TRADUCCIÓN DE UN TEXTO DE HERTA MÜLLER (II)

Esta es la continuación de la traducción del artículo de la Nobel de Literatura de este año aparecido en Die Zeit el 23.07.2009.

En él, la escritora alemana de origen rumano (llegó en 1987 aquí a Alemania, a los 34 años de edad) narra sus experiencias en la Rumanía de Ceauşescu y cómo la resonancia de sus libros en la Alemania Federal de entonces la salvó de terminar probablemente ‘suicidada’ por la temible Securitate.

Nuevamente me he permitido hacer pequeñas alteraciones cosméticas del original al traducir, con el fin de ganar fluidez y coherencia en la narración, esta, de por sí, de difícil carácter en el original: a pesar del relativamente sencillo lenguaje que maneja Müller, su uso de los tiempos verbales en el alemán  es bastante, escarpadamente especial. Algo que puede atar y desatar, constreñir y liberar, a la vez, al traductor.

HjorgeV 11-10-2009

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[…]

Los tres años que trabajé como traductora en la fábrica de tractores Tehnometal, han desaparecido del expediente. Traducía las descripciones de las máquinas que se importaban de la RDA, de Austria y de Suiza. Pasé cuatro años sentada con cuatro contadores en una oficina. Ellos calculaban los sueldos de los trabajadores, yo pasaba las páginas de mis gruesos diccionarios técnicos. No entendía nada de prensas hidráulicas o no hidráulicas, palancas o tornillos. Cuando el diccionario ofrecía tres, cuatro o hasta cinco acepciones, me iba a la fábrica y le preguntaba a los obreros. Ellos me daban la palabra correcta en rumano sin saber alemán, porque conocían las máquinas. En el tercer año se implementó una “oficina de protocolos”. El director me trasladó allí, junto a dos nuevas traductoras, una para francés, otra para inglés. Una era la esposa de un profesor universitario, de quien ya desde mi época de estudiante se decía que era un securista. La otra era nuera del número dos del servicio secreto de la ciudad. Ellas eran las únicas que poseían la llave del armario con los expedientes. Si llegaban de visita expertos extranjeros, yo debía abandonar la oficina. Entonces la agente Stana recibió al parecer el encargo de intentar enrolarme y hacerme apta para el trabajo de la oficina. A la segunda negativa me dieron la despedida: “Te pesará, te vamos a ahogar en el río”.

Una mañana llegué al trabajo y encontré mis diccionarios en el suelo delante de la puerta de la oficina. Mi lugar le pertenecía ahora a un ingeniero, ya no me estaba permitido entrar a la oficina. No me podía ir a casa, porque me habrían despedido inmediatamente. Me había quedado sin mesa y sin silla. Durante dos días permanecí tercamente sentada las ocho horas con mis diccionarios sobre una escalera de concreto entre la planta baja y el primer piso, tratando de traducir para que nadie fuera a decir que no trabajaba. La gente de la oficina pasaba a mi lado sin decir nada. Mi amiga Jenny, una ingeniera, sabía cómo había llegado hasta ese punto. A diario la había mantenido, camino a casa, al tanto de los sucesos. Durante la pausa del mediodía venía a verme, se sentaba en la escalera. Comíamos juntas como antes en la oficina. En los altoparlantes del patio, como siempre, los coros de trabajadores cantaban la felicidad del pueblo. Ella comía y lloraba por mí, yo no. Tenía que resistir. Al tercer día me instalé en el escritorio de Jenny, me había hecho espacio en una esquina. Lo mismo al cuarto día. Se trataba de una oficina de planta abierta. Al quinto día la encontré esperándome en la puerta: “Ya no te puedo dejar entrar a la oficina. Imagínate, mis colegas dicen que eres una espía”. “¿Cómo puede ser posible?”, le pregunté. “Tú sabes bien en donde vivimos”, dijo ella. Tomé mis diccionarios y regresé a la escalera. Esta vez yo también lloré. Cuando me acerqué a la fábrica para preguntar por una palabra, los obreros empezaron a pifiarme y a gritar: “¡Securista!” Era un pandemonio. ¿Cuántos espías habría seguramente en la oficina de Jenny y en la fábrica? Los ataques habían sido ordenados desde arriba, las calumnias tenían como objeto conseguir mi renuncia. Al comienzo de este turbulenta época murió mi padre. Había perdido el control sobre mí misma. Tenía que demostrarme que existía en este mundo. Así empecé a escribir mi vida anterior, de allí nacieron los relatos de En tierras bajas.

Ser acusada de espía por negarme a ser una espía, resultó peor que los intentos de enrolamiento y la amenaza de muerte. Que tuviera que ser difamada justamente por aquellos a los que protegía al negarme a espiarlos. Jenny y un puñado de colegas sabían cuál era el juego que me estaban haciendo. Pero todos los demás, que solo me conocían de vista, no. ¿Cómo podía explicarles qué era lo que realmente sucedía, cómo demostrarles lo contrario? Era totalmente imposible y la Securitate lo sabía, y por eso mismo lo hacía conmigo. Y también sabía que esa perfidia me afectaba más que su extorsión. Hasta a una amenaza de muerte puede acostumbrarse uno. Forma parte de la vida de todos. Uno desafía al miedo hasta las profundidades del alma. Pero con la difamación se le roba a uno el alma. Todo lo que encuentra es un cerco monstruoso.

Cuánto duró ese estado de cosas, ya no lo sé. Me pareció inacabable. Tal vez solo fueron semanas. Finalmente me despidieron.

Sobre todo esto existen en mi expediente apenas dos palabras, escritas a mano como nota al margen del protocolo de una escucha telefónica en la que cuento en casa años después sobre los intentos de enrolarme. Al margen anota el teniente coronel Padurariu: “Es cierto”.

Llegó el momento del interrogatorio. Las acusaciones: que no trabajo, que vivo de la prostitución y del mercado negro, como un “elemento parasitario”. Se mencionaban nombres que no había escuchado en mi vida. Y de espionaje para el BND [ el Bundesnachrichtendienst, la agencia de inteligencia alemana], porque mantenía amistad con una bibliotecaria del Instituto Goethe y una intérprete de la embajada alemana. Horas enteras de acusaciones inventadas. Pero no solo eso. Sin necesidad de una orden de comparecencia, me pescaron simplemente en la calle. Iba camino de la peluquería y un policía me hizo pasar por una angosta puerta de hojalata al sótano de una residencia de estudiantes. Tres hombres de civil se encontraban sentados frente a una mesa. Uno pequeño, huesudo, era el jefe. Me exigió mi documentación, me dijo: “Ya ves, puta, nos volvemos a ver”. Nunca lo había visto. Me había acostado con ocho estudiantes árabes y me habían pagado con medias y cosméticos. Yo no conocía a un solo estudiante árabe. Al hacérselo saber, el interrogador me dijo: “Si queremos, podemos encontrar 20 árabes como testigos. Lo vas a ver, será un excelente proceso”. Arrojaba una y otra vez mi documento de identidad al suelo, yo tenía que agacharme para recogerlo. Unas 30 a 40 veces. Si retardaba mis movimientos, me pateaba en la espalda. Detrás de la puerta se escuchaba gritar a una mujer. Tortura o violación, ojalá solo sea una grabación, pensaba. Entonces me obligaron a comer ocho huevos duros y cebollas verdes con sal. Engullí todo atragantándome. Luego el huesudo abrió la puerta de lata, arrojó mi carné afuera y me pateó el trasero. Caí de cara sobre la hierba junto a un arbusto. Vomité, sin levantar la cabeza. Sin darme prisa, recogí mi carné y regresé a casa. Era más temible que te pescaran en la calle que recibir una citación. Nadie sabía dónde te podías encontrar. Una podía desaparecer, nunca volver a aparecer o, como en la amenaza, ser recogida como cadáver de un río. Habrían dicho: suicidio.

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Continúa…

HjorgeV 11-10-2009

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