RUMBO A LAS ESTRELLAS

Me menciona un nombre.

-Es un personaje de una novela fantástica -me explica.

Le digo que no lo conozco. Se asombra, porque es alguien muy conocido.

Su automóvil es automático, pero ella lo conduce como si fuera mecánico: moviendo la palanca todo el tiempo. En el asiento trasero su hijo y otro niño están jugando y parece que estuvieran tirándose de los cabellos o algo parecido.

-Mi hijo es un fanático de las novelas fantásticas -me explica-. De niña yo también lo era, así que a veces compartimos lecturas. A ti no te gusta, por lo que veo.

Le digo que he probado a leer algunas historias de esas ambientadas en otros universos con otras leyes, pero que suelo encontrarme con errores y defectos que me echan a perder todo.

-¿Y qué importan los defectos? Los hay en todo, por doquier.

-Es cierto -le digo-. Pero si el relato, la historia, es buena, uno los acepta y ni siquiera los nota. Esa es la magia de un buen relato. Sabes que es ficción, pero te lo crees y permites que se cree un mundo paralelo en tu mente.

-No sabes lo que te pierdes en todo caso.

-No he tenido suerte con la llamada literatura fantástica, es todo -le digo-. En realidad, ¿para qué más fantasía?

-¿Lo dices por Trump? -ríe ella.

Le digo que desde niño siempre he tenido la percepción de vivir en un mundo paralelo a la realidad. Una forma muy práctica de fugarse de ella, acaso.

-Debe ser horrible… -se compadece.

Sonrío.

-Tú los lees -le digo-. Yo los vivo. Ambos nos divertimos.

Le explico que no bromeo, que muchas veces no sé distinguir la realidad de mis fantasías.

Pero ella lo toma por una broma y ríe, y vuelve a mover la palanca con entusiasmo, ignorando las indicaciones del navegador, por lo que tiene que corregir la ruta constantemente.

Entonces la imagino conduciendo un vehículo que atraviesa el espacio en dirección a las estrellas y veo que ella me ha leído el pensamiento.

Y allá vamos, fantaseando los dos.

.

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HjV 20.02.2017

«PERRO SEDIENTO»

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Me acerco a un cruce de 

caminos.

Conduzco un

automóvil que desconozco.

Estoy en una zona con mucha vegetación,

no hay alumbrado público, solo algunos

autos abandonados a ambos lados de la vía.

.

Doblo hacia la izquierda en el

cruce 

y en ese momento me doy cuenta de

que uno de los vehículos abandonados es de

la policía, pero los agentes dentro no se mueven y

solo parecen observarme.

.

Continúo. La noche es oscura y

hay algo de niebla. Veo muy poco y tengo

que guiarme por la abertura de las copas de los

árboles en lo alto, que me indican el camino

libre.

.

En ese momento recuerdo

que teníamos una camioneta cuyos

faros eran muy débiles y a veces teníamos

que reducir la velocidad para no correr

riesgos.

Recién entonces

me doy cuenta de que no he encendido

las luces del vehículo que ahora

conduzco.

.

Lo hago y no mejora

mucho la visibilidad, pero me siento

más seguro con el recuerdo: en

esos tiempos los viajes en

familia eran frecuentes y no

pasaba ningún fin de semana que

no hiciéramos algo

juntos.

.

Poco después me detengo.

Todo ha cambiado a mi alrededor

y ahora es invierno. La nieve

cubre los campos detrás de los

árboles y estos han perdido sus hojas.

.

Acabo de llegar al lugar que

ocupo en este instante.

No entiendo nada.

Solo que me ha costado toda una vida

llegar aquí.

.

Miro hacia atrás.

Estoy solo, tanto en el vehículo como

en la vía.

.

No sé adónde lleva esta,

pero sé que tengo que

alejarme y seguir: no hay

otra elección en el juego

que desconozco y que

me ha hecho posible llegar

hasta donde ahora estoy.

.

No tengo miedo.

Avanzo, acostumbrado a

hacerlo sin pedir

demasiadas

explicaciones.

.

Solo sé que el siguiente ins-

tan-

te

me

está esperando:

impaciente como un perro

sedien-

to.

.

.

HjorgeV 02.02.2017