«EL TIPO DEL COLONIA» (Relatillo)

Le había dicho a su mujer que se dejara de huevadas.

Aunque su esposa no desconocía ese tipo de expresiones (era alemana, profesora de castellano y, además, no le gustaba que la llamara «su mujer»), la había usado en la discusión de la noche anterior y seguía sin arrepentirse.

La escalación de los hechos (ella diría que ‘escalación’ no estaba en el diccionario de la Academia) no se había hecho esperar y él al final había terminado durmiendo en el sofá.

Para evitar cualquier discusión, se había levantado más temprano que de costumbre y había salido de la casa sin hacer ruido. Y con el estómago vacío.

El día había sido de tortura. Se había quedado tan afectado que el asunto le había estado rondando en la cabeza durante todo el bendito día sin permitirle concentrarse en el trabajo.

Ahora había cumplido más mal que bien su jornada y tenía planeado llegar a casa y decirle a su mujer que no aguantaba más, que se preparara para la separación.

Antes había aceptado la propuesta de su colega Pudelsky, el polaco que llevaba más de veinte años en Alemania y acostumbraba a hacerse pasar por alemán a pesar de su apellido, y se habían tomado un par de cervezas juntos. Esa noche jugaba el Colonia y el polaco tenía, como siempre, entradas para Preferencial.

-Tengo otras preocupaciones ahora, Pudel. Gracias de todas maneras.

-Te vas a perder un partidazo -le había asegurado el polaco.

Desde que Lukas Podolski (de padres polacos, nacido en Polonia y nacionalizado alemán) se había convertido en un ídolo del club colonés y de muchos hinchas alemanes, Pudelsky había empezado a «recordar» de pronto sus verdaderas raíces y a hablar cada vez más de sus compatriotas.

-Pero tu apellido termina con y griega -solía martirizarlo Gómez.

-¡Lo dices por envidia porque ni siquiera tienes el pasaporte alemán! -era la respuesta estándar de Andreas Pudolsky.

Al salir del bar y decidirse a recorrer los cinco kilómetros de vuelta a casa a pie, trató de concentrarse en la posibilidad de adoptar la ciudadanía alemana (algo que se había jurado hacer solo cuando eso no implicara perder la peruana), pero no lo consiguió.

Notó que por primera vez en los últimos años de su vida apenas le importaba cómo jugaría el Colonia ni que acababa de desechar una invitación al estadio para verlo jugar.

El otoño empezaba a hacer sus habituales estragos en el follaje de los castaños, las hayas, los arces y los robles y, ya cerca de casa, estuvo a punto de resbalar con un montón de hojas secas frente al quiosco del turco Ali.

Por un deseo inmundo y repentino, entró y le pidió a Ali la botella de vino más barata de su surtido.

El quiosquero turco le sonrió, como si fuera capaz de intuir que la adquiría para hacerle una pasada a alguien.

-Te la regalo -le dijo a Gómez.

-Estás loco -respondió aturdido el ingeniero peruano, arrojando un billete de veinte euros sobre el mostrador y saliendo enseguida sin esperar el vuelto.

Siguió su camino cabizbajo, esquivando los amontonamientos de las hojas de los nogales de esa zona con la botella de un Chianti baratieri bien sujeta en la mano.

Lo tenía bien pensado esta vez, no como en las veces en las que su deseo había sido solo eso -un deseo- y no la determinación de separarse para siempre que ahora sí tenía en mente.

(Su madre lo aceptaría a la larga. Después de todo no habían llegado a tener hijos y las perspectivas de ver a su hijo libre para otra relación podrían aumentar sus esperanzas de ser abuela.)

¿O creía Suse que él podría seguir soportando detalles tan insoportables como la visita del tipo de la tarde anterior?

¿Qué marido podía aceptar que un desconocido se atreviese a tocar la puerta de su propia casa para preguntar por su propia mujer con una botella de vino en la mano?

-No seas tonto, solo era un colega del trabajo con un regalín -había sido la explicación de Suse-. Y, además, el vino era para mi padre -había agregado, como si se tratara de minucias que no necesitaban, en realidad, explicación.

-El cumpleaños de tu padre fue hace dos semanas, tesoro.

-El colega se equivocó de fecha, simplemente. ¿Qué se puede esperar de alguien que no es de la familia?

-¿Eso es lo que me quieres hacer creer ahora, que el vino era para tu padre? ¡Ja!

-Déjate de tonterías -le había dicho ella, sin hacerle demasiado caso, como de costumbre-. Si estuviéramos en el Perú y una colega tuya se presentara en la puerta con un regalo para tu mamá, seguro que no reaccionarías así.

Lo había dejado mudo con eso.

Luego habían intentado ver el programa de Jauch juntos en la televisión y habían vuelto a discutir. Más tarde, el sofá por toda compañía.

Habían llegado a un extremo insoportable.

En su mente solo cabían dos explicaciones: o era verdad que la botella de vino era para el padre de Suse (lo cual no aliviaba el asunto porque indicaba cierto grado de compenetración con el tipo, aunque fuera como colegas) o ella lo estaba engañando con él.

Si ella tenía un amante -o algo más, incluso algo menos-, era algo que a él ahora ya no le importaba, volvió a aseverarse.

Frente a la casa de los Schneider resbaló y cayó sentado para no romper la botella que llevaba en la mano.

Pensó, para tranquilizarse, en cómo descorchar la botella sin un sacacorchos y recordó el pequeño Victorinox que llevaba en su llavero (un regalo que se había hecho a sí mismo al cumplir los 35 y que nunca había usado).

Medio escondido tras unos arbustos del jardín de los Schmidt, tomó un largo trago de la botella. Desde su discreto escondite divisó a Jürgen Schmidt y su familia, cenando juntos. Sintió una mezcla de pesar, alivio, remordimiento y confusión. Todo a la vez. Tomó otro largo trago.

Ahora no le importaban más esas cosas. Otro trago.

Se acababa de desprender mentalmente de su mujer.

Que tuviera sus amantes. Se levantó, volvió a resbalarse y fue a caer debajo de un Toyota de doble tracción estacionado frente a la casa de los Krämer que nunca antes había visto por ahí.

Él no iría a prohibírselo. Otro largo trago tendido debajo de la camioneta.

Solo que a partir de ahora ella tendría que hacerlo sin él. Se quedó un momento así, inmóvil, tendido, contemplando la parte inferior de la carrocería del vehículo.

Porque él se había cansado y no quería saber nada más de ese teatro absurdo llamado matrimonio de años. Y sin hijos. Miró la botella que se había esforzado por mantener en posición vertical. Se la había acabado en apenas unos minutos. Recordó la discusión de la noche anterior.

-Tú sabes que te quiero a ti y solo a ti -había tratado de consolarlo Suse, sin contener cierta sonrisilla misteriosa que él la había interpretado de una manera aún peor:

¿Se acostaba con el otro solo por sexo?

-No me basta -había dicho él-. Si quieres a alguien más, prefiero hacerle espacio en tu vida.

-No seas tonto, vamos, cariño. No hay ningún «alguien más» en mi vida. En todo caso eres tú -había rematado ella, pasando a explicar que se refería a que lo consideraba como esposo y amante, amigo y bla, bla, blá.

Antonio Gómez había terminado maldurmiendo en el sofá, agostado por la rabia y la incertidumbre. Rodó, se levantó sacudiéndose la ropa y continuó su camino, aún con la botella vacía en la mano. Vio que la puerta de los Schneider se abría y corrió para no ser visto.

Ahora se encontraba a pocos metros de su casa dispuesto a entrar y comunicarle su decisión a su mujer.

Era el final definitivo. Punto.

Que ella hiciera con su vida y sus amantes (portadores de botellas de vino) lo que quisiera.

Pero no con él. Decidió entrar por el jardín y acceder por la puerta de la cocina.

Y así, tal como se lo había pensado y planeado, había irrumpido en la casa, había tirado el maletín sobre el sillón de la entrada (tal como a ella no le gustaba, porque era de anticuario) y se había dirigido luego a la sala. No estaba borracho pero tampoco sobrio. Le daba igual.

Entonces había encontrado al tipo.

¡Allí, sentado en su sillón personal, bebiéndose una cerveza de las suyas!

Vio que vestía medias blancas de tenis, una pantalón anticuado y que del cuello de su camisa asomaban largos vellos negros y grises.

¡Y, para más inri, se encontraba viendo el partido del Colonia que él tendría que estar viendo allí, en su propio sillón!

De haberlo sabido, habría aceptado la invitación de Pudolsky.

El efecto del vino lo ayudó a mantener la calma. Se sentía adormecido. No sabía qué hacer. Por no saberlo, lanzó otra mirada a la esquina de la sala donde tenían el televisor.

El tipo mantenía una de sus botellas de cerveza en la mano y, al parecer, seguía sin reparar en su presencia de lo concentrado que estaba en el partido. De cuando en cuando hacía una mueca de satisfacción o fastidio por alguna jugada y emitía sonoras interjecciones, moviendo la mano libre en el aire.

-¡No, estúpidos!

-¡Eso, eso, ahora!

De haber sido Antonio Gómez un tipo, digamos normal, uno del montón acaso, tal vez su reacción habría sido otra: un portazo para abandonarlo todo, acaso una bofetada al amante antes.

Peor, o mejor aún:

Acaso habría abandonado la casa en silencio, sin hacérselo notar a ninguno de los dos. Que fueran felices y comieran perdices. La vida tenía grandes derrotas, lo aceptaba. Que le permitieran empezar nuevos juegos, nuevos partidos en su vida.

De haber sido otro, Gómez habría dejado sus pertenencias y nunca más las habría reclamado.

Acaso se habría regresado para siempre a su país esa misma noche y habría cumplido uno de los sueños de toda persona desde que se había inventado el matrimonio como núcleo de la vida social:

Iniciar de la noche a la mañana otra vida, en otro lugar.

Pero no, la inesperada presencia del amante de su esposa sentado en su propia casa lo había sorprendido de tal forma que lo había paralizado.

-¡A la izquierda! ¡Pásala a la izquierda que está libre!

-¡Dios, qué disparo!

¿Dónde se había metido ella?

¿Estaría preparándole algo de comer?

Caminando de puntillas se asomó a la puerta de la cocina. La luz estaba encendida, pero no había nadie. Sobre la mesa de trabajo vio cuchillos, una lechuga a medio cortar y un tomate. En la tostadora, dos rodajas de pan negro lo miraban sorprendidas.

Empezó a temblar de los puros nervios. Tenía que aceptarlo. El amante de su mujer lo había sorprendido.

Para empezar, no era el tipo que él se había imaginado.

No era el amante acicalado y esbelto, de buen vestir y mejores modales. No era el joven de la voz profunda y la mirada calante («Tampoco está en el diccionario, amor», lo podía escuchar como si saliera de sus labios) y caliente.

¡Este pobre tipo parecía salido de un manual de qué defectos evitar al convertirse en adulto!

Encima, era un poco barrigón.

Pero el peor error, el primigenio, el fundamental. El elemental. Lo había cometido él mismo.

Sin saber qué hacer (llamar a la policía había sido la otra alternativa) hasta que apareciera Suse, se había dirigido al tipo y le había hecho la pregunta del millón.

-Oiga, ¿por lo menos podría decirme cómo van?

¿Por qué no se había fijado simplemente en el marcador del ángulo superior de la pantalla? Era, después de todo, su propio televisor.

-¡Cero a cero! -había respondido el otro, entusiasmadísimo-. ¡Se está perdiendo un partidazo, mi amigo! El Colonia se ha perdido varios goles ya. De un momento a otro tiene que caer uno.

Ni siquiera lo había saludado el tipo.

Se había portado como si se encontraran en un bar cualquiera.

Pero que el Colonia se hubiera perdido varios goles lo compensaba.

El amante de su mujer le había respondido con el entusiasmo de quien se alegra de que le pregunten por las cosas que le gustan, pero con la indiferencia de quien no quiere ser molestado. Luego había agregado, combinándolo con un trago de cerveza y buen humor:

-¿Por qué no se sienta? Después de todo está en su propia casa, amigo. Apenas termine el primer tiempo le explico todo.

Gómez le dijo que también quería una cerveza y se ausentó por un momento para ir a la cocina por una.

Cuando el corazón dejó de darle saltos y el Colonia metió su segundo gol a la media hora de juego, decidió que dejarían la discusión para el final del partido. Después de todo, se dijo tras la cuarta cerveza, ya había tomado la decisión de separarse de Suse y ya todo le daba igual.

La pausa intermedia se la pasaron hablando de los últimos partidos del Colonia, del nuevo entrenador y de las posibilidades de que el equipo llegara a optar a la Liga de Campeones. Se alegró de poder entenderse con el futuro esposo de su mujer. Eso era algo que siempre había escuchado de ajenos y que le había parecido un imposible muy lejano.

Cuando Suse llegó alterada a medianoche y trató de reprenderlo por haberse tomado la cerveza de todo un mes y no haberla llamado, apenas escuchó sus protestas.

Ni siquiera se enteró del todo de qué había sucedido, lo había escuchado de labios del tipo y tampoco le había importado.

El Colonia había ganado 3:0 en casa y al día siguiente habría un ambiente de carnaval en toda la ciudad. Un 3:0 era un marcador que ayudaba a vivir por lo menos durante dos semanas.

Luego vendrían las derrotas y otra vez la esperanza y el miedo.

La vida de siempre.

Ahora solo quería dormir su borrachera.

Trató de reír cuando su esposa le contó que había salido corriendo porque los Schneider la habían llamado para contarle que lo habían visto herido debajo de un automóvil y que ella se había pasado buena parte de la noche buscándolo en los hospitales más cercanos, pero solo alcanzó a hacer una mueca.

Dormiría otra noche en el sofá. Qué más daba.

Además, el tipo le había caído bien, sin ser su tipo de amigo.

Creía haber entendido que se había acercado a disculparse personalmente justo cuando los Schneider habían llamado y Suse había salido corriendo, dejándolo solo en la casa.

Nunca terminaría de comprender a los alemanes, pensó, antes de empezar a roncar.

 

.….HjorgeV 30-10-2011

«IDEAS VERDES, NATURALEZAS MUERTAS» (Engendro)

.

Las ideas verdes y descoloridas

gritan furiosamente

frente al cielo despejado

.

Un árbol se inclina ante una anciana

y su perro levanta una pata

para dar su limosna líquida a la Tierra

-vía tronco de ese mismo árbol-

.

Las nubes contemplan

la humanidad descarriada

feliz

torturada

saciada

drogada

ansiosa

confundida

vibrante

inepta

esperanzada

ingeniosa

arrogante

perdida

estúpida

feroz

doliente

emocionada

.

El sol no es más que otro

testigo del vasto

número de soles que

desconocemos

.

Mientras, la maldad avanza encorvada como

un relojero insaciable

e impío

que teme llegar tarde

a su cita con el Tiempo

.

Un segundo de luz

y luego el polvo de las

tinieblas

Un destello, un solo fulgor

.

A oscuras se busca el hombre

a sí mismo

Orina el perro generoso

Se inclina la anciana

frente al árbol de la vida

.

La eternidad es un museo

de cuyas paredes cuelgan

puras naturalezas muertas

.

HjorgeV 26-10-2011

«GRABADO EN LA CORTEZA DE UN ÁRBOL» (Engendruzco)

.

Expresado en tu cuerpo:

maniobrando cada vestigio

como un Houdini que intenta

asombrar al público

soltándose de las mil ataduras

que dicta tu piel

.

Grabado en tu cuerpo:

piel terrena contra piel celestial

Ya no seré un nombre

en tu memoria

solo un cálculo olvidado

en el órgano más sensitivo

y extenso de tu cuerpo

.

Expresado en tu cuerpo:

borrado de tu memoria activa

tatuado como una herida

obligada a no respetar

las instancias del olvido puro

Cómo dejar que el grito

no salte del ojo

e invada el prestigio

público y los trenes heridos

Cómo evitar lastimarte

con trazos que miran al

cielo para medir la huida

.

En la Tierra el día menos pensado

será oscuridad y entonces

así a escondidas

como juega tu sombra lejana

con mis pensamientos:

encontrarte un día

tras el árbol de tu regreso

dar la vuelta a ese tronco

inhumano que tanto

me hace esperar

y encontrarte allí

raíz de todo

Oh

volverás

.

HjorgeV 24-10-2011

JAMES LEE BURKE: «EL HURACÁN» (Novela)

Vivimos en un mundo misterioso.

Maravilloso y terrible a la vez, lleno de contradicciones y paradojas insondables.

Cuando alguien como la canciller -Angela Angie Merkel- del país que ocupa el tercer lugar en la lista mundial de países deudores, se atreve hoy a exigir -casi conminar- a sus socios europeos que «dejen de vivir del crédito», es que hemos llegado al borde de la enajenación global.

¿Quién creó este mundo demente?

Si alguien lo creó, ¿quién creó -a su vez- a ese alguien?

En las construcciones mentales humanas llamadas religiones (no sabemos si existen seres vivos en otros planetas ni conocemos sus creencias, tampoco tenemos constancia de que los animales piensen y, si lo hacen, que hayan llegado a preguntarse por el origen de su existencia) se resuelve esa pregunta de forma cómoda.

Hay un ser por encima de nosotros. Y punto.

.

.

Bien.

Si creemos en un creador o creadora, ¿por qué se ha olvidado él/ella de su creación?

¿Qué hace en este mismo instante?

¿Nos contempla ese alguien?

¿Se muerde compulsivamente las uñas solo de ver lo que sucede a diario sobre el planeta, su creación? ¿O ríe?

¿Qué le impide reconocer su gran error?

¿Qué le impide corregirlo?

Todas estas son preguntas que bien podría habérselas hecho, por ejemplo, un niño de los miles de afectados por el huracán Katrina que azotó el sur de EEUU en el 2005.

Hay que poder imaginárselo.

2.000 muertos y más de 75 millardos (miles de millones) de dólares en pérdidas.

El huracán que más pérdidas ha causado en la historia del mundo, o, por lo menos de EEUU, y solo por detrás del más mortífero, el San Felipe II de 1928, con sus 4.000 muertos.

El Katrina devastó Nueva Orleans hasta el punto de que en muchas de sus zonas inundadas era posible medir 7 m de profundidad: la altura de una casa de dos pisos.

La ciudad quedó inundada en un 85%. Los cadáveres flotaban por todas partes.

La falta de alimentos y la ausencia total de servicios públicos auspiciaron los saqueos y estos el vandalismo incontrolado.

En esta escenografía desarrolla James Lee Burke (Houston, 1936) su novela The tin roof blowdown (2007) («El huracán»): decimosexta y antepenúltima de la serie protagonizada por Dave Robicheaux, veterano de Vietnam y ex alcohólico policía de Luisiana.

«EL HURACÁN»

Cuando leí hace un par de meses una interesante recensión sobre «El huracán» (ya no recuerdo dónde ni al autor), le rogué inmediatamente a mi esposa que tratara de conseguírmela.

Ella es la que mueve los hilos ‘en línea’ en esta casa.

Vivir en un pueblucho semirrural de las afueras de Colonia tiene sus encantos. Y sus grandes limitaciones también.

Entre los primeros: lo maravilloso que es recibir de las manos de un cartero alemán un libro en mi lengua, como si llegara de un universo lejano e insondable.

Entre los desencantos: lo que puede tardar un envío así por uno u otro motivo.

Pasaron varios meses.

Olvidé el pedido.

El sol empezó a descender en lo alto cada día más en su rumbo al otoño alemán.

Hasta que días atrás el cartero me sorprendió con un paquete.

Se veía prometedor aún sin abrirlo.

Recordé, de paso y sin querer, esos años tan lejanos, en los que la llegada de una carta o una encomienda (vivía entonces en La Ciudad del Cielo Color Panza de Burro © y ni siquiera me imaginaba que alguna vez iría a dejar mi país) era todo un acontecimiento y un gran motivo de alegría y nerviosismo.

(Una de mis ‘novias’ de ese entonces, una periodista de Stuttgart, solía enviarme diversos regalitos por correo aéreo desde este país: qué asincrónicas simetrías le depara a uno el destino. En el Perú de ese entonces yo tenía que pagar una pequeña fortuna en impuestos para poder recoger sus regalos: en todo caso, muchas veces, una suma mayor que el valor del producto. Cuando le rogué a S. que dejara de enviármelos, debió molestarse y no entenderlo. Nunca llegué a saberlo.)

Comencé a leer «El huracán» con dos claras sensaciones.

La primera:

La extraña sensación de ser probablemente una de las últimas personas (¿de las próximas dos décadas?) que todavía se alegran por sostener entre sus manos, al contacto con su piel y en agradable percepción visual y olfatoria del papel impreso, un ejemplar analógico de un libro.

(Somos cientos de millones por todo el mundo los «lectores de papel», pero seguramente también de los «últimos» en poder gozar algo así.

Alguna vez será simplemente un absurdo, en el mundo occidental por lo menos: puesto que será posible cargar en tu tableta cualquier contenido en un instante sin tener que pensar en derribos de árboles, transportes transoceánicos, trabajo esclavista en las fábricas de papel e imprentas, amén de la edición y la preparación del libro.)

(Auguro un posible adminículo futuro:

Una tableta que se parezca desconcertantemente a un libro analógico, incluyendo las sensaciones táctiles y olfativas, y cuyo contenido cambia a voluntad; propia o ajena.)

La segunda clara sensación al iniciar la lectura de «El huracán» fue la de haber tropezado -literalmente, porque no lo esperaba- con un verdadero maestro del género.

Burke ha escrito una de esas obras que exigen tu absoluta y celosa concentración.

Pero no porque uno mismo tenga que imponérsela como un deber, tarea o compromiso.

Sino porque esa alta concentración mental surge como una necesidad natural: simplemente para no perderse ninguna línea, ninguna palabra del texto:

El sueño de todo escritor, artista, maestro o profesor de cualquier disciplina.

(Tal vez esta sea una definición aceptable de un «buen libro»: el deseo de no perderse ninguna línea ni palabra, así como observamos maravillados centímetro por centímetro un cuadro del genial Leonardo Da Vinci o, extasiados, una de las fantasías de Jerónimo Bosch, también conocido como El Bosco.)

¿O fue que me enamoré de golpe de «El huracán» como en esos flechazos en los que el objeto de nuestro amor pasa a convertirse en alguien de quien pasamos a estar atentos hasta de la menor flatulencia?

(¿Y será, por eso mismo, que al rememorar esos momentos definitivamente superados de nuestro pasado lo hacemos con una mezcla de vergüenza y piedad por nosotros mismos, pero nunca con orgullo?)

¿Obra maestra, he dicho?

Soy de los que se dejan fascinar por la poesía bien dosificada de un relato.

Un edificio puede soportar el recargo en las formas, la exuberancia ornamental y hasta el barroco churrigueresco español (permítanme exagerar y mencionarlo: pero en ningún país la decoración llegó a ser tan protagónica y excesiva como en la Madre Patria de la época de José de Churriguera; algo que ahora se admira).

Un texto puede soportar hasta el culteranismo de Góngora si se trata de un engendro poético o lírico.

Pero la decoración (poética) tiene que andarse con mucho cuidado cuando se trata de narrar.

No es fácil recurrir a la poesía en una novela.

Y es raro encontrarla incluso en muchas de las más veneradas obras de la narrativa mundial.

Personalmente me he topado sorprendemente con poesía en novelas negras como El poder del perro de Don Winslow, pero no recuerdo en este preciso momento, por ejemplo, haberlo hecho en alguna novela de mi hemicompatriota Mario Vargas, a pesar de su magia narrativa.

Para fundamentarlo, transcribo el inicio del primer capítulo de El poder del perro:

.

Las amapolas arden.

Flores rojas, llamas rojas.

Solo en el infierno, piensa Art Keller, las flores son de fuego.

Art está sentado en una cresta sobre el valle en llamas. Mirar hacia abajo es como contemplar un cuenco de sopa humeante. No ve con claridad a través del humo, pero lo que distingue es una escena surgida del infierno.

Jerónimo Bosch plasma la Guerra contra las Drogas.

.

Dejemos a Winslow en paz.

«El huracán» arranca con esa poesía que menciono y que me gusta.

¿Obra maestra he dicho?

Ya apenas en la primera página es posible encontrar un error curioso.

(Habrá varios más luego.)

(Y también hay erratas, equivocaciones materiales responsabilidad del editor, de las cuales conté por lo menos quince: en las páginas 80, 42, 93, 110, 163, 163, 172, 233, 249, 289, 309, 335,370 y 416. Cifra asombrosa en esta época de correcctores automáticos incorporados.)

Mostraré ambos (poesía y error inicial) para que se sepa de qué estoy hablando.

Transcribo de mi (agradable de leer y sostener) ejemplar de RBA Libros el inicio de «El huracán», rogando no cometer ninguna errata con el teclado (y alegrándome de poder copiar -literalmente- la prosa de James Lee Burke, autor que leo por primera vez y que he pasado a incluir entre mis favoritos):

.

En mis peores sueños siempre aparecen imágenes de aguas barrosas, prados cubiertos de altas orejas de elefante y del golpe de aire descendente que producen las aspas de los helicópteros. Mis sueños son en color, pero en ellos todo es silencio. No se oyen los gritos ahogados en el río, ni las explosiones que hacen volar por los aires las chozas de la aldea que acabamos de incendiar, ni el batido de los rotores del HH-53, al que apodamos «el Gigante Verde», ni el de los helicópteros artillados que se aproximan en vuelo bajo a las copas de los árboles, como insectos recortados contra un sol incandescente.

En mi sueño me encuentro tumbado encima de mi uniforme de campaña, deshidratado debido al efecto del expansor de sangre, desgarrado por la cintura y la parte superior del muslo, como si me hubiesen atacado unos lobos. Estoy convencido de que moriré, si no me trasladan al batallón a recibir una transfusión y primeros auxilios. Junto a mí yace un cabo negro que sólo lleva puestos pantalones y botas. Su piel es negra como el carbón y su torso está abierto de punta a punta, desde la axila hasta el vientre, como si a sus carnes les hubieran bajado la cremallera. La herida que ha sufrido es tan dolorosa, tan traumática, tan terrible de ver y tocar que el pobre no atina a comprender lo que le ha sucedido.

-Me están entrando mareos, teniente -me dice-. ¿Qué tal me veo?

.

¿Cómo?, me pregunté al leer esta última línea. ¿No era que sus sueños eran en color y todo en ellos era silencio?

«Mis sueños son en color, pero en ellos todo es silencio.»

Curioso error formal.

Aunque el relato no está plagado de errores de este tipo, sí posee, con todo, una serie de saltos temporales, de tonos narrativos, cambios de perspectivas y hasta de cambios de identidad del narrador que bien pueden llegar a marear a algún lector distraído.

Sucedió conmigo, a pesar de mi interés y concentración. (Pongo un solo ejemplo: «La parte central de mi relato gira en torno a un hombre entrañable llamado Jude LeBlanc.», p. 16,  es el comienzo del segundo capítulo. Pronto se ve que esa afirmación no es cierta. ¿La olvidó? ¿La escribió adrede para confundir, burlarse o despreciar al lector?)

El relato se vuelve por partes confuso, sin que esto constituya un aliciente para no continuar.

Se podría tratar de cierto estilo adrede de Burke, he llegado a pensar.

O que esa extraña amalgama surrealista, retablo escabroso de saqueadores, asesinos circunstanciales y profesionales, racistas empedernidos, psicópatas disfrazados de burgueses, gente de mentes desquiciadas y atormentadas junto a gente de todos los días, digo, que esa almazuela (los más finos preferirán decir patchwork) por ratos desconcertante bien podría obedecer a personales características del autor.

Lo diré abiertamente.

Tanto Dave Robicheaux, el íntegro policía protagonista, como su creador, son ex alcohólicos.

¿No me han entendido?

Mejor.

Por mi parte, nunca desprecio a un buen narrador por sus defectos personales, por más que estos puedan influir en su relato y consigan llegar a marearnos.

(También a algún borracho le hemos pedido que nos cuente una historia o un secreto y le hemos escuchado con atención, atiborrándonos con su aliento inflamable.)

Lo más bonito de la lectura de «El huracán» ha sido reconocer desde las primeras a a un amigo: al narrador que está dispuesto a entregarte lo mejor de sí en beneficio de lo que te está contando.

Me ha llamado especialmente la atención el tono mesiánico y, a ráfagas, demente del relato.

Como si se tratara del discurso de un dios cansado de sus errores, pero que desconoce -al igual que nosotros- qué hacer.

(Pensar en las preguntas del comienzo.)

La prosa ágil y astuta de Burke (genial descriptor y ambientador: llegué a soñar con inundaciones y muertos flotando a mi alrededor en un marco dominado por robles de Virginia y pacanas) deviene a veces en voz acusadora.

Pero Burke no lo esconde y su genio narrativo hace que uno lo olvide como un mal menor. (En la novela se mencionan las razones -graves faltas, errores, desidias e irresponsabilidades gubernamentales- que agravaron el efecto del huracán.)

La novela también es un alegato y un lejano afán de redimirse de la salvajada que fue Vietnam, perceptible en la transcripción mostrada líneas arriba.

Esperpéntico y repetitivo (pero no aburrido) por ratos, «El huracán» es tan profundo y divertido como observar dos arañas asesinas bailando salsa sobre la punta de la nariz de un aracnofóbico payaso.

Pocos casos como el devastador efecto del huracán Katrina sirven para mostrar tanto la miseria humana como la que es capaz de propinarnos la naturaleza misma.

Por novelas como esta, uno se convence de que vale la pena seguir hurgando en el verdadero huracán de libros que hoy desperdiga la industria editorial. (Aparece una novedad ‘negra’ cada día y la mitad son títulos de nuevos autores.)

En este caso, por suerte, desde el comienzo del relato se percibe el oficio de un gran narrador.

¿Cuántas grandes obras se habrán quedado sin publicar en un cajón porque no supieron ‘venderse’ en o con sus primeras páginas?

Burke pudo haber tenido otro destino como escritor.

Se dice que a pesar de que era un autor conocido y que ya había publicado varias novelas, en los años setenta su novela The lost get-back boogie fue rechazada 111 veces (!) en el transcurso de nueve años. Tras aceptar Burke revisarla y corregirla, fue publicada y luego nominada para el premio Pulitzer.

Benditos los lectores con medios limitados como los míos, que tienen que dedicarse a hacer varias cribas antes de decidirse por la compra de un ejemplar determinado.

Porque «El huracán» es una novela que rinde: de esas que se pueden leer más de una vez.

Volver a leerla ya está en mi lista de deseos por cumplir.

Y sé que lo haré como si fuera la maldita primera vez.

.

. HjorgeV 22-09-2011

«CONTEMPLACIÓN NOCTURNA» (Engendro)

.

Ya anochece

los cuerpos aturdidos

y la mente duermen

.

Imaginar tu voz

es alzar un castillo

de luces falsas

en plena oscuridad

.

Caballos corren

detrás de tu sonrisa

cuando sonríes

dormida

.

Para perderme en ti

He creado un bosque de

deseos lejanos

ante mis ojos

.

Qué aire loco

qué prisa inefable

de tus cabellos 

ante cada mínimo movimiento

.

Empieza a madrugar:

El sol no sabe

de la urgencia con que saltará

dentro de poco

el despertador

.

HjorgeV 06-10-2011

«CUENTO IMPLACABLE AL REVÉS» (Engendro)

.

Dejarme caer dentro de

mismo

como

en mi propio abismo

Desmoronarme

hacia adentro

.

Ser el edificio que se

desploma sobre su eje por

efecto de precisas cargas

de dinamita

.

Observar retrospectivamente mi interior en

mi caída:

una alacena en espiral

de recuerdos y

experiencias:

un frigorífico memorioso de momentos

buenos y malos

.

Aceptar mi destino

final

sumido

en el fondo de

mis zapatos

(mientras la boca virtual de

allá arriba continúa riendo

o masticando para olvidar todo

lo llorado):

.

…..La vida es un cuento implacable

…..contado al revés

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(Haiku de cierre:

Escribo porque

la vida me debe más

de una venganza)

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HjorgeV 12-10-2011

¿HA HECHO STEVE JOBS EL MUNDO REALMENTE MEJOR? (Traducción)

UN MUNDO MEJOR PARA GENTE SIN GRANDES PROBLEMAS

El siguiente es un artículo aparecido en Der Spiegel: desconcertantemente disonante en un mar de endiosamientos y panegíricos.

¿Ha hecho Steve Jobs el mundo realmente mejor?

Stefan Kuzmany opina que solo para una pequeña élite de una pequeña parte del mundo.

La libre traducción, la adaptación y los errores, son de exclusiva responsabilidad y obra de este bitacorero. Plátanos, cebollas y tomates a la dirección conocida.

Saludos desde los arrabales semirrurales de Colonia. Que estén bien.

HjV

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UN MUNDO MEJOR PARA UNOS POCOS

Stefan Kuzmany

No he terminado de caerme de la cama al escuchar la voz de Steve Jobs (la Deutschlandfunk -la ‘Radio de Alemania’- está reproduciendo una cita de su famoso discurso de Stanford) y, enseguida, antes de que el locutor lo anuncie, lo sé:

El hombre ha muerto, tras una larga enfermedad, con sólo 56 años.

Demasiado pronto. Qué triste.

Con todo, no nos conocíamos personalmente. Ahora manos a la obra:

Encender la computadora. Entrar a Facebook y al Spiegel Online y luego a los otros sitios.

Y ahora sí empiezo a inquietarme:

“iRip” [?], escribe un amigo. Otro: “Ei.Gott.Tot” [‘¿un? dios ha muerto’]. “Thank you, Steve”, un tercero.

Y muchos han insertado simplemente un vínculo que lleva al portal de Apple, donde están su retrato y sus datos personales.

Un par de clics más adelante: la breve necrología de la empresa:

«El mundo es incomparablemente mejor gracias a Steve».

¡Uf!, se dice uno, pero luego al volver al portal del Spiegel se encuentra con: «Muerte de un ‘mejoramundos’».

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Idealizar es humano, pero errado

Sobre los muertos solo lo bueno, se suele decir, y también: sobre los colegas -en caso de duda- nunca nada malo.

Empero, hemos llegado a un punto en el que estas dos reglas no se pueden sostener. Por lo menos en parte.

Porque es cierto: Steve Jobs fue un visionario, un excelente vendedor y un brillante empresario.

Y son, sin ninguna duda, maravillosos los productos creados bajo su égida.

(Lo escribe alguien que admite estar en constante peligro de pasar más tiempo con su iPad que con su pequeño hijo.)

Y es profundamente humano, en plena consternación por la muerte de un semejante, idealizar y exagerar.

Pero uno tiene que preguntarse qué significa realmente estilizar al empresario Steve Jobs hasta convertirlo en una figura religiosa, en el más grande filósofo práctico de su tiempo.

¿Qué testimonia el hecho de presentar seriamente a Jobs, tal como en la propia publicidad de Apple, como alguien que ha hecho el mundo mejor?

Dice mucho sobre la gente que lo hace.

El mundo, hoy, vale la pena recordarlo una vez más, es grande.

En todo caso más grande que los pocos países altamente desarrollados, cuyos habitantes se pueden permitir el lujo de adquirir los productos de Apple.

Steve Jobs, se subraya, recibía solo un dólar al año por su trabajo como jefe de la empresa (aparte de un jet privado y un gigantesco bloque de acciones).

A los ‘privilegiados’ obreros que ensamblan iPads e iPhones en las fábricas chinas de la Foxconn, sin embargo, no les concedió mucho.

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Un mundo mejor para gente con «problemas de lujo»

El mundo que ha mejorado Steve Jobs es, entonces, relativamente pequeño.

Es el mundo de la gente sin grandes problemas.

Gracias a sus innovaciones tiene esta gente un par de pequeños problemas menos.

Usted ya no tiene que enfrentarse (bueno, ya no tanto) a enigmáticas ensaladas de cables y enchufes ni con indescifrables mensajes en clave del sistema operativo.

Usted ha comprado productos creados por Jobs que cumplen con lo prometido en la publicidad, que lucen bien y entretienen.

Con eso se puede olvidar de las pésimas condiciones de trabajo en China, de la sospechosa angurria de datos del consorcio y de las encorsetadas restricciones que Apple impone a sus clientes.

A nadie menos que a Naomi Klein, ideóloga de la antiglobalización, fue posible verla en su visita a Berlín jugando orgullosa y entusiasmada con su iPhone, mucho antes de que este se distribuyera en Europa.

Klein es solo un ejemplo, entre muchos, de la esquizofrenia a la que nos ofrendamos los discípulos de Apple:

Nos enteramos por nuestro smartphone de las grandes inmundicias de las transnacionales, enviamos rápidamente un indignado tuit sobre el tema y no somos capaces de reconocer la ironía de esta acción.

Apple ha mantenido a lo largo de años, y a pesar de todas las revelaciones sobre la inevitable crueldad de un consorcio de su envergadura, una imagen sorprendentemente limpia.

Esto se debió principalmente a Steve Jobs y al mito fundacional relacionado a su persona.

Se compraba productos de Apple, mas no a una máquina consumista sin rostro, sino más bien directamente del garaje de un nerd simpático y de brillantes ideas.

El duelo por Steve Jobs es en realidad el duelo por la pérdida de esta ilusión.

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La filosofía de Apple es materialismo puro

Steve Jobs dio un gran discurso en Stanford: sobre la realización personal, los sueños y la indeclinable voluntad de no dejarse vencer.

Pero quien confunde el negocio de Jobs con filosofía o, incluso, con religión, está adorando un materialismo puro.

Steve Jobs ha muerto, con apenas 56 años.

Demasiado pronto. Demasiado triste.

El pésame a su familia y sus amigos.

Todos los demás pueden quedarse tranquilos: Apple continuará construyendo sus bonitos smartphones.

Y el iPhone 5 también saldrá a la venta, seguro.

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Libre traducción, adaptación y errores:

HjorgeV 09-10-2011

URI CAINE: «BOOK OF ANGELS» (John Zorn)

MÚSICA PARA ÁNGELES

Así me imagino el cielo, yo, ateo confeso y convicto:

Un manicomio lleno de dementes felices, volando por aquí y por allá a su aire.

Mientras que en una esquina, con la mirada perdida, descansa su dios.

Ciego, sordo y sin memoria.

Además de ya cansado.

Todos viviendo en un domingo eterno: el día elegido para descansar, según la mitología de la cristiandad.

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Uri Caine tendría un puesto inmediato en ese universo angelical.

Algo que él, seguramente, no soportaría:

Porque una cosa es experimentar con lo imposible posible y, otra, ser esclavo, de seres imposibles (por insoportables).

Uri Caine (Filadelfia, 1956) no solo es pianista (de jazz) y compositor.

También ha bebido, nadado y saltado alegremente en las fuentes clásicas de Wagner, Bach, Beethoven, Mozart y Verdi.

Y en cada inmersión ha hecho gozar a sus seguidores y críticos.

Con su grupo empezó recreando la música de Mahler y no le ha temido siquiera al flamenco.

Más que la fusión de lo clásico con el jazz -tramada con estilos diversos-, lo suyo es la deconstrucción:

El deseo imposible de desaparecer a voluntad, hecho juego.

Si los dioses que más se aman son los que se pueden tocar.

Los que están más al alcance de la mano.

Y si muchos músicos de jazz parecen tocar solo para seres entendidos y para ser gozados solo por otros músicos de jazz.

Caine se hace querer con su frescura y su atrevimiento desconcertantes.

Porque su música -compleja, trenzada, dispersa y simple a la vez- llega, aún a los novatos en el género de la libertad creativa por excelencia.

Con todo, en ciertos pasajes de las interpretaciones de Caine no puedo quitarme de encima un manto pesado:

La convicción de que se está burlando del oyente.

Pero es algo que soporto porque el jazz también puede ser como el buen fútbol: un lugar donde nos dé gusto que nos mientan.

En una sociedad con exigencias altísimas pero que fracasa en las trivialidades del día a día.

En un mundo que presume del regreso oficial de la tortura, de las xenofobias, de los nacionalismos y los miedos irracionales.

Cuando la convicción derribada de que la economía de mercado solucionaría todos los problemas se hace más fuerte y de que bastaba bailar sobre los dientes de los tiburones para ser feliz.

Cuando el desenmascaramiento de la clase política como incapaz y concentrada en su propio interés y medra:

Es cierto: el arte también puede reflejar perfectamente la decadencia.

Mejor retratado (musicalmente) no podía estar el inicio de la decadencia de nuestra (llamada) civilización y de que ya hemos dejado claramente atrás nuestro cenit.

El juguetón título –Book of angels: composición de John Zorn– no podía ser más apropiado.

Le envidio a Caine la escenificación de su propia locura.

La escenificación de su confusión y de la aceptación de ese desconcierto -frente al mundo y la vida- por medio de complejas acumulaciones musicales.

¿Quién tiene así nomás la oportunidad de mostrar el desconcierto que nos causa el mundo y la vida en un lenguaje, además, cifrado al máximo y -con todo- asequible a y comprensible por cada uno de los oyentes?

¿Quién tiene así nomás la chance de ser oído con atención en su desvarío, de ser escuchado en su locura y ser aplaudido, pagado y admirado por ello?

Envidia artística debe ser.

Como música enajenada. 

HjorgeV 06-10-2011 ..HjorgeV 06-10-2011

..HjorgeV 06-10-2011

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..HjorgeV 06-10-2011

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..HjorgeV 01-08-2011

«ESTHER» (Fragmento)

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Así está ella en el recuerdo (así la tengo en mí, viva):

Saliendo del agua, de una densa oscuridad para entrar a otra: una silueta apoyándose con las palmas de sus manos en el borde de la pileta de saltos ornamentales para propulsarse y regresar a la semipenumbra del recinto.

Estoy viendo ahora con la poderosa cámara cinematográfica del recuerdo el fuerte contraste de la luz que atraviesa los inmensos ventanales, mientras golpea en el exterior la lluvia contra sus vidrios, a ramalazos perdidos, arrastrando por el aire las hojas desprendidas de los árboles contiguos y el viento no se queda atrás con sus gemidos allá afuera -otra realidad muy lejana- que el vidrio ahoga.

Un coro polifónico anunciando: estos son los juegos de vaivén del otoño alemán recién llegado; saludando con sus azotes a todos.

Una despedida constante, también, siempre, todo lo cíclico.

Y ella, luego, ya fuera del agua, viniendo hacia mí, convirtiéndose, con cada paso en dirección al golpe de la luz, cada vez más en un clásico de Hollywood, en uno de esos mitos corporizados que ya no volverán y que las nuevas tecnologías han convertido en arqueología digital.

(Nuestros padres y abuelos se enamoraban de nombres concretos, mujeres que después se mantenían como ídolos a lo largo de toda una carrera o una vida, e, incluso, post mórtem: Monroe, Gardner, Welch, Bardot, Taylor.

Las diosas de hoy son flores de un día, si no han nacido ya marchitas o maculadas a su estrellado estrellato. Otras mueren para poder sobrevivir como la Winehouse.)

Sigue viva en mí:

Allí estoy yo atónito y habiendo olvidado el frío que sentía instantes atrás al salir del agua, así como la toalla que pensaba levantar de mi tarima para secarme y abrigarme.

Soy yo, no hay duda.

Pocas personas pueden hacer el tonto tan naturalmente y hacer creer a los demás que es una simple actuación:

Un adolescente hecho mayor que sigue sin comprender muchas cosas de la vida, menos esta, por supuesto; convencido de que alguna vez las turbulencias pasarán y entonces podrá comprenderlo todo. (Como si los grandes desastres y las grandes derrotas no tuvieran otra meta y sentido que el del aprendizaje.)

Alguien que afirma no entender a las mujeres y no se asombra, porque siendo hombre, tampoco los entiende.

Un iluso que se aferra a la idea de una madurez posible: un estado que, vista la velocidad de su desarrollo personal hasta ahora, podría recién, este iluso, alcanzarlo a la edad de ciento cincuenta años.

Porque ella viene, se acerca, me abraza, ríe, vibra conmigo en el contacto inesperado. Me hace póstumo de una manera agradable y feliz.

En realidad recién la empiezo a reconocer del todo en el último metro o medio metro. (¿Qué verdadera belleza de Hollywood se te acerca para abrazarte en la vida real?)

Entonces ya está aquí. Mi corazón es un acorazado que vibra como un taladro al que le acaban de arrancar las baterías o el enchufe de cuajo.

La reconozco también por su forma de abrazar, que era como la premonición de quien te puede arrebatar la vida de un solo golpe y te lo está advirtiendo con cariño.

Ella, es ella misma, no puede ser otra: en la cima y magnitud de su belleza, porte, garbo, gracia, figura, encanto.

¿Qué tal?, me dice ahora, sin dejar de reír/sonreír, ese estado intermedio tan agradable en ella.

Grité su nombre.

Y la lluvia, las hojas y el viento vuelven a golpear contra los ventanales a pesar de la fuerte luz que los atraviesa: es el recuerdo y la admonición perenne de todo lo cíclico, de todo lo que va y viene, como un dedo amenazador, celebrando mi saludo. Grité su nombre.

Luego me separé de su abrazo, para poder contemplarla con mi acostumbrada timidez.

Tenía un biquini que habría dado la vida (el biquini) por no desprenderse más de su cuerpo. Era marrón, bien delineado: el fruto de una complicidad ciega y anterior al primer encuentro entre prenda y persona.

A todo menos a ti, me dice, pensaba encontrar aquí. ¿Qué ha sido de tu vida? Te hacía en Lima o en algún lugar de España.

Enmudecí; mejor dicho, no podía salir de mi mutismo.

El grito de su nombre había sido mi forma de respirar, de desentumecer mis pulmones de su cataplexia, de su rigidez cadavérica producto de la sorpresa. Pero había sido momentáneamente inútil.

Seguía teniendo ese cuerpo que podía dejar temblando y ciegos a los hombres y hacer reventar de envidia a las mujeres.

Había vuelto a mi vida así de golpe.

¿Qué más?, añade, en su forma tan particular de saludar, ¿cómo has estado?

No supe qué responderle.

Pero, como todas las cosas cíclicas, ella, también después, se había ido para proseguir su órbita. Esta vez, la final.

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HjorgeV 01-10-2011