Autor: HjorgeV

MARGARITAS AL MAR

El bote nos acercó a la isla que, desde la orilla, se veía como un mundo -casi un planeta- aparte.

Y lo era: con sus lobos marinos, pingüinos, pelícanos, gaviotas, guanays y otras aves y animales marinos muy raros de ver.

Había una mezcla de ambiente festivo y de duelo en la embarcación, como si dos grupos muy diferentes se hubieran equivocado de fecha o reunión y no les hubiera quedado otra alternativa que juntarse para compartir el transporte hacia la isla.

Fue muy difícil no sentir el peso de la muerte, de esa parte inseparable de la vida que tanto nos cuesta tematizar, mencionar siquiera.

Cuando lanzaron al agua las cenizas de mi padre, seguidas de las flores que conformaban los arreglos florales funerarios que también transportaba el bote, sentí que eran solo dos preguntas las que se lanzaban al mar, como quien deshoja una margarita: moriré, no moriré, moriré, no moriré.

Entonces una repentina onda marina zarandeó la embarcación, esta se elevó notablemente y cayó luego con un golpe parecido al de una bofetada universal.

Pasado el susto, ya nadie se atrevió a lanzar margaritas al mar.

.

.

HjorgeV 17.10.2017

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«DECRÉPITA»

.

Ahora ella está soñando:

que es su forma de

burlarse del mundo,

de sacarle la lengua a

las cosas y los reveses.

.

(Cuando no sueña el espejo es su

mejor metáfora,

pero ahora duerme y

no puede preguntarle

nada a su imagen

al otro lado de la

pecera.)

.

Detrás de

la ventana, que es su ojo

al mundo exterior,

las hojas de octubre se

desprenden de los

árboles como cartas

que no llegarán jamás a su

destino.

.

Sin pensárselo dos veces

salta por el hueco y

cae.

La naturaleza parece haberse

derramado a sus pies

y teme avanzar con rapidez por

miedo a tropezar y

volver a su vida

anterior.

..

Pero ella continúa,

decidida:

y ya es muy tarde cuando voltea y ve que

todas las siluetas

que ha dejado atrás

han decrecido y pronto

desaparecerán en el horizonte

como ideas de una mente

decrépita.

.

.

HjorgeV 08.10.2017

«LA CIUDAD A TUS PIES»

.

Necesitabas el otoño

para escapar:

retroceder para avanzar.

Perderte para encontrarte.

.

Delante de ti la línea de los

tejados y edificios seccionaban

el cielo sobre el

océano.

.

Alcanzar la meta para entender

que todo siempre es en vano,

puede doler.

Llegar, pero solo como prueba de

que has partido, aunque sigas

sin saber por qué, también.

.

Con todo, por fin aterrizas.

Por el intercomunicador hablas

con frases entrecortadas,

entresangrantes.

Con un gesto de domingo (que

aturde, precisamente, porque

hoy es domingo y has acertado

por fin con nuestro primer día)

me anuncias tu decisión.

Pulso el botón y empujas la puerta.

..

(Como sabías que no serías aceptada

habías corrido a toda prisa para que las

miradas no te alcanzaran,

convencida de que un gesto

de indiferencia bastaría

para derribarte.)

(Evitabas a tus demonios

interiores sin saber que así

los alimentabas.)

.

¿Miedo al futuro

que nunca existe porque

siempre es una masa transformándose

en presente?, me preguntas.

.

Miedo al presente, te

respondes a ti misma, sentada sobre el sofá

con un vaso que elevas

como una medicina eterna

hacia tus labios.

Pero más miedo al pasado:

los puentes, los caminos

destruidos. Los amigos caídos. Los pasos

no dados. Las traiciones a

ti misma.

.

¿Quién eres?

.

No respondes.

.

Lo intenta tu pasado

desde su eterna

máscara cotidiana:

apenas dos o tres gestos

mal aprendidos.

.

Lo noto desde la silla que

he escogido para escucharte.

.

Pero pareces no entenderlo

y miras hacia afuera y

es como si el cielo

se hubiese caído de pronto

a tus pies:

.

Pero solo es nuestra

ciudad, la húmeda y

silenciosa compañera de todos

nuestros

ruegos y elevadas

desgracias

la que nos mira en busca

de respuestas.

.

.

HjorgeV 04.10.2017

«SOMBRAS AJENAS»

.

En el camino

de la entrada a la finca de tu tía

yo buscaba en la oscuridad

tus ojos: los

faros que me permitían

aceptar lo

absurdo e imposible.

.

Apenas te reconocieron,

los perros guardianes saltaron

hacia nosotros

como si hubieran estado ocupando

otras sombras por error

y no supieran qué hacer

para recuperar ahora las suyas.

.

Apenas entraste en la casa

apareció la gata

cuerda y remolona de tu tía loca.

Luego ella misma delante de

una ventana: con el gesto de quien

ya no sabe quién es

ni dónde está, pero ya poco

importa de todas

maneras.

.

Detrás de ella, dos palomas cruzaron el marco de

la ventana como escapándose

de un cuadro

inacabado.

.

Yo vi en ese momento un

resplandor fugaz en tus ojos.

Lo seguí con la mirada

esperando encontrar por fin una

guía en mi camino.

.

Pero cuando volví la cabeza

ya no estabas.

Solo tu tía. Y su gata

remolona.

.

Y también había desaparecido

la ventana

detrás de ella y, fuera, de los perros

solo habían quedado

sus sombras

ajenas.

.

.

HjorgeV 27.09.2017

«LADRONES DE CREPÚSCULOS»

.

En la tarde gris ella pronto

aparecería.

Llevaría el abrigo

de moda encima: el que nos

iría a permitir conocer el calor de

nuestras manos ocultas.

.

De la neblina previa al crepúsculo

ella pronto surgiría.

Con sus

labios haría un mohín que

sería un beso dibujado en el aire.

.

(Nunca entendí por qué le gustaba yo.

Por mi parte, adoraba sus labios, su boca,

esa forma de besarme que era como

un salto a la eternidad, que en ese entonces

era pasear con ella.

.

Sus dos manos posadas

sobre mi nuca como sujetando

un niño recién nacido:

la muerte no podía existir.

.

O era eso, precisamente.

.

Luego el encuentro de los cuerpos, aún

sin entender de penetraciones ni

desnudez.)

.

Saberte mío, decías.

Miarte saba, te respondía yo.

Saber que me perteneces.

Pertener me que sabereces.

.

Todo intento de apropiación

termina en el primer juzgado

de Marte, me advertías.

.

Pertenencia. Posesión.

Propiedad.

Dominio.

.

Ningún color

que lo disimule: como

las palabras que documentan

el asombro ante el misterio

de la conducta humana

(mayor que el del universo

y el de la vida juntos).

.

.

HjorgeV 22.09.2017

TARDÍA ADULTEZ HACIA LA ESTACIÓN CENTRAL

Le dije que no podía ser creyente porque, de serlo, estaría endiosadamente enojado con El Tipo.

(Le molestó que lo llamara así, El Tipo: como si de verdad existiese y pudiera ofenderse con ese apelativo. ¡Que levante mi mano quien crea en la telequinesis!, como decía Kurt Vonnegut, a quien nadie nunca le hizo caso con ese pedido.)

Salí de la adolescencia a los treinta y tantos años.

Lo hice convencido de que hacía mucho que ya había empezado la adultez, pero sin saber en qué consistía esta, por lo que no podía afectarme.

Ocurrió en esa lejana época en la que todavía no se hablaba de la terrible extensión de la adolescencia hasta los treinta o cuarenta (alguna vez moriremos adolescentes): esa fase en la que no hemos terminado de independizarnos a pesar de que nuestro cuerpo ya ha empezado la cuenta regresiva.

Una vez, en la televisión alemana, le preguntaron a un niño cómo se imaginaba su futuro.

«Jubilado. Con una buena copa en la mano», respondió muy orondo.

El entrevistador se rio a mandíbula batiente.

A mí me dieron ganas de llorar. Quizá porque la frase retrataba a una familia entera, a todo un país.

Antes me había pasado largos años acompañando la vida de otros o viviendo la que ellos pensaban que me correspondía.

No fue/era fácil:

Vivir por otros, pero con el propio cuerpo como escudo y probeta.

(Tal vez siempre es así para todos, solo que nadie se atreve a decirlo o no lo nota.)

(O acaso la adultez tardía solo consista en saber pasar desapercibido como tal.)

De mi larga etapa de púber recuerdo especialmente la rigidez que muchas vidas podían adoptar desde muy temprana edad: seré médico, ingeniero, abogado, empresario (yo dije cura y presidente).

(En ese entonces no existía el prodigioso futuro de jubilado con una copa en la mano.)

Nadie decía: moriré. A pesar de que habríamos sido absolutamente certeros.

El poeta costarricense Luis Chaves (San José, 1969) lo dijo alguna vez así:

«Rodeando latas de cerveza, / los amigos discutían / cuánto dura la juventud. / Pensaste en voz alta / “qué me importa, si nunca fui joven”.»

Personalmente, me sigue resultando imposible arribar a la adultez.

Busco en mis días y en mis horas el recuerdo de una juventud que no puedo encontrar, tal vez porque miro desde ella, como en una oportunidad no pude hallar mis lentes porque los llevaba puestos.

O como no se puede entender la muerte desde la vida.

(Y seguramente tampoco esta desde aquella. Quién lo sabe.)

Siempre se muere de vida. Nunca de muerte.

La muerte es la llegada. 

La vida solo es el fallido y diario intento por llegar a la Estación Central Común.

(-Donde estará esperándote El Tipo -se burla el otro tipo, a modo de venganza conclusiva.

-De ser así -le respondo-, será porque también ya ha muerto.)

.

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HjorgeV 15.09.2017

«POR FIN, LA META»

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Ahora está en la meta, sola,

sin nadie más a la vista.

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Ha cumplido lo que se había

propuesto.

.

Y entonces se dice: un paso. Luego dos.

Continuaré.

.

Pero duda.

.

Solo existen tres posibilidades:

(a) continuar un/su camino,

(b) permanecer en la meta, inmóvil, o

(c) regresar al inicio.

.

Pero también sabe que

no hay nada detrás del silencio absoluto

(así de claro es el futuro).

.

Vuelve a decirse entonces: un paso,

luego dos (que es como empieza

todo camino, el derrotero inevitable

hacia el Gran Silencio) y entonces

le surgen

alas a los costados y ella salta

al vacío:

.

como el ave que no

sabe si está de vuelta

o alejándose

más aún.

.

.

HjorgeV 09.09.2017

«NOCTURNO»

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Duermes, callada

la noche. El vano contacto

de mi mano.

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Fuera, la ciudad

es un monstruo que se retuerce

por afianzar su poder.

.

Tras despertar

te acercarás a la ventana para

otear la partida.

.

Verás que es como con los

manjares: que se desean tanto, pero 

se termina dilacerándolos.

.

Demasiada compañía.

Demasiada tú, en mí.

.

Ingentes caminos

los del horizonte al

abrir la puerta.

.

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HjorgeV 16.08.2017

«DE VUELTA A CASA»

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1

Sobre el parabrisas

el verano se despide sin saber

si volverá a vernos.

.

2

Desde la carretera

las vacas parecen meditar

sobre nuestra prisa.

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3

Una lágrima se

afana por vencer al viento

que recorre tu mejilla.

.

4

Verano es la

infancia que retorna

cada año.

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5

El reloj de la cocina no

ha conseguido avanzar un solo centímetro

en nuestra ausencia.

.

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HjV 14.08.2017

MICHAEL CONNELLY: «La habitación en llamas»

Piglia -otro que se nos fue demasiado pronto- solía afirmar que la mayor certeza de los escritores es saber lo que no quieren hacer.

Si pudieran hacer lo que quieren/desean hacer (partiendo de que lo supieran), todos los días aparecerían obras de la talla de la Divina Comedia o el Martín Fierro.

Lo repitió en Borges, un escritor argentino, un ciclo de clases abiertas emitido por la televisión pública de su país.

Piglia consideraba al ciego eterno como uno de los pocos que han conseguido acercarse a esa gruta o ruta que barruntan como la correcta o ideal.

*

Acabo de terminar La habitación en llamas, una de las últimas novelas de Michael Connelly, aparecida en este 2017 que ya empieza a declinar.

Estuve a punto de cerrar el libro antes de terminarlo, más o menos harto de sus desperfectos, excesivos e inútiles meandros y errores.

No conseguí convencerme -a mí mismo- de abandonarlo y eso me salvó, porque el final fue —–casi- como una redención.

*

Convengamos con Piglia y partamos de que escribir bien es, sobre todo y antes que nada, saber lo que no se debe hacer: por lo menos intuir todo aquello que se debe evitar.

Para Piglia, Borges es un buen escritor porque inventó -creo que hay consenso– la literatura fantástica.

Un clásico sería, así, un escritor que llega a erigir cierto tramo del camino que intuye como cierto o correcto. Una avanzada en el mar de la incertidumbre, por así decir.

El resto de los escritores se debe contentar con lo tentativo. Con probar y errar.

*

Siguiendo esa línea, tal vez Auster estuvo a punto de ‘inventar’ la literatura negra.

Dejó los primeros pasos e indicadores del camino que atisbaba, en su trilogía de Nueva York.

Ciudad de cristal, la primera de las tres, empieza, precisamente, cuando Daniel Quinn, escritor de novelas de misterio (así aparece en la traducción), recibe la llamada de un desconocido en mitad de la noche.

El errado interlocutor telefónico, tomando a Quinn por un detective, le encarga un caso.

Y Quinn, lejos de aclarar el malentendido, decide meterse a una historia enigmática y extraña.

*

Auster no siguió/sigue esa prometedora línea en sus posteriores novelas: ha coqueteado con esa línea negra, pero sin llevarla consecuentemente hacia el esquema negro más o menos aceptado.

Una línea que podría haberlo llevado a convertirse en el ‘creador’ de la literatura negra (partiendo de que diferenciamos esta del resto de ese género).

(Escribir una novela policiaca, una cualquiera, no es garantía de literatura.)

*

Intentos ha habido muchos. Y los habrá.

Una de las primeras novelas de Antonio Muñoz Molina mostraron esa veta: El invierno en Lisboa.

Otro intento frustrado, en lo que a esa línea (tentativa) negra se refiere.

Otros admiran a Vásquez Montalbán.

Aparecerán muchos más, espero.

*

¿Por qué nos fascina la literatura negra a sus seguidores?

Por negra y por literaria, respondo.

Dos ingredientes muy difíciles de conseguir y, más aún, de mezclar, de conjugar.

Chandler era tajante al respecto. Para él, el relato policial perfecto no es posible, pues:

«El tipo de mente que puede concebir el misterio perfecto, no es el tipo de mente que puede producir el trabajo artístico de escribirlo.»

*

Por lo menos, el camino (sobre el mar) ya está marcado y de lo que se trata es de ampliarlo en sus horizontes y alcances.

Dejando aparte lo literario (más volátil como ingrediente), el otro ingrediente es más palpable, tangible.

Porque una novela negra es una persecución. Una peripecia.

La aventura del lector ocurre subido a los hombros del autor, quien lo va llevando por la ruta que ha obtenido tras grandes esfuerzos (aunque siempre considere que no es la mejor que podría haber imaginado), mientras salpica con comentarios y observaciones su paseo.

Estos últimos tienen que estar en la proporción adecuada, so peligro de que nos apeemos de los hombros del narrador/caballo.

*

Pocos saben que Stephen King, ha escrito un libro genial para escritores: Mientras escribo.

Para el mago del terror misterioso, la prioridad es que no se pare la pelota.

Esta también parece ser la máxima de Connelly, siempre esforzado porque no se detenga la ruleta, empujando a su personaje Hieronymus Harry Bosch incluso a vericuetos donde solo perderá el tiempo.

Como en todo arte: lo malo es cuando la mano del mago se nota.

Pues, no solo en la vida real, lo que más nos impulsa no es la recompensa en sí, sino la expectativa de la recompensa.

*

Y con Connelly las expectativas son demasiado altas como para pretender una recompensa afín.

(Es el drama de nuestras sociedades de consumo: las expectativas son mayores que la recompensa, pero no podemos renunciar a ellas, aún sabiendo que aniquilamos el planeta, porque nos quedaríamos sin o casi nada.)

Por eso el final de La habitación en llamas es una redención.

Una lágrima que no se esperaba.

La flor marchita y aplastada que la amada encuentra -demasiado tarde- en el bolsillo del amado muerto.

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HjorgeV 03.08.2017