DEL PALTO A BERLÍN (III)

Desde París, para llegar al Disneyland Paris (el negocio que, cuando dejó de llamarse Euro Disney Resort, consiguió sus primeras ganancias), hay que tomar la Autoroute A4 en la Porte de Bercy, al pie del Sena, y seguir unos 40 kilómetros en dirección este.

La A4 continúa luego hacia Reims y pasa por Metz, apuntando hacia Saarbrücken, capital del estado federado alemán del Sarre.

Pero entonces, como atendiendo a un repentino ataque de desconfianza o duda, la A4 francesa se desvía en dirección sudeste hacia Estrasburgo y, si se desea cruzar la frontera, se debe cambiar a la A35.

Esta última desemboca en Baden-Baden, balneario de la burguesía europea de hace dos siglos, famoso por su baños termales y su casino, y residencia de Dostoyevski y Brahms -el más clásico de los románticos-, entre otros.

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Acabo de verlo en los mapas gúglicos, recorriendo la ruta con un dedo y recurriendo a la Wikipedia para comprobar lo de Brahms.

Por lo demás, el cruce de la frontera se hace hoy de forma prácticamente inadvertida para el viajero, salvo por los letreros (europeos a ambos lados) que indican el cambio de jurisdicción.

Ya no hay puestos de aduana ni policías revisando vehículos, pasajeros y pasaportes.

Y el contraste entre las señales de tráfico, el tipo de las construcciones y las luces (la de los postes de luz y la de los faros de los automóviles era blanquecina en el lado alemán y amarillenta en el francés) hace mucho que ha desaparecido.

Esto último lo sé por mi memoria, no por la Red.

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Debí haber dormido durante el trayecto de París a Múnich, pues, tras más de diez horas de viaje, cuando llegamos en el Peugeot azul a la capital bávara poco antes del mediodía, no me recuerdo especialmente cansado.

No era mi primera vez en Alemania. Con todo, era como si acabara de llegar a otro planeta, para el que, ilusamente, me creía preparado.

(De eso va la vida: de creer ilusamente muchas cosas, sobre todo las referidas a uno mismo. Aprender o no, es parte de su escuela.)

Hablaba el idioma local. Conocía las costumbres y la idiosincracia alemanas. Había pasado un par de meses en Mannheim, gracias a una beca (que, en realidad, fue a cambio de gestar a una criatura, pero esa es otra historia). Nada podía fallar.

Eso creía, por lo menos, aunque, como ya sabemos: precisamente cuando nada puede fallar, todo falla.

Para empezar, ni siquiera sabía que los muniqueses hablaban su propio idioma.

(Que es más o menos la misma sorpresa que se llevan muchos alemanes cuando visitan por primera vez Barcelona, por ejemplo.)

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*

Adiós, París, adiós.

Adiós a los amigos y conocidos, a los colegas musicales, a las atrevidas y liberales francesas. A la gente que me había ayudado.

A sus cafés y bares, a sus callejuelas y avenidas, a la algarabía y los tumultos de sus estaciones de transporte, a sus turistas y artistas incansables, a su arquitectura, a la particular lengua de la capital.

Pero, sobre todo, adiós a la incertidumbre cotidiana.

Mi principal bandera en ese preciso momento.

*

Darío, un peruano que había conocido en la explanada del Centro Pompidou, finalmente me convenció para que dejara todo en París y me fuera a Múnich.

Y ahí acababa de llegar.

La idea era que, como músico, podría ganar mucho más, y el problema de la vivienda, a diferencia de París, sería pan comido.

Él mismo, por ejemplo, aparte de vivir en una residencia estudiantil, tenía tres novias, por lo que, en total, podía dormir en cuatro lugares diferentes.

Y, puesto que yo hablaba alemán, conseguir una plaza de estudios se me haría mucho más fácil.

Le creí todo al pie de la letra y me atreví a dejar París para siempre, como antes había hecho con Lima.

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Me veo confiado, por lo menos seguro de mí mismo, cuando me apeo del Peugeot azul que he abordado la noche anterior en Saint-German-de-Prés.

Por ignorar, ignoro cierta especial inclinación -de la gran cineasta llamada Vida- por la tensión, el drama, la comedia, las farsas, los fantoches.

Por ignorar, ignoro mucho.

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Múnich es otro planeta.

Para empezar, ¿es real esa merma, cierta frialdad, en las expresiones de la gente que creo percibir a mi paso, o solo un espejismo?

¿Y qué es esa especie de contención casi fúnebre que flota en el U-Bahn muniqués, comparada con las estaciones del metro parisino?

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*

Mi plan es ir acercándome poco a poco a Monnheim am Rhein, una localidad a 500 km hacia el norte, muy cerca de Colonia, donde estudia y vive Babsy.

Quiero darle una sorpresa a la chica que he conocido de una manera casi novelesca en el Centro Pompidou.

Por teléfono me ha dicho que puedo visitarla cuando desee. Al preguntarle por cuánto tiempo, me ha vuelto a responder que «para siempre».

Me siento animado y confiado.

Pero algo me reconcome: ¿Estoy enamorado de ella o de su belleza?

¿De ella o de lo que representa?

¿Estoy enamorado?

¿Qué es esa atracción incontenible, casi sofocante, y que nadie puede saber (por definición) cuánto durará?

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*

Algo, mucho, no encaja o funciona entre nosotros, pero no sé qué es.

No somos nuestras respectivas medias naranjas.

Tal vez ni siquiera somos cítricos.

Dos simples frutas que la vida ha acercado geográficamente en su eterno lance de dados.

La atracción que siento por ella me impide ahondar ahora en el tema.

He decidido iniciar una nueva vida.

Y no es cuestión de ponerme a dudar justo en la primera página de este nuevo capítulo.

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*

Así que, por así decir, vuelvo a bajar del bolbaguen de Carloncho, el amigo que me llevó al aeropuerto limeño el día que dejé el Perú.

Solo que ahora el conductor es francés y en el asiento trasero no va Catrin, mi chica alemana, sino dos francesas con las que apenas he cruzado palabra en todo el trayecto.

A paso lento, a la vez empujado y retenido por fuerzas contrarias en permanente conflicto y discusión, avanzo hacia el Studentenwohnheim: la residencia estudiantil en la que vive Darío.

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En la entrada hay un teléfono público, desde el que marco su número.

Me contesta que ahora no tiene tiempo y que lo vuelva a llamar en un par de días. Tengo la impresión de que acabo de despertarlo, pero no lo menciono.

Le remarco que he dejado París por su expresa recomendación y que no tengo donde pasar la noche.

-Tú te has venido solo. Nadie te ha obligado a nada, oye -me reprende.

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Atravesando el pasadizo acristalado, que es la entrada al edificio principal, me encuentro con una caseta, una especie de panóptico y punto de control: la oficina del conserje de la residencia estudiantil.

Sentado en su interior, un rubio habla por teléfono. Gesticulando más que hablando. Sin dejar de girar y pivotear en su sillón.

Cuando me acerco, me doy cuenta de que habla como un limeño y lo está haciendo con alguien que debe estar en Lima, a juzgar por lo que dice.

Se lo comento cuando termina de hablar unos diez minutos después, pero no parece interesarle. Voy al grano:

-¿Sabes dónde puedo encontrar al encargado?

-¿Qué buscas? ¿Habitación? No hay ninguna libre por ahora.

-¿Tú eres el encargado?

-No.

Le digo que busco a Darío Herrera.

-No vive aquí.

-Pero es lo que me ha dicho.

-Será. Pero no vive aquí.

-¿Sabes dónde podría encontrarlo?

-A veces duerme aquí.

-¿Entonces sí vive aquí?

-Duerme, he dicho.

*

Toco la puerta que el rubio limeño me ha mencionado en su ‘oficina’ (la llama así, aunque después resultará que es el amante del cura que dirige la residencia y por eso puede hacer todas las llamadas que quiera a Lima).

Obtengo como respuesta un gruñido ojeroso, como el de un oso que ve interrumpido su sueño en plena hibernación.

Es mediodía. No puede ser, me digo.

-¿Quiénnn esss?

-Busco a Darío.

-No vive aquí.

-Ya lo sé. ¿Puedo entrar?

Otro gruñido. Abro la puerta con extremo cuidado. Una cama a la izquierda, un ropero a la derecha. Al fondo una ventana, sobre la que está apoyado un contrabajo. Ropa tirada por todas partes. Dos libros, un diario, como alcanzados en plena huida por un francotirador.

-¿Sabes dónde lo puedo encontrar?

-Ni’dea.

-¿Pero vive aquí?

-Duerme aquí.

-Es lo que me han dicho.

-Pero solo a veces. Y ahora déjame dormir.

Solo hay una cama en la diminuta habitación.

-Solo una última pregunta.

-Mmm…

-¿Dónde duerme?

El tipo me señala el suelo a su costado, el único lugar libre del recinto.

*

Debo haber recorrido Múnich ese mismo día, pero solo recuerdo jirones, imágenes incompletas, las de un borracho que no sabe bien cómo ha llegado a casa.

Cuando oscurece (el verano termina ya), me dispongo a volver a la residencia de estudiantes para ver si ubico a Darío. Un hotel se llevaría gran parte de mis ahorros y no quiero arriesgarme a pasar por ese tipo de apuros.

Estoy en una estación del metro muniqués. Llevo un sombrero, que es parte del atuendo de mi exgrupo parisino. Pero también mi indumentaria de guerra: mi protección en caso de que tenga que recurrir a la música callejera para sobrevivir.

Estoy pensando en los extraños meandros y vuelcos de la vida.

No he perdido del todo la serenidad, pues acabo de llamar a Babsy y me ha vuelto a asegurar que se alegraría de volver a verme. Oxígeno puro.

*

Estoy pensando en los grandes desfalcos de la lotería de la vida cuando, de pronto, alguien se detiene a mi lado y pronuncia mi apellido.

-Es correcto -respondo.

-Conozco a tu padre -me dice el desconocido-. Ha sido mi profesor en la UNI.

-Ah, mira.

-A ti creo haberte visto un par de veces allí.

Asiento con la cabeza.

-Dos años de Física y tres de Matemáticas. -No sé qué más decir.

-¿Qué haces en Múnich? ¿Vas a estudiar aquí?

-Estoy de paso, buscando a un peruano que me ofreció un lugar donde dormir -respondo, porque es la verdad y espero espantarlo con ella.

-Mi novia está ahora de viaje, así que ahora tengo…

-… dos casas -completo.

-¿Cómo lo sabes?

-Conozco la historia.

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*

Pero su historia resulta ser verdadera y, después de comprar dos medios pollos con ensalada y unas cuantas cervezas, nos instalamos en su departamento de becario, donde E. saca su guitarra y terminamos cantando.

Por él me entero de la extraña historia entre el rubio limeño y el cura que dirige la residencia estudiantil.

Poco después de las doce, E. se despide y me deja solo en su departamento.

No me ha mentido. La vida sigue.

Más arriba, sobre el mapa, alguien me espera.

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HjorgeV 19.08.2019

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«PAVORES DE PANADERO»

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Nadie nos conoce, pero quería decirte

que estoy pensando en tu padre.

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Lo veo en la foto que me enviaste y

no puedo dejar de pensar en él.

¿Le pegaba a tu madre? ¿La maltrataba?

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Me permito estas preguntas atrevidas e

idiotas, porque yo nunca tuve un padre.

O, mejor dicho, estaba tan al alcance de mí, que,

de haberlo considerado como un padre normal,

seguramente

no me habría interesado para nada por él.

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Mi madre era una mujer soltera.

De modo que no sé de un padre que llegaba

de madrugada o se pegaba un tiro fingido

ante sus actos más atroces.

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La abuela ha muerto, niña.

Ah, ¿y cuándo vuelve?,

pregunta mi hija. Para los niños los mundos

se confunden entre sí. Y está bien que así

sea, porque de otra manera serían insoportables

pompas de jabón sin rumbo.

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(Al ver unas prostitutas al borde de la carretera,

preguntó el otro día quiénes eran y le dije la verdad: mujeres que

venden sus cuerpos.

«¿Y cómo hacen para regresar a casa?», quiso saber ella.)

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Flotar en este mar que es el día que se va, como quien

se queda colgado de un pensamiento inútil.

La vida es solo un álbum fotográfico de autor

desconocido, e irresponsable.

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Mi cuerpo se sostiene

con la perentoriedad y el pavor de un panadero

a punto de perder el pan del día

cuando por fin dejo de mirar la foto

de tu padre.

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HjorgeV 16.06.2019

DEL PALTO A BERLÍN (II)

Es muy difícil saber verse a sí mismo.

Observarse, usar los simples ojos en la tarea: eso es simple. Incluso cuando solo se tiene al ombligo como diana.

Saber verse es otra cosa. Y de cuerpo y mente, como unidad, mucho más.

Saber, por lo general, es muy difícil. Suele ser solo una voluntad expresa, acaso una especie de designio personal. Una sed sin garantías. No solo en cuestiones privadas.

Solemos contar con rastros, huellas, recuerdos, avisos, señales, y hasta con evidencias de nuestro paso por este planeta (arqueología personal).

Pero con muy pocas pruebas verdaderas. Demostraciones fehacientes.

A veces, solo ruinas.

O mundos que giran rodeados de heces.

*

Abro la puerta de la cocina y, aún en la oscuridad, Joop -nuestro perro y séptimo miembro familiar- entiende que será para salir pasear y empieza a mover la cola de contento; lo que me obliga a hacerle una señal, prácticamente a ciegas, para advertirle que no empiece con sus ladridos y pueda despertar a los demás habitantes de esta nave que cruza el espacio a una velocidad de 30 kilómetros por segundo, la misma que la de la Tierra, que es su base.

Para mi sorpresa, Joop me entiende enseguida.

Entonces baja la cabeza y mira a un lado como para disimular su genio, permitiéndome que le ponga la correa sin dificultad.

*

He vuelto a madrugar. El negocio de ponerme a girar sobre la cama, mientras espero que amanezca y en mi cabeza pululan grillos, no rinde.

Ahora me desplazo por los campos aledaños que rodean este pueblucho semirrural de las afueras de Colonia, inaugurando el nuevo día.

Por un momento, dudo entre quitarle la correa a Joop, o dejársela puesta. Suficientes sorpresas ya me ha dado con sus intempestivas fugas, tan bien ejecutadas como las de un reo escapista avezado y contumaz.

Por lo menos, hasta ahora siempre ha regresado a casa. Pero ya sucedió una vez que tuvo que llamarme la policía para pasar a recogerlo.

-¿Es suyo o no?

-No es mi perro, en realidad.

-Lo afirman los vecinos.

-Estrictamente hablando, es de mi esposa.

-¡Entonces es suyo!

-Con todo respeto, no sé cómo será en su hogar, pero en el mío, las cosas de mi esposa son de ella y las mías son las mías.

-En eso tiene razón.

*

Terminada la habitual vuelta de dos kilómetros y medio sin incidentes que mencionar, vuelvo a casa.

Aún falta un par de horas para que empiece el teatro del mundo, con sus ruidos, vehículos, personas y más atrejeo vehicular. Todavía no ha aclarado del todo aquí fuera.

Soy una especie de telonero del mundo, por así decir, pero uno sin público, sin espectadores.

Me imagino dentro de la piel de un farsante cuando le abro la puerta con su mano: alguien que se ha disfrazado de mí e intenta colarse a mi casa, a mi familia. Después se sentará ante mi computadora y escribirá estas líneas.

Mi esposa lo verá y le dará un beso de buenos días. Tal vez él le diga:

-Soy el Doppelgänger de tu esposo, espero que no te importe.

-Yo también soy la sosias de su esposa, no te preocupes.

*

No hace mucho estuve en Berlín y recordé a la desconocida que tomó mi mano en la oscuridad de un cine. Yo había girado hacia un lado, como cuando se está acompañado y uno lo hace porque no ha entendido algo.

¿Qué será de todos mis posibles dobles, los que dejé Lima, París, Berlín, Madrid o Hamburgo? ¿Qué harán a esta hora, en este preciso momento?

Qué estará haciendo esta hora / mi andina y dulce Rita de junco y capulí; / ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita / la sangre, como flojo cognac, dentro de mí. (Vallejo, 1918.)

¿Habrá llegado a asentarse en Trujillo, como poeta clandestino y profesor universitario: el deseo que tuve a los dieciocho?

*

No le envidio nada al sosias que dejé en Berlín, en el cine, de la mano de una rubia desconocida en la oscuridad, mientras yo me alejaba espantado, sin poder entender nada.

Me basta pensar que alguna vez podría volver y que alguien me contara la historia de la hermosa mujer que acude todos los días al cine para ofrecerle su mano a un desconocido cualquiera.

(Tal vez la búsqueda de la identidad no sea más que eso: la nostalgia de todos los sosias o Doppelgänger que hemos ido descartando más o menos impune y caídamente del palto, por así decir.)

*

Llevaba ya más de cinco años acá en Alemania cuando conocí a Eliane.

Por ese entonces la Universität zu Köln acababa de negarme el cambio de facultad, y yo había empezado a trabajar en un restaurante italiano de moda de la Süd-Stadt, la zona sur de Colonia.

Por las noches aún compartía cama con quien había sido mi chica hasta hacía muy poco. Ahora solo éramos como dos extraños que buscaban en silencio y casi sin reproches la puerta de escape en la oscuridad del cine de sus vidas, durmiendo mientras tanto en direcciones opuestas.

Dos personajes que, viniendo de películas diferentes, de pronto, se dan cuenta de que han coincidido en un mismo y equivocado plató (tal vez la historia de toda persona).

*

 Eliane era altísima y esbelta, de cabello rubio y lacio, facciones simétricas y labios gruesos,  con un ligero aspecto eslavo oriental.

Vestía como las diosas de la noche de ese entonces, con un escote que hacía que hasta los lavaplatos del restaurante se asomaran a la puerta del salón para aguaitar (arcaísmo que aún se usa en América y proviene del catalán ‘guaita’: vigía, centinela).

Su pareja era un abogado, cliente habitual del restaurante, famoso por los bólidos que se gastaba.

Hablando de cine, una noche me quedé conversando con ellos hasta el final y me invitaron a seguirla en un bar de famosillos de la noche, con música en vivo y muy buen ambiente.

La casualidad quiso que conociera al cantante del grupo y que este me invitara a subir al pequeño escenario para cantar juntos.

(No me asombraría que para conocer a Eliane, en realidad.)

En algún momento de la noche, el abogado se disculpó porque tenía una cita muy temprano al día siguiente. Aún no acababa de salir del bar, cuando Eliane me dijo:

-No es mi pareja. Solo salimos a cenar.

*

Acortaré sendas.

Ahora la cámara nos sigue cenitalmente por las vacías y oscuras calles de la madrugada del Altstadt-Süd, uno de los principales barrios de Colonia.

Es un día cualquiera de la semana. Eliane va en su automóvil y yo a pie, ella intentando convencerme para que regrese a su apartamento.

Al día siguiente partirá de regreso a Verona. Y desea que la acompañe.

Yo no tendría nada que perder, pues la universidad no ha aceptado mi cambio a la facultad de cinematografía y, puesto que trabajo en un restaurante italiano, podría hacerlo también en Verona.

*

Un caído del palto es un tonto, estúpido, desorientado, un despistado.

Los paltos de mi niñez alcanzaban más de diez metros de altura y las caídas podían llegar a ser graves.

La pregunta de Eliane me tomó desprevenido: como si me hubiera caído de una Persea americana, el árbol de la palta o aguacate.

Pero no detuve mi paso.

Mejor dicho, mi doble o sosias no se detuvo.

El que se quedó en el departamento de Eliane acaso vive ahora en Verona.

Otro sosias de mi doble -algo así como mi triple- la dejó tras enterarse de que sus turgentes pechos eran obra de un cirujano plástico y que la mafia estaba tras sus pasos, para que terminara de pagar los costos de la operación.

En la novela que estoy escribiendo, uno de los personajes es una alemana que viaja a Lima para pagarse una cirugía plástica haciendo de burrier o camella.

De alguna manera, los Doppelgänger de diferentes personas conectadas alguna vez, nunca se pierden de vista.

Acaso sus mundos sean uno solo y lo llevamos dentro, girando en nuestras entrañas, rodeados por nuestras propias heces.

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HjorgeV 26-05-2019

DEL PALTO A BERLÍN (I)

Volver a una ciudad para visitar una de tus vidas truncas.

Esa que desechaste al decidir irte a vivir a otra ciudad o cuando aceptaste un puesto de trabajo o la plaza de estudio que te proponían en un país lejano.

O esa otra posible vida que el traslado de toda tu familia a otra ciudad truncó cuando eras niño.

*

En mi caso, en Berlín deseché una posible vida al soltar la cálida mano que una amable desconocida me ofrecía en la penumbra de un cine.

*

Hay pocos días, pocas horas, pocos momentos en los que no tomemos decisiones y rumbos que terminan definiendo ese molde, modelo o espejismo llamado vida.

Inevitablemente, empero, siempre es al precio de desechar otras existencias posibles.

Una simple llamada no hecha. Otra que no quisimos contestar. Un mensaje no enviado. O aquel en el que no nos atrevimos a decir la verdad.

La cita a la que no asistimos. O la que cumplimos. La ventana que dejamos abierta, permitiéndonos escuchar un secreto. La puerta que cerramos a alguien, sin saber.

Por muy insignificante que pueda parecer cierta acción -o su omisión-, algunas pueden decidir el rumbo de toda una vida.

*

Muchas veces lo impiden nuestras particulares anclas (trabajos, estudio, familia, amigos, propiedades): mecanismos, cosas, personas, instituciones, entes u obligaciones que evitan que nos alejemos demasiado de cierto derrotero principal, de la manada.

Fijadores impuestos tanto por nuestro entorno como por nosotros mismos, y que son como la cuerda que une al astronauta a su nave espacial cuando sale al espacio sideral.

¿Qué sucede, empero, con todas esas otras vidas descartadas, que cada quien va dejando como un reguero de posibilidades truncas cada día, semana, mes o año?

¿Seguirán sus propios caminos, expandiéndose con sus ramificaciones propias en otros universos posibles?

*

No es difícil imaginar un Libro de la Vida, uno de incontables páginas.

Y que cada una de ellas albergara un mapa existencial, una vida.

Y que fueran permeables, haciendo posible pasar a otros mapas, a otras vidas, entremezclándolas: que es lo que sucede cuando nos casamos, hacemos nuevos amigos, tenemos descendencia o conseguimos un trabajo, fundando así un nuevo mapa, una nueva página del Libro de la Vida.

¿Qué sucede con todas esas páginas y hojas que vamos excluyendo prácticamente cada tanto, con cada nueva decisión, inesperada o no, sensata o necia, abyecta o noble?

¿Conformarán otros Libros?

*

Tal vez habría que ampliar el término Doppelgänger.

No solo pensar en la existencia del doble de una persona.

También en su triple. O cuádruple.

El hecho de ir descartando otros rumbos, otras vidas posibles, no tiene por qué significar que estas dejen de existir necesariamente.

Acaso siguen sus propios derroteros en sus particulares dimensiones o Libros; y, simplemente, lo ignoramos.

Tal vez somos nosotros solo los dobles, quíntuples o séxtuples de un personaje principal cuya vida es mejor.

O peor.

*

Precisamente en Berlín, el Libro de la Vida me ofreció una nueva página aquella vez que una blonda desconocida tomó mi mano en la penumbra de una sala de cine.

¿Trunqué -yéndome sin más- un posible matrimonio, una familia limeño-berlinesa?

¿O todo no habría pasado de una simple relación pasajera?

*

Ocurrió hace muchos años, pero cada vez que visito Berlín pienso en ello como si hubiera ocurrido solo minutos atrás y aún pudiera arrepentirme de mi huida, reconstruir mi camino.

En volver a ese momento crucial en el que decidí no volver a mi asiento.

Aunque solo fuera para averiguar qué habría sido si.

Y no por estar descontento con el boleto que me ha tocado.

Es la consecuencia, el efecto de ver la vida como un eterno jardín de senderos que se bifurcan.

*

Fue un jueves o un lunes de un invierno durísimo.

Acababa de asentarme en Colonia, después de un sumario y duro pasaje por París, y quería visitar la Berlinale, el Festival Internacional de Cine de Berlín. Ese era todo mi objetivo; una forma, en realidad, de huir de un amor imposible en Colonia.

Recuerdo que ingresé al primer cine que apareció en mi camino.

Recuerdo que, en un determinado momento de la película, giré hacia un lado como si estuviera acompañado, pues no había entendido una escena y necesitaba una explicación, y me encontré con un agradable rostro y una más agradable sonrisa.

*

Sin saber cómo, al final de una susurrante explicación al oído nuestras manos ya se encontraban entrelazadas.

Y permanecimos así largos minutos, sin mirarnos, apenas intercambiando nuestras tibiezas, gozando del extraño e inesperado placer de sostener una cálida mano, de un contacto humano.

Recuerdo que la escena me pareció tan surreal, que salí a tomar aire.

Ya fuera, me acometió una especie de ira absurda, una rebelión contra ya no sé qué (¿que, aunque fuera una gran suerte, me fuera impuesta?) y no regresé a la sala.

*

Acabo de volver a pasar unos días en Berlín.

Y otra vez no he podido dejar de pensar en esa cálida mano y en esa amable y bella sonrisa a las que renuncié un día ya lejano.

Ya no sé si porque no podía entender tanta suerte. O me negaba a aceptarla.

Después de todo, ¿qué linda desconocida te ofrece su mano en la penumbra de un cine cualquiera?

*

Acaso hice bien y ella sigue asistiendo a las pocas salas de cine que aún quedan, ofreciéndole su mano -quizá ya no tan cálida- al desconocido de turno.

O acaso yo, al huir esa vez de ella, dejé a mi doble dentro del cine, quien ahora, en este preciso momento, cena con ella y sus hijos bilingües, preguntándose qué habría sido de su vida de haber seguido ese lejano día de invierno su absurdo impulso de huir, renunciando así a su suerte berlinesa.

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HjorgeV 06-05-2019

«NOCTURNO DE ABRIL»

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Por la ventana veo a un

hombre correr como tras un armisticio: como si se hubiera

resignado a jamás alcanzarse a sí mismo por

lo que ya avanza sin mayor

prisa. Aquí me siento por las noches a

ver el infinito abrevar en su continua

expansión hacia sí mismo.

Una sola mirada al mundo, como

quien lanza un vistazo furtivo al interior de un

hogar ajeno al pasar.

La curiosidad de un niño indefenso,

un ogro que tiembla al hablar. Un caracol espiraloide. En mi

ventana siempre sola y en tiempo de

espera: la noche.

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HjorgeV 10-04-2019

«OTRAS LENGUAS»

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Se me enredó

la lengua cuando quise

preguntarte si querrías volver otra de

esas mansas tardes; empero la serpiente me obligó a toser y tuve que

contentarme con ver cómo te alejabas por el sendero que te

había sustraído por error del futuro y ahora te conducía

al pasado como a una sustancia común.

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Las palabras habían sido innecesarias

en medio de los inesperados abrazos emergentes: animalillos

ciegos tratando de reconocerse sobre la superficie de un

espejo derribado por nuestra propia torpeza.

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No alcanzamos a intentar el verbo.

Demasiados gestos y caricias acumulados durante centurias resbalando

por el enrevesado, simple y universal tobogán del deleite.

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Solo carne, y más enigma (te bastó tocar el timbre equivocado)

al despedirnos con signos de edades ya obsoletas.

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Llegué a entender que eras

vegana; y yo no, negué con la punta de mi lengua

balanceándose sobre

todas tus

lenguas.

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HjorgeV 24-03-2019

«MINUTO O DÍA»

 

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Ser como un minuto o un entero día a

cada momento: solo

callar, mientras se escapa el tiempo a

tiempo de sí

mismo

.

O como un río flotante

cuyos meandros bosquejaran en este instante todas

las variedades de tu sonrisa sobre el mapamundi

de mi silencio

(mientras, alguien se pregunta por la

paz mondando una manzana

bajo la sombra de un árbol que se

desangra de sed)

.

Ser tu boca en la mía. Tu cuerpo, caudal

de sabores esquilmados a

recetarios milenarios

.

Uno a uno todos los cenotes ignotos del tiempo se

van confabulando ante la expectativa de

un solo roce

tuyo

.

.

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HjorgeV 19-03-2019