Mes: enero 2013

CAMINAR PARA MORIR EN LA NIEVE (I)

Solvitur ambulando.

Resuelto caminando. O: se resuelve caminando.

Se atribuye la frase a Diógenes de Sínope, también llamado Diógenes el Cínico.

Vivió como vagabundo en las calles de Atenas y se dice que de día paseaba con un farol («en busca de hombres honestos») y dormía en una tinaja o tonel.

El mito cuenta que Alejandro Magno se interesó por el famoso filósofo y al verlo tan andrajoso le preguntó si podía hacer algo por él.

«Sí», le respondió Diógenes. «Hazte a un lado que me estás tapando el sol.»

Andar potencia el pensamiento.

Aristóteles acostumbraba caminar mientras disertaba. De allí el nombre de su escuela: peripatética; ‘ambulante’, ‘itinerante’ en griego.

Schopenhauer se levantaba a las siete de la mañana, luego se aseaba, tomaba un café y trabajaba en su escritorio hasta el mediodía.

Antes de almorzar tocaba la flauta y después continuaba leyendo hasta las cuatro de la tarde.

Entonces salía a caminar unas dos horas: independientemente del estado del tiempo y bajo cualesquiera condiciones climáticas.

Kant tenía organizada su vida como un reloj.

Y sus paseos diarios, y siempre a la misma hora por Königsberg (se dice que sus vecinos ajustaban sus relojes a su paso), le eran tan imprescindibles como las dos tazas de té que tomaba a las cinco de la mañana en punto para empezar a preparar sus clases.

La costumbre de pasear la había adquirido de su madre. Entonces todavía se llamaba Emanuel Kandt (con una ‘d’ intermedia en su apellido) y no había aprendido el hebreo (de allí el cambio a Immanuel).

Kant había perdido a su madre a la temprana edad de 13 años, pero su afán ilustrativo por todas las cosas con las que se topaban en sus paseos (piedras, plantas, las estrellas del firmamento), acicatearon su imaginación y su deseo de saber y preguntarse por todo.

Charles Dickens salía a medianoche a caminar por las calles y recovecos de Londres y podía recorrer hasta 20 kilómetros en una sola noche.

Lo cuenta en Night walks, crónica de sus paseos nocturnos por una metrópolis plena de indigentes y de gente sin techo durmiendo a la intemperie.

Rousseau forjó su fama de paseante solitario recorriendo París.

Al morir el 2 de julio de 1778 no pudo terminar de escribir Ensoñaciones del paseante solitario, libro autobiográfico que había dividido en diez capítulos titulados Promenades (‘paseos’).

«Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel» es el inicio de Borges y yo.

Esther Andradi se fue a Ginebra tras los «trotes del alma» de Borges.

Ciudad que el ciego infinito y laberíntico amaba porque allí le «fueron dadas muchas cosas: el francés, el latín, la amistad».

Cito, de un artículo de la misma Andradi:

Y, sin embargo, Ginebra marca el alma del Borges adolescente. Acaso porque la recorre en la edad del amor, de la amistad, de la búsqueda de respuestas a todos los misterios. De hecho, visita siempre que puede esta ciudad suiza. También en 1986 está allí, esperando la muerte, que llega el 14 de junio. Y en Ginebra está su tumba. ¿Qué tatuaje dibuja esta ciudad en su corazón? Algo sin duda muy especial, porque en su libro Atlas confiesa sin dudar: “Creo que siempre voy a regresar a Ginebra. Aun después de la muerte del cuerpo.”

[…]

Decido caminar por esta ciudad que desconozco, provista de su Antología personal y un aparato de grabación. Todavía no hay celulares para tomar fotos espontáneamente, y es mejor así. Prefiero prescindir de lo visual y registrar prioritariamente con los otros sentidos, como se deja llevar alguien que no ve.

Ulises relata el paso de Leopold Bloom y Stephen Dedalus por Dublín.

Leer la novela de Joyce -hay que imaginarse- es como recorrer la capital de Irlanda.

El héroe griego Odiseo (Ulises en latín) tardó diez años en regresar a la isla de Ítaca, después de haberse pasado otros diez en la guerra de Troya.

Joyce utilizó 267.000 palabras, con un vocabulario de más de 30.000, expuestas a lo largo de mil páginas (según la edición) para relatar un día en la vida de Bloom y Dedalus: el 16 de junio de 1904.

La novela de Joyce comienza a las ocho de la mañana de ese día y termina por la noche cuando Bloom regresa a casa y se acuesta al lado de su esposa Molly.

¿Cómo se titula este episodio final, el decimoctavo? Penélope, obviamente.

Kafka paseaba regularmente por el parque Steglitz de Berlín, la ciudad a la que tanto había ansiado llegar. (Odiaba, amaba y temía a su Praga natal, a la que llamaba ‘madrecita con garras’.)

Había alquilado un departamento en el barrio berlínés del mismo nombre -Steglitz- para compartirlo el mayor número de horas posibles del día con Dora Diamant, su último amor, amante, amiga, ayudante.

Por ella sabemos que una tarde encontraron en el parque a una niña que lloraba desconsoladamente porque había perdido su muñeca.

Kafka la consoló diciéndole que la muñeca no se había perdido: se había ido de viaje y él ya había recibido una carta de ella.

Kafka escribió ese mismo día una carta y al día siguiente le leyó a la niña las aventuras de su muñeca en tierras lejanas.

Fueron veinte cartas en total: en las que la muñeca fue creciendo y hasta llegó a casarse y por eso no podía volver.

Peter Handke (Austria, 1942) decidió salir un día a recorrer el mundo.

Su lápiz se lo pedía.

En noviembre de 1987 sale de su Carintia natal y cruza la frontera con Eslovenia para empezar en Jesenice su periplo. Se mueve a pie o en autobús.

Llega a Croacia y luego a Grecia. Vuela a El Cairo y de allí a París.

En enero se le vuelve a ver en Berlín, luego en Bremen, Fráncfort y Múnich.

En febrero es avistado en Bruselas y Brujas. Se le ve después en Tokio, Alaska y Londres.

En marzo visita Lisboa, Porto y la española Vigo. De León pasa a Arles, Viena y a la italiana Aquilea.

Siempre a pie y en autobús. En avión cruza los mares.

La lista prosigue, se retuerce -a veces en espiral-, se estira: París, de nuevo Eslovenia, Escocia, Normandía, Barcelona, Córdoba, Málaga, Milán.

Otra vez Viena, París, Múnich, Cannes, Venecia, Ámsterdam, Lyon, Valladolid, Salamanca.

No huye de la justicia. En movimiento, busca la palabra.

Su lápiz no se cansa de caminar. Su diario, de observar.

También su lápiz lo llevó a defender lo indefendible, hasta el punto de abogar por el criminal de guerra serbio e instigador de los conflictos balcánicos, Slobodan Milosevic.

.

.

Continúa…

HjorgeV 31-01-2013

CERYL MENNEGUN: «LOUISE WIMMER» (Película)

¿Cómo es eso de quedarse sin hogar, sin techo?

¿Cómo, si eres mujer, te ha abandonado tu marido y tienes que cargar con las pertenencias que te quedan en tu destartalado automóvil que ahora también es tu nueva casa?

¿Cómo, si ya cumpliste los 50 y no tienes nada salvo tu orgullo, pero estás decidida a reconstruir tu vida sola?

Tal vez hasta dispuesta a morir antes que a pedir ayuda si eso implica perder tu dignidad.

Le sucedió a la madre de Ceryl Mennegun. Y a una tía con la que creció.

El cineasta francés, autor y director de esta historia de supervivencia en la ciudad más bella del mundo, lo cuenta en una entrevista

La acción transcurre en un París que, si alguna vez fue/era una fiesta, ahora es una metrópolis europea más, también arrasada por la crisis de los codos impunes.

Esa donde los que tienen más hunden sin piedad a los que tienen menos, para acumular simplemente más.

HjorgeV 25-01-2013

«LOS RECREOS DE MI PADRE»

.

Entonces mi padre volteó y vi

que lloraba

Y por primera vez entendí que

en medio de los grandes problemas del mundo

no solo lloraba por la muerte

de su amigo:

que a partir de cierta edad

las muertes cada vez más cercanas

se lloran como la

propia

.

El pasado -se acercó a explicarme mi padre-

es a veces como

un amor que

te envía postales

reclamando porque no has

llegado y te sigue

esperando aún

.

Pero has llorado, padre, le dije.

Y así dijo él:

.

Ah, los días dichosos:

ordenados en mi recuerdo

como cubos para armar: un

juego para ponerse a temblar

en realidad

.

Podría decir que soy inmortal

porque no morí

esperándola

.

Los días dichosos -continuó-:

días de desayunos

nerviosos antes de salir

al colegio y de espera

hasta la hora de poder

verla en el primer recreo

.

El amor: todo un riguroso aparato administrativo

estatal instalado en la niñez

para contentarse después

con una simple

sonrisa

soltada al

vue-

lo

en el patio del

colegio

.

.

HjorgeV 17-01-2013

«VALSECITO DE LA DISTANCIA»

.

Regresar de madrugada y

de incógnito a

la niebla gris

de mi ciudad, niebla

de todos los tiempos habidos

dormidos y por velar

.

Caminar como un intruso flotando

en la

acuarela grisácea del amanecer

Descubrir por fin al pie de los

acantilados adónde llevaba

la callecita escondida donde vi

esfumarse al primer amor que no

llegó a cumplirse

.

O hallar por fin el final de un

sueño infantil que se me

quedó inconcluso:

como pegado en la punta

del deseo

.

Le exijo mucho a mi lejana

ciudad dilecta

Cosas como descascarar mis

alas inexistentes o parir

mariposas de un solo soplo

cuando los ríos se detienen

.

O terminar, por mí, sueños que

ya nunca serán porque

tampoco nunca

fueron:

solo cosas de niños

sueños de niños

proyectos infantiles

lejanos

todos

inconclusos, imperfectos

como nuestras

mentes

tan

adultas e

incapaces de

todo y de

nada

.

.

HjorgeV 09-01-2013

CONSTRUCCIONES DEL TIEMPO

El año pasado había mencionado que en el idioma aymara el futuro se representa detrás porque es lo que no se puede ver.

De tal manera que, en realidad, a un nuevo calendario (al futuro) entramos de espaldas, a ciegas, puesto que no sabemos lo que nos espera.

Contándoles sobre el tema a mis hijos, el de siete años me preguntó cómo habíamos llegado los seres humanos a hablar.

Le dije que, a mi modo de ver las cosas, ese era el mayor salto que habíamos dado en nuestra evolución. Para (intentar) explicárselo, le improvisé un cuento.

Había una vez un perro que una vez había ladrado de cierta forma y había aprendido que ladrando así siempre recibía un trozo de carne y no un simple hueso.

Su ladrido le había sonado a sus dueños como la palabra ‘carne’.

Estos, maravillados, empezaron a mostrar la gracia del perro a sus vecinos, amigos y conocidos.

Pronto nuestro personaje empezó a recibir ingentes cantidades de carne y todo el mundo a su alrededor olvidó que también necesitaba agua para sobrevivir.

Para no morir probó varias formas diferentes de ladrar hasta que por fin recibió agua.

Su ladrido se había semejado mucho a la palabra ‘water’ y su fama aumentó, porque ahora se le consideraba un perro políglota.

Así también aprendió que si ladraba de manera adecuada y diferente, recibía algo diferente.

Siguió probando hasta que aprendió los ladridos parecidos a ‘filete’, ‘carpaccio’, ‘asado’, ‘leche’ (y muchos términos más que dejo a la imaginación del o la lectora).

Lo malo fue que pronto su territorio se convirtió en una verdadera acumulación de restos de comida que empezaron no solo a aburrirlo, sino también a incomodarlo y a ser un peligro para su salud.

Así tuvo que aprender a ladrar solo las cantidades adecuadas de lo que quería comer y beber y a decir que no para todo lo demás. (Etcétera y colorín, colorado.)

Más o menos así debió ser nuestra evolución también, pero a lo largo de un par de millones de años y teniendo otro tipo de ‘premiadores’ y de premios.

Todo desarrollo o evolución se inicia como una respuesta circunstancial a factores o circunstancias externas:

Cambios climáticos, catástrofes, alteraciones geodésicas, aparición de otros animales o grupos homínidos, o la extinción o interrupción de las fuentes de agua o alimento. O simple aburrimiento.

La supervivencia fue seguramente el mayor motor inicial de nuestra evolución. La que nos llevó a probar, cambiar, buscar, desplazarnos, adaptarnos, seguir buscando: para no extinguirnos.

Pero fue, aparte de ciertos cambios genéticos que ‘supimos’ aprovechar, también nuestra innata curiosidad la que propició el continuo desarrollo de esa actividad y de nuestro cerebro.

No somos, así, solo un producto de nuestra necesidad de sobrevivir sino también de nuestra curiosidad por saber qué hay dentro de eso o más allá, cómo sabe esto o aquello, qué pasa si.

(Tal vez el mismo ingrediente que también está en nuestra afición por las drogas, la televisión, las historias en general y por los llamados juegos de azar, que de azar tienen poco porque estadísticamente siempre se pierde.)

De esta manera, curiosidad y necesidad se han espoleado mutuamente creando una espiral de avance a lo largo de nuestra evolución.

Pero hubo un ingrediente más. El catalizador.

Fue el lenguaje el que nos permitió comunicarnos (expresar lo que queríamos o no, nuestras necesidades y problemas), aprender más (por información de otros, preguntando y discutiendo) y seguir avanzando.

Por el lenguaje pudimos comunicar no solo nuestros deseos, necesidades e intenciones. También nos permitió intentar la comprensión del mundo.

Para empezar, nos permitió representarlo.

Convertir lo que pensábamos, nuestros conceptos, en palabras.

Por eso cada lengua es reflejo de una particular forma de ver y representar el mundo.

Un idioma o lengua refleja y da forma a la cosmovisión de sus hablantes.

Entre las cosas más difíciles que debieron expresar nuestras lenguas (existen más de 6.000 en el planeta y desaparece una indígena cada dos semanas) siempre han estado los conceptos abstractos.

(Es un proceso recíproco: lo que no llegamos a pensar no necesita ser expresado, así como mientras más complejo sea nuestro pensamiento, mayor será la necesidad de conceptos y palabras para -intentar- expresarlo.)

Inicialmente el tiempo perteneció a esta categoría.

Ahora ya es común representar el paso del tiempo valiéndonos del espacio y de nuestros cuerpos:

Asumimos que nosotros somos el presente y lo que está delante de nosotros, y podemos ver, es el futuro.

Detrás, a nuestras espaldas, está -quedó- el pasado.

La vida la representamos, así, como un recorrido o paseo a través del espacio y del tiempo.

Los antropólogos pensaban que todas las culturas/lenguas habían recurrido a ese artilugio o apoyo mental, a esa metáfora.

Pero no es así.

Los aymaras, por ejemplo, tienen una representación diferente y que es mucho más racional en varios sentidos.

Para ellos el futuro está detrás porque es lo que no se ve.

Y el pasado delante porque es lo que conocemos y podemos ‘ver’ (hoy incluso con imágenes porque está documentado audiovisualmente).

El idioma aymara tiene también otra característica interesante (científica, se podría decir): es importante denotar si quien expresa una acción la vio o no.

Así, una oración como «El perro mordió a fulano de tal» es incompleta porque no se sabe si el que lo dice vio la acción o no.

Me parece mucho más interesante, porque este ejemplo demuestra hasta qué punto una lengua puede determinar la cosmovisión de toda una cultura o pueblo.

No tengo el más mínimo conocimiento de aymara y todo lo que expongo aquí (en este primer día del 2013) lo sé por haber leído o repasado las fuentes que indico al final, pero, de ser cierto lo planteado, ¿cómo expresan entonces los aymaras la existencia de su dios, si lo tienen?, me pregunté.

No podrían, es lo primero que se me ocurrió.

Porque no lo han visto.

La respuesta es que los aymaras, a diferencia de los cristianos y musulmanes, sí han visto a su dios.

Lo ven a diario.

Es la Pachamama. La tierra dadora de todo alimento y energía, y de donde venimos y vamos a parar.

Un idioma no solo puede determinar las creencias religiosas de toda una cultura como acabamos de ver.

También influye en otros ámbitos de su vida y desarrollo.

En Alemania, fue una de las primeras cosas que me llamó la atención en este país, por ejemplo, es costumbre escuchar con atención al que habla. Interrumpirlo es muy mal visto.

Con el tiempo me he dado cuenta de que es algo que viene determinado por la sintaxis del idioma:

Tanto las negaciones, como los verbos principales cuando hay uno complementario, suelen ir al final de la oración.

Un Ich liebe Dich, por ejemplo, un Te quiero, se convierte en un No te quiero agregando la negación al final:

Ich liebe Dich nicht.

Así, quien no presta atención hasta el final puede llevarse un gran chasco.

Visto esto, ¿puede llamar la atención que la lengua de este país haya servido a toda una pléyade de filósofos y pensadores y que en este país se cultive la conversación como un verdadero intercambio de ideas e información?

He llegado a todo esto por la natural curiosidad de un niño.

(Ayer lo mencionaba como la gran cualidad de un amigo.)

Einstein decía que no se reconocía talentos especiales salvo una gran curiosidad.

Hoy en día contamos con dos máquinas (que alguna vez serán solo una) que viven de esa nuestra innata curiosidad: la televisión y la computadora u ordenador.

La gran paradoja es que hemos llegado a un desarrollo tecnológico tal y tan entrelazado con el desarrollo eminentemente lucrativo de la economía, que esos dos instrumentos solo nos sirven para azuzar y satisfacer nuestro impulso curioso, pero ya no más para seguir desarrollándonos como seres creativos y solidarios.

A la industria y el comercio les interesa personas convertidas en clientes las 24 horas del día.

Esa es la meta de su oferta audiovisual-emocional.

No les interesa individuos que vean críticamente este camino (que va derecho a la destrucción del planeta y de nuestra civilización y sus mejores valores).

Ni que intenten cambiar el rumbo que impone el dinero a sus vidas.

.

.

HjorgeV 01-01-2013

.

Fuentes:

http://www.cogsci.ucsd.edu/~nunez/web/FINALpblshd.pdf

http://www.cogsci.ucsd.edu/~nunez/web/publications.html

http://suite101.net/article/la-insolita-concepcion-del-tiempo-de-los-aymara-a3606#axzz2GcQdziGn

http://www.aymara.org/1995/arpasi-idioma-aymara/#more-26

http://www.ppls.ed.ac.uk/ppig/documents/NSaymaraproofs.pdf