotos, videos, películas, series, contactos en la Red, fonos, pantallas.

Los antiguos coleccionaban esclavos, posesiones, territorios, castillos, joyas, arte, muebles, amantes, crímenes.

Lo que para nuestros antepasados recolectores y cazadores había sido alguna vez una cuestión de vida o muerte (almacenar alimentos), con la agricultura se convirtió en algo compulsivo, azuzados por el miedo ancestral de morir de hambre. Así nacieron los primeros grandes silos de granos y su uso como moneda.

Hoy es posible llevar cien millones de canciones en el bolsillo, piezas musicales que no podríamos terminar de escuchar en toda una vida aunque lo hiciéramos sin interrupciones.

(Mi vecino, un ingeniero retirado, es dueño de 14 bicicletas y algunas de ellas tienen hasta un cuarto propio. Suelo encontrármelo en el supermercado y le gusta contar sobre su última adquisición.)

El ser humano actual es un gran acumulacionista.

*

Pero no solo acumulamos, forzamos a los demás también a hacerlo.

Como sociedad seguimos acumulando automóviles, por ejemplo, y el ‘laisse-faire’ ya se ha entronizado de tal forma en la economía mundial, que nadie se atrevería a plantear la limitación de su producción y venta.

Aunque fuera para salvar al planeta.

Si consideramos, por otra parte, que la industria armamentística sigue produciendo a su propio ritmo independiente, llegará un momento en que será necesario hacer un gran espacio en el armario para poder renovarlo. Pura lógica industrial.

Llamémoslo, o no, Tercera Guerra Mundial, lo cierto es que en esta misma Alemania, que alguna vez se juró no volver a hacer la guerra, en estos días se está discutiendo la aprobación de un ataque militar en Siria. Y eso, nada menos que con el voto de los Verdes.

La paradoja en este caso es que tal vez sea mejor que la III GM ocurra pronto y, así, poder recapacitar a tiempo, pues de aquí a unos pocos años seremos capaces de producir armas que podrían barrer -literalmente- con media vida planetaria.

*

No pensaba, no podía pensar en todo esto, cuando una mañana, al final de mi primera semana en París, me encaró en la puerta de la cocina la esposa del amigo chileno que me había acogido en su departamento.

Vivían en un pueblucho burguesón de las afueras y se habían conocido en el Cuzco, mientras visitaban Machu Picchu.

No pudieron separarse más y siguieron juntos a Lima, donde se comprometieron antes de que ella regresara a París. Por esos días los conocí. Me fascinaron sus lelos gestos de recién nacidos en una otra  dimensión o de recién bautizados en una novísima religión.

Me nombraron testigo de su noviazgo y, cuando les conté que había pensado estudiar cinematografía en París (en ese momento la idea solo era una mota de polvo entre decenas que se desplazaban por el éter de mi mente), me prometieron que, si verdaderamente llegaban a casarse, y yo a concretar mi viaje, me alojarían en su casa parisina.

Así llegué ahí.

*

¿Me habría atrevido a dejar mi país sin boleto de regreso sin esa invitación?

Lo ignoro.

Pero, por si acaso, tenía un par de boletos más en el bolsillo.

Un excompañero de mi colegio vivía en París, por ejemplo, y Carloncho tenía un primo medio millonario que estaría dispuesto a ayudarme en caso de emergencia; además de que un músico que había conocido en Lima, me había dicho que si alguna vez pasaba por París lo buscara para armar un buen grupo.

*

La esposa del chileno me reprochó que hubiera dejado entrar a otra persona en su ausencia, durante el fin de semana.

No podía negarlo. Era cierto.

Había conocido a Francine, una parisina con la que había coincidido de una forma bastante surrealista en una feria de libros, y habíamos terminado pasando la noche en el departamento de la pareja francochilena.

Le dije que lo sentía. Que no había sido consciente de haber estado cometiendo un error tan grave.

Añadió, aún con mayor dramatismo, que había vuelto a encontrar un pelo mío en la ducha.

Quise decirle que bien podría ser de su esposo, pero solo permanecí callado, en ese limbo intocable de quien acaba de cerrar su caparazón al mundo.

*

Una media hora después ya había abandonado el departamento de la pareja franco-chilena y me desplazaba rumbo al resto del inmenso mundo, hacia mi particular ‘Centro’ de París, que en mi caso lo constituían la zona del Beaubourg, Saint Denis, Châtelet, Les Halles y el Barrio Latino al otro lado del Sena.  Me había despedido como cada mañana, pero sin decir que esta vez era para siempre.

Dejaba atrás casi todos los instrumentos musicales que me había traído de Lima.

Debí dejar también parte de mi ropa, ya no lo recuerdo, pues en mi nueva etapa flotante en París y otras ciudades de la costa atlántica francesa participando en festivales, solo me recuerdo muy ligero de equipaje; que es la mejor forma para moverse por el mundo y también para dejarlo.

Los exponencialistas deberían enterarse.

*

¿Por qué dejé mi ciudad, mi país?

Dejar el lugar de origen es algo bastante común acá en Yérmani. (Forma parte de todo un conjunto de nuevas tradiciones y costumbres, entre las que figuran el no desear descendencia y  dejar que los propios padres vegeten en una residencia para ancianos hasta su muerte.)

Ya lo cantaba Hildegard Knef en los sesenta, refiriéndose a Berlín:

Eines Morgens stand ich dann am Bahnsteig
An dem Schienenstrang zur großen Welt
Und ich wusste plötzlich auf dem Bahnsteig
Dass mich nichts in dieser Stadt mehr hält

Lo traduciré libremente:

Una mañana, por fin, me detuve en el andén,

al pie de las vías que llevaban al resto del inmenso mundo.

Y de repente lo supe allí sobre el andén:

que nada había ya en esta ciudad que pudiera detenerme.

*

Salir para no volver, tal vez solo anunciando que sales a comprar cigarrillos.

Salir para pasarse décadas viviendo mentalmente en tu ciudad, sin abandonarla del todo; recreando una y otra vez las horas y las vivencias de tu niñez, las calles y las personas de tu adolescencia, tus juegos infantiles, tus sueños, tus pesadillas.

Vivir en la mente de la muchacha que inflamó por primera vez tus mejillas, inútilmente arrepentido de no haber sabido saborear mejor sus besos.

Vivir con tu madre al lado, ese fantasma benigno que nunca te abandonará y que aún sigue haciéndole adiós al bolbaguen de Carloncho desde la puerta.

*

¿Por qué nos enamoramos de una determinada persona y no de esta otra?

Tal vez no sea muy difícil proponerse no enamorarse de alguien. Sobre todo cuando ya sabemos de quién se trata.

El problema se presenta cuando esa persona nos toma por sorpresa y aparece a la vuelta de una de las esquinas menos pensadas de las calles de tu vida.

Mayor el problema cuando estas dos condiciones se dan a la vez.

Así conocí a Babsy.

*

Salía de la biblioteca del Pompidou, justo cuando yo había empezado a preguntarme, puesto que llevaba varios días sin verla, si ya habría abandonado París.

Cuando la avisté, se estaba despidiendo de otra chica, en un alemán que entendí sin problemas.

Giré discretamente para ver/escuchar en qué idioma le hablaría al Chino, pero no pude hallar a este por ninguna parte.

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HjorgeV 18-09-2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (IV)

¿Cuánto -y en qué- ha cambiado el mundo desde que me apeé del bolbaguen de Carloncho un 12 de junio de finales del siglo pasado para subirme a un vuelo chárter de Alitalia?

*

Hace pocos años, cuando me aprestaba a hacer el chequeo de mi equipaje para regresar a Alemania al final de mis espaciadas visitas a mi país, me topé con Susanne.

Ocurrió en los pasillos del mismo aeropuerto limeño al que me llevó Carloncho ese lejano día de junio.

Me alegré de golpe, como un niño que no puede ocultar su euforia al reconocer a un viejo amigo o familiar querido.

Un niño que aún no sabe que el mundo siempre cambia mucho más rápido e irreversiblemente de lo que aparenta y uno mismo quisiera.

*

Pero ella me ignoró casi por completo.

Apenas hizo una especie de gesto de negativa, o simple desprecio, sin mirarme, como el que se le hace a un vendedor callejero que intenta captar nuestra atención con un producto que no nos interesa en absoluto.

Fue una fiera bofetada.

Yo no quería venderle nada a ella.

La violencia emocional puede ser peor que la física. Es verdad.

*

Varias veces he recordado esa escena, preguntándome por las razones de Susanne para tratarme así.

¿Despecho retrasado?

Nunca le había prometido nada. Nunca nos prometimos nada.

¿Odio?

Nos despedimos como buenos amigos.

¿Por qué entonces?

¿Se había imaginado acaso formando una familia conmigo?

*

¿Y por qué no me enamoré de ella?

¿Porque sabía que lo nuestro no tenía perspectiva?

¿Lo sabía? ¿O solo lo intuía?

Y, de ser así, ¿es posible manipular los propios sentimientos?

*

¿Por qué me dolió tanto su desprecio?

Tal vez porque detestamos ser ignorados, pues eso nos convierte en seres inútiles, insignificantes; de la misma manera que aborrecemos no tener explicaciones para todo.

(Muchas veces preferimos el alto y absurdo precio de una pésima explicación. Basta ver las explicaciones que nos gastamos en cuestiones tan complejas y significativas como el sentido de la vida o el origen del universo.)

¿No se debe acaso el auge de la Red a las redes sociales, que quizás evitan que la mitad de la población mundial sea menos ignorada?

*

Una mujer dispara a un asaltante armado. La mujer es policía o militar. Después de dispararle en pleno pecho y desarmarlo cuando se desploma gravemente herido, le pone un pie encima, al estilo de un cazador de un safari.

El delincuente muere poco después en el hospital, pues no llega a ser atendido a tiempo de su herida.

La población, los políticos y la prensa aplauden el valeroso acto de la mujer. La historia es real.

¿Alguien se ha preguntado por qué no llamó la mujer o alguno de los presentes a la ambulancia inmediatamente?

*

Ya no basta con defenderse.

Ahora también es legítima la venganza. Y eso para no ahondar en el tema de las guerras preventivas.

Tomarse la justicia por mano propia, especialmente si se trata de un delincuente de poca monta o común, forma parte de la conducta moderna.

El monstruo interior vuelve a ser legítimo.

El retorno a las cavernas no se detiene ni ante el Tribunal Internacional de Justicia, como lo acaba de demostrar el gobierno de Trump.

¿Y cuando el odio y el desquite sangriento y cruel lo ejercen los ‘malos’?

*

En una escena de Bastardos sin gloria (Malditos bastardos en España), una película de Tarantino del 2009, un teniente del ejército estadounidense arenga a sus reclutas, anunciándoles que su tarea será simple: asesinar nazis.

-No sé ustedes -les dice-. Pero no bajé de Tennessee, de las malditas montañas, atravesé un océano de ocho mil kilómetros, luché en el camino por la mitad de Sicilia y después salté de un maldito aeroplano para enseñar a los nazis humanidad. Los nazis no tienen humanidad.

*

El método es conocido y se repite en la historia con asombroso parecido y constancia:

La deshumanización del otro: individuo, grupo o etnia.

*

¿No resulta asombroso que el método siga funcionando en una época en que se empieza a reconocer, incluso, los derechos de los animales?

(Me pregunto si alguna vez se reconocerá los de las plantas.)

El discurso del personaje encarnado por Brad Pitt bien podría ser el de un terrorista de estos días.

Entonces sí nos causaría terror, indignación, desprecio y asco.

El monstruo siempre son los demás.

El infierno son los otros, como dejó dicho Sartre.

*

Una ciudadana británica cae al mar y la prensa europea celebra su rescate tras diez horas de luchar por no hundirse y no perecer de frío. Apenas se menciona que ha ocurrido debido a una borrachera.

La decena de personas que se ahogan a diario en ese mismo océano en su huida o búsqueda de un mejor destino, no tienen, simplemente, la misma suerte. Su muerte apenas interesa al europeo. Le jode, más bien.

La solidaridad humana consiste, precisamente, en entender la lotería de la natalidad.

Que nadie escoge su país de nacimiento, familia ni época en la que le tocará vivir.

*

Si algo ha cambiado desde que bajé del bolbaguen de Carloncho para embarcarme en el avión de Alitalia que me llevó a otro continente y destino, es que todas estas preguntas no habrían tenido ningún sentido. O muy poco.

Entonces no existían la Red ni los fonos inteligentes.

Para no existir, no existían siquiera los televisores planos, los automóviles eléctricos, las redes sociales, las cámaras digitales, el veganismo ni las preocupaciones por el cambio climático.

Existían, en cambio, el Muro de Berlín, Alemania Oriental, la URSS, Yugoslavia, las dictaduras militares y las desapariciones en Latinoamérica.

La fiebre Pac-Man (Comecocos en España) acababa de desatarse. Y Video killed the radio star había inaugurado el primer canal musical de la televisión.

*

Mi primera mañana en París la dediqué a pasear por la ciudad. Hacía un día lindo, con temperaturas veraniegas más que agradables.

Nunca había estado en la Ciudad Luz.

No tenía la más mínima idea de la ciudad donde nacieron Sartre, Beauvoir y, vivieron Cortázar y Hemingway y murieron Vallejo, Víctor Hugo y Balzac. Salvo, claro, por postales y algunas escenas de películas que apenas recordaba.

Ingenuamente, empecé a buscar el ‘Centro’ guiándome por el número de joyas arquitectónicas.

Ignoraba que París era una gigantesca medusa. Un monstruo con incontables Centros (cuya construcción exigió el traslado de la población a las afueras de la ciudad).

Y menos sabía que  corría el riesgo de convertirme en piedra a cada paso.

*

La primera persona que conocí en París fue un hombre que hablaba como italiano (y seguramente lo era) y que detuvo su inmenso y flamante Benz a mi lado para darme la bienvenida.

-Tú eres sudamericano -me sonsoneó por la ventanilla.

Asentí. El hombre se apeó y me dio un apretón de manos.

-Soy de Lima -le devolví el saludo.

-Viví en la calle principal un par de años.

-¿En el jirón de la Unión? -me sorprendí.

-Sí, linda ciudad la tuya.

Quise decirle que era fea, más bien. Y gris. 

Me hizo varias preguntas y luego me dijo que tenía un problema para regresar a Italia porque se le había acabado la gasolina, pero que yo estaba de suerte pues aún tenía unas hermosas prendas de vestir en la maletera. Me explicó que era un comerciante viajero.

Me las mostró con un gesto de desprecio y pena:

-Cuestan unos tres mil francos, pero a ti te las vendo a quinientos para que puedas hacer negocio con ellas y gozar de París. Esta ciudad es maravillosa.

Calculé mis ganancias con los ojos entornados.

*

Cuando me aprestaba a entregarle el dinero que llevaba, y que era todo el que tenía, recordé que había mencionado el Jirón de la Unión. Una calle que era y sigue siendo netamente comercial.

-¿En dónde? -le pregunté, pues no me imaginaba que alguien con tanto dinero pudiera vivir allí.

-Al comienzo de la avenida.

-¿Avenida?

-Sí, en los primeros metros.

Dudé un momento. Finalmente dije:

-¿Junto al parque Kennedy?

-Exacto -respondió el italiano.

Bajé la cabeza para no ceder a mi impulso de abofetearlo.

Guardé mi dinero y seguí mi camino sin atender a sus voces de llamada.

*

El parque Kennedy está situado en Miraflores (el actual Centro limeño), a más de cinco kilómetros del Jirón de la Unión, que, como su nombre lo indica, es un jirón o calle, no una avenida.

En ese momento no lo sabía, pero acababa de sortear la primera de las varias trampas que me había preparado la Ciudad Luz; a mí, recién caído a ella.

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HjorgeV 11.09.2018

ÚLTIMAS NOCHES EN PARÍS (III)

¿Por qué no me enamoré de Catrin? ¿Por qué tampoco de Susanne?

Solo reconozco un filo de respuesta, una veta muy fina e intuitiva en ese agitadísimo y turbio mar de la memoria.

Si la vida es una ficción incesante y muchas veces esquiva, la memoria es más poderosa y débil a la vez.

¿Por qué no me enamoré de ninguna de las dos, mis dos medias novias?

*

Me lo acaba de preguntar M., mi hija mayor.

La estoy conduciendo a su trabajo, un Kindergarten que funciona en medio de un pequeño bosque que pertenece a uno de los dos cinturones verdes que rodea Colonia. Hoy es su último día allí, tras medio año de prácticas. M. había preparado un pastel para la ocasión que, inicialmente, pensaba llevar en su bicicleta. Pero habría resultado muy complicado.

De modo que ahí vamos ahora, en el bolbaguen de la familia, mucho más espacioso -por suerte- que el que me llevó al aeropuerto para iniciar mi aventura europea.

Me basta pensar que nuestra camioneta es una especie de descendiente del escarabajo de Carloncho, para darme cuenta de que, de haber perdido el avión a París en ese mi último día en mi país, también habría perdido esta vida, la óptica desde la que transcribo estas líneas.

En otra ruta posible de mi particular jardín de senderos que se bifurcan, habría tenido tal vez tres, dos o ningún hijo.

O me habría quedado soltero y no habría soportado la soledad, y terminado de vuelta en mi país.

*

Toda vida solo es una de las infinitas posibilidades de recorrido que plantea a cada instante ese inmenso e hiperactivo mapa en el que sucede nuestra existencia. Llamémoslo universo.

La vida de cualquier persona es la suma de hechos, personas, experiencias y situaciones ocurridas en uno solo de los caminos o senderos posibilitados por ese universo.

¿Qué sucede con todas esas otras posibilidades que desechamos a cada instante con cada nueva decisión, error o simple cambio rumbo y que podrían haber conformado otro ramal de experiencias, otra historia personal?

Tal vez existan otras dimensiones.

Empero, ¿no es la vida de por sí un misterio suficientemente inmenso?

*

En las siguientes semanas le espera a M. otro trabajo de corta duración como asistenta de dirección en la producción de una película y, luego, la universidad.

Su relativamente corta vida ha sido una sarta de oportunidades que yo mismo no reconozco de buenas a primeras en mi historia personal.

Pero, por supuesto, no es así.

Oportunidades como las que ella ha tenido -de viajar y vivir en otros países, así como de hacer prácticas en diversos trabajos y eventos- también las tuve a esa misma edad.

Es el simple, impertinente, irreprimible y goloso vicio de, o bien exagerar, o bien subestimar todo lo propio al compararnos.

*

-¿Ya no sabes por qué no te enamoraste de ninguna de ellas? -insiste ella-. ¿Las querías, por lo menos?

«¿Qué es querer?», quiero preguntarle.

-Ambas me hablaron de sus amores imposibles muy al comienzo de nuestras respectivas relaciones -le digo, en cambio-. Tal vez por eso se pasmaron mis sentimientos y ellas, de alguna forma, aceptaron compartirme. 

-¿O sea que estuviste con las dos a la vez? -Creo reconocer cierto retintín aleccionador, cierta moralina en su tono de voz.

-Un par de meses.

-¿Y ellas lo sabían?

-A una se lo dije abiertamente. La otra lo intuía y creo que prefería evitar el tema, pues ella también tenía su propio medio amor imposible.

*

Aprovecho un semáforo en rojo para girar mi cabeza y observar, por un solo instante, como una fotografía, el rostro de mi hija. Parece conmocionada. La consideraba mucho más liberal, moderna, por así decir, pero no me atrevo a decírselo.

-¿Por qué no te despediste de Catrin la noche anterior a tu vuelo? -continúa su inquisición.

-Era demasiado tarde, ya casi medianoche cuando desperté en la cama de Susanne.

-Podrías haberla llamado por teléfono.

-¿O enviarle un wasap?

-Por ejemplo.

-En ese tiempo solo existían teléfonos fijos y el número pertenecía a toda la familia. No podía llamarla a esa hora sin despertar a sus padres.

-Ah… -dice mi hija, como si le estuviera hablando de los tiempos de las cavernas. Curiosamente, si a mí entonces me hubieran dicho que dentro muy poco la gente andaría por las calles concentrada en minúsculas computadoras, varias veces más potentes que la que permitió la llegada a la Luna, no me lo habría creído en absoluto.

*

Después, cuando ya he dejado a M. en medio del bosque, en su Kinder (la he tenido que acompañar llevando uno de sus pasteles en la mano), y ya voy de regreso a casa, la camioneta familiar se transforma en el bolbaguen de Carloncho y vuelvo a recordar mi primera noche con Susanne.

Está exultante.

Ha encendido un cigarrillo y su gesto es extático.

Me ha abierto las puertas de su pequeño palacio personal y van a suceder cosas. Para empezar, me quedaré a pasar la noche, algo que después se convertirá en rutina.

En este momento ella lo sabe. Pero yo no. Tal vez porque yo mismo también estoy exultante, sobrerrevolucionado, desperdiciando mi concentración en tratar de disimularlo.

*

Nos hemos encontrado a la salida del Goethe más o menos casualmente y, luego de conversar y pasear un poco, me ha invitado a tomar un café en su departamento de San Isidro.

-No tomo café.

-Entonces toma cualquier cosa -ha sido su respuesta.

-Por supuesto.

*

Estamos sentados en un pequeño sofá. Fumamos y bebemos ron con jugo de naranja, la especialidad de la casa.

Susanne acaba de poner un casete con el que ha conseguido sorprenderme, pues en los últimos años me he movido muy cerca de uno de los núcleos más recalcitrantes de la izquierda universitaria de San Marcos (la primera universidad de América), de esos que poco después pasarían a formar parte de Sendero Luminoso, la ETA peruana, por así decir.

Escuchamos El derecho de vivir en paz. La voz de Víctor Jara resuena a la vez lejana y totalmente aneja, próxima.

Cuántas guerras en nombre de la paz.

Cuántos Ministerios de Guerra.

¿Cuántos de la Paz?

*

La canción, a pesar de que la conozco, me suena tan extraña como si fuera extraterrestre o la de una tribu recién descubierta en un inhóspito paraje olvidado de la Amazonía. Tal es su fuerza melódica, textual y armónica.

Y no solo se debe al uso del salterio (una especie de cítara, muy común en la Edad Media). El sencillo pero efectivo arreglo inicial no hace sino resaltar esa cualidad enajenante.

Hemos alcanzado esa mezcla mágica de música, ambiente, conversación y alcohol que muchos desearían no abandonar nunca: un limbo engañoso, que, al despertar, bien podría haber servido para no darnos cuenta de que el tren de la vida nos ha pasado encima y es probable que no podamos volver a erguirnos por nosotros mismos.

Ahora no me importan los peligros y solo gozo el momento.

Aún ignoro que no regresaré a dormir a casa esa noche, algo que luego preocupará a mi madre, quien no lo podrá entender.

O tal vez sí y solo lo fingía.

*

Vuelvo a mi aseinto en el avión que me lleva a París.

Me he pasado las últimas semanas recorriendo mi ciudad como un hambriento indigente que recorre los puestos del mercado en busca de desperdicios y desechos.

Observo Lima desde el aire: una antigua civilización carcomida por el desierto y el descuido.

He recorrido Lima como un insomne a pie, con mi chuspa colgada al hombro (mi cuaderno de notas, un par de libros; nada de agua, en contraste con ahora), para impregnarme de sus calles y gentes.

Dejo mi país. Aún no sé que será para siempre, a pesar de que me lo acaba de anunciar una adivina en la avenida Colmena y de que no he comprado el boleto de vuelta:

-Deje que le lea la suerte, joven.

-No, gracias.

-Estás a punto de dejar tu país -me dice.

Me la quedo mirando.

-Ya tengo el boleto. No me está diciendo nada nuevo.

-¿Pero ves que puedo?

No quiero que me diga más y sigo mi camino.

*

Sobre el sofá, Susanne se acerca por detrás y me sorprende alcanzándome su guitarra. Enseguida entono el comienzo de una canción. Estoy exultante.

-No sabía que cantabas -me susurra.

Percibo su aliento nicotínico, ese que después me resultará absolutamente insoportable en cualquier otra persona.

En ese momento no me importa, pues sé que se ha acercado para besarme.

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HjorgeV 20.08.2018