LA TRANQUILIDAD DEL GRAN PACO

En ese entonces -finales de los ochenta- todavía eran comunes los discos de vinilo y el Friday Night in San Francisco ya tenía varios años a cuestas.

Me pasó el disco un amigo alemán de apellido Ratón: Maus. Con él había fundado una comuna de dos en un antiquísimo edificio de Ehrenfeld, un barrio de Colonia:

-Toma -me dijo- esta es tu música.

No me atreví a decir nada para no echarle a perder la onda.

Solo le comenté que me había perdido un memorable concierto del gran Paco en el Teatro Municipal de Lima y que en esa gira a mi país el músico de Algeciras había descubierto el cajón peruano para el flamenco.

En esos mis primeros meses en Alemania, duros sobre todo por el frío (-20ºC), tuve la suerte de empezar a trabajar en Los Cactus, un minúsculo bar de la calle Zülpicher.

Una de mis labores consistía en poner los discos de la colección de la dueña (una alemana alguna vez enamorada de un músico de Bolivia Manta).

A esos discos añadí la histórica grabación de Al Di Meola, John McLaughlin y el gran Paco de Lucía que me había regalado Maus.

La colección de discos de la taberna no pasaba de veinte o treinta LP.

Hoy, cuando mis hijas me hablan de las miles de canciones que guardan en sus minúsculas memorias, no sé si sentir envidia o compasión.

Digamos que entonces teníamos menos. Pero tal vez era más.

¿Intensidad? ¿Concentración? 

No lo sé. Tal vez alguno me entienda.

Los Cactus, el bar, por otra parte, era una especie de embudo.

En él desembocaban -tal vez atraídos por el simple nombre- toda una serie de latinos y españoles que estudiaban en la universidad o, simplemente, vivían en el barrio universitario colonés.

Recuerdo varios de los álbumes y canciones que ponía en mi cuádruple función de barman, animador, mozo (mesero) y DJ:

Demasiado corazón de Willy de Ville (un usamericano que cantaba y componía todo tipo de ritmos y géneros);

The Köln Concert de Keith Jarrett;

Gitana y Verde (que te quiero verde) de Manzanita;

Celia y Willie (1981) de Cruz y Colón;

Primera invasión del álbum Zebop! (1981) de Santana;

A Spanish Portrait Of (1972) de José Feliciano;  

Friday Night in San Francisco (1980).

Ese invierno alemán tuve mi propio sol en plenas nevadas. Y de noche.

Fue posible debido a que el intenso frío animaba a muy pocos clientes (estudiantes en su mayoría) a salir de sus casas o habitaciones.

Entonces, especialmente durante la semana (porque los viernes y sábados sí que se armaba una tremenda rumba en esos cuarenta metros cuadrados en los que llegábamos a bailar sobre las mesas por falta de espacio), me podía permitir el lujo de escuchar a Paco de Lucía, por ejemplo, con el fondo de una gran capa de nieve al otro lado de las ventanas del bar.

Con toda esa tranquilidad del mundo que ahora es solo del gran Paco.

.

.

HjorgeV 28-02-2014

ROGER SMITH: «DIABLOS DE POLVO»

POR SUERTE, NIETZSCHE

Me suele pasar de vez en cuando que, así como hay otros días en que me exige una cerveza bien helada o un buen cebiche, el cuerpo me exige una buena novela.

De ser posible, del género negro.

Pero, ¿qué decir de un prometedor ejemplar de 338 páginas que empieza muy bien y se desinfla en la página 24?

Con una frase de Nietzsche mal traducida en el colofón, además.

Me ha sucedido con Diablos de polvo de Roger Smith (Johannesburgo, 1960).

Pedí la novela por correo tras toparme con un más que magnífico adelanto en PDF.

(De la editorial Es Pop, ‘El Pulpo’ en castellano: también una alusión a la cultura pop, interés confesado de esta interesante editorial mallorquina.)

Diablos de polvo, tercera de las seis novelas que lleva escritas Smith, empieza con sexo infiel, un hombre asesinado y una mujer que se salva de morir en el mismo ataque a su amante.

Aparece luego su esposo, Robert Dell, hijo del captor de Mandela en la novela:

-Yo metí en la trena el negro culo de Nelson Mandela. Tienes delante de ti el motivo de que fuera a la cárcel. Cambié el curso de la historia y ni una sola palabra de las que he dicho es una puta mentira.

Pronto el automóvil en el que viajan los Dell con sus dos pequeños hijos es embestido por otro vehículo en la ladera de una montaña y se precipita al vacío.

Robert Dell se salva por no llevar puesto el cinturón de seguridad justo en el momento de la embestida y queda colgando al borde del precipicio.

Hasta allí, la lectura es trepidante y de una prosa precisa, cautivadora. 

Pronto, también, la novela se convierte en una persecución múltiple: una caza del hombre.

Ocurre alrededor de la página 24 y se mantiene así -como una caza y muy poco más- durante más de 300 páginas.

Una pena para un comienzo tan prometedor.

Bien.

El humano es un ser ávido de saber cómo viven y piensan los demás.

Lo demuestran las cifras de ventas de las revistas del corazón. Nos guste o no: la curiosidad por la vida de los demás es un hecho universal.

Las novelas de Roger Smith nos permiten adentrarnos, de la mano de un narrador nato, en Sudáfrica, un mundo que (los demás) solo podemos intuir.

Lo anuncia el reclamo de la contraportada:

La distancia entre Ciudad del Cabo y Zululandia no se mide en kilómetros, se mide en siglos.

Ahora bien, ¿puede sostenerse una buena novela solo en sus excelentes primeras páginas y en el hecho de que nos pasemos un tercio de nuestras vidas fisgando (con mayor o menor recato, elegancia o sinvergüencería) en las vidas de los demás?

Obviamente, no.

Y más aún (o menos) para un autor como Smith, ganador del Krimi des Jahres (‘Novela negra del año’) del 2009 acá en Alemania.

Y segundo en el Deutscher Krimi-Preis (‘Premio alemán de novela negra’) del 2010. Ambos, por Mixed Blood (2009), su primer novela.

Como lector, poseo un gran defecto: no suelo poder con otros escenarios que no sean los de Chandler, Grisham, Scarpetta, Connelly o Ellroy.

(Stieg Larsson lidera una corta lista ‘disidente’ en la que también están Le Carré, Markaris y un escaso puñado de novelistas en nuestra lengua.)

De modo que agradezco el descubrimiento de cualquier buen autor que me permita olvidar ese defecto ‘escenográfico’.

Obviamente, no es una cuestión de escenarios, de país, gentes o modos de vida.

Un buen escritor no tiene patria, para empezar.

Me lo acaba de demostrar otro autor que conocí a través de esta misma editorial:

Neil Cross (Bristol, 1969), el creador de la serie Luther, gran éxito de audiencia de la BBC, y autor de la novela homónima.

Por Cross me he sentido ‘cómodo’ en Londres.

Con Smith he podido ‘pasear’ por los paisajes y siglos que menciona el reclamo de la contraportada.

Tal vez este sea el mayor logro de Smith. Turístico, en el fondo; si se quiere.

Por lo demás, me quedo (contento) con esas 24 páginas iniciales y con una frase de Nietzsche que aparece como colofón y, curiosamente, con una errata (‘Pero ningún privilegio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo’), aunque sin ella en el portal de la editorial:

«El individuo ha luchado siempre para no verse absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo.»

.

.

HjorgeV 23-02-2014

«NASCITURUS»

Tal vez sea cierto

que así como mori-

mos cada día nacemos ca-

da nueva jornada también y

la

preocupación por lle-

gar puntualmente a nuestras

obligaciones no sea sino la prisa

por no llegar tar-

de a nuestro propio

parto, par-

tiendo de que hay algo que nos

impulsa

a estar corrigiendo el

guión diario de nues-

tros deseos e incerti-

dumbres:

hartos de ser quienes

no aceptamos ni quere-

mos ser.

.

Tal vez sea efec-

tivamente otro el que lleva-

mos dentro

diferente del que nos

muestra el espejo y la mal-

dita memoria: un

simple malpa-

rido

diario.

.

.

HjorgeV 16-02-2014

«MARIPOSA LIBRE» (JIMI HENDRIX & STING)

Allá a finales de los ochenta, Sting le puso Mariposa libre y cantó el tema en nuestra lengua.

Me prendé de Little Wing sin saber que ese era su nombre original, cuando andaba enamorándome de E.: un romance que me resultaba tan insoportable como irrenunciable. Tan doloroso como calmante.

De esa extraña época con E. se me habían quedado grabadas la letra y la melodía de la canción. Y ese solo celestial de guitarra.

Y traté de olvidar todo el dolor y el intenso placer al lado de E.

Años después descubrí que el tema había sido una composición de Jimi Hendrix.

Por esa época volví a ver E.

Y me puse a estudiar entonces la vida de James Marshall, el mago y genio zurdo de Seattle, tratando de concentrarme en su obra, más allá de sus excentricidades como tocar la guitarra con los dientes o la lengua.

Le escribí a E., acercándome cuidadosamente, inventándole que me encontraba preparando un artículo sobre el gran Jimi.

Le comenté sobre cómo conseguía hacer de su guitarra un instrumento onomatopéyico y de ciencia ficción, lamento puro y vuelo psicodélico a la vez; asumiéndola como una parte de su cuerpo también: a la que trataba de insuflarle vida y hacer hablar.

Le hablé de su virtuosismo -su famosa «guitarra sinfónica»– para evitar escribir sobre viejos dolores y placeres comunes. 

E. me respondió recordándome que a la novia alemana de Hendrix la acusaron de haberle proporcionado la sobredosis que lo mató.

Y que la encontraron muerta dentro de su Mercedes: una mariposa encerrada.

«Pero ahora soy libre de verdad y no quiero volver a verte», me escribió al final de su mensaje.

HjorgeV 10-02-2014

STEPHEN KING: SOBRE EL OFICIO DE ESCRIBIR

1

Cada quien tiene por lo menos un recuerdo que le duele particularmente, pero del que, a la vez, no se arrepiente.

2

Una vez, fisgoneando entre los «tesoros» del ropero de mi madre (ahora puedo decir «antiguas fotografías, algunas joyitas de la abuela, un par de condones»: una de las ventajas de una bitácora anónima), me topé con un ejemplar de la desaparecida revista Life.

Así, medio cuerpo metido en ese antiguo mueble y atosigado con el rancio olor de la madera y con otros olores y perfumes -contradictorios todos-, «descubrí» el asesinato de Kennedy.

3

La carátula de Life mostraba a Jacqueline Kennedy en el funeral, de la mano de sus dos pequeños hijos: John-John (otro Kennedy fallecido a deshora) y Caroline.

Mi madre fue, para casi todos los efectos prácticos, una madre soltera.

La portada en la que aparece Jackie con sus dos hijos era, por lo tanto, una especie de retrato de su propia media familia. Una proyección ‘documentada’ de su propia vida.

Tal vez ella había tenido que matar a mi padre; en su mente; a su manera.

Y Kennedy se convirtió por ese cauce en un concepto o término recurrente en nuestras vidas.

4

(Y el asesinato de Jack Kennedy, para mí, en la gran novela del siglo XX:

La historia del gran poder del sexo y de cómo un carisma específico -el sexual- puede servir para encumbrarse al poder político; y no solo.

También la historia de la tendencia humana a formar sociedades inevitablemente corruptas y criminales, y sostenidas por el dinero.

¿O hay otra forma de explicar el crimen organizado, las mafias estatales y privadas -nacionales e internacionales-, el poder de las grandes corporaciones, la industria armamentística, el narcotráfico, la prostitución y el comercio de personas, el esclavismo moderno, la fatídica geopolítica de los países más poderosos, las guerras en general?)

5

Navegando en la revista Ñ, me topé no hace mucho con una reseña sobre 22/11/63 una de las últimas novelas de Stephen King.

Nunca había leído nada de El Mago del Terror, pero como la novela trataba de un viajero del tiempo que intentaba detener a Lee Harvey Oswald, la nota me compelió a buscar más información en la Red.

Llegué, así, a un artículo de título sensacionalista.

Y también al comienzo de la novela de marras (de decepcionante traducción, para variar).

6

Esa noche soñé que escribía una historia de terror en la que yo rejuvenecía.

Pero a cambio de envejecer a mi madre.

Un año ganado para mí, era un año perdido para ella. Y así sucesivamente.

Al comienzo no era nada especialmente notable para ninguno de los dos; mas, alcanzado el lustro, las cosas (nuestros cuerpos y aspectos) empezaban a cambiar notable y dramáticamente.

7

En el fragor de su particular batalla por ‘triunfar’, al personaje le/me daba por la avidez.

¿Qué le importaría envejecer un par de añitos más a quien ya parecía mi abuelita, a cambio de que su ‘nieto’ (yo) fuera más joven y fuerte y pudiera ‘gozar más de la vida’?

¿Qué haría cada uno -me pregunté, ya despierto- de tener realmente esa posibilidad?

8

La pesadilla en la que yo le robaba (le traspasaba, en realidad) años de vida a mi madre, hizo que mi curiosidad por el King escritor creciera.

¿Tan terrible podía ser su influencia?

9

Removiendo entre los escombros de la Red, di así con una entrevista en la que le preguntaban si alguna vez había pensado en visitar a un psiquiatra.

«No creo necesitarlo. Lo que haces en un psiquiatra es pagar 70, 90 dólares por hora para deshacerte de tus miedos. Yo los pongo sobre el papel y la gente me paga. No está mal.»

10

En otra no dudaba en criticar a su país y abordar ciertos aspectos políticos: «Me avergüenzo de ser estadounidense.»

«Todo el mundo debería pagar impuestos según sus ingresos. A mí me gusta pagarlos solo para buenas causas, y no para sufragar guerras en Irak, que fue la más estúpida del mundo. En ese sentido, encarno el sueño americano, aunque sin un Cadillac.»

«Es vergonzoso que se vendan [armas semiautomáticas], pero el lobby de la Asociación Nacional del Rifle trabaja para los fabricantes de armas y se basa en la fantasía de que EE UU es como hace 50 o 60 años. Dicen que las muertes de niños son el precio a pagar por la seguridad. La cultura pistolera forma parte de la cultura americana, pero odio eso, me repugna. Luego dicen que por qué nunca vengo a Francia o Alemania: porque son civilizados, y yo siento vergüenza de ser estadounidense. Amo a mi país, pero está lleno de basura.»

Y se mostraba como un tipo llano y sencillo:

«Crecí para contar historias y entretener. En ese sentido creo que he sido un éxito. Pero el día a día es mi mujer diciendo: “Steve, baja la basura y pon el lavaplatos”.»

11

Irremediablemente infectado, letra-herido, tuve la suerte de llegar a encontrar una descarga gratuita de Mientras escribo (pésima opción como título; el original es On writing).

Si Kennedy me había llevado al rey de la literatura chatarra («Soy el equivalente de un Big Mac con fritas»).

Mientras escribo me permitió descubrir al otro King que muy pocos conocen: un tipo humilde, inteligente, con los pies sobre el suelo, un genial humor y con mucho que decir sobre el acto de escribir.

12

Sería necio acometer un resumen o intentar exponerlo con mis palabras.

De hecho -salvo la sexual acaso- ninguna introducción debería ser tan larga. (Perdón por el símil ambivalente.)

Transcribiré por eso, simplemente, el inicio. El resto dependerá de cada quien. 

Que se diviertan.

Como me sigo divirtiendo cada vez que vuelvo a leer este raro, divertido y utilísimo libro.

13

«A principios de los años noventa (es posible que en 1992, pero la diversión no se lleva bien con la memoria) formé parte de un grupo de rock con mayoría de escritores. Los Rock Bottom Remainders eran una idea de Kathi Kamen Goldmark, publicista editorial y música de San Francisco.»

[…]

«Tocamos por amor a la música, pero también a la amistad. Nos llevamos bien y agradecemos la oportunidad, aunque solo sea de vez en cuando, de hablar del oficio que compartimos, el de verdad, el que nos aconsejan constantemente que no abandonemos.

Somos escritores, pero evitamos preguntarnos mutuamente de dónde sacamos las ideas. Sabemos que no lo sabemos.

Una noche, cenando comida china antes de una actuación en Miami Beach, le pregunté a Amy si había alguna pregunta que no le hubieran hecho nunca después de la típica conferencia; la que no hay manera de que te hagan estando delante de un grupo de admiradores y fingiendo que, a diferencia del común de los mortales, tú no te pones los pantalones primero por una pierna y luego por la otra.

Amy se lo pensó mucho y contestó:

Nunca me preguntan nada sobre el lenguaje.

Le estoy enormemente agradecido por la respuesta. Yo entonces llevaba más de un año dándole vueltas a la idea de hacer un librito sobre la escritura, pero no acababa de lanzarme por falta de confianza en mis motivaciones.

¿Por qué tantas ganas de escribir sobre el acto de escribir? ¿A santo de qué me creía capaz de decir algo interesante?

La respuesta fácil es que alguien que ha vendido tantas novelas como yo tiene que tener alguna opinión interesante sobre su elaboración, pero las respuestas fáciles no siempre son verdad.

El coronel Sanders [el fundador de Kentucky Fried Chicken] vendió cantidades ingentes de pollo frito, pero no estoy muy seguro de que a nadie le interese saber cómo lo hacía.

Yo tenía la sensación de que querer explicarle a la gente cómo se escribe era una impertinencia demasiado grande. Lo diré de otra manera: no quería escribir algo, corto o largo, que me diera la sensación de ser un charlatán literario o un gilipollas trascendental. No, gracias; de esos libros (y escritores) hay ya bastantes en el mercado.

Amy sin embargo, tenía razón: nunca te preguntan por el lenguaje.

A un DeLillo, un Updike, un Styron, sí, pero no a los novelistas de gran público.

Lástima, porque en la plebe también nos interesa el idioma, aunque sea de una manera más humilde, y sentimos auténtica pasión por el arte y el oficio de contar historias mediante la letra impresa.

Las páginas siguientes pretenden explicar con brevedad y sencillez mi ingreso en el oficio, lo que he aprendido acerca de él y sus características. Trata del oficio con que me gano la vida. Trata del lenguaje.

Se lo dedico a Amy Tan, que me dijo con palabras sencillas y directas que valía la pena escribirlo.»

.

.

HjorgeV 02-02-2014

http://biblioteka.teatr-obraz.ru/files/file/English_cinema/Stephen_King_On_Writing.pdf