Mes: septiembre 2016

REGRESO A LAS RAÍCES

Días atrás se me ocurrió encender el televisor. Suelo evitarlo.

Me he quedado varias veces un par de horas enganchado, como si cierta parte de mi cerebro se desconectara al encender la caja tonta y actuara como un simple adicto.

Esta vez tuve suerte y me topé con un reportaje de uno de los canales estatales de la televisión alemana.

El reportaje, como trabajo audiovisual, era malo.

Un reportaje es una historia. Hay historias bien o mal contadas. Y esta era de las últimas.

Pero el tema era fascinante.

Narraba el «sufrimiento» de algunos habitantes de un pueblo cercano a Bonn que se había llenado de negocios y visitantes árabes, atraídos estos por el eficiente sistema sanitario estatal alemán.

El principal entrevistado era un alemán de sesenta años que añoraba el antiguo aspecto del lugar que lo había visto crecer.

Deseaba que todo volviera a ser como antes y se dedicaba a recolectar firmas con ese fin.

Su problema, obviamente, no era recuperar un imposible (el pasado, pasado está), sino que no soportaba ver a gente extraña en «sus» calles.

Su caso me hizo recordar una experiencia personal reciente.

*

No hace mucho nos mudamos de casa y fijamos una fecha con el dueño para devolverle su propiedad.

A la cita no llegó él sino su esposa.

La idea era repasar juntos todos los ambientes de la casa para hacer un protocolo de su estado: si había algo que arreglar o reponer, refaccionar, renovar, esas cosas.

Los problemas empezaron pronto.

En la cocina había una especie de barra de madera situada a unos 120 centímetros de altura, que la separaba del comedor.

La mujer hizo un gesto de horror cuando vio el estado de su superficie.

-Así no estaba cuando vivía aquí.

Era cierto, nosotros habíamos vivido quince años allí y a estos había que añadirle otros cinco de los inquilinos anteriores.

Era obvio que veinte años de trajín de vasos, tazas, cubiertos, platos y ollas entre la cocina y el comedor tenía que notarse en la superficie de la madera.

Pero la esposa del dueño, después de veinte años, esperaba encontrarla como cuando ella vivía allí.

Como la entrega oficial recién sería en una semana, le prometí encargarme del asunto y me pasé un par de días lijando y barnizando la madera.

Quedó encantada.

Pero enseguida empezó a encontrar más detalles que no eran de su agrado.

En resumen: decidimos recurrir a un abogado, quien enseguida les hizo notar a los dueños que una casa se alquila para ser usada y que es imposible que ese uso no se note.

*

Pensé en la barra de madera cuando vi el reportaje.

Si ni siquiera somos como ayer, y mañana nunca seremos como hoy (lo notemos o no), ¿cómo esperar que después de años todo siga igual?

Curiosamente, tanto la esposa del dueño como el vecino del pueblo alemán del reportaje, querían rescatar un pasado que ya solo existía en su memoria.

Solo los niños son capaces de pedir que el helado que se les acaba de caer regrese al cono.

Un adulto normal sabe que no es posible.

Y, sin embargo, ya son legión los adultos que se permiten pensar y desear como niños.

*

Acá en Alemania han empezado a surgir grupos que afirman añorar el pasado.

«Devuélvannos nuestra Alemania de antes, cuando no había extranjeros ni pieles oscuras por las calles», dicen.

Bien, suponiendo que es justo su pedido, ¿retroceder hasta cuándo?

¿Hasta su niñez?

¿O solo hasta la juventud de los solicitantes? ¿Y si estas varían mucho?

¿Retroceder diez, quince, veinte años? ¿O más, hasta 1930, por ejemplo?

¿Por qué no hasta 1618, año de inicio de la Guerra de los Treinta Años que azotó Europa Central y fue iniciada en el Sacro Imperio Romano Germánico?

*

Los alemanes que exigen un «regreso a las raíces» harían bien en ponerse de acuerdo.

Pues, si lo que, en realidad, desean es un país sin extranjeros: con un retroceso en el tiempo bien podrían terminar gobernados por un austríaco (un tal Adolfo) o un español (Carlos I).

Quien dice «Esta no es mi Alemania», en realidad está diciendo, «Esta no es mi niñez».

Pero la niñez nunca vuelve. (Ni se devuelve.)

Tampoco la juventud para los adultos ni la adultez para los ancianos.

Lo importante es que los cambios se hagan de acuerdo a las leyes y al orden establecido por estas, no de acuerdo a las bombas, como en Alepo.

*

Vivimos en un permanente cambio, iniciado cuando nuestros primeros antepasados salieron de África.

Los más consecuentes entre los retrógrados deberían exigir, precisamente, esto:

El regreso a nuestra cuna africana.

Por lo menos así tendríamos la oportunidad de poder enmendar un mundo que cada vez se parece más a una misión mal explicada a un par de idiotas (y peor resuelta).

.

.

HjorgeV 29.09.2016

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«CUADERNO EN BLANCO»

.

Se abre el día

como un cuaderno

nuevo al viento.

.

Hay una suerte de

equidistancia entre todas

las partes pudibundas de luz.

Recorren la tarde

como quien espera a un ser

querido

en una estación olvidada.

.

Así las veo desde

esta ventana

que es mi observatorio

del paso del día,

acostumbrado a la visión

del universo

como una masa que

comienza y termina

en mis ojos (grave

delito).

.

Pasan las

nubes: retazos de papel

blanco que cruzan

el cielo: para ellas no hay

bombas ni guerras ni niños

muertos en el Atlántico.

.

Mi pecho emite señales,

documentándolo todo

en alfabeto

Morse.

.

En mi imaginación,

o sea en mi

memoria,

sigo siendo aquel

niño que llegó y

tenía que

partir enseguida con rumbo

desconocido.

.

Nubes blancas)

(papeles aún por escribir)

que recorren

la conciencia del cielo.

.

Partes pudibundas de luz.

.

Cierro la ventana sin saber si

es bueno o malo que el

mundo

aún no se haya escrito

del todo.

.

.

HjorgeV 15.09.2016

LA MUJER DE ABAJO

Una de las primeras imágenes es como el fotograma de una película.

Podría ser, incluso, una del género negro:

Una mujer y su pequeño hijo escondiéndose detrás de un automóvil, mientras arriba, en la ventana de una habitación del segundo piso de un hotel, un hombre besa a una mujer.

La mujer de abajo, la que sujeta al niño por los hombros para que no vea el beso, quiere saber quién es la mujer de arriba, la que besa a su hombre.

El niño está junto a su madre, la mujer de abajo, sin entender del todo lo que hace, sus intenciones, sus planes (tal vez no los tiene, pero eso tampoco lo puede saber el niño y acaso ella tampoco).

Solo percibe su nerviosismo y tensión.

Sabe que algo sucede y que es importante (y el hecho de tomárselo en serio y no llorar, como le ha pedido su madre, lo demuestra), pero no sabe qué sucede, en realidad.

El escenario es el centro de una gran ciudad, a pocos metros de una de sus calles principales.

Es de noche. La mayoría de niños ya está en la cama. El futuro no existe en ese momento porque duerme. O es lo que vislumbran sus sueños.

El futuro siempre está durmiendo, o sea, soñando que es.

El hombre acaba de llegar de una estadía de cinco años en otro país y, a pesar de que en todas las cartas que le ha enviado regularmente a la mujer de abajo le ha seguido hablando de amor como si no sucediera nada, la de abajo ya sabe que su matrimonio se ha roto.

Para empezar, él ya ha regresado y sigue sin comunicarse con ella ni preguntar por sus dos hijos.

Uno de ellos es el que sujeta la mujer de abajo por los hombros para poder empujarlo hacia abajo, detrás del automóvil que les sirve para parapetarse, para que no vea todo lo que hace su hombre con la mujer de arriba, en la ventana.

(Muchos años después, cuando mi ciudad ya se había descompuesto considerablemente y parecía inevitable la caída al abismo insondable, pasé varias veces por ese lugar. El automóvil -un Packard del año de la pera- y el hotel seguían flotando en la calle, o sea, en mi memoria, pero casi todo el resto, salvo la base apenas visible por la mugre y el olvido, había cambiado.)

La imagen, repito, es como la de una fotografía: el tiempo congelado en un instante, atrapado, cazado, detenido. No te vayas.

Durante gran parte de mi vida regresé a esa foto, al momento que capta de mi vida: mi madre no está llorando ni parece presa de grandes emociones, solo está en extrema tensión, como una combatiente.

Y siempre regresé a esa foto con la misma pregunta: ¿cómo podía o pudo ser que mantuviera ese control extremo de sus emociones, ella una mujer plena de ellas?

¿O se mantenía todo lo serena posible por mí, un niño de cinco años?

(¿Por qué me llevó entonces a vivir esa escena?)

Me acerco a mi madre, finalmente, después de décadas, dispuesto a preguntárselo, porque necesito saber más sobre ese fotograma.

Lo hago con la ansiedad y deseo con que un niño busca la figurita que le falta para completar su álbum, sabiendo que esas cosas hay que hacerlas con cara de póquer, pero sin saber que he llegado demasiado tarde.

Después de besar su frente y de los saludos, me pregunta por mi hermana.

-Está bien -le digo, sin mencionar que viene a verla a diario.

Entonces me pregunta por su edad, como si se tratara de una vecina que no ve hace muchos años.

Calculo. Le menciono la edad de mi hermana.

-¿Qué? -espeta la mujer de abajo, abriendo sus ojos como ante una nave extraterrestre, pero solo porque está estropeando el jardín de la residencia de ancianos que la acoge-. ¿Ya me pasó? 

Me quedo mirándola.

Sus ojos son miles de historias pugnando por salir. Pero ella está serena, como la vez detrás del automóvil, debajo de la ventana del hotel.

Para ella el tiempo se ha detenido y nosotros, sus hijos, somos ahora mayores que ella; como si la educación que nos dio, hubiera apuntado a eso:

A conseguir que nos hiciéramos mayores, pero sin que ella tuviera que abandonar esa imagen primera: la de la mujer de abajo, la que pugna por saber quién besa a su hombre allá arriba.

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HjorgeV 01.09.2016